Part 3
Llegamos á la quinta del Capitán Gustave Niebaum y el químico ofrecióme en primer término las primicias de su trabajo, sintetizado en extensos encasillados de sus ensayos cualitativos y cuantitativos de los mostos, con el objeto de averiguar la época, deducida naturalmente de términos medios, de la maduración de la uva en las diferentes tierras y exposiciones de los viñedos de la finca. Enseñóme más tarde la finca entera, las bodegas repletas de vino y los lagares llenos de mosto en fermentación; visité el laboratorio, el mecanismo para separar el hollejo y las pepitas del mosto, los planos inclinados para el transporte de la pulpa, las cubas con los nombres de los vinos, la botillería, revelando todo una limpieza exquisita y una atención preferente á los fenómenos complicadísimos de una buena vinificación. Y me decía modestamente: «cuanto se refiere al cultivo de la vid y de los vinos es un problema para nosotros; no sabemos nada, cultivamos á tientas, y á pesar de cuanto hemos aprendido y adelantado en poco tiempo, no sabemos sacar partido de los recursos de la vid en relación con nuestro suelo y nuestro clima.»
«Tenemos aquí diferentes suelos y exposiciones variadísimas que son un rompecabezas; en este valle, cada propietario vendimia en época diferente y saca vinos esencialmente distintos, aun siendo igual la especie cultivada. Esta tarde iremos á ver las bodegas de Mr. Parrott, probará sus vinos y verá qué diferencias se hallan entre los de esta finca y los suyos, estando las propiedades contiguas, siendo iguales los cultivos y variando sólo la exposición.»
Fuimos á comer á Santa Helena y nos dirigimos después á la quinta de Mr. Parrott.
Díjome Mr. Hugh: «Creo que Mr. Parrott habla español, y seguro estoy que hallará usted en su casa una hospitalidad franca y agradable.»
Pasamos un puente al dejar un mal camino de travesía, y entramos en la finca por una senda adornada de árboles y arbustos floridos. Llegamos á una plazoleta sombreada por árboles frondosísimos y nos apeamos al pie de una suntuosa morada.
Nos recibió una china, pulcramente vestida, y nos anunció á Mr. Parrott.
Al saber que era español, me dijo con acento que envidiaría un castellano de la meseta central de España: «Usted desea marchar hoy mismo y esto no es posible; no tendría usted tiempo para ver lo que viene á estudiar»; «sí, pero...» «no admito excusas; no le faltará á usted cama, mesa y hospitalidad cordial; soy más español que usted y tengo interés en hacerle conocer nuestro valle».
«No tengo medios», contestéle, «para sentarme en su mesa, no digo yo de etiqueta, sino limpio y decentemente; pensaba regresar hoy á San Francisco y...» «los _yankees_ hacemos poco caso de estas cosas... no admito escusas, y vamos á la bodega».
Con el amor que siente un padre por sus hijos predilectos, mostróme el señor Parrott la serie de vinos blancos, claretes y cognacs que fabrica con una maestría envidiable. Larga fué la lista de los vinos probados que escalonamos razonadamente, para que el paladar pudiera juzgarlos y apreciarlos en su justo valor.
Pasamos allí horas enteras; al anochecer, probados los vinos de Inglehook-vineyard y de la Villa de Parrott, tenía ya el convencimiento de que en California se producen vinos que pueden competir ventajosamente con los sauternes y los claretes del mediodía de Francia.
Los claretes no tienen, para mí, más defecto que el ser un poco ásperos, como si fueran hijos de uva cuyo hollejo, cargado de tanino y materias colorantes, diera al vino un sabor astringente en demasía y difícil de tragar. Pero los sauternes, con un poco más de _bouquet_, se venderían en Francia como si fueran criados en los mejores viñedos de su propio país.
Después de probar 30 ó 40 vinos, y preguntar si los mezclaban con caldos europeos, me convencí de que los vinos de California tienen los defectos de los nuestros, son excesivamente ricos en color y en alcohol y que sólo los vinos franceses, por su escasa graduación, pueden importarse á América para hacer el _coupage_ con alguna ventaja. Mi sueño, pues, de exportación de vinos españoles á California quedaba desvanecido.
Regresamos á la quinta Parrott cuando anochecía; entramos en el drawing-room, donde hallé á Mrs. Parrott, su sobrina miss Theresa Shrieves y á unas cuantas señoras de las propiedades vecinas, lujosamente ataviadas, á que fuí presentado. Difícil es hallar en el campo un salón alhajado con más _confort_, ni que responda mejor al bello desorden, mezcla de cosas bonitas que la moda actual pregona como la última palabra del buen gusto.
Mesas y sillas primorosas, anaqueles llenos de _bibelots_ y retratos, cuadros, panoplias, candelabros, todo rico y harmónico, aun en su desorden, búcaros llenos de crisantemas de riquísimos colores, cristales de color por donde penetra la luz tamizada del exterior entre el variado follaje de las orquídeas, los palmitos arborescentes y los almeces gigantescos, y en medio de la conversación sostenida en español, inglés y francés, la señora de la casa tocó «La Paloma» como obsequio al forastero español, y recuerdo de los tiempos juveniles pasados en Bilbao por el señor Parrott, que no se cansaba de preguntar con amor de hijo adoptivo por cuanto se relaciona con nuestra patria.
Otra señorita silbó, cantó y tocó con admirable perfección durante la velada, hasta que, llegada la hora de cenar, me invitaron á pasar á un comedor digno de cuanto hay en aquella morada rica y fastuosa.
Sirven la mesa un chino raquítico y feo y una chinita de labios prominentes que lleva unos aretes azules, que hace resaltar sobre su piel amarilla, la vivísima luz de los candelabros. Su traje limpio y blanco, su pelo arrebujado como el de nuestras campesinas, su voz estridente al contestar las preguntas que le hacía con bondad suma la señora de la casa, que parece tratarla como niña mimada, su risa á carcajadas cuando la miro con la curiosidad propia de mi ignorancia en la ciencia étnica, sus movimientos ligeros, impropios de toda china respetable, son detalles que avaloran aquella cena opípara, en mesa hospitalaria, donde las señoras tienen para mí tantas deferencias y los demás comensales tantas bondades, sin más merecimiento que el de ser un extranjero que llamó á su puerta pidiendo sólo noticias sueltas de sus trabajos, que halló sazonadas con mesa espléndida, cama y habitación dignas de un palacio, y conversación cordial y deleitosa.
A las doce de la noche, tras mucho hablar de España y recordar en el piano nuestros tangos, jotas y boleros, nos fuimos á la cama; y al despertar, entrando un sol espléndido por las ventanas, sol y ambiente que me recordaban, tras tan largo período en Chicago de cielos grises y pálidos tonos en el aire, el vívido color de la atmósfera patria, me faltó tiempo para gozar aquellas brisas y aquellos campos, plantados de vides y olivos, plantas europeas, alternando con las tropicales, arbustos aquí, árboles colosales en California, vivificados por aquel sol, por aquel clima, más suave y más dulce que el de las costas catalanas y andaluzas.
Al poco rato, y después de haber recorrido el jardín lleno de rosas, claveles, crisantemas y geranios, Mr. Parrott me invitó á visitar la quinta de Mr. Shram, situada ya en el fondo de Napa Valley. En una carretela tirada por un hermoso tronco y guiada por un cochero aragonés, van las señoras de la casa, que han llenado el coche de flores. Mr. Parrott va al vidrio y yo subo al pescante para gozar mejor las preciosas vistas del valle. Pasamos Santa Helena, seguimos una carretera polvorienta y mal trazada que me recuerda los caminos españoles de otros tiempos, contemplo ansioso la campiña llena de luz, de ambiente y color, y al entrar en un bosque frondoso donde apenas penetra el sol, en el fondo y dominando el valle aparece la pintoresca quinta de Mr. Shram, orgulloso con justo título de sus vinos, de sus bodegas, que contienen más de 200,000 galones de vino, y que me ofrece un almuerzo espléndido, que sazona la más amable y cariñosa hospitalidad.
Llega la hora de partir y regresar á San Francisco. Mientras monto al carruaje, el _verandah_ se llena de señoras y caballeros, todos agitan los pañuelos, todos me desean, con un _good bye_ expresivo, feliz viaje, y mientras anoto en mi corazón esos ricos testimonios de la hospitalidad californiana, apunto también en el haber de mi vida dos de los más hermosos días de mi existencia.
Los vinos de California
[Ilustración]Me ha llevado á California el amor que tengo á mi país y el convencimiento de que el estudio de la viti-vinicultura americana tiene para nosotros una importancia de primer orden.
Los datos copiosos recogidos en aquella hermosa región americana, voy á condensarlos aquí, confiando en que serán leídos atentamente por las personas que sólo conocen de oídas el desarrollo de la vinicultura en las costas del Pacífico, y que confían aún en que América, y sobre todo la América del Norte, podría ser un mercado dilatadísimo para los vinos españoles.
Cuando escribí el artículo referente á la sección española de vinos en la Exposición de Chicago, indiqué, con algún recelo por más que la persona que me había dado la noticia me merecía confianza, que en California arrancaban ya las viñas por exceso de producción; hoy puedo asegurar cosas que en mi concepto han de causar asombro á mis lectores, y entre ellas son, que en California se arrancan las viñas, porque la filoxera las mata, porque tiene un exceso de producción y porque, alcanzando los vinos un precio _fabulosamente_ barato, la mayor parte de los viticultores tienen hipotecados los viñedos y sólo confían en que el cambio de cultivo ha de facilitarles la mejora económica de tan triste situación.
Y es que este asombro es legítimo para los que saben que la tarifa de cincuenta centavos por galón, aplicada á todos los vinos, sea cualquiera su fuerza alcohólica, resulta prohibitiva y que una población de sesenta y cuatro millones de habitantes ha de ser elemento sobrado para consumir todos los vinos de California y los que producen los Estados de New-York, Ohio, Illinois y Missouri.
Pues este razonamiento, que parece tan sólido y tan irrebatible, va á desvanecerse leyendo los siguientes datos estadísticos.
Promedio anual de las sustancias alcohólicas consumidas por los habitantes de los Estados Unidos:
GALONES -------------- Cerveza 1.000.000,000 Bebidas espirituosas: aguardientes, cognacs, etc. 20.000,000 Vino. 30.000,000
Correspondiendo sólo una mitad del vino consumido al Estado de California, y el resto á los Estados del Este, mencionados anteriormente.
Y para los que se asusten, con razón, del enorme desnivel que existe entre el consumo anual de mil millones de galones de cerveza y cincuenta millones de espíritus y vinos que acusan los datos estadísticos _oficiales_ que me ha suministrado el «Board of State Viticultural Commisioners», voy á dar algunas noticias respecto á la relación existente entre el galón y el litro, entre la hectárea y el acre, á fin de que sea rigurosamente entendido en lo que voy á decir, y se forme así concepto claro de la viticultura y vinicultura norteamericanas.
El galón americano es más pequeño que el inglés, y equivale á unos cuatro litros; ó sea un poco más de cinco botellas bordelesas; á su vez, una hectárea contiene dos acres y cuarenta y siete centavos de acre.
Estudiadas esas relaciones, he de empezar por hacer presente que la producción máxima de vino de California ha sido de veinte millones de galones, siendo algunos años de doce y el promedio de quince á diez y seis millones. Tomando este término medio y multiplicándolo por cuatro, resulta una producción anual de 64.000,000 de litros, ó sean 640,000 hectólitros de vino, que con otro tanto producido por los Estados del Este, New-York, Ohio, etc., dan un total aproximado de un millón doscientos mil hectólitros de vino, término medio anual aceptable de producción y consumo de vino en todo el territorio de los Estados Unidos de América.
Ahora, el que se fije en los términos que voy á poner á la vista de mis lectores, verá que la conclusión que voy á deducir es rigurosamente lógica:
Producción de vino en Francia en 1893:
40.000,000 de hectólitros.—Población, 36.000,000 de habitantes.
Producción de vino en los Estados Unidos de América en 1893:
1.000,000 de hectólitros.—Población, 64.000,000 de habitantes.
No quiero fiar á la memoria la producción de España, que no creo baje de 26.000,000 de hectólitros por 18.000,000 de habitantes, y me limito á razonar un poco los números antes expresados, cuyo simple enunciado prueba: ó que se importan á los Estados Unidos cantidades inmensas de vino ó que en dicho país no se bebe; no gusta el vino.
Que no se importan vinos lo dicen dos cifras elocuentísimas: los 50 centavos de derechos aplicados á cada galón de vino extranjero, sea la que quiera su graduación, y los mil millones de cerveza que consume anualmente el pueblo de la Unión Americana.
Y no importándose vinos, no hay más remedio que llegar á la siguiente conclusión: los americanos del norte prefieren los espíritus y la cerveza al vino: los americanos no beben vino, ni europeo ni americano. Y si todo esto no bastara, tengo aún, en apoyo de mi modesta opinión, dos argumentos de grandísima importancia: el de los cosecheros arruinados, aquellos que tienen sus viñas hipotecadas, y las arrancan y cambian rápidamente de cultivo porque no pueden vender su vino, y vino bueno, á _doce_ centavos el galón, _á dos reales y medio de moneda española las cinco botellas bordelesas_, cuando pagan á dollar y medio y dos dollars el jornal de diez horas á un bracero de mediana capacidad y más mediana labor; y el de las bodegas llenas, en donde se crían de 30,000 á 200,000 galones de vino, sin hallar comprador que, por piedad, ponga precio á una mercancía olvidada y tan fuertemente protegida por las leyes del país.
Una de las ventas que ha llamado poderosamente la atención en California ha sido la de 12,000 galones de vino clarete hace poco efectuada por Mr. Parrott, uno de los criadores más inteligentes en vinos de Napa Valley que ha conseguido un precio de 75 centavos por galón, cuando el mismo vino se habría vendido en Europa á tres francos la botella bordelesa sin inconveniente alguno. Y al llegar á estas conclusiones, para muchos quizá huelgue cuanto voy á decir, porque lo natural y lógico es suponer que donde no hay gusto en comprar determinada mercancía, donde no hay mercado, aun dándose á vil precio el producto, todo intento de importación ha de fracasar; pero, no he ido á California, ni he gastado cinco días en viaje y á gran velocidad al través de los desiertos americanos para ahondar tan poco en asunto tan serio, y así, síganme los que quieran ver claro en la producción de vinos de California para que se convenzan conmigo de que de los vinos españoles, con derechos y tarifas ó sin ellos, sólo en marcas especiales, en vinos de lujo, en Jerez, manzanilla, etc., podemos esperar un mediano consumo.
Los que hemos aprendido nociones de viticultura americana en los libros, nos figuramos que la zona californiana plantada de viña es muy extensa; ¡qué error! vean y mediten las cifras que van á continuación y verán lo equivocados que están:
ACRES -------- Viñas dedicadas á producción de vino. 90,000 Idem dedicadas á uva de mesa. 10,000 Idem dedicadas á pasas. 100,000 -------- Total acres. 200,000
Dividido este total por 2'47, resulta en hectáreas una cifra escasísima en relación con los viñedos de Europa, que cuenta los viñedos por millones de hectáreas, y una producción grandísima de vino por hectárea que admira más al que ve la distancia que existe entre las cepas plantadas en los campos de California é ignora que hay viñas tan fructíferas que han dado de 60 á 80 libras por pie. Y como también se estudian en California estas cuestiones, vean mis lectores las contestaciones categóricas dadas á varias preguntas mías que juzgo de interés para los vinateros españoles.
¿Sería fácil introducir en California vinos de España para hacer el _coupage_?
—No; los vinos de California tienen los mismos defectos que los vinos españoles, demasiado alcohol y mucho color, para esto y aun en cantidades muy pequeñas, preferimos los vinos franceses á los de España.
¿Por qué razón el pueblo americano prefiere la cerveza y el aguardiente al vino? ¿Cómo es que disponiendo California de una prensa que tiene tanto ascendiente en la opinión, y teniendo el productor yankee tanta iniciativa, no consigue probar que el vino es mejor, más higiénico y más agradable que aquellos líquidos?
—Pues, porque el pueblo americano, compuesto de razas del norte, avezadas á líquidos fuertes, halla en el vino escaso aliciente, el vino le resulta desabrido y poco excitante, y por otra parte, siendo tan poderosa la industria cervecera y tan rica la de espíritus, en cuanto entabláramos la lucha en la prensa, seríamos irremediablemente vencidos los que estamos ya arruinados por la falta de consumo.
Pero, con el tiempo, y mediante la mejora de los vinos, la educación del pueblo y la propaganda racional, el vino alcanzará el premio que merece; y es más, á mi se me figura que la propaganda de los vinos americanos será beneficiosa á los vinos de España, porque el gusto se irá afinando, y los aficionados al vino, sabrán apreciar mejor que ahora el aroma, el cuerpo y la finura de los vinos españoles.
Sí, algo hemos de conseguir, á largo ó larguísimo plazo; pero no olviden los españoles, y eso me lo decían como _mot de la fin_, dos cosas esencialísimas: que los criadores de vinos americanos han hecho en diez años progresos enormes; que entre los vinos limpios, de buen color y bouquet ya muy pronunciado, vinos que envejecen ya en la cepa y en los toneles y que vendemos hoy, y el _zinfandel_ de hace 20 años, hay un abismo, y que California tiene una zona vitícola tan extensa como no la tienen España y Portugal juntos.
De San Francisco á El Paso
[Ilustración]Intento razonable ha de parecer que durante mi estancia en los Estados Unidos haya procurado estudiar con cuidado la idiosincrasia del pueblo americano, estudio que completé al salir de San Francisco el día 4 de noviembre último, al tener la desdichada suerte de presenciar uno de los espectáculos más tristes que puede ver un hombre y que bastara él solo para marcar y esculpir en mi cerebro uno de los rasgos fisionómicos y más característicos del pueblo yankee, si pudiera aun caber la duda en mis apreciaciones, tantas veces expuestas en las columnas de _La Vanguardia_, acerca del modo de ser y sentir de aquella raza.
En Oakland hallé preparado el tren que debía conducirme á El Paso, estación fronteriza de México, al norte de aquella república, busqué el número de mi asiento-cama en el Pullman-car y esperé impaciente el momento que debía marcar mi salida definitiva de los Estados Unidos de la América del Norte.
Acostumbrado ya á la marcha silenciosa de los trenes y á su falta de puntualidad, mi impaciencia no podía justificarla más que el afán de ver llegar la hora de mi repatriación, aunque fuera siguiendo un camino larguísimo, colmado de peligros. El tren se puso al fin en movimiento, el número de pasajeros era escasísimo, y en aquel vagón inmenso llamado pomposamente vagón palacio, que había de ser mi vivienda durante tres días, ocurriéronme en mi soledad las narraciones repetidas en los diarios durante los últimos meses de 1893, de trenes asaltados por hombres enmascarados y armados de rifles Winchester, de asesinatos seguidos de linchamientos, de robos inauditos, con todo el variado repertorio de escenas salvajes representadas de noche en las inmensas estepas de los desiertos americanos. Tocábame recorrer los estados de Arizona, New-México y Texas, reputadísimos por sus bandoleros, y no me pareció situación muy halagüeña la de un hombre sólo, desarmado y dotado de escasas fuerzas físicas.
Esas ideas no respondían ciertamente al ambiente que respiraba al atravesar los valles de la baja California en un día lleno de sol y brisa suave y fresca que daba á mi temperamento nervioso un bienestar indefinible. Marchando el tren á gran velocidad y gozando el bienestar del que cae en la meditación sugerida por lo que le rodea, desvanecido el terror de un momento de desfallecimiento de espíritu, no sé yo cuánto tiempo había pasado, aunque no debía ser mucho, cuando el maquinista dió la señal de alarma y parada de tren, que se efectuó con una celeridad pasmosa. El motivo no podía ser más triste, el tren acababa de arrollar á dos hombres, lanzarlos de la vía y matarlos instantáneamente. Había en una curva una cuadrilla de trabajadores, ocupados en el asiento del material fijo, curva en desmonte que formaba en su centro una verdadera celada, en que entraron á la vez, por desgracia, dos trenes. Con el ruido y quizá el aturdimiento, dos trabajadores vieron al tren que iba á San Francisco, se colocaron sobre la vía que creyeron libre, y descuidando el convoy que llevaba dirección contraria fueron arrollados sin misericordia.
Paróse el tren, atravesaron mi vagón dos caballeros, y al regresar, estando ya el tren en marcha, dijeron tristemente «dos hombres muertos». Me levanté, acerquéme á la ventanilla y vi sobre la hierba dos hombres jóvenes, palpitantes aun y desangrándose, con la cabeza destrozada. Este espectáculo, más que triste, me pareció desastroso, porque más inhumano que la muerte es considerar que bastaron escasamente siete minutos para que el tren matara á aquellos hombres, tomara, no sé quién, nota de lo ocurrido, y volviera el convoy á emprender su camino, mientras los muertos yacían solos y abandonados por sus compañeros, que continuaban su labor, fríos, indiferentes, como si aquellos cadáveres fueran despojos de un naufragio, escupidos por el mar en días de tormenta sobre playas desiertas é inhospitalarias. Más desastroso aun, sí, que no hay tormenta en el mar, ni ciclón en el cielo que pueda compararse, en estos días de prueba, al odio y á la indiferencia que parece haberse apoderado, como desoladora epidemia, del corazón humano.
Así empezó mi viaje de regreso; señalado en su primera etapa por la noticia abrumadora, al llegar á la capital de México, el día 9 de noviembre á las siete de la mañana, de la explosión de una bomba, con todas sus traidoras y viles consecuencias, en el Liceo de Barcelona.
Y, sin embargo, entre los dos términos de esa escala de indiferencias y crueldades, entre el odio de un malvado y el frío irritante de los que no tuvieron para los vencidos por fiera desgracia ni una lágrima, ni una mirada compasiva, hallo más cercano al amor el odio de una fiera que la indiferencia que considera al sér humano como una bestia más de la escala zoológica. Y aunque sea alargar algo más de lo conveniente ese orden de consideraciones que viene á completar, en mi concepto, el juicio que he formado de la civilización americana, permítame el paciente lector que le presente, en episódico contraste, la nota comparativa de dos razas, la nota que pinta como siente nuestro pueblo, extraviado por las doctrinas subversivas, la miseria y el hambre, pero bueno en el fondo, compasivo, capaz aun de arranques generosos, ya que ha visto como sabe sufrir y penar el pueblo americano.