Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 2

Chapter 23,646 wordsPublic domain

Y cuando voy pensando en todas estas cosas, cansado de mirar, sin ver, ni hallar la impresión alegre de mis ansias, de repente, al llegar á la cumbre de la Sierra Nevada, el tren se pára ante el panorama espléndido de las montañas de California. En aquel momento, el aire templado del Pacífico, pareció que despertaba en mi ser todos los recuerdos mal dormidos de la patria ausente: muchachos de rostro atezado, mal vestidos, con cestas llenas de flores, uvas y naranjas, movimiento inusitado en la estación, recuerdos de otros climas y otras razas, gentes que gritan y alborotan, el sol que cambia repentinamente de color, la tierra de vestidura y el aire de olores, no me permitieron expresar más que un solo sentimiento, dirigiéndome á un muchacho cargado con una cesta de flores, «chico, ¿hablas español?» que español parecía aquel cielo puro y clima clemente, españolas parecían aquellas montañas llenas de perfumes, pobladas de árboles semitropicales, vigorizados por las oleadas de aire que les envían las aguas tibias del Pacífico; aquellas casas de campo de factura catalana, recuerdo quizá perpetuado por los primeros pobladores, frailes humildes de las Baleares que han dejado en California la misión Dolores, y con ella, cuanto recuerda nuestra religión, nuestros cultivos y nuestras costumbres, plantando los primeros viñedos, y los frutos más preciados de la península ibérica.

¡Deleitoso camino! después de tantos días de estepa y desierto, sólo manchados por pueblos ennegrecidos por el humo de las fábricas, ó el _cottage_ del colono americano, el ánimo halla esparcimiento al bajar rápidamente por curvas sabiamente dispuestas, por pendientes quizá excesivas, entre lindísimas casas de recreo, arboledas de variadísimos matices, pinares de vigorosos crecimientos, y jardines de hermosura incomparable, accidentes naturales que responden ciertamente á la belleza con que la imaginación adorna las montañas de California, más ricas por la perpetua fertilidad de su suelo que por sus placeres de oro ya casi agotados, más hermosas para el que sólo aspira á contemplar su flora rica y fecunda que para el que escruta sus entrañas buscando en sus ocultos senos el metal, por cuya posesión ahoga el hombre los placeres más puros del alma.

La vista no puede saciarse de contemplar la intrincada orografía de aquellas espléndidas montañas, y cuando el sol se pone, escondiéndose en los horizontes del Pacífico, el tren llega á Sacramento, ciudad sentada á orillas del río del mismo nombre, por cuyas aguas caudalosas surcan barcos y vapores que cargan los frutos de las tierras de California, al pie mismo de los valles de Sierra Nevada.

Tres horas más tarde el tren llega á Oakland; los viajeros se apean al pie del _ferryboat_, barco ó pontón, de manga anchísima que atraviesa la bahía de San Francisco hasta llegar al pie de la calle central, llamada _Market-street_, que atraviesa en toda su longitud la ciudad, y en media hora, surca el espacio comprendido entre ambas poblaciones, mientras contemplan las estrellas que brillan fulgurantes en el cielo y el centelleo de las luces que iluminan el puerto y la ciudad de San Francisco.

San Francisco, ¿qué mano podrá narrar su belleza y sus pintorescos contornos? ¿qué pluma será capaz de describir la fisonomía especialísima de sus calles y paseos, de su factura, yankee ciertamente, pero discrepante y con notoria ventaja, en su arquitectura, en su color, en su raza, en su movimiento?... ¿qué imaginación pudo jamás concebir un parque como el «Golden Gate Park», de vegetación tropical espléndida, de trazado amplio y suntuoso, de líneas que no pudo concebir ciertamente, como no sea por inconcebible excepción, y Dios me perdone el agravio si me equivoco, ningún yankee de pura raza, porque situado en lo alto de la ciudad, rodeado de dunas arboladas, cruzado por anchas vías, adornado con fastuosos palacios, umbráculos y monumentos, dedicados á Garfield, Starr King, Scott Key, autor del himno _Starspangled Banner_, con grandes recintos cerrados, donde los animales silvestres amansados parece que viven en libertad, tan grande es el espacio destinado á su vida y esparcimiento, los árboles, las orquídeas, las lianas, viviendo al aire libre en aquel clima semitropical y á los 37 grados de latitud, acariciados por las brisas del Pacífico, cuyo mar rodea á San Francisco habiendo dibujado con su inconstante oleaje los senos, las calas y los puertos naturales que la abrazan y estrechan, convertida en península de tan atormentada topografía, que sus calles, de urbanización dificilísima, más que calles son planos inclinados de más de 20 por 100 de pendiente, cruzadas constantemente por tranvías de cable, que parecen destinados á grandes explotaciones mineras más bien que al tráfico de pasajeros, tan imposible parece ser que haya seres humanos que confíen su existencia á tan peligroso medio de locomoción.

En los sitios más alejados del centro y en aquellas pendientes enormes, la población rica ha adornado la ciudad con un sinnúmero de hoteles, de madera casi todos, caprichosos, de arquitectura enrevesada, proyectos estrafalarios de quien desdeña la tradición y los antiguos moldes, pero adornados espléndidamente por una flora de primavera eterna, árboles de verdes tan intensos, flores de colores tan soberbios, formas de hojas, ramas y troncos tan caprichosos y brillantes, que me fué forzoso hacer un esfuerzo para creer que toda aquella potencia creadora era obra del mes de noviembre, cuando, en este clima benigno, apenas quedan hojas en los árboles y flores en los sitios más abrigados de nuestros jardines.

La ciudad, en sus edificios públicos, no ofrece al viajero grandes perspectivas; iglesias pocas y pequeñas, la de los jesuitas grande y aparatosa, la misión Dolores, construída de adobe en 1778 por los misioneros españoles, es una reliquia veneranda, recuerdo de los primeros pobladores de California. La arquitectura de las iglesias de la montaña alta catalana, cubiertas con bóveda de cañón seguido, parece haberla inspirado; atirantados los paramentos por miedo á la acción de los terremotos, cubierto el adobe con una lechada de cal, con altares vetustos, levantados á santos de mirada torva, obra de escultores poco aventajados, todo rococó y de mal gusto, frío, desnudo, pobre, con una fachada que termina un campanil extraño y achatado, parece todo antiquísimo, cuando apenas cuenta un siglo de existencia.

A lo largo de _Market-street_ y en sus alrededores, la Bolsa, la casa de correos, los Bancos, el mercado, los edificios de los principales diarios, la biblioteca mercantil, las oficinas de Minas, las escuelas, las Casas Consistoriales, merecen ciertamente una mirada, pero no incitan á tomar un apunte, ni anotar una originalidad genial. Todo nuevo, brillante, bonito en suma, como obra que en su conjunto no cuenta aún cincuenta años de existencia; pero falto de originalidad y con tendencias marcadas á modificar la factura yankee, y á someterse á las reglas arquitectónicas del clasicismo europeo.

El movimiento comercial responde al espíritu y á las necesidades de un Estado agrícola por excelencia; las aceras y las calles llenas de envases que contienen naranjas, uvas, peras y manzanas, fresas, vinos, licores, suponen un acarreo importantísimo que desemboca en los puertos y las dársenas para rellenar las bodegas de los barcos y vapores que hacen la travesía de San Francisco á Alaska y á la baja California y también á los puertos del Japón y de la China. A ciento cincuenta millones de dollars asciende el importe de las exportaciones é importaciones que se efectúan anualmente por el puerto de San Francisco, contándose entre las primeras materias más importantes de exportación el oro, la plata, el vino, las frutas, la lana y entre las importadas el carbón, las maderas de construcción, el arroz, el azúcar, el té y el café. En 1890 el negocio de hierro, harina, seda, pañería, caña, cueros, licores, construcción de buques, azúcar, cristalería, tasajo, cordelería, etc., etcétera, importó unos 134.000,000 de dollars.

Así, pues, la fisonomía característica de San Francisco es la de un pueblo dedicado al comercio, en que se notan aficiones artísticas y aun científicas relacionadas con la crianza de los vinos y el cultivo de las tierras que hacen de dicha ciudad un centro civilizador, que se refleja en la hospitalidad franca y cortés de sus habitantes, y en la suavidad de sus formas, tan desconocida en las ciudades del centro de la América del Norte que he visitado.

La población de San Francisco, en lo que tiene de europea y americana, muestra el carácter que he intentado esbozar en este artículo; la población china, en cambio, conserva su fisonomía propia y merece capítulo aparte y detenida narración. El barrio chino es un pedazo de tierra asiática soldado á la costa californiana del Pacífico, y pocas cosas ofrecerán al viajero europeo mayores atractivos, y más deleitosas observaciones, que el estudio de las costumbres de la colonia china de San Francisco, al visitar los Estados de la gran república norteamericana.

Chinatown

[Ilustración]Tiene la civilización china pocos secretos para los habitantes de San Francisco. La raza amarilla, tan amante de sus costumbres, sus dioses y sus leyes, cuando se ve obligada, tanto la abruma la pobreza, á buscar trabajo en países extraños, se entrega atada de pies y manos al vencedor, y le enseña impúdica todas sus lacras y miserias, sin protesta, sin manifestación de agravios, que esconde cuidadosamente en el fondo de su alma.

El extranjero puede ver en San Francisco el cuadro completo de las costumbres chinas, el templo con todos sus fanatismos, el bazar con sus extrañas manifestaciones artísticas, el mercado con sus variadas mercancías, la casa de juego y su natural secuela la casa de empeños, la botica, que parece antro de conjuros, el teatro, el lupanar, los cafés donde se fuma el opio y se embrutece toda una raza... no falta allí más que ambiente propio, porque de prestado vive en América aquella mísera gente que, avezada á frugalidades inconcebibles para los voraces anglo-sajones, acude á los mercados de California, acepta todos los oficios y escupe todas las miserias, recoge agradecida las migajas que desdeña el indígena, y se apodera de la labor del campo, la faena doméstica y los provechos de las pequeñas industrias, dando al cuerpo lo estrictamente indispensable para la vida; y donde el yankee muere de inanición y miseria, el chino halla aún el recurso de las economías, que suma y multiplica, pensando en la hora feliz de la repatriación y del olvido de las playas en donde fué escarnecido y humillado.

Son las ocho de la noche del día 3 de noviembre último, y mientras el guía hace gala de hablar un francés que sólo se hizo para su uso particular, observo cuidadosamente cuanto me rodea, escena extraña, mezcla de dos civilizaciones que no pueden comprenderse, ni compenetrarse, como no sea en la forma externa, en la casa de construcción americana que adorna el farol chino y los caracteres de un idioma bárbaro; en la iluminación eléctrica y las luces que enciende la piedad á dioses y estatuas de formas peregrinas y actitudes singulares; en el coche del tranvía funicular que contrasta con trajes y colores de indumentaria carnavalesca que parece pedir á gritos el uso en aquellas calles, del palanquín chino ó del _push push_ del Tonquín; en el policeman gigante, sanguíneo, orgulloso, que parece el vencedor de una raza caduca, embrutecida y que arranca sagaz y paciente del suelo americano el puñado de oro que le negó el continente asiático, que vislumbra al través de los vapores del opio, allá, lejos, muy lejos, en el fondo del Pacífico, donde está la tierra de sus ambiciones y esperanzas.

Por la noche, cuando el americano se recoge y digiere tranquilo, en familia, copa tras copa, la copiosa cena que remata dignamente la serie de comidas que es uno de los más bellos ornamentos de la civilización yankee, el chino llena las calles de Chinatown, acude solícito al teatro, al café, á las casas de juego, llenas siempre de bote en bote, al lupanar, y se acuesta tarde, solicitado por todas las seducciones de sus vicios favoritos: el opio y el juego.

El juego es el escollo donde choca la codicia de la raza china; hay en Chinatown calles enteras donde se juega, á pesar de la policía, que persigue tenazmente á cuantos van á dejar sus economías en los tugurios de San Francisco. Hay en cada boca calle un vigilante que, al ver una persona extraña, sea ó no policía, avisa á los jugadores que apaguen inmediatamente todas las luces de las casas de juego. El extranjero observa como van apagándose las luces rápidamente, quedando todo en silencio y en el más absoluto recogimiento. La policía persigue de la misma manera á los fumadores de opio, pero no basta su vigilancia para evitar el vicio clandestino y perseguir al que, echado sobre tablas mal cubiertas de estera, en miserable recinto donde no se renueva el aire ni penetra jamás un rayo de sol, carga concupiscente su pipa de ancha boca, desenrosca el tubo larguísimo cuya boquilla apoya en los descoloridos labios y aspira el veneno de una droga que despierta en el cerebro visiones encantadoras, sueños extraños, deleitosos, de intensidad tanta que embrutecen y matan. Nada más triste que la habitación china, ni que revele, con su espantosa promiscuidad, mayor rebajamiento moral. Nótase á primera vista la ausencia de mujeres en el barrio, ausencia que revela por sí sola la lacra más espantosa que se achaca á la raza amarilla.

Recuerdo como una pesadilla los fosos del teatro chino; cansado de ver tiendas extrañas, bazares llenos de baratijas, barberos rapando las cejas y las pestañas de los chinos, farmacias de anaquelería llena de botes que contienen drogas desconocidas, pieles de serpiente, esqueletos de sabandijas, telarañas de arácnidos colosales, algo así que recuerda á las brujas medioevales en sus antros, con sus filtros y encantamientos... Entramos por una puerta excusada en el foso del escenario y en las habitaciones de los actores. Difícil es formarse idea por una rápida ojeada de todos los recursos de la familia china, condensados en una habitación que desdeñaría en Europa el ser más pobre y envilecido. No hay cárcel en nuestro continente que, en la comparación, no resulte mansión espléndida, porque los tableros-camas superpuestos, como las literas en un camarote, la indumentaria extraña, todas las necesidades de la vida celebrándose en un recinto único, agrupados y confundidos todos los sexos, durmiendo acurrucadas dos y tres personas donde no hay espacio para una sola; seres que pasan años sin salir de aquellos camaranchones inmundos, más terribles para el olfato que para la vista, son tristezas espantosas que apenas concibe un sér civilizado. Y si á todas estas miserias de la vida física se añade la fiscalización, por pura curiosidad, de seres más venturosos que vamos allí á sorprender el genio chino, sin aportar más que la impertinencia de nuestros estudios ó nuestras flaquezas, merecida tenemos la especie de rubor que sentí al abrogarme el derecho, al amparo de la bandera americana, de sorprender, sin el consentimiento de los agraviados, todas las flaquezas y miserias del pueblo chino.

Y en aquellos corredores, donde se ven nichos extraños que alumbran cirios de colores y dioses en su fondo de fealdad espantosa, y ya por entre rejas de malla apretadísima, actores que se embadurnan y acicalan con vestidos de seda brillantísimos, encerrados en habitaciones tan pequeñas, que no se concibe siquiera haya aire suficiente para respirar y escaleras que conducen á una intrincada red de corredores y cuartos destinados á familias de actores que allí viven, aman y mueren, atentos sólo á funciones teatrales inacabables que duran semanas enteras, sin que el público se canse de contemplar un escenario desnudo, sin más mueble ni adorno que el indispensable para el desenvolvimiento de la acción teatral, en cuyo fondo toca una orquesta, compuesta de seis ó siete músicos que tocan piezas de ritmo monótono vulgarísimo, y tañen instrumentos de timbre chillón, menos, sin embargo, que la voz de los actores, hombres todos pintados los que desempeñan papeles de mujer con tendencias tan deplorables para tipos varoniles, que ellas solas bastarían para inspirar aversión á las funciones del teatro chino, si hubiera oído medianamente educado capaz de resistir con paciencia, el ritmo y la monotonía de los actores.

La afición de los chinos á las funciones teatrales es evidente; no sé por qué extraña prerrogativa, la del más fuerte quizá, puede subir el extranjero al escenario y sentarse á la vista del público y en las partes laterales del mismo, dominando á los espectadores de la platea, que siguen con ansia, y formando haz apretadísima, las peripecias de la acción teatral; pero lo cierto es que esa prerrogativa produce una ilusión completa al ver en un gran recinto centenares de chinos agrupados junto al escenario, vestidos con los trajes propios de su nacionalidad, atentos, con la mirada fija y excitada, riendo estrepitosamente, sin fijar siquiera por un momento la atención, tanta será ya la costumbre, en el viajero, que se figura estar sólo y aislado en el corazón del gran imperio asiático.

Salí en el momento de un cambio de escena, y pasando por la sala de espera ó _foyer_ vi reunidos los principales actores, vestidos con trajes vistosísimos, esperando ser llamados, y sin mostrar la menor curiosidad al ver un blanco entre tantos amarillos. La salida me produjo una impresión agradable al respirar el aire puro del Pacífico.

Atravesé algunas calles, trazadas todas en ángulo recto y llegué al templo principal, que no sé cómo llamarle porque la entrada tiene más bien apariencia de casa de baile ó casino que de sitio dedicado á la oración y al recogimiento, siendo el primer piso el lugar donde se han levantado los altares que adoran los hijos del celeste imperio. La primera impresión es la de una decoración teatral; hay allí tantos objetos extraños, de un culto desconocido, figuras tan singulares, dragones, esfinges, culebras, un dios que de la forma humana sólo tiene lo exagerado y ridículo, adornos de coloración intensísima, dominando el encarnado y el verde, sedas hermosísimas, bordados preciosos, marfiles que representan deidades de teogonía para mí desconocida, fanales de alambre donde arden los papeles que recoge cuidadosamente el chino en todas partes como si quisiera ofrecer en holocausto á sus dioses patrios, los secretos y las ideas de la humanidad, luces que arden perpetuamente, nichos que besa el chino, sitios de preferencia donde ora llorando y pidiendo al cielo clemencia y protección, son notas que recoge allí rápidamente el viajero que paga su tributo, comprando unos sacos llenos de perfumes que derrama el chino en los altares de sus deidades favoritas.

Salí de aquel templo con ideas de justicias vengadoras, de monstruos que devoran, de dioses que exigen sacrificios, de vanidades humanas vencidas y humilladas, sin haber visto un solo símbolo que sirva de consuelo y esperanza en las tribulaciones de la vida.

La noche, ya avanzada, no se traducía en letargo en las calles, llenas de celestes; la casa de empeños, repleta de mil objetos, esperaba aún al desdichado que había dejado su último centavo en la casa de juego; la silueta de la mujer embadurnada, espantosamente fea, sentada tras estrecha celosía, ejercitaba las seducciones de sirena, el policeman continuaba siendo una nota rara en aquel cuadro de costumbres, y los que estábamos ya cansados de ver cosas tan extrañas y vicios tan horribles, volvimos al hotel creyendo que habíamos realizado en América el grato sueño de un viaje al corazón de la China.

El reporterismo y la hospitalidad en California

[Ilustración]Al llegar á San Francisco á las diez de la noche, se me proporcionó, media hora después, el placer de dar un _shake-hands_ cordial á dos reporters del _Chronicle_ y el _Sun_ que me eran completamente desconocidos.

«Buenas noches, venimos á preguntarle quién es usted y á qué viene á San Francisco»; «pues miren ustedes, yo, vamos al decir, no soy nadie; hasta hace pocos días he sido Comisario de Industria de España en la Exposición de Chicago; ahora soy un caballero particular que viene por su cuenta y riesgo á estudiar la importancia y el desarrollo de la vinicultura en California. Ustedes comprenderán, si á esta distancia llegan, los clamores de los productores de mi país, que habiendo alcanzado la viticultura en España un desarrollo anormal, la competencia que ustedes», me refería mentalmente á los vinateros, «pueden hacernos en América tiene para nosotros un interés de primer orden, interés que mis compatriotas no han sabido ver, si es cierto, como se dice, que soy el primer español que ha venido á California con las expresadas miras.»

«Nuestras bodegas están llenas, nuestros caldos por los suelos, necesitamos exportar los vinos á todo trance, y como sospecho _¡valiente sospecha y sin fundamento!_ que los vinos de ustedes han de mezclarse con los europeos para ser potables, vengo á estudiar los medios de facilitar la importación de aquéllos á este país con ventaja de ambas naciones.»

«Ustedes entienden claramente lo que digo ¿verdad? porque mi inglés no va muy allá, y sentiría ser mal comprendido.» «Oh, _yes_», y en efecto, prescindiendo del cambio fundamental del _importer_ por el _exporter_, la fraseología resultó exacta en la relación publicada textualmente al día siguiente en el _Chronicle_ de San Francisco. Se despidieron y me acosté. A la mañana siguiente, al volver á casa, hallé un buen número de tarjetas de personas que deseaban visitarme y transmitirme sus opiniones acerca de la cuestión vinatera. La mayor parte me pareció gente de poco fuste; entre ellos, sin embargo, llamóme la atención el químico Mr. Hugh Frazier y el propietario de Napa Valley Mr. Shram, que mostraron deseos de acompañarme y hacerme ver lo más interesante de lo que puede estudiarse en vinicultura californiana. Esperábame el día siguiente en el embarcadero el químico Mr. Hugh y fuimos juntos á Santa Helena, capital del condado de Napa.

Atravesamos la bahía de San Francisco, llegamos á Oakland á las ocho de la mañana, tomamos el tren en seguida y á las diez y media nos apeamos en la estación más inmediata á Santa Helena, llamada Rutherford. El aspecto del valle no puede ser más risueño: extensos viñedos que pueblan llanos y montes en terrenos de grandísima fertilidad, teñidos fuertemente por el óxido de hierro y en donde pueden observarse, en los rodales de plantas desmedradas y sarmientos cortos, los efectos destructores de la filoxera, que alternan con tierras destinadas al cultivo del maíz, y caseríos alegres levantados á la sombra de árboles semitropicales corpulentos, que gozan de la temperatura constante de aquella latitud propia de una perpetua primavera.