Part 13
Llegó el 30 de noviembre y el trasatlántico «Alfonso XII» mostraba su gallarda silueta en la bahía de la Habana, esperando la hora de salida fijada para las cinco de la tarde. Mis buenos amigos me esperaban ya para acompañarme á bordo; en el puerto, una comisión de la Cámara de Comercio me tenía preparada una falúa de vapor, que surca rápidamente las aguas y me lleva al «Alfonso XII», recordándome y agradeciéndome servicios que dicen presté á Cuba en Chicago, cuando yo fuí el honrado con tanta confianza y debía ser grato deber para mí, como funcionario público y como español, merecer algo de Cuba, que es el pedazo más hermoso de la corona de España y el orgullo más legítimo de la historia patria. Más tarde llegaron los catedráticos de la Universidad que me habían acompañado en mis excursiones, los barceloneses, contertulios en el Hotel de Inglaterra, amigos todos que me recomendaron al Capitán, al Sobrecargo, al Médico, con tan afectuoso interés que no sé cómo mostrar mi gratitud, consignada aquí como testimonio de afecto y consideración.
El cañonazo de despedida, cuando el sol se ha puesto ya, mientras la hélice del trasatlántico remueve las tranquilas aguas de la bahía, me invita á dar una rápida ojeada al puerto y á la ciudad cubierta por las sombras pálidas del crepúsculo, á los fuertes erizados de cañones, á los curiosos que agitan los pañuelos, y mientras unos gritan «¡Viva España!» y otros «¡Buen viaje!», el corneta de una de las fortalezas toca la marcha real, pareciéndome que todo se condensa en una aspiración sola, suma de las nostalgias de los que envidian á los que regresan á la patria, oculta á sus inquietas miradas tras las brumas por donde sale el sol.
El «Alfonso XII» atraviesa la boca de la bahía, la mar llana nos promete venturoso viaje, y los pasajeros, mudos ante el panorama, con la vista fija en la ciudad que enciende lentamente los faroles de sus calles y plazas, _squares_ y jardines, va desapareciendo, hundiéndose en el horizonte, como desaparecen todas las realidades de la vida, que el pasado parece sueño, fantasma que se desvanece tras el horizonte creado por nuestra fantasía, espléndido en la aurora de la juventud, triste y limitado en la vejez, como realidades sin encanto y esperanzas inciertas y dudosas.
El trasatlántico enciende sus luces eléctricas; el salón de conversación, el comedor, los pasillos y escaleras que lucen aún los adornos de sus días de fiesta, brillan como ascua de oro; los pasajeros van acudiendo á la mesa, primera comida de una serie llena de incertidumbres y peligros, que en veinte días de travesía caben muchas sorpresas; y durante los tres días que dura el viaje de la Habana á Puerto Rico, veo pasar, como vistas en kaleidoscopio, la silueta de Cuba, después las Inaguas, posesión inglesa, de tierras bajas, sobre las que se levanta un faro de bastidor metálico, con sus grandes cruces de San Andrés, que harán vibrar los vientos en días de tormenta; más tarde aún, la isla de Santo Domingo, con sus montañas imponentes, la isla veleidosa que se acuerda en días de prosperidad de la metrópoli, se entrega sin reservas como hija arrepentida y la paga con desvío luego, no dejando á los ejércitos españoles más territorio que el pisado con las armas en la mano; recuerdos de nuestra historia antillana que tanto enseña y tan poco se aprende, recuerdos que se desvanecen ante la realidad de la llegada á Puerto Rico, á las siete de la mañana del día 4 de diciembre, anclando en medio de la bahía, rodeada por tierras tan hermosas que la vista sorprendida parece gozar por vez primera de todos los encantos y bellezas de las tierras tropicales.
De Puerto Rico á España
[Ilustración]A las siete de la mañana llegué á Puerto Rico. Cuando la tierra está empapada de rocío, los árboles remozados por el descanso de la noche, el ambiente purificado por el sosiego de las capas de aire que sedimenta, por acción mecánica, cuanto flota en la atmósfera sacudido por el viento; cuando la naturaleza entera parece presentarse al que madruga con su _toilette_ matinal hecha con esmero, para renovar sus prodigios y presentarse á la vista del hombre con sus prestigios de coqueta refinada, parece escogida de intento para que el viajero pueda contemplar la bahía de San Juan de Puerto Rico, adornada con todas las pompas y galas de la espléndida vegetación tropical.
No tiene aquella isla la grandeza de líneas de Cuba, ni presenta la bahía de San Juan el encanto de una gran ciudad, como la Habana con su puerto y sus dársenas, edificios públicos, iglesias y campanarios, cuarteles y fortificaciones; pero el campo, cubierto de cafetales y pueblecitos escondidos en los repliegues de valles encantadores, la montaña caprichosamente proyectada en el cielo, cubierta de frondosos bosques de cocoteros, y la ciudad escalonada en rápida pendiente, mostrándose, toda ella, á la vista del viajero, con sus tonos vivísimos de color, sus persianas pintadas de verde, su jardinito á la orilla del mar, sus edificios públicos que asoman por todas partes, capitanía general, cuarteles, iglesias, con ansias de contemplar la bahía, y el movimiento marítimo con sus botes tripulados por negros, los trasatlánticos con su porte majestuoso, las lanchas de vapor y los cañoneros de la marina de guerra española, las aguas de la bahía que parecen las de un lago, las de fuera de puntas, en la otra parte del Morro, que saltan y echan espumas, mostrándose airadas contra los obstáculos de las escolleras, espectáculo es curioso que no pierde su prestigio con el tiempo, que á los diez y nueve grados de latitud norte, los cambios bruscos de la atmósfera, la nube que cruza el espacio y riega los campos derramando copiosa lluvia sobre la tierra sedienta, el viento que agita las aguas y levanta olas espantosas en el mar de las Antillas, las brisas que acarician y besan aquella vegetación espléndida, refrescando su follaje fatigado y rendido, el aire que cambia constantemente de densidad y de color, sin perder el brillo intenso que conserva á la luz del sol toda su fuerza y sus colores, matices son de un cuadro inmenso, siempre el mismo y siempre variado, que tiene por marco el mar, tallista prodigioso que ha dibujado la silueta de la isla de Puerto Rico con primores y perfiles de consumado artista.
Y cuando cesa el movimiento al rededor del «Alfonso XII» y los pasajeros se deciden á visitar la ciudad, multitud de barqueros me ofrecen su lancha, que en pocos minutos me deja al pie del desembarcadero para recorrer la capital de la isla, que á juzgar por su perspectiva, no ha de exigir mucho tiempo á la atención del viajero. El microscópico jardín que está junto á la escalinata del muelle, no merece más que una rápida ojeada, empezando á los pocos pasos la rampa de una calle que sigue la máxima pendiente de la colina en que está edificado San Juan de Puerto Rico. Los ejes de las calles transversales, siguiendo aproximadamente las trazas de líneas de nivel, son casi horizontales, desarrollándose en ellas las edificaciones más bellas, los edificios públicos más notables, la iglesia más ostentosa, la plaza en que se halla la Casa Consistorial, y, en el extremo, casi en las afueras, otra plaza, en donde se abrían las fundaciones de un monumento dedicado á Colón, proyectado por un artista italiano que hizo conmigo la travesía de la Habana á Puerto Rico, y se estaba remozando un teatrito muy bonito, demasiado chico, quizás, para una población de 30,000 almas, y junto á las murallas que van á derribarse á petición del vecindario, que se ahoga ya dentro de un recinto amurallado que los técnicos juzgan ya inútil para la defensa de la plaza, y los higienistas cinturón que oprime con sus ligaduras los pulmones y la fuerza expansiva de una ciudad que crece y se desarrolla á impulsos de su riqueza y su trabajo.
En parte opuesta del barrio descrito y sobre la misma curva de nivel se halla la Capitanía general, edificio típico y con cierto aire de grandiosidad; en sus cercanías, un cuartel espacioso con un patio central donde puede formar un regimiento, y cuadras ventiladas y espaciosas, cuartel que costó tanto dinero, que doña Isabel II preguntó si se construía de plata; junto á ellos también, otro caserón inmenso, no sé si hospital ó casa de Maternidad, formando un grupo de edificación de carácter público que revela los desvelos de la metrópoli por la preciosa isla que tiene una densidad de población superior á la de todas las islas del Archipiélago antillano, que tiene en sus costas poblaciones importantísimas y más lindas, según el decir de las gentes, que la capital; que cultiva todas las tierras y los montes, aun los más fragosos y alejados de los centros de población, donde se cría riquísimo café, cacao, caña dulce, tabaco que exporta profusamente con provechos cada día más importantes, que va desarrollando, aunque con excesiva lentitud, los ferrocarriles del litoral, que tiene buenas carreteras y un buen servicio de obras públicas, y que sin la invasión de la plata mexicana, pesadilla allí, como en muchas partes, de un porvenir tenebroso ante el problema de la cuestión monetaria, cuya solución es tormento de gobiernos y sabios, no creo opinión optimista asegurar que la isla de Puerto Rico goza de envidiable prosperidad y que es una de las colonias que han dado y dan prestigios más justificados al colono y al comercio español.
Por la tarde, la excursión á Santurce y Río Piedras completó la breve visita hecha á la isla de Puerto Rico, de la que guardo tan grato recuerdo y tan pintorescas perspectivas. Para ir á la estación del tranvía de vapor, desde el cuartel, forzoso será desandar el camino recorrido y volver á la parte baja de la ciudad, al pie de la plaza que debe ostentar ya á estas horas la estatua de Colón.
Un modestísimo cobertizo de madera, un pequeño andén donde para un tren de una locomotora y dos vagones á la americana, que hacen la _navette_, como dicen los franceses, en vía estrecha, no sé si de un metro ó de setenta y cinco centímetros de anchura, constituyen el vehículo que recorre, en la longitud de unos cinco kilómetros, el espacio comprendido entre la capital y Río Piedras, población de escaso vecindario, que se halla casi en el centro de la curva que cierra la bahía de San Juan de Puerto Rico. El que visita la isla y descuida por ignorancia ó indolencia el recorrido de aquella línea, bien puede tener entendido que ha perdido una de las perspectivas más deliciosas de la tierra. No se crea que hay en aquel cuadro de la naturaleza embellecido por el arte, grandiosidad, ni el espectáculo hondo de extensos horizontes colmados de accidentes, no, lo que se ve en aquel valle lo abarca la vista en conjunto y sin esfuerzo; lo que se admira es la compenetración de las obras de una naturaleza ardiente y poderosa, con el arte de construir y combinar; es el hotelito primoroso que sombrean árboles deleitosos y flores de sin igual hermosura; es la cabaña y el bohío, escondidos en un rodal que parece arrancado del fondo de la manigua y trasplantado en el seno mismo de un pueblo culto y enamorado de las artes; es la mezcla de las razas codeándose sobre el pretil del verandah, donde se ven juntas la belleza mestiza y la negra de azabache, la rubia de ojos que sueñan y la mulata de mirar que fascina; es la continuada sucesión de hotelitos y jardines, de masas de cocoteros y palmeras, de árboles forestales gigantescos y plantaciones variadas, síntesis de la fecundidad prodigiosa de los trópicos, utilizada, con gusto exquisito, por los dichosos habitantes de la isla.
Al llegar á Río Piedras, la ilusión se desvanece; á la derecha, charcas pantanosas y tierras bajas; á la izquierda, el pueblo, de fisonomía vulgar, en cuyas cercanías vi la quinta de verano del capitán general con su jardín, donde crecen cafetales, cocoteros y plátanos en abundancia, y un edificio, como puede tenerlo cualquier burgués acomodado; á lo lejos, la manigua que atraviesa polvorosa carretera que se pierde en el horizonte... después, ansia de regresar para deleitarme otra vez en lo que no volveré á ver probablemente jamás.
Al día siguiente, el «Alfonso XII», después de cargar sendos sacos de café y azúcar, regalo ostentoso de Puerto Rico al ejército de África, levó anclas, disparó el cañonazo de despedida, atravesó la boca de la bahía, y como si despertara á la realidad, después de tener la vista fija en aquellas tierras de portentosa fertilidad y en aquella ciudad aseada, limpia, bonita, con la brusca sacudida de la mar libre, embravecida, saltando las olas en las rompientes, como catarata que se despeña de alturas inaccesibles, siento que la preocupación se apodera de mi espíritu, que las ansias de volver á mi casa, de abrazar á los míos, de estrechar la mano amiga que auguróme buen viaje, levantan en mi corazón el dejo amargo de la duda, y mientras la isla se hunde en el horizonte y el mar nos rodea por todas partes, mar airado, ceñudo, lleno de espumas que azotan los flancos del coloso... y pasan días y días, sin descanso, oyendo como la hélice gira con estrépito en el aire, produciendo un ruido aterrador, como se rompe la vajilla y crujen las cuadernas del buque, como si no pudiera resistir las embestidas de aquel oleaje furioso, con mar de proa que modera la velocidad, con marejada gruesa que produce balanceo espantoso, pienso con ansiedad en la hora de llegada, en el día afortunado en que volveré á ver las costas de mi patria.
Llegó, por fin, la hora suspirada; el tiempo apiadóse al fin de los pobres viajeros del «Alfonso XII», y á las 2 de la tarde del día 16 de diciembre de 1893, con la vista fija en el horizonte y con algo en mi sér que levantaba oleadas de alegría que anudaban mi garganta, volví á contemplar las tierras patrias, las costas españolas del Atlántico, en cuyo fondo se divisaba la ciudad culta, la hermosa Cádiz, y mientras tomaban cuerpo y realidad en mi cerebro aquellas brumas difuminadas en el horizonte, no se me ocurrió cosa más digna de aquel suceso venturoso, que dar gracias fervorosas á Dios, que me había colmado de dichas en mi camino y que me permitía volver sano y salvo al lado de los que siempre me amaron, para vivir y morir entre los míos, en el seno augusto de la patria española.
La conclusión de un libro
[Ilustración]Jamás podré pagarte, lector querido, la gratitud que te debo por haber leído estas páginas dictadas al calor de una convicción profunda, intuitiva ayer, resultado hoy de paciente observación y continuado estudio. Y al hacer examen de conciencia, para resumir, en poquísimo espacio, el trabajo de nueve meses pasados en América acopiando datos, noticias, discursos, hechos, cuanto contribuye á labrar en el entendimiento el concepto claro de los hombres y las cosas, aun siendo corto el tiempo empleado y mi saber escaso, oblígame á decir lo que siento y pienso, á condensar en un punto concreto el objetivo de mi labor, si he de justificar, de alguna manera, la osadía de haber escrito tantas páginas que si no por su calidad, por su número, arrojan material suficiente para sumarse en las de un libro.
Los Estados Unidos vistos al través de sus invenciones y riquezas parecen un cuento de hadas; cuando se tocan de cerca, la ilusión se desvanece, quedando en el espíritu el sombrío presentimiento de una civilización movediza, que no lleva rumbo fijo y que puede encontrar, en su camino, insuperables escollos. Han creado un Estado sin familia, han desligado á las gentes de los vínculos que ata el corazón, y la idea de patria resulta una cosa tan vaga que ha de ser para los yankees un anacronismo propio de sociedades caducas vislumbradas desde allí al través de las brumas del Atlántico, vegetando sobre las tierras cansadas de la vieja Europa.
La libertad individual absoluta, la autoridad paternal desconocida, la emancipación de los niños, aceptada apenas trasponen los umbrales de la pubertad; la madre que olvida con el divorcio á los hijos; el padre que contrae, solicitado por el instinto, nuevos vínculos que desatan las tormentas conyugales; hermanos germanos que apenas se conocen; hermanos consanguíneos que ni pueden odiarse; hogares que forma el placer y borra el dolor, no pueden ser raíces que ahonden en el suelo de la patria para constituir tronco fuerte y robusto, capaz de mantenerse erguido en las luchas sociales.
Búsquese el término de comparación en España y se verá que aquí la santidad del hogar es una necesidad sentida por todos: el hombre peor dotado, el que esconde sus delitos en cárceles y presidios, necesita creer en la santidad de su madre, en un hogar honrado donde pasó las horas más tranquilas y más hermosas de la vida, donde se desarrollaron el amor á la patria pequeña, los entusiasmos por la grande, el interés por el terruño y la casa, llena de recuerdos, de ilusiones y esperanzas, compenetrándose de tal manera esos afectos, el amor á la familia y á la patria, que forman en el corazón primero y en la inteligencia después una sola idea, como los sumandos de una adición cuando son homogéneos forman un total, un todo expresivo de una cantidad clara, precisa é indiscutible.
En los Estados Unidos, todo eso es puro romanticismo; los padres imitan á los pájaros, viendo con gusto que los hijos se emancipan cuando tienen alas para volar, el niño solicitado por el afán de acumular dinero, ansia torcedora de toda la familia yankee; la niña arrullada por la idea, aceptada por todos, de su inteligencia precoz, educada é instruída fácilmente con destinos sólo esbozados en aquellas sociedades, pero, con inclinaciones claramente manifestadas, encuentran el hogar menguado para sus iniciativas, y se lanzan al espacio, sin cuidarse nadie de averiguar si la frágil máquina de su temprana inteligencia resultará globo dirigido por mano experta ó alas de cera que derretirá la primera ráfaga de pasión hallada en el proceloso océano de la vida.
La familia, afirmada con elementos tan deleznables, no arraiga en el corazón de nadie; los padres creen haber cumplido sus deberes, si han cuidado de que no faltara á sus hijos el pan de cada día; los hijos emancipados en edad temprana, olvidan fácilmente beneficios que no han echado raíces en el corazón, y tras largas ausencias, el hogar se borra de la inteligencia, desapareciendo con él cuanto estimula los puros afectos del alma.
Los que nos hemos acostumbrado á ver que la familia, sólidamente establecida, es la unidad sobre que descansa toda la organización de un Estado, con dificultad entenderemos que sea posible mantener un cuerpo social robusto, con elementos entecos, con unidades que por su índole y contextura no tienen aptitud alguna para contribuir á la solidez del edificio, que si falta el interés real que reside en el amor, todo lo demás resulta tan contingente como las mudanzas de los tiempos y las opiniones de los hombres.
Y si ese argumento no tuviera la importancia capital que asigno á las condiciones en que se desenvuelve la civilización norteamericana; si la fortaleza de que dió pruebas convincentes durante la guerra de Secesión pareciera signo evidente de que las unidades, aun reducidas al individuo, cuando saben agruparse y manejarse, resultan capaces de producir organismos poderosos; si la prosperidad en que ha vivido durante los últimos años, desarrollando la riqueza de una manera verdaderamente portentosa, legendaria, de que apenas podemos formarnos aquí una idea clara, dijera que en los Estados Unidos si la familia no sabe formar grupos unitarios enlazados por el interés sagrado del hogar, se agrupan, en cambio, los elementos afines de otra manera para que los organismos económicos crezcan y se desarrollen dando al Estado grandes energías y al individuo enormes riquezas; aun así, aun admitido todo esto, hallo al individuo desarmado ante el infortunio, ante el dolor, ante la enfermedad, hallo en todas partes el desamparo más profundo en el enfermo que va al hospital ó á la casa de salud, porque en su casa, si la tiene, no hay quien pueda cuidarle; en el que busca el calor de la familia, que no se reúne para comer, como no sea á primera hora en el breakfast, rápido y silencioso, precursor de los cuidados de una jornada agobiadora; la mujer que come casi siempre en el _bar_ ó el restaurant, los hijos que gozan ya de su independencia y que van ó no á compartir las alegrías y las tristezas del hogar, costumbres son de un pueblo que ha montado una civilización que entristece, quitando á todas las manifestaciones de la vida lo único que tiene encantos, la sola cosa que nos ata á la tierra, el amor de la familia, formando agrupación sólida, permanente, escudo poderoso contra el mal, la desgracia, la enfermedad y la miseria.
En esas condiciones, el norteamericano trabaja para satisfacer sus ideales, sus egoísmos, sus ambiciones, sus ansias de poder... el español tiene la vista fija en los suyos, en el arraigo del hogar que perpetuarán los hijos, los hermanos, los sobrinos, que serán su continuación en la familia, creada con el sudor de su frente, y ennoblecida con su trabajo honrado y fecundo.
Surgen de aquí, como es natural, organismos completamente distintos en el modo de ser de aquellas sociedades comparadas con las nuestras, pero tan complicadas y tan inmorales, que cuanto se diga ha de parecer exageración de principio, y mucho más en España, en donde tantas gentes pregonan nuestra decadencia, nuestro mal gobierno, la ignorancia de nuestros hombres de Estado, lo enrevesado y difícil de nuestra Administración en todas sus ramas y poderes, sin ocurrirles cosa más halagüeña que la de compararnos cada día, y con una insistencia digna de mejor causa, á los riffeños, modelos en que se mira al parecer mucha gente, si he de juzgar las cosas por el uso de ellas, siendo triste que abusen del procedimiento nuestras eminencias políticas y literarias, más amantes de hacer frases que nos deshonran, que de respetar á los que viven cristiana y honradamente trabajando, sufriendo y pagando culpas ajenas, culpas de unos cuantos, los menos, que arman una gritería infernal, dejando sin opinión á los más que sólo piden orden, paz, tranquilidad y respetos para la patria.
Larga sería mi tarea si tuviera que hacer un trabajo comparativo entre los organismos de carácter público norteamericanos y los nuestros; nuestra inmoralidad, con ser mucha, no puede compararse, ni en política, ni en administración con aquélla; como mecanismo político resulta aquello tan enrevesado como esto, y en el concepto del respeto debido á las leyes, desde el policía que emplea procedimientos que en España levantarían cada día una tormenta, hasta los linchamientos realizados por las masas blancas poco menos que á diario, con un refinamiento de crueldad que hiela la sangre, habría tela cortada para probar que si España es una continuación del Riff, esta comarca se extiende hasta los confines del Nuevo Mundo, floreciendo el procedimiento africano, pujante y vigoroso en las tierras vírgenes de la América del Norte.