Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 11

Chapter 113,906 wordsPublic domain

Y antes de describir lo más interesante, sin duda alguna, de la industria habanera, por su riqueza, su trascendencia y su colorido local: «la fábrica de tabacos», permítame el lector, aunque sea desviando por completo el curso de sus ideas, y dando un salto en el orden de los asuntos tratados, pero ajustándome á lo contingente de la vida, que, en su curso diario, pasa incesante de lo serio á lo jovial, y de lo trascendente á lo fútil, como corre un río en las horas del día tan pronto sobre lecho blando y de suave pendiente, como sobre accidentado asiento que transforma el agua pura y cristalina en espumas y airadas corrientes, en cataratas que rugen y rompientes que amenazan, así he de pasar ahora de lo serio y hondo de la enseñanza que es agua fecunda, y de la electricidad que es luz, calor y fuerza que espanta, á una escena pintoresca, de color tan singular, que ya querría verla en un cuadro de pintor colorista, capaz de sentir en su cerebro todas las vibraciones de la luz ardiente y poderosa de los trópicos para trasladarla, con el aliento del genio, á la tela que admite el tono, el color, la perspectiva, el movimiento, el aire, todas las condensaciones de la realidad arrancadas al arte del dibujo y la pintura por el artista de raza. Escena que aún contemplo gozoso con los ojos entornados, y que tropiezo con ella después de ver los portentos de la ciencia en la planta eléctrica, y los adelantos de la industria en la fábrica de yute y henequen, cuando las calles, iluminadas artificialmente, cerrado ya el crepúsculo y engalanadas con guirnaldas de flores y cadenas de papel están llenas de bote en bote, esperando una procesión de negros, devotos del arcángel San Rafael que llevan en andas, con alegría infantil, formando un conjunto abigarrado de hombres, mujeres y niños, con sus trajes de días de fiesta, multicolores, brillantes, limpios, más brillantes y limpios cuando se proyectan sobre aquellas caras sebosas, relucientes, de fisonomía variadísima, que no me canso de mirar, llevando cirios encendidos y ramos de flores, pero sin que nadie consiga poner orden en aquella masa que reza, canta y ríe, contenta de ser admirada y lucir sus mejores preseas; cuando estallan de repente las luces de bengala que abrillantan el cuadro con sus colores rojos y verdes, encendiendo todas aquellas fisonomías con tonos indescriptibles y formas apocalípticas, extrañas é inconcebibles. Y aquel arcángel que sonríe, con su cara afeminada, con su tez blanca y sonrosada, cubierto el busto de flores y joyas, sostenido por aquellas manos negras de piel rugosa y la atención de ojos que centellean en el fondo de órbitas horrendas, los pobres negros que murmuran oraciones dirigidas á aquel sér de raza distinta que les mira compasivo, forman, en realidad, un contraste que me domina, y sigo aquella procesión sin cansarme de admirar aquel extraño y abigarrado conjunto, creyendo que me hallo en el continente negro, en aquella Abisinia cristiana, á miles de millas de la realidad, donde esos espectáculos han de ser frecuentes y revestir formas tan raras como las que me proporcionó la Habana negra aquella noche, mostrándome una escena que ha quedado grabada en mi imaginación con caracteres tan hondos y tan brillantes, que los juzgo imborrables é imperecederos en mi memoria.

Los fabricantes de azúcar tienen montados sus artefactos en los campos de Cuba; los que tuercen tabaco tienen sus manufacturas en la ciudad de la Habana.

No me interesaba gran cosa el cultivo de la caña y la fabricación de azúcar, que puede estudiarse en muchos ingenios de la península y especialmente en los alrededores de Málaga, donde tuve ocasión, hace ya muchos años, de examinar tan interesante industria; por otra parte, en los ingenios, la máquina y la química dominan, en absoluto, el procedimiento; en las manufacturas del tabaco, la inteligencia y la habilidad del obrero constituyen la esencia de una de las industrias más ricas del mundo.

Y como estaba ya tan fatigado de ver en los Estados Unidos la supremacía de la máquina sobre la inteligencia y la habilidad del obrero, como la máquina resulta ya invasora hasta llegar al embrutecimiento de los encargados, no de dirigirla, sino de manejarla y auxiliarla, convirtiéndose el obrero en obediente y sumiso servidor de la materia inerte, al entrar en las cuadras de las manufacturas de tabacos, en donde el obrero pone toda su inteligencia y la habilidad de sus manos á beneficio de un poderoso instrumento de trabajo, que en vez de atrofiar el cerebro y los brazos aguza el entendimiento y afina la voluntad, parece que el espíritu halla allí más dilatados horizontes, algo que encarna mejor en la naturaleza humana, que la máquina pone frente á frente dos terribles desigualdades, tan hondas como invencibles: la del ingeniero, que ha llegado á vencer tantas resistencias y acumular tantas combinaciones que pasman, presentando al mundo una obra digna del cerebro humano, obra de la reflexión y del estudio, y la del obrero, incapaz de comprender el fundamento ideal, la fórmula sintética, el esquema de líneas matemáticas, la serie de coeficientes cuya intervención habilísima ha producido el mecanismo, y que, no siendo capaz de comprenderlo, vese reducido á la triste condición de esclavo de aquella inteligencia tan grande que impone al ignorante, sin quererlo, la triste esclavitud del trabajo inconsciente.

En las manufacturas de tabaco, el asombro toma una dirección más humana y consoladora; veo en una mesa una cantidad enorme de hoja curada y dispuesta para su clasificación, y un obrero inteligentísimo, formado al calor de un aprendizaje largo y fecundo, que las va amontonando, pero con tanta precisión, rapidez y cuidado, con mira á una clasificación tan larga y enrevesada, con objetos tan múltiples, teniendo siempre á la vista la serie de tabacos de clases, formas y condiciones variadísimas, que ha de satisfacer las exigencias de mercados, de gustos y necesidades distintas, que la separación de tan gran número de hojas, que apenas logra distinguir el profano, supone dos cosas que no podrá conseguir jamás la máquina, que aquella selección tan fina habrá de ser siempre obra de la inteligencia humana y su labor objeto que asegure á la mano de obra el porvenir, casi siempre incierto, para el proletariado que dedica hoy sus brazos á la industria.

Pero no he de adelantar ideas, si no he de introducir confusión en cuanto voy á decir, respecto á la industria tabacalera.

Importa ante todo formar concepto de la preparación de la hoja que llega á la Habana, formando paquetes de un octavo de metro cúbico aproximadamente, que entran en almacén, y se amontonan en un recinto, sin ventilación alguna, mediante una clasificación previa, en que la procedencia tiene un interés de primer orden. Para los que no estamos acostumbrados á la atmósfera que se forma en un almacén de tabaco en rama, la respiración es tan difícil que la primera impresión es de asfixia, de algo que se agarra á la garganta, irrita la tráquea y comprime los bronquios, poco dispuestos á sufrir aquellas emanaciones acres en que parece dominar un alcaloide. Pasada la primera alarma, los pulmones van tranquilizándose, y la circulación se restablece, aunque esté poco satisfecha, respirando aquel aire que dicen ser antiséptico, y enemigo resuelto del cólera y la fiebre.

En los paquetes que van arrollados á la corteza de la palma real ó cocotero, que no estoy seguro de este detalle, se ha cuidado ya de que la hoja forme manojos, dispuestos de manera que no pierda la homogeneidad, textura y humedad necesaria para conservar su finura, sólo comparable á la piel de cabritilla más suave y delicada.

Antes de que la hoja pase del almacén á la mesa del operario ha de entrar en la cámara de fermentación, encerrándola á granel en toneles de madera, abiertos por sus extremos, donde humedeciéndola con un poco de agua salitrosa se calienta lentamente, sufriendo una fermentación que parece tener por objeto principal neutralizar, algún tanto, la acción de la nicotina, veneno activísimo que estraga y embota el paladar, poco apto entonces para apreciar los aromas delicados, y los principios esenciales del tabaco de buena hoja.

La hoja, una vez fermentada, sufre una verdadera fiscalización, en la mesa de aquel operador de que hice mención en anteriores párrafos, haciendo ante todo una gran división que consiste en separar la hoja de tripa de la hoja de capa, la que resulta picada, manchada ó excesivamente nerviosa, de la que no tiene tara alguna, mancha ó agujero, que resulta suavísima á la mano, que se pliega con facilidad como si fuera y es realmente untuosa al tacto, variando sólo en el color que ha de resultar, sin embargo, homogéneo, y evitar que _lagartee_, ó lo que es lo mismo, que expuesto el tabaco á la luz se decolore en unas partes para formar veteados extraños, que el comprador desecha, convencido de que aquel cambio de tonos es resultado de una modificación intrínseca, que resulta en menoscabo de la calidad del producto.

Hecha la clasificación por calidades y dimensiones, procede el reparto, entregándose á los operarios, llamados _torcedores_, la cantidad de hoja de tripa y capa que necesitan para elaborar el tabaco, de clase única, que se confía á su habilidad.

Téngase en cuenta, por lo que al tabaco habano se refiere, que tanto la tripa como la capa proceden de hoja cultivada en Cuba, teniendo los fabricantes de aquella Antilla el buen sentido de no consentir, en este concepto, ni en otro alguno que ataña á la buena calidad del producto, la menor adulteración. Los dueños de las fábricas vigilan constantemente la primera materia y la mano de obra, dando así un ejemplo que no deberían perder de vista los que saben cómo se ha perdido el crédito de nuestros vinos en los mercados del centro y del sur de América, y qué daño inmenso se ocasiona al país cuando la codicia nos ciega y la inmoralidad nos ahoga.

Los torcedores ocupan unas mesitas bajas, colocadas en fila, que recuerdan las mesas de los niños en las escuelas de primera enseñanza. La separación de mesas, en cuadras de regulares dimensiones, es la que prescribe el movimiento holgado del obrero, y la superficie de la tabla de las mismas, la que exige el montón de tripa colocado en la parte izquierda, el manojo de hoja de capa en la derecha, y la cuchilla afilada y limpia, al alcance siempre de la mano del obrero, en el centro.

El torcedor, sentado en una silla, no muy alta, y con los tres elementos citados en el párrafo anterior, sobre la mesa que tiene enfrente, empieza por extender la hoja de capa sobre una superficie lisa, valiéndose del canto de la cuchilla; en seguida, con su parte afilada, corta los rebordes inferiores de la hoja y toda la parte que sobresale de los nervios, de modo que el limbo se acerque lo más posible á un plano, á una hoja de papel finísimo, sin granos, nervios, ni solución de continuidad y, una vez conseguido, suelta el torcedor la cuchilla, coge un pedazo de tripa, hoja de buena calidad, pero que no tiene el color, la homogeneidad, la finura y sobre todo la continuidad de tejido, que agujerea muchas veces algún insecto y requiere la buena hoja de capa y lo coloca encima de ésta, lo comprime con las dos manos, formando aproximadamente un cilindro y luego con un golpe de mano habilísimo arrolla la capa á la tripa, quedando ésta completamente cubierta y de modo tal que los dos extremos del tabaco, uno se afila con los dedos y se sujeta la parte de hoja suelta con un poco de saliva, y el otro, se corta con la cuchilla, formando un plano normal al eje del tabaco.

La operación es tan corta y rápida, tan hábil y segura, dando al tabaco una forma tan regular, que supone en la mano que la ejecuta una flexibilidad inteligente, ya que con un solo golpe se consigue dar, al conjunto, forma abultada en el centro, cilíndrica en el extremo y afilada ó cónica en el opuesto. Los dueños de las fábricas se complacen en enseñar esta operación á los forasteros que adivinan la _difícil facilidad_ de ejecutarla bien y holgadamente, en mucho menos tiempo del que he necesitado para describirla.

Los torcedores trabajan en silencio y escuchan con suma atención á un lector que ocupa el centro de la cuadra encima de un entarimado que domina la altura media de las mesas.

No recuerdo quién paga al lector, si el dueño de la fábrica ó los torcedores, que distraen algún tanto la monotonía de su trabajo, puramente manual, con las descripciones románticas ó realistas de los novelistas favoritos. Lo que sí se ve claramente es que los obreros aceptan con gusto esta intervención de la literatura en sus faenas diarias.

El lector, á juzgar por los que he oído, no se distingue por su fácil y prosódica expresión, y si ha hecho profesión de tal, ó el oficio es difícil ó el estudio resulta deficiente. Habla despacio y claro, levanta mucho la voz, pero las narraciones resultan descoloridas y las acentuaciones y los incisos mal apuntados. La verdad es que, á juzgar por el papel que representa, más que lector resulta pararrayos, que en tiempo de la guerra separatista, y aun posteriormente, en aquellas cuadras donde el elemento peninsular se codea con el mestizo, y el español de pura raza con el insurrecto presunto, se acumulaba tanta electricidad y se fraguaban tan pavorosas tormentas, que el silencio, interrumpido sólo por el lector, pareció á tirios y troyanos, á patronos y obreros un procedimiento apropiado para templar opiniones que pasaban fácilmente de los labios á las manos, de los argumentos á la cuchilla, convirtiéndose el fecundo campo del trabajo en semillero de odios en que germinaba potente la guerra civil.

El lector, con sus descripciones, distrae la atención del obrero, evita discusiones, mantiene amistades, alcanzándose con poco dinero, si no la paz que exige del espíritu mayores estímulos, siquiera tregua y descanso.

En la fábrica «La Corona», que es la que mejor he visto en la Habana, hay instalada la confección de cigarrillos con una serie de máquinas sumamente ingeniosas que con rapidez, perfección y economía, preparan, al día, una cantidad fabulosa de cajetillas.

No tuve tiempo para estudiar detenidamente esta industria; una rápida ojeada no basta para ahondar en lo que es algo difícil y complicado, y para no exponerme á decir cosas vagas é inciertas, vale más añadir, como término de este artículo, algunas notas estadísticas que darán idea de la importancia que tiene en el mundo la industria tabacalera de Cuba.

En la Habana se cuentan unos cien fabricantes de tabaco, y, entre ellos, hay quince casas reputadas como las primeras entre las mejores.

La hoja superior, única, la que da al tabaco cubano su reputación es la de Vuelta de Abajo, cuya cuenca tiene una extensión calculada de 240 leguas cuadradas. Esta hermosa y riquísima región produce unos 750 kilogramos de hoja fina por hectárea, mientras producen sólo unos 400 kilos por hectárea las otras comarcas, lo que supone un rendimiento de un 10 por 100 sobrepujado grandemente en Vuelta de Abajo.

El suelo de Cuba, ligeramente arenoso, suelto, fresco y muy rico, y su clima, se prestan admirablemente al cultivo de las mejores especies de tabaco. El valle de Güines da el mejor rapé, la cuenca del río San Sebastián la hoja mejor para cigarrillos, y en Consolación, San Cristóbal, Guanajay y Holguín hojas de varias clases, que suelen mezclarse para disminuir su fuerza excesiva.

La Habana produce anualmente unos 200 millones de cigarros, y la isla consume, con ayuda de los torcedores, que tienen una afición grandísima al producto que elaboran, por valor de 25 millones de pesetas.

En tabacos y cigarrillos, en un país en que fuman los hombres, las mujeres y los niños, ¿quién es capaz de calcular la cantidad de hoja consumida?

¡Bendito país, que tiene campos y tierras tan fecundos, productos tan valiosos y manufacturas tan ricas! España, mientras cuente con su imperio colonial, nunca será tan pobre como se dice, pues posee las islas más ricas, más hermosas y más fecundas de la tierra.

Impresiones acerca de la política cubana

[Ilustración]Todo lo que he visto en la Habana, lector querido, he procurado traducirlo fielmente en cuanto va expuesto en las páginas de este libro y, en este instante, cuando hago examen de conciencia, y repaso rápidamente la impresión de conjunto, agrupando en fotografía de perspectiva general, fotografía que Lippmann no sabría arrancar de mi memoria con todos sus colores, detalles y siluetas, á pesar de su genial inteligencia, observo que el esbozo de tan hermoso cuadro, por desgracia mía, no responde á lo que veo cuando cierro los ojos y se forma en la cámara obscura de mi cerebro aquel cuadro tan lleno de luz y de perspectivas, que durante diez y siete días, embargó todas las potencias de mi espíritu, y dominóle con el influjo soberano de su espléndida belleza. Pero si analizo y cotejo la impresión sentida con la expresión manifestada, prescindiendo de formas y estilo que mi pobre inteligencia no ha sabido adornar, contento estoy de haber expuesto mis pensamientos sin haber alterado, por pasión ó ruindad, lo que creo haber visto en la ciudad de la Habana.

A pesar de ello, ¿quién es capaz de asegurar que lo visto está bien observado y lo observado bien traducido? Que en el lógico encadenamiento de impresiones y juicios juega importante papel el temperamento, la idiosincrasia individual, lado flaco de toda expresión en que juegue importante papel la apreciación de la belleza. Y si temo haber errado en la descripción de lo que he visto y tocado, ¿cómo evitar temores más hondos cuando intento formar concepto del estado político-social de Cuba, valiéndome de las opiniones consultadas, sacando provechos de la diversidad de juicios escuchados con profunda atención, y sin perder de vista el temperamento, la opinión política profesada, el medio social en que se vive y multitud de circunstancias cuya apreciación exige un tacto, un conocimiento del corazón humano, y hasta una cierta intuición sólo otorgada á inteligencias privilegiadas, capaces de formar un juicio rapidísimo, exacto, salvador, en horas críticas de la vida social?

Y si resulta de la investigación practicada y de la observación atenta, una serie de discrepancias capaces de perturbar el ánimo más templado y más sereno ¿cómo evitar el temor quien entienda que en todo ha de ser el que escribe justo, severo, desapasionado é independiente, de que la voluntad no halle en las demás potencias del alma ayuda en las flaquezas del entendimiento?

Seguir á los optimistas, sería cerrar los ojos á la luz; atender sólo la opinión pesimista, entregarse á la desesperación. «Nunca fué la isla de Cuba tan rica como ahora», dicen los primeros; «¡qué sueño! si estamos á dos dedos de la ruina», replican los segundos. «La tranquilidad está asegurada. España dominará la isla porque los separatistas saben muy bien que Cuba no sería, abandonada de la metrópoli, otra cosa que la república negra de Haiti»; «¡bah! ¿y los Estados Unidos? ¿y la riqueza mestiza? ¿y la inteligencia del cubano?», contestan los amigos de la autonomía de la isla.

Y entre tan discordes opiniones ¿dónde está la verdad? ¡Ah! la verdad está quizá en otra parte, y el verdadero peligro más que en el Reformismo y la Autonomía, más que en las luchas de la Unión constitucional con el Reformismo que sueña con la Diputación única, como panacea de los males que padece Cuba, se halla en las singulares condiciones en que se desarrolla el trabajo en la isla y en tener sus principales mercados en los Estados Unidos.

Cómo dudar de la buena fe y del sincero españolismo de muchos hombres que militan en las filas del reformismo, que durante la guerra separatista han dado á la patria española su sangre y sus riquezas, que contribuyen con su trabajo y su inteligencia al enaltecimiento de España en Cuba y que, sin embargo, intentan recabar de la Metrópoli, y lo intentan con una energía y un entusiasmo que da mucho que pensar, el establecimiento de la Diputación provincial única que habría de parecerse á una Cámara, sin facultades legislativas, ciertamente, pero establecida en la Habana, centralizadora, bajo el punto de vista de la isla, pero con atribuciones descentralizadoras, con respecto á la Metrópoli; Cámara que dominada, algún día, por los separatistas, podría ser una verdadera Convención de donde surgiría con la elocuencia propia de la raza tropical, el incendio pavoroso de nueva guerra civil, convirtiéndose rápidamente en legisladora, en Poder ejecutivo, en dueña y señora de la isla, como representante del sufragio popular, y ejecutora de sus decretos y resoluciones. Y como no he de creer que ese peligro lo desconozcan los españoles que patrocinan de buena fe el pensamiento, al adoptarlo en un período de tiempo realmente pavoroso para la isla, cuando el Banco Español suspendió los pagos, el azúcar estaba depreciado y la mano de obra envilecida por las tarifas del bill Mac-Kinley, que protegían la importación de tabaco en rama á los Estados Unidos é imponían crecidísimos derechos al tabaco torcido; claro es que la idea dominante, la preocupación obsesiva fué la de mejorar la situación económica de Cuba, buscando medios efectivos y prácticos de ponerse en buenas relaciones con el mejor mercado de la isla, el que consume el 90 por 100 de su stock de azúcar, el que compra frutas tropicales por valor de cinco millones anuales de dollars, el que importa millones y millones de hoja de tabaco en rama para convertirlo en tabaco torcido, aprovechando su Virginia, Kentucky, etc., para tripa y la hoja cubana para capa; mercado inmenso, de 64 millones de habitantes que se llama Estados Unidos. Y como las colonias no hallan en la Metrópoli mercado bueno y seguro, como algunas veces resultan sacrificadas á los intereses peninsulares, la Diputación única, formando un núcleo vigoroso, y, hablando claramente, imponiéndose, si llegara el caso, en las cuestiones económicas, procuraría lentamente alcanzar la autonomía económica, precursora, mal que les pese á los patrocinadores del reformismo, de la autonomía política y social.

A este estado de cosas nos ha conducido el malestar económico de la isla de Cuba, á este estado, peligrosísimo por las simpatías que despierta, los lazos que ata y las relaciones que estrecha con los Estados Unidos, poco decididos, hoy por hoy, á salvar el estrecho de la Florida con ansias de conquista, que bastante faena tienen hoy en su casa, para ocuparse en la ajena; á este estado hemos llegado, lleno de peligros más ó menos remotos que no consiguen despertar la atención de nuestros hombres de Estado, para que se convenzan de que los vínculos de la sangre no son bastante fuertes para asegurar el amor de los pueblos, cuando falta el pan de cada día y la ruina resulta ser la triste compensación de sacrificios hechos recientemente en sangre, inteligencia y dinero en nombre de la patria.

Los _ñañigos_ y los bandoleros de los campos de Cuba no son más que signos de los tiempos; si el ñañiguismo retoña y el bandolerismo crece, es que el trabajo no cunde, la plantación no rinde, la zafra no produce, y estos sumandos tienen para los españoles de Cuba una traducción pavorosa: la de que la Metrópoli no sabe amparar los intereses de sus hijos, en cuyos corazones se debilita el amor que sienten, porque no los protege ni consuela. Mientras el ejército tiene fe en la pericia de los generales que han de guiarle en el combate, la victoria es casi segura; si esta fe que salva y alienta se pierde, el enemigo tiene la mitad del camino andado para vencer al que, desmoralizado, entra ya rendido en la contienda.