Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 10

Chapter 103,423 wordsPublic domain

El cementerio de la Habana contiene páginas tristísimas de nuestra historia colonial; una sola, la más cruenta, borra de mi memoria el recuerdo de los bomberos que murieron heroicamente en un incendio horroroso perpetuado en un mausoleo digno del patriotismo y la piedad del pueblo cubano, y me fijo únicamente en el monumento que los estudiantes habaneros dedicaron á los niños fusilados, en hora inclemente, por haber profanado la tumba de un español, el periodista Castañón, asesinado alevosamente en New-York por un insurrecto cubano.

Si fuera posible arrancar del libro que narra las luchas de la guerra civil en Cuba la página de aquellas horas de frenesí patriótico, si aquellas piedras que conmemoran un hecho que llorarán siempre amargamente españoles y cubanos, pudieran transformarse en monumento de perdón en que cupieran los nombres de vencedores y vencidos, glorificados todos por el valor ostentado y el sacrificio de la sangre derramada en ambos campos, la humanidad entera podría regocijarse de un olvido que cuadra bien al temperamento cristiano y caballeroso de españoles y cubanos.

Yo de mí sé decir que salí de aquel cementerio hondamente afligido, hallando en mi corazón igual acogida víctimas y matadores; y rogando á Dios que ilumine á los pueblos y les preserve de los arrebatos de las pasiones que dejan en el corazón y la conciencia huellas amargas, que sólo suaviza el cumplimiento del deber patrio hondamente sentido y con justicia realizado.

Al salir del cementerio, el crepúsculo vespertino da al campo cubano un verde intenso, obscuro, radiando oleadas de aire caliente, de olores extraños que no logran distraer mi atención entristecida. A los pocos minutos atravesamos el paseo de Jesús del Monte, lleno de tranvías y carruajes, pasamos por delante de la Pila de la India, que domina un hermoso boulevard, y entramos ya en el Parque, en hora regocijada, cuando la población sale á respirar la brisa del mar, y se confunden en el jardín todas las razas y todos los colores, dominando, tronando con sus atractivos, la criolla y la mulata, frutos hermosos de la grande Antilla española.

En el Parque, punto céntrico de la ciudad, y junto al hotel de Inglaterra, tiene el comercio de la Habana establecida la central de bomberos. Montan constantemente la guardia, en la puerta principal, dos caballos tordos, de raza percherona, robustos, relucientes, rellenos del tejido adiposo que cría una alimentación sana y una vida tranquila y sosegada, colocados simétricamente al eje de la bomba de vapor, dispuesta siempre á acudir con rapidez al punto incendiado.

La bomba de vapor, de tonos encarnados, con su chimenea metálica de líneas elegantes, su hogar cargado y dispuesto para aumentar la tensión del vapor en la caldera, siempre calentada por medio de una manga que pone en comunicación la caldera de la central con la de la bomba, los collares suspendidos y colocados á ambos lados de la lanza del carro, los caballos ya enjaezados y dispuestos, la vigilancia incesante y exquisita, todo revela el cuidado y la previsión con que se atiende en la Habana el servicio de incendios terribles como en parte alguna, por la condición de los edificios, la naturaleza de las mercancías de fácil combustión y gran riqueza almacenadas en los muelles y depósitos comerciales, y la frecuencia de vientos huracanados que en días de incendio podrían causar la ruina de la Habana.

El servicio de señales, las bombas de vapor y de mano, las herramientas y los utensilios, las camillas y los botiquines, imitación, ó mejor, reproducción del material empleado en los Estados Unidos, no puede ser más perfecto, siendo para los jefes y encargados de las maniobras motivo de singular complacencia, el enseñar á los forasteros una de las joyas más preciadas del servicio público habanero.

Acompañóme á la central el médico de los bomberos, don Antonio de Gordón, hallando allí una acogida tan simpática y cortés que no es para olvidada. En pocos segundos púsose la central en movimiento, simulóse la señal de incendio, agitáronse los caballos de guardia, soltáronse automáticamente los ronzales, colocáronse los caballos, amaestrados en esta maniobra y sin instigación alguna, al pie de la lanza, cayeron los collares suspendidos sobre aquellos animales y cogió el cochero las bridas; bastando trece segundos para salir la bomba con todo el material y personal necesario y acudir al sitio en que estallara el incendio simulado.

Con el aturdimiento que produce la agitación y el desplazamiento de los caballos, la sonería en vibración, el personal ocupando sus puestos, aquel desorden, ordenado en tan pocos segundos, produce el efecto de la instantaneidad, pareciendo imposible que pueda evitarse el atropello de los muchachos que contemplan embobados una maniobra tan repetida en la puerta de la central, y que produce el efecto deslumbrador de todo lo aparatoso y adornado con colores vivos y brillantes.

Enseñóseme el material prolijamente, la división de la ciudad en cuarteles, los empalmes eléctricos con los centros de alarma, el esquema de señales y una multitud de cosas, vistas con ojos de profano, pero curiosas, nimias, interesantes, como todo lo que guía directamente á la perfección de un servicio humanitario que entusiasma á tantas gentes hasta sacrificar la vida por la existencia de un desconocido, por la hacienda que no rinde beneficio, en nombre todo de un deber voluntariamente contraído y de la caridad noblemente ejercitada.

En estos tiempos de egoísmos feroces y bajas pasiones, es un consuelo hallar en el camino de la vida y en lejanas tierras, ejércitos guiados únicamente por el deber, ejércitos que buscan al que está en peligro y le socorren con exposición propia, que salvan la hacienda ajena sin ánimo de compartirla, obrando con abnegación y desinterés.

¡Dichosos los que ejercitan virtudes tan santas! ¡Dichosos los que nos enseñan con su ejemplo cómo se ama al prójimo y se cumplen heroicamente los mandamientos de la ley de Dios!

Acepten, pues, los bomberos de la Habana, mi respeto y admiración, que consigno gustoso en estas páginas, debidos á sus relevantes servicios y heroico comportamiento.

A pocos pasos de la central de bomberos se halla el Centro Asturiano. Dominan en la isla de Cuba tres elementos peninsulares: el asturiano, el gallego y el catalán, pero hay que confesar que las grandes iniciativas, el _leader_ de la isla, el que impone su criterio, bulle y se agita, es el asturiano.

No sé á punto fijo el número de colonos que tiene Asturias en Cuba; lo que si puede asegurarse es que las pequeñas industrias y los comercios más ricos están en manos de los hijos del Cantábrico, que, siendo en gran número, España puede contar con su patriotismo, que los que iniciaron la Reconquista en los altos montes de Covadonga no han de perder en Cuba la reputación de valientes, tenaces y sufridos que conquistaron en la península y que escribieron con tinta indeleble en la historia de España.

Forman los asturianos en la Habana una legión nutrida y compacta. Pobres y ricos mantienen el tacto de codos que da fuerza al individuo y á la comunidad, y levantaron la casa _pairal_ en el mejor sitio de la Habana, con una ostentación y riqueza capaces de atestiguar, de decir en síntesis expresiva: _somos aquí los primeros y los mejores_.

Ni en los Estados Unidos, ni en parte alguna, he visto un Club montado con mayor riqueza, que maneje más cuantiosos ingresos y que haya sabido organizar con mayor tino un establecimiento que proporciona solaz á los ricos, educación é instrucción á los niños y amparo y protección á los pobres. No puede ambicionar, quien no sea un magnate, salones más espléndidos y mejor decorados; no puede pedir el aficionado á la instrucción clases mejor montadas, donde se enseña en lenguas y matemáticas cuanto necesitan las clases dedicadas al comercio, ni el que quiere divertirse, sin olvidar á los que padecen, mejor pan, medicina y consejo que el que da el Centro Asturiano á los hijos del Cantábrico que no han sabido hallar en los campos de Cuba vida independiente y hogar libre de las tristezas del que sufre los rigores de la miseria.

Fuimos al Centro asturiano unos cuantos catalanes de los que nos reuníamos todos los días en el hotel de Inglaterra, acompañados por don Rosendo Fernández, comisario en Chicago, representante de la isla de Cuba y vocal activo é inteligente de la Junta del Centro.

Acogidos en aquella casa como amigos, iluminados y engalados los salones para que pudiéramos apreciar todas sus bellezas, examinadas detenidamente las obras de arte que adornan la biblioteca, la sala de Juntas y el salón de baile, centro de primores y buen gusto, tanto en su hermosa columnata como en los espejos, muebles, lucernas y luces de paramento, realzado todo por los colores del solado de mármol y los tonos delicados de las paredes, sobria y artísticamente pintadas, siendo sólo de sentir que aquel salón inmenso esté cortado en ángulo recto, siguiendo las líneas de la manzana, con un teatro en el vértice en forma de chaflán, recargado de ornamentación en su boca de escenario, desentonando algo, pareciendo nota chillona en aquel concierto de harmonía que existe entre todos los elementos que constituyen el salón principal del Centro asturiano de la Habana. Siento no recordar los nombres de las personas que obsequiaron aquella noche á la pequeña colonia de Barcelona, para enviarles, en nombre de todos los favorecidos, un recuerdo de gratitud.

Aquí, con ser Barcelona una ciudad que no se asusta de una cifra más ó menos pomposa, cuando sepa que el Centro asturiano tiene un presupuesto anual de más de 100,000 duros para atender á su casa, á sus niños y á sus pobres, fuerza será confesar que no ha llegado la capital de Cataluña á poseer un elemento de distracción cuyo _confort_ no tiene aquí igual, ni parecido, hermanado con un pensamiento piadoso y patriótico, que donde halla el pobre protección y amparo, la patria encuentra siempre brazos que la defiendan y labios que la bendigan.

Cuatro casas de salud, «La Benéfica», «Garcini», «Quinta del Rey» é «Integridad Nacional», con un presupuesto anual de 40,000 duros, están mantenidas por el Centro asturiano; casas en donde hallan albergue y salud ó consuelo y piadosa sepultura unos cien enfermos á manutención diaria. No basta aún esto: la sociedad ampara también á los pobres vergonzantes, á los que repugnan la promiscuidad tristísima del hospital, y les da asistencia médica y medicinas gratis en las farmacias más importantes de la ciudad.

Ahora piensa aquel Centro construir una gran casa de salud, un gran «sanatorium» para los pobres y los desvalidos, testimonio del ferviente amor que las clases ricas de Asturias sienten por sus hermanos de Cuba.

Y ya en camino para conocer los centros de instrucción con que cuenta la isla, acompañado galantemente por don Francisco Vidal, catedrático de paleontología de la Universidad de la Habana, visité el Real Colegio de Belén, dirigido por los Padres de la Compañía de Jesús que allí, como en todas partes, prestan á la causa de Dios y de la sociedad el concurso de su saber y su inteligencia. Tenía para mí aquella casa singular atractivo que no podía olvidar, como no olvidan cuantos dedican su atención al desenvolvimiento de las ciencias, el concurso que presta el observatorio de la Habana á la meteorología endógena y exógena del mundo, desde que lo dirigió el padre Viñes, el incansable meteorólogo, el que pedía limosna en nombre de la ciencia á los comerciantes de la Habana para publicar sus hojas y sus cartas, sus folletos y sus libros, comprar instrumentos, montar los aparatos de sismografía y sismometría, ponerlos en estación y pagar al mundo sabio, tan desdeñado en España, la contribución honrosa de su concurso, enalteciendo así el nombre de la patria, el de la Compañía de Jesús y el de sus generosos protectores.

Yo siento no poder insertar en estas páginas los nombres de los comerciantes habaneros que han ayudado al Padre Viñes en su obra; que aunque el hombre de negocios viera en la obra del ilustre jesuita, tras la idea fecunda la utilidad recabada, no pidiendo á los hombres más de lo que puede dar la naturaleza humana, aun así y como ejemplo, citaría gustoso aquellos nombres, para que Barcelona viera que en otras partes y en territorio patrio, se realiza holgadamente lo que aquí sólo ha podido esbozarse, en la Real Academia de Ciencias y Artes, gracias á la munificencia, nunca bastante agradecida, de nuestras corporaciones populares.

También he pedido yo limosna aquí en nombre de la ciencia, pero con éxito escaso ó nulo, mas no importa el resultado á quien está dispuesto á igual prueba cuantas veces sean menester, guardando sólo en su corazón este desengaño con el dolor que no afecta á su humilde condición, si no á la creencia de que estamos aún muy lejos de los entusiasmos que levantan el espíritu público y preparan los hombres y las multitudes á grandes empresas dignas de España.

Vi en el colegio de los jesuitas cuanto revela la tradición de personas avezadas á montar, organizar y desenvolver el difícil servicio de la enseñanza; museos copiosos y bien clasificados, colecciones bien entendidas, gabinetes ricamente dotados; pero, en los altos del edificio, en el observatorio, falta ya el espíritu vivificador del Padre Viñes, falta el entusiasmo del que convierte el servicio en un culto, del que ve á Dios en todas partes y cree hallarse más cerca de Él cuando busca é interpreta sus leyes augustas, cuando siente palpitar la tierra en el sismómetro, cuando sigue la nube é investiga donde se halla el vórtice del ciclón, cuando combina elementos directos ó comunicados para la predicción del tiempo del día siguiente, cuando acumula paciente los elementos estáticos y dinámicos de la atmósfera para descubrir la síntesis hermosa y espléndida de las leyes de los meteoros, pensando siempre en el fin, que escapa hoy á la inteligencia humana y que habrá hallado el Padre Viñes, sin duda alguna, en un mundo mejor, premio de sus virtudes, su ciencia y su abnegación.

Continúe pagando el observatorio de los Padres Jesuitas de la Habana la contribución debida á la ciencia, que honrará así la memoria del que fué gloria purísima de la meteorología española.

Al día siguiente salí temprano del hotel, en día cubierto del mes de noviembre, atravieso el Parque y por la calle del Obispo me dirijo al muelle de Luz en busca del Ferryboat, que atraviesa la bahía en pocos minutos, atraca junto á la estación de Regla, subo en el Pullman correspondiente y bajo poco tiempo después en Guanabacoa, casi suburbio de la Habana, para visitar el colegio de los Padres Escolapios, dirigido por el P. Muntadas.

La calidad de catalán es una credencial que abre todas las puertas de la casa; el P. Muntadas, que estaba enfermo, tuvo la galantería de recibirme, de hablarme de una porción de cosas que embellecía su palabra fácil y sencilla, y de expresarme su pena por haberle impedido el mal estado de su salud visitarme en la Habana, como deseaba.

Agradecí, como pude, tanta bondad, y guiado por dos Padres hijos de Cataluña, recorrí detenidamente el colegio de Guanabacoa.

No tiene aquella casa apariencias de edificio moderno; su claustro central cuyo patio adornan plantas tropicales, sus paredes desnudas y enjalbegadas, su ornamentación modesta y anticuada dan al conjunto del edificio aire de convento levantado en tiempos medioevales. Pero en cuanto se recorren las salas de museos, laboratorios y gabinetes de enseñanza, y se fija la atención en los aparatos é instrumentos del gabinete de física y en el laboratorio de experiencias químicas, en las colecciones de animales y plantas disecados, en los elementos petrográficos, minerales, rocas y fósiles, se ve fácilmente que el espíritu científico moderno ha entrado por aquellas puertas, para mantener en su punto el crédito de la enseñanza que han enaltecido siempre los hijos de San José de Calasanz.

Los dormitorios, espaciosos y bien dispuestos; el comedor limpio y ventilado; el gimnasio, la piscina, el patio de recreo, elementos que se han ido creando á medida del crecimiento de la casa y el favor del público: la capilla, el salón de actos académicos, en cuyo fondo hay un teatro destinado al recreo y á la educación de los colegiales, forman un conjunto harmónico que revela la manera de desenvolverse la enseñanza en aquel centro de educación científica, moral y religiosa.

Las celdas de los Padres se hallan en la parte alta del edificio. Desde ellas, y estando las puertas abiertas, con vistas al patio central, se abarca el conjunto de una galería de arcos adintelados, sostenidos por pies derechos de madera y una barandilla sencillísima que los enlaza, que recuerda las casas de campo catalanas, estando esa ilusión sostenida entonces por cuanto me rodeaba, y especialmente por la lengua empleada, y que me parecía dulcísima, en lejanas tierras, esa lengua catalana que tantas veces he juzgado, con perdón sea dicho de los catalanistas, ruda, áspera y concisa en demasía.

Los Padres, casi unos muchachos, que hacía poco tiempo habían salido de Barcelona, apenas aclimatados, sufriendo los rigores de aquel clima inclemente, recordaban con las ansias de la nostalgia á la patria ausente. Uno de ellos criaba en su celda no sé cuantos pájaros, consolándose quizá con el canto de aquellos alados prisioneros más felices que él, digno esclavo del deber y de cristiana resignación.

Me despidieron en la puerta con afectuosos apretones de mano y ojos encendidos por el llanto, que pensaron enviar sin duda á la tierra, con sus votos de un viaje venturoso, algo de su sér, de sus recuerdos, que me llevaba con sus ansias á la patria catalana.

Volví á la Habana y dediqué la tarde y parte de la noche á visitar una fábrica de hilados de yute y henequen y la planta eléctrica, fusionada á la fábrica del gas, que funcionan con gran prosperidad.

La fábrica de yute y henequen que trabaja bajo la razón social Heydrich Raffloer y C.ª, empezó muy modestamente; hasta ahora se ha dedicado á la fabricación de jarcia, pero intenta ya mayores empresas y trata de tejer sacos de yute, en grande escala, para facilitar envases á la industria antillana del azúcar, café y cacao. Posible es que se esté montando ya la maquinaria norte americana que estaba encargada hacía tiempo en los Estados Unidos, y que cuente ya la Habana con un elemento más de riqueza, instigador y ejemplo vivo de otras empresas de mayor alcance, que vayan á aumentar la riqueza y los recursos poderosos de la perla de las Antillas.

En barrio apartado y junto al mar, en edificio de pobre apariencia, ha levantado la industria la planta eléctrica de la Habana.

No corresponde el interior á lo que, visto desde fuera, parece cuadra abandonada de un edificio industrial de pocos medros. En cuanto se entra en la sala de dinamos, recuérdase enseguida la limpieza, el orden, la pulcritud, la habilidad característica de la raza yankee. Todo brilla allí, atestiguando la prosperidad y un servicio bien organizado, las máquinas de vapor de no sé cuantas expansiones, con su marcha silenciosa y acompasada, las dinamos con sus pasmosas rotaciones y sus corrientes nacidas misteriosamente en aquella ordenada masa de hilos metálicos, sugestionada por la acción de un poderoso imán que van á encender los carbones filiformes de lámparas incandescentes, situadas á largas distancias, donde se acumula el calor, por miles de grados, ante la resistencia que les opone una frágil y apenas perceptible línea de substancia carbonizada, ó los carbones cónicos de arco voltaico separados por tenue capa de aire que resulta para la corriente resistencia enorme, vencida acumulando en reducido espacio un foco portentoso de calor que adornan todos los colores de una luz que se descompone en mil matices, y que deslumbra como si fuera un pedazo de materia arrancado del sol.

¡Misterios de la ciencia que, sabiendo tanto, no ha logrado aun arrojar de su seno el empirismo, como no ha logrado el sol limpiar sus manchas, ni ha conseguido el hombre desarraigar de su mente el misterio, que nos sale al paso á cada instante, proclamando nuestra ignorancia y nuestra mísera condición!

La visita hecha á la planta eléctrica fué sumamente entretenida; un subjefe norte americano, encargado de la maniobra diaria, mostró grande empeño en que viera, con todos sus detalles, el montaje, la disposición, el reparto de las dinamos con relación á los barrios de la ciudad, el desarrollo que ha ido teniendo el alumbrado eléctrico en la Habana, y una porción de detalles muy ingeniosos que no serían una novedad para los iniciados en estos estudios, y que resultarían enojosos para los profanos. No insisto, pues, en esta descripción como no sea para decir que la electricidad tiene en la Habana fervientes admiradores, y que es posible alcance, en breve, gran desarrollo en la vialidad y en la pequeña industria, como lo ha alcanzado ya como elemento de iluminación en las calles, las casas y los edificios públicos más notables de la ciudad.