Part 8
Y antes de terminar todo lo que se refiere á las secciones españolas, algo he de decir de la sección forestal, que habría podido ser una de las más interesantes de España y resulta tan pobre y tan deslucida que siento me haya tocado en suerte su instalación, y no haber conseguido que se renunciara á presentar colecciones que revelan descuido y poquísima diligencia en cuantos han intervenido en su remisión.
No quiero hablar de las mezquinas colecciones enviadas por algunos Institutos, cuyos nombres no quiero recordar; no he de mentar tampoco á los taponeros de la provincia de Gerona, que menos diligentes ó quizás más apasionados que los de las provincias de Extremadura y Andalucía, no han enviado aquí sus productos, sin rival en el mundo; Dios me libre de dar cuenta del papel que hacen representar á España los que envían colecciones oficiales, y muy hermosas por cierto, de las islas Filipinas, sin estar catalogadas, clasificadas y con el nombre científico y vulgar de la especie, puesto en las respectivas etiquetas, porque todo esto me llevaría donde no quiero ir, y me haría decir lo que más vale callar.
Gracias que Cuba ha enviado tres grandes piezas de caoba que por su finura y veteado llaman poderosamente la atención; que en el centro de la instalación he podido montar con cierta fantasmagoría, que sólo puede engañar á los ignorantes, unos paralepípidos de madera de Filipinas que, por su variedad de fibra, finura y color, empalmados al tope, forman un prisma de base rectangular de unos tres metros de altura que viste y da apariencia á la Sección; que la casa Torrebadella, de San Martín de Provensals, ha enviado algunas cascas para curtir pieles, de excelente calidad, y que algunos taponeros han remitido de Extremadura y Andalucía, con algún ejemplar de corcho bornizo y segundero en planchas, algunas cajas de tapones presentables que no dejan olvidar ciertamente los excelentes tapones para Champagne ni las topetas homeopáticas de la provincia de Gerona, tan admirados por la bondad de la primera materia y la excelencia de la mano de obra, en la Exposición de Barcelona.
No menciono tampoco lo que habrían podido enviar los distritos forestales, y con el sentimiento natural de quien ve lo que habría podido ser la Sección forestal de España y lo que es, termino las correspondencias referentes á las secciones patrias, en la Exposición de Chicago.
[Ilustración: VISTA DE LA COUR D’HONNEUR]
EPISODIOS DE LA EXPOSICIÓN
Los Infantes de España doña Eulalia y don Antonio en Chicago
No es cosa fácil seguir, ni siquiera con el pensamiento, la serie no interrumpida de banquetes, bailes, conciertos é iluminaciones que durante la permanencia de los Infantes en Chicago, se han ofrecido á tan augustos huéspedes, y menos fácil ha de ser para mí, que ocupaciones precisas me han distraído y privado de lo que ha sido motivo de honda satisfacción para los españoles.
Excuso, pues, hablar de fiestas que la galantería internacional ha adornado con todos los encantos del lujo y los atractivos de la belleza, para relatar las puramente españolas, dadas por los Infantes, con motivo de la apertura de nuestras secciones en los palacios de la Exposición, que han honrado con su asistencia, dando ostentoso realce á nuestros trabajos.
Al día siguiente de su llegada, quedaron abiertas la sección de Mujeres y la de Vinicultura; ayer lo quedaron también la de Bellas Artes, Minería, Agricultura, Transportes, Manufacturas y el pabellón de España, copia de la Lonja de Valencia en escala reducida, obra primorosa que cobija nuestros mejores cuadros y centro donde se congregaron ayer tarde las personas más visibles de Chicago, los jefes de todos los Departamentos de la Exposición, las Delegaciones extranjeras y público numerosísimo, que invadió la planta baja al salir los Infantes de la inauguración.
Desde las doce de la mañana, las avenidas de nuestra sección de Manufacturas estaban invadidas, costando trabajo mantener las vallas y el orden; pero, siendo el recorrido tan largo, la Infanta, asediada por la multitud que tocaba sus ropas con una avidez extraordinaria, llegó á las cuatro y media de la tarde sumamente cansada, siendo además tanta las afluencia de gente que era imposible dar un paso por los ámbitos de la sección. Con tanto barullo y cansancio era difícil poder enseñar á la Infanta los objetos expuestos, por cuyo motivo fué indispensable pasar rápidamente entre la multitud para sostener las ansias de este público, y sobre todo las de estas mujeres, dentro de los límites marcados por la consideración y el respeto.
[Ilustración: PABELLÓN DE ESPAÑA]
Al frente de cada sección estaban los respectivos comisarios esperando á la comitiva real, agregándose luego á ella para salir juntos de Manufacturas y embarcarse en una falúa eléctrica que nos condujo al Pabellón de España.
La banda del regimiento que lleva el nombre de Zaragoza tocó la marcha real, mientras entraban los Infantes y su comitiva al Pabellón, en donde esperaban varias señoras de la colonia española y cubana, y la multitud de personas que habían sido invitadas á la fiesta inaugural de las secciones de España en Chicago.
Breve fué también la estancia de las altezas reales en el Pabellón, el necesario para recorrer la planta adornada con los cuadros que han enviado el Ministerio de Fomento y varios expositores, cuyas obras no han cabido en las salas del palacio de Bellas Artes, con plantas, flores y alfombras, y tomar el _lunch_ ofrecido por la Delegación á los Infantes, del que participó toda la comitiva, invitados y cuantos se acercaron á la mesa y se asociaron á la fiesta inaugural de la gran familia española.
Por la noche, la Infanta había convidado á su mesa á los Directores de la Exposición, siendo recibidos más tarde todos los que, directa ó indirectamente, hemos contribuído á enaltecer el trabajo español en Chicago, teniendo para todos frases de halago é interesante conversación.
Por lo que á Cataluña, y á Barcelona se refiere, muy especialmente, procuraré reproducir textualmente las palabras que se dignó dirigirme la Infanta, cuidando de que la memoria no me sea infiel. «Siento, dijo, no haber podido visitar más detenidamente la sección de Manufacturas y admirar los productos catalanes; ya sé yo que Cataluña va á la cabeza de los adelantos industriales, y que aquí, como á donde vaya, hará siempre un brillante papel; felicítola, pues, en nombre de la Reina, que me lo ha recomendado expresamente. Además, diga usted que no olvido, ni olvidaré jamás las atenciones delicadas que me prodigaron en Barcelona». Y al darme á besar su mano á última hora, insistió en que supiera Barcelona el recuerdo gratísimo que guarda de los días pasados en nuestra capital.
Agradecí como pude tan sentidas frases, que recojo y transmito con exacta fidelidad, como debió ser fiel también mi pensamiento al manifestar á la Infanta Eulalia que Cataluña y Barcelona agradecerían vivamente la felicitación de S. M. y la suya, como yo estimaba la alta honra que me dispensaba al hacerme mensajero de tan gratas y sentidas manifestaciones.
Hoy, á las ocho de la mañana, dos escuadrones de caballería estaban ya apostados junto al Palmer House, esperando la salida de los Infantes; á las ocho y media entraban en el Michigan Depôt, dando la Infanta el brazo al Mayor de la ciudad, Mr. Harrison, toda la comitiva real y la Delegación española con las señoras de la colonia, que han ofrecido por última vez sus respetos á los ilustres viajeros. A los pocos minutos partió el tren, oyéndose un ¡Viva la Infanta Eulalia! que fué cordialmente contestado.
La estancia de los representantes de la Reina de España no podía ser larga si había de evitarse que cediera por cansancio el entusiasmo que han despertado en los Estados Unidos, las nobles cualidades de la Infanta Eulalia, que ha cuidado de los prestigios del trono, los intereses patrios y las susceptibilidades de las democracias con un tacto exquisito propio de la augusta dama á la cual se ha confiado una misión delicadísima, cuyas dificultades comprenderán fácilmente cuantos conozcan la idiosincracia de un pueblo que juzga que todas las americanas son reinas, y los hombres libres y soberanos en el seno de una sociedad que, apenas nacida, se cree superior á cuanto ha existido en el mundo, cantando cada día sus glorias y sus triunfos con un desenfado y un tono épico que enamoran.
Los Infantes no han abusado de la hospitalidad cordialmente otorgada por este pueblo y del entusiasmo legítimamente conseguido, y esta mañana á las ocho y media Chicago los ha despedido con pompa y afecto, envanecido del pleito homenaje rendido por la realeza á la democracia americana, y del éxito que ha coronado las fiestas dedicadas á Colón y á sus ilustres descendientes.
[Ilustración: CONVENTO DE LA RÁBIDA]
La llegada de las carabelas
Una lancha de vapor del buque de guerra «Michigan», nos espera á las ocho y cuarto de la mañana en Van-Buren; la Delegación española acude puntualmente á la cita y se embarca pocos minutos después. Llegamos al vapor, nos recibe galantemente el comandante del buque, y mientras recorremos el barco, que brilla como una taza de plata, llega el ministro de Marina, presentan armas los tripulantes, se iza la insignia de ministro á bordo, y desde el puente, é iluminada por un sol tropical, contemplamos la ciudad, los yachts empavesados que siguen la estela del «Michigan», y el movimiento, de algo que conmueve á estas gentes ansiosas de contemplar el acontecimiento histórico preparado, discutido y ensalzado hace muchos meses por todo el pueblo americano. Pásase una hora hablando con las señoras que han querido asociarse á la gran fiesta hispano-americana, y á las diez nos avisa un marinero de parte del comandante, que la flotilla española está á la vista: el vapor acelera la marcha, la tripulación se agrupa ansiosa en los puentes para ver aquella flota extraña, remolcada por un buque mercante, á cuyo frente va la «Santa María», siguiendo la «Pinta» y la «Niña», moviéndose lentamente en aguas apenas rizadas por el viento, empavesadas las carabelas, cubiertas de banderas, celebrando la fiesta memorable y la gloria más pura de nuestra historia y la más transcendental del mundo entero: la llegada de Colón al continente americano, la tierra soñada de su ambición, el paraíso que pintaba en su cerebro su poderosa y ardiente sangre genovesa.
Nadie tiene alientos para gritar, ni para levantar la voz; el «Michigan» se pone á media milla de la flota y rompe el fuego saludando al pendón de Castilla, que flota en sus mástiles, dando la señal á los demás barcos, que rompen un fuego graneado contestado por los falconetes de la «Santa María», pigmeos de hace cuatro siglos saludando á los colosos de los tiempos modernos.
La Delegación española, ansiosa de saludar á nuestros compatriotas, y algunas señoras españolas y americanas, saltan á la lancha de vapor que nos espera y en un momento nos ponemos á estribor de la «Santa María», donde nos recibe el comandante Concas con la cordialidad y el cariño que es de agradecer al que ha dado á su país tantas pruebas de abnegación y á las glorias patrias testimonios tan elocuentes de respeto y amor, mantenidos hasta el fin de la jornada con la inteligencia y el valor que otorgan al capitán Concas una página honrosa en la historia de España.
[Ilustración: LA NAO SANTA MARÍA]
Por lo que á mí toca, yo no olvidaré jamás el momento en que pude abrazar al compañero de colegio, al amigo de toda la vida que llega rodeado de tantos prestigios á la tierra americana, fiel guardador y altivo representante de una gloria que nos envidian todos los pueblos y todas las naciones de la tierra.
Pocos instantes después recorremos la nao, saludando con veneración aquellas reliquias que son nuestro orgullo, recuerdos de mejores días, y pedazos de aquella patria que, en tierra extraña, crece y se agiganta con los esplendores de sus variados climas, de sus artísticas ciudades y hermosos campos, que recuerda nuestro pensamiento con amor de hijos apasionados. El «Michigan» lanza un cable para tener la honra de remolcar la flotilla de _Columbus_; la marina de los Estados Unidos se pone al frente del convoy, que treinta yachts, en doble fila, escoltan mientras va en columna de honor al fondeadero junto al convento de la Rábida. A medida que nos aproximamos á la Exposición, el número de lanchas eléctricas y de vapor va creciendo, agitándose alrededor de la escuadrilla, solicitadas por la ansiedad de las señoras del país que van en ellas ávidas, de influir directa y poderosamente en los acontecimientos históricos del pueblo americano.
A media milla escasa de la Exposición, la «Santa María» ancló en el lago, «El Michigan» recoge el cable, y en medio de un silencio solemne empieza el cañoneo que contestan los demás buques y la nao, ante un público numerosísimo que contempla el espectáculo mudo y como dominado por uno de los acontecimientos más hermosos que ha presenciado el mundo en este siglo. Al cañoneo sigue la manifestación de los vapores y lanchas, pitando todos á un tiempo, y lanzando grandes chorros de agua y de vapor á 6 y 7 metros de altura, pareciendo _geyseres_ salidos del fondo de las aguas para saludar y admirar la gloria del gran genovés.
Al propio tiempo, esquifes y piraguas, llenos de indios ostentando las galas de sus fiestas, con sus cuerpos que brillan al sol, se dirigen rápidamente á la nao para saludar al _the modern Columbus_, al representante de aquel hombre blanco que debió parecerles un Dios, y que trajo á esta tierra la civilización cristiana, desfigurada por los que persiguen al indio é invaden sus tierras, con tendencia á su ruina y aniquilamiento.
Los españoles estamos sobrecogidos de admiración, el espectáculo de hoy vale el viaje y compensa las amarguras de toda clase que aquí hemos pasado. Es difícil ver ya en este orden de cosas algo semejante á lo que hemos presenciado y aplaudido.
Concas desembarca seguido por los marinos de guerra y la Delegación española en la explanada que hay enfrente del palacio de Agricultura, en donde esperan, en perfecta formación, tropas inglesas, alemanas, rusas, italianas, infantería, caballería y artillería de los Estados Unidos, y cerrando el cuadro, caballería árabe, con sus típicos albornoces y espingardas, dando á todo un colorido riquísimo que sólo el pincel de Fortuny sería capaz de copiar fielmente.
[Ilustración: LAS CARABELAS NIÑA Y PINTA]
El resto de la fiesta entra ya de lleno en el cliché cursi americano; cuatro ó cinco señores subidos en alta plataforma peroran largo rato ensalzando la gloria de Colón y la civilización americana, aplaudiéndose frases como ésta: «es una gloria ser español, es una gloria ser inglés, es una gloria ser americano, pero es más glorioso ser hombre»; y como yo no entiendo el alcance de estos pensamientos, también aplaudo con los que aplauden, poniéndome á la altura del gran pueblo americano.
No podía faltar el _lunch_, el champagne, _extra-dry_, los brindis de rúbrica, y cuanto da á los grandes acontecimientos actuales el aire de vulgaridad de los tiempos democráticos que atravesamos, y que son el triste despertar de todo el que siente, piensa y padece en este mundo de miserias.
No es fácil que baste esta sencilla descripción para formar concepto claro de lo que he visto en este día memorable; ha sido todo ello tan hermoso, que ni la imaginación pide más color, ni el pensamiento más grandeza, ni el corazón goce más sentido. Si el espíritu de Colón pudo presenciar tanta belleza, bien pudo creer que aquel paraíso soñado lo crearon los hombres para su gloria, en un solo día y una sola fiesta, á orillas del gran lago Michigan.
La catástrofe
A la una y media de la tarde de ayer los teléfonos circulaban á los cuartelillos de bomberos la triste noticia de que ardía el edificio destinado á la conservación de substancias por medio del frío, llamado «Cold storage house». Este edificio, situado en el recinto de la Exposición, era inmenso, pertenecía á una sociedad y ofrecía al público diferentes servicios, relacionados con aquélla, siendo á la vez instalación de productos frigoríficos, destinados á la propaganda y al estudio. Su arquitectura extraña le daba, á excepción de las torres central y laterales, aspecto de convento, de grandes paramentos desnudos con puerta central barroca, desligada completamente del estilo dominante en aquéllas.
Por su arquitectura, no era fácil formar concepto del destino que tenía aquel inmenso palacio, de cuya torre central se veía salir constantemente un penacho de humo blanco, no sé si vapor ó gases que escapaban por la chimenea central á unos 50 metros sobre el nivel de los campos de la Exposición.
De repente, el cupulino central empezó á arder, la gente á alarmarse y el personal de bomberos á trabajar con ardor para vencer al enemigo. Ahí, cuando se quema el hollín de una chimenea, bastan unos cubos de agua ó el enrarecimiento del aire, tapando la boca de la conducción de humos para acabar el fuego; aquí, una chimenea de palastro puesta en contacto con materiales de construcción que arden como tea, es un peligro tan inminente que nadie duda del resultado, ni aun contando, como se cuenta aquí, con un servicio de bombas y un personal entendido y valiente, capaz de todos los sacrificios y dispuesto á la obediencia ciega y pasiva del soldado. Aquella llama que ardía en la cúpula parecía de fácil acometimiento, y los bomberos, obedientes y sumisos al mando del jefe, escalaron la torre y empezaron á combatir las llamas.
A los pocos minutos, el fuego traidor, escondido en la cubierta, estalló de repente en la base de la torre, y aquellos hombres, guiados por un noble sentimiento, vieron con terror que á la altura de 150 pies se hallaban rodeados de llamas por todas partes, formando una pira infernal de staff y madera que no tardaría en consumirse más tiempo que el necesario para formular la resolución extrema los que habían de elegir, en breves segundos, entre morir en un brasero ó aplastados contra el suelo.
Un grito hondo de angustia, lanzado por 20,000 personas que contemplaban la catástrofe, advirtió á aquellos desdichados la realidad de su situación. De pronto, se observó que aquellos hombres se arremolinaban, se apoyaban unos contra otros, como buscando mutua protección, silenciosos, convencidos quizá de que era inútil pedir ayuda, que sólo milagrosamente podrían alcanzar. Del grupo se desprende violentamente un bombero, desata una cuerda, forma un nudo, la cuelga de un ángulo saliente de la torre y empieza á descender. La atadura cede, y el desdichado bombero se desploma y muere al pie del muro. Los demás, con la asfixia en el pecho, y el terror de las llamaradas que suben como un volcán por el perímetro entero de la torre, no vacilan ya; unos tras otros se tiran, manteniendo el cuerpo rígido durante algunos segundos, mientras les queda un resto de vigor y de esperanza, dando vueltas enseguida, como una campana que voltea para estrellarse contra las aristas vivas del edificio, desvanecidos ó locos de terror, muertos antes del choque, rendidos por las angustias de aquella hora suprema. Dos bomberos, dos íntimos quizá, se abrazan antes de morir; el último, el capitán, coge una cuerda hallada en una de las aristas, empieza á bajar, y la cúpula cede, y cede la torre, y el hombre desaparece confundido entre los materiales que arden, formando un montón informe, brasero inmenso en donde se calcinaron en un momento los huesos de aquel héroe, víctima voluntaria de su deber y su propio error.
Las gentes ya no tienen valor para presenciar aquel terrible espectáculo, los hombres más bravos vuelven la cara, las mujeres lloran y se desmayan, y el incendio crece azotado por el viento, viéndose en las innumerables ventanas del edificio puntos luminosos que corren y se propagan con una velocidad aterradora.
Una hora después todo el palacio ardía, las torres laterales se desplomaban, y no quedaban en el aire más que los hierros retorcidos, formando extrañas figuras, obra de un calambre espantoso en el seno de la muerte. Los bomberos, ya no luchan, miran agitados á todas partes, temiendo por la Exposición entera; el edificio más cercano, un cuartelillo de bombas, arde también, y de las casas cercanas al sitio de la catástrofe, se tiran ya muebles, ropas... es el pánico que corre como un reguero de pólvora, ante aquella inmensa hoguera que necesitaría un mar para apagarse.
Y la muchedumbre que ha ido á Jackson Park á divertirse, á gozar de un día de sol espléndido, de fresca brisa, se siente agitada y enloquecida por la palabra «explosión», y de repente, hombres, mujeres, niños, salimos todos corriendo, sin saber á donde dirigirnos, temiendo que los caballos nos van á atropellar, caballos furiosos que no sé de donde han salido y que huyen aterrorizados de aquel fuego que hace estallar los depósitos de amoniaco empleado en las mezclas frigoríficas, esparciendo la muerte y el terror por todas partes.
Por fin, á las cuatro de la tarde, cuando ya no quedan más que cuatro muros ennegrecidos y el esqueleto de hierro del palacio, la _Morgue_, la triste _Morgue_ de esta Exposición que ha costado centenares de vidas y contará las ruinas por millares, se va llenando de cuerpos carbonizados, de seres que han muerto heroicamente, sin un grito, ni una protesta, de otros que han sucumbido, sin gloria, aplastados, y entre ellos alguno que dormía el sueño del borracho, todos mezclados y confundidos por la igualdad aterradora de la muerte.
Treinta muertos van contados hasta hoy, muchos heridos que también morirán, viudas y huérfanos que amparará la caridad pública, constituyen el balance espantoso de lo que es obra del descuido y de la falta de escrúpulo con que se miran aquí los problemas más importantes de la vida humana. Si ayer hubiese soplado viento del Sur, casi puede asegurarse que la Exposición habría ardido toda, produciéndose una de las mayores catástrofes de la historia.
Hoy cunde la noticia de que la municipalidad de Chicago enviará una comisión de estudio para averiguar las condiciones de solidez y seguridad, contra incendios, de los edificios de la Exposición; pero me parece tiempo perdido y satisfacción irrisoria, porque aquí se vive de milagro, y todos lo sabemos, sin necesidad de que nos lo digan los procuradores de la grande urbe americana.
[Ilustración: EL MIDWAY PLAISANCE]
El Midway plaisance
El Midway forma en el campo de la Exposición una especie de anexo, estrambote alegre de un soneto que guarda la nota picaresca para los dos últimos versos, siendo los doce primeros obra maestra de afamado é ilustre poeta. Y que esto es así, voy á probarlo, acudiendo á algo que está fuera de lo que encierran barracones y palacios, casas de fieras y templos faraónicos, villajes irlandeses, alemanes y austriacos, teatros turcos, persas y argelinos, poblaciones javanesas y campos indios, montañas rusas y Ferris-wheel, porque todo esto con ser muy pintoresco y muy bonito, si se pone la imaginación al servicio de esas empresas, aun siendo la descripción muy colorista, de seguro verá el lector un cuadro más animado cerrando los ojos, que abriéndolos desmesuradamente, para leer los desabridos párrafos del colaborador corresponsal de _La Vanguardia_ en la Exposición de Chicago.
Lo que ya no es tan fácil de ver, es lo que voy á describir aquí, si no se conoce el país y no se estudian con algún cuidado las costumbres y la idiosincracia de estas gentes. He visto aquí tantas cosas y tan notables, que valen la pena de ser contadas, que lo único que me aflige, es no saber narrarlas con el color local cuya fiel traducción bastaría para acreditar al autor de tan interesante estudio. Hoy va sólo una hoja suelta, que no sé si tendré valor algún día de enlazar con un trabajo de mayor alcance que tendría sumo gusto en publicar, dedicando á la mujer norte-americana la atención que merece su rápido desenvolvimiento en el fecundo campo de la libertad.