Viaje a America, Tomo 1 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico

Part 3

Chapter 33,836 wordsPublic domain

Estoy, pues, ya, en el primer centro comercial del mundo; su fisonomía especial, su tráfico babilónico, sus edificios colosales, su atmósfera arrebolada de tintas negras que manchan un cielo gris, triste y descolorido, los rayos del sol que no logran dar á aquellas masas tonos de color acentuados, dominando siempre los colores sucios de areniscas rojas, de hierros pardos, de granitos en que domina la mica negra; de coches de tranvía deslustrados por el uso, de grandes carros y coches que siguen su camino agobiados ya por la pesadumbre de los años; el arroyo ennegrecido por el detritus del humo que vomitan millares de chimeneas, las aceras sucias, desiguales y descuidadas de una administración comunal poco celosa; la indumentaria de las gentes, extraña, ridícula, pretenciosa á veces... cosas son todas que constituyen un portento de rarezas, la gran mancha abigarrada del Far-West americano, con todos sus alientos, sus grandezas, sus opulencias, sus miserias, sus ambiciones locas y sus osadías sin cuento y sin medida.

El que visita por primera vez el Downtown de Chicago, lo primero que se le ocurre preguntar es si aquella ciudad se ha construído para gigantes y por una raza superior que sólo concibe lo monumental y grandioso, cuya fórmula se sintetiza en su famosa osadía. «Todo lo americano es lo más grande del mundo.» «The greatest of the World.» El centro tiene realmente una fisonomía especial digna de un mundo nuevo, calcado en moldes distintos de los usados en el continente europeo. Aquellos macizos de edificación aplastan al viandante, la enorme desproporción que existe entre las dimensiones de las casas y la mísera gente que hormiguea al pie de obras monumentales levantadas por la soberbia americana, produce el efecto extraño de un estrabismo intelectual que no caben juntos en el cerebro, sin tormento del espíritu, tan discordes elementos.

Cada paso en Wabash street y en State street es una sorpresa; aquellos edificios inmensos, The Auditorium, el Masonic Temple, los Bancos, las Sociedades de Seguros, el palacio de la Administración de correos, los hoteles Victoria, Palmer house, etc., con sus grandes macizos de sillería, me parecían canteras desbastadas en cuyos estratos se habían entretenido razas gigantes en labrar con enormes martillos y cinceles, puertas y ventanas, columnas estrambóticas, frisos desproporcionados, paramentos lisos, desnudos, fríos, sostenidos por arcos de no sé cuantos centros, casi siempre rebajados, haciendo oficio de espaldas colosales que sostienen la pesadumbre inmensa de una cantera de piedra de sillería. La arquitectura en Chicago exagera la nota yankee que florece raquítica en New-York. Los aires del desierto americano azotando las frentes de los hijos del Far-West producen obras más informes, de perfiles menos atildados, de líneas menos suaves, de ornamentación más sobria, más árida y ¿por qué no decirlo? menos culta que en la ciudad del Este; manifestación de razas enamoradas de las inmensas estepas, de las grandes altitudes, de los ciclones asoladores, de los blizzards que ciegan, hielan y matan; de todo lo grandioso aprendido en la escuela realista de una naturaleza que ostenta en las llanuras americanas bríos y fuerzas de una grandeza sublime.

El arte en Chicago no tiene grandes admiradores; lo que allí cuenta es, en todo orden de ideas y manifestaciones, lo grandioso, lo que puede apellidarse gráficamente un mammoth, el gigante de los animales, más pequeño sin duda que las osadías inagotables del genio yankee.

La descripción de los edificios del Downtown resultaría deslabazada y monótona: edificios de veinte y treinta pisos, en cuyos paramentos caben todos los estilos y adornos, rasgos geniales de trazo limpio y seguro con detalles nimios, pobres, llenos de incorrecciones, desdibujados y sin sentido; colores chillones, alternando con masas negruzcas, rojizas, de tonos sucios, concreciones de los vahos inmundos de la población más sucia de la tierra, que manchan las fachadas de las casas; talleres, bazares, librerías, pocas, muy pocas en número, restaurants, bars, tiendas inmensas, imitaciones del Grand Marché, Le Printemps etc., de París; grandes depósitos de muebles, edificios destinados exclusivamente á escritorios y oficinas, manifestaciones todas de un centro donde el agio disputa palmo á palmo el terreno para montar y encasillar, en el mejor sitio del mercado sus ideas, sus invenciones, su tráfico, sus monopolios y cuanto constituye la vida comercial é industrial de Chicago.

La extensión inmensa de una ciudad que no llega á tener dos millones de habitantes, las soluciones de continuidad que existen aún entre barrios poco alejados del centro, los parques inmensos enclavados en puntos distintos de la ciudad, la longitud y anchura de las calles recorridas constantemente por los tranvías de cable, la escasa densidad de una población en que cada familia ocupa una casa entera, siendo una excepción el caserío alquilado por pisos, causas son que contribuyen á dar á Chicago un aspecto melancólico, pues sólo en Downtown y en centros especiales, alcanza tráfico suficiente para dar animación á la ciudad, cuyo perímetro inmenso puede contener cuatro veces, por lo menos, la población actual.

Los parques y jardines, más extensos que bien cuidados, numerosos, repartidos convenientemente para que los diferentes centros de población puedan disfrutar de sus paseos y arboledas; el Lincoln park, el Washington Park, el Garfield park, el Jackson park, donde se ha montado el inmenso mecanismo de la Exposición colombina, con sus estatuas y monumentos, con sus extensas praderías y rodales de árboles forestales que alternan con masas de flores y hojarasca variada; los recursos de una vialidad facilísima, motivos son de concurrencia en días festivos que dan á la ciudad atractivos y aires de alegría. El lago, el Michigan de horizontes infinitos, mar interior, tan grande como el Mediterráneo, en que navegan tantos barcos que convierten el puerto de Chicago en el más concurrido del mundo, no alcanza nunca, ni aun en los mejores días del año, cuando el sol y el aire ostentan sus mejores galas, el aspecto sonriente del mar latino que no refleja jamás las sombras de masas de humo, de gases y vapores de agua que dan á la naturaleza entera tonos grises como los que reproducen las aguas tristes del Michigan, impurificadas por la respiración inmensa y los detritus variadísimos de la ciudad de Chicago.

Reproducir ahora aquí lo ya repetido en libros, revistas y periódicos acerca de los recursos de Chicago, acumular cifras, datos estadísticos, impresiones gastadas por lo sobadas y repetidas, no sería plato de gusto para nadie; baste, pues, condensar lo más nuevo, lo menos conocido y más variado que he visto allí, sin que haya levantado en mi espíritu las oleadas de entusiasmo que durante tantos años han mantenido en Europa una opinión deslumbradora, sostenida por la opinión política y el afán de atribuir grandezas é iniciativas á las razas americanas, productoras de una civilización nueva capaz de regenerar la sangre del mundo entero, con el aliento gigante de un pueblo que se inspira en el principio, que llaman santo, de la libertad absoluta.

Los que me sigan en mi viaje al través del continente americano, descontarán en el camino muchas grandezas, dejando entre flores, abrojos y espinas muchas ilusiones y no pocas esperanzas.

Ingeniería municipal

[Ilustración]Interesa ya de tal manera la ingeniería municipal, que su tecnicismo informa ya el lenguaje de todos los pueblos cultos.

En este punto, he hallado en América cosas tan raras, y criterios tan nuevos, que han sido una verdadera revelación. Chicago es una ciudad de una fuerza expansiva maravillosa; hace pocos días tuve la fortuna, de conocer, en un banquete al general Suoy Smith, á quien fuí presentado, conociendo de antemano la accidentada historia de su vida, y como supo que me interesaban sus trabajos de ingeniería, tuvo la galantería de enviarme un folleto que, resumido, voy á exponer aquí:

Hace cincuenta años, cuando el general era teniente, fué destinado á custodiar el fuerte de madera levantado para defender á la naciente ciudad contra las algaradas de los indios, y que ocupaba, según pienso, el emplazamiento del centro actual de Chicago, en Dearborn street. El general ha presenciado, pues, el inmenso desarrollo de esta ciudad y ha contribuído con su saber y su trabajo á crear los principios de la ingeniería municipal que se están poniendo en práctica, sin la preocupación de cosas que son para nosotros sagradas, y que no sabríamos tocar sin creer que cometemos una verdadera profanación.

Desde Europa, no es fácil formar concepto de la verdad de las cosas americanas, y admirados de lo que nos cuentan creemos, con cierta candidez, que Chicago está construída como una ciudad europea; ¡qué error! aquí no hay urbanización propiamente dicha, ni aceras, ni rasantes uniformes, ni cloacas, ni... iba á decir casas, porque lo que cubre el encasillado de esta superficie poblada son _cottages_ que alternan con hoteles inmensos, casas de madera que se construyen en tres meses, y que forman el relleno de los espacios que circuyen las calles anchas, rectas, inacabables, cruzadas por cables-tranvías, moviéndose sin interrupción sobre rodillos cuyos ejes rechinan como protesta de tan ímprobo trabajo.

Claro es que hay en esto excepciones, y que, siendo Chicago una población de gente riquísima, en sitios preferidos, se han construído palacios, hotelitos primorosos de familias acomodadas y parques grandiosos que adornan el cuadro, siendo esto excepciones que informan la regla general de calles sucias, de aceras que cambian cada veinte pasos de rasante, formadas por cuatro tablas que se cimbrean y que esconden lo que no debe verse ni puede decirse.

Pero lo raro en todo esto es que, sentada la ciudad en un llano y á orillas del lago Michigan, los ingenieros que proyectaron la primera red de cloacas no acertaron con el desagüe apropiado á las necesidades del servicio, y hoy, con ser Chicago tan rica, no se atreve á emprender la regeneración del subsuelo, ante el importe de veinticinco millones de dollars, que costaría la urbanización completa de la ciudad.

El general Smith cita en su folleto dos ó tres proyectos que están en estudio sobre el particular; pero como no hallo en ninguno de ellos cosa alguna que ofrezca novedad, paso á otra materia, que la tiene en alto grado para los que en punto á vialidad no creemos que deba sacrificarse el ornato de las poblaciones al ideal americano de moverse con holgura, comodidad y rapidez. Y son en esto tan radicales los puntos de vista, que el general propone la construcción de tres grandes medios de comunicación para Chicago: la subterránea, la de nivel y una tercera á la altura de los primeros pisos. La subterránea para viajeros, la de nivel para carros y camiones, y la última para viandantes; libres así de las ansias del tránsito rodado que, dice el general, sería _very enjoyed by the ladies_.

Figúrense mis lectores una ciudad que en vez de tener sus aceras montadas á unos cuantos centímetros por encima del arroyo, se alzaran á cinco metros de altura, y dígaseme si esto, que parece en Chicago aceptable y que es muy posible se realice en breve, no trastornaría por completo todos los puntos de vista de nuestra arquitectura, ingeniería y policía municipal, poniendo de golpe, en tela de juicio, cuanto hemos discurrido, pensado y sentido los europeos desde que el arte y la ciencia se compenetraron para construir las ciudades artísticas que son el orgullo de la raza latina y el modelo en que han hallado su mejor inspiración las razas sajonas.

Y que esto se hará en América lo dicen los _elevados_ de New-York que siguen los ejes de las mejores avenidas, enseñoreándose de toda la ciudad que llenan de humo, polvo y ruido, encaramándose como Asmodeo para visitar todos los hogares que dominan con un desenfado digno del procedimiento americano, en que la libertad no puede representarse por curvas que se tocan tangencialmente, sino secantes que producen choques diarios y éxitos que sólo favorecen al más fuerte.

Si en Barcelona se intentara construir un ferrocarril elevado que siguiera los ejes de las ramblas y del paseo de Gracia, sin considerar la belleza de nuestras mejores calles y más preciados puntos de vista, se produciría una verdadera revolución que se llevaría de cuajo todas las simpatías de la ciudad.

Y dejando á un lado tan extraños procedimientos, voy á decir algo, aunque ligeramente, de los edificios de 10, 15 y 20 pisos que en New-York y Chicago se levantan, sin preocupaciones arquitectónicas, ni más objetivo que sacar de una superficie determinada la mayor renta posible. Los negocios exigen centros de contratación, comunidad de ideas y sentimientos, algo que la distancia relaja y que la facilidad y el contacto de las gentes afina y perfecciona. Por esto los hombres de negocios necesitan tener sus despachos y oficinas, con todos sus anexos, en los centros de población. Chicago lo tiene en Downtown, y lo que no alcanza en superficie de nivel, lo consigue superponiendo pisos y aprovechando los recursos de los procedimientos de construcción modernos y los mecanismos de la ingeniería.

Una casa de 20 pisos sin ascensor sería un pájaro sin alas, una aspiración sin realidad posible; así como una balumba tan enorme de pisos que espanta, resultaría una torre de Babel moderna si no se conocieran, aunque sea empíricamente, las fórmulas de resistencia de materiales que son la garantía de los éxitos alcanzados en América al construir los edificios que son el orgullo de los yankees y el pasmo de las gentes. Pero lo que debe averiguar el europeo es, si hay, en todo esto, algo nuevo, y si lo nuevo ofrece garantía bastante y capaz de sostener la legitimidad de ese orgullo de raza que tanto desdén muestra por todo lo que no es americano, como si la mecánica y la construcción no las hubieran aprendido en nuestros libros y fundido sus obras al calor de nuestro espíritu y con el trabajo maravilloso de los siglos, acumulado por las razas pobladoras del mundo antiguo.

Y, ¡coincidencia singular! mientras el pueblo americano muestra su genial poderío enseñándonos esas moles sentadas sobre emparrillados de acero, rellenos de hormigón, formadas de columnas y tirantes metálicos que parecen desafiar el poder destructor de los tiempos, los autores de estas obras, con la experiencia de los resultados, han llegado á convencerse de que lo único nuevo que habían practicado es peligroso, y muestra ser tan deficiente que han de cambiar de rumbo, si la estabilidad de esos grandes edificios ha de ser una verdad y una garantía de que alcanzarán vejez larga y provechosa.

«The Auditorium», que es hotel, teatro, casino, centro de oficinas... todo en una pieza, se hunde lentamente, y no porque se haya traspasado el límite asignado á la carga por pie cuadrado (un metro = 3'28 pies) que las experiencias practicadas para el suelo de Chicago, dicen que está comprendido entre 2.500 y 4.000 libras por pie cuadrado, sino porque, situada la ciudad sobre un subsuelo flojo, filtrado por las aguas del Michigan, cuando es de igual resistencia en toda la superficie, estando bien repartidas las cargas, el suelo cede lentamente y los edificios tienen un asiento uniforme, bajando y hundiéndose; pero cuando la resistencia del terreno es desigual, la plataforma de acero se rompe y el edificio se resquebraja, causando su ruina. Pero no es este el único peligro á que están expuestos esos grandes edificios; las masas metálicas se dilatan y contraen con los cambios de temperatura, y en este país donde el termómetro trabaja en escala tan extensa, cuyos límites pueden fijarse entre 26 grados de frío y 50 de calor, los aceros, con sus empujes incontrastables lo rompen todo, aun sin contar con los incendios que doblan los pies derechos y columnas, derribando los edificios con una rapidez aterradora.

Pues bien, el autor de esos emparrillados de escuadrías poderosas sobre que descansan los edificios de 10 á 20 pisos, reniega de sus antiguos amores, y vuelve la vista á nuestros procedimientos, aconsejando que se funde sobre roca, que en muchas partes se halla aquí á 60 pies de profundidad (18'59 metros), ó á lo menos en el banco de arcilla compacta hallada encima de la roca, profundizándose siempre á un nivel inferior al que algún día puedan llegar los drenes de saneamiento, por considerar, con razón, que el empleo de vigas de grandes escuadrías en la zona de tierras mojadas por las aguas del Michigan, alcanzarán una duración larguísima, montando así grandes columnas de mampostería bien enlazadas y espaciadas de manera que las cargas puedan repartirse con arreglo á lo que exija la estabilidad del edificio.

Véase pues, en punto á ingeniería, á qué queda reducido lo que puede llamar la atención de los inteligentes en Chicago; los elevados, los funiculares, la toma de aguas en el lago, las plantas de luz eléctrica, las grandes estaciones de fuerza para transmitir la energía, los depósitos de cereales, los mataderos de ganado y los procedimientos de conserva; el desenvolvimiento prodigioso de los caminos de hierro no tientan mi pluma, porque siendo todo ello interesantísimo, no daría á estas páginas un solo dato que no fuera ya relatado y conocido, y por tanto, el atractivo de la novedad.

[Ilustración: Midway Plaisance]

Los preparativos de apertura de la Exposición

Faltan veinte días para abrir el certamen colombino y las salas de los edificios están casi vacías, la urbanización en mantillas, la ornamentación interior esbozada, los trabajos de jardinería en proyecto, y los palacios, con sus ropajes sucios de invierno, no tienen prisa, al parecer, en remozarse para recibir á los ilustres visitantes que acudirán á las fiestas inaugurales del 1.º de mayo.

Las razones que se dan para cohonestar estas faltas son de distinto orden: algunas se confiesan en alta voz, y otras se susurran en voz baja como si fueran insidiosa murmuración de la maledicencia. Hace un mes, este mar interior que se llama lago Michigan, con sus horizontes infinitos y sus tempestades que levantan olas que ya querría ostentar el Mediterráneo en días de temporal, estaba helado en toda su extensión; los fríos de este invierno, de 22 grados bajo cero, con nevadas excepcionales, han entorpecido de tal manera los trabajos de la Exposición que, toda la buena voluntad de la Dirección general, no ha bastado para resolver las dificultades propias de una labor que asustaría á gente menos emprendedora y dispuesta que la pobladora de las inmensas llanuras del Illinois. Llenas las calles de nieve, teniendo que emplear el hacha para cortar el hielo en las fundaciones, ateridos los obreros de frío espantoso, congelados los materiales, el paro absoluto se impuso cuando el 1.º de mayo se acercaba con una rapidez que no permitía cálculos, ni ofrecía medios de salvar dificultades invencibles.

La segunda razón se funda en el cosmopolitismo de este pueblo, formado de una masa que ha olvidado la noción de patria, y que sufre aquí los horrores de un clima ingrato, con la idea de formar un capital que, en poco tiempo, le consienta vivir con holgura en el país de adopción ó en la tierruca cuyo recuerdo calienta siempre el corazón humano.

Chicago tiene cerca de dos millones de habitantes, en su mayoría irlandeses, alemanes, franceses é italianos; la gran masa obrera, aluvión que el hambre ha lanzado sobre las costas americanas, no se ocupa, ni preocupa de la idea pura y patriótica encaminada á conmemorar el hecho más glorioso de la especie humana; la Exposición no ha sido para ella más que un medio de conseguir en pocos meses, de acumular en algunas semanas, la suma de dollars codiciada y que los usos corrientes de la vida no pueden proporcionarla; y las sociedades obreras, forzando cada vez más sus aspiraciones, se han declarado en huelga repetidas veces, poniendo á los contratistas en apuros tales, que bien podría ser que las sumas colosales empleadas en construir una ciudad de palacios, en área inmensa, esfuerzo colosal de un pueblo enamorado de todo lo que se pinta en la retina con dimensiones extraordinarias, se convirtiera en un fracaso espantoso que arruinará á muchas gentes y postrará, por mucho tiempo, las energías de esta raza. Como ejemplo diré que un simple peón gana aquí, por hora, treinta y cinco centavos, equivalentes á catorce pesetas por día de trabajo de ocho horas. Los carpinteros ganan cincuenta centavos por hora, ó sean cuatro duros por las ocho horas, pagándose doble las extraordinarias, y aun me han asegurado que los contratistas, agobiados por los delegados y comisarios de las naciones expositoras, que van á exigirles las multas consignadas en los contratos si no entregan los edificios dentro de los plazos estipulados, han llegado á subastar los jornales á cinco y seis duros por cada ocho horas.

A pesar de esto, las huelgas se repiten, las ambiciones aumentan, y á lo mejor, cuando parece que el trabajo cunde, estalla una nueva discordia que pone en tela de juicio la posible solución de este problema económico llamado Exposición de Chicago.

Decíame un amigo que ha vivido muchos años en este país, ocupando un alto puesto en el mundo diplomático: esta Exposición no es obra de una aspiración de la gran nacionalidad americana, ni de los estados de la federación, ni es empresa comunal, ni negocio particular, y sin embargo, todos estos organismos se han fundido en un pensamiento para cooperar en tan grande obra por más que no ha habido en la labor común igual lealtad, ni se han empleado análogos esfuerzos para conseguir la realización de la empresa.

En Barcelona hubo lucha de personalidades, aquí lucha de intereses, del Este contra el Oeste, de New-York contra Chicago; mostrándose las Cámaras vacilantes é indecisas al votar una subvención deficiente; los Estados de la Unión, al acudir al certamen lo han hecho á remolque, y sólo el municipio y la suscripción pública han rivalizado aquí para sostener el pabellón local. Aun hay quien asegura que por falta de recursos dejan pasar los días sin mostrar la vitalidad económica que parece ser el nervio de este pueblo y el espíritu de sus empresas y negocios; y en verdad, que si esta suposición es falsa, no se compadece la arrogancia de otros días con la falta de entusiasmo y de trabajo que se nota en todos los centros de la Exposición, observándose además una especie de desencanto y de fatiga que parece precursora de éxitos dudosos ó de convencimientos fatalistas, desencanto contagioso que crece en mi pensamiento cuantas veces recorro salas que no se llenan, pabellones que no se acaban, y observo tramitaciones que no se simplifican, negociados que no se compenetran; como si los diferentes centros administrativos fueran organismos independientes, sin engranaje ni enlaces, cabos sueltos de una cadena sacudida con escasa voluntad y más escaso entendimiento.

Que aquí pasa algo anómalo y raro, no me cabe duda; que quizá no sé interpretarlo, tampoco me cuesta trabajo creerlo; pero, aun teniendo tan legítimo temor, no he de negar que sería necesario cerrar los ojos á la luz y quitar atributos á la razón para aceptar, sin reparos, suposiciones optimistas que no hallo medio, hoy por hoy, de justificar con fundamentos sólidos y vigorosos.

No piensa, sin embargo, así la gente del país, que trata de sacar provechos tangibles del certamen colombino. Figuran, en primer término, los fondistas que, sin encomendarse á Dios ni á los santos, van á doblar desde 1.º de mayo los precios de las habitaciones y de la manutención. Esto significa, pura y simplemente, pagar ocho dollars diarios por un cuarto de 5.º, 6.º ó 7.º piso, con las comidas correspondientes, sin vino, por supuesto, que aquí se paga á precios fabulosos.