Part 2
Basta echar una ojeada al plano de New-York para distinguir la parte vieja de la nueva, la obra de los primeros pobladores, encariñados con las rancias ideas de una urbanización enrevesada, de calles estrechas y tortuosas, de ventilación difícil y saneamiento imposible, de la gran porción de ciudad extensa, cuadriculada, con ejes normales al Hudson y al Harlem rivers, y un gran pulmón central, The Central Park, rodeado de avenidas majestuosas, adornado de estanques, lagos, arboledas, prados, estatuas, monumentos, cliché fastidioso de todas las grandes ciudades, aunque sin caer, en el afán de trazas y alzados, de colores, cenefas y combinaciones que dan al conjunto el aspecto de un cromo de dimensiones colosales, en que la naturaleza pierde el encanto de sus expansiones bravías y sus notas acentuadas y vigorosas. Pero prescindiendo de ese órgano expansivo, de ese generador de oxígeno empotrado, casi, en el centro y en forma de rectángulo, en las grandes cuadrículas neo-yorquinas, el número de plazas de la primera ciudad americana resultan pequeñas, notándose el afán de aprovechar la península que forman los dos ríos que la abrazan y estrechan, fijando límites á su inmenso poder de expansión. Y como si un gigante, cansado de tanta monotonía, de tanta línea y ángulo recto, de tanta cuadrícula antiestética, atravesada en sus ejes principales, en sus trazas más holgadas por los ferrocarriles elevados, hubiera querido poner á su enojo, feliz expresión y rasgo permanente de sus osadías, cruzando con ondulante rasgo las calles y avenidas más concurridas de la ciudad neo-yorquina, surge en plano tan simétrico, la calle más irregular, más fastuosa, más larga y más extraña, que conoce el mundo entero con el nombre de Broadway.
El Broadway es como el Regent street en Londres, como los bulevares centrales en París, como la Rambla en Barcelona, la nota típica de New-York, el eje de giro de todo su tráfico, el centro de los negocios, el lugar más frecuentado y el punto preferido para localizar las tiendas más suntuosas, los bancos y las sociedades de crédito más en boga, los edificios de las compañías de seguros más repletas de millones, los restaurants y bars de moda, la vía que cruzan los tranvías de tracción animal más frecuentados y los coches de los potentados, de los ricos legendarios, cuyo activo asombra á tantas gentes, y lugar preferido por la bohemia universal para paseo, en que desfilan, con su aire decidor y algún tanto desenvuelto, las bellezas neo-yorquinas que de las nueve de la mañana á las cinco de la tarde de los días de labor, van recorriendo tiendas y bazares con ansias verdaderamente pavorosas para los bolsillos de padres y maridos.
El Broadway y sus alrededores Wall Street, Broad Street, Nassau Street y Fulton Street, durante las horas de tráfico presentan una animación extraordinaria, sólo comparable á la City de Londres y al Downtown de Chicago. Formarse idea entonces de los edificios suntuosos del Broadway y de los palacios é iglesias, de las calles y plazas de aquel gran centro, requiere estar en posesión de una cabeza muy sólida para sobreponerse al ruido, movimiento y confusión de un tráfico abrumador, que alcanza su máximo entre Madison square y la calle que termina en la punta de la península formada por los dos ríos, llamada Batería.
Respecto á la belleza de los edificios principales del gran centro comercial de New-York, el europeo si va á América con los prejuicios del viejo continente, si no empieza por considerar que el yankee sacrifica gustoso las líneas y los adornos de los estilos arquitectónicos más preciados, á lo que entiende que mira como fin primordial, á lo útil y á lo cómodo, perderá lastimosamente el tiempo, tratando de explicarse por qué se han mezclado en un mismo edificio detalles hermosos y bien concebidos, de estilos puros, con adefesios y composiciones extravagantes que parecen la obra caprichosa de un niño que deja correr el lápiz sobre el papel, sin preocuparse de las reglas establecidas y de los criterios adoptados, esquemas obligados de todo proyecto arquitectónico.
Si fuera posible prescindir del conjunto de aquellos edificios colosales, montón de sillería de arenisca roja con tonos negros, en que domina el cubo exagerado en todo, como signo de riqueza, ó valentía de raza, ó ambas cosas á la vez; si prescindiendo de la falta de harmonía que hay entre alzados que desafían las nubes, y puertas y ventanas achatadas que dan á la entrada principal del edificio apariencias de antro, y á las bocas de luz y aire, aberturas rasgadas en muros espesos que asemejan aspilleras de barbacana, y se fijara la vista en detalles atrevidos, en capiteles, frisos, aleros, dinteles bien dibujados y sentidos, en arcos caprichosos, en columnas y pilastras ampulosas y holgadas, en trazas movidas, huyendo de la forma rectangular y cuadrada que en nuestras calles resulta monótona, fría, y para el arquitecto pie forzado que mata todas sus iniciativas y fantasías, aun se hallaría materia sobrada para trazar un cuadro vigoroso y sentido de la arquitectura neo-yorquina, escasamente emancipada de los estilos viejos de Europa, y menos atrevida que la de las ciudades del Far-West, que si admira como obra de cálculo, resulta como arte una cosa digna de severa censura.
Pero el que cruza por vez primera la quinta avenida, Madison square, la calle catorce, el Union square, y sigue el Broadway, echando una rápida ojeada al Grace church, al edificio de Welles and Standard Oil C-O., al Washington building, á la Subtesorería de los Estados Unidos, á la estatua de Jorge Washington, queda encantado, y especialmente ante una iglesia gótica, cuyo nombre no recuerdo, rodeada de un cementerio, con sus piedras tumulares, sus estatuas y sarcófagos suntuosos, rodeado por una verja de hierro, creciendo entre las tumbas plantas trepadoras adornadas de flores, que hizo brotar allí la mano piadosa de una madre ó de una esposa, nota extraña que parece el memento terrible que está allí perenne, para recordar á los que pasan, con la angustia en la frente, azorados y enloquecidos por la fiebre del oro, el fin de esta vida y el principio de otra, en que para nada nos servirá el bagaje de las riquezas acumuladas en los grandes centros comerciales del mundo, como no sea de estorbo para llegar más velozmente al término suspirado de la eterna dicha. Pero el viandante hostigado por el ansia de ver cosas nuevas, atraído por edificios tan variados, colosales, majestuosos, fíjase al fin en una cúpula montada sobre base estrechísima de un edificio de no sé cuantos pisos que ostenta, en letras colosales, la palabra «The World», ya vista desde el puerto, antes de que atraque el trasatlántico á la dársena de su destino, nombre de un periódico famoso que tira, en sus ediciones diarias, más de sesenta mil ejemplares, vendidos á precios desconocidos aquí, á cinco centavos, ó sean veinticinco céntimos de peseta cada número, dando tanta lectura y tantas viñetas cada día, con tipos de imprenta pequeños, que no se comprende de dónde sacan tanto material que pagan generosamente sus editores, haciendo lucrativa y decorosa la vida de los que se dedican á la prensa diaria y periódica en el Nuevo mundo, y que con otros diarios de igual ó parecida importancia acusan la medida y los alcances de aquel gran centro comercial.
Y como mi estancia en New-York, solicitado por mis deberes perentorios en Chicago, me obligan á partir, sin que pueda formarme idea exacta de la vida, los recursos y las costumbres del gran emporio americano, sólo por no dejar solución de continuidad en mi viaje, doy esta nota fugaz y rapidísima de mi paso por New-York, que voy á enlazar con las dos visitas hechas á las cataratas del Niágara, maravilla del Nuevo mundo, cuya impresión voy á apuntar aquí, antes de entrar en la eterna rival de New-York, la gran Chicago.
[Ilustración: LAS CATARATAS DEL NIÁGARA]
Las Cataratas del Niágara
El express del Illinois Central que sale á las seis de la tarde del New-York, llega á las ocho de la mañana del día siguiente á un punto del territorio canadiense, desde donde pueden verse las cataratas, casi á vista de pájaro. En aquella escotadura del terreno, el tren se pára breves instantes; los pasajeros, medio dormidos aún, bajan de los Pullman-cars, se acercan cuanto pueden al borde de la cortadura, y admirados ante aquel espectáculo grandioso, deslumbrados por los cambiantes de luz en los torbellinos de agua pulverizada que salen del fondo del cauce y atontados por el sordo ruido de las moles de agua que se precipitan por los acantilados del río, vuelven á ocupar su puesto en el vagón, sin haberse formado idea clara de lo que han visto, ni poderlo apreciar en la medida de lo justo.
Ver de esta manera las cataratas del Niágara equivale á no haberlas visto; las cataratas valen más que eso, y justo es dedicarles un día entero, para gozar de todos sus encantos y perspectivas.
Por eso, quise hacer una segunda visita más detenida, saboreada con calma, á conciencia, y con ansia de apreciar aquella maravilla, única en el mundo conocido, con todos sus perspectivas, sus colores, sus estremecimientos, sus furores y sus fuerzas colosales.
Estorba allí, cuanto constituye el marco de aquel cuadro colosal: estorban la población, los hoteles, las obras de arte, los silbidos y campaneos de los trenes que pasan, del tranvía que recorre la orilla izquierda del Niágara, en territorio del Canadá; que lo único á que aspira allí el hombre, es á quedarse solo con la naturaleza, para contemplar aquella escena, aquel fondo de valle, circo inmenso de rocas, acantilados terminados en arista, sobre que se despeña un mar airado, poderoso, inclemente, que ruge con iras de gigante, que echa espumas de agua pulverizada, humeante, como si el choque de las corrientes hubiera encendido intensa brasa en el fondo del cauce que las convirtiera rápidamente en vapor, después de haber servido de poderoso ariete que abre cada día cauce nuevo á las tumultuosas aguas del Niágara.
Vistas las caídas desde la orilla canadiense, la cascada norte-americana, cuando el sol se pone, aparece arrebolada con todos los colores del arco-iris, y si el viento azota las espumas levantadas por el choque sobre roca dura, donde rebotan las aguas perdiendo toda su fuerza para transformarse en trabajo mecánico perforante, los arco-iris formados cambian de posición, se multiplican, cortan la caída y la segmentan, complaciéndose la luz en adornar aquellas aguas que llevan en su seno todas las majestades y todos los esplendores de la materia inerte. Y como si la naturaleza hubiera querido mostrar reunidas la fuerza portentosa de quince millones de pies cúbicos de agua que se despeñan por minuto de una altura media de 160 pies, con la gracia y belleza de corrientes divididas por el Goat Island, islote colocado en medio del río, convertido en parque, proyectando una gran masa de aguas contra el territorio del Canadá, que cae en forma de herradura sobre el cauce, y allí remansan las aguas impelidas por la catarata americana, chocando las corrientes con furia espantosa, arremolinándose, cambiando de color, mezclando sus espumas y sus detritus, surge de aquella confusión espantosa, de aquel caos horrendo, la belleza apocalíptica que recuerda las convulsiones de los océanos del interior del globo terráqueo, cuyas sacudidas de gigante trazan sobre la tierra las pavorosas huellas del volcanismo.
[Ilustración: Puente sobre el Niágara]
Pero, no basta esta impresión de conjunto para saborear todas las bellezas del Niágara Falls: dejemos pronto la orilla izquierda del río, apartemos por un momento la vista del horseshoe, y de la caída americana, demos descanso al oído perturbado por el ruido mate, horrísono, de tantos metros cúbicos de agua que saltan vomitando espumas al fondo del lecho del Niágara, y pasemos á la orilla opuesta aprovechando un puente suspendido que es una maravilla de elegancia. El Suspension bridge, visto de lejos, parece una línea recta, un trazo de tinta china que cruza un horizonte blanquecino; de cerca, resulta pasarela graciosísima más digna de un pintor que de un ingeniero, que al dividir el hondo cauce del río, en dos partes, parece nota justa que corrige la obra de la naturaleza que resulta ser allí excesivamente monótona y descolorida.
Visto el cauce desde el Suspension bridge, la cabeza sufre el vértigo de las grandes alturas: si se miran las cataratas, píntanse sólo en la retina tumultos y nieblas que se levantan del fondo del río; si se mira á la parte opuesta, la vista descansa en un recodo que forma el valle, abrupto, casi cortado á pico y cubierto de vegetación vigorosa, de verde intenso, sobre el que se dibuja breve línea, de trazo negro que da paso á un ferrocarril; en el cauce, ruedan veloces las aguas formando espumoso oleaje; en las orillas, saltan pequeñas cascadas, signos de aprovechamientos industriales, y en la orilla derecha del puente, hállase la población sucia, fea, pueblo de mercaderes, plagado de bazares, de hoteles, de guías impertinentes, con toda la prosa de la vida, aumentada sin piedad en la tierra libre de América. Pasemos y pasemos aprisa, sigamos la calzada que guía al Prospect Park, dejémonos guiar por un plano inclinado que nos conducirá al cauce del Niágara, y aprovechemos el _round trip_, el viaje circular de un vaporcito _The Maid of the Mist_, _La Doncella de la Niebla_, que va á dar un paseo por las corrientes impetuosas del río y á colocarnos lo más cerca posible de las cataratas, vistas de abajo arriba para poder apreciar toda la belleza de aquella masa colosal de agua, que forma cabellera inmensa, extendida, matizada de mil colores, que se desploma de más de cincuenta metros de altura. Desde el pie del funicular á unos cincuenta pasos se halla el vaporcito en tensión, un marinero me ofrece un impermeable, unos pantalones y un capuchón de lona embreada, y con tan rara indumentaria, me coloco en sitio preferente, para aprovechar la excursión. Sale en breve el vapor, atraviesa el río, toca en la orilla del Canadá, y trazando al río una diagonal, se dirige rápidamente á la catarata norte-americana; al poco rato, el barco entra ya en la zona de los remolinos y de las aguas pulverizadas, cuya intensidad crece hasta cegar la vista. El impermeable chorrea por todas partes, el vapor sacudido por el oleaje y las corrientes, avanza cada vez más, el ruido aumenta, la catarata avanza y el espectáculo crece, se desenvuelve, se apodera de todo mi sér, me subyuga y bajo la acción fascinadora de aquella maravilla gigantesca, me siento aturdido y espantado de tanta grandeza. El vapor se para, el temporal de viento y lluvia arrecia, las gentes se ponen el pañuelo en la boca, no hay quien resista largo tiempo las sacudidas del viento y una impresión tan honda, y cuando el barco vira y vuelve la popa á la catarata norte-americana, aparece con toda su belleza la herradura del caballo, formando circo de espumas, levantando chorros imponentes de agua, y mientras _La Doncella de la Niebla_ desanda el camino recorrido, y busca vados relativamente tranquilos, entre las corrientes espantosas de ambas cataratas que chocan con furias formidables, en el cauce del río, aquel cuadro va difuminándose, el ruido decreciendo, las aguas tranquilizándose y el espíritu del viajero descansando de una tensión en que se confunden el temor, el espanto, la admiración y el placer.
No terminan aquí las siluetas y las perspectivas que ofrece pródiga la naturaleza al viajero, en Niágara Falls; falta ver la cueva de los vientos—The Cave of the Winds—que exige la serenidad de una cabeza segura y una pierna sólida, donde halló trágica muerte, en 1892, un inexperto viajero; el parque Prospect, desde donde se ve toda la catarata de la orilla norte-americana, dominándola á vista de pájaro y pudiendo contemplar la línea ondulada y sinuosa, intersección del plano inclinado con el plano de caída que forman las aguas en aquella catarata; nos falta recorrer el Goat Island, el islote que parece una barca holandesa anclada en medio del río, y cuyos flancos dividen la corriente principal del Niágara; hemos de cruzar aún una serie de puentes y pasarelas, por cuya luz divagan corrientes de aguas bullidoras, para ver las islas llamadas tres hermanas, grupito de rocas, en cuyas grietas crece una vegetación vigorosa, acariciada constantemente por las brisas y rompientes de un cauce abrupto, y cuajado de piedras, y al llegar á la hermana más pequeña, gozar otra vez, y desde punto muy cercano, la perspectiva de toda la extensión mojada del río, la parte alta de la herradura del caballo, y el hermoso contraste que ofrece la tranquila acción de las aguas deslizándose sobre el cauce alto, con el impetuoso movimiento y choque en las caídas al desplomarse por los acantilados del abismo.
Todo este conjunto de cosas resulta pura y simplemente sublime; y por tanto, sería atrevimiento imperdonable pretender siquiera que pluma tan inexperta como la mía, pudiera dar idea aproximada de un espectáculo que la naturaleza, tan pródiga en América, ha adornado con todos los encantos y colores de su espléndida paleta.
No insisto, pues, ¡oh lector! en traducir lo que ha quedado grabado en mi imaginación con caracteres imborrables, porque cuanto mayor fuera el esfuerzo producido, resultaría mayor el contraste entre lo vivo y lo pintado; seguir, pues, camino del Far West, ha de parecer de buen sentido, y ya que tan suntuosos vehículos me ofrecen las compañías carrileras americanas, mientras sueño bajo dorados artesonados de maderas preciosas, iluminados con luz eléctrica, el espectáculo que acabo de apuntar, se aproxima la hora de llegar á Chicago á las diez de la noche del 29 de marzo de 1893; mientras cruzan por cuatro líneas paralelas que siguen las playas del Michigan, trenes que pasan con velocidades espantosas, brillantemente iluminados, yendo para mí hacia ignotas tierras y produciéndome calofríos la idea de que el descuido más insignificante puede terminar mi viaje de manera trágica, y á las puertas ya de Chicago, y de su celebérrima Exposición universal.
[Ilustración: VISTA DE LA EXPOSICIÓN]
Chicago
El tren del Illinois Central que sale de New-York á las seis de la tarde, llega á Chicago á las nueve de la noche del día siguiente. Sin embargo, muchos opinan, en los Estados Unidos, que los trenes no llegan casi nunca á la hora de itinerario; pero como yo llegué á las diez al punto de mi destino, no salí mal librado del viaje ya que la experiencia me demostró más tarde, que los itinerarios se dictan en Norte América por el gusto de no tenerlos nunca en cuenta para nada.
La idea que tengo de mi llegada á Chicago no puede ser más confusa; mareado y rendido, no he conseguido averiguar jamás á que depôt ó estación me apeé; lo que supe más tarde, fué que debí bajar en la estación de la calle 22, seguir esta vía hasta dar con su intersección en ángulo recto con el Michigan Avenue, retroceder á la calle 23, recorriendo un block ó una manzana de casas para dar con mi cuerpo en el Metropole hotel, y evitarme tres cosas desagradables: un verdadero viaje en coche, el susto de atravesar sitios oscuros junto al lago, que me daban la idea de estar en pleno campo á las diez de la noche, y una agarrada con el cochero que me pedía dollar y medio por una carrera que en Barcelona ó en Madrid no habría costado más allá de dos pesetas.
Mi primera impresión chicagoana no fué, pues, de las más halagüeñas; una estación con montantes y cubierta de madera, pésimamente alumbrada; un solado que se cimbreaba bajo mis pies, un portal con unos cuantos policemen de factura inglesa, club en mano y casco esferoidal en la cabeza, vigilando la concurrencia, tres ó cuatro carruajes de alquiler con sus ruedas metidas en el barro negruzco de una calle abandonada, tres cocheros que se quieren amparar de mi equipaje de mano y vacilan ante mi deseo de ir al Metropole Hotel, no son notas dignas de una gran ciudad. Al fin escojo á mi automedonte que gruñe entre dientes: ¿Metropole Hotel?... ¿Metropole Hotel?... como si estuviera buscando una seña ingrata escondida en el fondo de su memoria velada quizás por los vapores del whiskey ó del brandy. Y como no acierta á resolver, me decido á intervenir entre tantas gentes que preguntan y nadie responde.—Twenty third street, corner Michigan Avenue... ¡Aoh! ¡yes! ¡Aoh! ¡yes!... Monto en el carruaje, y fiado en mi cochero empiezo á escudriñar el terreno y á orientarme. Pasa un cuarto de hora y apenas consigo formar concepto del terreno que piso; en el fondo me parece percibir aguas en que riela la luz de las estrellas; de cuando en cuando una luz eléctrica de arco, montada sobre alto pie derecho, me deslumbra para entrar rápidamente en la sombra pavorosa de lo desconocido; el tiempo pasa, y con él va desvaneciéndose la tranquilidad de mi espíritu hasta que vislumbro ya calles alumbradas, anchas, en que transita poca gente; atravieso una gran avenida y doy por fin con un edificio que tiene apariencias de castillo medioeval que se llama el Metropole Hotel. Dobles puertas vidrieras montadas sobre ancha escalera, dan paso á un vestíbulo de bóveda rebajada, estucado con colores vivos y brillantes, espléndidamente iluminado y calentado al rojo. Es uno de tantos hoteles montados teniendo á la vista los dorados espejismos con que se han embriagado los burgueses yankees, ante los esperados prodigios de la Exposición universal. Me acerco á las oficinas del manager que toma nota de mi nombre y apellido, me da una llave con una placa de latón de grandes dimensiones, y me meto en el ascensor, que pára en el quinto piso al pie de un cuarto interior, lleno de luz y escesivamente calentado, con el mueble cama plegado, dando á la habitación aire de salita de recibo de pocas pretensiones, pero aceptable, por su limpieza, sus muebles, que parecen recién salidos del taller, su piano de factura americana, y sus luces de incandescencia, que en forma de araña y palmatorias de paramento se han prodigado en la habitación. Me entretengo en cerrar los circuítos de las luces eléctricas, y con tanta luz, los reflejos sobre muebles barnizados dan aire de fiesta á lo que, visto más detenidamente, resulta modestísimo ajuar de un hotel de segundo orden. El calorífero, que parece la tubería de un órgano, presenta una superficie de calefacción tan extensa, y de radiación tan fuerte que, en noches de hielo, se duerme sin abrigo y aun con la ventana abierta; así la tuve por descuido durante la primera noche que pasé en Chicago.
Al día siguiente, contento de haber llegado al término de mi viaje oficial, faltóme tiempo para echar una rápida ojeada al centro de negocios de la ciudad, y al recinto inmenso de su Exposición universal.
Acompañado del Sr. Dupuy de Lome, delegado general de España en la Exposición, y de D. Juan Cologan, capitán de Ingenieros militares, emprendí temprano mi excursión al centro de negocios, al celebrado Downtown de Chicago. El ferrocarril elevado que sigue la dirección norte-sur de la ciudad, tomado en la estación de la calle 22, twenty second street, nos condujo en menos de un cuarto de hora al pie de Van Buren, en el gran centro comprendido entre el lago Michigan y el río Chicago, con dos ramas; una al Norte y otra al Oeste, y la calle 12 que forman la zona de tráfico más típica, más americana y característica de la gran ciudad del Michigan.