Viage al Parnaso La Numancia (Tragedia) y El Trato de Argel (Comedia)
Part 4
Aquel que de poeta no se precia, Para qué escribe versos y los dice? Porqué desdeña lo que mas aprecia?
Jamas me contenté, ni satisfice De hipocritas melindres. Llanamente Quise alabanzas de lo que bien hice.
Con todo quiere Apolo, que esta gente Religiosa se tenga aqui secreta, Dixo el dios que presume de eloquente.
Oyose en esto el son de una corneta, Y un trapa, trapa, aparta, afuera, afuera, Que viene un gallardisimo poeta.
Volví la vista y vi por la ladera. Del monte un postillon y un caballero Correr, como se dice, á la ligera.
Servia el postillon de pregonero Mucho mas que de guia, á cuyas voces En pie se puso el esquadron entero.
Preguntóme Mercurio: no conoces Quien es este gallardo, este brioso? Imagino que ya le reconoces.
Bien, le respondi: que es el famoso Gran DON SANCHO DE LEIVA, cuya espada Y pluma harán á Delio venturoso.
Venceráse sin duda esta jornada Con tal socorro: y en el mismo instante, Cosa que parecia imaginada,
Otro favor no menos importante Para el caso temido se nos muestra, De ingenio, y fuerzas, y valor bastante.
Una tropa gentil por la siniestra Parte del monte se descubrió: ó cielos, Que dais de vuestra providencia muestra!
Aquel discreto JUAN DE VASCONCELOS Venia delante en un caballo vayo, Dando á las musas Lusitanas zelos.
Tras él el capitan PEDRO TAMAYO Venia, y aunque enfermo de la gota, Fue al enemigo asombro, fue desmayo.
Que por él se vió en fuga, y puesto en rota, Que en los dudosos trances de la guerra Su ingenio admira y su valor se nota.
Tambien llegaron á la rica tierra, Puestos debaxo de una blanca seña, Por la parte derecha de la sierra
Otros, de quien tomó luego reseña Apolo: y era dellos el primero El joven DON FERNANDO DE LODEÑA:
Poeta primerizo insigne, empero En cuyo ingenio Apolo deposita Sus glorias para el tiempo venidero.
Con magestad real, con inaudita Pompa llegó, y al pie del monte para Quien los bienes del monte solicita:
El Licenciado fue JUAN DE VERGARA El que llegó, con quien la turba ilustre En sus vecinos medios se repara.
De Esculapio y de Apolo gloria, y lustre, Sino digalo el santo bien partido, Y su fama la misma envidia ilustre.
Con él fue con aplauso recebido El docto JUAN ANTONIO DE HERRERA, Que puso en fil el desigual partido.
O quien con lengua en nada lisongera, Sino con puro afecto en grande exceso, Dos que llegaron alabar pudiera!
Pero no es de mis hombros este peso, Fueron los que llegaron los famosos Los dos Maestros CALVO Y VALDIVIESO.
Luego se descubrió por los undosos Llanos del mar una pequeña barca Impelida de remos presurosos:
Llegó, y al punto della desembarca El gran DON JUAN DE ARGOTE Y DE GAMBOA En compañia de DON DIEGO ABARCA,
Sugetos dinos de incesable loa, Y DON DIEGO XIMENEZ Y DE ENCISO Dió un salto á tierra desde la alta proa.
En estos tres la gala y el aviso Cifró quanto de gusto en sí contienen, Como su ingenio y obras dan aviso.
Con JUAN LOPEZ DEL VALLE otros dos vienen Juntos alli, y es PAMONES el uno, Con quien las musas ogeriza tienen.
Porque pone sus pies por do ninguno Los puso, y con sus nuevas fantasias Mucho mas que agradable es importuno.
De lexas tierras por incultas vias Llegó el brabo Irlandes DON JUAN BATEO, Xerxes nuevo en memoria en nuestros dias,
Vuelvo la vista, á MANTUANO veo, Que tiene al gran Velasco por Mecenas, Y ha sido acertadisimo su empleo.
Dexarán estos dos en las agenas Tierras, como en las proprias dilatados Sus nombres, que tú, Apolo, asi lo ordenas.
Por entre dos fructiferos collados (Habrá quien esto crea, aunque lo entienda?) De palmas y laureles coronados, El grave aspecto del ABAD MALUENDA Pareció, dando al monte luz y gloria, Y esperanzas de triunfo en la contienda.
Pero de qué enemigos la vitoria No alcanzará un ingenio tan florido? Y una bondad tan digna de memoria?
DON ANTONIO GENTIL DE VARGAS, pido Espacio para verte, que llegaste De gala y arte, y de valor vestido;
Y aunque de patria Ginoves, mostraste Ser en las musas castellanas doto, Tanto que al esquadron todo admiraste.
Desde el Indio apartado del remoto Mundo llegó mi amigo MONTESDOCA, Y el que anudó de Arauco el nudo roto.
Dixo Apolo á los dos: á entrambos toca Defender esta vuestra rica estancia De la canalla de verguenza poca.
La qual de error armada y de arrogancia Quiere canonizar y dar renombre Inmortal y divino á la ignorancia.
Que tanto puede la aficion, que un hombre Tiene á sí mismo, que ignorante siendo, De buen poeta quiere alcanzar nombre.
En esto otro milagro, otro estupendo Prodigio se descubre en la marina, Que en pocos versos declarar pretendo
Una nave á la tierra tan vecina Llegó, que desde el sitio donde estaba, Se ve quanto hay en ella, y determina.
Demás de quatro mil salmas pasaba, Que otros suelen llamarlas toneladas, Ancha de vientre y de estatura brava:
Asi como las naves que cargadas Llegan de la oriental india á Lisboa, Que son por las mayores estimadas.
Esta llegó desde la popa á proa Cubierta de poetas, mercancia De quien hay saca en Calicut y en Goa.
Tomole al roxo dios alferecia Por ver la muchedumbre impertinente, Que en socorro del monte le venia.
Y en silencio rogó devotamente, Que el vaso naufragase en un momento Al que gobierna el humido tridente.
Uno de los del numero hambriento Se puso en esto al borde de la nave, Al parecer mohino y mal contento:
Y en voz, que ni de tierna ni suave Tenia un solo adarme, gritando (Dixo tal vez colerico, y tal grave)
Lo que impaciente estuve yo escuchando, Porque vi sus razones ser saetas, Que iban mi alma y corazon clavando.
O tú, dixo, traidor, que los poetas Canonizaste de la larga lista, Por causas y por vias indiretas:
Dónde tenias, Magancés, la vista Aguda de tu ingenio, que asi ciego Fuiste tan mentiroso coronista?
Yo te confieso, ó barbaro, y no niego Que algunos de los muchos que escogiste Sin que el respeto te forzase ó el ruego,
En el debido punto los pusiste; Pero con los demas sin duda alguna Prodigo de alabanzas anduviste.
Has alzado á los cielos la fortuna De muchos, que en el centro del olvido Sin ver la luz del sol, ni de la luna,
Yacian: ni llamado, ni escogido Fue el gran pastor de Iberia, el gran BERNARDO, Que de la VEGA tiene el apellido.
Fuiste envidioso, descuidado y tardo, Y á las Ninfas de Henares y Pastores, Como á enemigos les tiraste un dardo,
Y tienes tu poetas tan peores Que estos en tu rebaño, que imagino Que han de sudar, si quieren ser mejores.
Que si este agravio no me turba el tino, Siete trobistas desde aqui diviso, A quien suelen llamar de torbellino,
Con quien la gala, discrecion y aviso Tienen poco que ver, y tu los pones Dos leguas mas allá del paraiso.
Estas quimeras, estas invenciones Tuyas te han de salir al rostro un dia, Si mas no te mesuras y compones.
Esta amenaza y gran descortesia Mi blando corazon llenó de miedo, Y dió al traves con la paciencia mia.
Y volviendome á Apolo con denuedo Mayor del que esperaba de mis años, Con voz turbada y con semblante acedo,
Le dixe: con bien claros desengaños Descubro, que el servirte me grangea Presentes miedos de futuros daños.
Haz, ó señor, que en publico se lea La lista que Cilenio llevó á España, Porque mi culpa poca aqui se vea.
Si tu deidad en escoger se engaña, Y yo solo aprobé lo que él me dixo, Porqué este simple contra mí se ensaña?
Con justa causa y con razon me aflixo, De ver como estos barbaros se inclinan A tenerme en temor duro y prolixo.
Unos, porque los puse me abominan: Otros, porque he dexado de ponellos, De darme pesadumbre determinan.
Yo no sé como me avendré con ellos, Los puestos se lamentan, los no puestos Gritan, yo tiemblo destos y de aquellos.
Tú, señor, que eres dios, dales los puestos Que piden sus ingenios: llama, y nombra Los que fueren mas habiles y prestos.
Y porque el turbio miedo que me asombra, No me acabe, acabada esta contienda, Cubreme con tu manto y con tu sombra.
O ponme una señal, por do se entienda Que soy hechura tuya y de tu casa: Y asi no havrá ninguno que me ofenda.
Vuelve la vista, y mira lo que pasa, Fue de Apolo enojado la respuesta, Que ardiendo en ira el corazon le abrasa.
Volvila, y vi la mas alegre fiesta, Y la mas desdichada y compasiva, Que el mundo vió, ni aun la verá qual esta.
Mas no se espere que yo aqui la escriba, Sino en la parte quinta, en quien espero Cantar con voz tan entonada y viva, Que piensen que soy cisne, y que me muero.
VIAGE AL PARNASO.
CAPITULO V.
Oyó el señor del humido tridente Las plegarias de Apolo, y escuchólas Con alma tierna y corazon clemente.
Hizo de ojo, y dió del pie á las olas, Y sin que lo entendiesen los poetas En un punto hasta el cielo levantólas.
Y él por ocultas vias y secretas Se agazapó debaxo del navio, Y usó con él de sus traidoras tretas.
Hirió con el tridente en lo vacio Del buco, y el estomago le llena De un copioso corriente amargo rio.
Advertido el peligro, al aire suena Una confusa voz, la qual resulta De otras mil que el temor forma y la pena.
Poco á poco el bagel pobre se oculta En las entrañas del ceruleo y cano Vientre, que tantas animas sepulta.
Suben los llantos por el aire vano De aquellos miserables, que suspiran Por ver su irreparable fin cercano.
Trepan y suben por las jarcias, miran Qual del navio es el lugar mas alto, Y en él muchos se apiñan y retiran.
La confusion, el miedo, el sobresalto Les turba los sentidos, que imaginan Que desta á la otra vida es grande el salto.
Con ningun medio ni remedio atinan; Pero creyendo dilatar su muerte Algun tanto á nadar se determinan.
Saltan muchos al mar de aquella suerte, Que al charco de la orilla saltan ranas Quando el miedo, ó el ruido las advierte.
Hienden las olas del romperse canas, Menudean las piernas y los brazos, Aunque enfermos estan, y ellas no sanas.
Y en medio de tan grandes embarazos La vista ponen en la amada orilla, Deseosos de darla mil abrazos.
Y sé yo bien, que la fatal quadrilla Antes que alli, holgara de hallarse En el compas famoso de Sevilla.
Que no tienen por gusto el ahogarse, Discreta gente al parecer en esto, Pero valioles poco el esforzarse.
Que el padre de las aguas echó el resto De su rigor, mostrandose en su carro Con rostro airado y ademan funesto.
Quatro delfines, cada qual bizarro, Con cuerdas hechas de tegidas obas Le tiraban con furia y con desgarro.
Las ninfas en sus humidas alcobas Sienten tu rabia, ó vengativo Nume, Y de sus rostros la color les robas.
El nadante poeta que presume Llegar á la ribera defendida, Sus ayes pierde y su teson consume.
Que su corta carrera es impedida De las agudas puntas del tridente, Entonces fiero y aspero homicida.
Quien ha visto muchacho diligente Que en goloso á si mesmo sobrepuja Que no hay comparacion mas conveniente,
Picar en el sombrero la granuja, Que el hallazgo le puso alli ó la sisa, Con punta alfileresca, ó ya de aguja:
Pues no con menor gana, ó menor prisa Poetas ensartaba el Nume airado Con gesto infame, y con dudosa risa.
En carro de cristal venia sentado, La barba luenga y llena de marisco, Con dos gruesas lampreas coronado.
Hacian de sus barbas firme aprisco La Almeja, el Morsillon, Pulpo y Cangrejo, Qual le suelen hacer en peña ó risco.
Era de aspecto venerable y viejo, De verde, azul y plata era el vestido, Robusto al parecer y de buen rejo.
Aunque como enojado, denegrido Se mostraba en el rostro, que la saña Asi turba el color como el sentido.
Airado contra aquellos mas se ensaña Que nadan mas, y saleles al paso, Juzgando á gloria tan cobarde hazaña.
En esto, ó nuevo y milagroso caso, Dino de que se cuente poco á poco, Y con los versos de Torcato Taso.
Hasta aqui no he invocado, ahora invoco Vuestro favor, ó musas! necesario Para los altos puntos en que toco.
Descerrajad vuestro mas rico almario, Y el aliento me dad que el caso pide, No humilde, no ratero, ni ordinario.
Las nubes hiende el aire, pisa y mide La hermosa Venus Acidalia, y baxa Del cielo que ninguno se lo impide.
Traia vestida de pardilla raja Una gran saya entera hecha al uso, Que le dice muy bien, quadra y encaja.
Luto que por su Adonis se le puso, Luego que el gran colmillo del berraco A atravesar sus ingles se dispuso.
A fe que si el mocito fuera Maco, Que él guardára la cara al colmilludo, Que dió á su vida, y su belleza saco.
O valiente garzon, mas que sesudo, Cómo estándo avisado, tu mal tomas, Entrando en trance tan horrendo y crudo?
En esto las mansisimas palomas Que el carro de la diosa conducian Por el llano del mar, y por las lomas:
Por unas y otras partes discurrian, Hasta que con Neptuno se encontraron, Que era lo que buscaban y querian.
Los dioses que se ven, se respetaron, Y haciendo sus zalemas á lo moro, De verse juntos en estremo holgaron.
Guardaronse real grave decoro, Y procuró Ciprinia en aquel punto Mostrar de su belleza el gran tesoro.
Ensanchó el verdugado, y dióle el punto Con ciertos puntapies que fueron coces Para el dios que las vió y quedó difunto.
Un poeta llamado DON QUINCOCES Andaba semivivo en las saladas Ondas dando gemidos y no voces.
Con todo dixo, en mal articuladas Palabras: o, señora, la de Pafo, Y de las otras dos islas nombradas,
Muevate á compasion el verme gafo De pies y manos, y que ya me ahogo, En otras Linfas que las del Garrafo.
Aqui será mi Pira, aqui mi rogo, Aqui será QUINCOCES sepultado, Que tuvo en su crianza Pedagogo.
Esto dixo el mezquino, esto escuchado Fue de la diosa con ternura tanta, Que volvió á componer el verdugado.
Y luego en pie y piadosa se levanta, Y poniendo los ojos en el viejo, Desembudó la voz de la garganta:
Y con cierto desden y sobrecejo, Entre enojada y grave, y dulce dixo Lo que al humido dios tuvo perplejo.
Y aunque no fue su razonar prolixo, Todavia le truxo á la memoria Hermano de quien era y de quien hijo.
Representole quan pequeña gloria Era llevar de aquellos miserables El triunfo infausto, y la cruel vitoria.
El dixo: si los hados inmudables No huvieran dado la fatal sentencia Destos en su ignorancia siempre estables.
Una brizna no mas de tu presencia Que viera yo, bellisima señora, Fuera de mi rigor la resistencia.
Mas ya no puede ser, que ya la hora Llegó donde mi blanda y mansa mano Ha de mostrar que es dura y vencedora.
Que estos de proceder siempre inhumano, En sus versos han dicho cien mil veces, Azotando las aguas del mar cano.
Ni azotado, ni viejo me pareces, Replicó Venus, y él le dixo á ella: Puesto que me enamoras no enterneces.
Que de tal modo la fatal estrella, Influye destos tristes, que no puedo Dar felice despacho á tu querella.
Del querer de los hados solo un dedo, No me puedo apartar, ya tu lo sabes, Ellos han de acabar, y ha de ser cedo.
Primero acabarás que los acabes, Le respondió madama, la que tiene De tantas voluntades puerta y llaves.
Que aunque el hado feroz su muerte ordene, El modo no ha de ser á tu contento, Que muchas muertes el morir contiene.
Turbóse en esto el liquido elemento, De nuevo renovóse la tormenta, Sopló mas vivo y mas apriesa el viento.
La hambrienta mesnada, y no sedienta, Se rinde al uracan recien venido, Y por mas no penar muere contenta.
O raro caso y por jamas oido, Ni visto! ó nuevas y admirables trazas De la gran reina obedecida en Gnido!
En un instante el mar de calabazas Se vió quajado, algunas tan potentes, Que pasaban de dos, y aun de tres brazas.
Tambien hinchados odres y valientes, Sin deshacer del mar la blanca espuma, Nadaban de mil talles diferentes.
Esta trasmutacion fue hecha en suma Por Venus de los languidos poetas, Porque Neptuno hundirlos no presuma.
El qual le pidió á Febo sus saetas, Cuya arma arrojadiza desde aparte A Venus defraudara de sus tretas.
Negóselas Apolo; y veis do parte Enojado el vejon con su tridente, Pensandolos pasar de parte á parte;
Mas este se resbala, aquel no siente La herida, y dando esguince se desliza, Y él queda de la colera impaciente.
En esto Boreas su furor atiza, Y lleva antecogida la manada, Que con la de los cerdas simboliza.
Pidióselo la diosa aficionada A que vivan poetas zarabandos, De aquellos de la seta almidonada:
De aquellos blancos, tiernos, dulces, blandos, De los que por momentos se dividen En varias setas, y en contrarios vandos.
Los contrapuestos vientos se comiden A complacer la bella rogadora, Y con un solo aliento la mar miden:
Llevando á la piara gruñidora, En calabazas y odres convertida A los reynos contrarios del aurora.
Desta dulce semilla referida España, verdad cierta, tanto abunda, Que es por ella estimada y conocida.
Que aunque en armas y en letras es fecunda Mas que quantas provincias tiene el suelo, Su gusto en parte en tal semilla funda.
Despues desta mudanza que hizo el cielo, O Venus, ó quien fuese, que no importa Guardar puntualidad como yo suelo,
No veo calabaza, ó luenga ó corta, Que no imagine que es algun poeta Que alli se estrecha, encubre, encoge, acorta.
Pues qué quando veo un cuero, ó mal discreta Y vana fantasia, asi engañada, Que á tanta liviandad estás sugeta!
Pienso que el piezgo de la boca atada Es la faz del poeta transformado En aquella figura mal hinchada.
Y quando encuentro algun poeta honrado, Digo, poeta firme y valedero, Hombre vestido bien y bien calzado,
Luego se me figura ver un cuero, O alguna calabaza, y desta suerte Entre contrarios pensamientos muero,
Y no sé si lo yerre, ó si lo acierte, En que á las calabazas y á los cueros, Y á los poetas trate de una suerte.
Cernìcalos que son lagartigeros No esperen de gozar las preeminencias Que gozan gabilanes no pecheros.
Puestas en paz pues ya las diferencias De Delio, y los poetas transformados En tan vanas y huecas apariencias:
Los mares y los vientos sosegados, Sumergiose Neptuno mal contento En sus palacios de cristal labrados.
Las mansisimas aves por el viento Volaron, y á la bella Cipriana Pusieron en su reyno á salvamento.
Y en señal que del triunfo quedó ufana, Lo que hasta alli nadie acabó con ella, Del luto se quitó la saboyana.
Quedando en cueros tan briosa y bella, Que se supo despues que Marte anduvo Todo aquel dia, y otros dos tras ella.
Todo el qual tiempo el escuadron estuvo Mirando atento la fatal ruina, Que la canalla transformada tuvo.
Y viendo despejada la marina Apolo del socorro mal venido, De dar fin al gran caso determina.
Pero en aquel instante un gran ruido Se oyó, con que la turba se alboroza, Y pone vista alerta, y presto oido.
Y era quien le formaba una carroza Rica, sobre la qual venia sentado El grave DON LORENZO DE MENDOZA,
De su felice ingenio acompañado, De su mucho valor y cortesia, Joyas inestimables, adornado.
PEDRO JUAN DE REJAULE le seguia En otro coche insigne Valenciano, Y grande defensor de la poesia.
Sentado viene á su derecha mano JUAN DE SOLIS, mancebo generoso, De raro ingenio en verdes años cano.
Y JUAN DE CARVAJAL, Dotor famoso, Les hace tercio, y no por ser pesado Dexan de hacer su curso presuroso.
Porque el divino ingenio al levantado Valor de aquestos tres que el coche encierra, No hay impedirle monte, ni collado.
Pasan volando la empinada sierra, Las nubes tocan, llegan casi al cielo, Y alegres pisan la famosa tierra.
Con este mismo honroso y grave zelo, BARTOLOME DE MOLA, y GABRIEL LASO Llegaron á tocar del monte el suelo.
Honra las altas cimas de Parnaso DON DIEGO, que de SILVA tiene el nombre, Y por ellas alegre tiende el paso.
A cuyo ingenio, y sin igual renombre Toda ciencia se inclina y le obedece, Y le levanta á ser mas que de hombre.
Dilatanse las sombras, y descrece El dia, y de la noche el negro manto Guarnecido de estrellas aparece.
Y el esquadron que havia esperado tanto En pie, se rinde al sueño perezoso De hambre y sed, y de mortal quebranto.
Apolo entonces poco luminoso, Dando hasta los Antipodas un brinco, Siguió su accidental curso forzoso.
Pero primero licenció á los cinco Poetas titulados á su ruego, Que lo pidieron con estraño ahinco,
Por parecerles risa, burla y juego Empresas semejantes; y asi Apolo Condecendió con sus deseos luego.
Que es el galan de Dafne unico y solo En usar cortesia sobre quantos Descubre el nuestro, y el contrario polo.
Del lobrego lugar de los espantos Sacó su hisopo el languido Morfeo, Con que ha rendido y embocado á tantos,
Y del licor que dicen que es Leteo, Que mana de la fuente del olvido, Los parpados bañó á todos arreo.
El mas hambriento se quedó dormido, Dos cosas repugnantes, hambre y sueño, Privilegio á poetas concedido.
Yo quedé enfin dormido como un leño, Llena la fantasia de mil cosas, Que de contallas mi palabra empeño, Por mas que sean en sí dificultosas.
VIAGE AL PARNASO.
CAPITULO VI.
De una de tres causas los ensueños Se causan, ó los sueños, que este nombre Les dan los que del bien hablar son dueños.
Primera, de las cosas de que el hombre Trata mas de ordinario: la segunda Quiere la medicina que se nombre,
Del humor que en nosotros mas abunda. Toca en revelaciones la tercera, Que en nuestro bien mas que las dos redunda.
Dormí, y soñé, y el sueño la tercera Causa le dió principio suficiente, A mezclar el ahito y la dentera.
Sueña el enfermo, á quien la fiebre ardiente Abrasa las entrañas, que en la boca Tiene de las que ha visto alguna fuente.
Y el labio al fugitivo cristal toca, Y el dormido consuelo imaginado Crece el deseo, y no la sed apoca.
Pelea el valentisimo soldado Dormido, casi al modo que despierto Se mostró en el combate fiero armado.
Acude el tierno amante á su concierto, Y en la imaginacion dormido llega Sin padecer borrasca á dulce puerto.
El corazon el avariento entrega En la mitad del sueño á su tesoro, Que el alma en todo tiempo no le niega.
Yo, que siempre guardé el comun decoro En las cosas dormidas y despiertas, Pues no soy Troglodita ni soy Moro;
De par en par del alma abrí las puertas, Y dexé entrar al sueño por los ojos Con premisas de gloria y gusto ciertas.
Gocé durmiendo quatro mil despojos, Que los conté sin que faltase alguno, De gustos que acudieron á manojos.
El tiempo, la ocasion, el oportuno Lugar correspondian al efeto, Juntos y por sí solo cada uno.
Dos horas dormí, y mas á lo discreto, Sin que imaginaciones ni vapores El celebro tuviesen inquieto.
La suelta fantasia entre mil flores Me puso de un pradillo, que exhalaba De Pancaya y Sabea los olores.
El agradable sitio se llevaba Tras sí la vista que durmiendo, viva Mucho mas que despierta se mostraba.
Palpable vi, mas no sé si lo escriba, Que á las cosas que tienen de imposibles, Siempre mi pluma se ha mostrado esquiva.
Las que tienen vislumbre de posibles, De dulces, de suaves y de ciertas Explican mis borrones apacibles.
Nunca á disparidad abre las puertas Mi corto ingenio, y hallalas contino De par en par la consonancia abiertas.
Cómo puede agradar un desatino Si no es que de proposito se hace, Mostrandole el donaire su camino?
Que entonces la mentira satisface Quando verdad parece, y está escrita Con gracia, que al discreto y simple aplace.
Digo, volviendo al cuento, que infinita Gente vi discurrir por aquel llano, Con algazara placentera y grita:
Con habito decente y cortesano Algunos, á quien dió la hipocresia Vestido pobre; pero limpio y sano.
Otros de la color que tiene el dia Quando la luz primera se aparece Entre las trenzas de la aurora fria.
La variada primavera ofrece De sus varias colores la abundancia, Con que á la vista el gusto alegre crece.
La prodigalidad, la exorbitancia Campean juntas por el verde prado Con galas que descubren su ignorancia.
En un trono del suelo levantado, (Do el arte á la materia se adelanta Puesto que de oro y de marfil labrado)
Una doncella ví desde la planta Del pie hasta la cabeza asi adornada, Que el verla admira, y el oirla encanta.
Estaba en él con magestad sentada, Giganta al parecer en la estatura, Pero aunque grande, bien proporcionada.
Parecia mayor su hermosura Mirada desde lejos, y no tanto Si de cerca se ve su compostura.
Lleno de admiracion, colmo de espanto, Puse en ella los ojos, y vi en ella Lo que en mis versos desmayados canto.