Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Part 9
É ya tenian alzado todo el fardaje de las estancias y poblacion por donde pasamos, porque muy bien tuvieron noticia cómo íbamos á su pueblo; é porque ninguna cosa hiciésemos sino por buena órden y justificadamente, Cortés les envió á decir con seis indios de su pueblo de Tepeaca, que habiamos tomado en aquella estancia, que para aquel efeto los prendimos, é con cuatro de sus mujeres, cómo íbamos á su pueblo á saber é inquirir quién y cuántos se hallaron en la muerte de más de diez y ocho españoles que mataron sin causa ninguna, viniendo camino para Méjico; y tambien veniamos á saber á qué causa tenian agora nuevamente muchos escuadrones mejicanos, que con ellos habian ido á robar y saltear unas estancias de Tlascala, nuestros amigos; que les ruega que luego vengan de paz adonde estábamos para ser nuestros amigos, y que despidan de su pueblo á los mejicanos; si no, que iremos contra ellos como rebeldes y matadores y salteadores de caminos, y les castigaria á fuego y sangre y los daria por esclavos; y como fueron aquellos seis indios y cuatro mujeres del mismo pueblo, si muy fieras palabras les enviaron á decir, mucho más bravosa nos dieron la respuesta con los mismos seis indios y dos mejicanos que venian con ellos; porque muy bien conocido tenian de nosotros que á ningunos mensajeros que nos enviaban haciamos ninguna demasía, sino ántes dalles algunas cuentas para atraellos; y con estos que nos enviaron los de Tepeaca, fueron las palabras bravosas dichas por los capitanes mejicanos, como estaban vitoriosos de lo de las puentes de Méjico; y Cortés les mandó dar á cada mensajero una manta, y con ellos les tornó á requerir que viniesen á le ver y hablar y que no hubiesen miedo; é que pues ya los españoles que habian muerto no los podian dar vivos, que vengan ellos de paz y se les perdonará todos los muertos que mataron; sobre ello se les escribió una carta, y aunque sabiamos que no la habian de entender, sino como vian papel de Castilla tenian por muy cierto que era cosa de mandamiento; y rogó á los dos mejicanos que venian con los de Tepeaca como mensajeros, que volviesen á traer la respuesta, y volvieron; y lo que dijeron era, que no pasásemos adelante y que no volviésemos por donde veniamos, sino que otro dia pensaban tener buenas hartazgas con nuestros cuerpos, mayores que las de Méjico y sus puentes y la de Obtumba; y como aquello vió Cortés comunicólo con todos nuestros capitanes y soldados, y fué acordado que se hiciese un auto por ante escribano que diese fe de todo lo pasado, y que se diesen por esclavos á todos los aliados de Méjico que hubiesen muerto españoles, porque habiendo dado la obediencia á su Majestad, se levantaron, y mataron sobre ochocientos y sesenta de los nuestros y sesenta caballos, y á los demás pueblos por salteadores de caminos y matadores de hombres; é hecho este auto, envióseles á hacer saber, amonestándolos y requiriendo con la paz; y ellos tornaron á decir que si luego no nos volviamos, que saldrian á nos matar; y se apercibieron para ello, y nosotros lo mismo.
Otro dia tuvimos en un llano una buena batalla con los mejicanos y tepeaquenos; y como el campo era labranzas de maíz é maqueyales, puesto que peleaban valerosamente los mejicanos, presto fueron desbaratados por los de á caballo, y los que no los teniamos no estábamos de espacio; pues ver á nuestros amigos de Tlascala tan animosos como peleaban con ellos y les siguieron el alcance; allí hubo muertes de los mejicanos y de Tepeaca muchos, y de nuestros amigos los de Tlascala tres, y hirieron dos caballos, el uno se murió, y tambien hirieron doce de nuestros soldados, mas no de suerte que peligró ninguno.
Pues seguida la vitoria, allegáronse muchas indias y muchachos que se tomaron por los campos y casas; que hombres no curábamos dellos, que los tlascaltecas los llevaban por esclavos.
Pues como los de Tepeaca vieron que con el bravear que hacian los mejicanos que tenian en su pueblo y guarnicion eran desbaratados, y ellos juntamente con ellos, acordaron que sin decilles cosa ninguna viniesen adonde estábamos; y los recibimos de paz y dieron la obediencia á su majestad, y echaron los mejicanos de sus casas, y nos fuimos nosotros al pueblo de Tepeaca, adonde se fundó una villa que se nombró la villa de Segura de la Frontera, porque estaba en el camino de la Villa-Rica, en una buena comarca de buenos pueblos sujetos á Méjico, y habia mucho maíz, y guardaban la raya nuestros amigos los de Tlascala; y allí se nombraron alcaldes y regidores, y se dió órden en cómo se corriese los rededores sujetos á Méjico, en especial los pueblos adonde habian muerto españoles; y allí hicieron hacer el hierro con que se habian de herrar los que se tomaban por esclavos, que era una G, que quiere decir guerra.
Y desde la villa de Segura de la Frontera corrimos todos los rededores, que fué Cachula y Tecamechalco y el pueblo de las Guayaguas, y otros pueblos que no se me acuerda el nombre; y en lo de Cachula fué adonde habian muerto en los aposentos quince españoles; y en este de Cachula hubimos muchos esclavos, de manera que en obra de cuarenta dias tuvimos aquellos pueblos pacíficos y castigados.
Ya en aquella sazon habian alzado en Méjico otro señor por Rey, porque el señor que nos echó de Méjico era fallecido de viruelas, y aquel señor que hicieron Rey era un sobrino ó pariente muy cercano del gran Montezuma, que se decia Guatemuz, mancebo de hasta veinte y cinco años, bien gentil hombre para ser indio, y muy esforzado; y se hizo temer de tal manera, que todos los suyos temblaban dél; y estaba casado con una hija de Montezuma, bien hermosa mujer para ser india; y como este Guatemuz, señor de Méjico, supo cómo habiamos desbaratado los escuadrones mejicanos que estaban en Tepeaca, y que habian dado la obediencia á su Majestad el Emperador Cárlos V, y nos servian y daban de comer, y estábamos allí poblados; y temió que les correriamos lo de Guaxaca y otras provincias, y que á todos les atraeriamos á nuestra amistad, envió á sus mensajeros por todos los pueblos para que estuviesen muy alerta con todas sus armas, y á los caciques les daba joyas de oro, y á otros perdonaba los tributos; y sobre todo, mandaba ir muy grandes capitanes y guarniciones de gente de guerra para que mirasen no les entrásemos en sus tierras; y les enviaba á decir que peleasen muy reciamente con nosotros, no les acaeciese como en lo de Tepeaca, á donde estaba nuestra villa doce leguas.
Para que bien se entiendan los nombres destos pueblos, un nombre es Cachula, otro nombre es Guacachula.
Y dejaré de contar lo que en Guacachula se hizo, hasta su tiempo y lugar; y diré cómo en aquel tiempo é instante vinieron de la Villa-Rica mensajeros cómo habia venido un navío de Cuba, y ciertos soldados en él.
CAPÍTULO CXXXI.
CÓMO VINO UN NAVÍO DE CUBA QUE ENVIABA DIEGO VELAZQUEZ, É VENIA EN ÉL POR CAPITAN PEDRO BARBA, Y LA MANERA QUE EL ALMIRANTE QUE DEJÓ NUESTRO CORTÉS POR GUARDA DE LA MAR TENIA PARA LOS PRENDER, Y ES DESTA MANERA.
Pues como andábamos en aquella provincia de Tepeaca castigando á los que fueron en la muerte de nuestros compañeros, que fueron diez y ocho los que mataron en aquellos pueblos, y atrayéndolos de paz, y todos daban la obediencia á su majestad; vinieron cartas de la Villa-Rica cómo habia venido un navío al puerto, y vino en él por capitan un hidalgo que se decia Pedro Barba, que era muy amigo de Cortés; y este Pedro Barba habia estado por teniente del Diego Velazquez en la Habana, y traia trece soldados y un caballo y una yegua, porque el navío que traia era muy chico; y traia cartas para Pánfilo de Narvaez, el capitan que Diego Velazquez habia enviado contra nosotros, creyendo que estaba por él la Nueva-España, en que le enviaba á decir el Diego Velazquez que si acaso no habia muerto á Cortés, que luego se le enviase preso á Cuba, para envialle á Castilla, que ansí lo mandaba don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, presidente de Indias, que luego fuese preso con otros de nuestros capitanes; porque el Diego Velazquez tenia por cierto que éramos desbaratados, ó á lo ménos que Narvaez señoreaba la Nueva-España.
Pues como el Pedro Barba llegó al puerto con su navío y echó anclas, luego le fué á visitar y dar el bien venido el almirante de la mar que puso Cortés, el cual se decia Pedro Caballero ó Juan Caballero, otras veces por mí nombrado, con un batel bien esquifado de marineros y armas encubiertas, y fué al navío de Pedro Barba; y despues de hablar palabras de buen comedimiento, qué tal viene vuestra merced, y quitar las gorras y abrazarse unos á otros, como se suele hacer, preguntó el Pedro Caballero por el señor Diego Velazquez, gobernador de Cuba, qué tal queda, y responde el Pedro Barba que bueno; y el Pedro Barba y los demás que consigo traian preguntan por el señor Pánfilo de Narvaez, y cómo le va con Cortés; y responden que muy bien, é que Cortés anda huyendo y alzado con veinte de sus compañeros, é que Narvaez está muy próspero é rico, y que la tierra es muy buena; y de plática en plática le dicen al Pedro Barba que allí junto estaba un pueblo, que desembarque é que se vayan á dormir y estar en él, que les traerán comida y lo que hubieren menester, que para sólo aquello estaba señalado aquel pueblo, y tantas palabras les dicen, que en el batel y en otros que luego allí venian de los otros navíos que estaban surtos les sacaron en tierra, y cuando los vieron fuera del navío, y tenian copia de marineros junto con el almirante Pedro Caballero, dijeron al Pedro Barba:
—«Sed preso por el señor capitan Cortés, mi señor.»
Y ansí los prendieron, y quedaban espantados, y luego les sacaban del navío las velas y timon y agujas, y los enviaban adonde estábamos con Cortés en Tepeaca; por los cuales habiamos gran placer, con el socorro que venia en el mejor tiempo que podia ser; porque en aquellas entradas que he dicho que haciamos, no eran tan en salvo, que muchos de nuestros soldados no quedábamos heridos, y otros adolescian del trabajo; porque, de sangre y polvo que estaba cuajado en las entrañas, no echábamos otra cosa del cuerpo y por la boca, como traiamos siempre las armas á cuestas y no parar noches ni dias; por manera que ya se habian muerto cinco de nuestros soldados de dolor de costado en obra de quince dias.
Tambien quiero decir que con este Pedro Barba vino un Francisco Lopez, vecino y regidor que fué de Guatimala, y Cortés hacia mucha honra al Pedro Barba, y le hizo capitan de ballesteros, y dió nuevas que estaba otro navío chico en Cuba, que le queria enviar el Diego Velazquez con cazabi y bastimentos; el cual vino dende á ocho dias, y venia en él por capitan un hidalgo natural de Medina del Campo, que se decia Rodrigo Morejon de Lobera, y traia consigo ocho soldados y seis ballestas y mucho hilo para cuerdas, é una yegua; ni más ni ménos que habian prendido al Pedro Barba, ansí hicieron á este Rodrigo de Morejon, y luego fueron á Segura de la Frontera, y con todos ellos nos alegramos, y Cortés les hacia mucha honra y les daba cargos; y gracias á Dios, ya nos íbamos fortaleciendo con soldados y ballestas y dos ó tres caballos más.
Y dejallo he aquí, y volveré á decir lo que en Guacachula hacian los ejércitos mejicanos que estaban en frontera, y cómo los caciques de aquel pueblo vinieron secretamente á demandar favor á Cortés para echallos de allí.
CAPÍTULO CXXXII.
CÓMO LOS DE GUACACHULA VINIERON Á DEMANDAR FAVOR Á CORTÉS SOBRE QUE LOS EJÉRCITOS MEJICANOS LOS TRATABAN MAL Y LOS ROBABAN, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Ya he dicho que Guatemuz, señor que nuevamente era alzado por Rey de Méjico, enviaba grandes guarniciones á sus fronteras; especial envió una muy poderosa y de mucha copia de guerreros á Guacachula, y otra á Ozucar, que estaba dos ó tres leguas de Guacachula; porque bien temió que por allí le habiamos de correr las tierras y pueblos sujetos á Méjico; y parece ser que, como envió tanta multitud de guerreros y como tenian nuevo señor, hacian muchos robos y fuerzas á los naturales de aquellos pueblos adonde estaban aposentados, y tantas, que no les podian sufrir los de aquella provincia, porque decian que les robaban las mantas y maíz y gallinas y joyas de oro, y sobre todo, las hijas y mujeres si eran hermosas, y que las forzaban delante de sus maridos y padres y parientes.
Como oyeron decir que los del pueblo de Cholula estaban todos muy de paz y sosegados despues que los mejicanos no estaban en él, y agora ansimesmo en lo de Tepeaca y Tecamachalco y Cochula, á esta causa vinieron cuatro principales muy secretamente de aquel pueblo, por mí otras veces nombrado, y dicen á Cortés que envie teules y caballos á quitar aquellos robos y agravios que les hacian los mejicanos, é que todos los de aquel pueblo y otros comarcanos nos ayudarian para que matásemos á los escuadrones mejicanos; y de que Cortés lo oyó, luego propuso que fuese por capitan Cristóbal de Olí con todos los más de á caballo y ballesteros y con gran copia de tlascaltecas; porque con la ganancia que los de Tlascala habian llevado de Tepeaca, habian venido á nuestro real é villa muchos más tlascaltecas; y nombró Cortés para ir con el Cristóbal de Olí á ciertos capitanes de los que habian venido con Narvaez; por manera que llevaba en su compañía sobre trecientos soldados y todos los mejores caballos que teniamos.
É yendo que iba con todos sus compañeros camino de aquella provincia, pareció ser que en el camino dijeron ciertos indios á los de Narvaez cómo estaban todos los campos y casas llenas de gente de guerra de mejicanos, mucho más que los de Obtumba, y que estaba allí con ellos el Guatemuz, señor de Méjico; y tantas cosas dicen que les dijeron, que atemorizaron á los de Narvaez; y como no tenian buena voluntad de ir á entradas ni ver guerras, sino volverse á su isla de Cuba, y como habian escapado de la de Méjico y calzadas y puentes y la de Obtumba, no se querian ver en otra como lo pasado; y sobre ello dijeron los de Narvaez tantas cosas al Cristóbal de Olí, que no pasase adelante, sino que se volviese, y que mirase no fuese peor esta guerra que las pasadas, donde perdiesen las vidas; y tantos inconvenientes le dijeron, y dábanle á entender que si el Cristóbal de Olí queria ir, que fuese en buen hora, que muchos dellos no querian pasar adelante; de modo que, por muy esforzado que era el capitan que llevaban, aunque les decia que no era cosa volver, sino ir adelante, que buenos caballos llevaban y mucha gente, y que si volviesen un paso atrás que los indios los ternian en poco, é que en tierra llana era, y que no queria volver, sino ir adelante; y para ello, de nuestros soldados de Cortés le ayudaban á decir que no se volviese, y que en otras entradas y guerras peligrosas se habian visto, é que, gracias á Dios, habian tenido vitoria, no aprovechó cosa ninguna con cuanto les decian; sino por via de ruegos le trastornaron su seso, que volviesen y que desde Cholula escribiesen á Cortés sobre el caso; y así se volvió; y de que Cortés lo supo, se enojó, y envió á Cristóbal de Olí otros dos ballesteros, y le escribió que se maravillaba de su buen esfuerzo y valentía, que por palabras de ninguno dejase de ir á una cosa señalada como aquella; y de que el Cristóbal de Olí vió la carta, hacia bramuras de enojo, y dijo á los que tal le aconsejaron que por su causa habia caido en falta.
Y luego, sin más determinacion, les mandó fuesen con él, é que el que no quisiese ir, que se volviese al real por cobarde, que Cortés le castigaria en llegando; y como iba hecho un bravo leon de enojo con su gente camino de Guacachula, ántes que llegasen como una legua, le salieron á decir los caciques de aquel pueblo de la manera y arte que estaban los de Culúa, y cómo habia de dar en ellos, y de qué manera habia de ser ayudado; y como lo hubieron entendido, apercebió los de á caballo y ballesteros y soldados, y segun y de la manera que tenian en el concierto da en los de Culúa.
Y puesto que pelearon muy bien por un buen rato, y le hirieron ciertos soldados y mataron dos caballos y hirieron otros ocho en unas fuerzas y albarradas que estaban en aquel pueblo, en obra de una hora estaban ya puestos en huida todos los mejicanos; y dicen que nuestros tlascaltecas que lo hicieron muy varonilmente, que mataban y prendian muchos dellos, y como les ayudaban todos los de aquel pueblo y provincia, hicieron muy grande estrago en los mejicanos, que presto procuraron retraerse é hacerse fuertes en otro gran pueblo que se dice Ozucar, donde estaban otras muy grandes guarniciones de mejicanos, y estaban en gran fortaleza, y quebraron una puente porque no pudiesen pasar caballos ni el Cristóbal de Olí; porque, como he dicho, andaba enojado, hecho un tigre, y no tardó mucho en aquel pueblo; que luego se fué á Ozucar con todos los que le pudieron seguir, y con los amigos de Guacachula pasó el rio y dió en los escuadrones mejicanos, que de presto los venció, y allí le mataron dos caballos, y á él le dieron dos heridas, y la una en el muslo, y el caballo muy bien herido, y estuvo en Ozucar dos dias; y como todos los mejicanos fueron desbaratados, luego vinieron los caciques y señores de aquel pueblo y de otros comarcanos á demandar paz, y se dieron por vasallos de nuestro Rey y señor; y como todo fué pacífico, se fué con todos sus soldados á nuestra villa de la Frontera.
Y porque yo no fuí en esta entrada, digo en esta relacion que dicen que pasó lo que he dicho; y nuestro Cortés le salió á recebir, y todos nosotros, y hubimos mucho placer, y reíamos de cómo le habian convocado á que se volviese, y el Cristóbal de Olí tambien reia, y decia que mucho más cuidado tenian algunos de sus minas y de Cuba que no de las armas, y que juraba á Dios que no le acaeciese llevar consigo, si á otra entrada fuese, sino de los pobres soldados de los de Cortés, y no de los ricos que venian de Narvaez, que querian mandar más que no él.
Dejemos de platicar más desto, y digamos cómo el coronista Gómora dice en su historia que por no entender bien el Cristóbal de Olí á los naguatatos é intérpretes se volvia del camino de Guacachula, creyendo que era trato doble contra nosotros; y no fué ansí como dice, sino que los más principales capitanes de los del Narvaez, como les decian otros indios que estaban grandes escuadrones de mejicanos juntos y más que en lo de Méjico y Obtumba, y que con ellos estaba el señor de Méjico, que se decia Guatemuz, que entónces le habian alzado por Rey, como habian escapado tan mal parados de lo de Méjico, tuvieron grande temor de entrar en aquellas batallas, y por esta causa convocaron al Cristóbal de Olí que se volviese, y aunque todavía porfiaba de ir adelante, esta es la verdad.
Y tambien dice que fué el mismo Cortés á aquella guerra cuando el Cristóbal de Olí se volvia; no fué ansí, que el mismo Cristóbal de Olí, maestre de campo, es el que fué, como dicho tengo.
Tambien dice dos veces que los que informaron á los de Narvaez cómo estaban los muchos millares de indios juntos, que fueron los de Guaxocingo, cuando pasaban por aquel pueblo.
Tambien digo que se engañó, porque claro está que para ir desde Tepeaca á Cachula no habian de volver atrás por Guaxocingo, que era ir como si estuviésemos agora en Medina del Campo, y para ir á Salamanca tomar el camino por Valladolid; no es más lo uno en comparacion de lo otro.
Y dejemos ya esta materia, y digamos lo que más en aquel instante aconteció, é fué que vino un navío al puerto del peñol del Nombre-Feo, que se decia el Tal de Bernal, junto á la Villa-Rica, que venia de lo de Pánuco, que era de los que enviaba Garay, y venia en él por capitan uno que se decia Camargo, y lo que pasó adelante diré.
CAPÍTULO CXXXIII.
CÓMO APORTÓ AL PEÑOL Y PUERTO QUE ESTÁ JUNTO Á LA VILLA-RICA UN NAVÍO DE LOS DE FRANCISCO GARAY, QUE HABIA ENVIADO Á POBLAR EL RIO DE PÁNUCO, Y LO QUE SOBRE ELLO MÁS PASÓ.
Estando que estábamos en Segura de la Frontera, de la manera que en mi relacion habrán oido, vinieron cartas á Cortés cómo habia aportado un navío de los que el Francisco de Garay habia enviado á poblar á Pánuco, é que venia por capitan uno que se decia Fulano Camargo, y traia sobre sesenta soldados, y todos dolientes y muy amarillos é hinchadas las barrigas, y que habian dicho que otro capitan que el Garay habia enviado á poblar á Pánuco, que se decia Fulano Álvarez Pinedo, que los indios del Pánuco lo habian muerto, y á todos los soldados y caballos que habia enviado á aquella provincia, y que los navíos se los habian quemado; y que este Camargo, viendo el mal suceso, se embarcó con los soldados que dicho tengo, y se vino á socorrer á aquel puerto, porque bien tenia noticia que estábamos poblados allí, y á causa que por sustentar las guerras con los indios no tenian qué comer, y venian muy flacos y amarillos é hinchados; y más dijeron, que el capitan Camargo habia sido fraile dominico, é que habia hecho profesion; los cuales soldados, con su capitan, se fueron luego su poco á poco á la villa de la Frontera, porque no podian andar á pié de flacos; y cuando Cortés los vió tan hinchados y amarillos, que no eran para pelear, harto teniamos que curar en ellos; al Camargo hizo mucha honra, y á todos los soldados, y tengo que el Camargo murió luego, que no me acuerdo bien qué se hizo, y tambien se murieron muchos soldados; y entónces por burlar les llamamos y pusimos por nombre los panzaverdetes, porque traian las colores de muertos y las barrigas muy hinchadas.
Y por no me detener en contar cada cosa en qué tiempo y lugar acontecian, pues eran todos los navíos que en aquel tiempo venian á la Villa-Rica del Garay, y puesto que se vinieron los unos de los otros un mes delanteros, hagamos cuenta que todos aportaron á aquel puerto, agora sea un mes ántes los unos que los otros; y esto digo porque vino luego un Miguel Diaz de Auz, aragones, por capitan de Francisco de Garay, el cual le enviaba para socorro al capitan Fulano Álvarez Pinedo, que creia que estaba en Pánuco; y como llegó al puerto del Pánuco, y no halló ni pelo de la armada de Garay, luego entendió por lo que vido que le habian muerto; porque al Miguel Diaz le dieron guerra, luego que llegó con un navío, los indios de aquella provincia, y por aquel efeto vino á aquel nuestro puerto y desembarcó sus soldados, que eran más de cincuenta, y más siete caballos, y se fué luego para donde estábamos con Cortés; y este fué el mejor socorro y al mejor tiempo que le habiamos menester.
Y para que bien sepan quién fué este Miguel Diaz de Auz, digo yo que sirvió muy bien á su majestad en todo lo que se ofreció en las guerras y conquistas de la Nueva-España, y este fué el que trajo pleito, despues de ganada la Nueva-España, con un cuñado de Cortés, que se decia Andrés de Barrios, natural de Sevilla, que llamábamos el danzador, sobre el pleito de la mitad de Mestitan, que se sentenció despues con que le dén la parte de lo que rentare el pueblo, más de dos mil y quinientos pesos de su parte, con tal que no entre en el pueblo por dos años, porque en lo que le acusaban era que habia muerto ciertos indios en aquel pueblo y en otros que habian tenido.