Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 6

Chapter 64,157 wordsPublic domain

Aquel dia mataron diez ó doce soldados, y todos volvimos bien heridos; y lo que pasó de la noche fué en concertar para que de ahí á dos dias saliésemos todos los soldados cuantos sanos habia en todo el real, y con cuatro ingenios á manera de torres, que se hicieron de madera bien recios, en que pudiesen ir debajo de cualquiera dellos veinte y cinco hombres; y llevaban sus ventanillas en ellos para ir los tiros, y tambien iban escopeteros y ballesteros, y junto con ellos habiamos de ir otros soldados escopeteros, y ballesteros, y los tiros, y todos los demás de á caballo hacer algunas arremetidas.

Y hecho este concierto, como estuvimos aquel dia que entendiamos en la obra y fortalecer muchos portillos que nos tenian hechos, no salimos á pelear aquel dia; no sé cómo lo diga, los grandes escuadrones de guerreros que nos vinieron á los aposentos á dar guerra, no solamente por diez ó doce partes, sino por más de veinte; porque en todo estábamos repartidos, y otros en muchas partes; y entre tanto que los adobábamos y fortaleciamos, como dicho tengo, otros muchos escuadrones procuraron entrarnos los aposentos á escala vista, que por tiros ni ballestas ni escopetas, ni por muchas arremetidas y estocadas les podian retraer.

Pues lo que decian, que en aquel dia no habia de quedar ninguno de nosotros, y que habian de sacrificar á sus dioses nuestros corazones y sangre, y con las piernas y brazos, que bien tendrian para hacer hartazgas y fiestas; y que los cuerpos echarian á los tigres y leones y víboras y culebras que tienen encerrados, que se harten dellos; é que á aquel efecto há dos dias que mandaron que no les diesen de comer; y que el oro que teniamos, que habriamos mal gozo dél y de todas las mantas; y á los de Tlascala que con nosotros estaban les decian que les meterian en jaulas á engordar, y que poco á poco harian sus sacrificios con sus cuerpos.

Y muy afectuosamente decian que les diésemos su gran señor Montezuma, y decian otras cosas; y de noche asimismo siempre silbos y voces, y rociadas de vara y piedra y flecha; y cuando amaneció, despues de nos encomendar á Dios, salimos de nuestros aposentos con nuestras torres, que me parece á mí que en otras partes donde me he hallado en guerras en cosas que han sido menester, las llaman buros y mantas; y con los tiros y escopetas y ballestas delante, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas; é como he dicho, aunque les matábamos muchos dellos, no aprovechaba cosa para les hacer volver las espaldas, sino que si siempre muy bravamente habian peleado los doce dias pasados, muy más fuertes con mayores fuerzas y escuadrones estaban este dia; y todavía determinamos que, aunque á todos costase la vida, de ir con nuestras torres é ingenios hasta el gran cu del Huichilóbos.

No digo por extenso los grandes combates que en una casa fuerte nos dieron, ni diré cómo á los caballos los herian ni nos aprovechábamos dellos; porque, aunque arremetian á los escuadrones para rompellos, tirábanles tanta flecha y vara y piedra, que no se podian valer, por bien armados que estaban; y si los iban alcanzando, luego se dejaban caer los mejicanos á su salvo en las acequias y laguna, donde tenian hechos otros reparos para los de á caballo; y estaban otros muchos indios con lanzas muy largas para acabar de matarlos; así que no aprovechaba cosa ninguna dellos.

Pues apartarnos á quemar ni á deshacer ninguna casa, era por demás; porque, como he dicho, están todas en el agua, y de casa á casa una puente levadiza; pasalla á nado era cosa muy peligrosa, porque desde las azuteas tiraban tanta piedra y cantos, que era cosa perdida ponernos en ello.

Y demás desto, en algunas casas que les poniamos fuego tardaba una casa á se quemar todo un dia entero, y no se podia pegar fuego de una casa á otra, lo uno por estar apartadas la una de otra, el agua en medio, y lo otro por ser de azuteas; así que eran por demás nuestros trabajos en aventurar nuestras personas en aquello.

Por manera que fuimos al gran cu de sus ídolos, y luego de repente suben en él más de cuatro mil mejicanos, sin otras capitanías que en ellos estaban, con grandes lanzas y piedra y vara, y se ponen en defensa, y nos resistieron la subida un buen rato, que no bastaban las torres ni los tiros ni ballestas ni escopetas, ni los de á caballo; porque, aunque querian arremeter los caballos, habia unas losas muy grandes, empedrado todo el patio, que se iban á los caballos los piés y manos; y eran tan lisas, que caian; é como desde las gradas del alto cu nos defendian el paso, é á un lado é otro teniamos tantos contrarios, aunque nuestros tiros llevaban diez ó quince dellos, é á estocadas y arremetidas matábamos otros muchos, cargaba tanta gente, que no les podiamos subir al alto cu, y con gran concierto tornamos á porfiar sin llevar las torres, porque ya estaban desbaratadas, y les subimos arriba.

Aquí se mostró Cortés muy varon, como siempre lo fué.

¡Oh qué pelear y fuerte batalla que aquí tuvimos! Era cosa de notar vernos á todos corriendo sangre y llenos de heridas, é más de cuarenta soldados muertos.

É quiso nuestro Señor que llegamos adonde soliamos tener la imágen de Nuestra Señora, y no la hallamos; que pareció, segun supimos, que el gran Montezuma tenia ó devocion en ella ó miedo, y la mandó guardar; y pusimos fuego á sus ídolos, y se quemó un pedazo de la sala con los ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca.

Entónces nos ayudaron muy bien los tlascaltecas.

Pues ya hecho esto, estando que estábamos unos peleando y otros poniendo el fuego, como dicho tengo, ver los papas que estaban en este gran cu y sobre tres ó cuatro mil indios, todos principales, y que nos bajábamos, cuál nos hacian venir rodando seis gradas y aun diez abajo, y hay tanto que decir de otros escuadrones que estaban en los petriles y concavidades del gran cu, tirándonos tantas varas y flechas, que así á unos escuadrones como á los otros no podiamos hacer cara ni sustentarnos; acordamos, con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas, de nos volver á nuestros aposentos, los castillos deshechos y todos heridos, y muertos cuarenta y seis, y los indios siempre apretándonos, y otros escuadrones por las espaldas, que quien nos vió, aunque aquí más claro lo diga, yo no lo sé significar; pues aun no digo lo que hicieron los escuadrones mejicanos, que estaban dando guerra en los aposentos en tanto que andábamos fuera, y la gran porfía y teson que ponian de les entrar á quemallos.

En esta batalla prendimos dos papas principales, que Cortés nos mandó que los llevasen á buen recaudo.

Muchas veces he visto pintada entre los mejicanos y tlascaltecas esta batalla y subida que hicimos en este gran cu; y tiénenlo por cosa muy heróica, que aunque nos pintan á todos nosotros muy heridos corriendo sangre, y muchos muertos en retratos que tienen dello hechos, en mucho lo tienen esto de poner fuego al cu y estar tanto guerrero guardándolo en los petriles y concavidades, y otros muchos indios abajo en el suelo y patios llenos, y en los lados otros muchos, y deshechas nuestras torres, cómo fué posible subille.

Dejemos de hablar dello, y digamos cómo con gran trabajo tornamos á los aposentos; y si mucha gente nos fueron siguiendo y dando guerra, otros muchos estaban en los aposentos, que ya les tenian derrocadas unas paredes para entralles; y con nuestra llegada cesaron, mas no de manera que en todo lo que quedó del dia dejaban de tirar vara y piedra y flecha, y en la noche grita y piedra y vara.

Dejemos de su gran teson y porfía que siempre á la continua tenian de estar sobre nosotros, como he dicho; é digamos que aquella noche se nos fué en curar heridos y enterrar los muertos, y en aderezar para salir otro dia á pelear, y en poner fuerzas y mamparos á las paredes que habian derrocado é á otros portillos que habian hecho, y tomar consejo cómo y de qué manera podriamos pelear sin que recibiésemos tantos daños ni muertos; y en todo lo que platicamos no hallábamos remedio ninguno.

Pues tambien quiero decir las maldiciones que los de Narvaez echaban á Cortés, y las palabras que decian, que renegaban dél y de la tierra, y aun de Diego Velazquez, que acá les envió; que bien pacíficos estaban en sus casas en la isla de Cuba; y estaban embelesados y sin sentido.

Volvamos á nuestra plática, que fué acordado de demandalles paces para salir de Méjico; y desque amaneció y vienen muchos más escuadrones de guerreros, y muy de hecho nos cercan por todas partes los aposentos; y si mucha piedra y flecha tiraban de ántes, mucho más espesas y con mayores alaridos y silbos vinieron este dia; y otros escuadrones por otras partes procuraban de nos entrar, que no aprovechaban tiros ni escopetas, aunque les hacian harto mal.

Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azutea, y les dijesen que cesasen las guerras y que nos queriamos ir de su ciudad; y cuando al gran Montezuma se lo fueron á decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor:

—«¿Qué quiere de mí ya Malinche? Que yo no deseo vivir ni oille, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traido.»

Y no quiso venir; y aun dicen que dijo que ya no le querian ver ni oir á él ni á sus falsas palabras ni promesas y mentiras; y fué el padre de la Merced y Cristóbal de Olí, y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas.

Y díjoles el Montezuma:

—«Yo tengo creido que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor, y han propuesto de no os dejar salir de aquí con la vida; y así creo que todos vosotros habeis de morir en esta ciudad.»

Y volvamos á decir de los grandes combates que nos daban, que Montezuma se puso á un petril de una azutea con muchos de nuestros soldados que le guardaban, y les comenzó á hablar á los suyos con palabras muy amorosas, que dejasen la guerra, que nos iriamos de Méjico; y muchos principales mejicanos y capitanes bien le conocieron, y luego mandaron que callasen sus gentes y no tirasen varas ni piedras ni flechas, y cuatro dellos se allegaron en parte que Montezuma les podia hablar, y ellos á él, y llorando le dijeron:

—«¡Oh señor, é nuestro gran señor, y cómo nos pesa de todo vuestro mal y daño, y de vuestros hijos y parientes! Hacemos os saber que ya hemos levantado á un vuestro primo por señor.»

Y allí le nombró cómo se llamaba, que se decia Coadlauaca, señor de Iztapalapa, que no fué Guatemuz, el cual desde á dos meses fué señor.

Y más dijeron, que la guerra que la habian de acabar, y que tenian prometido á sus ídolos de no lo dejar hasta que todos nosotros muriésemos; y que rogaban cada dia á su Huichilóbos y á Tezcatepuca que le guardase libre y sano de nuestro poder, é como saliese como deseaban, que no lo dejarian de tener muy mejor que de ántes por señor, y que les perdonase.

Y no hubieron bien acabado el razonamiento, cuando en aquella sazon tiran tanta piedra y vara, que los nuestros le arrodelaban; y como vieron que entre tanto que hablaba con ellos no daban guerra, se descuidaron un momento del rodelar, y le dieron tres pedradas é un flechazo, una en la cabeza y otra en un brazo y otra en una pierna; y puesto que le rogaban que se curase y comiese, y le decian sobre ello buenas palabras, no quiso; ántes cuando no nos catamos, vinieron á decir que era muerto, y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados: é hombres hubo entre nosotros, de los que le conociamos y tratábamos, que tan llorado fué como si fuera nuestro padre; y no nos hemos de maravillar dello viendo que tan bueno era; y decian que habia diez y siete años que reinaba, y que fué el mejor Rey que en Méjico habia habido, y que por su persona habia vencido tres desafios que tuvo sobre las tierras que sojuzgó.

CAPÍTULO CXXVII.

DESQUE FUÉ MUERTO EL GRAN MONTEZUMA, ACORDÓ CORTÉS DE HACELLO SABER Á SUS CAPITANES Y PRINCIPALES QUE NOS DAN GUERRA, Y LO QUE MÁS SOBRE ELLO PASÓ.

Pues como vimos á Montezuma que se habia muerto, ya he dicho la tristeza que todos nosotros hubimos por ello, y aun al fraile de la Merced, que siempre estaba con él, y no le pudo atraer á que se volviese cristiano; y el fraile le dijo que creyese que de aquellas heridas moriria, á que él respondia que él debia de mandar que le pusiesen alguna cosa.

En fin de más razones, mandó Cortés á un papa é á un principal de los que estaban presos, que soltamos que fuesen á decir al cacique que alzaron por señor, que se decia Coadlauaca, y á sus capitanes, cómo el gran Montezuma era muerto, y que ellos lo vieron morir, y de la manera que murió, y heridas que le dieron los suyos, y dijesen cómo á todos nos pesaba dello, y que lo enterrasen como gran Rey que era, y que alzasen á su primo del Montezuma que con nosotros estaba, por Rey, pues le pertenecia de heredar, ó á otros sus hijos; é que al que habian alzado por señor que no le venia por derecho, é que tratasen paces para salirnos de Méjico; que si no lo hacian ahora que era muerto Montezuma, á quien teniamos respeto, y que por su causa no les destruiamos su ciudad, que saldriamos á dalles guerra y á quemalles todas las casas, y les hariamos mucho mal; y porque lo viesen cómo era muerto el Montezuma, mandó á seis mejicanos muy principales y los más papas que teniamos presos que lo sacasen á cuestas y lo entregasen á los capitanes mejicanos, y les dijesen lo que Montezuma mandó al tiempo que se queria morir, que aquellos que llevaron á cuestas se hallaron presentes á su muerte: y dijeron al Coadlauaca toda la verdad, cómo ellos propios le mataron de tres pedradas y un flechazo; y cuando así le vieron muerto, vimos que hicieron muy gran llanto, que bien oimos las gritas y aullidos que por él daban; y aun con todo esto no cesó la gran batería que siempre nos daban, que era sobre nosotros de vara y piedra y flecha, y luego la comenzaron muy mayor, y con gran braveza nos decian:

—«Ahora pagareis muy de verdad la muerte de nuestro Rey y el deshonor de nuestros ídolos; y las paces que nos enviais á pedir, salid acá, y concertaremos cómo y de qué manera han de ser.»

Y decian tantas palabras sobre ello, y de otras cosas que ya no se me acuerda, y las dejaré aquí de decir, y que ya tenian elegido buen Rey, y que no era de corazon tan flaco, que le podais engañar con palabras falsas, como fué al buen Montezuma; y del enterramiento, que no tuviesen cuidado, sino de nuestras vidas, que en dos dias no quedarian ningunos de nosotros, para que tales cosas enviemos á decir; y con estas pláticas muy grandes gritas y silbos, y rociadas de piedra, vara y flecha, y otros muchos escuadrones todavía procurando de poner fuego á muchas partes de nuestros aposentos; y como aquello vió Cortés y todos nosotros, acordamos que para otro dia saliésemos del real, y diésemos guerra por otra parte, adonde habia muchas casas en tierra firme, y que hiciésemos todo el mal que pudiésemos, y fuésemos hácia la calzada, y que todos los de á caballo rompiesen con los escuadrones y los alanceasen ó echasen en la laguna, y aunque les matasen los caballos; y esto se ordenó para ver si por ventura con el daño y muerte que les hiciésemos cesaria la guerra y se trataria alguna manera de paz para salir libres sin más muertes y daños.

Y puesto que otro dia lo hicimos todos muy varonilmente, y matamos muchos contrarios y se quemaron obra de veinte casas, y fuimos hasta cerca de tierra firme, todo fué nonada para el gran daño y muertes de más de veinte soldados, y heridas que nos dieron; y no pudimos ganalles ninguna puente, porque todas estaban medio quebradas, y cargaron muchos mejicanos sobre nosotros, y tenian puestas albarradas y mamparos en parte adonde conocian que podian alcanzar los caballos.

Por manera que, si muchos trabajos teniamos hasta allí, muchos mayores tuvimos adelante.

Y dejallo hé aquí, y volvamos á decir cómo acordamos de salir de Méjico.

En esta entrada y salida que hicimos con los de á caballo, que era un juéves, acuérdome que iba allí Sandoval y Lares el buen jinete, y Gonzalo Dominguez, Juan Velazquez de Leon y Francisco de Morla, y otros buenos hombres de á caballo de los nuestros y de los de Narvaez; asimismo iban otros buenos jinetes; mas estaban espantados y temerosos los de Narvaez, como no se habian hallado en guerras de indios, como nosotros los de Cortés.

CAPÍTULO CXXVIII.

CÓMO ACORDAMOS DE NOS IR HUYENDO DE MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Como vimos que cada dia iban menguando nuestras fuerzas, y las de los mejicanos crecian, y veiamos muchos de los nuestros muertos, y todos los más heridos, é que aunque peleábamos muy como varones, no los podiamos hacer retirar ni que se apartasen los muchos escuadrones que de dia y de noche nos daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces que les enviamos á demandar no las quisieron aceptar; en fin, veiamos nuestras muertes á los ojos, y las puentes que estaban alzadas; y fué acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estuviesen más descuidados; y para más les descuidar, aquella tarde les enviamos á decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí á ocho dias, y que les dariamos todo el oro; y esto por descuidarlos y salirnos aquella noche.

Y demás desto, estaba con nosotros un soldado que se decia Botello, al parecer muy hombre de bien y latino, y habia estado en Roma, y decian que era nigromántico, otros decian que tenia familiar, algunos le llamaban astrólogo; y este Botello habia dicho cuatro dias habia que hallaba por sus suertes y astrologías que si aquella noche que venia no saliamos de Méjico, y si más aguardábamos, que ningun soldado podria salir con la vida; y aun habia dicho otras veces que Cortés habia de tener muchos trabajos y habia de ser desposeido de su ser y honra, y que despues habia de volver á ser gran señor y de mucha renta; y decia otras muchas cosas deste arte.

Dejemos al Botello, que despues tornaré hablar en él, y diré cómo se dió luego órden que se hiciese de maderos y ballestas muy recias una puente que llevásemos para poner en las puentes que tenian quebradas; y para ponella y llevalla, y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y los de á caballo y todo nuestro ejército, señalaron y mandaron á cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento y cincuenta soldados; y para llevar el artillería señalaron ducientos y cincuenta indios tlascaltecas y cincuenta soldados; y para que fuesen en la delantera peleando señalaron á Gonzalo de Sandoval y á Francisco de Acebedo el pulido, y á Francisco de Lugo y á Diego de Ordás é Andrés de Tapia; y todos estos capitanes, y otros ocho ó nueve de los de Narvaez, que aquí no nombro, y con ellos, para que les ayudasen, cien soldados mancebos sueltos; y para que fuesen entre medias del fardaje y naborías y prisioneros, y acudiesen á la parte que más conviniese de pelear, señalaron al mismo Cortés y á Alonso de Ávila, y á Cristóbal de Olí y á Bernardino Vazquez de Tapia, y á otros capitanes de los nuestros, que no me acuerdo ya sus nombres, con otros cincuenta soldados; y para la retaguardia señalaron á Juan Velazquez de Leon y á Pedro de Albarado, con otros muchos de á caballo y más de cien soldados, y todos los más de los de Narvaez; y para que llevasen á cargo los prisioneros y á doña Marina y á doña Luisa señalaron trecientos tlascaltecas y treinta soldados.

Pues hecho este concierto, ya era noche, y para sacar el oro y llevallo y repartillo, mandó Cortés á su camarero, que se decia Cristóbal de Guzman, y á otros sus criados, que todo el oro y plata y joyas lo sacasen de su aposento á la sala con muchos indios de Tlascala, y mandó á los oficiales del Rey, que era en aquel tiempo Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía, que pusiesen en cobro todo el oro de su majestad, y para que lo llevasen les dió siete caballos heridos y cojos y una yegua, y muchos indios tlascaltecas, que, segun dijeron, fueron más de ochenta, y cargaron dello lo que más pudieron llevar, que estaba hecho todo lo más dello en barras muy anchas y grandes, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y quedaba mucho más oro en la sala hecho montones.

Entónces Cortés llamó su secretario, que se decia Pedro Hernandez, y á otros escribanos del Rey, y dijo:

—«Dadme por testimonio que no puedo más hacer sobre guardar este oro. Aquí tenemos en esta casa y sala sobre setecientos mil pesos por todo, y veis que no lo podemos pasar ni poner cobro más de lo puesto; los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como se ha de quedar aquí perdido entre estos perros.»

Y desque aquello oyeron, muchos soldados de los de Narvaez y aun algunos de los nuestros cargaron dello.

Yo digo que nunca tuve codicia del oro, sino procurar salvar la vida: porque la teniamos en gran peligro; mas no dejé de apañar de una petaquilla, que allí estaba, cuatro chalchihuies, que son piedras muy preciadas entre los indios, que presto me eché entre los pechos entre las armas; y aun entónces Cortés mandó tomar la petaquilla con los chalchihuies que quedaban, para que la guardase su mayordomo; y aun los cuatro chalchihuies que yo tomé, si no me los hubiera echado entre los pechos, me los demandara Cortés; los cuales me fueron muy buenos para curar mis heridas y comer del valor dellos.

Volvamos á nuestro cuento; que desque supimos el concierto que Cortés habia hecho de la manera que habiamos de salir y llevar la madera para las puentes, y como hacia algo escuro, que habia neblina é lloviznaba, y era ántes de media noche, comenzaron á traer la madera é puente, y ponella en el lugar que habia de estar, y á caminar el fardaje y artillería y muchos de á caballo, y los indios tlascaltecas con el oro; y despues que se puso en la puente, y pasaron todos así como venian, y pasó Sandoval é muchos de á caballo, tambien pasó Cortés con sus compañeros de á caballo tras de los primeros, y otros muchos soldados.

Y estando en esto, suenan los cornetas y gritas y silbos de los mejicanos, y decian en su lengua:

—«Taltelulco, Taltelulco, salí presto con vuestras canoas, que se van los teules; atajadlos en las puentes.»

Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podiamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habian pasado.

Y estando desta manera, carga tanta multitud de mejicanos á quitar la puente y á herir y matar á los nuestros, que no se daban á manos unos á otros; y como la desdicha es mala, y en tales tiempos ocurre un mal sobre otro, como llovia, resbalaron dos caballos y se espantaron, y caen en la laguna, y la puente caida y quitada; carga tanto guerrero mejicano para acaballa de quitar, que por bien que peleábamos, y matábamos muchos dellos, no se pudo más aprovechar della.

Por manera que aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de caballos muertos y de los caballeros cuyos eran, que no podian nadar, y mataban muchos dellos y de los indios tlascaltecas é indias naborías, y fardaje y petacas y artillería; y de los muchos que se ahogaban, ellos y los caballos, y de otros muchos soldados que allí en el agua mataban y metian en las canoas, que era muy gran lástima de lo ver y oir, pues la grita y lloros y lástimas que decian demandando socorro: «Ayudadme, que me ahogo;» otros, «Socorredme, que me matan;» otros demandando ayuda á Nuestra Señora Santa María y á señor Santiago; otros demandaban ayuda para subir á la puente, y estos eran ya que escapaban nadando, y asidos á muertos y á petacas para subir arriba, á donde estaba la puente; y algunos que habian subido, y pensaban que estaban libres de aquel peligro, habia en las calzadas grandes escuadrones guerreros que los apañaban é amorrinaban con unas macanas, y otros que les flechaban y alanceaban.