Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Part 5
Pues para dalles todas las armas, algunos de nuestros soldados les teniamos ya tomado caballos y espadas y otras cosas, y mandó Cortés que luego se las volviésemos, y sobre no dárselas hubo ciertas pláticas enojosas, y fueron, que dijimos los soldados que las teniamos muy claramente, que no se las queriamos dar, pues que en el real de Narvaez pregonaron guerra contra nosotros á ropa franca, y con aquella intencion venian á nos prender y tomar lo que teniamos, é que siendo nosotros tan grandes servidores de su majestad, nos llamaban traidores, é que no se las queriamos dar; y Cortés todavía porfiaba á que se las diésemos, é como era capitan general, húbose de hacer lo que mandó, que yo les dí un caballo que tenia ya escondido, ensillado y enfrenado, y dos espadas y tres puñales y una adarga, y otros muchos de nuestros soldados dieron tambien otros caballos y armas; y como Alonso de Ávila era capitan y persona que osaba decir á Cortés cosas que convenian, é juntamente con él el Padre fray Bartolomé de Olmedo, hablaron aparte á Cortés, y le dijeron que parecia que queria remedar á Alejandro Macedonio, que despues que con sus soldados habia hecho alguna gran hazaña, que más procuraba de honrar y hacer mercedes á los que vencia que no á sus capitanes y soldados, que eran los que lo vencian; y esto, que lo decian porque lo han visto en aquellos dias que allí estábamos despues de preso Narvaez, que todas las joyas de oro que le presentaban los indios de aquellas comarcas y bastimentos daba á los capitanes de Narvaez, é como si no nos conociera, ansí nos obligaba; y que no era bien hecho, sino muy grande ingratitud, habiéndole puesto en el estado en que estaba.
Á esto respondió Cortés que todo cuanto tenia, ansí persona como bienes, era para nosotros, é que al presente no podia más sino con dádivas y palabras y ofrecimientos honrar á los de Narvaez; porque, como son muchos, y nosotros pocos, no se levantasen contra él y contra nosotros, y le matasen.
Á esto respondió el Alonso de Ávila, y le dijo ciertas palabras algo soberbias, de tal manera, que Cortés le dijo que quien no le quisiese seguir, que las mujeres han parido y paren en Castilla soldados; y el Alonso de Ávila dijo con palabras muy soberbias y sin acato que así era verdad, que soldados y capitanes é gobernadores, é que aquello mereciamos que dijese.
Y como en aquella sazon estaba la cosa de arte que Cortés no podia hacer otra cosa sino callar, y con dádivas y ofertas le atrajo á sí; y como conoció dél ser muy atrevido, y tuvo siempre Cortés temor que por ventura un dia ó otro no hiciese alguna cosa en su daño, disimuló; y dende allí adelante siempre le enviaba á negocios de importancia, como fué á la isla de Santo Domingo, y despues á España cuando enviamos la recámara y tesoro del gran Montezuma, que robó Juan Florin, gran corsario frances; lo cual diré en su tiempo y lugar.
Y volvamos ahora al Narvaez y á un negro que traia lleno de viruelas, que harto negro fué en la Nueva-España, que fué causa que se pegase é hinchase toda la tierra dellas, de lo cual hubo gran mortandad; que, segun decian los indios, jamás tal enfermedad tuvieron, y como no la conocian, lavábanse muchas veces, y á esta causa se murieron gran cantidad dellos.
Por manera que negra la ventura de Narvaez, y más prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos.
Dejemos ahora todo esto, y digamos cómo los vecinos de la Villa-Rica, que habian quedado poblados, que no fueron á Méjico, demandaron á Cortés las partes del oro que les cabia, y dijeron á Cortés que, puesto que allí les mandó quedar en aquel puerto y villa, que tambien servian allí á Dios y al Rey como los que fuimos á Méjico, pues entendian en guardar la tierra y hacer la fortaleza, y algunos dellos se hallaron en lo de Almería, que aun no tenian sanas las heridas, y que todos los más se hallaron en la prision de Narvaez, y que les diesen sus partes; y viendo Cortés que era muy justo lo que decian, dijo que fuesen dos hombres principales vecinos de aquella villa con poder de todos, y que lo tenia apartado, y que se lo darian; y paréceme que les dijo que en Tlascala estaba guardado, que esto no me acuerdo bien; é así, luego despacharon de aquella villa dos vecinos por el oro y sus partes, y el principal se decia Juan de Alcántara el viejo.
Y dejemos de platicar en ello, y despues diremos lo que sucedió al Alcántara y al otro; y digamos cómo la adversa fortuna vuelve de presto su rueda, que á grandes bonanzas y placeres siguen las tristezas; y es que en este instante vienen nuevas que Méjico estaba alzado, y que Pedro de Albarado está cercado en su fortaleza y aposento, y que le ponian fuego por todas partes en la misma fortaleza, y que le han muerto siete soldados, y que estaban otros muchos heridos; y enviaba á demandar socorros con mucha instancia y priesa; y esta nueva trujeron dos tlascaltecas sin carta ninguna, y luego vino una carta con otros tlascaltecas que envió el Pedro de Albarado, en que decia lo mismo.
Y cuando aquella tan mala nueva oimos, sabe Dios cuánto nos pesó, y á grandes jornadas comenzamos á caminar para Méjico, y quedó preso en la Villa-Rica el Narvaez y el Salvatierra, y por teniente y capitan paréceme que quedó Rodrigo Rangel, que tuviese cargo de guardar al Narvaez y de recoger muchos de los de Narvaez que estaban enfermos.
Y tambien en este instante, ya que queriamos partir, vinieron cuatro grandes principales que envió el gran Montezuma ante Cortés á quejarse del Pedro de Albarado, y lo que dijeron llorando con muchas lágrimas de sus ojos fué, que Pedro de Albarado salió de su aposento con todos los soldados que le dejó Cortés, y sin causa ninguna dió en sus principales y caciques, que estaban bailando y haciendo fiesta á sus ídolos Huichilóbos y Tezcatepuca, con licencia que para ello les dió el Pedro de Albarado, é que mató é irió muchos dellos, y que por se defender le mataron seis de sus soldados.
Por manera que daban muchas quejas del Pedro de Albarado; y Cortés les respondió á los mensajeros algo desabrido, é que él iria á Méjico y pornia remedio en todo; y así, fueron con aquella respuesta á su gran Montezuma, y dicen la sintió por muy mala y hubo enojo della.
Y asimismo luego despachó Cortés cartas para Pedro de Albarado, en que le envió á decir que mirase que el Montezuma no se soltase, é que íbamos á grandes jornadas; y le hizo saber de la vitoria que habiamos habido contra Narvaez; lo cual ya sabia el gran Montezuma.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que más adelante pasó.
CAPÍTULO CXXV.
CÓMO FUIMOS GRANDES JORNADAS, ASÍ CORTÉS CON TODOS SUS CAPITANES COMO TODOS LOS DE NARVAEZ, EXCEPTO PÁNFILO DE NARVAEZ, Y SALVATIERRA, QUE QUEDABAN PRESOS.
Como llegó la nueva referida cómo Pedro de Albarado estaba cercado y Méjico rebelado, cesaron las capitanías que habian de ir á poblar á Pánuco y á Guacacualco, que habian dado á Juan Velazquez de Leon y á Diego de Ordás, que no fué enemigo dellos, que todos fuesen con nosotros; y Cortés habló á los de Narvaez, que sintió que no irian con nosotros de buena voluntad á hacer aquel socorro, y les rogó que dejasen atrás enemistades pasadas por lo de Narvaez, ofreciéndoles de hacerlos ricos y dalles cargos; y pues venian á buscar la vida, y estaban en tierra donde podrian hacer servicio á Dios y á su majestad, y enriquecer, que ahora les venia lance; y tantas palabras les dijo, que todos á una se le ofrecieron que irian con nosotros; y si supieran las fuerzas de Méjico, cierto está que no fuera ninguno.
Y luego caminamos á muy grandes jornadas hasta llegar á Tlascala, donde supimos que hasta que Montezuma y sus capitanes habian sabido cómo habiamos desbaratado á Narvaez, no dejaron de darle guerra á Pedro de Albarado, y le habian ya muerto siete soldados y le quemaron los aposentos; y cuando supieron nuestra vitoria cesaron de dalle guerra; mas dijeron que estaban muy fatigados por falta de agua y bastimento, lo cual nunca se lo habia mandado dar Montezuma; y esta nueva trujeron indios de Tlascala en aquella misma hora que hubimos llegado.
Y luego Cortés mandó hacer alarde de la gente que llevaba, y halló sobre mil y trecientos soldados, así de los nuestros como de los de Narvaez, y sobre noventa y seis caballos y ochenta ballesteros y otros tantos escopeteros; con los cuales le pareció á Cortés que llevaba gente para poder entrar muy á su salvo en Méjico; y demás desto, en Tlascala nos dieron los caciques dos mil hombres, indios de guerra; y luego fuimos á grandes jornadas hasta Tezcuco, que es una gran ciudad, y no se nos hizo honra ninguna en ella ni pareció ningun señor, sino todo muy remontado y de mal arte; y llegamos á Méjico dia de señor San Juan de Junio de 1520 años, y no parecian por las calles caciques, ni capitanes, ni indios conocidos, sino todas las casas despobladas.
Y como llegamos á los aposentos que soliamos posar, el gran Montezuma salió al patio para hablar y abrazar á Cortés y dalle el bien venido, y de la vitoria con Narvaez; y Cortés, como venia vitorioso, no le quiso oir, y el Montezuma se entró en su aposento muy triste y pensativo.
Pues ya aposentados cada uno de nosotros donde soliamos estar ántes que saliésemos de Méjico para ir á lo de Narvaez, y los de Narvaez en otros aposentos, é ya habiamos visto é hablado con el Pedro de Albarado y los soldados que con él quedaron, y ellos nos daban cuenta de las guerras que los mejicanos les daban y trabajo en que les tenian puesto, y nosotros les dábamos relacion de la vitoria contra Narvaez.
Y dejaré esto, y diré cómo Cortés procuró saber qué fué la causa de se levantar Méjico, porque bien entendido teniamos que á Montezuma le pesó dello, que si le pluguiera ó fuera por su consejo, dijeron muchos soldados de los que se quedaron con Pedro de Albarado en aquellos trances, que si Montezuma fuera en ello, que á todos les mataran, y que el Montezuma los aplacaba que cesasen la guerra; y lo que contaba el Pedro de Albarado á Cortés, sobre el caso era, que por libertar los mejicanos al Montezuma, é porque su Huichilóbos se lo mandó porque pusimos en su casa la imágen de Nuestra Señora la Vírgen Santa María y la Cruz.
Y más dijo, que habian llegado muchos indios á quitar la santa imágen del altar donde la pusimos, y que no pudieron quitalla, y que los indios lo tuvieron á gran milagro, y que se lo dijeron al Montezuma, é que les mandó que la dejasen en el mismo lugar y altar, y que no curasen de hacer otra cosa; y así, la dejaron.
Y más dijo el Pedro de Albarado, que por lo que el Narvaez les habia enviado á decir al Montezuma, que le venia á soltar de las prisiones y á prendernos, y no salió verdad; y como Cortés habia dicho al Montezuma que en teniendo navíos nos habiamos de ir á embarcar y salir de toda la tierra, é que no nos íbamos, é que todo eran palabras, é que ahora habian visto venir muchos más teules, ántes que todos los de Narvaez y los nuestros tornásemos á entrar en Méjico, que seria bien matar al Pedro de Albarado y á sus soldados, y soltar al gran Montezuma, y despues no quedar á vida ninguno de los nuestros é de los de Narvaez, cuanto más que tuvieron por cierto que nos venciera el Narvaez.
Estas pláticas y descargo dió el Pedro de Albarado á Cortés, y le tornó á decir Cortés que á qué causa les fué á dar guerra estando bailando y haciendo sus fiestas y bailes y sacrificios que hacian á sus Huichilóbos y á Tezcatepuca; y el Pedro de Albarado dijo que luego le habian de venir á dar guerra, segun el concierto tenian entre ellos hecho, y todo lo demás que lo supo de un papa y de dos principales y de otros mejicanos; y Cortés le dijo:
—«Pues hanme dicho que os demandaron licencia para hacer el areito y bailes.»
É dijo que así era verdad, é que fué por tomalles descuidados; é que porque temiesen y no viniesen á dalle guerra, que por esto se adelantó á dar en ellos; y como aquello Cortés le oyó, le dijo, muy enojado, que era muy mal hecho, y grande desatino y poca verdad; é que pluguiera á Dios que el Montezuma se hubiera soltado, é que tal cosa no la oyera á sus ídolos; y así le dejó, que no le habló más en ello.
Tambien dijo el mismo Pedro de Albarado que cuando andaba con ellos en aquella guerra, que mandó poner á un tiro que estaba cebado fuego, con una pelota y muchos perdigones, é que como venian muchos escuadrones de indios á le quemar los aposentos, que salió á pelear con ellos, é que mandó poner fuego al tiro, é que no salió, y que hizo una arremetida contra los escuadrones que le daban guerra, y cargaban muchos indios sobre él, é que venia retrayéndose á la fuerza y aposento, é que entónces sin poner fuego al tiro salió la pelota y los perdigones y mató muchos indios; y que si aquello no acaeciera, que los enemigos los mataran á todos, como en aquella vez le llevaron dos de sus soldados vivos.
Otra cosa dijo el Pedro de Albarado, y esta sola cosa la dijeron otros soldados, que las demás pláticas sólo el Pedro de Albarado lo contaba; y es, que no tenia agua para beber, y cavaron en el patio, é hicieron un pozo y sacaron agua dulce, siendo todo salado tambien.
Todo fué muchos bienes que nuestro Señor Dios nos hacia.
É á esto del agua digo yo que en Méjico estaba una fuente que muchas veces y todas las más manaba agua algo dulce; que lo demás que dicen algunas personas, que el Pedro de Albarado, por codicia de haber mucho oro y joyas de gran valor con que bailaban los indios, les fué á dar guerra, yo no lo creo ni nunca tal oí, ni es de creer que tal hiciese, puesto que lo dice el Obispo fray Bartolomé de las Casas aquello y otras cosas que nunca pasaron; sino que verdaderamente dió en ellos por metelles temor, é que con aquellos males que les hizo tuviesen harto que curar y llorar en ellos, porque no le viniesen á dar guerra; y como dicen que quien acomete vence, y fué muy peor, segun pareció.
Y tambien supimos de mucha verdad que tal guerra nunca el Montezuma mandó dar, é que cuando combatian al Pedro de Albarado, que el Montezuma les mandaba á los suyos que no lo hiciesen, y que le respondian que ya no era cosa de sufrir tenelle preso, y estando bailando irles á matar, como fueron; y que le habian de sacar de allí y matar á todos los teules que le defendian.
Estas cosas y otras sé decir que lo oí á personas de fe y que se hallaron con el Pedro de Albarado cuando aquello pasó.
Y dejallo hé aquí, y diré la gran guerra que luego nos dieron, y es desta manera.
CAPÍTULO CXXVI.
CÓMO NOS DIERON GUERRA EN MÉJICO, Y LOS COMBATES QUE NOS DABAN, Y OTRAS COSAS QUE PASAMOS.
Como Cortés vió que en Tezcuco no nos habian hecho ningun recibimiento, ni aun dado de comer, sino mal y por mal cabo, y que no hallamos principales con quien hablar, y lo vió todo rematado y de mal arte, y venido á Méjico lo mismo; y vió que no hacian tianguez, sino todo levantado, é oyó al Pedro de Albarado de la manera y desconcierto con que les fué á dar guerra; y parece ser habia dicho Cortés en el camino á los capitanes, alabándose de sí mismo, el gran acato y mando que tenia, é que por los pueblos é caminos le saldrian á recibir y hacer fiestas, y que en Méjico mandaba tan absolutamente, así al gran Montezuma como á todos sus capitanes, é que le darian presentes de oro como solian; y viendo que todo estaba muy al contrario de sus pensamientos, que aun de comer no nos daban, estaba muy airado y soberbio con la mucha gente de españoles que traia, y muy triste y mohino; y en este instante envió el gran Montezuma dos de sus principales á rogar á nuestro Cortés que le fuese á ver, que le queria hablar, y la respuesta que le dió fué:
—«Vaya para perro, que aun tianguez no quiere hacer ni de comer nos manda dar.»
Y entónces, como aquello le oyeron á Cortés nuestros capitanes, que fué Juan Velazquez de Leon y Cristóbal de Olí y Alonso de Ávila y Francisco de Lugo, dijeron:
—«Señor, temple su ira, y mire cuánto bien y honra nos ha hecho este Rey destas tierras, que es tan bueno, que si por él no fuese ya fuéramos muertos y nos habrian comido, é mire que hasta las hijas le han dado.»
Y como esto oyó Cortés, se indignó más de las palabras que le dijeron, como parecian de reprension, é dijo:
—«¿Qué cumplimiento tengo yo de tener con un perro que se hacia con Narvaez secretamente, é ahora veis que aun de comer no nos da?»
Y dijeron nuestros capitanes:
—«Esto nos parece que debe hacer, y es buen consejo.»
Y como Cortés tenia allí en Méjico tantos españoles, así de los nuestros como de los de Narvaez, no se le daba nada por cosa ninguna, é hablaba tan airado y descomedido.
Por manera que tornó hablar á los principales que dijesen á su señor Montezuma que luego mandase hacer tianguez y mercados; si no, que hará é que acontecerá; y los principales bien entendieron las palabras injuriosas que Cortés dijo de su señor, y aun tambien la reprension que nuestros capitanes dieron á Cortés sobre ello; porque bien los conocian, que habian sido los que solian tener en guarda á su señor, y sabian que eran grandes servidores de su Montezuma; y segun y de la manera que lo entendieron, se lo dijeron al Montezuma, y de enojo, ó porque ya estaba concertado que nos diesen guerra, no tardó un cuarto de hora que vino un soldado á gran priesa muy mal herido, que venia de un pueblo que está junto á Méjico, que se dice Tacuba, y traia unas indias que eran de Cortés, é la una hija del Montezuma, que parece ser las dejó á guardar allí al señor de Tacuba, que eran sus parientes del mismo señor, cuando fuimos á lo de Narvaez.
Y dijo aquel soldado que estaba toda la ciudad y camino por donde venia lleno de gente de guerra con todo género de armas, y que le quitaron las indias que traia y le dieron dos heridas, é que si no se les soltara, que le tenian ya asido para le meter en una canoa y llevalle á sacrificar, y habian deshecho una puente.
Y desque aquello oyó Cortés y algunos de nosotros, ciertamente nos pesó mucho; porque bien entendido teniamos los que soliamos batallar con indios, la mucha multitud que de ellos se suelen juntar, que por bien que peleásemos, y aunque más soldados trujésemos ahora, que habiamos de pasar gran riesgo de nuestras vidas, y hambres y trabajos, especialmente estando en tan fuerte ciudad.
Pasemos adelante, y digamos que luego mandó á un capitan que se decia Diego de Ordás, que fuese con cuatrocientos soldados, y entre ellos, los más ballesteros y escopeteros y algunos de á caballo, é que mirase qué era aquello que decia el soldado que habia venido herido y trajo las nuevas; é que si viese que sin guerra y ruido se pudiese apaciguar, lo pacificase; y como fué el Diego de Ordás de la manera que le fué mandado, con sus cuatrocientos soldados, aún no hubo bien llegado á media calle por donde iba, cuando le salen tantos escuadrones mejicanos de guerra y otros muchos que estaban en las azuteas, y les dieron tan grandes combates, que le mataron á las primeras arremetidas ocho soldados, y á todos los más hirieron, y al mismo Diego de Ordás le dieron tres heridas.
Por manera que no pudo pasar un paso adelante, sino volverse poco á poco al aposento; y al retraer le mataron otro buen soldado, que se decia Lezcano, que con un montante habia hecho cosas de muy esforzado varon; y en aquel instante si muchos escuadrones salieron al Diego de Ordás, muchos más vinieron á nuestros aposentos, y tiran tanta vara y piedra con hondas y flechas, que nos hirieron de aquella vez sobre cuarenta y seis de los nuestros, y doce murieron de las heridas.
Y estaban tanto sobre nosotros, que el Diego de Ordás, que se venia retrayendo, no podia llegar á los aposentos por la mucha guerra que les daban, unos por detrás y otros por delante y otros desde las azuteas.
Pues quizá aprovechaban mucho nuestros tiros y escopetas, ni ballestas ni lanzas, ni estocadas que les dábamos, ni nuestro buen pelear; que, aunque les matábamos y heriamos muchos dellos, por las puntas de las picas y lanzas se nos metian; con todo esto, cerraban sus escuadrones y no perdian punto de su buen pelear, ni les podiamos apartar de nosotros.
Y en fin, con los tiros y escopetas y ballestas, y el mal que les haciamos de estocadas, tuvo lugar el Ordás de entrar en el aposento; que hasta entónces, aunque queria, no podia pasar; y con sus soldados bien heridos y veinte y tres ménos, y todavía no cesaban muchos escuadrones de nos dar guerra y decirnos que éramos como mujeres, y nos llamaban de bellacos y otros vituperios.
Y aun no ha sido nada todo el daño que nos han hecho hasta ahora, á lo que despues hicieron.
Y es, que tuvieron tanto atrevimiento, que, unos dándonos guerra por una parte y otros por otra, entraron á ponernos fuego en nuestros aposentos, que no nos podiamos valer con el humo y fuego, hasta que se puso remedio en derrocar sobre él mucha tierra y atajar otras salas por donde venia el fuego, que verdaderamente allí dentro creyeron de nos quemar vivos; y duraron estos combates todo el dia y aun la noche, y aun de noche estaban sobre nosotros tantos escuadrones, y tiraban varas y piedras y flechas á bulto y piedra perdida, que entónces estaban todos aquellos patios y suelos hechos parvas dellos.
Pues nosotros aquella noche en curar heridos, y en poner remedio en los portillos que habian hecho y en apercibirnos para otro dia, en esto se pasó.
Pues desque amaneció, acordó nuestro capitan que con todos los nuestros y los de Narvaez saliésemos á pelear con ellos, y que llevásemos tiros, y escopetas y ballestas, y procurásemos de los vencer, á lo ménos que sintiesen más nuestras fuerzas y esfuerzo mejor que el dia pasado.
Y digo que si nosotros teniamos hecho aquel concierto, que los mejicanos tenian concertado lo mismo, y peleábamos muy bien; mas ellos estaban tan fuertes y tenian tantos escuadrones, que se mudaban de rato en rato, que aunque estuvieren allí diez mil Hétores troyanos y otros tantos Roldanes, no les pudieran entrar; porque sabello ahora yo aquí decir cómo pasó, y vimos este teson en el pelear, digo que no lo sé escribir; porque ni aprovechaban tiros, ni escopetas, ni ballestas, ni apechugar con ellos, ni matalles treinta ni cuarenta de cada vez que arremetiamos; que tan enteros y con más vigor peleaban que al principio; y si algunas veces les íbamos ganando alguna poca de tierra ó parte de calle, y hacian que se retraian, era para que les siguiésemos, por apartarnos de nuestra fuerza y aposento, para dar más á su salvo en nosotros, creyendo que no volveriamos con las vidas á los aposentos; porque al retraernos hacian mucho mal.
Pues para pasar á quemalles las casas, ya he dicho en el capítulo que dello habla, que de casa á casa tenian una puente de madera levadiza, alzábanla, y no podiamos pasar sino por agua muy honda.
Pues desde las azuteas, los cantos, y piedras, y varas no lo podiamos sufrir.
Por manera que nos maltrataban y herian muchos de los nuestros, é no sé yo para qué lo escribo así tan tibiamente; porque unos tres ó cuatro soldados que se habian hallado en Italia, que allí estaban con nosotros, juraron muchas veces á Dios que guerras tan bravosas jamás habian visto en algunas que se habian hallado entre cristianos, y contra la artillería del Rey de Francia ni del Gran Turco, ni gente como aquellos indios con tanto ánimo cerrar los escuadrones vieron; y porque decian otras muchas cosas y causas que daban á ello, como adelante verán.
Y quedarse ha aquí, y diré cómo con harto trabajo nos retrujimos á nuestros aposentos, y todavía muchos escuadrones de guerreros sobre nosotros con grandes gritos é silbos, y trompetillas y atambores, llamándonos de bellacos y para poco, que no sabiamos atendelles todo el dia en batalla, sino volvernos retrayendo.