Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 30

Chapter 304,051 wordsPublic domain

Pues ya que les estuvo dando órden cómo habian de batallar, y vió á todos sus soldados y de á caballo juntos, se fué á dormir aquella noche á orilla de un rio, y allí puso buenas velas y escuchas y corredores del campo; y mandó que toda la noche tuviesen los caballos ensillados, y asimismo ballesteros y escopeteros y soldados muy apercebidos; mandó á los amigos tlascaltecas y mejicanos que estuviesen sus capitanías algo apartadas de los nuestros, porque ya tenia experiencia de lo de Méjico; porque si de noche viniesen los contrarios á dar en los reales, que no hubiese estorbo ninguno en los amigos; y esto fué porque el Sandoval temió que vendrian, porque vió muchas capitanías de contrarios que se juntaban muy cerca de sus reales, y tuvo por cierto que aquella noche les habian de venir á combatir, é oia muchos gritos y cornetas é tambores muy cerca de allí; é segun entendian, habíanle dicho muchos amigos á Sandoval que decian los contrarios que para aquel dia cuando amaneciese habian de matar á Sandoval y á toda su compañía; y los corredores del campo vinieron dos veces á dar aviso que sentian que se apellidaban de muchas partes y se juntaban; y cuando fué dia claro Sandoval mandó salir á todas sus compañías con gran ordenanza, á los de á caballo les tornó á traer á la memoria como otras veces les habia dicho: íbanse por el camino adelante por unas caserías, adonde oian los atambores y cornetas; y no hubo bien andado medio cuarto de legua, cuando le salen al encuentro tres escuadrones de guerreros y le comenzaron á cercar; y como aquello vió, manda arremeter la mitad de los de á caballo por una parte y la otra mitad por la otra, y puesto que le mataron dos soldados de los nuevamente venidos de Castilla, y tres caballos, todavía les rompió de tal manera, que fué desde allí adelante matando é hiriendo en ellos, que no se juntasen como de ántes.

Pues nuestros amigos los mejicanos y tlascaltecas hacian mucho daño en todos aquellos pueblos, y prendieron mucha gente y abrasaron todos los pueblos que por delante hallaban, hasta que el Sandoval tuvo lugar de llegar á la villa de Sant-Estéban del Puerto, y halló los vecinos tales y tan debilitados, unos muy heridos y otros muy dolientes, y lo peor, que no tenian maíz que comer ellos y veinte y ocho caballos; y esto á causa que de noche y de dia les daban guerra, y no tenian lugar de traer maíz ni otra cosa ninguna, é hasta aquel mismo dia que llegó Sandoval no habian dejado de los combatir, porque entónces se apartaron del combate, y despues de haber ido todos los vecinos de aquella villa á ver y hablar al capitan Sandoval, y dalle gracias y loores por los haber venido en tal tiempo á socorrer, le contaron los de Garay que si no fuera por siete ó ocho conquistadores viejos de los de Cortés, que les ayudaron mucho, que corrian mucho riesgo sus vidas, porque aquellos ocho salian cada dia al campo y hacian salir los demás soldados, é resistian que los contrarios no los entrasen en la villa; y tambien porque, como lo capitaneaban é por su acuerdo se hacia todo, é habian mandado que los dolientes y heridos se estuviesen dentro en la villa, y que todos los demás aguardasen en el campo, y que de aquella manera se sostenian con los contrarios; y Sandoval les abrazó á todos, y mandó á los conquistadores, que bien los conocia, y aun eran sus amigos, en especial Fulano Navarrete y Carrascosa, y un Fulano de Alamilla y otros cinco, que todos eran de los de Cortés, que repartiesen entre ellos de los de á caballo y ballesteros y escopeteros que el Sandoval traia, é que por dos partes fuesen ó enviasen maíz é bastimento, é hiciesen guerra é prendiesen todas las más gentes que pudiesen, en especial caciques; y esto mandó el Sandoval porque él no podia ir, que estaba mal herido en un muslo, y en la cara tenia una pedrada, y asimismo entre los de su compañía traia otros muchos soldados heridos, y porque se curasen estuvo en la villa tres dias que no salió á dar guerra; porque, como habia enviado los capitanes ya nombrados, y conoció dellos que lo harian bien, y vió que de presto enviaron maíz y bastimento, con esto estuvo los tres dias; y tambien le enviaron muchas indias y gente menuda que habian preso, y cinco principales de los que habian sido capitanes en las guerras; y Sandoval les mandó soltar á todas las gentes menudas, excepto á los principales, y les envió á decir que desde allí adelante que no prendiesen si no fuesen á los que fueron en la muerte de los españoles, y no mujeres ni muchachos, y que buenamente les enviasen á llamar, é así lo hicieron; y ciertos soldados de los que habian venido con Garay, que eran personas principales, que el Sandoval halló en aquella villa, los cuales eran por quien se habia revuelto aquella provincia, que ya los he nombrado á todos los más dellos en el capítulo pasado, vieron que Sandoval no les encomendaba cosa ninguna para ir por capitanes con soldados, como mandó á los siete conquistadores viejos de los de Cortés, comenzaron á murmurar dél entre ellos, y aun convocaban á otros soldados á decir mal del Sandoval y de sus cosas, y aun ponian en pláticas de se levantar con la tierra, so color de que estaba allí con ellos el hijo de Francisco de Garay como adelantado della; y como lo alcanzó á saber el Sandoval, les habló muy bien y les dijo:

—«Señores, en lugar de lo tener á bien, como, gracias á Dios, os hemos venido á socorrer, me han dicho que decis cosas que para caballeros como sois no son de decir: yo no os quito vuestro ser y honra en enviar los que aquí hallé por caudillos y capitanes; y si hallara á vuesas mercedes que érades caudillos, harto fuera yo de ruin si les quitara el cargo.

»Queria saber una cosa: por qué no lo fuistes cuando estábades cercados. Lo que me dijistes todos á una es, que si no fuera por aquellos siete soldados viejos, que tuviérades más trabajo; y como sabian la tierra mejor que vuesas mercedes, por esta causa los envié: así que, señores, en todas nuestras conquistas de Méjico no mirábamos en estas cosas é puntos, sino en servir lealmente á su majestad; así, os pido por merced que desde aquí adelante lo hagais, é yo no estaré en esta provincia muchos dias, si no me matan en ella, que me iré á Méjico. El que quedare por teniente de Cortés os dará muchos cargos, é á mí me perdonad.»

Y con esto concluyó con ellos, y todavía no dejaron de tenelle mala voluntad; y esto pasado, luego otro dia sale Sandoval con los que trujo en su compañía de Méjico y con los siete que habia enviado, y tiene tales modos, que prendió hasta veinte caciques, que todos habian sido en la muerte de más de seiscientos españoles que mataron de los de Garay y de los que quedaron poblados en la villa de los de Cortés, y á todos los más pueblos envió á llamar de paz, y muchos dellos vinieron, y con otros disimulaba aunque no venian; y esto hecho, escribió muy en posta á Cortés dándole cuenta de todo lo acaecido, é qué mandaba que hiciese de los presos; porque Pedro de Vallejo, que dejó á Cortés por su teniente, era muerto de un flechazo, á quién mandaba que quedase en su lugar; y tambien le escribió que lo habian hecho muy como varones los soldados ya por mí nombrados; y como el Cortés vió la carta, se holgó mucho en que aquella provincia estuviese ya de paz; y en la sazon que le dieron la carta á Cortés estábanle acompañando muchos caballeros conquistadores é otros que habian venido de Castilla; é dijo Cortés delante dellos:

—«¡Oh Gonzalo de Sandoval! ¡en cuán gran cargo os soy, y cómo me quitais de muchos trabajos!»

Y allí todos le alabaron mucho, diciendo que era un muy extremado capitan, y que se podia nombrar entre los muy afamados.

Dejemos destas loas; y luego Cortés le escribió que, para que más justificadamente castigase por justicia á los que fueron en la muerte de tanto español y robos de hacienda y muertes de caballos, que enviaba al alcalde mayor Diego de Ocampo para que se hiciese informacion contra ellos, é lo que se sentenciase por justicia que lo ejecutase; y le mandó que en todo lo que pudiese les aplaciese á todos los naturales de aquella provincia, é que no consintiese que los de Garay ni otras personas ningunas los robasen ni les hiciesen malos tratamientos; y como el Sandoval vió la carta, y que venia el Diego de Ocampo, se holgó dello, y desde á dos dias que llegó el alcalde mayor Ocampo hicieron proceso contra los capitanes y caciques que fueron en la muerte de los españoles, y por sus confesiones, por sentencia que contra ellos pronunciaron, quemaron y ahorcaron ciertos dellos, é á otros perdonaron; y los cacicazgos dieron á sus hijos y hermanos, á quien de derecho les convenia.

Y esto hecho, el Diego de Ocampo parece ser traia instrucciones é mandamientos de Cortés para que inquiriese quién fueron los que entraban á robar la tierra é andaban en bandos y rencillas, y convocando á otros soldados que se alzasen, y mandó que les hiciese embarcar en un navío y los enviase á la isla de Cuba, y aun envió dos mil pesos para Juan de Grijalva si se queria volver á Cuba; é si quisiese quedar, que le ayudase y diese todo recaudo para venir á Méjico; é en fin de más razones, todos de buena voluntad se quisieron volver á la isla de Cuba, donde tenian indios, y les mandó dar mucho bastimento de maíz é gallinas é de todas las cosas que habia en la tierra, y se volvieron á sus casas é isla de Cuba; y esto hecho, nombraron por capitan á un Fulano de Vallecillo, é dieron la vuelta el Sandoval y el Diego de Ocampo para Méjico, y fueron bien recebidos de Cortés y de toda la ciudad, que temian todos algun mal desbaratamiento de los nuestros, y se alegraron y solazaron mucho cuando vieron venir á Sandoval con vitoria.

Y fray Bartolomé de Olmedo dijo á Cortés que se diesen loores á Dios; y ansí, se hizo una fiesta á nuestra Señora, y predicó muy santamente fray Bartolomé de Olmedo, y como buen letrado, que lo era el fraile; y dende en adelante no se tornó más á levantar aquella provincia.

Y dejemos de hablar más en ello, é digamos lo que le aconteció al licenciado Zuazo en el viaje que venia de Cuba á la Nueva España.

CAPÍTULO CLXIII.

CÓMO EL LICENCIADO ALONSO DE ZUAZO VENIA EN UNA CARABELA Á LA NUEVA-ESPAÑA, CON DOS FRAILES DE LA MERCED, AMIGOS DE FRAY BARTOLOMÉ DE OLMEDO, Y DIÓ EN UNAS ISLETAS QUE LLAMAN LAS VÍBORAS, É DE LA MUERTE DE UNO DE LOS FRAILES, Y LO QUE MÁS LE ACONTECIÓ.

Como ya he dicho en el capítulo pasado que hablé de cuando el licenciado Zuazo fué á ver á Francisco de Garay al pueblo Xagua, que es la isla de Cuba, cabe la villa de la Trinidad; y el Garay le importunó que fuese con él en su armada para ser medianero entre él y Cortés, porque bien entendido tenia que habia de tener diferencias sobre la gobernacion de Pánuco; y el Alonso de Zuazo le prometió que ansí lo haria en dando cuenta de la residencia del cargo que tuvo de justicia en aquella isla de Cuba, donde al presente vivia; y en hallándose desembarazado, luego procuró de dar residencia y hacerse á la vela é ir á la Nueva-España, adonde habia prometido, é llevó consigo dos frailes de la Merced, que se decia el uno fray Gonzalo de Pontevedra y el otro fray Juan Varillas, natural de Salamanca, é este era muy amigo del Padre fray Bartolomé de Olmedo, é habia pedido licencia á sus Prelados para ir en busca suya é le ayudar, é estaba con fray Gonzalo en Cuba á la ventura de si habia ocasion de ir con el fray Bartolomé; y el Zuazo que se decia pariente del fray Juan, le pidió se fuese con él, y se embarcaron en un navío chico, é yendo por su viaje, é salimos de la punta que llaman de Sant-Anton, y tambien se dice por otro nombre la tierra de los Gamatabeis, que son unos salvajes que no sirven á españoles; y navegando en su navío, que era de poco porte, ó porque el piloto erró la derrota, ó descayó con las corrientes, fué á dar en unas isletas que son entre unos bajos que llaman las Víboras, y no muy léjos destos bajos están otros que llaman los Alacranes, y entre estas isletas se suelen perder navíos grandes; y lo que le dió la vida á Zuazo fué ser su navío de poco porte.

Pues volviendo á nuestra relacion: porque pudiesen llegar con el navío á una isleta que vieron que estaba cerca, que no bañaba la mar, echaron muchos tocinos al agua, y otras cosas que traian para matalotaje, para aliviar el navío, para poder ir sin tocar en tierra hasta la isleta, y cargaron tantos tiburones á los tocinos, que á unos marineros que se echaron al agua á más de la cinta, los tiburones, encarnizados en los tocinos apañaron á un marinero dellos y le despedazaron y tragaron, y si de presto no se volvieran los demás marineros á la carabela, todos perecieran, segun andaban los tiburones, encarnizados en la sangre del marinero que mataron; pues lo mejor que pudieron allegaron con su carabela á la isleta, y como habian echado á la mar el bastimento y cazabe, y no tenian qué comer, y tampoco tenian agua que beber ni lumbre, ni otra cosa con que pudiesen sustentarse, salvo unos tasajos de vaca que dejaron de arrojar á la mar, fué ventura que traian en la carabela dos indios de Cuba, que sabian sacar lumbre con unos palicos secos que hallaron en la isleta adonde aportaron, é dellos sacaron lumbre, y cavaron en un arenal y sacaron agua salobre, y como la isleta era chica y de arenales, venian á ella á desovar muchas tortugas, é ansí como salian las trastornaban los indios de Cuba las conchas arriba; é suele poner cada una dellas sobre cien huevos tamaños como de patos; é con aquellas tortugas é muchos huevos tuvieron bien con que se sustentar trece personas que escaparon en aquella isleta; y tambien mataron los marineros que salian de noche al arenal los lobos marinos de la isleta, que fueron harto buenos para comer.

Pues estando desta manera, como en la carabela acertaron á venir dos carpinteros de ribera, y tenian sus herramientas, que no se les habian perdido, acordaron de hacer una barca para ir con ella á la vela, é con la tablazon é clavos, estopas é jarcias y velas que sacaron del navío que se perdió, hacen una buena barca como batel, en que fueron tres marineros é un indio de Cuba á la Nueva-España, y para matalotaje llevaron de las tortugas y los lobos marinos asados, y con agua salobre, y con la carta é aguja de marear, despues de se encomendar á Dios, fueron su viaje, é unas veces con buen tiempo é otras veces con contrario, llegaron al puerto de Calchocuca, que es el rio de Banderas, adonde en aquella sazon se descargaban las mercaderías que venian de Castilla, y dende allí fueron á Medellin, adonde estaba por teniente de Cortés un Simon de Cuenca; y como los marineros que venian en la barca le dijeron al teniente el gran peligro en que estaba el licenciado Alonso Zuazo, luego sin más dilacion el Simon de Cuenca buscó marineros é un navío de poco porte, y con mucho refresco, lo despachó á la isleta adonde estaba el Zuazo; y el Simon de Cuenca le escribió al mismo licenciado cómo Cortés se holgaria mucho con su venida, é ansimismo le hizo saber á Cortés todo lo acaecido, y cómo le envió el navío bastecido; de lo cual se holgó Cortés del buen aviamiento que el teniente hizo, y mandó que en aportando allí al puerto, que le diesen todo lo que hubiese menester, y vestidos y cabalgaduras, é que le enviasen á Méjico; y partió el navío, é fué con buen viaje á la isleta, con el cual se holgó el Zuazo y su gente.

Volvamos á decir cómo cuando llegó el navío se habia muerto en pocos dias, de no poder comer bocado de las viandas, el Fraile fray Gonzalo, de que habian habido gran pesar fray Juan é Zuazo; é habiéndole encomendado á Dios su alma, se embarcaron en él, y de presto con buen tiempo llegaron á Medellin, é se les hizo mucha honra, y fueron á Méjico, y Cortés les mandó salir á recebir, y les llevó á sus palacios y se regocijó con ellos, y le hizo su alcalde mayor al licenciado Alonso de Zuazo, y en esto paró su viaje.

Dejemos de hablar dello, y digo que esta relacion que doy, es por una carta que nos escribió á la villa de Guacalco Cortés al cabildo della, adonde declaraba lo por mí aquí dicho, é porque dentro en dos meses vino al puerto de aquella villa el mismo barco en que vinieron los marineros á dar aviso del Zuazo, é allí hicieron un barco del descargo de la misma barca, y los marineros nos lo contaban segun de la manera que aquí lo escribo.

Dejemos esto, y diré cómo Cortés envió á Pedro de Albarado á pacificar la provincia de Guatimala.

CAPÍTULO CLXIV.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ Á PEDRO DE ALBARADO Á LA PROVINCIA DE GUATIMALA PARA QUE POBLASE UNA VILLA Y LOS TRAJESE DE PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Pues como Cortés siempre tuvo los pensamientos muy altos y de señorear, quiso en todo remedar á Alejandro Macedonio y con los muy buenos capitanes y extremados soldados que siempre tuvo, despues que se hubo poblado la gran ciudad de Méjico é Guaxaca é Zacatula é Colima é la Veracruz é Pánuco é Guacacualco, y tuvo noticia que en la provincia de Guatimala habia recios pueblos de mucha gente é que habia minas, acordó de enviar á la conquistar y poblar á Pedro de Albarado, é aun el mismo Cortés habia enviado á rogar á aquella provincia que viniesen de paz, é no quisieron venir; é dióle al Albarado para aquel viaje sobre trecientos soldados, y entre ellos ciento y veinte escopeteros y ballesteros, y más, le dió ciento y treinta y cinco de á caballo, cuatro tiros y mucha pólvora, y un artillero que se decia Fulano de Usagre, y sobre ducientos tlascaltecas y cholultecas, y cien mejicanos, que iban sobresalientes.

Fray Bartolomé de Olmedo, que era amigo grande de Albarado, le demandó licencia á Cortés para irse con él é predicar la fe de Jesucristo á los de Guatimala; mas Cortés, que tenia con el fraile siempre harta comunicacion, decia que no, y que iria con Albarado un buen clérigo que habia venido de España con Garay, é que tuviese voluntad de quedarse para predicar la pascua del Nacimiento de Jesucristo; mas el fraile tanto le cansó, que se hubo de ir con Albarado, aunque con poca voluntad de Cortés, que siempre con él hablaba de todos los negocios.

Y despues de dadas las instrucciones en que le mandaba á Albarado que con toda diligencia procurase de los atraer de paz sin darles guerra, é que con ciertas lenguas que llevaba les predicase fray Bartolomé de Olmedo las cosas tocantes á nuestra santa fe, é que no les consintiese sacrificios ni sodomías ni robarse unos á otros, é que las cárceles é redes que hallase hechas, adonde suelen tener presos indios á engordar para comer, que las quebrase y que los saquen de las prisiones, y que con amor y buena voluntad los atraya á que dén la obediencia á su Majestad, y en todo se les hiciese buenos tratamientos, entónces fray Bartolomé de Olmedo pidió que se fuese con ellos el clérigo ya por mí arriba memorado, que vino con Garay para que le ayudase, y el clérigo era bueno, y Cortés se le dió y dijo que fuese en buen hora.

Pues ya despedido el Pedro de Albarado de Cortés y de todos los caballeros amigos suyos que en Méjico habia, y se despidieron los unos de los otros, partió de aquella ciudad en 13 dias del mes de Diciembre de 1523 años, y mandóle Cortés que fuese por unos peñoles que cerca del camino estaban alzados en la provincia de Guantepeque, los cuales peñoles trajo de paz; llámanse el peñol de Güelamo, que era entónces de la encomienda de un soldado que se dice Güelamo; y dende allí fué á Tecuantepeque, pueblo grande, y son zapotecas, y le recibieron muy bien, porque estaban de paz, é ya se habian ido de aquel pueblo, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla, á Méjico, y dado la obediencia á su Majestad é á ver á Cortés, y aun le llevaron un presente de oro; y dende Tecuantepeque fué á la provincia de Soconusco, que era en aquel tiempo muy poblada de más de quince mil vecinos, y tambien le recibieron de paz y le dieron un presente de oro y se dieron por vasallos de su Majestad.

Y dende Soconusco llegó cerca de otras poblaciones que se dicen Zapotitlan, y en el camino, en una puente de un rio que hay allí un mal paso, halló muchos escuadrones de guerreros que le estaban aguardando para no dejalle pasar, y tuvo una batalla con ellos, en que le mataron un caballo é hirieron muchos soldados, y uno murió de las heridas; y eran tantos los indios que se habian juntado contra Albarado, no solamente los de Zapotitlan, sino de otros pueblos comarcanos, que por muchos dellos que herian, no los podian apartar, y por tres veces tuvieron rencuentros, y quiso nuestro Señor Dios que los venció y le vinieron de paz; y dende Zapotitlan iba camino de un recio pueblo que se dice Quetzaltenango, y ántes de llegar á él tuvo otros rencuentros con los naturales de aquel pueblo y con otros sus vecinos, que se dice Utatlan, que era cabecera de ciertos pueblos que están en su contorno á la redonda del Quetzaltenango, y en ellos le hirieron ciertos soldados, puesto que el Pedro de Albarado y su gente mataron é hirieron muchos indios.

Y luego estaba una mala subida de un puerto que dura legua y media, y con ballesteros y escopeteros y todos sus soldados puestos en gran concierto, lo comenzó á subir, y en la cumbre del puerto hallaron una india gorda que era hechicera, y un perro de los que ellos crian, que son buenos para comer, que no saben ladrar, sacrificados, que es señal de guerra; y más adelante halló tanta multitud de guerreros que le estaban esperando, y le comenzaron á cercar; y como eran los pasos malos y en sierra muy agra, los de á caballo no podian correr ni revolver ni aprovecharse dellos; mas los ballesteros y escopeteros y soldados de espada y rodela tuvieron reciamente con ellos pié con pié, y fueron peleando las cuestas y puerto abajo, hasta llegar á unas barrancas, donde tuvo otra muy reñida escaramuza con otros muchos escuadrones de guerreros que allí en aquellas barrancas esperaban, y era con un ardid que entre ellos tenian acordado, y fué desta manera: que, como fuese el Pedro de Albarado peleando, hacian que te iban retrayendo, y como les fuese siguiendo hasta donde le estaban esperando sobre seis mil indios guerreros, y estos eran de los de Utatlan y de otros pueblos sus sujetos, que allí los pensaban matar; y Pedro de Albarado y todos sus soldados pelearon con ellos con grande ánimo, y los indios le hirieron tres soldados y dos caballos, mas todavía les venció y puso en huida; y no fueron muy léjos, que luego se tornaron á juntar y rehacer con otros escuadrones, y tornaron á pelear como valientes guerreros, creyendo desbaratar al Pedro de Albarado y á su gente; é fué cabe una fuente, adonde le aguardaron de arte, que se venian ya pié con pié con los de Pedro de Albarado, y muchos indios hubo dellos que aguardaron dos ó tres juntos á un caballo, y se ponian á fuerzas para derrotalle, é otros los tomaban de las colas; y aquí se vió el Pedro de Albarado en gran aprieto, porque como eran muchos los contrarios, no podian sustentar á tantas partes de los escuadrones que les daban guerra á él y todos los suyos; y como hubieron gran coraje con el ánimo que les daba fray Bartolomé de Olmedo, diciéndoles que peleasen con intencion de servir á Dios y extender su santa fe, que él les ayudaria, y que habian de vencer ó morir sobre ello; é con todo, temian no los desbaratasen, porque se vieron en gran aprieto; y danles una mano con las escopetas y ballestas, y á buenas cuchilladas les hicieron que se apartasen algo.