Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Part 3
Y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que su merced mandaba, mas que su oro ni cadenas que no las llevaria consigo, salvo lo que le diese para dar á quien mandase; porque donde su persona estuviere, es para le siempre servir, más que cuanto oro ni piedras de diamantes puede haber.
—«Ansí lo tengo yo creido, dijo Cortés, y con esta confianza, señor, le envio; mas si no lleva todo su oro y joyas, como le mando, no quiero que vaya allá.»
Y el Juan Velazquez respondió:
—«Hágase lo que vuestra merced mandare.»
Y no quiso llevar las joyas, y Cortés allí le habló secretamente, y luego se partió, y llevó en su compañía á un mozo de espuelas de Cortés para que le sirviese, que se decia Juan del Rio.
Y dejemos desta partida de Juan Velazquez, que dijeron que lo envió Cortés por descuidar á Narvaez, y volvamos á decir lo que en nuestro real pasó: que dende á dos horas que se partió el Juan Velazquez, mandó Cortés tocar el atambor á Canillas, que ansí se llamaba nuestro atambor, y á Benito de Veguer, nuestro pífaro, que tocase su tamborino, y mandó á Gonzalo de Sandoval, que era capitan y alguacil mayor, que llamase á todos los soldados, y comenzásemos á marchar luego á paso largo camino de Cempoal; é yendo por nuestro camino se mataron dos puercos de la tierra, que tienen el ombligo en el espinazo, y dijimos muchos soldados que era señal de vitoria; y dormimos en un repecho cerca de un riachuelo, y sendas piedras por almohadas, como lo teniamos por costumbre, y nuestros corredores del campo adelante, y espías y rondas; y cuando amaneció, caminamos por nuestro camino derecho, y fuimos á hora de medio dia á un rio, adonde está ahora poblada la villa rica de la Veracruz, donde desembarcan las barcas con mercaderías que vienen de Castilla; porque en aquel tiempo estaban pobladas junto al rio unas casas de indios y arboledas; y como en aquella tierra hace grandísimo sol, reposamos allí, como dicho tengo, porque traiamos nuestras armas y picas.
Y dejemos ahora de más caminar, y digamos lo que al Juan Velazquez de Leon le avino con Narvaez y con un su capitan que tambien se decia Diego Velazquez, sobrino del Velazquez, gobernador de Cuba.
CAPÍTULO CXX.
CÓMO LLEGÓ JUAN VELAZQUEZ DE LEON Y EL MOZO DE ESPUELAS QUE SE DECIA JUAN DEL RIO AL REAL DE NARVAEZ, Y LO QUE EN ÉL PASÓ.
Ya he dicho cómo envió Cortés al Juan Velazquez de Leon y al mozo de espuelas para que le acompañase á Cempoal, y á ver lo que Narvaez queria, que tanto deseo tenia de tenello en su compañía; por manera que ansí como partieron de nuestro real se dió tanta prisa en el camino, y fué amanecer á Cempoal, y se fué á apear el Juan Velazquez en casa del cacique gordo, porque el Juan del Rio no tenia caballo, y desde allí se van á pié á la posada de Narvaez.
Pues como los indios de Cempoal le conocieron, holgaron de le ver y hablar, y decian á voces á unos soldados de Narvaez que allí posaban en casa del cacique gordo, que aquel era Juan Velazquez de Leon, capitan de Malinche; y ansí como lo oyeron los soldados, fueron corriendo á demandar albricias á Narvaez cómo habia venido Juan Velazquez de Leon, y ántes que el Juan Velazquez llegase á la posada del Narvaez, que ya le iba á le hablar, como de repente supo el Narvaez su venida, le salió á recebir á la calle, acompañado de ciertos soldados, donde se encontraron el Juan Velazquez y el Narvaez, y se hicieron muy grandes acatos, y el Narvaez abrazó al Juan Velazquez, y le mandó sentar en una silla, que luego trajeron sillas cerca de sí, y le dijo que por qué no se fué á apear á su posada; y mandó á sus criados que le fuesen luego por el caballo y fardaje, si le llevaba, porque en su casa y caballeriza y posada estaria; y Juan Velazquez dijo que luego se queria volver, que no venia sino á besalle las manos, y á todos los caballeros de su real, y para ver si podia dar concierto que su merced y Cortés tuviesen paz y amistad.
Entónces dicen que el Narvaez apartó al Juan Velazquez, y le comenzó á decir airado cómo que tales palabras le habia de decir de tener amistad ni paz con un traidor que se alzó á su primo Diego Velazquez con la armada.
Y el Juan Velazquez respondió que Cortés no era traidor, sino buen servidor de su majestad, y que ocurrir á nuestro Rey y señor, como envió é ocurrió, no se le ha de atribuir á traicion, y que le suplica que delante dél no se diga tal palabra.
Y entónces el Narvaez le comenzó á hacer grandes prometimientos que se quedase con él, y que concierte con los de Cortés que se le dén y vengan luego á se meter en su obediencia, prometiéndole con juramento que seria en todo su real el más preeminente capitan, y en el mando segunda persona; y el Juan Velazquez respondió que mayor traicion haria él en dejar al capitan que tiene jurado en la guerra y desamparallo, conociendo que todo lo que ha hecho en la Nueva-España es en servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; que no dejará de acudir á Cortés, como acudia nuestro Rey y señor, y que le suplica que no hable más en ello.
En aquella sazon habian venido á ver á Juan Velazquez todos los más principales capitanes del real de Narvaez, y le abrazaban con gran cortesía, porque el Juan Velazquez era muy de palacio y de buen cuerpo, membrudo, y de buena presencia y rostro y la barba muy bien puesta, y llevaba una cadena muy grande de oro echada al hombro, que le daba vueltas debajo el brazo, y parecíale muy bien, como bravoso y buen capitan.
Dejemos deste buen parecer de Juan Velazquez y cómo le estaban mirando todos los capitanes de Narvaez, y aun nuestro Padre fray Bartolomé de Olmedo tambien le vino á ver y en secreto hablar, y ansimismo el Andrés de Duero y el alguacil mayor Bermudez, y parece ser que en aquel instante ciertos capitanes de Narvaez, que se decian Gamarra y un Juan Yuste, y un Juan Bono de Quejo, vizcaino, y Salvatierra el bravoso, aconsejaron al Narvaez que luego prendiese al Juan Velazquez, porque les pareció que hablaba muy sueltamente en favor de Cortés; é ya que habia mandado el Narvaez secretamente á sus capitanes y alguaciles que le echasen preso, súpolo Agustin Bermudez y el Andrés de Duero, y el Padre fray Bartolomé de Olmedo y un Clérigo que se decia Juan de Leon, y otras personas que se habian dado por amigos de Cortés, y dicen al Narvaez que se maravillan de su merced querer mandar prender al Juan Velazquez de Leon, que ¿qué puede hacer Cortés contra él, aunque tenga en su compañía otros cien Juan Velazquez? Y que mire la honra y acatos que hace Cortés á todos los que de su real han ido, que les sale á recebir y á todos les da oro y joyas, y vienen cargados como abejas á las colmenas, y de otras cosas de mantas y mosqueadores, y que á Andrés de Duero y al Clérigo Guevara, y á Amaya y á Vergara el escribano, y á Alonso de Mata y otros que han ido á su real, bien los pudiera prender y no lo hizo; ántes, como dicho tienen, les hace mucha honra, y que será mejor que le torne á hablar al Juan Velazquez con mucha cortesía, y le convide á comer para otro dia; por manera que al Narvaez le pareció bien el consejo, y luego le tornó á hablar con palabras muy amorosas para que fuese tercero en que Cortés se le diese con todos nosotros, y le convidó para otro dia á comer; y el Juan Velazquez respondió que él haria lo que pudiese en aquel caso; mas que tenia á Cortés por muy porfiado y cabezudo en aquel negocio, y que seria mejor que partiesen las provincias, y que escogiese la tierra que más su merced quisiese; y esto decia el Juan Velazquez por le amansar; y entre aquellas pláticas llegóse al oido de Narvaez el padre fray Bartolomé de Olmedo, y le dijo, como su privado y consejero que ya le habia hecho:
—«Mande vuestra merced hacer alarde de toda su artillería y caballos y escopeteros y ballesteros y soldados, para que lo vea el Juan Velazquez de Leon y el mozo de espuelas Juan del Rio, para que Cortés tema vuestro poder é gente, y se venga á vuestra merced aunque le pese.»
Y esto lo dijo fray Bartolomé de Olmedo como por via de su muy gran servidor y amigo, y por hacelle que trabajasen todos los de á caballo y soldados en su real.
Por manera que por dicho de nuestro fraile hizo hacer alarde delante el Juan Velazquez de Leon y el Juan del Rio, estando presente nuestro religioso; y cuando fué acabado de hacer dijo el Juan Velazquez al Narvaez:
—«Gran pujanza trae vuestra merced; Dios se lo acreciente.»
Entónces dijo el Narvaez:
—«Ahí verá vuestra merced que si quisiera haber ido contra Cortés le hubiera traido preso, y á cuantos estais con él.»
Entónces respondió el Juan Velazquez y dijo:
—«Téngale vuestra merced por tal, y á los soldados que con él estamos, que sabremos muy bien defender nuestras personas.»
Y ansí cesaron las pláticas; y otro dia llevóle convidado á comer al Juan Velazquez, como dicho tengo, y comia con el Narvaez un sobrino del Diego Velazquez, gobernador de Cuba, que tambien era su capitan; y estando comiendo, tratóse plática de cómo Cortés no se daba al Narvaez, y de la carta y requirimientos que le enviamos, y de unas palabras en otras, desmandóse el sobrino de Diego Velazquez, que tambien se decia Diego Velazquez como el tio, y dijo que Cortés y todos los que con él estábamos éramos traidores, pues no se venian á someter al Narvaez; y el Juan Velazquez cuando lo oyó se levantó en pié de la silla en que estaba, y con mucho acato dijo:
—«Señor capitan Narvaez, ya he suplicado á vuestra merced que no se consienta que se digan palabras tales como estas que dicen de Cortés ni de ninguno de los que con él estamos, porque verdaderamente son mal dichas, decir mal de nosotros, que tan lealmente hemos servido á su majestad.»
Y el Diego Velazquez respondió que eran bien dichas, y pues volvia por un traidor, que traidor debia de ser y otro tal como él, y que no era de los Velazquez buenos; y el Juan Velazquez, echando mano á su espada, dijo que mentia; que era mejor caballero que no él, y de los buenos Velazquez, mejores que no él ni su tio, y que se lo haria conocer si el señor capitan Narvaez les daba licencia; y como habia allí muchos capitanes, ansí de los de Narvaez y algunos de los de Cortés, se metieron en medio, que de hecho le iba á dar el Juan Velazquez una estocada; y aconsejaron al Narvaez que luego le mandase salir de su real, ansí á él como al padre fray Bartolomé de Olmedo é á Juan del Rio; porque á lo que sentian, no hacian provecho ninguno, y luego sin más dilacion les mandaron que se fuesen; y ellos, que no veian la hora de verse en nuestro real, lo pusieron por obra.
É dicen que el Juan Velazquez yendo á caballo en su buena yegua y su cota puesta, que siempre andaba con ella y con su capacete y gran cadena de oro, se fué á despedir del Narvaez, y estaba allí con el Narvaez, el mancebo Diego Velazquez, el de la brega, y dijo al Narvaez:
—«¿Qué manda vuestra merced para nuestro Real?»
Y respondió el Narvaez, muy enojado, que se fuese, é que valiera más que no hubiera venido; y dijo el mancebo Diego Velazquez palabras de amenaza é injuriosas á Juan Velazquez y le respondió á ellas el Juan Velazquez de Leon que es grande su atrevimiento, y digno de castigo por aquellas palabras que le dijo; y echándose mano á la barba, le dijo:
—«Para estas, que yo vea ántes de muchos dias si vuestro esfuerzo es tanto como vuestro hablar.»
Y como venian con el Juan Velazquez seis ó siete de los del real de Narvaez, que ya estaban convocados por Cortés, que le iban á despedir, dicen que trabaron dél como enojados, y le dijeron:
—«Váyase ya y no cure de más hablar.»
Y así se despidieron, y á buen andar de sus caballos se van para nuestro real, porque luego le avisaron á Juan Velazquez que el Narvaez los queria prender y apercebia muchos de á caballo que fuesen tras ellos; é viniendo su camino, nos encontraron al rio que dicho tengo, que está ahora cabe la Veracruz; y estando que estábamos en el rio por mí ya nombrado, teniendo la siesta, porque en aquella tierra hace mucho calor y muy recia; porque, como caminábamos con todas nuestras armas á cuestas y cada uno con una pica, estábamos cansados; y en este instante vino uno de nuestros corredores del campo á dar mandado á Cortés que vian venir buen rato de allí dos ó tres personas de á caballo, y luego presumimos que serian nuestros embajadores Juan Velazquez de Leon y fray Bartolomé de Olmedo y Juan del Rio; y como llegaron adonde estábamos, ¡qué regocijos y alegrías tuvimos todos! Y Cortés, ¡cuántas caricias y buenos comedimientos hizo al Juan Velazquez y á fray Bartolomé de Olmedo! Y tenia razon, porque le fueron muy servidores; y allí contó el Juan Velazquez paso por paso todo lo atrás por mí dicho que les acaeció con Narvaez, y cómo envió secretamente á dar las cadenas y tejuelos de oro á las personas que Cortés mandó.
Pues oir de nuestro fraile, como era muy regocijado, sabíalo muy bien representar, cómo se hizo muy servidor del Narvaez, y que por hacer burla dél le aconsejó que hiciese el alarde y sacase su artillería, y con qué astucia y mañas le dió la carta; pues cuando contaba lo que le acaeció con el Salvatierra y se le hizo muy pariente, siendo el fraile de Olmedo y el Salvatierra adelante de Búrgos, y de los fieros que le decia el Salvatierra que habia de hacer y acontecer en prendiendo á Cortés y á todos nosotros, y aun se le quejó de los soldados que le hurtaron su caballo y el de otro capitan; y todos nosotros nos holgamos de lo oir, como si fuéramos á bodas y regocijo, y sabiamos que otro dia habiamos de estar en batalla; y que habiamos de vencer ó morir en ella, siendo como hermanos, ducientos y sesenta y seis soldados, y los de Narvaez cinco veces más que nosotros.
Volvamos á nuestra relacion, y es que luego caminamos todos para Cempoal, y fuimos á dormir á un riachuelo, adonde está ahora una estancia de vacas.
Y dejallo he aquí, y diré lo que se hizo en el real de Narvaez despues que vinieron el Juan Velazquez y el fraile y Juan del Rio, y luego volveré á contar lo que hicimos en nuestro real, porque en un instante acontecen dos ó tres cosas, y por fuerza he de dejar las unas por contar lo que más viene á propósito desta relacion.
CAPÍTULO CXXI.
DE LO QUE SE HIZO EN EL REAL DE NARVAEZ DESPUES QUE DE ALLÍ SALIERON NUESTROS EMBAJADORES.
Pareció ser que como se vinieron el Juan Velazquez y el fraile é Juan del Rio, dijeron al Narvaez sus capitanes que en su real sentian que Cortés habia enviado muchas joyas de oro, y que tenia de su parte amigos en el mismo real, y que seria bien estar muy apercebido y avisar á todos sus soldados que estuviesen con sus armas y caballos prestos; y demás desto, el cacique gordo, otras veces por mí nombrado, temia mucho á Cortés, porque habia consentido que Narvaez tomase las mantas y oro é indias que le tomó; y siempre espiaba sobre nosotros en qué parte dormiamos, por qué camino veniamos, porque así se lo habia mandado por fuerza el Narvaez; y como supo que ya llegábamos cerca de Cempoal, le dijo al Narvaez el cacique gordo:
—«¿Qué haceis, que estais muy descuidado? ¿Pensais que Malinche y los teules que trae consigo que son así como vosotros? Pues yo os digo que cuando no os catáredes será aquí y os matará.»
Y aunque hacian burla de aquellas palabras que el cacique gordo les dijo, no dejaron de se apercebir, y la primer cosa que hicieron fué pregonar guerra contra nosotros á fuego y sangre y á toda ropa franca; lo cual supimos de un soldado que llamaban el Galleguillo, que se vino huyendo aquella noche del real de Narvaez, ó le envió el Andrés de Duero, y dió aviso á Cortés de lo del pregon y de otras cosas que convino saber.
Volvamos á Narvaez, que luego mandó sacar toda su artillería y los de á caballo, escopeteros y ballesteros y soldados á un campo, obra de un cuarto de legua de Cempoal, para allí nos aguardar y no dejar ninguno de nosotros que no fuese muerto ó preso; y como llovió mucho aquel dia, estaban ya los de Narvaez hartos de estar aguardándonos al agua; y como no estaban acostumbrados á aguas ni trabajos, y no nos tenian en nada sus capitanes, le aconsejaron que se volviesen á los aposentos, y que era afrenta estar allí, como estaban, aguardando á dos ó tres, y es que decian que éramos, y que asestase su artillería delante de sus aposentos, que era diez y ocho tiros gruesos, y que estuviesen toda la noche cuarenta de á caballo esperando en el camino por do habiamos de venir á Cempoal, y que tuviese al paso del rio, que era por donde habiamos de pasar, sus espías, que fuesen buenos hombres de á caballo y peones ligeros para dar mandado, y que en los patios de los aposentos de Narvaez anduviesen toda la noche veinte de á caballo; y este concierto que le dieron fué por hacelle volver á los aposentos; y más le decian sus capitanes:
—«Pues ¡cómo, Señor! ¿Por tal tiene á Cortés, que se ha de atrever con unos gatos que tiene á venir á este real, por el dicho deste indio gordo? No lo crea vuestra merced, sino que echa aquellas algaradas y muestras de venir porque vuestra merced venga á buen concierto con él.»
Por manera que así como dicho tengo se volvió Narvaez á su real, y despues de vuelto, públicamente prometió que quien matase á Cortés ó á Gonzalo de Sandoval que le daria dos mil pesos; y luego puso espías al rio á un Gonzalo Carrasco, que vive ahora en la Puebla, y al otro que se decia Fulano Hurtado; el nombre y apellido y señal secreta que dió cuando batallasen contra nosotros en su real habia de ser Santa María, Santa María; y demás deste concierto que tenian hecho, mandó Narvaez que en su aposento durmiesen muchos soldados, así escopeteros como ballesteros, y otros con partesanas, y otros tantos mandó que estuviesen en el aposento del veedor Salvatierra, y Gamarra, y del Juan Bono.
Ya he dicho el concierto que tenia Narvaez en su real, y volveré á decir la órden que se dió en el nuestro.
CAPÍTULO CXXII.
DEL CONCIERTO Y ÓRDEN QUE SE DIÓ EN NUESTRO REAL PARA IR CONTRA NARVAEZ, Y EL RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO, Y LO QUE RESPONDIMOS.
Llegados que fuimos al riachuelo que ya he dicho, que estará obra de una legua de Cempoal, y habia allí unos buenos prados, despues de haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza, nuestro capitan Cortés á caballo nos envió á llamar, así á capitanes como á todos los soldados, y de que nos vió juntos dijo que nos pedia por merced que callásemos; y luego comenzó un parlamento por tan lindo estilo y plática, tan bien dichas cierto otras palabras más sabrosas y llenas de ofertas, que yo aquí no sabré escribir; en que nos trajo á la memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por nosotros hasta aquella sazon, y nos dijo:
—«Bien saben vuestras mercedes que Diego Velazquez, gobernador de Cuba, me eligió por capitan general, no porque entre vuestras mercedes no habia muchos caballeros que eran merecedores dello; y saben que creisteis que veniamos á poblar, y así se publicaba y pregonó; y segun han visto, enviaba á rescatar; y saben lo que pasamos sobre que me queria volver á la isla de Cuba á dar cuenta á Diego Velazquez del cargo que me dió, conforme á su instruccion; pues vuestras mercedes me mandastes y requeristes que poblásemos esta tierra en nombre de su majestad, como, gracias á nuestro Señor, la tenemos poblada, y fué cosa cuerda; y demás desto, me hicistes vuestro capitan general y justicia mayor della, hasta que su majestad otra cosa sea servido mandar.
»Como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas pláticas de tornar á Cuba, que no lo quiero más declarar, pues á manera de decir, ayer pasó, y fué muy santa y buena nuestra quedada, y hemos hecho á Dios y á su majestad gran servicio, que esto claro está; ya saben lo que prometimos en nuestras cartas á su majestad, despues de le haber dado cuenta y relacion de todos nuestros hechos, que punto no quedó, é que aquesta tierra es de la manera que hemos visto y conocido della, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo enviamos á suplicar á su majestad que no la diese en gobernacion ni de otra cualquiera manera á persona ninguna; y porque creiamos y teniamos por cierto que el Obispo de Búrgos don Juan Rodriguez de Fonseca, que era en aquella sazon presidente de Indias y tenia mucho mando, que la demandaria á su majestad para el Diego Velazquez ó algun pariente ó amigo del Obispo, porque esta tierra es tal y tan buena para dar á un Infante ó gran señor, que teniamos determinado de no dalle á persona ninguna hasta que su majestad oyese á nuestros procuradores, y nosotros viésemos su Real firma, é vista, que con lo que fuere servido mandar los pechos por tierra; y con las cartas ya sabian que enviamos y servimos á su majestad con todo el oro y plata, joyas é todo cuanto teniamos habido.»
Y más dijo:
—«Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado á punto de muerte en las guerras y batallas que hemos habido. Pues no hay que traellas á la memoria, que acostumbrados estamos de trabajos y aguas y vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas á cuestas y dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos.
»No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos han muerto en las guerras, ni de todos vuestras mercedes como estais entrapajados y mancos de heridas que aun están por sanar; pues que les queria traer á la memoria los trabajos que trajimos por la mar y las batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban quitar las vidas.
»Pues en las batallas de Tlascala en qué punto nos pusieron y cuáles nos traian; pues la de Cholula ya tenian puestas las ollas para comer nuestros cuerpos; pues á la subida de los puertos no se les habia olvidado los poderes que tenia Montezuma para no dejar ninguno de nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de pinos y árboles cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad de Méjico, cuántas veces teniamos la muerte al ojo, ¿quién los podrá ponderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces primero que no yo, la una con Francisco Hernandez de Córdoba y la otra con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sedes, heridas y muertes de muchos soldados que en descubrir aquestas tierras pasastes, y todo lo que en aquellos dos viajes habeis gastado de vuestras haciendas.»
Y dijo que no queria contar otras muchas cosas que tenia por decir por menudo, y no habria tiempo para acaballo de platicar, porque era tarde y venia la noche; y más dijo:
—«Digamos ahora, señores: Pánfilo de Narvaez viene contra nosotros con mucha rabia y deseo de nos haber á las manos, y no habian desembarcado, y nos llamaban de traidores y malos; y envió á decir al gran Montezuma, no palabras de sábio capitan, sino de alborotador; y demás desto, tuvo atrevimiento de prender á un oidor de su majestad, que por sólo este delito es digno de ser castigado. Ya habrán oido cómo han pregonado en su real guerra contra nosotros á ropa franca, como si fuéramos moros.»