Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 29

Chapter 294,180 wordsPublic domain

Allí en este pueblo el Garay prendió unos indios que entendian la lengua mejicana, y halagóles y dióles camisas, envióles por mensajeros á otros pueblos que le decian que estaban cerca, porque recibiesen de paz, y rodeó una ciénaga; fué á los mismos pueblos, recibiéronle de paz, diéronle muy bien de comer y muchas gallinas de la tierra é otras aves, como á manera de ansarones, que tomaban en las lagunas; é como muchos de los soldados que llevaba Garay iban cansados, y parece ser no les daban de lo que los indios traian de comer, se amotinaron algunos é se fueron á robar á los indios de aquellos pueblos por donde venian, é estuvieron en este pueblo tres dias; otro dia fueron su camino con guias, llegaron á un gran rio, no le podian pasar sino con canoas que les dieron los de los pueblos de paz donde habian estado; procuraron de pasar cada caballo á nado, y remando con cada canoa un caballo que le llevasen del cabestro, y como eran muchos caballos y no se daban maña, se les ahogaron cinco caballos; salen de aquel rio, dan en unas malas ciénagas, y con mucho trabajo llegaron á tierra de Pánuco; é ya que en ella se hallaron, creyeron tener de comer, y estaban todos los pueblos sin maíz ni bastimentos y muy alterados, y esto fué á causa de las guerras que Cortés con ellos habia tenido poco tiempo habia; y tambien si alguna comida tenian, habíanlo alzado y puesto en cobro; porque, como vieron tantos españoles y caballos, tuvieron miedo dellos y despoblaron los pueblos, é adonde pensaba Garay reposar, tenia más trabajo; y demás desto, como estaban despobladas las casas donde posaba, habia en ellas muchos murciélagos é chinches é mosquitos, é todo les daba guerra; é luego sucedió otra mala ventura, que los navíos que venian costa á costa no habian llegado al puerto ni sabian dellos, porque en ellos traian mucho bastimento; lo cual supieron de un español que los vino á ver ó hallaron en un pueblo, que era de los vecinos que estaban poblados en la villa de Santi-Estéban del Puerto, que estaba huido por temor de la justicia por cierto delito que habia hecho; el cual les dijo cómo estaban poblados en una villa muy cerca de allí y cómo Méjico era muy buena tierra, é que estaban los vecinos que en ella vivian ricos; é como oyeron los soldados que traia Garay al español, que con él hablaron muchos, que la tierra de Méjico era buena é la de Pánuco no era tan buena, se desmandaron y se fueron por la tierra á robar, é íbanse á Méjico; y en aquella sazon, viendo el Garay que se le amotinaban sus soldados y no los podia haber, envió á su capitan que se decia Diego de Ocampo á la villa de Santi-Estéban á saber qué voluntad tenia el teniente que estaba por Cortés que se decia Pedro de Vallejo, y aun le escribió haciéndole saber cómo traia provisiones y recaudos de su majestad para gobernar y ser adelantado de aquellas provincias, é cómo habia aportado con sus navíos al rio de Palmas, é del camino é trabajos que habia pasado; y el Vallejo hizo mucha honra al Diego de Ocampo y á los que con él iban, y le dió buena respuesta, y les dijo que Cortés holgara de tener tan buen vecino por gobernador, mas que le habia costado muy caro la conquista de aquella tierra, y que su majestad le habia hecho merced de la gobernacion, y que venga cuando quisiere con sus ejércitos é que se le hará todo servicio, é que le pide por merced que mande á sus soldados que no hagan sinjusticias ni robos á los indios, porque se le han venido á quejar dos pueblos; y tras esto, muy en posta escribió el Vallejo á Cortés, y aun le envió la carta del Garay, é hizo que escribiese otra al mismo Diego de Ocampo, y le envió á decir que qué mandaba que se hiciese é que de presto enviasen muchos soldados, ó viniese Cortés en persona.

Y desque Cortés vió la carta, envió á llamar á fray Bartolomé é á Pedro de Albarado, é á Gonzalo de Sandoval é á un Gonzalo de Ocampo, hermano del otro Diego de Ocampo que venia con Garay, y envió con ellos los recaudos que tenia, cómo su majestad le habia mandado que todo lo que conquistase tuviese en sí hasta que se averiguase la justicia entre él y Diego Velazquez, ó se lo notificasen al Garay.

Dejemos de hablar desto, y digamos que luego como Gonzalo de Ocampo volvió con la respuesta del Vallejo al Garay, y le pareció buena respuesta, se vino con todo su ejército á se juntar más cerca de la villa de Santi-Estéban del Puerto, é ya el Pedro de Vallejo tenia concertado con los vecinos de la villa, é con aviso que tuvo de cinco soldados que se habian ido de la villa, que eran del mismo Garay, de los amotinados; y como estaban muy descuidados é no se velaban, é como quedaban en un pueblo bueno é grande que se dice Nachaplan, y los del Vallejo sabian bien la tierra, dan en la gente de Garay, y le prenden sobre cuarenta soldados, y se los llevaron á su villa de Santi-Estéban del Puerto, y ellos tuvieron por nueva su prision; y la causa que dijo el Vallejo por que los prendió, era porque, sin presentar las provisiones y recaudos que traian, andaban robando la tierra; y viendo esto Garay, hubo gran pesar, y tornó á enviar á decir al Vallejo que le diese sus soldados, amenazándole con la justicia de nuestro Rey y señor; y el Vallejo respondió que cuando vea las Reales provisiones, que las obedecerá y pondrá sobre su cabeza, é que fuera mejor que cuando vino Ocampo las trajera y presentara para las cumplir, é que le pide por merced que mande á sus soldados que no roben ni saqueen los pueblos de su majestad; y en este instante llegaron fray Bartolomé é Albarado, los capitanes que Cortés enviaba con los recaudos; y como el Diego de Ocampo era en aquella sazon alcalde mayor por Cortés en Méjico, comenzó de hacer requirimientos al Garay que no entrase en la tierra, porque su majestad mandó que la tuviese Cortés, y en demandas y respuestas, en que andaba el fray Bartolomé, se pasaron ciertos dias, y entre tanto se le iban al Garay muchos soldados, que anochecian y no amanecian en el real; y vió Garay que los capitanes de Cortés traian mucha gente de á caballo y escopeteros, de cada dia le venian más, y supo que de sus navíos que habia mandado venir costa á costa, se le habian perdido dos dellos con tormenta de nortes, que es travesía, y los demás navíos que estaban en la boca del puerto, y que el teniente Vallejo les envió á requerir que luego se entrasen dentro en el rio, no les viniese algun desman y tormenta como la pasada; si no, que los ternia por corsarios que andaban á robar; y los capitanes de los navíos respondieron que no tuviese Vallejo que entender ni mandar en ello, que ellos estarian donde quisiesen; y en este instante el Francisco de Garay temió la buena fortuna de Cortés; y como andaban en estos trances el alcalde mayor Diego de Ocampo, y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval, tuvieron pláticas secretas con los de Garay y con los capitanes que estaban en los navíos en el puerto, y se concertaron con ellos que se entrasen en el puerto y se diesen á Cortés; y luego un Martin de San Juan Lepuzcuano y un Castro Mocho, maestres de navíos, se entregaron é dieron con sus naos al teniente Vallejo por Cortés; é como los tuvo, fué en ellos el mismo Vallejo á requerir al capitan Juan de Grijalva, que estaba en la boca del puerto, que se entrase dentro á surgir, ó se fuese por la mar donde quisiese; y respondióle con tirarle muchos tiros; y luego enviaron en una barca un escribano del Rey, que se decia Vicente Lopez, á le requerir que se entrase en el puerto, y aun llevó cartas para el Grijalva, del Pedro de Albarado y de fray Bartolomé, con ofertas y prometimientos que Cortés le haria mercedes; y como vió las cartas y que todas las naos habian entrado en el rio, así hizo el Juan de Grijalva con su nao capitana; y el teniente Vallejo le dijo que fuese preso en nombre del capitan Hernando Cortés; mas luego le soltó á él y á cuantos estaban detenidos, á causa que le decia fray Bartolomé:

—«Hagamos nuestra cosa sin sangre, pues podemos, y serán Dios y el César más agradados.»

Y desque el Garay vió el mal recaudo que tenia, y sus soldados huidos y amotinados, y los navíos todos al través, y los demás estaban tomados por Cortés, si muy triste estuvo ántes que se los tomasen, más lo estuvo despues que se vido desbaratado; y luego demandó con grandes protestaciones que hizo á los capitanes de Cortés que le diesen sus naos y todos sus soldados, que se queria volver al rio de Palmas, y presentó sus provisiones y recaudos que para ello traia, y que por no tener debates ni cuestiones con Cortés, que se queria volver; y aquellos caballeros le respondieron que fuese mucho en buena hora, y que ellos mandarian á todos los soldados que estaban en aquella provincia y por los pueblos amotinados que luego se vengan á su capitan y vayan en los navíos; y le mandaron proveer de todo lo que hubiese menester, así de bastimentos como de armas y tiros ó pólvora, é que escribirán á Cortés lo proveyese muy cumplidamente de todo lo que hubiese menester; y el Garay con esta respuesta y ofrecimiento estaba contento; y luego se dieron pregones en aquella villa, y en todos los pueblos enviaron alguaciles á prender los soldados amotinados para los traer al Garay, y por más penas que les ponian, era pregonar en balde, que no aprovechaba cosa ninguna; y algunos soldados que traian presos decian que ya habian llegado á la provincia de Pánuco y que no eran obligados á más le seguir, ni cumplir el juramento que le habia tomado, y ponian otras perentorias que decian que no era capitan el Garay para saber mandar, ni hombre de guerra.

Como vió el Garay que no aprovechaban pregones ni la buena diligencia que le parecia que ponian los capitanes de Cortés en traer sus soldados, estaba desesperado; pues viéndose desmamparado de todos, aconsejáronle los que venian por parte de Cortés que le escribiese luego al mismo Cortés, é que ellos serian intercesores con él para que volviese al rio de Palmas; y que tenian á Cortés por tan de buena condicion, que le ayudaria en todo lo que pudiese, y que el Pedro de Albarado y el Fraile serian fiadores dello; y luego el Garay escribió á Cortés, dándole relacion de su viaje y trabajos, que si su merced mandaba, que le iria á ver y comunicar cosas cumplideras al servicio de Dios y de su majestad, encomendándole su honra y estado, y que lo ordenase de manera que no fuese disminuida su honra; y tambien escribió fray Bartolomé y Pedro de Albarado, y el Diego de Ocampo y Gonzalo de Sandoval, suplicando al Cortés por las cosas del Francisco de Garay, para que en todo fuese ayudado, pues en los tiempos pasados habian sido grandes amigos; y Cortés, viendo aquellas cartas, tuvo lástima del Garay, y le respondió con mucha mansedumbre, y que le pesaba de todos sus trabajos, y que se venga á Méjico, que le promete que en todo lo que pudiere ayudar lo hará de muy buena voluntad, y que á la obra se remite; y mandó que por do quiera que viniese le hiciesen honra y le diesen todo lo que hubiese menester, y aun le envió al camino refresco; y cuando llegó á Tezcuco le tenian hecho un banquete; y llegado á Méjico, el mismo Cortés y muchos caballeros les salieron á recebir, y el Garay iba espantado de ver tantas ciudades, y más cuando vió la gran ciudad de Méjico; y luego Cortés lo llevó á sus palacios, que entónces nuevamente los hacia; y despues que se hubieron comunicado él y el Garay, el Garay le contó sus desdichas y trabajos, encomendándole que por su mano fuese remediado; y el mismo Cortés se le ofreció muy de voluntad, y fray Bartolomé y Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval le fueron buenos medianeros; y de ahí á tres ó cuatro dias que hubo llegado, porque la amistad suya fuese más duradera y segura, trató fray Bartolomé que se casase una hija de Cortés, que se decia doña Catalina Cortés é Pizarro, que era niña, con un hijo de Garay, el mayorazgo, que traia consigo en la armada é le dejó por capitan de su armada; y Cortés vino en ello, y le mandó en dote con doña Catalina gran cantidad de pesos de oro, y que Garay fuese á poblar el rio de Palmas, é que Cortés le diese lo que hubiese menester para la poblacion y pacificacion de aquella provincia, y aun le prometió capitanes y soldados de los suyos, para que con ellos descuidase en las guerras que hubiese; y con estos prometimientos, y con la buena voluntad que Garay halló en Cortés, estaba muy alegre: yo tengo por cierto que así como lo habia capitulado y ordenado Cortés, lo cumpliria.

Dejemos esto del casamiento y de las promesas, y diré cómo en aquella sazon fué á posar el Garay en casa de un Alonso de Villanueva, porque Cortés hacia sus casas y palacio muy grandes, y de tantos patios, que era admiracion; y Alonso de Villanueva, segun pareció, habia estado en Jamáica cuando Cortés lo envió á comprar caballos, que esto no lo afirmo si era entónces ó despues; era muy grande amigo de Garay, y por el conocimiento pasado suplicó el Garay á Cortés para pasarse á las casas del Villanueva, y se le hacia toda la honra que podia, y todos los vecinos de Méjico le acompañaban.

Quiero decir cómo en aquella sazon estaba en Méjico Pánfilo de Narvaez, que es el que hubimos desbaratado, como dicho tengo otras veces, y fué á ver y hablar al Garay; abrazáronse el uno al otro, y se pusieron á platicar cada uno de sus trabajos y desdichas; y como el Narvaez era hombre que hablaba muy entonado, de plática en plática, medio riendo, le dijo el Narvaez:

—«Señor adelantado D. Francisco de Garay, hanme dicho ciertos soldados de los que le han venido huyendo y amotinados que solia decir vuesamerced á los caballeros que traia en su armada: «Mirad que hagamos como varones, y peleemos muy bien con estos soldados de Cortés, no nos tomen descuidados como tomaron á Narvaez;» pues, señor D. Francisco de Garay, á mí peleando me quebraron este ojo, y me robaron y me quemaron cuanto tenia, y hasta que me mataron el alférez y muchos soldados y prendieron mis capitanes, nunca me habian vencido tan descuidado como á vuesamerced le han dicho: hágole saber que otros más venturosos en el mundo no ha habido que Cortés; y tiene tales capitanes y soldados, que se podian nombrar tan en ventura cada uno en lo que tuvo entre manos como Octaviano, y en el vencer como Julio César, y en el trabajar y ser en las batallas más que Aníbal.»

Y el Garay respondia que no habia necesidad que se lo dijesen; que por las obras se veia lo que decia, y que ¿qué hombre hubo en el mundo que con tan pocos soldados se atreviese á dar con los navíos al través, y meterse en tan recios pueblos y grandes ciudades á les dar guerra? Y respondia Narvaez recitando otros grandes hechos de Cortés; y estuvieron el uno y el otro platicando en las conquistas desta Nueva-España como á manera de coloquio.

Y dejemos estas alabanzas que entre ellos se tuvo, y diré cómo Garay suplicó á Cortés por el Narvaez para que le diese licencia para volver á la isla de Cuba con su mujer, que se decia María de Valenzuela, que estaba rica de las minas y de los buenos indios que tenia el Narvaez; y demás de se lo suplicar el Garay á Cortés con muchos ruegos, la misma mujer de Narvaez se lo habia enviado á suplicar á Cortés por cartas, le dejase ir á su marido; porque, segun parece, se conocian cuando Cortés estaba en Cuba, y eran compadres; y Cortés le dió licencia y le ayudó con dos mil pesos de oro; y cuando el Narvaez tuvo licencia se humilló mucho á Cortés, con prometimientos que primero le hizo que en todo le seria servidor, y luego se fué á Cuba.

Dejemos de más platicar desto, y digamos en qué paró Garay y su armada; y es, que yendo una Noche de Navidad del año de 1523, juntamente con Cortés, á maitines, que los cantaron muy bien, y fray Bartolomé dijo lindamente la Misa del Gallo, despues de vueltos de la iglesia, almorzaron con mucho regocijo, y desde allí á una hora, con el aire que le dió al Garay, que estaba de ántes mal dispuesto, le dió dolor de costado con grandes calenturas; mandáronle los médicos sangrar y purgáronle, y desque vieron que arreciaba el mal, le dijeron á fray Bartolomé que le dijese á Garay que moria, que se confesase y que hiciese testamento; lo cual luego lo hizo fray Bartolomé, y le dijo como llegaba su acabamiento, que se dispusiese como buen cristiano y honrado caballero, é que no perdiese su ánima; ya que habia perdido la hacienda.

El Garay le respondió:

—«Teneis razon, Padre; yo quiero que me confeseis esta noche, y recibir el santo cuerpo de Jesucristo é hacer mi testamento.»

É cumpliólo muy honradamente; y desque hubo comulgado, hizo su testamento, y dejó por albaceas á Cortés y á fray Bartolomé de Olmedo; y luego, dende á cuatro dias que le dió el mal, dió el alma á Nuestro Señor Jesucristo, que la crió; y esto tiene la calidad de la tierra de Méjico, que en tres ó cuatro dias mueren de aquel mal de dolor de costado, que esto ya lo he dicho otra vez, y lo tenemos bien experimentado de cuando estábamos en Tezcuco y en Cuyoacan, que se murieron muchos de nuestros soldados.

Pues ya muerto Garay, perdónele Dios, amen, le hicieron muchas honras al enterramiento, y Cortés y otros caballeros se pusieron luto; y murió el Garay fuera de su tierra, en casa ajena y léjos de su mujer é hijos.

Dejemos de contar desto y volvamos á decir de la provincia del Pánuco, que, como el Garay se vino á Méjico, y sus capitanes y soldados, como no tenian cabeza ni quien les mandase, cada uno de los soldados que aquí nombraré, que el Garay traia en su compañía, se querian hacer capitanes; los cuales se decian, Juan de Grijalva, Gonzalo de Figueroa, Alonso de Mendoza, Lorenzo de Ulloa, Juan de Medina el tuerto, Juan de Villa, Antonio de la Cerda y un Tobarda; este Tobarda fué el más bullicioso de todos los del real de Garay; y sobre todos ellos quedó por capitan un hijo de Garay, que queria casar Cortés con su hija, y no le acataban ni hacian cuenta dél todos los que he nombrado ni ninguno de los de su capitanía; ántes se juntaban de quince en quince y de veinte en veinte, y se andaban robando los pueblos y tomando las mujeres por fuerza, y mantas y gallinas, como si estuvieran en tierra de moros, robando lo que se hallaban.

Y como aquello vieron los indios de aquella provincia, se concertaron todos á una de los matar, y en pocos dias sacrificaron y comieron más de quinientos españoles, y todos eran de los de Garay, y en pueblos hubo que sacrificaron más de cien españoles juntos; y por todos los demás pueblos no hacian sino, á los que andaban desmandados, matallos y comer y sacrificar; y como no habia resistencia, ni obedecian á los vecinos de la villa de Santi-Estéban, que dejó Cortés poblada, é ya que salian á les dar guerra, era tanta la multitud que salia de guerreros, que no se podian valer con ellos; y á tanto vino la cosa y atrevimiento que tuvieron, que fueron muchos indios sobre la villa, y la combatieron de noche y de dia de arte, que estuvo en gran riesgo de se perder; y si no fuera por siete ó ocho conquistadores viejos de los de Cortés, y por el capitan Vallejo, que ponian velas y andaban rondando y esforzando á los demás, ciertamente les entraran en su villa; y aquellos conquistadores dijeron á los demás soldados de Garay que siempre procurasen de estar juntamente con ellos, y que allí en el campo estaban muy mejor, y que allí los hallasen sus contrarios, y que no se volviesen á la villa; y así se hizo, y pelearon con ellos tres veces, y puesto que mataron al capitan Vallejo é hirieron otros muchos, todavía los desbarataron y mataron muchos indios dellos; y estaban tan furiosos todos los indios naturales de aquella provincia, que quemaron y abrasaron una noche cuarenta españoles, y mataron quince caballos, y muchos de los que mataron eran de los de Cortés, en un pueblo, y todos los demás fueron de los de Garay; y como Cortés alcanzó á saber estos destrozos que hicieron en esta provincia, tomó tanto enojo, que quiso volver en persona contra ellos, y como estaba muy malo de un brazo que se le habia quebrado, no pudo venir; y de presto mandó á Gonzalo de Sandoval que viniese con cien soldados y cincuenta de á caballo y dos tiros y quince arcabuceros y ballesteros, y le dió ocho mil tlascaltecas y mejicanos, y le mandó que no viniese sin que les dejase muy bien castigados, de manera que no se tornasen á alzar.

Pues como el Sandoval era muy ardidoso, y cuando le mandaban cosa de importancia no dormia de noche, no se tardó mucho en el camino, que con gran concierto da órden cómo habian de entrar y salir los de á caballo en los contrarios, porque tuvo aviso que le estaban esperando en dos malos pasos todas las capitanías de los guerreros de aquellas provincias; y acordó enviar la mitad de todo su ejército al un mal paso, y él se estuvo con la otra mitad de su compañía á la otra parte; y mandó á los escopeteros y ballesteros no hiciesen sino armar unos y soltar otros, y dar en ellos y hasta ver si los podria hacer poner en huida; y los contrarios tiraban mucha vara y flecha y piedra, é hirieron á muchos soldados y de nuestros amigos.

Viendo Sandoval que no les podia entrar, estuvieron en aquel mal paso hasta la noche, y envió á mandar á los demás que estaban en aquel otro mal paso que hiciesen lo mismo, y los contrarios nunca desmampararon sus puestos, é otro dia por la mañana, viendo Sandoval que no aprovechaba cosa estarse allí como habia dicho, mandó enviar á llamar á las demás capitanías que habia enviado al otro mal paso, é hizo que levantaba su real, y que se volvia camino de Méjico como amedrentado; y como los naturales de aquellas provincias que estaban juntos les pareció que de miedo se iban retrayendo, salen al camino, é iban siguiéndole dándole grita y diciéndole vituperios; y todavía el Sandoval, aunque más indios salian tras él, no volvia sobre ellos, y esto fué por descuidalles, para, como habian ya estado aguardando tres dias, volver aquella noche y pasar de presto con todo su ejército los malos pasos; é así lo hizo, que á media noche volvió y tomóles algo descuidados, y pasó con los de á caballo; y no fué tan sin grande peligro, que le mataron tres caballos é hirieron muchos soldados; y cuando se vió en buena tierra y fuera del mal paso con sus ejércitos, él por una parte y los demás de su capitanía por otra, dan en grandes escuadrones que aquella misma noche se habian juntado, desque supieron que volvió; y eran tantos, que el Sandoval tuvo recelo no le rompiesen y desbaratasen, y mandó á sus soldados que se tornasen á juntar con él para que peleasen juntos, porque vió y entendió de aquellos contrarios que como tigres rabiosos se venian á meter por las puntas de las espadas, y habian tomado seis lanzas á los de á caballo, como no eran hombres acostumbrados á la guerra; de lo cual Sandoval estaba tan enojado, que decia que valiera más que trajera pocos soldados de los que él conocia, y no los que trujo; y allí les mandó á los de á caballo de la manera que habian de pelear, que eran nuevamente venidos; y es, que las lanzas algo terciadas, y no se parasen á dar lanzadas, sino por los rostros y pasar adelante hasta que les hayan puesto en huida; y les dijo que vista cosa es que si se parasen á alancear, que la primera cosa que el indio hace desque está herido es echar mano de la lanza, y como les vean volver las espaldas, que entónces á media rienda les ha de seguir, y las lanzas todavía terciadas, y si les echaren mano de las lanzas, porque aun con todo esto no dejan de asir dellas, que para se las sacar de presto de sus manos, poner piernas al caballo, y la lanza bien apretada con la mano asida y debajo del brazo para mejor se ayudar y sacarla del poder del contrario, y si no la quisiere soltar, traerle arrastrando con la fuerza del caballo.