Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 27

Chapter 274,164 wordsPublic domain

Pues Cortés por su parte no se le quedó nada en el tintero, y aun de manera hizo relacion en su carta de todo lo acaecido, que fueron veinte y una plana; é porque yo las leí todas, é lo entendí muy bien, lo declaro aquí como dicho tengo.

Y demás de esto, enviaba Cortés á suplicar á su majestad que le diese licencia para ir á la isla de Cuba á prender al gobernador della, que se decia Diego Velazquez, para enviársele á Castilla, para que allá su majestad le mandase castigar; porque no le desbaratase más ni revolviese la Nueva-España, porque enviaba desde la isla de Cuba á mandar que matasen á Cortés.

Dejémonos de las cartas, y digamos de su buen viaje que llevaron nuestros procuradores despues que partieron del puerto de la Veracruz, que fué en veinte dias del mes de Diciembre de 1522 años, y con buen viaje desembarcaron por la canal de Bahama, y en el camino se les soltaron dos tigres de los tres que llevaban, é hirieron á unos marineros; y acordaron de matar al que quedaba, porque era muy bravo y no se podian valer con él; y fueron su viaje hasta la isla que llaman de la Tercera; y como el Antonio de Quiñones era capitan y se preciaba de muy valiente y enamorado, parece ser que se revolvió en aquella isla con una mujer é hubo sobre ella cierta quistion, y diéronle una cuchillada en la cabeza, de que al cabo de algunos dias murió, y quedó solo Alonso de Ávila por capitan.

É ya que iba el Alonso de Ávila con los dos navíos camino de España, no muy léjos de aquella isla topa con ellos Juan Florin, frances corsario, y toma todo el oro y navíos, y prende al Alonso de Ávila y llévanle preso á Francia.

Y tambien en aquella sazon robó el Juan Florin otro navío que venia de la isla de Santo Domingo, y le tomó sobre veinte mil pesos de oro y muy gran cantidad de perlas y azúcar y cueros de vacas, y con todo esto se volvió á Francia muy rico, é hizo grandes presentes á su Rey é al almirante de Francia de las cosas é piezas de oro que llevaba de la Nueva-España, que toda Francia estaba maravillada de las riquezas que enviábamos á nuestro gran Emperador, y aun el mesmo Rey de Francia le tomaba codicia de tener parte en las islas de la Nueva-España; y entónces es cuando dijo que solamente con el oro que le iba á nuestro César destas tierras le podia dar guerra á su Francia; y aun en aquella sazon no era ganado ni habia nueva del Perú, sino, como dicho tengo, lo de la Nueva-España y las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Jamáica.

Y entónces dice que dijo el Rey de Francia, ó se lo envió á decir á nuestro gran Emperador, que, ¿cómo habian partido entre él y el Rey de Portugal el mundo, sin darle parte á él? Que mostrasen el testamento de nuestro padre Adan, si les dejó á ellos solamente por herederos y señores de aquellas tierras que habian tomado entre ellos dos, sin dalle á él ninguna dellas, é que por esta causa era lícito robar y tomar todo lo que pudiese por la mar; y luego tornó á mandar á Juan Florin que volviese con otra armada á buscar la vida por la mar; y de aquel viaje que volvió, ya que llevaba otra gran presa de todas ropas entre Castilla y las islas de Canaria, dió con tres ó cuatro navíos recios y de armada, vizcainos, y los unos por una parte y los otros por otra embisten con el Juan Florin, y le rompen y desbaratan, y préndenle á él y á otros muchos franceses, y les tomaron sus navíos y ropa, y á Juan Florin y á otros capitanes llevaron presos á Sevilla á la casa de la contratacion, y los enviaron presos á su majestad; y despues que lo supo, mandó que en el camino hiciesen justicia dellos, y en el puerto del Pico los ahorcaron; y en esto paró nuestro oro y capitanes que lo llevaban, y el Juan Florin que lo robó.

Pues volvamos á nuestra relacion, y es, que llevaron á Francia preso á Alonso de Ávila, y le metieron en una fortaleza, creyendo haber dél gran rescate, porque, como llevaba tanto oro á su cargo, guardábanle bien; y el Alonso de Ávila tuvo tales maneras y concierto con el caballero frances que lo tenia á cargo ó le tenia por prisionero, que para que en Castilla supiesen de la manera que estaba preso y le viniesen á rescatar, dijo que fuesen por la posta todas las cartas y poderes que llevaba de la Nueva-España, y que todas se diesen en la córte de su majestad al licenciado Nuñez, primo de Cortés, que era relator del Real Consejo, ó á Martin Cortés, padre del mismo Cortés, que vivia en Medellin, ó á Diego de Ordás, que estaba en la córte; y fueron á todo buen recaudo, que las hubieron á su poder, y luego las despacharon para Flandes á su majestad, porque al Obispo de Búrgos no le dieron cuenta ni relacion dello, y todavía lo alcanzó á saber el Obispo de Búrgos, y dijo que se holgaba que se hubiese perdido y robado todo el oro.

Dejemos al Obispo, y vamos á su majestad, que, como luego lo supo, dijeron, quien lo vió y entendió, que hubo algun sentimiento de la pérdida del oro, y de otra parte se alegró viendo que tanta riqueza le enviaban, é que sintiese el Rey de Francia que con aquellos presentes que le enviábamos que le podria dar guerra; y luego envió á mandar al Obispo de Búrgos que en lo que tocaba á Cortés é á la Nueva-España, que en todo le diese favor y ayuda, y que presto vendria á Castilla y entenderia en ver la justicia de los pleitos y contiendas de Diego Velazquez y Cortés.

Y dejemos esto y digamos luego cómo supimos en la Nueva-España la pérdida del oro y riquezas de la recámara y prision de Alonso de Ávila, y todo lo demás aquí por mí memorado, y tuvimos dello gran sentimiento, y luego Cortés con brevedad procuró de haber é llegar todo el más oro que pudo recoger, y de hacer un tiro de oro bajo y de plata de lo que habian traido de Mechoacan, para enviar á su majestad, y llamóse el tiro Fénix.

Y tambien quiero decir que siempre estuvo el pueblo de Guatitlan, que dió Cortés á Alonso de Ávila, por el mismo Alonso de Ávila, porque en aquella sazon no le tuvo su hermano Gil Gonzalez de Benavides, hasta más de tres años adelante, que el Gil Gonzalez vino de la isla de Cuba, é ya el Alonso de Ávila estaba suelto de la prision de Francia y habia venido á Yucatan por contador; y entónces dió poder al hermano para que se sirviese dél, porque jamás se le quiso traspasar.

Dejémonos de cuentos viejos, que no hacen á nuestra relacion, y digamos todo lo que acaeció á Gonzalo de Sandoval y á los demás capitanes que Cortés habia enviado á poblar las provincias por mí ya nombradas, y entre tanto acabó Cortés de mandar forjar el tiro é allegar el oro para enviar á su majestad.

Bien sé que dirán algunos curiosos letores que por qué, cuando envió Cortés á Pedro de Albarado y á Gonzalo de Sandoval y los demás capitanes á las conquistas y pacificaciones ya por mí nombradas, no concluí con ellos en esta mi relacion lo que habian hecho en ellas, y en lo que en las jornadas á cada uno ha acaecido, y lo vuelvo ahora á recitar, que es volver muy atrás de nuestra relacion; y las causas que agora doy á ello es que, como iban camino de sus provincias á las conquistas, y en aquel instante llegó al puerto de la Villa-Rica el Cristóbal de Tapia, otras muchas veces por mí nombrado, que venia para ser gobernador de la Nueva-España; y para consultar Cortés lo que sobre el caso se podria hacer, é tener ayuda y favor dellos, como Pedro de Albarado é Gonzalo de Sandoval eran tan experimentados capitanes y de buenos consejos, envió por la posta á los llamar, y dejaron sus conquistas é pacificaciones suspensas, é como he dicho, vinieron al negocio de Cristóbal de Tapia, que era más importante para el servicio de su majestad, porque se tuvo por cierto que si el Tapia se quedara para gobernar, que la Nueva-España y Méjico se levantaran otra vez; y en aquel instante tambien vino Cristóbal de Olí de Mechoacan, como era cerca de Méjico, y la halló de paz, y le dieron mucho oro y plata; y como era recien casado, y la mujer moza y hermosa, apresuró su venida.

Y luego, tras esto de Tapia, aconteció el levantamiento de Pánuco, y fué Cortés á lo pacificar, como dicho tengo en el capítulo que dello habla, y tambien para escribir á su majestad, como escribimos, y enviar el oro y dar poder á nuestros capitanes y procuradores por mí ya nombrados; y por estos estorbos, que fueron los unos tras los otros, lo torno aquí á traer á la memoria, y es desta manera que diré.

CAPÍTULO CLX.

CÓMO GONZALO DE SANDOVAL LLEGÓ CON SU EJÉRCITO Á UN PUEBLO QUE SE DICE TUSTEPEQUE, Y LO QUE ALLÍ HIZO, Y DESPUES PASÓ Á GUACACUALCO, Y TODO LO MÁS QUE LE AVINO.

Llegado Gonzalo de Sandoval á un pueblo que se dice Tustepeque, toda la provincia le vino de paz, excepto unos capitanes mejicanos que fueron en la muerte de sesenta españoles y mujeres de Castilla que se habian quedado malos en aquel pueblo cuando vino Narvaez, y era en el tiempo que en Méjico nos desbarataron; entónces los mataron en el mismo pueblo; é dende obra de dos meses que hubieron muerto los por mí dichos, porque entónces fuí con Sandoval, yo posé en una como torrecilla, que era adoratorio de ídolos, á donde se habian hecho fuertes cuando les daban guerra, y allí los cercaron, y de hambre y de sed y de heridas les acabaron las vidas; y digo que posé en aquella torrecilla á causa que habia en aquel pueblo de Tustepeque muchos mosquitos de dia, é como está muy alto é con el aire no habia tantos mosquitos como abajo, y tambien por estar cerca del aposento donde posaba el Sandoval.

Y volviendo á nuestra plática, procuró el Sandoval de prender á los capitanes mejicanos que les dieron la guerra y les mataron los sesenta soldados que dicho tengo, y prendió el más principal dellos y hizo justicia, y por justicia lo mandó quemar; otros muchos habia juntamente con él que merecian pena de muerte, y disimuló con ellos, y aquel pagó por todos; y cuando fué hecho envió á llamar de paz unos pueblos zapotecas, que es otra provincia que estará obra de diez leguas de aquel pueblo de Tustepeque, y no quisieron venir, y envió á ellos para los traer de paz á un capitan que se decia Briones (otras muchas veces ya lo he nombrado), que fué capitan de bergantines y habia sido buen soldado en Italia, segun él decia, y le dió sobre cien soldados, y entre ellos treinta ballesteros y escopeteros y más de cien amigos de los pueblos que habian venido de paz; é yendo que iba el Briones con sus soldados y con buen concierto, pareció ser los zapotecas supieron que iba á sus pueblos, y échanle una celada en el camino, que le hicieron volver más que de paso rodando unas cuestas y laderas abajo, y le hirieron más de la tercia parte de los soldados que llevaba, é murió uno de las heridas, porque aquellas sierras donde están poblados aquellos zapotecas son tan agras y malas, que no pueden ir por ellas caballos, y los soldados habian de ir á pié por unas sendas muy angostas, por contadero, uno á uno siempre; hay neblinas y rocios y resbalaban en los caminos; y tienen por armas unas lanzas muy largas, mayores que las nuestras, con una braza de cuchilla de navajas de pedernal, que cortan más que nuestras espadas, é unas pavesinas, que se cubren con ellas todo el cuerpo, y mucha flecha y vara y piedra, y los naturales muy sueltos y cenceños á maravilla, y con un silbo ó voz que dan entre aquellas sierras resuena y retumba la voz por un buen rato, digamos ahora como ecos.

Por manera que se volvió el capitan Briones con su gente herida, y aun él tambien trujo un flechazo; llámase aquel pueblo que le desbarató Tiltepeque; y despues que vino de paz el mismo pueblo, se dió en encomienda á un soldado que se dice Ojeda el tuerto, que ahora vive en la villa de San Ildefonso.

Pues cuando el Briones volvió á dar cuenta al Sandoval de lo que le habia acaecido, y se lo contaba cómo eran grandes guerreros, y el Sandoval era de buena condicion, y el Briones se tenia por muy como valiente, y solia decir que en Italia habia muerto y herido y hendido cabezas y cuerpos de hombres, le decia el Sandoval:

—«¿Parécele, señor capitan, que son estas tierras otras que las donde anduvo militando?»

Y el Briones respondió medio enojado, y dijo que juraba á tal que más quisiera batallar contra tiros y grandes ejércitos de contrarios, así de turcos como de moros, que no con aquellos zapotecas, y daba razones para ello que parecia que cuadraban; y todavía el Sandoval le dijo que no quisiera haberle enviado, pues así fué desbaratado, que creyó que pusiera otras fuerzas como él se alababa que habia hecho en Italia, porque este Briones habia poco tiempo que vino de Castilla; y le dijo el Sandoval:

—«¿Qué dirán ahora los zapotecas, que no somos tan varones como creian que éramos?»

Dejemos de esta entrada, pues no aprovechó, ántes dañó, y digamos cómo el mismo Gonzalo de Sandoval envió á llamar de paz á otra provincia que se dice Xaltepeque, que tambien eran zapotecas, que confinan con otra provincia y pueblos, que se decian los minxes, gentes muy sueltas y guerreros, que tenian diferencias con los de Xaltepeque, que ahora, como digo, son los que enviaba á llamar, y vinieron de paz obra de veinte caciques y principales, y trajeron un presente de oro en grano, que entónces habian sacado de las minas en diez cañutillos y joyas de muchas hechuras, y traian vestidas aquellos principales unas ropas de algodon muy largas que les daban hasta los piés, con muchas labores en ellas labradas, y eran digamos ahora á la manera de albornoces moriscos; y como vinieron delante el Sandoval, con mucho acato se lo presentaron, y lo recibió con alegría, y les mandó dar cuentas de Castilla, y les hizo honra y halagos, y le mandaron al Sandoval que les diese algunos teules, que en su lengua así nos llamaban á los españoles, para ir juntamente con ellos contra los pueblos de los minxes, sus contrarios, que les daban guerra; y el Sandoval, como no tenia soldados en aquella sazon para les dar ayuda, como la demandaban, porque los que llevó el Briones estaban todos heridos, y otros habian adolecido, é cuatro muertos, por ser la tierra muy calurosa é doliente, con buenas palabras les dijo que él enviaria á Méjico á decir á Malinche, que así decian á Cortés, que les enviase muchos teules, é que se reportasen hasta que viniesen, y que entre tanto, que irian con ellos diez de sus compañeros para ver los pasos y tierra, para ir á dar guerra á sus contrarios los minxes; y esto no lo decia el Sandoval sino para que viésemos los pueblos y minas donde sacaban el oro que trajeron; y desta manera los despidió, excepto á tres dellos, que mandó que quedasen para ir con nosotros; y luego despachó para ir á ver los pueblos y minas, como he dicho, á un soldado que se decia Alonso del Castillo el de lo pensado; y me mandó el Sandoval que yo fuese con él, y otros seis soldados, y que mirásemos muy bien las minas y la manera de los pueblos.

Quiero decir por qué se llamaba aquel capitan que iba con nosotros por caudillo Castillo el de lo pensado, y es por esta causa que diré.

En la capitanía del Sandoval habia tres soldados que tenian por renombre Castillos: el uno dellos era muy galan, y preciábase dello en aquella sazon, que era yo, y á esta su causa me llamaban Castillo el Galan; los otros dos Castillos, el uno dellos era de tal calidad, que siempre estaba pensativo, y cuando hablaban con él se paraba mucho más á pensar lo que habia de decir, y cuando respondia ó hablaba era un descuido ó cosas que teniamos que reir, y por esto le llamábamos Castillo de los pensamientos; y el otro era Alonso del Castillo, que ahora iba con nosotros, que de repente decia cualquiera cosa, y respondia muy á propósito de lo que preguntaban, y se decia Castillo el de lo pensado.

Dejemos de contar donaires, y volvamos á decir cómo fuimos á aquella provincia á ver las minas, y llevamos muchos indios de los de aquellos pueblos, y con unas como hechuras de bateas lavaron en tres rios delante de nosotros, y en todos tres sacaron oro, é hincheron cuatro cañutillos dello, que era cada uno del tamaño de un dedo de la mano, el de en medio, y eran poco ménos que cañones de patos de Castilla, y con aquella muestra de oro volvimos donde estaba el Gonzalo de Sandoval, y se holgó, creyendo que la tierra era rica; y luego entendió en hacer los repartimientos de aquellos pueblos y provincia á los vecinos que habian de quedar allí poblados; y tomó para sí unos pueblos que se dicen Guazpaltepeque, que en aquel tiempo era la mejor cosa que habia en aquella provincia muy cerca de las minas, y aun le dieron luego sobre quince mil pesos de oro, creyendo que tomaba una muy buena cosa; y la provincia de Xaltepeque, donde trajimos el oro, depositó en el capitan Luis Marin, que le daba un condado, y todos salieron muy malos repartimientos, así lo que tomó el Sandoval como lo que dió á Luis Marin, y aun á mí me mandaba quedar en aquella provincia, y me daba muy buenos indios y de mucha renta, que pluguiera á Dios que los tomara, que se dice Meldatan y Orizaba, donde está ahora el ingenio del Virey, y otro pueblo que se dice Ozotequipa, y no los quise, por parecerme que si no iba en compañía del Sandoval, teniéndole por amigo, que no hacia lo que convenia á la calidad de mi persona; y el Sandoval verdaderamente conoció mi voluntad, y por hallarme con él en las guerras, si las hubiese adelante, lo hice.

Dejemos desto, y digamos que nombró á la villa que pobló Medellin, porque así le fué mandado por Cortés, porque el Cortés nació en Medellin de Extremadura; y era en aquella sazon el puerto un rio que se dice Chalchocueca, que es el que hubimos puesto por nombre rio de Banderas, donde se rescataron los diez y seis mil pesos; y por aquel rio venian las barcas con la mercadería que venia de Castilla hasta que se mudó á la Veracruz.

Dejemos desto, é vamos camino de Guacacualco, que será de la villa de la Veracruz, que dejamos poblada, obra de sesenta leguas, y entramos en una provincia que se dice Citla, la más fresca y llena de bastimentos y bien poblada que habiamos visto, y luego vino de paz; y es aquella provincia que he dicho de doce leguas de largo y otras tantas de ancho, muy poblado todo.

Y llegamos al gran rio de Guacacualco, y enviamos á llamar los caciques de aquellos pueblos, que era cabecera de aquellas provincias, y estuvieron tres dias que no vinieron ni enviaban respuesta; por lo cual creimos que estaban de guerra, y aun así lo tenian consultado, que no nos dejasen pasar el rio; y despues tomaron acuerdo de venir de ahí á cinco dias, y trajeron de comer y unas joyas de oro muy fino, y dijeron que cuando quisiésemos pasar, que ellos traerian muchas canoas grandes; y Sandoval se lo agradeció mucho, y tomó consejo con algunos de nosotros si nos atreveriamos á pasar todos juntos de una vez en todas las canoas; y lo que nos pareció y aconsejamos, que primero pasasen cuatro soldados y viesen la manera que habia en un pueblezuelo que estaba junto al rio, y que mirasen y procurasen de inquirir y saber si estaban de guerra, y ántes que pasásemos tuviésemos con nosotros el cacique mayor, que se dice Tochel; y así, fueron los cuatro soldados y vieron todo á lo que les enviábamos, y se volvieron con relacion á Sandoval como todo estaba de paz, y aun vino con ellos el hijo del mismo cacique Tochel, que así se decia, y trujo otro presente de oro, aunque no de mucha valía.

Entónces le halagó el Sandoval, y le mandó que trujesen cien canoas atadas de dos en dos, y pasamos los caballos un dia despues de pascua de Espíritu Santo; y por acortar de palabras, volvamos en el pueblo que estaba junto al rio abajo, y pusímosle por nombre la villa del Espíritu Santo, é pusimos aquel sublimado nombre, lo uno, que en pascua de Espíritu Santo desbaratamos á Narvaez, y lo otro, porque aquel santo nombre fué nuestro apellido cuando le prendimos y desbaratamos, lo otro por pasar aquel rio aquel mismo dia, y porque todas aquellas tierras vinieron de paz sin dar guerra, y allí poblamos toda la flor de los caballeros y soldados que habiamos salido de Méjico á poblar con el Sandoval, y el mismo Sandoval, y Luis Marin, y un Diego de Godoy, y el capitan Francisco de Medin, y Francisco Marmolejo, y Francisco de Lugo, y Juan Lopez de Aguirre, y Hernando de Montes de Oca, y Juan de Salamanca, y Diego de Azamar, y un Mantilla, y otro soldado que se decia Mejía Rapapelo, y Alonso de Grado, y el licenciado Ledesma, y Luis de Bustamante, y Pedro Castellar, y el capitan Briones, é yo y otros muchos caballeros é personas de calidad, que si los hubiese aquí de nombrar á todos, es no acabar tan presto; mas tengan por cierto que soliamos salir á la plaza á un regocijo é alarde sobre ochenta de á caballo, que eran más entónces aquellos ochenta que ahora quinientos; y la causa es esta, que no habia caballos en la Nueva-España, sino pocos y caros, y no los alcanzaban á comprar sino cual ó cual.

Dejemos desto, y diré cómo repartió Sandoval aquellas provincias y pueblos en nosotros, despues de las haber enviado á visitar é hacer la division de la tierra y ver las calidades de todas las poblaciones; y fueron las provincias que repartió lo que ahora diré.

Primeramente á Guacacualco, Guazpaltepeque é Tepeca é Crinanta é los zapotecas; é de la otra parte del rio la provincia de Copilco é Cimatan y Tabasco y las sierras de Cachula, todos los zoqueschas, Tacheapa é Cinacantan é todos los quilenes, y Papanachasta; y estos pueblos que he dicho teniamos todos los vecinos que en aquella villa quedamos poblados en repartimiento, que valiera más que allí yo no me quedara, segun despues sucedió, la tierra pobre y muchos pleitos que trujimos con tres villas que despues se poblaron: la una fué la villa rica de la Veracruz, sobre Guazpaltepeque y Chinanta y Tepeca; la otra con la villa de Tabasco, sobre Cimatan y Copilco; la otra con Chiapa, sobre los quilenes y zoques; la otra con Santo Ildefonso, sobre los zapotecas; porque todas estas villas se poblaron despues que nosotros poblamos á Guacacualco, y á nos dejar todos los términos que teniamos, fuéramos ricos; y la causa porque se poblaron estas villas que he dicho fué, que envió á mandar su majestad que todos los pueblos de indios más cercanos y en comarca de cada villa le señaló términos; por manera que de todas partes nos cortaron las faldas, y nos quedamos en blanco, y á esta causa el tiempo andando, se fué despoblando Guacacualco; y con haber sido la mejor poblacion y de generosos conquistadores que hubo en la Nueva-España, es ahora una villa de pocos vecinos.

Volvamos á nuestra relacion; y es, que estando Sandoval entendiendo en la poblacion de aquella villa y llamando otras provincias de paz, le vinieron cartas cómo habia entrado un navío en el rio de Aguayalco, que es puerto, aunque no bueno, que estaba de allí quince leguas, y en él venia de la isla de Cuba la señora doña Catalina Xuarez la Marcayda, que así tenia el sobrenombre, mujer que fué de Cortés, y la traia un su hermano Juan Xuarez, el vecino que fué, el tiempo andando, de Méjico, y la Zambrana y sus hijos de Villegas, de Méjico, y sus hijas, y aun la abuela y otras muchas señoras casadas; y aun me parece que entónces vino Elvira Lopez la Larga, mujer que entónces era de Juan de Palma; el cual Palma vino con nosotros, que murió ahorcado, que despues esta Elvira fué mujer de un Arguera; y tambien vino Antonio Dios Dado, el vecino que fué de Guatimala, y vinieron otros muchos que ya no se me acuerdan sus nombres.

Y como el Gonzalo de Sandoval lo alcanzó á saber, él en persona, con todos los más capitanes y soldados, fuimos por aquellas señoras y por todas las más que traia en su compañía.