Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Part 19
Y como aquello fué hecho, se fué con los bergantines hácia Cuyoacoan, adonde estaba asentado el Real de Cristóbal de Olí, y peleó con muchos escuadrones mejicanos que le esperaban en partes peligrosas, creyendo de tomarle los bergantines; y como le daban mucha guerra desde las canoas que estaban en la laguna y desde unas torres de ídolos, mandó sacar de los bergantines cuatro tiros, y con ellos daba guerra, y mataba y heria muchos indios; y tanta priesa tenian los artilleros, que por descuido se les quemó la pólvora, y aun se chamuscaron algunos dellos las caras y manos; y luego despachó Cortés un bergantin muy ligero á Iztapalapa al real de Sandoval para que trajesen toda la pólvora que tenia, y le escribió que de allí donde estaba no se mudase.
Dejemos á Cortés, que siempre tenia rebatos de mejicanos, hasta que se juntó en el real de Cristóbal de Olí, y en dos dias que allí estuvo siempre le combatian muchos contrarios; y porque yo en aquella sazon estaba en lo de Tacuba con Pedro de Albarado, diré lo que hicimos en nuestro real; y es que, como sentimos que Cortés andaba por la laguna, entramos por nuestra calzada adelante y con gran concierto, y no como la primera vez, y les llegamos á la puente, y los ballesteros y escopeteros con mucho concierto, tirando unos y armando otros, y á los de á caballo les mandó Pedro de Albarado que no entrasen con nosotros entre las calzadas; y desta manera estuvimos, unas veces peleando y otras poniendo resistencia no entrasen por tierra, porque cada dia teniamos refriegas, y en ellas nos mataron tres soldados; y tambien entendiamos en adobar los malos pasos.
Dejemos esto, y digamos cómo Gonzalo de Sandoval, que estaba en Iztapalapa, viendo que no les podia hacer mal á los de Iztapalapa, porque estaban en el agua, y ellos á él le herian sus soldados, acordó de se venir á unas casas é poblacion que estaban en el agua, que podian entrar en ellas, y les comenzó á combatir; y estándoles dando guerra, envió Guatemuz, gran señor de Méjico, á muchos guerreros á los ayudar y deshacer y abrir la calzada por donde habia entrado el Sandoval, para tomalles dentro y que no tuviesen por donde salir; y envió por otra parte mucha más gente de guerra; y como Cortés estaba con Cristóbal de Olí, é vieron salir gran copia de canoas hácia Iztapalapa, acordó de ir con los bergantines y con toda la capitanía de Cristóbal de Olí hácia Iztapalapa en busca de Sandoval; é yendo por la laguna con los bergantines y el Cristóbal de Olí por la calzada, vieron que estaban abriendo la calzada muchos mejicanos, y tuvieran por cierto que estaba allí en aquellas casas el Sandoval, y fueron con los bergantines é le hallaron peleando con el escuadron de guerreros que envió el Guatemuz, y cesó algo la pelea; y luego mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que dejase aquello de Iztapalapa é fuese por tierra á poner cerco á otra calzada que va desde Méjico á un pueblo que se dice Tepeaquilla, adonde ahora llaman Nuestra Señora de Guadalupe, donde hace y ha hecho muchos y admirables milagros.
É digamos cómo Cortés repartió los bergantines, y lo que más se hizo.
CAPÍTULO CLI.
CÓMO CORTÉS MANDÓ REPARTIR LOS DOCE BERGANTINES, Y MANDÓ QUE SE SACASE LA GENTE DEL MÁS PEQUEÑO BERGANTIN, QUE SE DECIA BUSCA-RUIDO, Y DE LO DEMÁS QUE PASÓ.
Como Cortés y todos nuestros capitanes y soldados entendimos que sin los bergantines no podriamos entrar por las calzadas para combatir á Méjico, envió cuatro dellos á Pedro de Albarado, y en su real, que era el de Cristóbal de Olí, dejó seis bergantines, y á Gonzalo de Sandoval, en la calzada de Tepeaquilla, envió dos; y mandó que el bergantin más pequeño que no anduviese más en el agua, porque no le trastornasen las canoas, que no era de sustento, y la gente y marineros que en él andaban mandó repartir en esotros doce, porque ya estaban muy mal heridos veinte hombres de los que en ellos andaban.
Pues desque nos vimos en nuestro real de Tacuba con aquella ayuda de los bergantines, mandó Pedro de Albarado que los dos dellos anduviesen por la una parte de la calzada y los otros dos de la otra parte, é comenzamos á pelear muy de hecho, porque las canoas que nos solian dar guerra desde el agua, los bergantines las desbarataban; y ansí, teniamos lugar de les ganar algunas puentes y albarradas; y cuando con ellos estábamos peleando, era tanta la piedra con hondas y vara y flecha que nos tiraban, que por bien que íbamos armados, todos los más soldados nos descalabraban, y quedábamos heridos, y hasta que la noche nos despartia no dejábamos la pelea y combate.
Pues quiero decir el mudarse de escuadrones con sus divisas é insignias de las armas que de los mejicanos se remudaban de rato en rato, pues á los bergantines cuál los paraban de las azuteas, que los cargaban de vara y flecha y piedra, porque era más que granizo, y no lo sé aquí decir ni habrá quien lo pueda comprender, sino los que en ello nos hallamos, que venia tanta multitud dellas como granizo, é de presto cubrian la calzada, pues ya que con tantos trabajos les ganábamos alguna puente ó albarrada y la dejábamos sin guarda, aquella misma noche la habian de tornar á ahondar, y ponian muy mejores defensas, y aun hacian hoyos encubiertos en el agua, para que otro dia cuando peleásemos, al tiempo de retraer, nos embarazásemos y cayésemos en los hoyos, y pudiesen en sus canoas desbaratarnos; porque ansimismo tenian aparejadas muchas canoas para ello, puestas en partes que no las viesen nuestros bergantines, para cuando nos tuviesen en aprieto en los hoyos, los unos por tierra y los otros por el agua dar en nosotros; y para que nuestros bergantines no nos pudiesen venir á ayudar tenian hechas muchas estacadas en el agua, encubiertas en partes que en ellas zabordasen, y desta manera peleábamos cada dia.
Ya he dicho otras veces que los caballos muy poco aprovechaban en las calzadas, porque si arremetian ó daban alcance á los escuadrones que con nosotros peleaban, luego se les arrojaban en el agua, y á unos mamparos que tenian hechos en las calzadas, donde estaban otros escuadrones de guerreros aguardando con lanzas largas de las nuestras, ó dalles que habian hecho muy más largas que son las nuestras, de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en Méjico; y con aquellas lanzas y grandes rociadas de flecha y vara é piedra que tiraban de la laguna, herian y mataban los caballos ántes que se les hiciese á los contrarios daño; y demás desto, los caballeros cuyos eran no los querian aventurar, porque costaba en aquella sazon un caballo ochocientos pesos, y aun algunos costaban á más de mil, y no los habia, especialmente no pudiendo alancear por las calzadas sino muy pocos contrarios.
Dejemos esto, y digamos que cuando la noche nos despartia curábamos nuestros heridos con aceite, é un soldado que se decia Juan Catalan, que nos las santiguaba y ensalmaba, y verdaderamente digo que hallábamos que Nuestro Señor Jesucristo era servido de darnos esfuerzo, demás de las muchas mercedes que cada dia nos hacia, y de presto sanaban; y ansí heridos y entrapajados habiamos de pelear desde la mañana hasta la noche, que si los heridos se quedaran en el real sin salir á los combates, no hubiera de cada capitanía veinte hombres sanos para salir.
Pues nuestros amigos los de Tlascala, como veian que aquel hombre que dicho tengo nos santiguaba, todos los heridos y descalabrados venian á él, y eran tantos, que en todo el dia harto tenia que curar.
Pues quiero decir de nuestros capitanes y alféreces y compañeros de bandera, que saliamos llenos de heridas y las banderas rotas, y digo que cada dia habiamos menester un alférez, porque saliamos tales, que no podian tornar á entrar á pelear y llevar las banderas; pues con todo esto, por ventura teniamos que comer, no digo de falta de tortillas de maíz, que hartas teniamos, sino algun refrigerio para los heridos maldito aquel.
Lo que nos daba la vida era unos quilites, que son unas yerbas que comen los indios, y cerezas de la tierra miéntras las habia, y despues tunas, que en aquella sazon vino el tiempo dellas; y otro tanto como haciamos en nuestro real, hacian en el real donde estaba Cortés y en el de Sandoval, que jamás dia alguno faltaban capitanías de mejicanos, que siempre les iban á dar guerra, ya he dicho otras veces que desde que amanecia hasta la noche; porque para ello tenia Guatemuz señalados los capitanes y escuadrones que á cada calzada habian de acudir, y el Taltelulco é los pueblos de la laguna, ya otra vez por mí nombrados, tenian señaladas, para que en viendo una señal en el cu mayor de Taltelulco, acudiesen unos en canoas y otros por tierra, y para ello tenian los capitanes mejicanos señalados y con gran concierto cómo y cuándo y á qué partes habian de acudir.
Dejemos esto, y digamos cómo nosotros mudamos otra órden y manera de pelear, y es esta que diré: que como viamos que cuantas obras de agua ganábamos de dia, y sobre lo ganar mataban de nuestros soldados, y todos los más estábamos heridos, lo tornaban á cegar los mejicanos, acordamos que todos nos fuésemos á meter en la calzada, en una placeta donde estaban unas torres de ídolos que las habiamos ya ganado, y habia espacio para hacer nuestros ranchos, aunque eran muy malos, que en lloviendo todos nos mojábamos, é no eran para más de cubrirnos del sereno é del sol; y dejamos en Tacuba las indias que nos hacian pan, y quedaron en su guarda todos los de á caballo y nuestros amigos los de Tlascala, para que mirasen y guardasen los pasos, no viniesen de los pueblos comarcanos á darnos en la rezaga en las calzadas miéntras que estábamos peleando; y desque hubimos asentado nuestros ranchos adonde dicho tengo, desde allí adelante procuramos que luego las casas ó barrios ó aberturas de agua que les ganásemos, que luego lo cegásemos, y que las casas diésemos con ellas en tierra y las deshiciésemos, porque ponellas fuego, tardaban mucho en se quemar, y desde unas casas á otras no se podian encender, porque, como ya otras veces he dicho, cada casa estaba en el agua, y sin pasar en puentes ó en canoas no pueden ir de una parte á otra; porque si queriamos ir por el agua nadando, desde las azuteas que tenian nos hacian mucho mal, y derrocándose las casas estábamos muy más seguros, y cuando les ganábamos alguna albarrada ó puente ó paso malo donde ponian mucha resistencia, procurábamos de la guardar de dia y de noche, y es desta manera que todas nuestras capitanías velábamos las noches juntas.
Y el concierto que para ello se dió fué, que tomaba la vela desde que anochecia hasta media noche la primera capitanía, y eran sobre cuarenta soldados, y dende media noche hasta dos horas ántes que amaneciese tomaba la vela otra capitanía de otros cuarenta hombres, y no se iban del puesto los primeros, que allí en el suelo dormiamos, y este cuarto es el de la modorra; y luego venian otros cuarenta y tantos soldados, y velaban el alba, que eran aquellas dos horas que habia hasta el dia, y tampoco se habian de ir los que velaban la modorra, que allí habian de estar; por manera que cuando amanecia nos hallábamos velando sobre ciento y veinte soldados todos juntos, y aun algunas noches, cuando sentiamos mucho peligro, desde que anochecia hasta que amanecia todos los del real estábamos juntos aguardando el gran ímpetu de los mejicanos, por temor no nos rompiesen, porque teniamos aviso de unos capitanes mejicanos que en las batallas prendimos, que el Guatemuz tenia pensamientos y puesto en plática con sus capitanes que procurasen en una noche ó de dia romper por nosotros en nuestra calzada, é que venciéndonos por aquella nuestra parte, que luego eran vencidas y desbaratadas las dos calzadas, donde estaba Cortés, y en la donde estaba Gonzalo de Sandoval; y tambien tenia concertado que los nueve pueblos de la laguna, y el mismo Tacuba y Capuzalco y Tenayuca, que se juntasen, que para el dia que ellos quisiesen romper y dar en nosotros, que se diese en las espaldas en la calzada, é que las indias que nos hacian pan, que teniamos en Tacuba, y fardaje, que las llevasen de vuelo una noche.
Y como esto alcanzamos á saber, apercebimos á los de á caballo, que estaban en Tacuba, que toda la noche velasen y estuviesen alerta, y tambien á nuestros amigos los tlascaltecas; y ansí como el Guatemuz lo tenia concertado lo puso por obra, que vinieron muy grandes escuadrones, y unas noches nos venian á romper y dar guerra á media noche, y otras á la modorra, y otras al cuarto del alba, é venian algunas veces sin hacer rumor, y otras con grandes alaridos, de suerte que no nos daban un punto de quietud; y cuando llegaban adonde estábamos velando, la vara, piedra y flecha que tiraban, é otros muchos con lanzas, era cosa de ver; y puesto que herian algunos de nosotros, como los resistiamos, volvian muchos heridos, é otros muchos guerreros vinieron á dar en nuestro fardaje, é los de á caballo é tlascaltecas los desbarataron diferentes veces; porque, como era de noche, no aguardaban mucho; y desta manera que he dicho velábamos, que ni porque lloviese, ni vientos ni frios, y aunque estábamos metidos en medio de grandes lodos y heridos, allí habiamos de estar; y aun esta miseria de tortillas é yerbas que habiamos de comer, ó tunas, sobre la obra del batallar, como dicen los oficiales, habia de ser; pues con todos estos recaudos que poniamos con tanto trabajo, heridas y muertes de los nuestros, nos tornaban abrir la puente ó calzada que les habiamos ganado, que no se les podia defender de noche que no lo hiciesen, é otro dia se la tornábamos á ganar y á cegar, y ellos á la tornar á abrir é hacer más fuerte con mamparos, hasta que los mejicanos mudaron otra manera de pelear, la cual diré en su coyuntura.
Y dejemos de hablar de tantas batallas como cada dia teniamos, y otro tanto en el real de Cortés y en el de Sandoval, y digamos que qué aprovechaba, haberles quitado el agua de Chalputepeque, ni ménos aprovechaba haberles vedado que por las tres calzadas no les entrase bastimento ni agua.
Ni tampoco aprovechaban nuestros bergantines estándose en nuestros reales, no sirviendo de más de cuando peleábamos poder hacernos espaldas de los guerreros de las canoas y de los que peleaban de las azuteas; porque los mejicanos metian mucha agua y bastimentos de los nueve pueblos que estaban poblados en el agua; porque en canoas les proveian de noche, é de otros pueblos sus amigos, de maíz é gallinas y todo lo que querian; é para otro dia evitar que no les entrase aquesto, fué acordado por todos los tres reales que dos bergantines anduviesen de noche por la laguna á dar caza á las canoas que venian cargadas con bastimentos é agua, é todas las canoas que se les pudiesen quebrar ó traer á nuestros reales, que se las tomasen; y hecho este concierto, fué bueno, puesto que para pelear y guardarnos hacian falta de noche los dos bergantines, mas hicieron mucho provecho en quitar que no les entrasen bastimentos é agua; y aun con todo esto no dejaban de ir muchas canoas cargadas dello; y como los mejicanos andaban descuidados en sus canoas metiendo bastimentos, no habia dia que no traian los bergantines que andaban en su busca presa de canoas y muchos indios colgados de las entenas.
Dejemos esto, y digamos el ardid que los mejicanos tuvieron para tomar nuestros bergantines y matar los que en ellos andaban, y es desta manera: que, como he dicho, cada noche y en las mañanas iban á buscar por las lagunas sus canoas y las trastornaban con los bergantines, y prendian muchas dellas, acordaron de armar treinta piraguas, que son canoas muy grandes, con muy buenos remeros y guerreros, y de noche se metieron todas treinta entre unos carrizales en parte que los bergantines no las pudieran ver, y cubiertas de ramas echaban de antenoche dos ó tres canoas, como que llevaban bastimentos ó metian agua, y con buenos remeros, y en parte que les parecia á los mejicanos que los bergantines habian de correr cuando con ellos peleasen, habian hincado muchos maderos gruesos, hechos estacadas, para que en ellos zabordasen; pues como iban las canoas por la laguna mostrando señal de temerosas, arrimadas algo á los carrizales, salen dos de nuestros bergantines tras ellas, y las dos canoas hacen que se van retrayendo á tierra á la parte que estaban las treinta piraguas en celada, y los bergantines siguiéndolas, é ya que llegaban á la celada salen todas las piraguas juntas y dan tras nuestros bergantines, é de presto hirieron á todos los soldados é remeros y capitanes, y no podian ir á una parte ni á otra, por las estacadas que les tenian puestas; por manera que mataron al un capitan, que se decia Fulano de Portillo, gentil soldado que habia sido en Italia, é hirieron á Pedro Barba, que fué otro muy buen capitan, y desde á tres dias murió de las heridas; y tomaron el bergantin.
Estos dos bergantines eran del real de Cortés, de lo cual recibió muy gran pesar; más dende á pocos dias se lo pagaron muy bien con otras celadas que echaron; lo cual diré á su tiempo.
Y dejemos agora de hablar dellos, y digamos cómo en el real de Cortés y en el de Gonzalo de Sandoval siempre tenian muy grandes combates, y muy mayores en el de Cortés, porque mandaba quemar y derrocar casas y cegar puentes, y todo lo que ganaba cada dia lo cegaba, y enviaba á mandar á Pedro de Albarado que mirase que no pasásemos puente ni abertura de la calzada sin que primero la tuviésemos ciega, é que no quedase casa que no se derrocase y se pusiese fuego; y con los adobes y madera de las casas que derrocábamos, cegábamos los pasos y aberturas de las puentes; y nuestros amigos los de Tlascala nos ayudaban en toda la guerra muy como varones.
Dejemos desto, y digamos, como los mejicanos vieron que todas las casas las allanábamos por el suelo, é que las puentes y aberturas las cegábamos, acordaron de pelear de otra manera, y fué, que abrieron una puente y zanja muy ancha y honda, que cuando la pasábamos en partes no hallábamos pié, é tenian en ella hechos muchos hoyos, que no los podiamos ver dentro en el agua, é unos mamparos é albarradas, ansí de la una parte como de la otra de aquella abertura, é tenian hechas muchas estacadas con maderos gruesos en partes que nuestros bergantines zabordasen si nos viniesen á socorrer cuando estuviésemos peleando sobre tomalles aquella fuerza; porque bien entendian que la primera cosa que habiamos de hacer era deshacerles el albarrada y pasar aquella abertura de agua para entralles en la ciudad; y ansimismo tenian aparejadas en partes escondidas muchas canoas bien armadas de guerreros, y buenos guerreros; y un domingo de mañana comenzaron á venir por tres partes grandes escuadrones de guerreros, y nos acometen de tal manera, que tuvimos bien que hacer en sustentarnos, no nos desbaratasen; é ya en aquella sazon habia mandado Pedro de Albarado que la mitad de los de á caballo, que solian estar en Tacuba, durmiesen en la calzada, porque no tenian tanto riesgo como al principio, porque ya no habia azuteas, y todas las demás casas estaban derrocadas, y podian correr por algunas partes de las calzadas sin que de las canoas ni azuteas les pudiesen herir los caballos.
Y volvamos á nuestro propósito, y es, que de aquellos tres escuadrones que vinieron muy bravosos, los unos por una parte donde estaba la gran abertura en el agua, y los otros por unas casas de las que les habiamos derrocado, y el otro escuadron nos habia tomado las espaldas de la parte de Tacuba, y estábamos como cercados; los de á caballo, con nuestros amigos los de Tlascala, rompieron por los escuadrones que nos habian tomado las espaldas, y todos nosotros estuvimos peleando muy valerosamente con los otros dos escuadrones hasta les hacer retraer; mas era fingida aquella muestra que hacian que huian, y les ganamos la primera albarrada, y la otra albarrada donde se hicieron fuertes tambien la desampararon; y nosotros, creyendo que llevábamos vitoria, pasamos aquella agua á vuelapié, y por donde la pasamos no habia ningunos hoyos, é vamos siguiendo el alcance entre unas grandes casas y torres de adoratorios, y los contrarios hacian que todavía huian é se retraian, é no dejaban de tirar vara y piedra con hondas, y mucha flecha; y cuando no nos catamos, tenian encubiertos en partes que no los podiamos ver tanta multitud de guerreros que nos salen al encuentro, y otros muchos dende las azuteas é donde las casas; y los que primero hacian que se iban retrayendo, vuelven sobre nosotros todos á una, y nos dan tal mano, que no les podiamos sustentar; y acordamos de nos volver retrayendo con gran concierto; y tenian aparejadas en el agua y abertura que les teniamos ganado, tanta flota de canoas en la parte por donde primero habiamos pasado, donde no habia hoyos, porque no pudiésemos pasar por aquel paso, que nos hicieron ir á pasar por otra parte adonde he dicho que estaba muy más honda el agua y tenian hechos muchos hoyos; y como venian contra nosotros tanta multitud de guerreros y nos veniamos retrayendo, pasábamos el agua á nado é á vuelapié, é caiamos todos los más soldados en los hoyos, entónces acudieron todas las canoas sobre nosotros, y allí apañaron los mejicanos cinco de nuestros soldados y los llevaron á Guatemuz, é hirieron á todos los más, pues los bergantines que aguardábamos para nuestra ayuda no podian venir, porque todos estaban zabordados en las estacadas que les tenian puestas, y con las canoas y azuteas les dieron buena mano de vara y flecha, y mataron dos soldados remeros é hirieron á muchos de los nuestros.
É volvamos á los hoyos é aberturas: digo que fué maravilla cómo no nos mataron á todos en ellos; de mí digo que ya me habian echado mano muchos indios, y tuve manera para desembarazar el brazo, y Nuestro Señor Jesucristo me dió esfuerzo para que á buenas estocadas que les dí, me salvase, y bien herido en un brazo; y como me vi fuera de aquella agua en parte segura, me quedé sin sentido, sin me poder sostener en mis piés é sin huelgo ninguno; y esto causó la gran fuerza que puse para me descabullir de aquella gentecilla, é de la mucha sangre que me salió: é digo que cuando me tenian engarrafado, que en el pensamiento yo me encomendaba á nuestro Señor Dios é á nuestra Señora su bendita Madre, y ponia la fuerza que he dicho, por donde me salvé; gracias á Dios por las mercedes que me hace.
Otra cosa quiero decir, que Pedro de Albarado y los de á caballo, como tuvieron harto en romper los escuadrones que nos venian por las espaldas de la parte de Tacuba, no pasó ninguno dellos aquella agua ni albarradas, sino fué uno solo de á caballo que habia venido poco habia de Castilla, y allí le mataron á él y al caballo; y como vió el Pedro de Albarado que nos veniamos retrayendo, nos iba ya á socorrer con otros de á caballo, y si allá pasara, por fuerza habiamos de volver sobre los indios; y si volviera, no quedara ninguno dellos ni de los caballos ni de nosotros á vida, porque la cosa estaba de arte que cayeran en los hoyos, y habia tantos guerreros, que les mataran los caballos con lanzas que para ello tenian largas, y dende las muchas azuteas que habia, porque esto que pasó era en el cuerpo de la ciudad; y con aquella vitoria que tenian los mejicanos, todo aquel dia, que era domingo, como dicho tengo, tornaron á venir á nuestro real otra tanta multitud de guerreros; que no nos dejaban ni nos podiamos valer, que ciertamente creyeron de nos desbaratar; y nosotros con unos tiros de bronce y buen pelear nos sostuvimos contra ellos, y con velar todas las capitanías juntas cada noche.
Dejemos desto, y digamos, cómo Cortés lo supo, del gran enojo que tenia, escribió luego en un bergantin á Pedro de Albarado que mirase que en bueno ni en malo dejase un paso por cegar, y que todos los de á caballo durmiesen en las calzadas, y en toda la noche estuviesen ensillados y enfrenados, y que no curásemos de pasar más adelante hasta haber cegado con adobes y madera aquella gran abertura, y que tuviesen buen recaudo en el real.