Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)
Part 17
Y cuando los escuadrones mejicanos que habia enviado Guatemuz aquel dia vieron que nos íbamos retrayendo de Suchimileco, creyeron que de miedo no los osábamos esperar, como ello fué verdad, y salen de repente tantos dellos y se vienen derechos á nosotros, é hirieron dos soldados, é dos murieron de ahí á ocho dias, é quisieron romper y desbaratar por el fardaje; mas, como íbamos con el concierto que he dicho, no tuvieron lugar, y en todo el camino hasta que llegamos á un gran pueblo que se dice Cuyoacoan, que está obra de dos leguas de Suchimileco, nunca nos faltaron rebatos de guerreros que nos salian en partes que no nos podiamos aprovechar dellos, y ellos sí de nosotros, de mucha vara y piedra y flecha; y como tenian cerca los esteros y zanjas, poníanse en salvo.
Pues llegados á Cuyoacoan á obra de las diez del dia, hallámosla despoblada.
Quiero ahora decir que están muchas ciudades las unas de las otras cerca, de la gran ciudad de Méjico obra de dos leguas, porque Suchimileco y Cuyoacoan y Chohuilobusco é Iztapalapa y Coadlauaca y Mezquique, y otros tres ó cuatro pueblos que están poblados los más dellos en el agua, que están á legua y media ó á dos leguas las unas de las otras, y de todas ellas se habian juntado allí en Suchimileco muchos indios guerreros contra nosotros.
Pues volvamos á decir que como llegamos á aquel gran pueblo ya estaba despoblado, y está en tierra llana, acordamos de reposar aquel dia que llegamos é otro, porque se curasen los heridos y hacer saetas, porque bien entendido teniamos que habiamos de haber más batallas ántes de volver á nuestro real, que era Tezcuco; é otro dia muy de mañana comenzamos á caminar, con el mismo concierto que soliamos llevar, camino de Tacuba, que está de donde salimos obra de dos leguas, y en el camino salieron en tres partes muchos escuadrones de guerreros, y todas tres les resistimos, y los de á caballo los seguian por tierra llana hasta que se acogian á los esteros é acequias; é yendo por nuestro camino de la manera que he dicho, apartóse Cortés con diez de á caballo á echar una celada á los mejicanos que salian de aquellos esteros y salian á dar guerra á los nuestros, y llevó consigo cuatro mozos de espuelas, y los mejicanos hacian que iban huyendo, y Cortés con los de á caballo y sus criados siguiéndoles; y cuando miró por sí, estaba una gran capitanía de contrarios puestos en celada, y dan en Cortés y los de á caballo, que les hirieron los caballos, y si no dieran vuelta de presto, allí quedaran muertos ó presos.
Por manera que apañaron los mejicanos dos de los soldados mozos de espuelas de Cortés, de los cuatro que llevaba, y vivos los llevaron á Guatemuz, é los sacrificaron.
Dejemos de hablar deste desman por causa de Cortés, y digamos cómo habiamos ya llegado á Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los más de á caballo habian llegado, y tambien Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y Cortés no venia con los diez de á caballo que llevó en su compañía.
Tuvimos mala sospecha no les hubiese acaecido algun desman, y luego fuimos con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí é Andrés de Tapia en su busca, con otros de á caballo, hácia los esteros donde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habian ido con Cortés, que se escaparon, é se decia el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron que ellos por ser ligeros escaparon, é que Cortés y los demás se vienen poco á poco porque traen los caballos heridos; y estando en esto viene Cortés, con el cual nos alegramos, puesto que él venia muy triste y como lloroso; llamábanse los mozos de espuelas que llevaron á Méjico á sacrificar, el uno Francisco Martin Vendobal, y este nombre de Vendobal se le puso por ser algo loco, y el otro se decia Pedro Gallego.
Pues como allí llegó Cortés á Tacuba, llovia mucho, y reparamos cerca de dos horas en unos grandes patios; y Cortés con otros capitanes y el tesorero Alderete, que venia ya malo, y el fraile Melgarejo y otros muchos soldados, subimos en el gran cu de aquel pueblo, que desde él se señoreaba muy bien la ciudad de Méjico, que está muy cerca, y toda la laguna y las más ciudades que están en el agua pobladas; y cuando el fraile y el tesorero Alderete vieron tantas ciudades y tan grandes, y todas asentadas en el agua, estaban admirados.
Pues cuando vieron la gran ciudad de Méjico, y la laguna y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras iban á pescar y otras baldías, mucho más se espantaron, porque no las habian visto hasta en aquella sazon; y dijeron que nuestra venida en esta Nueva-España que no eran cosas de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios era quien nos sostenia; é que otras veces han dicho que no se acuerdan haber leido en ninguna escritura que hayan hecho ningunos vasallos tan grandes servicios á su Rey como son los nuestros, é que ahora lo dicen muy mejor, y que dello harian relacion á su majestad.
Dejemos de otras muchas pláticas que allí pasaron, y cómo consolaba el Fraile á Cortés por la pérdida de sus mozos de espuelas, que estaba muy triste por ellos; y digamos cómo Cortés y todos nosotros estábamos mirando desde Tacuba el gran cu del ídolo Huichilóbos y el Tatelulco y los aposentos donde soliamos estar, y mirábamos toda la ciudad, y las puentes y calzada por donde salimos huyendo; y en este instante suspiró Cortés con una muy gran tristeza, muy mayor que la que de ántes traia, por los hombres que le mataron ántes que en el alto cu subiese; y desde entónces dijeron un cantar ó romance:
En Tacuba está Cortés Con su escuadron esforzado, Triste estaba y muy penoso, Triste y con gran cuidado, La una mano en la mejilla, Y la otra en el costado, etc.
Acuérdome que entónces le dijo un soldado que se decia el bachiller Alonso Perez, que despues de ganada la Nueva-España fué fiscal é vecino en Méjico:
—«Señor capitan, no esté vuestra merced tan triste; que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuestra merced:
Mira Nero, de Tarpeya, Á Roma cómo se ardia.»
Y Cortés le dijo que ya veia cuántas veces habia enviado á Méjico á rogalles con la paz, y que la tristeza no la tenia por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habiamos de ver hasta tornar á señorear, y que con la ayuda de Dios presto lo porniamos por la obra.
Dejemos estas pláticas y romances, pues no estábamos en tiempo dellos, y digamos cómo se tomó parecer entre nuestros capitanes y soldados si dariamos una vista á la calzada, pues estaba tan cerca de Tacuba, donde estábamos; y como no habia pólvora ni muchas saetas, y todos los más soldados de nuestro ejército heridos, acordándosenos que otra vez, poco más habia de un mes, que Cortés les probó á entrar en la calzada con muchos soldados que llevaba, y estuvo en gran peligro; porque temió ser desbaratado, como dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla; y fué acordado que luego nos fuésemos nuestro camino, por temor no tuviésemos en ese dia ó en la noche alguna refriega con los mejicanos; porque Tacuba está muy cerca de la gran ciudad de Méjico, y con la llevada que entónces llevaron vivos de los soldados no enviase Guatemuz sus grandes poderes contra nosotros; y comenzamos á caminar, y pasamos por Escapuzalco y hallámosle despoblado, y luego fuimos á Tenayuca, que era gran pueblo, que le soliamos llamar el pueblo de las Sierpes.
Ya he dicho otra vez, en el capítulo que dello habla, que tenian tres sierpes en el oratorio mayor en que adoraban, y las tenian por sus ídolos, y tambien estaban despoblados; y desde allí fuimos á Guatitlan, y en todo este dia no dejó de llover muy grandes aguaceros, y como íbamos con nuestras armas á cuestas, que jamás las quitábamos de dia ni de noche, y con la mucha agua y del peso dellas íbamos quebrantados, y llegamos ya que anochecia á aquel gran pueblo, y tambien estaba despoblado, y en toda la noche no dejó de llover, y habia grandes lodos, y los naturales dél y otros escuadrones mejicanos nos daban tanta grita de noche desde unas acequias y partes que no les podiamos hacer mal; y como hacia muy escuro y llovia, no se podian poner velas ni rondas, y no hubo concierto ninguno ni acertábamos con los puestos; y esto digo porque á mí me pusieron para velar la prima, y jamás acudió á mi puesto ni cuadrillero ni rondas, y así se hizo en todo el real.
Dejemos deste descuido, y tornemos á decir que otro dia fuimos camino de otra gran poblacion, que no me acuerdo el nombre, y habia grandes lodos en él, y hallámosla despoblada; y otro dia pasamos por otros pueblos y tambien estaban despoblados; y otro dia llegamos á un pueblo que se dice Aculman, sujeto de Tezcuco; y como supieron en Tezcuco cómo íbamos, salieron á recebir á Cortés, é vinieron muchos españoles que habian venido entónces de Castilla.
Y tambien vino á recebirnos el capitan Gonzalo de Sandoval con muchos soldados, y juntamente el señor de Tezcuco, que ya he dicho que se decia don Fernando; y se hizo á Cortés buen recebimiento, así de los nuestros como de los recien venidos de Castilla, y muchos más de los naturales de los pueblos comarcanos; pues trujeron de comer, y luego esa noche se volvió á Sandoval á Tezcuco con todos sus soldados á poner en cobro su real.
Y otro dia por la mañana fué Cortés con todos nosotros camino de Tezcuco; y como íbamos cansados y heridos, y dejábamos muertos nuestros soldados y compañeros, y sacrificados en poder de los mejicanos, en lugar de descansar y curar nuestras heridas, tenian ordenada una conjuracion ciertas personas de calidad, de la parcialidad de Narvaez, de matar á Cortés y á Gonzalo de Sandoval é á Pedro de Alvarado é Andrés de Tapia.
Y lo que más pasó diré adelante.
CAPÍTULO CXLVI.
CÓMO DESQUE LLEGAMOS CON CORTÉS Á TEZCUCO CON TODO NUESTRO EJÉRCITO Y SOLDADOS, DE LA ENTRADA DE RODEAR LOS PUEBLOS DE LA LAGUNA, TENIAN CONCERTADO ENTRE CIERTAS PERSONAS DE LOS QUE HABIAN PASADO CON NARVAEZ, DE MATAR Á CORTÉS Y Á TODOS LOS QUE FUÉSEMOS EN SU DEFENSA; Y QUIEN FUÉ PRIMERO AUTOR DE AQUELLA CHIRINOLA FUÉ UNO QUE HABIA SIDO GRAN AMIGO DE DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA; AL CUAL SOLDADO CORTÉS LE MANDÓ AHORCAR POR SENTENCIA; Y CÓMO SE HERRARON LOS ESCLAVOS Y SE APERCIBIÓ TODO EL REAL Y LOS PUEBLOS NUESTROS AMIGOS, Y SE HIZO ALARDE Y ORDENANZAS, Y OTRAS COSAS QUE MÁS PASARON.
Ya he dicho, como veniamos tan destrozados y heridos de la entrada por mí nombrada, pareció ser que un gran amigo del gobernador de Cuba, que se decia Antonio de Villafaña, natural de Zamora ú de Toro, se concertó con otros soldados de los de Narvaez, los cuales no nombro sus nombres por su honor, que así como viniese Cortés de aquella entrada, que le matasen, y habia de ser desta manera: que, como en aquella sazon habia venido un navío de Castilla, que cuando Cortés estuviese sentado á la mesa comiendo con sus capitanes é soldados, que entre aquellas personas que tenian hecho el concierto, que trujesen una carta muy cerrada y sellada, como que venia de Castilla, y que dijesen que era de su padre Martin Cortés, y que cuando la estuviese leyendo le diesen de puñaladas, y así al Cortés como á todos los capitanes y soldados que cerca de Cortés nos hallásemos en su defensa.
Pues ya hecho y consultado todo lo por mí dicho, los que lo tenian concertado, quiso nuestro Señor que dieron parte del negocio á dos personas principales, que aquí tampoco quiero nombrar, que habian ido en la entrada con nosotros, y aun á uno dellos en el concierto que tenian le habian nombrado por uno de los capitanes generales despues que hubiesen muerto á Cortés; y asimismo á otros soldados de los de Narvaez hacian alguacil mayor é alférez, y alcaldes y regidores, y contador y tesorero y veedor, y otras cosas deste arte, y aun repartido entre ellos nuestros bienes y caballos; y este concierto estuvo encubierto dos dias despues que llegamos á Tezcuco; y nuestro Señor Dios fué servido que tal cosa no pasase, porque era perderse la Nueva-España y todos nosotros muriéramos, porque luego se levantaran bandos y chirinolas.
Pareció ser que un soldado lo descubrió á Cortés, que luego pusiese remedio en ello ántes que más fuego sobre aquel caso se encendiese; porque le certificó aquel buen soldado que eran muchas personas de calidad en ello; y como Cortés lo supo, despues de hacer grandes ofrecimientos y dádivas que le dió á quien se lo descubrió, muy presto secretamente lo hace saber á todos nuestros capitanes, que fueron Pedro de Albarado é Francisco de Lugo, y á Cristóbal de Olí y á Gonzalo de Sandoval, é Andrés de Tapia é á mí y á dos alcaldes ordinarios que eran de aquel año, que se decian Luis Marin y Pedro de Ircio, y á todos nosotros los que éramos de la parte de Cortés; y así como lo supimos, nos apercebimos, y sin más tardar fuimos con Cortés á la posada de Antonio de Villafaña, y estaban con él muchos de los que eran en la conjuracion, y de presto le echamos mano al Villafaña con cuatro alguaciles que Cortés llevaba, y los capitanes y soldados que con el Villafaña estaban comenzaron á huir, y Cortés les mandó detener y prender algunos dellos.
Y cuando tuvimos preso al Villafaña, Cortés le sacó del seno el memorial que tenia con las firmas de los que fueron en el concierto que dicho tengo; y como lo hubo leido vió que eran muchas personas en ello de calidad, é por no infamarlos, echó fama que comió el memorial el Villafaña, y que no le habia visto ni leido, é luego hizo proceso contra él; y tomada la confesion, dijo la verdad, é con muchos testigos que habia de fe y de creer, que tomaron sobre el caso, por sentencia que dieron los alcaldes ordinarios, juntamente con Cortés y el maestre de campo Cristóbal de Olí, y despues que se confesó con el padre Juan Diaz, le ahorcaron de una ventana del aposento donde posaba el Villafaña; y no quiso Cortés que otro ninguno fuese infamado en aquel mal caso, puesto que en aquella sazon echaron presos á muchos por tener temores y hacer señal que queria hacer justicia de otros; y como el tiempo no daba lugar á ello, se disimuló; y luego acordó Cortés de tener guarda para su persona, y fué su capitan un hidalgo que se decia Antonio de Quiñones, natural de Zamora, con doce soldados, buenos hombres y esforzados, y le velaban de dia y de noche, y á nosotros de los que sentia que éramos de su banda, nos rogaba que mirásemos por su persona.
Y desde allí adelante, aunque mostraba gran voluntad á las personas que eran en la conjuracion, siempre se recelaba dellos.
Dejemos esta materia, y digamos cómo luego se mandó pregonar que todos los indios é indias que habiamos habido en aquellas entradas los llevasen á herrar dentro de dos dias á una casa que estaba señalada para ello; y por no gastar más palabras en esta relacion sobre la manera que se vendia en la almoneda, más de las que otras veces tengo dichas en las dos veces que se herraron, si mal lo habian hecho de ántes, muy peor se hizo esta vez, que, despues de sacado el real quinto, sacaba Cortés el suyo, y otras treinta socaliñas para capitanes; y si eran hermosas y buenas indias las que metiamos á herrar, las hurtaban de noche del monton que no parecian hasta de ahí á buenos dias; y por esta causa se dejaban de herrar muchas piezas que despues teniamos por naborías.
Dejemos de hablar en esto, y digamos lo que despues en nuestro real se ordenó.
CAPÍTULO CXLVII.
CÓMO CORTÉS MANDÓ Á TODOS LOS PUEBLOS NUESTROS AMIGOS QUE ESTABAN CERCANOS DE TEZCUCO, QUE HICIESEN ALMACEN DE SAETAS É CASQUILLOS DE COBRE, Y LO QUE EN NUESTRO REAL MÁS PASÓ.
Como se hubo hecho justicia del Antonio de Villafaña, y estaban ya pacíficos los que eran juntamente con él conjurados de matar á Cortés y á Pedro de Albarado y al Sandoval y á los que fuésemos en su defensa, segun más largamente lo tengo escrito en el capítulo pasado, é viendo Cortés que ya los bergantines estaban hechos, y puestas sus jarcias y velas y remos muy buenos, y más remos de los que habian menester para cada bergantin, y la zanja de agua por donde habian de salir á la laguna muy ancha é hondable, envió á decir á todas los pueblos nuestros amigos que estaban cerca de Tezcuco, que en cada pueblo hiciesen ocho mil casquillos de cobre, que fuesen segun otros que les llevaron por muestra, que eran de Castilla; y asimismo les mandó que en cada pueblo labrasen y desbastasen otras ocho mil saetas de una madera muy buena, que tambien les llevaron muestra, y les dió de plazo ocho dias para que trujesen las saetas y casquillos á nuestro real; lo cual trujeron para el tiempo que se les mandó, que fueron más de cincuenta mil casquillos y otras tantas mil saetas, y los casquillos fueron mejores que los de Castilla.
Y luego mandó Cortés á Pedro Barba, que en aquella sazon era capitan de ballesteros, que los repartiese, así saetas como casquillos, entre todos los ballesteros, é que les mandase que siempre desbastasen el almacen, y las emplumasen con engrudo, que pega mejor que lo de Castilla, que se hace de unas como raices que se dice cactle; y asimismo mandó al Pedro Barba que cada ballestero tuviese dos cuerdas bien pulidas y aderezadas para sus ballestas, y otras tantas nueces, para que si se quebrase alguna cuerda ó faltase la nuez, que luego se pusiese otra, é que siempre tirasen á terreno y viesen á qué pasos allegaba la fuga de sus ballestas, y para ello se les dió mucho hilo de Valencia para las cuerdas; porque en el navío que he dicho que vino pocos dias habia de Castilla, que era de Juan de Búrgos, trujo mucho hilo y gran cantidad de pólvora y ballestas y otras muchas armas, y herraje y escopetas.
Y tambien mandó Cortés á los de á caballo que tuviesen sus caballos herrados y las lanzas puestas á punto, é que cada dia cabalgasen y corriesen y les mostrasen muy bien á revolver y escaramuzar; y hecho esto, envió mensajeros y cartas á nuestro amigo Xicotenga el viejo, que, como ya he dicho otras veces, era vuelto cristiano y se llamaba don Lorenzo de Vargas, y á su hijo Xicotenga el mozo, y á sus hermanos y al Chichimecatecle, haciéndoles saber que en pasando el dia de Corpus Christi habiamos de partir de aquella ciudad para ir sobre Méjico á ponelle cerco, y que le enviase veinte mil guerreros de los suyos de Tlascala y los de Guaxocingo y Cholula, pues todos eran amigos y hermanos en armas; é ya lo sabian los tlascaltecas de sus mismos indios el plazo y concierto, como siempre iban de nuestro real cargados de despojos de las entradas que haciamos.
Tambien apercibió á los de Chalco y Talmanalco y sus sujetos que se apercibiesen para cuando los enviásemos á llamar; y se les hizo saber cómo era para poner cerco á Méjico, y en qué tiempo habiamos de ir; y tambien se les dijo á don Hernando, señor de Tezcuco, y á sus principales y á todos sus sujetos, y á todos los más pueblos nuestros amigos; y todos á una respondieron que lo harian muy cumplidamente lo que Cortés les enviaba á mandar, é que vernian, y los de Tlascala vinieron pasada la Pascua del Espíritu Santo.
Hecho esto, se acordó de hacer alarde un dia de Pascua, lo cual diré adelante el concierto que se dió.
CAPÍTULO CXLVIII.
CÓMO SE HIZO ALARDE EN LA CIUDAD DE TEZCUCO EN LOS PATIOS MAYORES DE AQUELLA CIUDAD, Y LOS DE Á CABALLO, BALLESTEROS Y ESCOPETEROS Y SOLDADOS QUE SE HALLARON, Y LAS ORDENANZAS QUE SE PREGONARON, Y OTRAS COSAS QUE SE HICIERON.
Despues que se dió la órden, así como ántes he dicho, y se enviaron mensajeros y cartas á nuestros amigos los de Tlascala y á los de Chalco, y se dió aviso á los demás pueblos, acordó Cortés con nuestros capitanes y soldados que para el segundo dia del Espíritu Santo, que fué el año de 1521 años, se hiciese alarde; el cual alarde se hizo en los patios mayores de Tezcuco, y halláronse ochenta y cuatro de á caballo y seiscientos y cincuenta soldados de espada y de rodela, é muchos de lanzas, é ciento y noventa y cuatro ballesteros y escopeteros; y destos se sacaron para los trece bergantines los que ahora diré: para cada bergantin doce ballesteros y escopeteros, estos no habian de remar; y demás desto, tambien se sacaron otros doce remeros para cada bergantin, á seis por banda, que son los doce que he dicho. Y demás desto, un capitan por cada bergantin.
Por manera que sale á cada bergantin á veinte y cinco soldados con el capitan, é trece bergantines que eran, á veinte y cinco soldados, son ducientos y ochenta y ocho, y con los artilleros que les dieron, demás de los veinte y cinco soldados, fueron en todos los bergantines trecientos soldados por la cuenta que he dicho; y tambien les repartió los tiros de fustera é halconetes que teniamos y la pólvora que les parecia que habian menester; y esto hecho, mandó pregonar las ordenanzas que todos habiamos de guardar.
Lo primero, que ninguna persona fuese osada de blasfemar de Nuestro Señor Jesucristo ni de Nuestra Señora su bendita Madre, ni de los Santos Apóstoles ni otros Santos, so graves penas.
Lo segundo, que ningun soldado tratase mal á nuestros amigos, pues iban para nos ayudar, ni les tomasen cosa ninguna, aunque fuesen de las cosas que ellos habian adquirido en la guerra, ni plata ni chalchihuies.
Lo tercero, que ningun soldado fuese osado de salir ni de dia ni de noche de nuestro real para ir á ningun pueblo de nuestros amigos ni á otra parte á traer de comer ni á otra cualquier cosa, so graves penas.
Lo cuarto, que todos los soldados llevasen muy buenas armas y bien colchadas, y gorjal y papahigos y antiparas y rodelas; que, como sabiamos, que era tanta la multitud de vara y piedra y flecha y lanza, para todo era menester llevar las armas que decia el pregon.
Lo quinto, que ninguna persona jugase caballo ni armas, por via ninguna, con gran pena que se les puso.
Lo sexto y último, que ningun soldado ni hombre de á caballo ni ballestero ni escopetero duerma sin estar con todas sus armas vestidas y con alpargates calzados, excepto si no fuese con gran necesidad de heridas ó estar doliente, porque estuviésemos muy bien aparejados para cualquier tiempo que los mejicanos viniesen á nos dar guerra.
Y demás desto, se pregonaron las leyes que se mandan guardar en lo militar, que es al que se duerme en la vela ó se va del puesto que le ponen, pena de muerte; y se pregonó que ningun soldado vaya de un real á otro sin licencia de su capitan, so pena de muerte.
Más se pregonó, que el soldado que dejare su capitan en la guerra ó batalla é se huya, pena de muerte.
Esto pregonado, diré en lo que más se entendió.
CAPÍTULO CXLIX.
CÓMO CORTÉS BUSCÓ Á LOS MARINEROS QUE ERAN MENESTER PARA REMAR EN LOS BERGANTINES, Y SE LES SEÑALÓ CAPITANES QUE HABIAN DE IR EN ELLOS, Y DE OTRAS COSAS QUE SE HICIERON.
Despues de hecho el alarde ya otras veces dicho, como vió Cortés que para remar los bergantines no hallaban tantos hombres del mar que supiesen remar, puesto que bien se conocian los que habiamos traido en nuestros navíos que dimos al través con ellos cuando venimos con Cortés, é asimismo se conocian los marineros de los navíos de Narvaez y de los de Jamáica, y todos estaban puestos por memoria y los habian apercebido porque habian de remar, y aun con todos ellos no habia recaudo para todos trece bergantines, y muchos dellos rehusaban y aun decian que no habian de remar; y Cortés hizo pesquisa para saber los que eran marineros y habian visto que iban á pescar, ó si eran de Pálos ó Moguer ú de Triana ú del Puerto ú de otro cualquier puerto ó parte donde hay marineros, les mandaba, so graves penas, que entrasen en los bergantines, y aunque más hidalgos dijesen que eran, les hizo ir á remar; y desta manera juntó ciento y cincuenta hombres para remar, y ellos fueron los mejor librados que nosotros los que estábamos en las calzadas batallando, y quedaron ricos de despojos, como adelante diré.