Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 16

Chapter 164,096 wordsPublic domain

Aquí se hubieron muy buenas indias é despojos, y no aguardaron ningunos mejicanos ni los naturales en el pueblo; y nuestro Cortés envió á llamar á los caciques por tres ó cuatro veces que viniesen todos de paz, y que si no venian, que les quemaria el pueblo y los iriamos á buscar; y la respuesta fué que no querian venir; é porque otros pueblos tuviesen temor dello, mandó poner fuego á la mitad de las casas que allí cerca estaban, y en aquel instante vinieron los caciques del pueblo por donde aquel dia pasamos, que ya he dicho que se dice Yautepeque, y dieron la obediencia á su Majestad; y otro dia fuimos camino de otro mejor y mayor pueblo, que se dice Coadalbaca, y comunmente corrompimos ahora aquel vocablo y le llamamos Cuernabaca, y habia dentro en él mucha gente de guerra, ansí de mejicanos como de los naturales, y estaba muy fuerte por unas cavas y riachuelo que están en las barrancas por donde corre el agua, muy hondas, de más de ocho estados abajo, puesto que no llevaban mucha agua, y es fortaleza para ellos; y tambien no habia entrada para caballos sino por unas dos puentes, y teníanlas quebradas; y desta manera estaban tan fuertes, que no los podiamos llegar, puesto que nos llegábamos á pelear con ellos desta parte de sus cavas y riachuelo en medio, y ellos nos tiraban mucha vara y flecha é piedras con hondas; y estando desta manera, avisaron á Cortés que más adelante, obra de media legua, habia entrada para los caballos, y luego fué allá con los de á caballo, y todos nosotros estábamos buscando paso, y vimos que desde unos árboles que estaban junto con la cava se podia pasar á la otra parte de aquella honda cava, y puesto que cayeron tres soldados desde los árboles abajo en el agua, y aun el uno se quebró la pierna, todavía pasamos, aunque con harto peligro; porque de mí digo que verdaderamente cuando pasaba que lo vi muy peligroso é malo de pasar, y se me desvanecia la cabeza, y todavía pasé yo y otros veinte ó treinta soldados y muchos tlascaltecas, y comenzamos á dar por las espaldas de los mejicanos, que estaban tirando vara y flecha á los nuestros; y cuando lo vieron, que lo tenian por cosa imposible, creyeron que éramos muchos más; y en este instante allegaron Cristóbal de Olí é Pedro de Albarado y Andrés de Tapia, con otros de á caballo, que habian pasado con mucho riesgo de sus personas por una puente quebrada, y damos en los contrarios; por manera que volvieron las espaldas y se fueron huyendo á los montes y á otras partes de aquella honda cava, donde no se pudieron haber; é dende á poco rato tambien llegó Cortés con todos los demás de á caballo.

En este pueblo se hubo gran despojo, ansí de mantas muy grandes como de buenas indias, é allí mandó Cortés que estuviésemos aquel dia, y en una huerta del señor de aquel pueblo nos aposentamos todos, y era muy buena.

Que quiera decir el gran recaudo de velas y escuchas y corredores del campo que do quiera que estábamos ó por los caminos llevábamos, es prolijidad recitallo tantas veces: y por esta causa pasaré adelante, y diré que vinieron nuestros corredores del campo á decir á Cortés que venian hasta veinte indios, y á lo que parecia en sus meneos y semblantes eran caciques y hombres principales que le traian mensajes ó á demandar paces, y eran los caciques de aquel pueblo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba le hicieron mucho acato y le presentaron ciertas joyas de oro, y le dijeron que les perdonase porque no salieron de paz, que el señor de Méjico les enviaba á mandar que, pues estaban en fortaleza, que desde allí nos diesen guerra, y les envió un buen escuadron de mejicanos para que les ayudasen; é que á lo que ahora han visto, que no habrá cosa, por fuerte que sea, que no la combatamos y señoreemos, y que le piden por merced que los reciba de paz; y Cortés les mostró buena cara y dijo que somos vasallos de un gran señor, que es el Emperador D. Cárlos, que á los que le quisieren servir que á todos hace mercedes, y que á ellos en su Real nombre los recibe de paz; y allí dieron la obediencia á su majestad; y acuérdome que dijeron aquellos caciques que en pago de no haber venido de paz hasta entónces permitieron nuestros dioses á los suyos que les hiciese castigo en sus personas y haciendas.

Donde los dejaré agora; y digamos cómo otro dia de mañana caminamos para otra gran poblacion que se dice Suchimileco; y lo que pasamos en el camino y en la ciudad y reencuentros de guerra que nos dieron diré adelante, hasta que volvimos á Tezcuco, y lo que más pasamos.

CAPÍTULO CXLV.

DE LA GRAN SED QUE HUBO EN ESTE CAMINO, Y DEL PELIGRO EN QUE NOS VIMOS EN SUCHIMILECO CON MUCHAS BATALLAS Y REENCUENTROS QUE CON LOS MEJICANOS Y CON LOS NATURALES DE AQUELLA CIUDAD TUVIMOS, Y DE OTROS MUCHOS REENCUENTROS DE GUERRAS QUE HASTA VOLVER Á TEZCUCO PASAMOS.

Pues como caminamos para Suchimileco, que es una gran ciudad, y en toda la más della están fundadas las casas en el agua, de agua dulce, y estará de Méjico obra de dos leguas y media; pues yendo por nuestro camino con gran concierto y ordenanza, como lo teniamos de costumbre, fuimos por unos pinares, y no habia agua en todo el camino; y como íbamos con nuestras armas á cuestas y era ya tarde y hacia gran sol, aquejábanos mucho la sed, y no sabiamos si habia agua adelante, y habiamos andado ciertas leguas, ni tampoco teniamos certinidad qué tanto estaba de allí un pozo que nos decian que habia en el camino; y como Cortés así vido todo nuestro ejército cansado, y los amigos tlascaltecas se desmayaron y se murió uno de sed, y un soldado de los nuestros que era viejo y estaba doliente, me parece que tambien se murió de sed, acordó Cortés de parar á la sombra de unos pinares, y mandó á seis de á caballo que fuesen adelante, camino de Suchimileco, é que viesen qué tanto de allí habia poblacion ó estancias, ó el pozo que tuvimos noticia que estaba cerca, para ir á dormir á él; y cuando fueron los de á caballo, que era Cristóbal de Olí y un Valdenebro y Pedro Gonzalez de Trujillo, y otros muy esforzados varones, acordé yo de me apartar en parte que no me viese Cortés ni los de á caballo, y llevé tres naborías mios tlascaltecas, bien esforzados é sueltos indios, y fuí tras ellos hasta que me vieron ir, y me aguardaron para me hacer volver, no hubiese algun rebato de guerreros mejicanos donde no me pudiese valer, é yo todavía porfiaba á ir con ellos; y el Cristóbal de Olí, como era yo su amigo, me dijo que fuese y que aparejase los puños á pelear con los indios y los piés á ponerme en salvo, y era tanta la sed que tenia, que aventuraba mi vida por me hartar de agua.

Y pasando obra de media legua adelante, habia muchas estancias y caserías de los de Suchimileco en unas laderas de unas sierrezuelas; entónces los de á caballo que he dicho se apartaron para buscar agua en las casas, y la hallaron y se hartaron de ella, y uno de mis tlascaltecas me sacó de una casa un gran cántaro de agua, que así los hay grandes cántaros en aquella tierra, de que me harté yo y ellos; y entónces acordé desde allí de me volver donde estaba Cortés reposando, porque los moradores de aquellas estancias ya comenzaban á se apellidar y nos daban grita, y truje el cántaro lleno de agua con los tlascaltecas, y hallé á Cortés que ya comenzaba á caminar con todo su ejército; y como le dije que habia agua en unas estancias muy cerca de allí y que habia bebido y que traia agua en el cántaro, la cual traian los tlascaltecas muy escondida porque no me la tomasen, porque á la sed no hay ley; de la cual bebió Cortés y otros caballeros, y se holgó mucho, y todos se alegraron y se dieron priesa á caminar, y llegamos á las estancias ántes de se poner el sol, y por las casas hallaron agua, aunque no mucha, y con la sed que traian algunos soldados, comian unos como cardos, y á algunos se les dañaron las bocas y lenguas; y en este instante vinieron los de á caballo é dijeron que el pozo que estaba léjos, y que ya estaba toda la tierra apellidando guerra, é que era bien dormir allí; y luego pusieron velas y espías y corredores del campo, é yo fuí uno de los que pusieran por velas, y paréceme que llovió aquella noche un poco ó que hizo mucho viento; y otro dia muy de mañana comenzamos á caminar; é á obra de las ocho llegamos á Suchimileco.

Saber yo ahora decir la multitud de guerreros que nos estaban esperando, unos por tierra é otros en un paso de una puente que tenian quebrada, é los muchos mamparos y albarradas que tenian hecho en ellas, é las lanzas que traian hechas como al modo de las espadas que hubieron cuando la gran matanza que hicieron de los nuestros en lo de las puentes de Méjico, y otros muchos indios capitanes que todos traian espadas de las nuestras muy relucientes; pues flecheros y varas de á dos gajos, y piedra con hondas, y espadas de á dos manos como montantes, hechas de á dos manos de navajas.

Digo que estaba toda la tierra firme llena dellos, y al pasar de aquella puente estuvieron peleando con nosotros cerca de media hora, que no les podiamos entrar, que ni bastaban ballestas ni escopetas ni grandes arremetidas que haciamos, y lo peor de todo era que ya venian otros escuadrones dellos, por las espaldas dándonos guerra; y cuando aquello vimos, rompimos por el agua y puente medio nadando, y otros á vuelapié, y allí hubo algunos de nuestros soldados que bebieron tanta agua por fuera, que se les hincharon las barrigas dello.

Y volvamos á nuestra batalla: que al pasar de la puente hirieron á muchos de los nuestros é mataron dos soldados, y luego les llevamos á buenas cuchilladas por unas calles donde habia tierra firme adelante, y los de á caballo, juntamente con Cortés, salen por otras partes á tierra firme, á donde toparon sobre más de diez mil indios, todos mejicanos, que venian de refresco para ayudar á los de aquel pueblo; y peleaban de tal manera con los nuestros, que les aguardaban con las lanzas á los de á caballo, é hirieron á cuatro dellos; y Cortés, que se halló en aquella gran presa, y el caballo en que iba, que era muy bueno, castaño escuro, que le llamaban el Romo, ú de muy gordo ú de cansado, como estaba holgado, desmayó el caballo, y los contrarios mejicanos, como eran muchos, echaron mano á Cortés y le derribaron del caballo; otros dijeron que por fuerza le derrocaron; ahora sea por lo uno ó por lo otro, en aquel instante llegaron muchos más guerreros mejicanos para si pudieran apañarle vivo á Cortés; y como aquello vieron unos tlascaltecas y un soldado muy esforzado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja, de tierra de Medina del Campo, de presto llegaron, y á buenas cuchilladas y estocadas hicieron lugar, y tornó Cortés á cabalgar, aunque bien herido en la cabeza, y quedó el Olea muy malamente herido de tres cuchilladas; y en aquel tiempo acudimos allí todos los más soldados que más cerca dél nos hallamos; porque en aquella sazon, como en aquella ciudad habia en cada calle muchos escuadrones de guerreros y por fuerza habiamos de seguir las banderas, no podiamos estar todos juntos, sino pelear unos á unas partes y otros á otras, como nos fué mandado por Cortés; mas bien entendimos que donde andaba Cortés y los de á caballo que habia mucho que hacer, por las muchas gritas y voces y alaridos que oiamos.

Y en fin de más razones, puesto que habia á donde andábamos muchos guerreros, fuimos con gran riesgo de nuestras personas á donde estaba Cortés, que ya se le habian juntado hasta quince de á caballo y estaban peleando con los enemigos junto á unas acequias, á donde se mamparaban y estaban albarradas; y como llegamos, les pusimos en huida, aunque no del todo volvian las espaldas; y porque el soldado Olea que acudió á nuestro Cortés estaba muy mal herido de tres cuchilladas y se desangraba, y las calles de aquella ciudad estaban llenas de guerreros, dijimos á Cortés que se volviese á unos mamparos y se curase el Cortés y el Olea; y así volvimos, y no muy sin sobra de vara y piedra y flecha, que nos tiraban de muchas partes donde tenian mamparos y albarradas, creyendo los mejicanos, que volviamos retrayéndonos, é nos seguian con gran furia; y en este instante viene Pedro de Albarado é Andrés de Tapia y Cristóbal de Olí y todos los más de á caballo que fueron con ellos á otras partes, el Olí corriendo sangre de la cara y el Pedro de Albarado herido, y el caballo y todos los demás cada cual con su herida, y dijeron que habian peleado con tanto mejicano en el campo, que no se podian valer; y porque cuando pasamos la puente que dicho tengo, parece ser Cortés los repartió que la mitad de á caballo fuesen por una parte y la otra mitad por otra; y así, fueron siguiendo tras unos escuadrones, y la otra mitad tras los otros.

Pues ya que estábamos curando los heridos con quemalles con aceite é apretalles con mantas, suenan tantas voces y trompetillas é caracoles por unas calles en tierra firme, y por ellas vienen tantos mejicanos á un patio donde estábamos curando los heridos, é tírannos tanta vara y piedra, que hirieron de repente á muchos soldados; mas no les fué muy bien de aquella cabalgada, que presto arremetimos con ellos, y buenas cuchilladas y estocadas quedaron hartos dellos tendidos.

Pues los de á caballo no tardaron en salilles al encuentro, que mataron muchos, puesto que entónces hirieron dos caballos é mataron un soldado; de aquella vez los echamos de aquel sitio é patio; y cuando Cortés vió que no habia más contrarios, nos fuimos á reposar á otro grande patio, adonde estaban los grandes adoratorios de aquella ciudad, y á muchos de nuestros soldados subieron en el cu más alto, adonde tenian sus ídolos, y desde allí vieron la gran ciudad de Méjico y toda la laguna, porque bien se señoreaba todo; y vieron venir sobre dos mil canoas que venian de Méjico llenas de guerreros, y venian derechos adonde estábamos; porque, segun otro dia supimos, el señor de Méjico, que se decia Guatemuz, les enviaba para que aquella noche ó dia diesen en nosotros; y juntamente envió por tierra sobre otros diez mil guerreros para que, unos por una parte y otros por otra, tuviesen manera que no saliésemos de aquella ciudad con las vidas ninguno de nosotros.

Tambien habia apercebido otros diez mil hombres para les enviar de refresco cuando estuviesen dándonos guerra, y esto se supo otro dia de cinco capitanes mejicanos que en las batallas prendimos; y mejor lo ordenó nuestro Señor Jesucristo; porque así como vino aquella gran flota de canoas, luego se entendió que venian contra nosotros, y acordóse que hubiese muy buena vela en todo nuestro real, repartido á los puertos y acequias por donde habian de venir á desembarcar, y los de á caballo muy á punto toda la noche, ensillados y enfrenados, aguardando en la calzada y tierra firme, y todos los capitanes, y Cortés con ellos, haciendo vela y ronda toda la noche, é á mí é á otros diez soldados nos pusieron por velas sobre unas paredes de cal y canto, y tuvimos muchas piedras é ballestas y escopetas y lanzas grandes adonde estábamos, para que si por allí, en unas acequias que era desembarcadero, llegasen canoas, que los resistiésemos é hiciésemos volver, é á otros soldados pusieron en guarda en otras acequias.

Pues estando velando yo y mis compañeros, sentimos el rumor de muchas canoas que venian á remo callado á desembarcar á aquel puesto donde estábamos, y á buenas pedradas y con las lanzas les resistimos, que no osaron desembarcar, y á uno de nuestros compañeros enviamos que fuese á dar aviso á Cortés; y estando en esto, volvieron otra vez otras muchas canoas cargadas de guerreros, y nos comenzaron á tirar mucha vara y piedra y flecha, y los tornamos á resistir, y entónces descalabraron á dos de nuestros soldados; y como era de noche muy escuro, se fueron á ajuntar las canoas con sus capitanes de la flota de canoas, y todas juntas fueron á desembarcar á otro puertezuelo ó acequias hondas; y como no son acostumbrados á pelear de noche, se juntaron todos con los escuadrones que Guatemuz enviaba por tierra, que eran ya dellos más de quince mil indios.

Tambien quiero decir, y esto no por me jactanciar, que como nuestro compañero fué á dar aviso á Cortés cómo habian llegado allí en el puerto donde velábamos muchas canoas de guerreros, segun dicho tengo, luego vino á hablar con nosotros el mismo Cortés, acompañado de diez de á caballo, y cuando llegó cerca sin nos hablar, dimos voces yo y un Gonzalo Sanchez, que era del Algarbe portugués, y dijimos:

—«¿Quién viene ahí? ¿No podeis hablar?»

Y le tiramos tres ó cuatro pedradas: y como me conoció Cortés en la voz á mí y á mi compañero, dijo Cortés al tesorero Julian de Alderete y á fray Pedro Melgarejo y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, que le acompañaban á rondar:

—«No es menester poner aquí más recaudo, que dos hombres están aquí puestos entre los que velan, que son de los que pasaron conmigo de los primeros, que bien podemos fiar dellos esta vela, y aunque sea otra cosa de mayor afrenta.»

Y desque nos hablaron, dijo Cortés que mirásemos el peligro en que estábamos; se fueron á requerir á otros puestos, y cuando no me cato, sin más nos hablar, oimos cómo traian á un soldado azotando por la vela, y era de los de Narvaez.

Pues otra cosa quiero traer á la memoria, y es, que ya nuestros escopeteros no tenian pólvora ni los ballesteros saetas; que el dia ántes se dieron tal priesa, que lo habian gastado; y aquella misma noche mandó Cortés á todos los ballesteros que alistasen todas las saetas que tuviesen y las emplumasen y pusiesen sus casquillos, porque siempre traiamos en las entradas muchas cargas de almacen de saetas, y sobre cinco cargas de casquillos hechos de cobre, y todo aparejo para donde quiera que llegásemos tener saetas; y toda la noche estuvieron emplumando y poniendo casquillos todos los ballesteros, y Pedro Barba, que era su capitan, no se quitaba de encima de la obra, y Cortés, que de cuando en cuando acudia.

Dejemos esto, y digamos ya que fué de dia claro cual nos vinieron á cercar todos los escuadrones mejicanos en el patio donde estábamos: y como nunca nos cogian descuidados, los de á caballo por una parte, como era tierra firme, y nosotros por otra, y nuestros amigos los tlascaltecas, que nos ayudaban, rompimos por ellos y se mataron y hirieron tres de sus capitanes, sin otros muchos que luego otro dia se murieron; y nuestros amigos hicieron buena presa, y se prendieron cinco principales, de los cuales supimos los escuadrones que Guatemuz habia enviado; y en aquella batalla quedaron muchos de nuestros soldados heridos, é uno murió luego.

Pues no se acabó en esta refriega; que yendo los de á caballo siguiendo el alcance, se encuentran con los diez mil guerreros que el Guatemuz enviaba en ayuda é socorro de refresco de los que de ántes habia enviado, y los capitanes mejicanos que con ellos venian traian espadas de las nuestras, haciendo muchas muestras con ellas de esforzados, y decian que con nuestras armas nos habian de matar; y cuando los nuestros de á caballo se hallaron cerca dellos, como eran pocos, y eran muchos escuadrones, temieron; é á esta causa se pusieron en parte para no se encontrar luego con ellos hasta que Cortés y todos nosotros fuésemos en su ayuda; é como lo supimos, en aquel instante cabalgan todos los de á caballo que quedaban en el real, aunque estaban heridos ellos y sus caballos, y salimos todos los soldados y ballesteros, y con nuestros amigos los tlascaltecas, y arremetimos de manera, que rompimos y tuvimos lugar de nos juntar con ellos pié con pié, y á buenas estocadas y cuchilladas se fueron con la mala ventura, y nos dejaron de aquella vez el campo.

Dejemos esto, y tornaremos á decir que allí se prendieron otros principales, y se supo dellos que tenia Guatemuz ordenado de enviar otra gran flota de canoas y muchos más guerreros por tierra; y dijo á sus guerreros que cuando estuviésemos cansados, y heridos muchos y muertos de los reencuentros pasados, que estariamos descuidados con pensar que no enviaria más escuadrones contra nosotros, é que con los muchos que entónces enviaria nos podria desbaratar; y como aquello se supo, si muy apercebidos estábamos de ántes, mucho más lo estuvimos entónces, y fué acordado que para otro dia saliésemos de aquella ciudad y no aguardásemos más batallas; y aquel dia se nos fué en curar heridos y en adobar armas y hacer saetas; y estando de aquella manera, pareció ser que, como en aquella ciudad eran ricos y tenian unas casas muy grandes llenas de mantas, y ropa, y camisas de mujeres de algodon, y habia en ella oro y otras muchas cosas y plumajes, alcanzáronlo á saber los tlascaltecas y ciertos soldados en qué parte ó paraje estaban las casas, y se las fueron á mostrar unos prisioneros de Suchimileco, y estaban en la laguna dulce y podian pasar á ellas por una calzada, puesto que habia dos ó tres puentes chicas en la calzada, que pasaban á ellas de unas acequias hondas á otras; y como nuestros soldados fueron á las casas y las hallaron llenas de ropa, y no habia guarda, cárganse ellos y muchos tlascaltecas de ropa y otras cosas de oro, y se vienen con ello al real; y como lo vieron otros soldados, van á las mismas casas, y estando dentro sacando ropa de unas cajas muy grandes de madera, vino en aquel instante una gran flota de canoas de guerreros de Méjico y dan sobre ellos é hirieron muchos soldados, y apañan á cuatro soldados vivos é los llevaron á Méjico, é los demás se escaparon de buena; y llamábanse los que llevaron Juan de Lara, y el otro Alonso Hernandez, y de los demás no me acuerdo sus nombres, mas sé que eran de la capitanía de Andrés de Monjaraz.

Pues como le llevaron á Guatemuz estos cuatro soldados, alcanzó á saber cómo éramos muy pocos los que veniamos con Cortés y que muchos estaban heridos, y tanto como quiso saber de nuestro viaje, tanto supo; y como fué bien informado, manda cortar piés y brazos á los tristes nuestros compañeros, y los envia por muchos pueblos nuestros amigos de los que nos habian venido de paz, y les envia á decir que ántes que volvamos á Tezcuco piensa no quedará ninguno de nosotros á vida; y con los corazones y sangre hizo sacrificio á sus ídolos.

Dejemos esto, y digamos cómo luego tornó á enviar muchas flotas de canoas llenas de guerreros, y otras capitanías por tierra, y les mandó que procurasen que no saliésemos de Suchimileco con las vidas.

Y porque ya estoy harto de escribir de los muchos reencuentros y batallas que en estos cuatro dias tuvimos con mejicanos, é no puedo dejar otra vez de hablar en ellas, digo que cuando amaneció vinieron desta vez tantos culchúas mejicanos por los esteros, y otros por las calzadas y tierra firme, que tuvimos harto que romper en ellos; y luego nos salimos de aquella ciudad á una gran plaza que estaba algo apartada del pueblo, donde solian hacer sus mercados; y allí, puestos con todo nuestro fardaje para caminar, Cortés comenzó á hacer un parlamento acerca del peligro en que estábamos, porque sabiamos cierto que en los caminos é pasos malos nos estaban aguardando todo el poder de Méjico y otros muchos guerreros puestos en esteros y acequias; é nos dijo que seria bien, é así nos lo mandaba de hecho, que fuésemos desembarazados y dejásemos el fardaje é hato, porque no nos estorbase para el tiempo de pelear.

Y cuando aquello le oimos, todos á una le respondimos que, mediante Dios, que hombres éramos para defender nuestra hacienda y personas é la suya, y que seria gran poquedad si tal hiciésemos; y desque vió nuestra voluntad y respuesta, dijo que á la mano de Dios lo encomendaba; y luego se puso en concierto cómo habiamos de ir, el fardaje y los heridos en medio, y los de á caballo repartidos, la mitad dellos delante y la otra mitad en la retaguarda, y los ballesteros tambien con todos nuestros amigos, é allí poniamos más recaudo, porque siempre los mejicanos tenian por costumbre que daban en el fardaje; de los escopeteros no nos aprovechábamos, porque no tenian pólvora ninguna; y desta manera comenzamos á caminar.