Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 13

Chapter 134,160 wordsPublic domain

Y tambien mandó Cortés á Gonzalo de Sandoval que cuando tuviesen puestos en su tierra los de Chalco, que fuesen á un pueblo que allí cerca estaba en el camino, que en nuestra lengua le pusimos por nombre el Pueblo-Morisco, que era sujeto á Tezcuco; porque en aquel pueblo habian muerto cuarenta y tantos soldados de los de Narvaez y aun de los nuestros y muchos tlascaltecas, y robado tres cargas de oro cuando nos echaron de Méjico; y los soldados que mataron eran que venian de la Veracruz á Méjico cuando íbamos en el socorro de Pedro de Albarado; y Cortés le encargó al Sandoval que no dejase aquel pueblo sin buen castigo, puesto que más merecian los de Tezcuco, porque ellos fueron los agresores y capitanes de aquel daño, como en aquel tiempo eran muy hermanos en armas con la gran ciudad de Méjico, y porque en aquella sazon no se podia hacer otra cosa, se dejó de castigar en Tezcuco.

Y volvamos á nuestra plática, y es que Gonzalo de Sandoval hizo lo que el capitan le mandó, así en ir á la provincia de Chalco, que poco se rodeaba, y dejar allí á los dos mancebos señores della, y fué al Pueblo-Morisco, y ántes que llegasen los nuestros ya sabian por sus espías cómo iban sobre ellos, y desamparan el pueblo y se van huyendo á los montes, y el Sandoval los siguió, y mató tres ó cuatro porque hubo mancilla dellos; mas hubiéronse mujeres y mozas, é prendió cuatro principales, y el Sandoval los halagó á los cuatro que prendió, y les dijo que cómo habian muerto tantos españoles.

Y dijeron que los de Tezcuco y de Méjico los mataron en una celada que les pusieron en una cuesta por donde no podian pasar sino uno á uno, porque era muy angosto el camino; y que allí cargaron sobre ellos gran copia de mejicanos y de Tezcuco, y que entónces los prendieron y mataron, y que los de Tezcuco los llevaron á su ciudad, y los repartieron con los mejicanos; y esto que les fué mandado, y que no pudieron hacer otra cosa; y que aquello que hicieron, que fué en venganza del señor de Tezcuco, que se decia Cacamatzin, que Cortés tuvo preso y se habia muerto en las puentes.

Hallóse allí en aquel pueblo mucha sangre de los españoles que mataron, por las paredes, que habian rociado con ella á sus ídolos; y tambien se halló dos caras que habian desollado, y adobado los cueros como pellejos de guantes, y las tenian con sus barbas puestas y ofrecidas en unos de sus altares; y asimismo se halló cuatro cueros de caballos curtidos, muy bien aderezados, que tenian sus pelos y con sus herraduras, colgados y ofrecidos á sus ídolos en el su cu mayor; y halláronse muchos vestidos de los españoles que habian muerto, colgados y ofrecidos á los mismos ídolos; y tambien se halló en un mármol de una casa, adonde los tuvieron presos, escrito con carbones: «Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste, con otros muchos que traia en mi compañía.»

Este Juan Yuste era un hidalgo de los de á caballo que allí mataron, y de las personas de calidad que Narvaez habia traido; de todo lo cual el Sandoval y todos sus soldados hubieron mancilla y les pesó; mas ¿qué remedio habia ya que hacer sino usar de piedad con los de aquel pueblo, pues se fueron huyendo y no aguardaron, y llevaron sus mujeres é hijos, y algunas mujeres que se prendian lloraban por sus maridos y padres? Y viendo esto el Sandoval, á cuatro principales que prendió y á todas las mujeres las soltó, y envió á llamar á los del pueblo, los cuales vinieron y le demandaron perdon, y dieron la obediencia á su majestad y prometieron de ser siempre contra mejicanos y servirnos muy bien; y preguntados por el oro que robaron á los tlascaltecas cuando por allí pasaron, dijeron que otros habian tomado las cargas dello, y que los mejicanos y los señores de Tezcuco se lo llevaron, porque dijeron que aquel oro habia sido de Montezuma, y que lo habia tomado de sus templos y se lo dió á Malinche, que lo tenia preso.

Dejemos de hablar desto, y digamos cómo fué Sandoval camino de Tlascala, y junto á la cabecera del pueblo mayor, donde residian los caciques, topó con toda la madera y tablazon de los bergantines, que la traian á cuestas sobre ocho mil indios, y venian otros tantos á la retaguarda dellos con sus armas y penachos, y otros dos mil para remudar las cargas que traian el bastimento; y venian por capitanes de todos los tlascaltecas Chichimecatecle, que ya he dicho otras veces en los capítulos pasados que dello hablan, que era indio muy principal y esforzado; y tambien venian otros dos principales, que se decian Teulepile y Teutical, y otros caciques y principales, y á todos los traia á cargo Martin Lopez, que era el maestro que cortó la madera y dió la cuenta para las tablazones, y venian otros españoles que no me acuerdo sus nombres; y cuando Sandoval los vió venir de aquella manera hubo mucho placer por ver que le habian quitado aquel cuidado, porque creyó que estuviera en Tlascala algunos dias detenido, esperando á salir con toda la madera y tablazon; y así como venian, con el mismo concierto fueron dos dias caminando, hasta que entraron en tierra de mejicanos, y les daban gritos desde las estancias y barrancas, y en partes que no les podian hacer mal ninguno los nuestros con caballos ni escopetas.

Entónces dijo el Martin Lopez, que lo traia todo á cargo, que seria bien que fuesen con otro recaudo que hasta entónces venian, porque los tlascaltecas le habian dicho que temian aquellos caminos no saliesen de repente los grandes poderes de Méjico y les desbaratasen, como iban cargados y embarazados con la madera y bastimentos; y luego mandó Sandoval repartir los de á caballo y ballesteros y escopeteros, que fuesen unos en la delantera y los demás en los lados; y mandó á Chichimecatecle, que iba por capitan delante de todos los tlascaltecas, que se quedase detrás para ir en la retaguarda juntamente con el Gonzalo de Sandoval; de lo cual se afrentó aquel cacique, creyendo que no le tenian por esforzado; y tantas cosas le dijeron sobre aquel caso, que lo hubo por bueno viendo que el Sandoval quedaba juntamente con él, y le dieron á entender que siempre los mejicanos daban en el fardaje, que quedaba atrás; y como lo hubo bien entendido, abrazó al Sandoval y dijo que le hacian honra en aquello.

Dejemos de hablar en esto, y digamos que en otros dos dias de camino llegaron á Tezcuco, y ántes que entrasen en aquella ciudad se pusieron muy buenas mantas y penachos, y con atambores y cornetas, puestos en ordenanza, caminaron, y no quebraron el hilo en más de medio dia que iban entrando y dando voces y silbos y diciendo:

—«Viva, viva el Emperador, nuestro señor, y Castilla, Castilla, y Tlascala, Tlascala.»

Y llegaron á Tezcuco y Cortés y ciertos capitanes les salieron á recebir, con grandes ofrecimientos que Cortés hizo á Chichimecatecle y á todos los capitanes que traia; é las piezas de maderos y tablazones y todo lo demás perteneciente á los bergantines se puso cerca de las zanjas y esteros donde se habian de labrar; y desde allí adelante tanta priesa se daban en hacer trece bergantines el Martin Lopez, que fué el maestro de los hacer, con otros españoles que le ayudaban, que se decian Andrés Nuñez y un viejo que se decia Ramirez, que estaba cojo de una herida, y un Diego Hernandez, aserrador, y ciertos carpinteros, y dos herreros con sus fraguas, y un Hernando de Aguilar, que les ayudaba á machacar; todos se dieron gran priesa hasta que los bergantines estuvieron armados y no faltó sino calafeteallos y ponellos los mástiles y jarcias y velas.

Pues ya hecho esto, quiero decir el gran recaudo que teniamos en nuestro real de espías y escuchas y guarda para los bergantines, porque estaban junto á la laguna, y los mejicanos procuraron tres veces de les poner fuego, y aun prendimos quince indios de los que lo venian á poner, de quien se supo muy largamente todo lo que en Méjico hacian y concertaba Guatemuz; y era, que por via ninguna habian de hacer paces, sino morir todos peleando ó quitarnos á todos las vidas.

Quiero tornar á decir los llamamientos y mensajeros en todos los pueblos sujetos á Méjico, y cómo les perdonaba el tributo y el trabajar, que de dia y de noche trabajaban de hacer casas y ahondar los pasos de las puentes y hacer albarradas muy fuertes, y poner á punto sus varas y tiraderas, y hacer unas lanzas muy largas para matar los caballos, engastadas en ellas de las espadas que nos tomaron la noche del desbarate, y poner á punto sus hondas con piedras rollizas, y espadas de á dos manos, y otras mayores que espadas, como macanas, y todo género de guerra.

Dejemos esta materia, y volvamos á decir de nuestra zanja y acequia, por donde habian de salir los bergantines á la gran laguna, que estaba ya muy ancha y honda, que podian nadar por ella navíos de razonable porte; porque, como otras veces he dicho, siempre andaban en la obra ocho mil indios trabajadores.

Dejemos esto, y digamos cómo nuestro Cortés fué á una entrada de Saltocan.

CAPÍTULO CXLI.

CÓMO NUESTRO CAPITAN CORTÉS FUÉ Á UNA ENTRADA AL PUEBLO DE SALTOCAN, QUE ESTÁ DE LA CIUDAD DE MÉJICO OBRA DE SEIS LEGUAS, PUESTO Y POBLADO EN LA LAGUNA, Y DENDE ALLÍ Á OTROS PUEBLOS, Y LO QUE EN EL CAMINO PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Cómo habian venido allí á Tezcuco sobre quince mil tlascaltecas con la madera de los bergantines, y habia cinco dias que estaban en aquella ciudad sin hacer cosa que de contar sea, y no tenian mantenimientos, ántes les faltaban; y como el capitan de los tlascaltecas era muy esforzado y orgulloso, que ya he dicho otras veces que se decia Chichimecatecle, dijo á Cortés que queria ir á hacer algun servicio á nuestro gran Emperador y batallar contra mejicanos, ansí por mostrar sus fuerzas y buena voluntad para con nosotros, como para vengarse de las muertes y robos que habian hecho á sus hermanos y vasallos, ansí en Méjico como en sus tierras; y que le pedia por merced que ordenase y mandase á qué parte podrian ir que fuesen nuestros enemigos.

Y Cortés les dijo que les tenia en mucho su buen deseo, y que otro dia queria ir á un pueblo que se dice Saltocan, que está de aquella ciudad cinco leguas, mas que están fundadas las casas en el agua de la laguna, é que habia entrada para él por tierra; el cual pueblo habia enviado á llamar de paz dias habia tres veces, y no quiso venir, y que les tornó á enviar mensajeros nuevamente con los de Tepetezcuco y de Obtumba, que eran sus vecinos, y que en lugar de venir de paz, no quisieron, ántes trataron mal á los mensajeros y descalabraron dello, y la respuesta que dieron fué, que si allá íbamos, que no tenian ménos fuerza y fortaleza; que fuesen cuando quisiesen, que en el campo les hallariamos; é que habian tenido aquella respuesta de sus ídolos que allí nos matarian, y que les aconsejaron los ídolos que esta respuesta diesen.

Y á esta causa Cortés se apercebió para ir él en persona á aquella entrada, y mandó á ducientos y cincuenta soldados que fuesen en su compañía, y treinta de á caballo, y llevó consigo á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí y muchos ballesteros y escopeteros, y á todos los tlascaltecas, y una capitanía de hombres de guerra de Tezcuco, y los más dellos principales; y dejó en guarda de Tezcuco, á Gonzalo de Sandoval, para que mirase mucho por los bergantines y real, no diesen una noche en él; porque ya he dicho que siempre habiamos de estar la barba sobre el hombro, lo uno por estar tan á la raya de Méjico, y lo otro por estar en tan gran ciudad como era Tezcuco, y todos los vecinos de aquella ciudad eran parientes y amigos de mejicanos; y mandó al Sandoval y á Martin Lopez, maestro de hacer los bergantines, que dentro de quince dias los tuviesen muy á punto para echar al agua y navegar en ellos, y se partió de Tezcuco para hacer aquella entrada.

Despues de haber oido Misa salió con su ejército, é yendo su camino, no muy léjos de Saltocan encontró con unos grandes escuadrones de mejicanos, que le estaban aguardando en parte que creyeron aprovecharse de nuestros españoles y matar los caballos; mas Cortés marchó con los de á caballo, y él juntamente con ellos; y despues de haber disparado las escopetas y ballestas, rompieron por ellos y mataron algunos de los mejicanos, porque luego se acogieron á los montes y á partes que los de á caballo no los pudieron seguir; mas nuestros amigos los tlascaltecas prendieron y mataron obra de treinta.

Y aquella noche fué Cortés á dormir á unas caserías, y estuvo muy sobre aviso con sus corredores de campo y velas y rondas y espías, porque estaba entre grandes poblaciones; y supo que Guatemuz, señor de Méjico, habia enviado muchos escuadrones de gente de guerra á Saltocan para les ayudar, los cuales fueron en canoas por unos hondos esteros; y otro dia de mañana junto al pueblo comenzaron los mejicanos y los de Saltocan á pelear con los nuestros, y tirábanles mucha vara y flecha, y piedra con hondas desde las acequias donde estaban, é hirieron á diez de nuestros soldados y muchos de los amigos tlascaltecas, y ningun mal les podian hacer los de á caballo, porque no podian correr ni pasar los esteros, que estaban todos llenos de agua, y el camino y calzada que solian tener, por donde entraban por tierra en el pueblo, de pocos dias le habian deshecho y le abrieron á mano, y la ahondaron de manera que estaba hecho acequia y lleno de agua, y por esta causa los nuestros no podian en ninguna manera entralles en el pueblo ni hacer daño ninguno; y puesto que los escopeteros y ballesteros tiraban á los que andaban en canoas, traíanlas tan bien armadas de talabardones de madera, é demás de los talabardones, guardábanse bien.

Y nuestros soldados, viendo que no aprovechaba cosa ninguna y no podian atinar el camino y calzada que de ántes tenian en el pueblo, porque todo lo hallaban lleno de agua, renegaban del pueblo y aun de la venida sin provecho, y aun medio corridos de cómo los mejicanos y los del pueblo les daban grande grita y les llamaban de mujeres, é que Malinche era otra mujer, y que no era esforzado sino para engañarlos con palabras y mentiras; y en este instante dos indios de los que allí venian con los nuestros, que eran de Tepetezcuco, que estaban muy mal con los de Saltocan, dijeron á un nuestro soldado, que habia tres dias que vinieron, cómo abrian la calzada y la lavaron y la hicieron zanja, y echaron de otra acequia el agua por ella, y que no muy léjos adelante está por abrir é iba camino al pueblo.

Y cuando nuestros soldados lo hubieron entendido, y por donde los indios les señalaron, se ponen en gran concierto los ballesteros y escopeteros, unos armando y otros soltando, y esto poco á poco, y no todos á la par, y el agua á vuelapié, y á otras partes á más de la cinta, pasan todos nuestros soldados, y muchos amigos siguiéndolos, y Cortés con los de á caballo aguardándolos en tierra firme, haciéndoles espaldas, porque temió no viniesen otra vez los escuadrones de Méjico y diesen en la rezaga; y cuando pasaban las acequias los nuestros, como dicho tengo, los contrarios daban en ellos como á terrero, y hirieron muchos; mas, como iban deseosos de llegar á la calzada que estaba por abrir, todavía pasan adelante, hasta que dieron en ella por tierra sin agua, y vanse al pueblo.

Y en fin de más razones, tal mano les dieron, que les mataron muchos mejicanos, y lo pagaron muy bien, é la burla que dellos hacian; donde hubieron mucha ropa de algodon y oro y otros despojos; y como estaban poblados en la laguna, de presto se meten los mejicanos y los naturales del pueblo en sus canoas con todo el hato que pudieron llevar, y se van á Méjico; y los nuestros, de que los vieron despoblados, quemaron algunas casas, y no osaron dormir en él por estar en el agua, y se vinieron donde estaba el capitan Cortés aguardándolos; y allí en aquel pueblo se hubieron muy buenas indias, y los tlascaltecas salieron ricos con mantas, sal y oro y otros despojos, y luego se fueron á dormir á unas caserías que serian una legua de Saltocan, y allí se curaron, y un soldado murió dende á pocos dias de un flechazo que le dieron por la garganta; y luego se pusieron velas y corredores del campo, y hubo buen recaudo, porque todas aquellas tierras estaban muy pobladas de culchúas.

Y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Coluatilan, é yendo por el camino, los de aquellas poblaciones y otros muchos mejicanos que con ellos se juntaban, les daban muy grande grita y voces, diciéndoles vituperios, y era en parte que no podian correr los caballos ni se les podia hacer ningun daño, porque estaban entre acequias; y desta manera llegaron á aquella poblacion, y estaba despoblado de aquel mismo dia y alzado el hato, y en aquella noche durmieron allí con grandes velas y rondas; y otro dia fueron camino de un gran pueblo que se dice Tenayuca, y este pueblo soliamos llamar la primera vez que entramos en Méjico el pueblo de las Sierpes, porque en el adoratorio mayor que tenian hallamos dos grandes bultos de sierpes de malas figuras, que eran sus ídolos en quien adoraban.

Dejemos esto, y digamos del camino, y es que este pueblo hallaron despoblado como el pasado, que todos los indios naturales dellos se habian juntado en otro pueblo que estaba más adelante; y desde allí fué á otro pueblo que se dice Escapuzalco, que seria del uno al otro una legua, y asimismo estaba despoblado.

Este Escapuzalco era donde labraban el oro é plata al gran Montezuma, y soliamos llamar el pueblo de los Plateros; y desde aquel pueblo fué á otro, que ya he dicho que se dice Tacuba, que es obra de media legua el uno del otro. En este pueblo fué donde reparamos la triste noche cuando salimos de Méjico desbaratados, y en él nos mataron ciertos soldados, segun dicho tengo en el capítulo pasado que dello habla.

Y tornemos á nuestra plática: que ántes que nuestro ejército llegase al pueblo, estaban en campo aguardando á Cortés muchos escuadrones de todos aquellos pueblos por donde habia pasado, y los de Tacuba y de mejicanos, porque Méjico está muy cerca dél, y todos juntos comenzaron á dar en los nuestros, de manera que tuvo harto nuestro capitan de romper en ellos con los de á caballo; y andaban tan juntos los unos con los otros, que nuestros soldados á buenas cuchilladas los hicieron retraer; y como era noche, durmieron en el pueblo con buenas velas y escuchas, y otro dia de mañana, si muchos mejicanos habian estado juntos, muchos más se juntaron aquel dia, y con gran concierto venian á darnos guerra, de tal manera que herian algunos soldados; mas todavía los nuestros los hicieron retraer en sus casas y fortaleza, de manera que tuvieron tiempo de les entrar en Tacuba y quemalles muchas casas y metelles á sacomano.

Y como aquello supieron en Méjico, ordenaron de salir muchos más escuadrones de su ciudad á pelear con Cortés, y concertaron que cuando peleasen con él, que hiciesen que volvian huyendo hácia Méjico, y que poco á poco metiesen á nuestro ejército en su calzada, y que cuando los tuviesen dentro, haciendo como que se retraian de miedo; é ansí como lo concertaron lo hicieron, y Cortés, creyendo que llevaba vitoria, los mandó seguir hasta una puente; y cuando los mejicanos sintieron que tenian ya metido á Cortés en el garlito pasada la puente, vuelve sobre él tanta multitud de indios, que unos por tierra, otros con canoas y otros en las azuteas, le dan tal mano, que le ponen en tan gran aprieto, que estuvo la cosa de arte, que creyó ser perdido é desbaratado; porque á una puente donde habia llegado cargaron tan de golpe sobre él, que ni poco ni mucho se podia valer; é un alférez que llevaba una bandera, por sostener el gran ímpetu de los contrarios le hirieron muy malamente y cayó con su bandera desde la puente abajo en el agua, y estuvo en ventura de no se ahogar, y aun le tenian ya asido los mejicanos para le meter en unas canoas, y él fué tan esforzado, que se escapó con su bandera; y en aquella refriega mataron cinco soldados, é hirieron muchos de los nuestros.

Y Cortés, viendo el gran atrevimiento y mala consideracion que habia hecho en haber entrado en la calzada de la manera que he dicho, y sintió cómo los mejicanos le habian cebado, luego mandó que todos se retrajesen; y con el mejor concierto que pudo, y no vueltas las espaldas, sino los rostros á los contrarios, pié contra pié, como quien hace represas, y los ballesteros y escopeteros unos armando y otros tirando, y los de á caballo haciendo algunas arremetidas, mas eran muy pocas, porque luego les herian los caballos; y desta manera se escapó Cortés aquella vez del poder de Méjico, y cuando se vió en tierra firme dió muchas gracias á Dios.

Allí en aquella calzada y puente fué donde un Pedro de Ircio, muchas veces por mí nombrado, dijo al alférez que cayó con la bandera en la laguna, que se decia Juan Volante, por le afrentar (que no estaba bien con él por amores de una mujer) ciertas palabras pesadas, y no tuvo razon de decir aquellas palabras porque el alférez era un hidalgo y hombre muy esforzado, y como tal se mostró aquella vez y otras muchas; y al Pedro de Ircio no le fué muy bien de su mala voluntad que tenia contra Juan Volante, el tiempo andando.

Dejemos á Pedro de Ircio, y digamos que en cinco dias que allí en lo de Tacuba estuvo Cortés tuvo batalla y reencuentros con los mejicanos y sus aliados; y desde allí dió la vuelta para Tezcuco, y por el camino que habia venido se volvió, y le daban grita los mejicanos, creyendo que volvia huyendo, y aun sospecharon lo cierto, que con gran temor volvió; y les esperaban en partes que querian ganar honra con él y matalle los caballos, y le echaban celadas; y como aquello vió, les echó una en que les mató é hirió muchos de los contrarios, é á Cortés entónces le mataron dos caballos é un soldado, y con esto no le siguieron más, é á buenas jornadas llegó á un pueblo sujeto á Tezcuco, que se dice Aculman, que estará de Tezcuco dos leguas y media.

Y como lo supimos cómo habia allí llegado, salimos con Gonzalo de Sandoval á le ver y recebir, acompañados de muchos caballos y soldados y de los caciques de Tezcuco, especial de D. Hernando, principal de aquella ciudad; y en las vistas nos alegramos mucho, porque habia más de quince dias que no habiamos sabido de Cortés ni de cosa que le hubiese acaecido; y despues de le haber dado el bien venido y haberle hablado algunas cosas que convenian sobre lo militar, nos volvimos á Tezcuco aquella tarde, porque no osábamos dejar el real sin buen recado; y nuestro Cortés se quedó en aquel pueblo hasta otro dia, que llegó á Tezcuco; y los tlascaltecas, como ya estaban ricos y venian cargados de despojos, demandaron licencia para irse á su tierra, y Cortés se la dió; y fueron por parte que los mejicanos no tuvieron espías sobre ellos, y salvaron sus haciendas.

Y á cabo de cuatro dias que nuestro capitan reposaba y estaba dando priesa en hacer los bergantines, vinieron unos pueblos de la costa del Norte á demandar paces y darse por vasallos de su majestad, los cuales pueblos se llaman Tucapan y Mascalcingo é Naultran, y otros pueblezuelos de aquellas comarcas, y trajeron un presente de oro y ropa de algodon; y cuando llegaron delante de Cortés, con gran acato, despues de haber dado su presente, dijeron que le pedian por merced que les admitiese á su amistad, y que querian ser vasallos del Rey de Castilla, y dijeron que cuando los mejicanos mataron sus teules en lo de Almería, y era capitan dellos Quete Alpopoca, que ya habiamos quemado por justicia, que todos aquellos pueblos que allí venian fueron en ayudar á los teules; y despues que Cortés les hubo oido, puesto que entendia que habian sido con los mejicanos en la muerte de Juan de Escalante y los seis soldados que le mataron en lo de Almería, segun he dicho en el capítulo que dello habla, les mostró mucha voluntad y recibió el presente, y por vasallos del Emperador nuestro señor, y no les demandó cuenta sobre lo acaecido ni se lo trajo á la memoria, porque no estaba en tiempo de hacer otra cosa; y con buenas palabras y ofrecimientos los despachó.