Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (2 de 3)

Part 10

Chapter 104,053 wordsPublic domain

Dejemos de hablar desto, y digamos que desde á pocos dias que Miguel Diaz de Auz habia venido á aquel puerto de la manera que dicho tengo, aportó luego otro navío que enviaba el mismo Garay en ayuda y socorro de su armada, creyendo que todos estaban buenos y sanos en el rio de Pánuco, y venia en él por capitan un viejo que se decia Ramirez, é ya era hombre anciano, y á esta causa le llamamos Ramirez el viejo, porque habia en nuestro real dos Ramirez, y traia sobre cuarenta soldados y diez caballos é yeguas, y ballesteros y otras armas; y el Francisco de Garay no hacia sino echar unos navíos tras de otros al perdido y todo era favorecer y enviar socorro á Cortés, tan buena fortuna le ocurria, y á nosotros era de gran ayuda; y todos estos de Garay que dicho tengo fueron á Tepeaca, adonde estábamos; y porque los soldados que traia Miguel Diaz de Auz venian muy recios y gordos, les pusimos por nombre los de los lomos recios; y los que traia el viejo Ramirez traian unas armas de algodon de tanto gordor, que no las pasara ninguna flecha, y pesaban mucho, y pusímosles por nombre los de las albardillas; y cuando fueron los capitanes que dicho tengo delante de Cortés les hizo mucha honra.

Dejemos de contar de los socorros que teniamos de Garay, que fueron buenos, y digamos cómo Cortés envió á Gonzalo de Sandoval á una entrada á unos pueblos que se dicen Xalacingo y Cacatami.

CAPÍTULO CXXXIV.

CÓMO ENVIÓ CORTÉS Á GONZALO DE SANDOVAL Á PACIFICAR LOS PUEBLOS DE XALACINGO Y CACATAMI, Y LLEVÓ DUCIENTOS SOLDADOS Y VEINTE DE Á CABALLO Y DOCE BALLESTEROS, Y PARA QUE SUPIESE QUÉ ESPAÑOLES MATARON EN ELLOS, Y QUE MIRASE QUÉ ARMAS LES HABIAN TOMADO Y QUÉ TIERRA ERA, Y LES DEMANDASE EL ORO QUE ROBARON, Y DE LO QUE MÁS EN ELLO PASÓ.

Como ya Cortés tenia copia de soldados y caballos y ballestas, é se iba fortaleciendo con los dos navichuelos que envió Diego Velazquez, y envió en ellos por capitanes á Pedro Barba y Rodrigo de Morejon de Lobera, y trajeron en ellos sobre veinte y cinco soldados, y dos caballos y una yegua, y luego vinieron los tres navíos de los de Garay, que fué el primero capitan que vino, Camargo, y el segundo Miguel Diaz de Auz, y el postrero Ramirez el viejo, y traian entre todos estos capitanes que he nombrado sobre ciento y veinte soldados y diez y siete caballos é yeguas, é las yeguas eran de juego y de carrera.

Y Cortés tuvo noticia de que en unos pueblos que se dicen Cacatami y Xalacingo, é en otros sus comarcanos, habian muerto muchos soldados de los de Narvaez que venian camino de Méjico, é ansimesmo que en aquellos pueblos habian muerto y robado el oro á un Juan de Alcántara é á otros dos vecinos de la Villa-Rica, que era lo que les habia cabido de las partes á todos los vecinos que quedaban en la misma villa, segun más largo lo he escrito en el capítulo que dello se trata; y envió Cortés para hacer aquella entrada por capitan á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor, y muy esforzado y de buenos consejos, y llevó consigo ducientos soldados, todos los más de los nuestros de Cortés, y veinte de á caballo é doce ballesteros y buena copia de tlascaltecas; y ántes que llegase á aquellos pueblos supo que estaban todos puestos en armas, y juntamente tenian consigo guarniciones de mejicanos, é que se habian muy bien fortalecido con albarradas y pertrechos, porque bien habian entendido que por las muertes de los españoles que habian muerto, que luego habiamos de ser contra ellos para los castigar, como á los de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco; y Sandoval ordenó muy bien sus escuadrones y ballesteros, y mandó á los de á caballo cómo y de qué manera habian de ir y romper; y primero que entrasen en su tierra les envió mensajeros á decilles que viniesen de paz y que diesen el oro y armas que habian robado, é que la muerte de los españoles se les perdonaria.

Y á esto de les enviar mensajeros á decilles que viniesen de paz fueron tres ó cuatro veces, y la respuesta que les enviaban era, que allá iban; que como habian muerto é comido los teules que les demandaban, que ansí harian al capitan y á todos los que llevaba; por manera que no aprovechaban mensajes; y otra vez les tornó á enviar á decir que él les haria esclavos por traidores y salteadores de caminos, y que se aparejasen á defender; y fué Sandoval con sus compañeros y les entró por dos partes; que puesto que peleaban muy bien todos los mejicanos y los naturales de aquellos pueblos, sin más referir lo que allí en aquellas batallas pasó, los desbarató, y fueron huyendo todos los mejicanos y caciques de aquellos pueblos, y siguió el alcance y se prendieron muchas gentes menudas; que de los indios no se curaban, por no tener qué guardar; y hallaron en unos cues de aquel pueblo muchos vestidos, y armas, y frenos de caballos y dos sillas, y otras muchas cosas de la jineta, que habian presentado á sus indios; y acordó Sandoval de estar allí tres dias, y vinieron los caciques de aquellos pueblos á pedir perdon y á dar la obediencia á su majestad Cesárea; y Sandoval les dijo que diesen el oro que habian robado á los españoles que mataron é que luego les perdonaria; y respondieron que el oro, que los mejicanos lo hubieron y que lo enviaron al señor de Méjico que entónces habian alzado por Rey, y que no tenian ninguno; por manera, que les mandó que en cuanto el perdon, que fuesen adonde estaba el Malinche, é que él les hablaria é perdonaria; y ansí, se volvió con una buena presa de mujeres y muchachos, que echaron el hierro por esclavos.

Y Cortés se holgó mucho cuando le vió venir bueno y sano, puesto que traia cosa de ocho soldados mal heridos y tres caballos ménos, y aun el Sandoval traia un flechazo; é yo no fuí en esta entrada, que estaba muy malo de calenturas y echaba sangre por la boca; é gracias á Dios, estuve bueno porque me sangraron muchas veces.

É como Gonzalo de Sandoval habia dicho á los caciques de Xalacingo é Cacatami que viniesen á Cortés á demandar paces, no solamente vinieron aquellos pueblos solos, sino tambien otros muchos de la comarca, y todos dieron la obediencia á su majestad, y traian de comer á aquella villa adonde estábamos.

É fué aquella entrada que hizo de mucho provecho, y se pacificó toda la tierra; y dende en adelante tenia Cortés tanta fama en todos los pueblos de la Nueva-España, lo uno de muy justificado y lo otro de muy esforzado, que á todos ponia temor, y muy mayor á Guatemuz, el señor y rey nuevamente alzado en Méjico; y tanta era la autoridad, ser y mando que habia cobrado nuestro Cortés, que venian ante él pleitos de indios de léjas tierras, en especial sobre cosas de cacicazgos y señoríos; que, como en aquel tiempo anduvo la viruela tan comun en la Nueva-España, fallecian muchos caciques, y sobre á quién le pertenecia el cacicazgo y ser señor y partir tierras ó vasallos ó bienes venian á nuestro Cortés, como á señor absoluto de toda la tierra, para que por su mano é autoridad alzase por señor á quien le pertenecia.

Y en aquel tiempo vinieron del pueblo de Ozucar y Guacachula, otras veces ya por mí nombrado; porque en Ozucar estaba casada una parienta muy cercana de Montezuma con el señor de aquel pueblo, y tenian un hijo que decian era sobrino del Montezuma, é segun parece, heredaba el señorío, é otros decian que le pertenecia á otro señor, y sobre ello tuvieron muy grandes diferencias, y vinieron á Cortés, y mandó que le heredase el pariente de Montezuma, y luego cumplieron su mandato; é ansí vinieron de otros muchos pueblos de á la redonda sobre pleitos, y á cada uno mandaba dar sus tierras y vasallos, segun sentia por derecho que les pertenecia.

Y en aquella sazon tambien tuvo noticia Cortés que en un pueblo que estaba de allí seis leguas, que se decia Cocotlan, y le pusimos por nombre Castilblanco (como ya otras veces he dicho, dando la causa por qué se le puso este nombre), habian muerto nueve españoles, envió al mismo Gonzalo de Sandoval para que los castigase y los trajese de paz, y fué allá con treinta de á caballo y cien soldados, y ocho ballesteros y cinco escopeteros, y muchos tlascaltecas, que siempre se mostraron muy aficionados y eran buenos guerreros.

Y despues de hechos sus requerimientos y protestaciones, que vieron y les enviaron á decir otras muchas cosas de cumplimientos con cinco indios principales de Tepeaca, y si no venian que les daria guerra y haria esclavos.

Y pareció ser estaban en aquel pueblo otros escuadrones de mejicanos en su guarda y amparo, y respondieron que señor tenian, que era Guatemuz; que no habian menester ni venir ni ir á llamado de otro señor; que si allá fuesen, que en el camino les hallarian, que no se les habian ahora fallecido las fuerzas ménos que las tenian en Méjico y puentes y calzadas, é que ya sabian á qué tanto llegaban nuestras valentías.

Y cuando aquello oyó Sandoval, puesta muy en órden su gente cómo habia de pelear, y los de á caballo y escopeteros y ballesteros, mandó á los tlascaltecas que no se metiesen en los enemigos al principio, porque no estorbasen á los caballos y porque no corriesen peligro, ó hiriesen algunos dellos con las ballestas y escopetas ó los atropellasen con los caballos, hasta haber rompido los escuadrones, y cuando los hubiesen desbaratado, que prendiesen á los mejicanos y siguiesen el alcance; y luego comenzó á caminar hácia el pueblo, y salen al camino y encuentro dos escuadrones de guerreros junto á unas fuerzas y barrancas, y allí estuvieron fuertes un rato, y con las ballestas y escopetas les hacian mucho mal; por manera que tuvo Sandoval lugar de pasar aquella fuerza é albarradas con los caballos; y aunque le hirieron nueve caballos, y uno murió, y tambien le hirieron cuatro soldados, como se vió fuera de mal paso é tuvo lugar por donde corriesen los caballos, y aunque no era buena tierra ni llano, que habia muchas piedras, da tras los escuadrones, rompiendo por ellos, que los llevó hasta el mismo pueblo, adonde estaba un gran patio, y allí tenian otra fuerza y unos cues, adonde se tornaron á hacer fuertes; y puesto que peleaban muy bravosamente, todavía los venció, y mató hasta siete indios, porque estaban en malos pasos; y los tlascaltecas no habian menester mandalles que siguiesen el alcance, que con la ganancia, como eran guerreros, ellos tenian el cargo, especialmente como sus tierras no estaban léjos de aquel pueblo; allí se hubieron muchas mujeres y gente menuda, y estuvo allí el Gonzalo de Sandoval dos dias, y envió á llamar los caciques de aquel pueblo con unos principales de Tepeaca que iban en su compañía, y vinieron, y demandaron perdon de la muerte de los españoles, y Sandoval les dijo que si daban las ropas y hacienda que robaron de los que mataron, que se les perdonaria, y respondieron que todo lo habian quemado y que no tenian ninguna cosa, y que los que mataron, que los más dellos habian ya comido, y que cinco teules enviaron vivos á Guatemuz, su señor, y que ya habian pagado la pena con los que agora les habian muerto en el campo y en el pueblo; que les perdonase, é que llevarian muy bien de comer y bastecerian la villa donde estaba Malinche.

Y como el Gonzalo de Sandoval vió que no se podia hacer más, les perdonó, y allí se ofrecieron de servir bien en lo que les mandasen; y con este recaudo se fué á la villa, y fué bien recebido de Cortés y de todos los del real.

Donde dejaré de hablar más en ello, y digamos cómo se herraron todos los esclavos que se habian habido en aquellos pueblos y provincia, y lo que sobre ello se hizo.

CAPÍTULO CXXXV.

CÓMO SE RECOGIERON TODAS LAS MUJERES Y ESCLAVOS DE TODO NUESTRO REAL QUE HABIAMOS HABIDO EN AQUELLO DE TEPEACA Y CACHULA, TECAMECHALCO Y EN CASTILBLANCO Y EN SUS TIERRAS, PARA QUE SE HERRASEN CON EL HIERRO EN NOMBRE DE SU MAJESTAD, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.

Como Gonzalo de Sandoval hubo llegado á la villa de Segura de la Frontera, de hacer aquellas entradas que ya he dicho, y en aquella provincia todos los teniamos ya pacíficos, y no teniamos por entónces donde ir á entrar, porque todos los pueblos de los rededores habian dado la obediencia á su Majestad, acordó Cortés, con los oficiales del Rey, que se herrasen las piezas y esclavos que se habian habido, para sacar su quinto, despues que se hubiese primero sacado el de su majestad, y para ello mandó dar pregones en el real é villa que todos los soldados llevásemos á una casa que estaba señalada para aquel efeto á herrar todas las piezas que tuviesen recogidas, y dieron de plazo aquel dia que se pregonó y otro; y todos ocurrimos con todas las indias, muchachas y muchachos que habiamos habido; que de hombres de edad no nos curábamos dellos, que eran malos de guardar, y no habiamos menester su servicio, teniendo á nuestros amigos los tlascaltecas.

Pues ya juntas todas las piezas, y hecho el hierro, que era una G como esta, que queria decir guerra, cuando no nos catamos, apartan el real quinto, y luego sacan otro quinto para Cortés; y demás desto, la noche ántes, cuando metimos las piezas, como he dicho en aquella casa, habian ya escondido y tomado las mejores indias, que no pareció allí ninguna buena, y al tiempo del repartir dábannos las viejas y ruines; y sobre esto hubo muy grandes murmuraciones contra Cortés y de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias; y de tal manera se lo dijeron al mismo Cortés soldados de los de Narvaez, que juraban á Dios que no habian visto tal, haber dos Reyes en la tierra de nuestro Rey y señor y sacar dos quintos; y uno de los soldados que se lo dijeron fué un Juan Bono de Quejo; y más dijo, que no estarian en tal tierra, y que lo harian saber en Castilla á su majestad y á los de su Real Consejo de Indias; y tambien dijo á Cortés otro soldado muy claramente que no bastó repartir el oro que se habia habido en Méjico de la manera que lo repartió, y que cuando estaba repartiendo las partes decia que eran trecientos mil pesos los que se habian llegado, y que cuando salimos huyendo de Méjico mandó tomar por testimonio que quedaban más de setecientos mil, y que agora el pobre soldado que habia echado los bofes y estaba lleno de heridas por haber una buena india, y les habian dado enaguas y camisas, habian tomado y escondido las tales indias, y que cuando dieron el pregon para que se llevasen á herrar, que creyeron que á cada soldado volverian sus piezas y que apreciarian qué tantos pesos valian, y que como las apreciasen pagasen el quinto á su majestad, y que no habria más quinto para Cortés; y decian otras murmuraciones peores que estas; y como Cortés aquello vió, con palabras algo blandas dijo que juraba en su conciencia (que aquesto tenia costumbre de jurar) que de allí adelante no seria ni se haria de aquella manera, sino que buenas ó malas indias, sacallas al almoneda, y la buena que se venderia por tal, y la que no lo fuese por ménos precio, y de aquella manera no ternian que reñir con él.

Y puesto que allí en Tepeaca no se hicieron más esclavos, mas despues en lo de Tezcuco casi que fué desta manera, como adelante diré.

Y dejaré de hablar en esta materia, y digamos otra cosa casi peor que esto de los esclavos, y es que ya he dicho en el capítulo que dello habla, cuando la triste noche que salimos de Méjico huyendo, cómo quedaban en la sala donde posaba Cortés muchas barras de oro perdido, que no lo podian sacar, más de lo que cargaron en la yegua y caballos y muchos tlascaltecas, y lo que hurtaron los amigos y otros soldados que cargaron dello; y como lo demás se quedaba perdido en poder de los mejicanos, Cortés dijo delante de un escribano del Rey que cualquiera que quisiese sacar oro de lo que allí quedaba, que se lo llevase mucho en buena hora por suyo, como se habia de perder; y muchos soldados de los de Narvaez cargaron dello, y asimismo algunos de los nuestros, y por sacallo perdieron muchos dellos las vidas, y los que escaparon con la presa que traian, habian estado en gran riesgo de morir y salieron llenos de heridas.

Y como en nuestro real y villa de Segura de la Frontera, que así se llamaba, alcanzó Cortés á saber que habia muchas barras de oro, y que andaban en el juego, y como dice el refran que el oro y amores son malos de encubrir, mandó dar un pregon, so graves penas, que traigan á manifestar el oro que sacaron, y que les dará la tercia parte dello, y si no lo traen, que se lo tomará todo; y muchos soldados de los que lo tenian no lo quisieron dar, y alguno se lo tomó Cortés como prestado, y más por fuerza que por grado; y como todos los más capitanes tenian oro, y aun los oficiales del Rey muy mejor, que hicieron sacos dello, se calló lo del pregon, que no se habló en ello; mas pareció muy mal esto que mandó Cortés.

Dejémoslo ya de más declarar, y digamos cómo todos los demás capitanes y personas principales de los que pasaron con Narvaez demandaron licencia á Cortés para se volver á Cuba, y Cortés se la dió, y lo que más acaeció.

CAPÍTULO CXXXVI.

CÓMO DEMANDARON LICENCIA Á CORTÉS LOS CAPITANES Y PERSONAS MÁS PRINCIPALES DE LOS QUE NARVAEZ HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA PARA SE VOLVER Á LA ISLA DE CUBA, Y CORTÉS SE LA DIÓ Y SE FUERON.

Y DE CÓMO DESPACHÓ CORTÉS EMBAJADORES PARA CASTILLA Y PARA SANTO DOMINGO Y JAMÁICA, Y LO QUE SOBRE CADA COSA ACAECIÓ.

Como vieron los capitanes de Narvaez que ya teniamos socorros, así de los que vinieron de Cuba como los de Jamáica que habia enviado Francisco de Garay para su armada, segun lo tengo declarado en el capítulo que dello habla, y vieron que los pueblos de la provincia de Tepeaca estaban pacíficos, despues de muchas palabras que á Cortés dijeron, con grandes ofertas y ruegos le suplicaron que les diese licencia para se volver á la isla de Cuba, pues se lo habia prometido, y luego Cortés se la dió, y les prometió que si volvia á ganar la Nueva-España y ciudad de Méjico, que al Andrés de Duero, su compañero, que le daria mucho más oro que le habia de ántes dado; y así hizo otras ofertas á los demás capitanes, en especial á Agustin Bermudez, y les mandó dar matalotaje que en aquella sazon habia, que era maíz y perrillos salados y algunas gallinas, y un navío de los mejores, y escribió Cortés á su mujer Catalina Juarez la Marcaida y á Juan Nuñez, su cuñado, que en aquella sazon vivia en la isla de Cuba, y les envió ciertas barras y joyas de oro, y les hizo saber todas las desgracias y trabajos que nos habian acaecido, y cómo nos echaron de Méjico.

Dejemos esto, y digamos las personas que pidieron la licencia para se volver á Cuba, que todavía iban ricos, y fueron Andrés de Duero y Agustin Bermudez, y Juan Bono de Quejo y Bernardino de Quesada, y Francisco Velazquez el corcovado, pariente del Diego Velazquez el gobernador de Cuba, y Gonzalo Carrasco el que vive en la Puebla, que despues se volvió á esta Nueva-España, y un Melchor de Velasco, que fué vecino de Guatimala, y un Jimenez que vive en Guajaca, que fué por sus hijos, y el comendador Leon de Cervantes, que fué por sus hijas, que despues de ganado Méjico las casó muy honradamente, y se fué uno que se decia Maldonado, natural de Medellin, que estaba doliente; no digo Maldonado el que fué marido de doña María del Rincon, ni por Maldonado el ancho, ni otro Maldonado que se decia Álvaro Maldonado el fiero, que fué casado con una señora que se decia María Arias; y tambien se fué un Vargas, vecino de la Trinidad, que le llamaban en Cuba Vargas el galan: no digo el Vargas que fué suegro de Cristóbal Lobo, vecino que fué de Guatimala; y se fué un soldado de los de Cortés, que se decia Cárdenas, piloto; aquel Cárdenas fué el que dijo á un su compañero que ¿cómo podiamos reposar los soldados teniendo dos Reyes en esta Nueva-España? Este fué á quien Cortés dió trecientos pesos para que se fuese con su mujer é hijos.

Y por excusar prolijidad de ponellos todos por memoria, se fueron otros muchos que no me acuerdo bien sus nombres; y cuando Cortés les dió la licencia, dijimos que para qué se la daba, pues que éramos pocos los que quedábamos; y respondió que por excusar escándalos é importunaciones, y que ya veiamos que para la guerra algunos de los que se volvian á Cuba no lo eran, y que valía más estar solos que mal acompañados; y para los despachar del puerto envió Cortés á Pedro de Albarado; y en habiéndolos embarcado, le mandó que se volviese luego á la villa.

Y digamos ahora que tambien envió á Castilla á Diego de Ordás y á Alonso de Mendoza, natural de Medellin y de Cáceres, con ciertos recaudos de Cortés, que yo no sé otros que llevase nuestros, ni nos dió parte de cosa de los negocios que enviaba á tratar con su majestad, ni lo que pasó en Castilla yo no lo alcancé á saber, salvo que á boca llena decia el Obispo de Búrgos delante del Diego de Ordás que así Cortés como todos los soldados que pasamos con él éramos malos y traidores, puesto que el Ordás sé cierto respondia muy bien por todos nosotros; y entónces le dieron al Ordás una encomienda de señor Santiago, y por armas el volcan que está entre Guaxocingo y cerca de Cholula; y lo que negoció adelante lo diré, segun lo supimos por carta.

Dejemos esto aparte, y diré cómo Cortés envió á Alonso de Ávila, que era capitan y contador desta Nueva-España, y juntamente con él envió otro hidalgo que se decia Francisco Álvarez Chico, que era hombre que entendia de negocios; y mandó que fuesen con otro navío para la isla de Santo Domingo, á hacer relacion de todo lo acaecido á la Real audiencia que en ella residia; y á los frailes jerónimos que estaban por gobernadores de todas las islas, que tuviesen por bueno lo que habiamos hecho en las conquistas y el desbarate de Narvaez, y cómo habia hecho esclavos en los pueblos que habian muerto españoles y se habian quitado de la obediencia que habian dado á nuestro Rey y señor, y que así se entendia hacer en todos los más pueblos que fueron de la liga y nombre de mejicanos; y que suplicaba que hiciese relacion dello en Castilla á nuestro gran Emperador, y tuviesen en la memoria los grandes servicios que siempre le haciamos, y que por su intercesion y de la Real audiencia fuésemos favorecidos con justicia contra la mala voluntad y obras que contra nosotros trataba el Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano; y tambien envió otro navío á la isla de Jamáica por caballos é yeguas, y el capitan que con él fué se decia Fulano de Solís, que despues de ganado Méjico le llamamos Solís de la huerta, yerno de uno que se decia el bachiller Ortega.

Bien sé que dirán algunos curiosos letores que sin dineros cómo enviaba al Diego de Ordás á negocios á Castilla, pues está claro que para Castilla y para otras partes son menester dineros; y que asimismo envió á Alonso de Ávila y á Francisco Álvarez Chico á Santo Domingo á negocios, y á la isla de Jamáica por caballos é yeguas.

Á esto digo que, como al salir de Méjico salimos huyendo la noche por mí muchas veces referida, que, como quedaban en la sala muchas barras de oro perdido en un monton, que todos los más soldados apañaban dello; en especial los de á caballo, y los de Narvaez mucho mejor, y los oficiales de su majestad que lo tenian en poder y cargo llevaron los fardos hechos.