Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 9

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Y luego los caciques mandaron llamar todos los vecinos, é con sus hijos é mujeres en dos dias se pobló. Y á lo otro que les mandó, que dejasen sus ídolos é sacrificios, respondieron que así lo harian; y les declaramos con Aguilar, lo mejor que Cortés pudo, las cosas tocantes á nuestra santa fe, y cómo éramos cristianos é adorábamos á un solo Dios verdadero, y se les mostró una imágen muy devota de nuestra Señora con su Hijo precioso en los brazos, y se les declaró que aquella santa imágen reverenciábamos porque así se está en el cielo y es Madre de nuestro Señor Dios.

Y los caciques dijeron que les parece muy bien aquella gran _Tecleciguata_, y que se la diesen para tener en su pueblo, porque á las grandes señoras en su lengua llaman _tecleciguatas_. Y dijo Cortés que sí daria, y les mandó hacer un buen altar bien labrado; el cual luego le hicieron.

Y otro dia de mañana mandó Cortés á dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decian Alonso Yañez é Álvaro Lopez (ya otra vez por mí memorados), que luego labrasen una cruz bien alta; y despues de haber mandado todo esto, dijo á los caciques qué fué la causa que nos dieron guerra tres veces, requiriéndoles con la paz.

Y respondieron que ya habian demandado perdon dello y estaban perdonados, y que el cacique de Champoton, su hermano, se lo aconsejó, y porque no le tuviesen por cobarde, porque se lo reñian y deshonraban, porque no nos dió guerra cuando la otra vez vino otro capitan con cuatro navíos; y segun pareció, decíalo por Juan de Grijalva.

Y tambien dijo que el indio que traiamos por lengua, que se nos huyó una noche, se lo aconsejó, que de dia y de noche nos diesen guerra, porque éramos muy pocos. Y luego Cortés les mandó que en todo caso se lo trajesen, é dijeron que como les vió que en la batalla no les fué bien, que se les fué huyendo, y que no sabian dél aunque le han buscado, é supimos que le sacrificaron, pues tan caro les costó sus consejos.

Y más les preguntó, que de qué parte traian oro y aquellas joyezuelas. Respondieron que de hácia donde se pone el sol, y decian _Culchúa_ y _Méjico_, y como no sabiamos qué cosa era Méjico ni Culchúa, dejábamoslo pasar por alto; y allí traiamos otra lengua que se decia Francisco, que hubimos cuando lo de Grijalva, ya otra vez por mí nombrado, mas no entendia poco ni mucho la de Tabasco, sino la de Culchúa, que es la mejicana; y medio por señas dijo á Cortés que _Culchúa_ era muy adelante, y nombraba _Méjico_, _Méjico_, y no le entendimos.

Y en esto cesó la plática hasta otro dia, que se puso en el altar la santa imágen de nuestra Señora y la cruz, la cual todos adoramos; y dijo Misa el Padre fray Bartolomé de Olmedo, y estaban todos los caciques y principales delante, y púsose nombre á aquel pueblo Santa María de la Vitoria, é así se llama ahora la villa de Tabasco; y el mesmo fraile con nuestra lengua Aguilar predicó á las veinte indias que nos presentaron, muchas buenas cosas de nuestra santa fe, y que no creyesen en los ídolos que de ántes creian, que eran malos y no eran dioses, ni más les sacrificasen, que los traian engañados, é adorasen á Nuestro Señor Jesucristo; é luego se bautizaron, y se puso por nombre doña Marina aquella india y señora que allí nos dieron, y verdaderamente era gran cacica é hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecia en su persona; lo cual diré adelante cómo y de qué manera fué allí traida; é de las otras mujeres no me acuerdo bien de todos sus nombres, é no hace al caso nombrar algunas, mas estas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva-España.

Y Cortés las repartió á cada capitan la suya, é á esta doña Marina, como era de buen parecer y entremetida é desenvuelta, dió á Alonso Hernandez Puertocarrero, que ya he dicho otra vez que era muy buen caballero, primo del conde de Medellin; y desque fué á Castilla el Puertocarrero, estuvo la doña Marina con Cortés, é della hubo un hijo, que se dijo don Martin Cortés, que el tiempo andando fué comendador de Santiago.

En aquel pueblo estuvimos cinco dias, así porque se curaban las heridas como por los que estaban con dolor de riñones, que allí se les quitó; y demás desto, porque Cortés siempre atraia con buenas palabras á los caciques, y les dijo cómo el Emperador nuestro señor, cuyos vasallos somos, tiene á su mandado muchos grandes señores, y que es bien que ellos le dén la obediencia; é que en lo que hubieren menester, así favor de nosotros como otra cualquiera cosa, que se lo hagan saber donde quiera que estuviésemos, que él les vendrá á ayudar.

Y todos los caciques le dieron muchas gracias por ello, y allí se otorgaron por vasallos de nuestro grande Emperador. Estos fueron los primeros vasallos que en la Nueva-España dieron la obediencia á su majestad.

Y luego Cortés les mandó que para otro dia, que era domingo de Ramos, muy de mañana viniesen al altar que hicimos, con sus hijos y mujeres, para que adorasen la santa imágen de Nuestra Señora y la Cruz; y asimismo les mandó que viniesen seis indios carpinteros, y que fuesen con nuestros carpinteros, y que en el pueblo de Cintia, adonde Dios Nuestro Señor fué servido de darnos aquella victoria de la batalla pasada, por mí referida, que hiciesen una cruz en un árbol grande que allí estaba, que llaman ceiba, é hiciéronla en aquel árbol á efecto que durase mucho, que con la corteza, que suele reverdecer, está siempre la cruz señalada.

Hecho esto mandó que aparejasen todas las canoas que tenian, para nos ayudar á embarcar, porque aquel santo dia nos queriamos hacer á la vela, porque en aquella sazon vinieron dos pilotos á decir á Cortés que estaban en gran riesgo los navíos por amor del Norte, que es travesía.

Y otro dia muy de mañana vinieron todos los caciques y principales con todas sus mujeres é hijos, y estaban ya en el patio donde teniamos la iglesia y cruz, y muchos ramos cortados para andar en procesion; y desque los caciques vimos juntos, Cortés y todos los capitanes á una con gran devocion anduvimos una muy devota procesion, y el padre de la Merced y Juan Diaz el Clérigo revestidos, y se dijo Misa, y adoramos y besamos la Santa Cruz, y los caciques é indios mirándonos.

Y hecha nuestra solemne fiesta segun el tiempo, vinieron los principales é trajeron á Cortés diez gallinas y pescado asado é otras legumbres, é nos despedimos dellos, y siempre Cortés encomendándoles la santa imágen de Nuestra Señora y las santas Cruces, y que las tuviesen muy limpias, y barrida la casa é la iglesia y enramado, y que las reverenciasen, é hallarian salud y buenas sementeras; y despues que era ya tarde nos embarcamos, y á otro dia lúnes por la mañana nos hicimos á la vela, y con buen viaje navegamos é fuimos la via de San Juan de Ulúa, y siempre muy juntos á tierra; é yendo navegando con buen tiempo, deciamos á Cortés los soldados que veniamos con Grijalva, cómo sabiamos aquella derrota:

—«Señor, allí queda la Rambla, que en lengua de indios se dice _Aguayaluco_.»

Y luego llegamos al paraje de _Tonala_, que se dice San Anton, y se lo señalábamos; más adelante le mostramos el gran rio de _Guazacualco_, é vió las muy altas sierras nevadas, é luego las sierras de San Martin; y más adelante le mostramos la roca partida, que es unos grandes peñascos que entran en la mar, é tiene una señal arriba como á manera de silla; é más adelante le mostramos el rio de Albarado, que es adonde entró Pedro de Albarado cuando lo de Grijalva; y luego vimos el rio de Banderas, que fué donde rescatamos los diez y seis mil pesos, y luego le mostramos la isla Blanca, y tambien le dijimos adónde quedaba la isla Verde; y junto á tierra vió la isla de Sacrificios, donde hallamos los altares cuando lo de Grijalva, y los indios sacrificados, y luego en buena hora llegamos á San Juan de Ulúa juéves de la Cena despues del medio dia.

Acuérdome que llegó un caballero que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, é dijo á Cortés:

—«Paréceme, señor, que os han venido diciendo estos caballeros que han venido otras dos veces á esta tierra:

Cata Francia, Montesinos Cata Paris la ciudad, Cata las aguas del Duero, Do van á dar á la mar.

Yo digo que mireis las tierras ricas, y sabeos bien gobernar.»

Luego Cortés bien entendió á qué fin fueron aquellas palabras dichas, y respondió:

—«Dénos Dios ventura en armas como al paladin Roldan; que en lo demás, teniendo á vuestra merced y á otros caballeros por señores, bien me sabré entender.»

Y dejémoslo, y no pasemos de aquí: esto es lo que pasó; y Cortés entró en el rio de Albarado, como dice Gómora.

CAPÍTULO XXXVII.

CÓMO DOÑA MARINA ERA CACICA É HIJA DE GRANDES SEÑORES, Y SEÑORA DE PUEBLOS Y VASALLOS, Y DE LA MANERA QUE FUÉ TRAIDA Á TABASCO.

Ántes que más meta la mano en lo del gran Montezuma y su gran Méjico y mejicanos, quiero decir lo de doña Marina, cómo desde su niñez fué gran señora de pueblos y vasallos, y es desta manera: que su padre y su madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painala, y tenia otros pueblos sujetos á él, obra de ocho leguas de la villa de Guacaluco, y murió el padre quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo y hubieron un hijo; y segun pareció, querian bien al hijo que habian habido; acordaron entre el padre y la madre de dalle el cargo despues de sus dias, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche la niña á unos indios de Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se habia muerto, y en aquella sazon murió una hija de una india esclava suya, y publicaron que era la heredera, por manera que los de Xicalango la dieron á los de Tabasco, y los de Tabasco á Cortés, y conocí á su madre y á su hermano de madre, hijo de la vieja, que era ya hombre y mandaba juntamente con la madre á su pueblo, porque el marido postrero de la vieja ya era fallecido; y despues de vueltos cristianos, se llamó la vieja Marta y el hijo Lázaro; y esto sélo muy bien, porque en el año 1523, despues de ganado Méjico y otras provincias, y se habia alzado Cristóbal de Olí en las Higueras, fué Cortés allá y pasó por Guacacualco, fuimos con él á aquel viaje toda la mayor parte de los vecinos de aquella villa, como diré en su tiempo y lugar; y como doña Marina en todas las guerras de la Nueva-España, Tlascala y Méjico fué tan excelente mujer y buena lengua, como adelante diré, á esta causa la traia siempre Cortés consigo, y en aquella sazon y viaje se casó con ella un hidalgo que se decia Juan Jaramillo, en un pueblo que se decia Orizava, delante de ciertos testigos, que uno de ellos se decia Aranda, vecino que fué de Tabasco, y aquel contaba el casamiento, y no como lo dice el coronista Gómora; y la doña Marina tenia mucho ser y mandaba absolutamente entre los indios en toda la Nueva-España.

Y estando Cortés en la villa de Guacacualco, envió á llamar á todos los caciques de aquella provincia para hacerles un parlamento acerca de la santa doctrina y sobre su buen tratamiento, y entónces vino la madre de doña Marina y su hermano de madre Lázaro, con otros caciques.

Dias habia que me habia dicho la doña Marina que era de aquella provincia y señora de vasallos, y bien lo sabia el capitan Cortés, y Aguilar, la lengua; por manera que vino la madre y su hija y el hermano, y conocieron que claramente era su hija, porque se le parecia mucho.

Tuvieron miedo della, que creyeron que los enviaba á llamar para matarlos, y lloraban; y como así los vido llorar la doña Marina, los consoló, y dijo que no hubiesen miedo, que cuando la traspusieron con los de Xicalango que no supieron lo que se hacian, y se lo perdonaba, y les dió muchas joyas de oro y de ropa y que se volviesen á su pueblo, y que Dios le habia hecho mucha merced en quitarla de adorar ídolos agora y ser cristiana, y tener un hijo de su amo y señor Cortés, y ser casada con un caballero como era su marido Juan Jaramillo; que aunque la hiciesen cacica de todas cuantas provincias habia en la Nueva-España, no lo seria; que en más tenia servir á su marido é á Cortés que cuanto en el mundo hay; y todo esto que digo se lo oí muy certificadamente, y se lo juró amen. Y esto me parece que quiere remediar á lo que acaeció con sus hermanos en Egipto á Josef, que vinieron á su poder cuando lo del trigo.

Esto es lo que pasó, y no la relacion que dieron al Gómora, y tambien dice otras cosas que dejo por alto.

É volviendo á nuestra materia, doña Marina sabia la lengua de Guacacualco, que es la propia de Méjico, y sabia la de Tabasco, como Jerónimo de Aguilar sabia la de Yucatan y Tabasco, que es toda una; entendíanse bien, y el Aguilar lo declaraba en castellano á Cortés; fué gran principio para nuestra conquista; y así se nos hacian las cosas, loado sea Dios, muy prósperamente.

He querido declarar esto, porque sin doña Marina no podiamos entender la lengua de Nueva-España y Méjico.

Donde lo dejaré é volveré á decir cómo nos desembarcamos en el puerto de San Juan de Ulúa.

CAPÍTULO XXXVIII.

CÓMO LLEGAMOS CON TODOS LOS NAVÍOS Á SAN JUAN DE ULÚA, Y LO QUE ALLÍ PASAMOS.

En Juéves Santo de la Cena del Señor de 1519 años llegamos con toda la armada al puerto de San Juan de Ulúa; y como el piloto Alaminos lo sabia muy bien desde cuando venimos con Juan de Grijalva, luego mandó surgir en parte que los navíos estuviesen seguros del Norte, y pusieron en la nao capitana sus estandartes reales y veletas, y desde obra de media hora que surgimos, vinieron dos canoas muy grandes (que en aquellas partes á las canoas grandes llaman piraguas), y en ellas vinieron muchos indios mejicanos, y como vieron los estandartes y navío grande, conocieron que allí habian de ir á hablar al capitan, y fuéronse derechos al navío, y entran dentro y preguntan quién era el Tlatoan, que en su lengua dicen el señor. Y doña Marina, bien lo entendió, porque sabia muy bien la lengua, se lo mostró.

Y los indios hicieron mucho acato á Cortés á su usanza, y le dijeron que fuese bien venido, é que un criado del gran Montezuma, su señor, les enviaba á saber qué hombres éramos é qué buscábamos, é que si algo hubiésemos menester para nosotros y los navíos, que se lo dijésemos, que traerian recaudo para ello.

Y nuestro Cortés respondió con las dos lenguas, Aguilar y doña Marina, que se lo tenia en merced; y luego les mandó dar de comer y beber vino, y unas cuentas azules, y cuando hubieron bebido, les dijo que veniamos para vellos y contratar, y que no se les haria enojo ninguno, é que hubiesen por buena nuestra llegada á aquella tierra.

Y los mensajeros se volvieron muy contentos á su tierra; y otro dia, que fué Viérnes Santo de la Cruz, desembarcamos, así caballos como artillería, en unos montones de arena, que no habia tierra llana, sino todos arenales, y asestaron los tiros como mejor le pareció al artillero, que se decia Mesa, y hicimos un altar, adonde se dijo luego Misa, é hicieron chozas y enramadas para Cortés y para los capitanes, y entre tres soldados acarreábamos madera é hicimos nuestras chozas, y los caballos se pusieron adonde estuviesen seguros; y en esto se pasó aquel Viérnes Santo.

Y otro dia sábado, víspera de Pascua, vinieron muchos indios que envió un principal que era gobernador de Montezuma, que se decia Pitalpitoque, que despues le llamamos Ovandillo, y trujeron hachas y adobaron las chozas del capitan Cortés y los ranchos que más cerca hallaron, y les pusieron mantas grandes encima, por amor del sol, que era cuaresma é hacia muy gran calor, y trujeron gallinas y pan de maíz y ciruelas, que era tiempo dellas, y paréceme que entónces trujeron unas joyas de oro, y todo lo presentaron á Cortés, é dijeron que otro dia habia de venir un gobernador á traer más bastimento. Cortés se lo agradeció mucho y les mandó dar ciertas cosas de rescate, con que fueron muy contentos.

Y otro dia, Pascua santa de Resurreccion, vino el gobernador que habian dicho, que se decia Tendile, hombre de negocios, é trujo con él á Pitalpitoque, que tambien era persona entre ellos principal, y traia detrás de sí muchos indios con presentes y gallinas y otras legumbres, y á estos que los traian mandó Tendile que se apartasen un poco á un cabo, y con mucha humildad hizo tres reverencias á Cortés á su usanza, y despues á todos los soldados que más cercanos nos hallamos.

Y Cortés les dijo con nuestras lenguas que fuesen bien venidos, y los abrazó, y les mandó que esperasen y que luego les hablaria, y entre tanto mandó hacer un altar lo mejor que en aquel tiempo se pudo hacer, y dijo misa cantada fray Bartolomé de Olmedo, y la beneficiaba el Padre Juan Diaz, y estuvieron á la misa los dos gobernadores y otros principales de los que traian en su compañía; y oido misa, comió Cortés y ciertos capitanes de los nuestros y los dos indios criados del gran Montezuma.

Y alzadas las mesas, se apartó Cortés con las dos nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar y con aquellos caciques, y les dijimos cómo éramos cristianos y vasallos del mayor señor que hay en el mundo, que se dice el Emperador don Cárlos, y que tiene por vasallos y criados á muchos grandes señores, y que por su mandado veniamos á aquestas tierras, porque há muchos años que tienen noticia dellas y del gran señor que les manda, y que lo quiere tener por amigo y decille muchas cosas en su Real nombre, y cuando las sepa é haya entendido se holgará dello, y para contratar con él y sus indios y vasallos de buena amistad, y queria saber dónde manda que se vean y se hablen.

Y el Tendile le respondió algo soberbio, y le dijo:

—«Aún agora has llegado y ya le quieres hablar; recibe agora este presente que te damos en su nombre, y despues me dirás lo que te cumpliere.»

Y luego sacó de una petaca, que es como caja, muchas piezas de oro y de buenas labores y ricas, y más de diez cargas de ropa blanca de algodon y de pluma, cosas muy de ver, y otras joyas que ya no me acuerdo, como há muchos años, y tras esto mucha comida, que eran gallinas de la tierra, fruta y pescado asado.

Cortés las recibió riendo y con buena gracia, y les dió cuentas de diamantes torcidas y otras cosas de Castilla; y les rogó que mandasen en sus pueblos que viniesen á contratar con nosotros, porque él traia muchas cuentas á trocar á oro, y le dijeron que así lo mandarian.

Segun despues supimos, estos Tendile y Pitalpitoque eran gobernadores de unas provincias que se dicen Cotastlan, Tustepeque, Guazpaltepeque, Tlatalteteclo, y de otros pueblos que nuevamente tenian sojuzgados; y luego Cortés mandó traer una silla de caderas con entalladuras muy pintadas y unas piedras margajitas que tienen dentro en sí muchas labores, y envueltas en unos algodones que tenian almizcle porque oliesen bien, y un sartal de diamantes torcido y una gorra de carmesí con una medalla de oro, y en ella figurado á San Jorge, que estaba á caballo con una lanza y parecia que mataba á un dragon: y dijo á Tendile que luego enviase aquella silla en que se asiente el Sr. Montezuma para cuando le vaya á ver y hablar Cortés, y que aquella gorra que la ponga en la cabeza, y que aquellas piedras y todo lo demás le mandó dar el Rey nuestro señor, en señal de amistad, porque sabe que es gran señor, y que mande señalar para qué dia y en qué parte quiere que le vaya á ver.

Y el Tendile le recibió y dijo que su señor Montezuma es tan gran señor, que se holgara de conocer á nuestro gran Rey, y que le llevará presto aquel presente y traerá respuesta.

Y parece ser que el Tendile traia consigo grandes pintores, que los hay tales en Méjico, y mandó pintar al natural rostro, cuerpo y facciones de Cortés y de todos los capitanes y soldados, y navíos y velas é caballos, y á doña Marina é Aguilar, hasta dos lebreles, é tiros é pelotas, é todo el ejército que traiamos, é lo llevó á su señor.

Y luego mandó Cortés á nuestros artilleros que tuviesen muy bien cebadas las bombardas con buen golpe de pólvora para que hiciesen gran trueno cuando las soltasen, y mandó á Pedro de Albarado que él y todos los de á caballo se aparejasen para que aquellos criados de Montezuma los viesen correr, y que llevasen pretales de cascabeles; y tambien Cortés cabalgó y dijo:

—«Si en estos medaños de arena pudiéramos correr, bueno fuera; mas ya verán que á pié atollamos en la arena; salgamos á la playa desque sea menguante, y correremos de dos en dos.»

É al Pedro de Albarado, que era su yegua alazana, de gran carrera y revuelta, le dió el cargo de todos los de á caballo.

Todo lo cual se hizo delante de aquellos dos embajadores, y para que viesen salir los tiros dijo Cortés que les queria tornar á hablar con otros muchos principales, y ponen fuego á las bombardas, y en aquella sazon hacia calma; iban las piedras por los montes retumbando con gran ruido, y los gobernadores y todos los indios se espantaron de cosas tan nuevas para ellos, y lo mandaron pintar á sus pintores para que Montezuma lo viese.

Y parece ser que un soldado tenia un casco medio dorado, y vióle Tendile, que era más entremetido indio que el otro, y dijo que parecia á unos que ellos tienen que les habian dejado sus antepasados del linaje donde venian, el cual tenian puesta en la cabeza á sus dioses Huichilóbos, que es su ídolo de la guerra, y que su señor Montezuma se holgará de lo ver, y luego se lo dieron; y les dijo Cortés que porque queria saber si el oro de esta tierra es como el que sacan de la nuestra de los rios, que le envien aquel casco lleno de granos para enviarlo á nuestro gran Emperador.

Y despues de todo esto, el Tendile se despidió de Cortés y de todos nosotros, y despues de muchos ofrecimientos que les hizo el mismo Cortés, le abrazó y se despidió dél, y dijo el Tendile que él volveria con la respuesta con toda brevedad; é ido, alcanzamos á saber que, despues de ser indios de grandes negocios, fué el más suelto peon que su amo Montezuma tenia; el cual fué en posta y dió relacion de todo á su señor, y le mostró el dibujo que llevaba pintado y el presente que le envió Cortés; y cuando el gran Montezuma le vió quedó admirado, y recibió por otra parte mucho contento, y desque vió el casco y el que tenia su Huichilóbos, tuvo por cierto que éramos del linaje de los que les habian dicho sus antepasados que vendrian á señorear aquesta tierra.

Aquí es donde dice el coronista Gómora muchas cosas que no le dieron buena relacion. Dejallo hé aquí, y diré lo que más nos acaesció.

CAPÍTULO XXXIX.

CÓMO FUÉ TENDILE Á HABLAR Á SU SEÑOR MONTEZUMA Y LLEVAR EL PRESENTE Y LO QUE HICIMOS EN NUESTRO REAL.

Desque se fué Tendile con el presente que el capitan Cortés le dió para su señor Montezuma, é habia quedado en nuestro real el otro gobernador que se decia Pitalpitoque, quedó en unas chozas apartadas de nosotros, y allí trajeron indios para que hiciesen pan de su maíz, y gallinas, fruta y pescado, y de aquella proveian á Cortés y á los capitanes que comian con él (que á nosotros los soldados, si no lo mariscábamos é íbamos á pescar, no lo teniamos); y en aquella sazon vinieron muchos indios de los pueblos por mí nombrados, donde eran gobernadores aquellos criados del gran Montezuma, y traian algunos dellos oro y joyas de poco valor y gallinas á trocar por nuestros rescates, que eran cuentas verdes, diamantes y otras cosas, y con aquello nos sustentábamos, porque comunmente todos los soldados traiamos rescate, como teniamos aviso cuando lo de Grijalva que era bueno traer cuentas, y en esto pasaron seis ó siete dias; y estando en esto vino el Tendile una mañana con más de cien indios cargados, y venia con ellos un gran cacique mejicano, y en el rostro, facciones y cuerpo se parecian al capitan Cortés, y adrede lo envió el gran Montezuma; porque, segun dijeron, cuando á Cortés le llevó Tendile dibujada su misma figura, todos los principales que estaban con Montezuma dijeron que un principal que se decia Quintalbor se le parecia á lo propio á Cortés, que así se llamaba aquel gran cacique que venia con Tendile; y como parecia á Cortés, así le llamábamos en el real Cortés allá, Cortés acullá.