Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 8
Y fué desta manera, que desenvainada su espada, dió tres cuchilladas, en señal de posesion, en un árbol grande, que se dice ceiba, que estaba en la plaza de aquel gran patio, é dijo que si habia alguna persona que se lo contradijese que él se lo defenderia con su espada y una rodela que tenia embrazada; y todos los soldados que presentes nos hallamos cuando aquello pasó, dijimos que era bien tomar aquella Real posesion en nombre de su majestad, y que nosotros seriamos en ayudalle si alguna persona otra cosa dijere, é por ante un escribano del Rey se hizo aquel auto. Sobre esta posesion, la parte de Diego Velazquez tuvo que remormurar della.
Acuérdome que en aquellas reñidas guerras que nos dieron de aquella vez hirieron á catorce soldados, é á mí me dieron un flechazo en el muslo, mas poca la herida, y quedaron tendidos y muertos diez y ocho indios en el agua y en tierra donde desembarcamos; é allí dormimos aquella noche con grandes velas y escuchas.
Y dejallo he, por contar lo que más pasamos.
CAPÍTULO XXXII.
CÓMO MANDÓ CORTÉS Á TODOS LOS CAPITANES QUE FUESEN CON CADA CIEN SOLDADOS Á VER LA TIERRA Á DENTRO, Y LO QUE SOBRE ELLO NOS ACAECIÓ.
Otro dia de mañana mandó Cortés á Pedro de Albarado que saliese por capitan con cien soldados, y entre ellos quince ballesteros y escopeteros, y que fuese á ver la tierra adentro hasta andadura de dos leguas, y que llevase en su compañía á Melchorejo, la lengua de la Punta de Cotoche; y cuando le fueron á llamar al Melchorejo, no le hallaron, que se habia ya huido con los de aquel pueblo de Tabasco; porque, segun parecia, el dia ántes en las Puntas de los Palmares dejó colgados sus vestidos que tenia de Castilla, y se fué de noche en una canoa; y Cortés sintió enojo con su ida, porque no dijese á los indios sus naturales algunas cosas que no trujesen provecho.
Dejémosle huido con la mala ventura, y volvamos á nuestro cuento: que asimismo mandó Cortés que fuese otro capitan que se decia Francisco de Lugo por otra parte con otros cien soldados y doce ballesteros y escopeteros, y que no pasase de otras dos leguas, y que volviese en la noche á dormir al real; y yendo que iba el Francisco de Lugo con su compañía obra de una legua de nuestro real, se encontró con grandes capitanes y escuadrones de indios, todos flecheros, y con lanzas y rodelas, y atambores y penachos, y se vienen derechos á la capitanía de nuestros soldados, y les cercan por todas partes, y les comienzan á flechar de arte, que no se podian sustentar con tanta multitud de indios, y les tiraban muchas varas tostadas y piedras con hondas, que como granizo caian sobre ellos, y con espadas de navajas de dos manos; y por bien que peleaba el Francisco de Lugo y sus soldados, no los podia apartar de sí; y cuando aquesto vió, con gran concierto se venia ya retrayendo al real é habia enviado adelante un indio de Cuba muy gran corredor é suelto, á dar mandado á Cortés para que le fuésemos á ayudar; é todavía el Francisco de Lugo, con gran concierto de sus ballesteros y escopeteros, unos armados é otros tirando, y algunas arremetidas que hacian, se sostenian con todos los escuadrones que sobre él estaban.
Dejémosle de la manera que he dicho, é con gran peligro, é volvamos al capitan Pedro de Albarado, que pareció ser habia andado más de una legua, y topó con un estero muy malo de pasar, é quiso Dios nuestro Señor encaminallo que volviese por otro camino hácia donde estaba el Francisco de Lugo peleando, como dicho tengo; y como oyó las escopetas que tiraban y el gran ruido de atambores y trompetillas, y voces é silbos de los indios, bien entendió que estaban revueltos en guerra, y con mucha presteza é con gran concierto acudió á las voces é tiros, é halló al capitan Francisco de Lugo con su gente haciendo rostro y peleando con los contrarios, é cinco indios muertos; y luego que se juntaron con el Lugo, dan tras los indios, que los hicieron apartar, y no de manera que los pudiesen poner en huida, que todavía los fueron siguiendo los indios á los nuestros hasta el real; é asimismo nos habian acometido y venido á dar guerra otras capitanías de guerreros adonde estaba Cortés con los heridos; mas muy presto los hicimos retraer con los tiros que llevaban muchos dellos, y á buenas cuchilladas y estocadas.
Volvamos á decir algo atrás, que cuando Cortés oyó al indio de Cuba que venia á demandar socorro, y del arte que quedaba Francisco de Lugo, de presto les íbamos á ayudar, y nosotros que íbamos y los dos capitanes por mí nombrados, que llegaban con sus gentes obra de media legua del real, y murieron dos soldados de la capitanía de Francisco de Lugo, y ocho heridos, y de los de Pedro de Albarado le hirieron tres, y cuando llegaron al real se curaron, y enterramos los muertos, é hubo buena vela y escuchas; y en aquellas escaramuzas matamos quince indios y se prendieron tres, y el uno parecia algo principal; y el Aguilar, nuestra lengua, les preguntaba que por qué eran locos é salian á dar guerra.
Luego se envió un indio dellos con cuentas verdes para dar á los caciques porque viniesen de paz; é aquel mensajero dijo que el indio Melchorejo, que traiamos con nosotros de la Punta de Cotoche, se fué á ellos la noche ántes, les aconsejó que nos diesen guerra de dia y de noche, que nos vencerian, porque éramos muy pocos; de manera que traiamos con nosotros muy mala ayuda y nuestro contrario.
Y aquel indio que enviamos por mensajero fué, y nunca volvió con la respuesta; y de los otros dos indios que estaban presos supo Aguilar, la lengua, por muy cierto, que para otro dia estaban juntos cuantos caciques habia en aquella provincia, con todas sus armas, segun las suelen usar, aparejados para nos dar guerra, y que nos habian de venir otro dia á cercar en el real, y que el Melchorejo se lo aconsejó.
Y dejallos hé aquí, é diré lo que sobre ello hicimos.
CAPÍTULO XXXIII.
CÓMO CORTÉS MANDÓ QUE PARA OTRO DIA NOS APAREJÁSEMOS TODOS PARA IR EN BUSCA DE LOS ESCUADRONES GUERREROS, Y MANDÓ SACAR LOS CABALLOS DE LOS NAVÍOS, Y LO QUE MÁS NOS AVINO EN LA BATALLA QUE CON ELLOS TUVIMOS.
Luego Cortés supo que muy ciertamente nos venian á dar guerra, y mandó que con brevedad sacasen todos los caballos de los navíos en tierra, y que escopetas y ballesteros é todos los soldados estuviésemos muy á punto con nuestras armas, é aunque estuviésemos heridos; y cuando hubieron sacado los caballos en tierra, estaban muy torpes y temerosos en el correr, como habia muchos dias que estaban en los navíos, y otro dia estuvieron sueltos.
Una cosa acaeció en aquella sazon á seis ó siete soldados, mancebos y bien dispuestos, que les dió mal en los riñones, que no se pudieron tener poco ni mucho en sus piés si no los llevaban á cuestas: no supimos de qué; decian que de ser regalados en Cuba, y que con el peso y calor de las armas que les dió aquel mal.
Luego Cortés los mandó llevar á los navíos, no quedasen en tierra, y apercibió á los caballeros que habian de ir los mejores jinetes, y caballos que fuesen con pretales de cascabeles, y les mandó que no se parasen á alancear hasta haberlos desbaratado, sino que las lanzas se les pasasen por los rostros; y señaló trece de á caballo, á Cristóbal de Olí, y Pedro de Albarado, é Alonso Hernandez Puertocarrero, é Juan de Escalante, é Francisco de Montejo; é á Alonso de Ávila le dieron un caballo que era de Ortiz el músico y de un Bartolomé García, que ninguno dellos era buen jinete; é Juan Velazquez de Leon, é Francisco de Morla, y Lares el buen jinete (nómbrole así porque habia otro buen jinete y otro Lares), é Gonzalo Dominguez, extremados hombres de á caballo; Moron el del Bayamo y Pedro Gonzalez el de Trujillo; todos estos caballeros señaló Cortés, y él por capitan, é mandó á Mesa el artillero que tuviese á punto su artillería, é mandó á Diego de Ordás que fuese por capitan de todos nosotros, porque no era hombre de á caballo, é tambien fué por capitan de los ballesteros é artilleros.
Y otro dia muy de mañana, que fué dia de Nuestra Señora de Marzo, despues de haber oido Misa, puestos todos en ordenanza con nuestro alférez, que entónces era Antonio de Villarroel, marido que fué de una señora que se decia Isabel de Ojeda, que desde allí á tres años se mudó el nombre en Villareal y se llamó Antonio Serrano de Cardona.
Tornemos á nuestro propósito: que fuimos por unas habanas grandes, donde habian dado guerra á Francisco de Lugo y á Pedro de Albarado, y llamábase aquella habana é pueblo Cintia, sujeta al mesmo Tabasco, una legua del aposento donde salimos; é nuestro Cortés se apartó un poco espacio ó trecho de nosotros por causa de unas ciénegas que no podian pasar los caballos; é yendo de la manera que he dicho con el Ordás, dimos con todo el poder de escuadrones de indios guerreros que nos venian ya á buscar á los aposentos, é fué donde los encontramos junto al mesmo pueblo de Cintia en un buen llano. Por manera que si aquellos guerreros tenian deseo de nos dar guerra y nos iban á buscar, nosotros los encontramos con el mismo motivo.
Y dejallo hé aquí, é diré lo que pasó en la batalla, y bien se puede nombrar batalla, é bien terrible, como adelante verán.
CAPÍTULO XXXIV.
CÓMO NOS DIERON GUERRA TODOS LOS CACIQUES DE TABASCO Y SUS PROVINCIAS, Y LO QUE SOBRE ELLO SUCEDIÓ.
Ya he dicho de la manera é concierto que íbamos, y cómo hallamos todas las capitanías y escuadrones de contrarios que nos iban á buscar, é traian todos grandes penachos, é atambores é trompetillas, é las caras enalmagradas é blancas é prietas, é con grandes arcos y flechas, é lanzas é rodelas, y espadas como montantes de á dos manos, é mucha honda é piedra, é varas tostadas, é cada uno sus armas colchadas de algodon; é así como llegaron á nosotros, como eran grandes escuadrones, que todas las habanas cubrian, se vienen como perros rabiosos é nos cercan por todas partes, é tiran tanta de flecha é vara y piedra, que de la primera arremetida hirieron más de setenta de los nuestros, é con las lanzas pié con pié nos hacian mucho daño, é un soldado murió luego de un flechazo que le dió por el oido, el cual se llamaba Saldaña; é no hacian sino flechar y herir en los nuestros; é nosotros con los tiros y escopetas, é ballestas é grandes estocadas no perdiamos punto de buen pelear; y como conocieron las estocadas y el mal que les haciamos, poco á poco se apartaban de nosotros, mas era para flechar más á su salvo, puesto que Mesa, nuestro artillero, con los tiros mataba muchos dellos, porque eran grandes escuadrones y no se apartaban léjos, y daba en ellos á su placer, y con todos los males y heridas que les haciamos, no los podiamos apartar.
Yo dije al capitan Diego de Ordás:
—«Paréceme que debemos cerrar y apechugar con ellos; porque verdaderamente sienten bien el cortar de las espadas, y por esta causa se desvian algo de nosotros por temor dellas, y por mejor tirarnos sus flechas y varas tostadas, y tanta piedra como granizo.»
Respondió el Ordás que no era buen acuerdo, porque habia para cada uno de nosotros trescientos indios, y que no nos podiamos sostener con tanta multitud, é así estuvimos con ellos sosteniéndonos.
Todavía acordamos de nos llegar cuanto pudiésemos á ellos, como se lo habia dicho el Ordás, por dalles mal año de estocadas; y bien lo sintieron, y separaron luego de la parte de una ciénaga; y en todo este tiempo Cortés con los de á caballo no venia, aunque deseábamos en gran manera su ayuda, y temiamos que por ventura no le hubiese acaecido algun desastre.
Acuérdome que cuando soltábamos los tiros, que daban los indios grandes silbos é gritos, y echaban tierra y pajas en alto porque no viésemos el daño que les haciamos, é tañian entónces trompetas y trompetillas, silbos y voces, y decian _Ala lala_.
Estando en esto, vimos asomar los de á caballo, é como aquellos grandes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de pronto de los de á caballo, como venian por las espaldas; y como el campo era llano é los caballeros buenos jinetes, é algunos de los caballos muy revueltos y corredores, danles tan buena mano, é alanceando á su placer, como convenia en aquel tiempo; pues los que estábamos peleando, como los vimos, dimos tanta priesa en ellos, los de á caballo por una parte é nosotros por otra, que de presto volvieron las espaldas.
Aquí creyeron los indios que el caballo é caballero era todo un cuerpo, como jamás habian visto caballos hasta entónces; iban aquellas habanas é campos llenos dellos, y se acogieron á unos montes que allí habia.
Y despues que los hubimos desbaratado, Cortés nos contó cómo no habia podido venir más presto por causa de una ciénaga, y que estuvo peleando con otros escuadrones de guerreros ántes que á nosotros llegasen, y traia heridos cinco caballeros y ocho caballos.
Y despues de apeados debajo de unos árboles que allí estaban, dimos muchas gracias y loores á Dios y á Nuestra Señora su bendita Madre, alzando todos las manos al cielo, porque nos habia dado aquella victoria tan cumplida; y como era dia de Nuestra Señora de Marzo, llamóse una villa que se pobló el tiempo andando, Santa María de la Vitoria, así por ser dia de Nuestra Señora como por la gran vitoria que tuvimos.
Aquesta fué pues la primera guerra que tuvimos en compañía de Cortés en la Nueva-España. Y esto pasando, apretamos las heridas á los heridos con paños, que otra cosa no habia, y se curaron los caballos con quemalles las heridas con unto de indio de los muertos, que habia por el campo, y eran más de ochocientos, é todos los más de estocadas, y otros de los tiros y escopetas y ballestas, é muchos estaban medio muertos y tendidos. Pues donde anduvieron los de á caballo habia buen recuerdo dellos muertos é otros quejándose de las heridas.
Estuvimos en esta batalla sobre una hora, que no les pudimos hacer perder punto de buenos guerreros, hasta que vinieron los de á caballo, como he dicho; y prendimos cinco indios, é los dos dellos capitanes; y como era tarde y hartos de pelear, é no habiamos comido, nos volvimos al real, y luego enterramos dos soldados que iban heridos por las gargantas é por el oido, y quemamos las heridas á los demás é á los caballos con el unto del indio, y pusimos buenas velas y escuchas, y cenamos y reposamos.
Aquí es donde dice Francisco Lopez de Gómora que salió Francisco de Morla en un caballo rucio picado ántes que llegase Cortés con los de á caballo, y que eran los santos Apóstoles señor Santiago ó señor San Pedro.
Digo que todas nuestras obras y vitorias son por mano de Nuestro Señor Jesucristo, y que en aquella batalla habia para cada uno de nosotros tantos indios, que á puñados de tierra nos cegaran, salvo que la gran misericordia de Dios en todo nos ayudaba; y pudiera ser que los que dice el Gómora fueran los gloriosos Apóstoles señor Santiago ó señor San Pedro, y yo, como pecador, no fuese digno de verles; lo que yo entónces vi y conocí fué á Francisco de Morla en un caballo castaño, que venia juntamente con Cortés, que me parece que agora que lo estoy escribiendo, se me representa por estos ojos pecadores toda la guerra segun y de la manera que allí pasamos; y ya que yo, como indigno pecador, no merecedor de ver á cualquiera de aquellos gloriosos Apóstoles, allí en nuestra compañía habia sobre cuatrocientos soldados, y Cortés y otros muchos caballeros, y platicárase dello y tomárase por testimonio, y se hubiera hecho una iglesia cuando se pobló la villa, y se nombrara la villa de Santiago de la Vitoria, ú de San Pedro de la Vitoria, como se nombró Santa María de la Vitoria; y si fuera así como lo dice el Gómora, harto malos cristianos fuéramos, enviándonos Nuestro Señor Dios sus Santos Apóstoles, no reconocer la gran merced que nos hacia, y reverenciar cada dia aquella iglesia; y pluguiera á Dios que así fuera como el coronista dice, y hasta que leí su Corónica, nunca entre conquistadores que allí se hallaron tal se oyó.
Y dejémoslo aquí, é diré lo que más pasamos.
CAPÍTULO XXXV.
CÓMO ENVIÓ CORTÉS Á LLAMAR Á TODOS LOS CACIQUES DE AQUELLAS PROVINCIAS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Ya he dicho cómo prendimos en aquella batalla cinco indios, é los dos dellos capitanes; con los cuales estuvo Aguilar, la lengua, á pláticas, é conoció en lo que le dijeron que serian hombres para enviar por mensajeros; é díjole al capitan Cortés que les soltasen, y que fuesen á hablar á los caciques de aquel pueblo é otros cualesquier; y á aquellos dos indios mensajeros se les dió cuentas verdes é diamantes azules, y les dijo Aguilar muchas palabras bien sabrosas y de halagos, y que les queremos tener por hermanos y que no hubiesen miedo, y que lo pasado de aquella guerra que ellos tenian la culpa, y que llamasen á todos los caciques de todos los pueblos, que les queriamos hablar, y se les amonestó otras muchas cosas bien mansamente para atraellos de paz; y fueron de buena voluntad, é hablaron con los principales é caciques, y les dijeron todo lo que les enviamos á hacer saber sobre la paz.
É oida nuestra embajada, fué entre ellos acordado de enviar luego quince indios de los esclavos que entre ellos tenian, y todos tiznadas las caras é las mantas y bragueros que traian muy ruines, y con ellos enviaron gallinas y pescado asado é pan de maíz; y llegados delante de Cortés, los recibió de buena voluntad, é Aguilar, la lengua, les dijo medio enojado que cómo venian de aquella manera puestas las caras; que más venian de guerra que para tratar paces, y que luego fuesen á los caciques y les dijesen que si querian paz, como se la ofrecimos, que viniesen señores á tratar della, como se usa, é no enviasen esclavos.
Á aquellos mismos tiznados se les hizo ciertos halagos, y se envió con ellos cuentas azules en señal de paz y para ablandalles los pensamientos.
Y luego otro dia vinieron treinta indios principales é con buenas mantas, y trujeron gallinas y pescado, é fruta y pan de maíz, y demandaron licencia á Cortés para quemar y enterrar los cuerpos de los muertos en las batallas pasadas, porque no oliesen mal ó los comiesen tigres ó leones; la cual licencia les dió luego, y ellos se dieron priesa en traer mucha gente para los enterrar y quemar los cuerpos, segun su usanza; y segun Cortés supo dellos, dijeron que les faltaba sobre ochocientos hombres, sin los que estaban heridos; é dijeron que no se podian tener con nosotros en palabras ni paces, porque otro dia habian de venir todos los principales y señores de todos aquellos pueblos, é concertarian las paces.
Y como Cortés en todo era muy avisado, nos dijo riendo á los soldados que allí nos hallamos teniéndole compañía:
—«¿Sabeis, señores, que me parece que estos indios temerán mucho á los caballos, y deben de pensar que ellos solos hacen la guerra é asimismo las bombardas? He pensado una cosa para que mejor lo crean, que traigan la yegua de Juan Sedeño, que parió el otro dia en el navío, é atalla han aquí adonde yo estoy, é traigan el caballo de Ortiz el músico, que es muy rijoso, y tomará olor de la yegua; é cuando haya tomado olor della, llevarán la yegua y el caballo, cada uno de por sí, en parte que desque vengan los caciques que han de venir, no los oigan relinchar ni los vean hasta que esten delante de mí y estemos hablando.»
É así se hizo, segun y de la manera que lo mandó; que trujeron la yegua y el caballo, é tomó olor della en el aposento de Cortés; y demás desto, mandó que cebasen un tiro, el mayor de los que teniamos, con una buena pelota y bien cargado de pólvora.
Y estando en esto, que ya era medio dia, vinieron cuarenta indios, todos caciques, con buena manera y mantas ricas á la usanza dellos, saludaron á Cortés y á todos nosotros, y traian de sus inciensos zahumándonos á cuantos allí estábamos, y demandaron perdon de lo pasado, y que de allí adelante serian buenos.
Cortés les respondió con Aguilar, nuestra lengua, algo con gravedad, como haciendo del enojado, que ya ellos habian visto cuántas veces les habian requerido con la paz, y que ellos tenian la culpa, y que agora eran merecedores que á ellos é á cuantos quedan en todos sus pueblos matásemos; y porque somos vasallos de un gran Rey y señor que nos envió á estas partes, el cual se dice el emperador D. Cárlos, que manda que á los que estuvieren en su Real servicio que les ayudemos é favorezcamos, y que si ellos fueren buenos, como dicen, que así lo harémos, é si no, que soltará de aquellos tepustles que los maten (al hierro llaman en su lengua _tepustle_), que aun por lo pasado que han hecho en darnos guerra están enojados algunos dellos.
Entónces secretamente mandó poner fuego á la bombarda que estaba cebada, y dió tan buen trueno y recio como era menester; iba la pelota zumbando por los montes, que, como en aquel instante era mediodia é hacia calma, llevaba gran ruido, y los caciques se espantaron de la oir; y como no habian visto cosa como aquella, creyeron que era verdad lo que Cortés les dijo, y para asegurarles del miedo, les tornó á decir con Aguilar que ya no hubiesen miedo, que él mandó que no hiciese daño; y en aquel instante trujeron el caballo que habia tomado olor de la yegua, y atándolo no muy léjos de donde estaba Cortés hablando con los caciques; y como á la yegua la habian tenido en el mismo aposento adonde Cortés y los indios estaban hablando, pateaba el caballo, y relinchaba y hacia bramuras, y siempre los ojos mirando á los indios y al aposento donde habia tomado olor de la yegua; é los caciques creyeron que por ellos hacia aquellas bramuras del relinchar y el patear, y estaban espantados.
Y cuando Cortés los vió de aquel arte, se levantó de la silla, y se fué para el caballo y le tomó del freno é dijo á Aguilar que hiciese creer á los indios que allí estaban que habia mandado al caballo que no les hiciese mal ninguno; y luego dijo á los dos mozos de espuelas que lo llevasen de allí léjos, que no lo tornasen á ver los caciques.
Y estando en esto, vinieron sobre treinta indios de carga, que entre ellos llaman tamenes, que traian la comida de gallinas y pescado asado y otras cosas de frutas, que parece ser se quedaron atrás ó no pudieron venir juntamente con los caciques.
Allí hubo muchas pláticas Cortés con aquellos principales, y dijeron que otro dia vendrian todos, é traerian un presente é hablarian en otras cosas; y así, se fueron muy contentos. Donde los dejaré agora hasta otro dia.
CAPÍTULO XXXVI.
CÓMO VINIERON TODOS LOS CACIQUES É CALACHONIS DEL RIO DE GRIJALVA Y TRAJERON UN PRESENTE, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Otro dia de mañana, que fué á los postreros del mes de Marzo de 1519 años, vinieron muchos caciques y principales de aquel pueblo y otros comarcanos, haciendo mucho acato á todos nosotros, é trajeron un presente de oro, que fueron cuatro diademas, y unas lagartijas, y dos como perrillos, y orejeras, é cinco ánades, y dos figuras de caras de indios, y dos suelas de oro, como de sus cotorras, y otras cosillas de poco valor, que yo no me acuerdo qué tanto valía, y trajeron mantas de las que ellos traian é hacian, que son muy bastas; porque ya habrán oido decir los que tienen noticia de aquella provincia que no las hay en aquella tierra sino de poco valor; y no fué nada este presente en comparacion de veinte mujeres, y entre ellas una muy excelente mujer, que se dijo doña Marina, que así se llamó despues de vuelta cristiana.
Y dejaré esta plática, y de hablar della y de las demás mujeres que trujeron, y diré que Cortés recibió aquel presente con alegría, y se apartó con todos los caciques y con Aguilar el intérprete á hablar, y les dijo que por aquello que traian se lo tenia en gracia; mas que una cosa les rogaba, que luego mandasen poblar aquel pueblo con toda su gente, mujeres é hijos; y que dentro de dos dias le queria ver poblado, y que en esto conocerá tener verdadera paz.