Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 6
Tambien quiero que vean los que esto leyeren la diferencia que hay de la relacion de Francisco Gómora cuando dice que envió á mandar Diego Velazquez á Ordás que convidase á comer á Cortés en un navío y lo llevase preso á Santiago. Y pone otras cosas en su corónica, que por no me alargar lo dejo de decir, y al parecer de los curiosos letores si lleva mejor camino lo que se vió por vista de ojos ó lo que dice el Gómora que no lo vió.
Volvamos á nuestra materia.
CAPÍTULO XXIII.
CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS SE EMBARCÓ CON TODOS LOS DEMÁS CABALLEROS Y SOLDADOS PARA IR POR LA BANDA DEL SUR AL PUERTO DE LA HABANA, Y ENVIÓ OTRO NAVÍO POR LA BANDA DEL NORTE AL MISMO PUERTO, Y LO QUE MÁS LE ACAECIÓ.
Despues que Cortés vió que en la villa de la Trinidad no teniamos en qué entender, apercibió á todos los caballeros y soldados que allí se habian juntado para ir en su compañía, que embarcasen juntamente con él en los navíos que estaban en el puerto de la banda del Sur, y los que por tierra quisiesen ir, fuesen hasta la Habana con Pedro de Albarado, para que fuese recogiendo más soldados, que estaban en unas estancias que era camino de la misma Habana; porque el Pedro de Albarado era muy apacible, y tenia gracia en hacer gente de guerra. Yo fuí en su compañía por tierra, y más de otros cincuenta soldados.
Dejemos esto, y diré que tambien mandó Cortés á un hidalgo que se decia Juan de Escalante, muy su amigo, que se fuese en un navío por la banda del norte. Y tambien mandó que todos los caballos fuesen por tierra.
Pues ya despachado todo lo que dicho tengo, Cortés se embarcó en la nao capitana con todos los navíos para ir la derrota en la Habana.
Parece ser que los naos que llevaba en conserva no vieron á la capitana, donde iba Cortés, porque era de noche, y fueron al puerto; y asimismo llegamos por tierra con Pedro de Albarado á la villa de la Habana; y el navío en que venia Juan de Escalante por la banda del norte tambien habia llegado, y todos los caballos que iban por tierra; y Cortés no vino, ni sabia dar razon dél ni dónde quedaba, y pasáronse cinco dias, y no habia nuevas ningunas de su navío, y teniamos sospechas no se hubiese perdido en los Jardines, que es cerca de las islas de Pinos, donde hay muchos bajos, que son diez ó doce leguas de la Habana; y fué acordada por todos nosotros que fuesen tres navíos de los de ménos porte en busca de Cortés; y sin aderezar los navíos y en debates, vaya Fulano, vaya Zutano, ó Pedro ó Sancho, se pasaron otros dos dias y Cortés no venia; y habia entre nosotros bandos y medio chirinolas sobre quién seria capitan hasta saber de Cortés; y quien más en ello metió la mano fué Diego de Ordás, como mayordomo mayor del Velazquez, á quien enviaba para entender solamente en lo de la armada, no se le alzase con ella.
Dejemos esto, y volvamos á Cortés, que como venia en el navío de mayor porte (como ántes tengo dicho), en el paraje de la isla de Pinos ó cerca de los Jardines hay muchos bajos, parece ser tocó y quedó algo en seco el navío, é no pudo navegar, y con el batel mandó descargar toda la carga que se pudo sacar, porque allí cerca habia tierra, donde lo descargaron; y desque vieron que el navío estuvo en floto y podia nadar, le metieron en más hondo, y tornaron á cargarlo que habian descargado en tierra, y dió vela; y fué su viaje hasta el puerto de la Habana; y cuando llegó, todos los más de los caballeros y soldados que le aguardábamos nos alegramos con su venida salvo algunos que pretendian ser capitanes; y cesaron las chirinolas.
Y despues que le aposentamos en la casa de Pedro Barba, que era teniente de aquella villa por el Diego Velazquez, mandó sacar sus estandartes y ponellos delante de las casas donde posaba; y mandó dar pregones segun y de la manera de los pasados, y de allí de la Habana vino un hidalgo que se decia Francisco de Montejo, y este es el por mí muchas veces nombrado, que, despues de ganado Méjico fué adelantado y gobernador de Yucatan y Honduras; y vino Diego de Soto el de Toro, que fué mayordomo de Cortés en lo de Méjico; y vino un Angulo, Garci Caro y Sebastian Rodriguez y un Pacheco, y un fulano Gutierrez, y un Rojas (no digo Rojas el Rico), y un mancebo que se decia Santa Clara, y dos hermanos que se decian los Martinez del Fregenal, y un Juan de Najara (no lo digo por el sordo, el del juego de la pelota de Méjico), y todas personas de calidad, sin otros soldados que no me acuerdo sus nombres.
Y cuando Cortés los vió todos aquellos hidalgos y soldados juntos se holgó en grande manera, y luego envió un navío á la punta de Guaniguanico, á en pueblo que allí estaba de indios, adonde hacian cazabe y tenian muchos puercos, para que cargase el navío de tocinos, porque aquella estancia era del gobernador Diego Velazquez; y envió por capitan del navío al Diego de Ordás, como mayordomo mayor de las haciendas del Velazquez, y envióle por tenelle apartado de sí; porque Cortés supo que no se mostró mucho en su favor cuando hubo las contiendas sobre quién seria capitan cuando Cortés estaba en la isla de Pinos, que tocó su navío, y por no tener contraste en su persona le envió; y le mandó que despues que tuviese cargado el navío de bastimentos, se estuviese aguardando en el mismo puerto de Guaniguanico hasta que se juntase con otro navío que habia de ir por la banda del norte, y que irian ámbos en conserva hasta lo de Cozumel, ó le avisaria con indios en canoas lo que habia de hacer.
Volvamos á decir del Francisco de Montejo y de todos aquellos vecinos de la Habana, que metieron mucho matalotaje de cazabe y tocinos, que otra cosa no habia; y luego Cortés mandó sacar toda la artillería de los navíos, que eran diez tiros de bronce y ciertos falconetes, y dió cargo dellos á un artillero que se decia Mesa y á un levantisco que se decia Arbenga y á un Juan Catalan, para que los limpiasen y probasen y para que las pelotas y pólvora todo lo tuviesen muy á punto; é dióles vino y vinagre con que lo refinasen; y dióles por compañero á uno que se decia Bartolomé de Usagre.
Asimismo mandó aderezar las ballestas y cuerdas, y nueces y almacen, é que tirasen á terrero, é que mirasen á cuántos pasos llegaba la fuga de cada una dellas.
Y como en aquella tierra de la Habana habia mucho algodon, hicimos armas muy bien colchadas, porque son buenas para entre indios, porque es mucha la vara y flecha y lanzadas que daban, pues piedra era como granizo; y allí en la Habana comenzó Cortés á poner casa y á tratarse como señor, y el primer maestresala que tuvo fué un Guzman, que luego se murió ó mataron indios; no digo por el mayordomo Cristóbal de Guzman, que fué de Cortés, que prendió Gutemuz cuando la guerra de Méjico. Y tambien tuvo Cortés por camarero á un Rodrigo Rangel, y por mayordomo á un Juan de Cáceres, que fué, despues de ganado Méjico, hombre rico.
Y todo esto ordenado, nos mandó apercebir para embarcar, y que los caballos fuesen repartidos en todos los navíos: hicieron pesebrera, y metieron mucho maíz y yerba seca.
Quiero aquí poner por memoria todos los caballos y yeguas que pasaron.
El capitan Cortés, un caballo castaño zaino, que luego se le murió en San Juan de Ulúa.
Pedro de Albarado y Hernando Lopez de Ávila, una yegua castaña muy buena, de juego y de carrera, y de que llegamos á la Nueva-España el Pedro de Albarado le compró la mitad de la yegua, ó se la tomó por fuerza.
Alonso Hernandez Puertocarrero, una yegua rucia de buena carrera, que le compró Cortés por las lazadas de oro.
Juan Velazquez de Leon, otra yegua rucia muy poderosa, que llamábamos la Rabona, muy revuelta y de buena carrera.
Cristóbal de Olí, un caballo castaño oscuro, harto bueno.
Francisco de Montejo y Alonso de Ávila, un caballo alazan tostado: no fué para cosa de guerra.
Francisco de Morla, un caballo castaño oscuro, gran corredor y revuelto.
Juan de Escalante, un caballo castaño claro, tresalvo, no fué bueno.
Diego de Ordás, una yegua rucia, machorra, pasadera aunque corria poco.
Gonzalo Dominguez, un muy extremado jinete, un caballo castaño oscuro muy bueno y grande corredor.
Pedro Gonzalez de Trujillo, un buen caballo castaño, perfecto castaño, que corria muy bien.
Moron, vecino del Vaimo, un caballo overo labrado de las manos, y era bien revuelto.
Vaena, vecino de la Trinidad, un caballo overo algo sobre morcillo: no salió bueno.
Lares, él muy buen jinete, un caballo muy bueno, de color castaño, algo claro y buen corredor.
Ortiz el músico, y un Bartolomé García, que solia tener minas de oro, un muy buen caballo oscuro que decian el Arriero: este fué uno de los buenos caballos que pasamos en la armada.
Juan Sedeño, vecino de la Habana, una yegua castaña, y esta yegua parió en el navío.
Este Juan Sedeño pasó el más rico soldado que hubo en toda la armada, porque trujo un navío suyo, y la yegua y un negro, é cazabe é tocinos; porque en aquella sazon no se podia hallar caballos ni negros sino era á peso de oro, y á esta causa no pasaron más caballos, porque no los habia.
Y dejallos hé aquí, y diré lo que allá nos avino, ya que estamos á punto para nos embarcar.
CAPÍTULO XXIV.
CÓMO DIEGO VELAZQUEZ ENVIÓ Á UN SU CRIADO QUE SE DECIA GASPAR DE GARNICA, CON MANDAMIENTOS Y PROVISIONES PARA QUE EN TODO CASO SE PRENDIESE Á CORTÉS Y SE LE TOMASE EL ARMADA, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Hay necesidad que algunas cosas desta relacion vuelvan muy atrás á se relatar, para que se entienda bien lo que se escribe; y esto digo que parece ser que, como el Diego Velazquez vió y supo de cierto que Francisco Verdugo, su teniente ó cuñado, que estaba en la villa de la Trinidad, no quiso apremiar á Cortés que dejase el armada, ántes le favoreció, juntamente con Diego de Ordás, para que saliese, dice que estaba tan enojado el Diego Velazquez, que hacia bramuras, y decia al secretario Andrés de Duero y al contador Amador de Lares que ellos le habian engañado por el trato que hicieron, y que Cortés iba alzado, y acordó de enviar á un criado con cartas y mandamientos para la Habana á su teniente, que se decia Pedro Barba, y escribió á todos sus parientes que estaban por vecinos en aquella villa, y al Diego de Ordás y á Juan Velazquez de Leon, que eran sus deudos é amigos, rogándoles muy afectuosamente que en bueno ni en malo no dejasen pasar aquella armada, y que luego prendiesen á Cortés, y se lo enviasen preso é á buen recaudo á Santiago de Cuba.
Llegado que llegó Garnica (que así se decia el que envió con las cartas y mandamientos á la Habana), se supo lo que traia, y con este mismo mensajero tuvo aviso Cortés de lo que enviaba el Velazquez, y fué de esta manera, que parece ser que un fraile de la Merced que se daba por servidor de Velazquez, que estaba en su compañía del mismo gobernador, escribia á otro fraile de su órden, que se decia fray Bartolomé de Olmedo, que iba con Cortés, y en aquella carta del fraile le avisaban á Cortés sus dos compañeros Andrés del Duero y el Contador de lo que pasaba: volvamos á nuestro cuento.
Pues como al Ordás lo habia enviado Cortés á lo de los bastimentos con el navío (como dicho tengo), no tenia Cortés contraditor sino á Juan Velazquez de Leon; luego que le habló lo trujo á su mandado, y especialmente que el Juan Velazquez no estaba bien con el pariente, porque no le habia dado buenos indios.
Pues á todos los más que habia escrito el Diego Velazquez, ninguno le acudia á su propósito; ántes todos á una se mostraron por Cortés, y el teniente Pedro Barba muy mejor; y demás desto, aquellos hidalgos Albarados, y el Alonso Hernandez Puertocarrero, y Francisco de Montejo, y Cristóbal de Olí, y Juan de Escalante, é Andrés de Monjaraz, y su hermano Gregorio de Monjaraz, y todos nosotros pusiéramos la vida por el Cortés.
Por manera que si en la villa de la Trinidad se disimularon los mandamientos, muy mejor se callaron en la Habana entónces; y con el mismo Garnica escribió el teniente Pedro Barba al Diego Velazquez, que no osó prender á Cortés porque estaba muy pujante de soldados, é que hubo temor no metiese á sacomano la villa y la robase, y embarcase todos los vecinos y se los llevase consigo. É que, á lo que ha entendido, que Cortés era su servidor, é que no se atrevió á hacer otra cosa.
Y Cortés le escribió al Velazquez con palabras tan buenas y de ofrecimientos, que los sabia muy bien decir, é que otro dia se haria á la vela, y que le seria muy servidor.
CAPÍTULO XXV.
CÓMO CORTÉS SE HIZO Á LA VELA CON TODA SU COMPAÑÍA DE CABALLEROS Y SOLDADOS PARA LA ISLA DE COZUMEL, Y LO QUE ALLÍ LE AVINO.
No hicimos alarde hasta la villa de Cozumel, más de mandar Cortés que los caballos se embarcasen; y mandó Cortés á Pedro de Albarado que fuese por la banda del Norte en un buen navío que se decia San Sebastian, y mandó al piloto que llevaba el navío que le aguardase en la punta de San Anton, para que allí se juntase con todos los navíos para ir en conserva hasta Cozumel, y envió mensajero á Diego de Ordás, que habia ido por el bastimento, que aguardase que hiciese lo mismo, porque estaba en la banda del Norte; y en 10 dias del mes de Febrero, año de 1519, despues de haber oido Misa, nos hicimos á la vela con nueve navíos por la banda del Sur con la copia de los caballeros y soldados que dicho tengo, y con los dos navíos de la banda del Norte (como he dicho), que fueron once con el en que fué Pedro de Albarado con sesenta soldados, é yo fuí en su compañía, y el piloto que llevábamos, que se decia Camacho, no tuvo cuenta de lo que le fué mandado por Cortés y siguió su derrota, y llegamos dos dias ántes que Cortés á Cozumel, y surgimos en el puerto, ya por mí otras veces dicho cuando lo de Grijalva; y Cortés aún no habia llegado con su flota, por causa que un navío en que venia por capitan Francisco de Morla, con tiempo se le saltó el gobernalle, y fué socorrido con otro gobernalle de los navíos que venian con Cortés, y vinieron todos en conserva.
Volvamos á Pedro de Albarado, que así como llegamos al puerto saltamos en tierra en el pueblo de Cozumel con todos los soldados, y no hallamos indios ningunos, que se habian ido huyendo; y mandó que luego fuésemos á otro pueblo que estaba de allí una legua, y tambien se amontaron é huyeron los naturales, y no pudieron llevar su hacienda, y dejaron gallinas é otras cosas; y de las gallinas mandó Pedro de Albarado que tomasen hasta cuarenta dellas, y tambien en una casa de adoratorios de ídolos tenian unos paramentos de mantas viejas é unas arquillas donde estaban unas como diademas é ídolos, cuentas é pinjantillos de oro bajo, é tambien se les tomó dos indios é una india, y volvimos al pueblo donde desembarcamos.
Estando en esto llegó Cortés con todos los navíos, y despues de aposentado, la primera cosa que se hizo fué mandar echar preso en grillos al piloto Camacho porque no aguardó en la mar, como lo fué mandado.
Y desque vió al pueblo sin gente, y supo cómo Pedro de Albarado habia ido al otro pueblo, é que les habia tomado gallinas é paramentos y otras cosillas de poco valor, de los ídolos y el oro medio cobre, mostró tener mucho enojo dello y de cómo no aguardó el piloto; y reprendióle gravemente al Pedro de Albarado, y le dijo que no se habian de apaciguar las tierras de aquella manera, tomando á los naturales su hacienda; y luego mandó traer á los dos indios y la india que habiamos tomado, y con Melchorejo, que llevábamos de la Punta de Cotoche, que entendia bien aquella lengua, les habló, porque Julianillo su compañero se habia muerto, que fuesen á llamar los caciques é indios de aquel pueblo, y que no hubiesen miedo, y les mandó volver el oro é paramentos y todo lo demás, é por las gallinas, que ya se habian comido, les mandó dar cuentas é cascabeles, é más dió á cada indio una camisa de Castilla.
Por manera que fueron á llamar el señor de aquel pueblo, é otro dia vino el cacique con toda su gente, hijos y mujeres de todos los del pueblo, y andaban entre nosotros como si toda su vida nos hubieran tratado; é mandó Cortés que no se les hiciese enojo ninguno.
Aquí en esta isla comenzó Cortés á mandar muy de hecho, y nuestro Señor le daba gracia que do quiera que ponia la mano se le hacia bien especial en pacificar los pueblos y naturales de aquellas partes, como adelante verán.
CAPÍTULO XXVI.
CÓMO CORTÉS MANDÓ HACER ALARDE DE TODO SU EJÉRCITO, Y DE LO QUE MÁS NOS AVINO.
De allí á tres dias que estábamos en Cozumel mandó Cortés hacer alarde para ver qué tantos soldados llevaba, é halló por su cuenta que éramos quinientos y ocho, sin maestres y pilotos é marineros, que serian ciento y nueve, y diez y seis caballos é yeguas, las yeguas todas eran de juego y de carrera, é once navíos grandes y pequeños, con uno que era como bergantin, que traia á cargo un Ginés Nortes, y eran treinta y dos ballesteros y trece escopeteros, que así se llamaban en aquel tiempo, é tiros de bronce é cuatro falconetes, é mucha pólvora é pelotas, y esto desta cuenta de los ballesteros no se me acuerda bien, no hace al caso de la relacion; y hecho el alarde, mandó á Mesa el artillero, que así se llamaba, é á un Bartolomé de Usagre, é Arbenga é á un catalan, que todos eran artilleros, que lo tuviesen muy limpio é aderezado, é los tiros y pelotas muy á punto, juntamente con la pólvora.
Puso por capitan de la artillería á un Francisco de Orozco, que habia sido buen soldado en Italia; asimismo mandó á los ballesteros, maestros de aderezar ballestas, que se decian Juan Benitez y Pedro de Guzman el Ballestero, que mirasen que todas las ballestas tuviesen á dos y á tres nueces é otras tantas cuerdas, y que siempre tuviesen cepillo é ingijuela, y tirasen á terrero, y que caballos estuviesen á punto.
No sé yo en qué gasto ahora tanta tinta en meter la mano en cosas de apercibimiento de armas y de lo demás; porque Cortés verdaderamente tenia grande vigilancia en todo.
CAPÍTULO XXVII.
CÓMO CORTÉS SUPO DE DOS ESPAÑOLES QUE ESTABAN EN PODER DE INDIOS EN LA PUNTA DE COTOCHE, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Como Cortés en todo ponia gran diligencia, me mandó llamar á mí é á un vizcaino que se llamaba Martin Ramos, é nos preguntó que qué sentiamos de aquellas palabras que nos hubieron dicho los indios de Campeche cuando venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, que decian Castilan, Castilan, segun lo he dicho en el capítulo que dello habla; y nosotros se lo tornamos á contar segun y de la manera que lo habiamos visto é oido, é dijo que ha pensado en ello muchas veces, é que por ventura estarian algunos españoles en aquellas tierras, é dijo:
—«Paréceme que será bien preguntar á estos caciques de Cozumel si sabian alguna nueva dellos.»
É con Melchorejo, el de la Punta de Cotoche, que entendia ya poca cosa la lengua de Castilla, é sabia muy bien la de Cozumel, se lo preguntó á todos los principales, é todos á una dijeron que habian conocido ciertos españoles, é daban señas dellos, y que en la tierra adentro, andadura de dos soles, estaban, y los tenian por esclavos unos caciques, y que allí en Cozumel habia indios mercaderes que les hablaron pocos dias habia; de lo cual todos nos alegramos con aquellas nuevas.
É díjoles Cortés que luego les fuesen á llamar con carta, que en su lengua llaman _amales_, é dió á los caciques y á los indios que fueron con las cartas, camisas, y los halagó, y les dijo que cuando volviesen les darian más cuentas; y el cacique dijo á Cortés que enviase rescate para los amos con quien estaban, que los tenian por esclavos, porque los dejasen venir; y así se hizo, que se les dió á los mensajeros de todo género de cuentas, y luego mandó apercebir dos navíos, los de ménos porte, que el uno era poco mayor que bergantin, y con veinte ballesteros y escopeteros, y por capitan dellos á Diego de Ordás; y mandó que estuviesen en la costa de la Punta de Cotoche, aguardando ocho dias con el navío mayor: y entre tanto que iban y venian con la respuesta de las cartas, con el navío pequeño volviesen á dar la respuesta á Cortés de lo que hacian, porque estaba aquella tierra de la Punta de Cotoche obra de cuatro leguas, y se parece la una tierra desde la otra; y escrita la carta, decia en ella:
«Señores y hermanos: Aquí en Cozumel he sabido que estais en poder de un cacique detenidos, y os pido por merced que luego os vengais aquí en Cozumel, que para ello envio un navío con soldados, si los hubiéredes menester, y rescate para dar á esos indios con quien estais y lleva el navío de plazo ocho dias para su aguardar. Veníos con toda brevedad; de mí sereis bien mirados y aprovechados. Yo quedo aquí en esta isla con quinientos soldados y once navíos; en ellos voy mediante Dios, la via de un pueblo que se dice Tabasco ó Potonchan, etc.»
Luego se embarcaron en los navíos con las cartas y los dos indios mercaderes de Cozumel que las llevaban, y en tres horas atravesaron el golfete, y echaron en tierra los mensajeros con las cartas y el rescate, y en dos dias las dieron á un español que se decia Jerónimo de Aguilar, que entónces supimos que así se llamaba, y de aquí adelante así le nombraré.
Y desque las hubo leido, y recebido el rescate de las cuentas que le enviamos, él se holgó con ello y lo llevó á su amo el Cacique para que le diese licencia; la cual luego la dió para que se fuese adonde quisiese.
Caminó el Aguilar adonde estaba su compañero, que se decia Gonzalo Guerrero, que le respondió:
—«Hermano Aguilar, yo soy casado, tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitan cuando hay guerras: íos vos con Dios; que yo tengo labrada la cara é horadadas las orejas; ¿qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera? É ya veis estos mis tres hijitos cuán bonitos son. Por vida vuestra que me deis desas cuentas verdes que traeis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envian de mi tierra.»
É asimismo la india mujer del Gonzalo habló al Aguilar en su lengua muy enojada, y le dijo:
—«Mira con qué viene este esclavo á llamar á mi marido: íos vos, y no cureis de más pláticas.»
Y el Aguilar tornó á hablar al Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima; y si por mujer é hijos lo habia, que la llevase consigo si no los queria dejar; y por más que le dijo é amonestó, no quiso venir. Y parece ser aquel Gonzalo Guerrero era hombre de la mar, natural de Pálos.
Y desque el Jerónimo de Aguilar vido que no queria venir, se vino luego con los dos indios mensajeros adonde habia estado el navío aguardándole, y desque llegó no le halló; que ya se habia ido, porque ya se habian pasado los ocho dias, é aun uno más que llevó de plazo de Ordás para que aguardase; porque desque vió el Aguilar no venia, se volvió á Cozumel, sin llevar recaudo á lo que habia venido; y desque el Aguilar vió que no estaba allí el navío, quedó muy triste, y se volvió á su amo al pueblo donde ántes solia vivir.
Y dejaré esto, é diré cuando Cortés vió venir al Ordás sin recaudo ni nueva de los españoles ni de los indios mensajeros, estaba tan enojado, que dijo con palabras soberbias el Ordás que habia creido que otro mejor recaudo trajera que no venirse así sin los españoles ni nueva dellos; porque ciertamente estaban en aquella tierra.
Pues en aquel instante aconteció que unos marineros que se decian los Peñates, naturales de Gibraleon, habian hurtado á un soldado que se decia Berrio ciertos tocinos, y no se los querian dar, y quejóse el Berrio á Cortés; y tomado juramento á los marineros, se perjuraron, y en la pesquisa pareció el hurto; los cuales tocinos estaban repartidos en los siete marineros, é á todos siete los mandó luego azotar; que no aprovecharon ruegos de ningun capitan. Donde lo dejaré, así esto de los marineros como esto del Aguilar, é nos iremos sin él nuestro viaje hasta su tiempo y sazon.
Y diré cómo venian muchos indios en romería á aquella isla de Cozumel, los cuales eran naturales de los pueblos comarcanos de la Punta de Cotoche y de otras partes de tierra de Yucatan; porque, segun pareció, habia allí en Cozumel ídolos de muy disformes figuras, y estaban en un adoratorio.