Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 5

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Pues las guerras de Méjico de cuando nos desbarataron y echaron de la ciudad, é nos mataron é sacrificaron sobre ochocientos y sesenta soldados; digo otra vez sobre ochocientos y sesenta soldados, porque de mil trecientos que entramos al socorro de Pedro de Albarado, é íbamos en aquel socorro los de Narvaez é los de Cortés, que eran los mil y trecientos que he dicho, no escapamos sino cuatrocientos y cuarenta, é todos heridos, y dícelo de manera como si no fuera nada.

Pues desque tornamos á conquistar la gran ciudad de Méjico é la ganamos, tampoco dice los soldados que nos mataron é hirieron en las conquistas, sino que todo lo hallábamos como quien va á bodas y regocijos.

¿Para qué meto yo aquí tanto la pluma en contar cada cosa por sí, que es gastar papel y tinta? Porque si en todo lo que escribe va de aquesta arte, es gran lástima; y puesto que él lleve buen estilo, habia de ver que para que diese fe á lo demás que dice, que en esto se habia de esmerar.

Dejemos esta plática, é volveré á mi materia; que despues de bien mirado todo lo que he dicho que escribe Gómora, que por ser tan léjos de lo que pasó es en perjuicio de tantos, torno á proseguir en mi relacion é historia; porque dicen sábios varones que la buena política y agraciado componer es decir verdad en lo que escribieren, y la mera verdad resiste á mi rudeza; y mirando en esto que he dicho, acordé de seguir mi intento con el ornato y pláticas que adelante se verán, para que salga á luz y se vean las conquistas de la Nueva-España claramente y como se han de ver, y su majestad sea servido conocer los grandes é notables servicios que le hicimos los verdaderos conquistadores, pues tan pocos soldados como venimos á estas tierras con el venturoso y buen capitan Hernando Cortés, nos pusimos á tan grandes peligros y le ganamos esta tierra, que es una buena parte de las del Nuevo-Mundo, puesto que su majestad, como cristiano Rey y señor nuestro, nos lo ha mandado muchas veces gratificar; y dejaré de hablar acerca de esto, porque hay mucho que decir.

Y quiero volver con la pluma en la mano, como el buen piloto lleva la sonda por la mar, descubriendo los bajos cuando siente que los hay, así haré yo encaminar á la verdad de lo que pasó la historia del coronista Gómora, y no será todo en lo que escribe; porque si parte por parte se hubiese de escribir, seria más la costa en coger la rebusca que en las verdaderas vendimias.

Digo que sobre esta mi relacion pueden los coronistas sublimar é dar loas cuantas quisieren, así al capitan Cortés como á los fuertes conquistadores, pues tan grande y santa empresa salió de nuestras manos, pues ello mismo da fe muy verdadera; y no son cuentos de naciones extrañas, ni sueños ni porfias, que ayer pasó á manera de decir, sino vean toda la Nueva-España qué cosa es, y lo que sobre ello escriben.

Diremos lo que en aquellos tiempos nos hallamos ser verdad, como testigos de vista, é no estaremos hablando las contrariedades y falsas relaciones (como decimos) de los que escribieron de oidas, pues sabemos que la verdad es cosa sagrada, y quiero dejar de más hablar en esta materia; y aunque habia bien que decir della é lo que sé, sospecho del coronista que le dieron falsas relaciones cuando hacia aquella historia; porque toda la honra y prez della la dió sólo al marqués D. Hernando Cortés, é no hizo memoria de ninguno de nuestros valerosos capitanes y fuertes soldados; y bien se parece en todo lo que el Gómora escribe en su historia serle muy aficionado, pues á su hijo, el marqués que agora es, le eligió su corónica é obra, é la dejó de elegir á nuestro Rey y señor; y no solamente el Francisco Lopez de Gómora escribió tantos borrones é cosas que no son verdaderas, de que ha hecho mucho daño á muchos escritores é coronistas que despues del Gómora han escrito en las cosas de la Nueva-España, como es el doctor Illescas y Pablo Iovio, que se van por sus mismas palabras y escriben ni más ni ménos que el Gómora.

Por manera que lo que sobre esta materia escribieron es porque les ha hecho errar el Gómora.

CAPÍTULO XIX.

CÓMO VENIMOS OTRA VEZ CON OTRA ARMADA Á LAS TIERRAS NUEVAMENTE DESCUBIERTAS, Y POR CAPITAN DE LA ARMADA HERNANDO CORTÉS, QUE DESPUES FUÉ MARQUÉS DEL VALLE, Y TUVO OTROS DITADOS, Y DE LAS CONTRARIEDADES QUE HUBO PARA LE ESTORBAR QUE NO FUESE CAPITAN.

En 15 dias del mes de Noviembre de 1518 años, vuelto el capitan Juan de Grijalva de descubrir las tierras nuevas (como dicho habemos), el gobernador Diego Velazquez ordenaba de enviar otra armada muy mayor que las de ántes, y para ello tenia ya diez navíos en el puerto de Santiago de Cuba; los cuatro dellos eran en los que volvimos cuando lo de Juan de Grijalva, porque luego les hizo dar carena y adobar, y los otros seis recogieron de toda la isla, y los hizo proveer de bastimento, que era pan cazabe y tocino, porque en aquella sazon no habia en la isla de Cuba ganado vacuno ni carneros, y este bastimento no era para más de hasta llegar á la Habana, porque allí habiamos de hacer todo el matalotaje, como se hizo.

Y dejemos de hablar en esto, y volvamos á decir las diferencias que se hubo en elegir capitan para aquel viaje. Habia muchos debates y contrariedades, porque ciertos caballeros decian que viniese un capitan muy de calidad, que se decia Vasco Porcallo, pariente cercano del conde de Feria, y temióse el Diego Velazquez que se alzaria con la armada, porque era atrevido; otros decian que viniese un Agustin Bermudez ó un Antonio Velazquez Borrego, ó un Bernardino Velazquez, parientes del gobernador Diego Velazquez; y todos los más soldados que allí nos hallamos deciamos que volviese el Juan de Grijalva, pues era buen capitan y no habia falta en su persona y en saber mandar.

Andando las cosas y conciertos desta manera que aquí he dicho, dos grandes privados del Diego Velazquez, que se decian Andrés de Duero, secretario del mismo gobernador, y un Amador de Larez, contador de su majestad, hicieron secretamente compañía con un buen hidalgo, que se decia Hernando Cortés, natural de Medellin, el cual fué hijo de Martin Cortés de Monroy y de Catalina Pizarro Altamirano, é ámbos hijosdalgo, aunque pobres; é así era por la parte de su padre Cortés y Monroy, y la de su madre Pizarro é Altamirano: fué de los buenos linajes de Extremadura, é tenia indios de encomienda en aquella isla, é poco tiempo habia que se habia casado por amores con una señora que se decia doña Catalina Suarez Pacheco, y esta señora era hija de Diego Suarez Pacheco, ya difunto, natural de la ciudad de Ávila, y de María de Mercaida, vizcaina y hermana de Juan Suarez Pacheco; y este, despues que se ganó la Nueva-España, fué vecino y encomendado en Méjico; y sobre este casamiento de Cortés le sucedieron muchas pesadumbres y prisiones, porque Diego Velazquez favoreció las partes della, como más largo contarán otros; y así pasaré adelante y diré acerca de la compañía, y fué desta manera: que concertaron estos dos grandes privados del Diego Velazquez que le hiciesen dar á Hernando Cortés la capitanía general de toda la armada, y que partirian entre todos tres la ganancia del oro y plata y joyas de la parte que le cupiese á Cortés; porque secretamente el Diego Velazquez enviaba á rescatar, y no á poblar.

Pues hecho este concierto, tienen tales modos el Duero y el contador con el Diego Velazquez, y le dicen tan buenas y melosas palabras, loando mucho á Cortés, que es persona en quien cabe aquel cargo, y para capitan muy esforzado y que le seria muy fiel, pues era su ahijado, porque fué su padrino cuando Cortés se veló con doña Catalina Suarez Pacheco; por manera que le persuadieron á ello y luego se eligió por capitan general; y el Andrés de Duero, como era secretario del gobernador, no tardó en hacer las provisiones, como dice en el refran, de muy buena tinta, y como Cortés las quiso bastantes, y se las trujo firmadas.

Ya publicada su eleccion, á unas personas les placia y á otras les pesaba. Y un domingo, yendo á Misa el Diego Velazquez, como era gobernador, íbanle acompañando las más nobles personas y vecinos que habia en aquella villa, y llevaba á Hernando Cortés á su lado derecho por le honrar; é iba delante del Diego Velazquez un truhan que se decia Cervantes el Loco, haciendo gestos y chocarrerías:

—«Á la gala de mi amo; Diego, Diego, ¿qué capitan has elegido? Que es de Medellin de Extremadura, capitan de gran ventura. Mas temo, Diego, no se te alce con la armada; que le juzgo por muy gran varon en sus cosas.»

Y decia otras locuras, que todas iban inclinadas á malicia. Y porque lo iba diciendo de aquella manera le dió de pescozazos el Andrés de Duero, que iba allí junto con Cortés, y le dijo:

—«Calla, borracho, loco, no seas más bellaco; que bien entendido tenemos que esas malicias, so color de gracias no salen de tí.»

Y todavía el loco iba diciendo:

—«Viva, viva la gala de mi amo Diego y del su venturoso capitan Cortés. É juro á tal, mi amo Diego, que por no te ver llorar tu mal recaudo que ahora has hecho yo me quiero ir con Cortés á aquellas ricas tierras.»

Túvose por cierto que dieron los Velazquez parientes del gobernador ciertos pesos de oro á aquel chocarrero porque dijese aquellas malicias, so color de gracias.

Y todo salió verdad como lo dijo. Dicen que los locos muchas veces aciertan en lo que hablan; y fué elegido Hernando Cortés, por la gracia de Dios, para ensalzar nuestra santa fe y servir á su majestad, como adelante se dirá.

CAPÍTULO XX.

DE LAS COSAS QUE HIZO Y ENTENDIÓ EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS DESPUES QUE FUÉ ELEGIDO POR CAPITAN, COMO DICHO ES.

Pues como ya fué elegido Hernando Cortés por general de la armada que dicho tengo, comenzó á buscar todo género de armas, así escopetas como pólvora y ballestas, é todos cuantos pertrechos de guerra pudo haber y buscar, todas cuantas maneras de rescate, y tambien otras cosas pertenecientes para aquel viaje.

É demás desto, se comenzó de pulir é abellidar en su persona mucho más que de ántes, é se puso un penacho de plumas con su medalla de oro, que le parecia muy bien. Pues para hacer aquestos gastos que he dicho no tenia de qué, porque en aquella sazon estaba muy adeudado y pobre, puesto que tenia buenos indios de encomienda y le daban buena renta de las minas de oro; más todo lo gastaba en su persona y en atavíos de su mujer, que era recien casado.

Era apacible en su persona y bien quisto y de buena conversacion, y habia sido dos veces alcalde en la villa de Santiago de Boroco, adonde era vecino, porque en aquestas tierras se tiene por mucha honra.

Y como ciertos mercaderes amigos suyos, que se decian Jaime Tria ó Gerónimo Tria y un Pedro de Jerez, le vieron con capitanía y prosperado, le prestaron cuatro mil pesos de oro y le dieron otras mercaderías sobre la renta de sus indios, y luego hizo hacer unas lazadas de oro, que puso en una ropa de terciopelo, y mandó hacer estandartes y banderas labradas de oro, con las armas Reales y una cruz de cada parte, juntamente con las armas de nuestro Rey y Señor, con un letrero en latin, que decia: «Hermanos, sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos;» y luego mandó dar pregones y tocar sus atambores y trompetas en nombre de su majestad, y en su Real nombre por Diego Velazquez, para cualesquier personas que quisiesen ir en su compañía á las tierras nuevamente descubiertas á las conquistar y doblar, les darian sus partes del oro, plata y joyas que se hubiese, y encomiendas de indios despues de pacificada, y que para ello tenia el Diego Velazquez de su majestad.

É puesto que se pregonó aquesto de la licencia del Rey nuestro Señor, aún no habia venido con ella de Castilla el Capellan Benito Martinez, que fué el que Diego Velazquez hubo despachado á Castilla para que le trujese, como dicho tengo en el capítulo que dello habla.

Pues como se supo esta nueva en toda la isla de Cuba, y tambien Cortés escribió á todas las villas á sus amigos que se aparejasen para ir con él á aquel viaje, unos vendian sus haciendas para buscar armas y caballos, otros comenzaban á hacer cazabe y salar tocinos para matalotaje, y se colchaban armas y se apercebian de lo que habian menester lo mejor que podian.

De manera que nos juntamos en Santiago de Cuba, donde salimos con el armada, más de trescientos soldados; y de la casa del mismo Diego Velazquez vinieron los más principales que tenia en su servicio, que era un Diego de Ordás, su mayordomo mayor, y á este el mismo Velazquez lo envió para que mirase y entendiese no hubiese alguna mala trama en la armada; que siempre se temió de Cortés, aunque lo disimulaba; y vino un Francisco de Morla y un Escobar y un Heredia, y Juan Ruano y Pedro Escudero, y un Martin Ramos de Lares, vizcaino, y otros muchos que eran amigos y paniaguados del Diego Velazquez. É yo me pongo á la postre, ya que estos soldados pongo aquí por memoria, y no á otros, porque en su tiempo y sazon los nombraré á todos los que se me acordare.

Y como Cortés andaba muy solícito en aviar su armada, y en todo se daba mucha priesa, como ya la malicia y envidia reinaba siempre en aquellos deudos del Diego Velazquez, estaban afrentados como no se fiaba el pariente dellos, y dió aquel cargo y capitanía á Cortés, sabiendo que le habia tenido por su grande enemigo pocos dias habia sobre el casamiento de la mujer de Cortés, que se decia Catalina Suarez la Marcaida (como dicho tengo); y á esta causa andaban mormurando del pariente Diego de Velazquez y aun de Cortés, y por todas las vías que podian la revolvian con el Diego Velazquez para que en todas maneras le revocasen el poder; de lo cual tenia dello aviso el Cortés, y á esta causa no se quitaba de la compañía de estar con el gobernador y siempre mostrándose muy gran su servidor. Él decia que le habia de hacer muy ilustre señor é rico en poco tiempo.

Y demás desto, el Andrés de Duero avisaba siempre á Cortés que se diese priesa en embarcar, porque ya tenian trastrocado al Diego Velazquez con importunidad de aquellos sus parientes los Velazquez. Y desque aquello vió Cortés, mandó á su mujer doña Catalina Suarez la Marcaida que todo lo que hubiese de llevar de bastimentos y otros regalos que suelen hacer para sus maridos, en especial para tal jornada, se llevase luego á embarcar á los navíos.

É ya tenia mandado apregonar é apregonado, é apercebidos á los maestres y pilotos y á todos los soldados, que para tal dia y noche no quedase ninguno en tierra.

Y desque aquello tuvo mandado y los vió todos embarcados, se fué á despedir del Diego Velazquez, acompañado de aquellos sus grandes amigos y compañeros, Andrés de Duero y el contador Amador de Lares, y todos los más nobles vecinos de aquella villa; y despues de muchos ofrecimientos y abrazos de Cortés al gobernador y del gobernador á Cortés, se despidió dél; y otro dia muy de mañana, despues de haber oido Misa, nos fuimos á los navíos, y el mismo Diego Velazquez le tornó á acompañar, y otros muchos hidalgos, hasta acercarnos á la vela, y con próspero tiempo en pocos dias llegamos á la villa de la Trinidad; y tomado puerto y saltados en tierra, lo que allí le avino á Cortés adelante se dirá.

Aquí en esta relacion verán lo que á Cortés le acaeció y las contrariedades que tuvo hasta elegir por capitan y todo lo demás ya por mí dicho; y sobre ello miren lo que dice Gómora en su historia, y hallarán ser muy contrario lo uno de lo otro, y cómo á Andrés de Duero, siendo secretario que mandaba la isla de Cuba, le hace mercader, y al Diego de Ordás, que vino ahora con Cortés, dijo que habia venido con Grijalva.

Dejemos al Gómora y á su mala relacion, y digamos cómo desembarcamos con Cortés en la villa de la Trinidad.

CAPÍTULO XXI.

DE LO QUE CORTÉS HIZO DESQUE LLEGÓ Á LA VILLA DE LA TRINIDAD, Y DE LOS CABALLEROS Y SOLDADOS QUE ALLÍ NOS JUNTAMOS PARA IR EN SU COMPAÑÍA, Y DE LO QUE MÁS LE AVINO.

É así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salidos en tierra, y como los vecinos lo supieron, luego fueron á recibir á Cortés y á todos nosotros los que veniamos en su compañía, y á darnos el parabien venido á su villa, y llevaron á Cortés á aposentar entre los vecinos, porque habia en aquella villa poblados muy buenos hidalgos; y luego mandó Cortés poner su estandarte delante de su posada y dar pregones, como se habia hecho en la villa de Santiago, y mandó buscar todas las ballestas y escopetas que habia, y comprar otras cosas necesarias y aun bastimentos; y de aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros, y todos hermanos, que fué el capitan Pedro Albarado y Gonzalo de Albarado y Jorge de Albarado y Gonzalo y Gomez é Juan de Albarado el viejo, que era bastardo; el capitan Pedro de Albarado es el por muy muchas veces nombrado; é tambien salió de aquesta villa Alonso de Ávila, natural de Ávila, capitan que fué cuando lo de Grijalva, é salió Juan de Escalante é Pedro Sanchez Farfan, natural de Sevilla, y Gonzalo Mejía, que fué tesorero en lo de Méjico, é un Baena y Juanes de Fuenterrabia, y Cristóbal de Olí, que fué forzado, que fué maestre de campo en la toma de la ciudad de Méjico y en todas las guerras de la Nueva-España, é Ortiz el músico, é un Gaspar Sanchez, sobrino del tesorero de Cuba, é un Diego de Pineda ó Pinedo, y un Alonso Rodriguez, que tenia unas minas ricas de oro, y un Bartolomé García y otros hidalgos que no me acuerdo sus nombres, y todas personas de mucha valía.

Y desde la Trinidad escribió Cortés á la villa de Santispíritus, que estaba de allí diez y ocho leguas, haciendo saber á todos los vecinos cómo iba á aquel viaje á servir á su majestad, y con palabras sabrosas é ofrecimientos para atraer á sí muchas personas de calidad que estaban en aquella villa poblados, que se decian Alonso Hernandez Puertocarrero, primo del conde de Medellin, y Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor é gobernador que fué ocho meses, y capitan que despues fué en la Nueva-España, y á Juan Velazquez de Leon, pariente del gobernador Velazquez, y Rodrigo Rangel y Gonzalo Lopez de Jimena y su hermano Juan Lopez, y Juan Sedeño.

Este Juan Sedeño era vecino de aquella villa; y declárolo así porque habia en nuestra armada otros dos Sedeños; y todos estos que he nombrado, personas muy generosas, vinieron á la villa de la Trinidad, donde Cortés estaba; y como lo supo que venian, los salió á recibir con todos nosotros los soldados que estábamos en su compañía, y se dispararon muchos tiros de artillería y les mostró mucho amor, y ellos le tenian grande acato.

Digamos ahora cómo todas las personas que he nombrado, vecinos de la Trinidad, tenian en sus estancias, donde hacian el pan cazabe, y manadas de puercos cerca de aquella villa, y cada uno procuró de poner el más bastimento que podia.

Pues estando desta manera recogiendo soldados y comprando caballos, que en aquella sazon é tiempo no los habia, sino muy pocos y caros; y como aquel hidalgo por mí ya nombrado, que se decia Alfonso Hernandez Puertocarrero, no tenia caballo ni aun de qué comprallo, Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro que traia en la ropa de terciopelo que mandó hacer en Santiago de Cuba (como dicho tengo); y en aquel instante vino un navío de la Habana á aquel puerto de la Trinidad, que traia un Juan Sedeño, vecino de la misma Habana, cargado de pan cazabe y tocinos que iba á vender á unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño, fué á besar las manos á Cortés, y despues de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiado, y se fué el Juan de Sedeño con nosotros.

Ya teniamos once navíos, y todo se nos hacia prósperamente, gracias á Dios por ello; y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velazquez cartas y mandamientos para que detengan la armada á Cortés; lo cual verán adelante lo que pasó.

CAPÍTULO XXII.

CÓMO EL GOBERNADOR DIEGO VELAZQUEZ ENVIÓ DOS CRIADOS SUYOS EN POSTA Á LA VILLA DE LA TRINIDAD CON PODERES Y MANDAMIENTOS PARA REVOCAR Á CORTÉS EL PODER DE SER CAPITAN Y TOMALLE LA ARMADA, Y LO QUE PASÓ DIRÉ ADELANTE.

Quiero volver algo atrás de nuestra plática, para decir que como salimos de Santiago de Cuba con todos los navíos de la manera que he dicho, dijeron á Diego Velazquez tales palabras contra Cortés, que le hicieron volver la hoja; porque le acusaban que ya iba alzado y que salió del puerto como á cencerros tapados, y que le habian oido decir que aunque pesase al Diego Velazquez habia de ser capitan, y que por este efecto habia embarcado todos sus soldados en los navíos de noche, para si le quitasen la capitanía por fuerza hacerse á la vela, y que le habian engañado al Velazquez su secretario Andrés de Duero y el contador Amador de Lares, y que por tratos que habia entre ellos y entre Cortés, que le habian hecho dar aquella capitanía.

É quien más metió la mano en ello para convocar al Diego Velazquez que le revocase luego el poder eran sus parientes Velazquez, y un viejo que se decia Juan Millan, que le llamaban el Astrólogo; otros decian que tenia ramos de locura é que era atronado, y este viejo decia muchas veces al Diego Velazquez:

—«Mira, señor, que Cortés se vengará ahora de vos de cuando le tuvistes preso, y como es mañoso, os ha de echar á perder si no lo remediais presto.»

Á estas palabras y otras muchas que le decian dió oidos á ellas, y con mucha brevedad envió dos mozos de espuelas, de quien se fiaba, con mandamientos y provisiones para el alcalde mayor de la Trinidad, que se decia Francisco Verdugo, el cual era cuñado del mismo gobernador; en las cuales provisiones mandaba que en todo caso le detuviesen el armada á Cortés, porque ya no era capitan, y le habian revocado poder y dado á Vasco Porcallo.

Y tambien traian cartas para Diego de Ordás y para Francisco de Morla y para todos los amigos y parientes del Diego Velazquez, para que en todo caso le quitasen la armada.

Y como Cortés lo supo, habló secretamente al Ordás y á todos aquellos soldados y vecinos de la Trinidad que le pareció á Cortés que serian en favorecer las provisiones del gobernador Diego Velazquez, y tales palabras y ofertas les dijo, que los trujo á su servicio; y aun el mismo Diego de Ordás habló é invocó luego á Francisco Verdugo, que era alcalde mayor, que no hablasen en el negocio, sino que lo disimulasen; y púsole por delante que hasta allí no habia visto ninguna novedad en Cortés, ántes se mostraba muy servidor del gobernador; é ya que en algo se quisiesen poner por el Velazquez para quitarle la armada en aquel tiempo, que Cortés tenia muchos hidalgos por amigos, y enemigos del Diego Velazquez porque no les habia dado buenos indios; y demás de los hidalgos sus amigos, tenia grande copia de soldados y estaba muy pujante, y que seria meter zizaña en la villa, é que por ventura los soldados le darian sacomano é le robarian é harian otro peor desconcierto; y así, se quedó sin hacer bullicio; y el un mozo de espuelas de los que traian las cartas y recaudos se fué con nosotros, el cual se decia Pedro Laso, y con el otro mensajero escribió Cortés muy mansa y amorosamente al Diego Velazquez que se maravillaba de su merced de haber tomado aquel acuerdo, y que su deseo es servir á Dios y á S. M., y á él en su Real nombre; y que le suplicaba que no oyese más á aquellos señores sus deudos los Velazquez, ni por un viejo loco, como era Juan Millan, se mudase.

Y tambien escribió á todos sus amigos, en especial al Duero y al contador, sus compañeros: y despues de haber escrito, mandó entender á todos los soldados en aderezar armas, y á los herreros que estaban en aquella villa, que siempre hiciesen casquillos, y á los ballesteros que desbastasen almacen para que tuviesen muchas saetas, y tambien atrujo y convocó á los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron; y estuvimos en aquella villa doce dias, donde lo dejaré, y diré cómo nos embarcamos para ir á la Habana.