Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 4
Y en aquella sazon quiso Dios que hacia bonanza en aquella costa, lo cual pocas veces suele acaecer; y como llegamos en tierra hallamos tres caciques, que el uno dellos era gobernador de Montezuma é con muchos indios de propio, y tenian muchas gallinas de la tierra y pan de maíz de lo que ellos suelen comer, y frutas que eran pinas y zapotes, que en otras partes llaman niameyes; y estaban debajo de una sombra de árboles, puestas esteras en el suelo, que ya he dicho otra vez que en estas partes se llaman petates, y allí nos mandaron asentar, y todo por señas, porque Julianillo, el de la Punta de Cotoche, no entendia aquella lengua; y luego trujeron braseros de barro con ascuas, y nos zahumaron con uno como resina que huele á incienso.
Y luego el capitan Montejo lo hizo saber al General, y como lo supo, acordó de surgir allí en aquel paraje con todos los navíos, y saltó en tierra con todos los capitanes y soldados.
Y desque aquellos caciques y gobernadores le vieron en tierra y conocieron que era el capitan general de todos, á su usanza le hicieron grande acatamiento y le zahumaron; y él les dió las gracias por ello y les hizo muchas caricias, y les mandó dar diamantes y cuentas verdes, y por señas les dijo que trujesen oro á trocar á nuestros rescates.
Lo cual luego el gobernador mandó á sus indios, y que todos los pueblos comarcanos trujesen de las joyas que tenian á rescatar; y en seis dias que estuvimos allí trujeron más de quince mil pesos en joyezuelas de oro bajo y de muchas hechuras; y aquesto debe ser lo que dicen los cronistas Francisco Lopez de Gómora y Gonzalo Hernandez de Oviedo en sus corónicas, que dicen que dieron los de Tabasco; y como se lo dijeron por relacion, así lo escriben como si fuese verdad; porque vista cosa es que en la provincia del rio de Grijalva no hay oro, sino muy pocas joyas.
Dejemos esto y pasemos adelante, y es que tomamos posesion en aquella tierra por su majestad, y en su nombre Real el gobernador de Cuba Diego Velazquez.
Y despues desto hecho, habló el General á los indios que allí estaban, diciendo que se queria embarcar, y les dió camisas de Castilla.
Y de allí tomamos un indio, que llevamos en los navíos, el cual, despues que entendió nuestra lengua, se volvió cristiano y se llamó Francisco, y despues de ganado Méjico, le vi casado en un pueblo que se llama Santa Fe.
Pues como vió el General que no traia más oro á rescatar, é habia seis dias que estábamos allí y los navíos corrian riesgo, por ser travesía norte, nos mandó embarcar.
É corriendo la costa adelante, vimos una isleta que bañaba la mar y tenia la arena blanca, y estaria, al parecer, obra de tres leguas de tierra, y pusímosle por nombre isla Blanca, y así está en las cartas del marear.
Y no muy léjos desta isleta Blanca vimos otra isla, mayor, al parecer, que las demás, y estaria de tierra obra de legua y media, y allí enfrente della habia buen surgidero, y mandó el general que surgiésemos.
Echados los bateles en el agua, fué el capitan Juan de Grijalva con muchos de nosotros los soldados á ver la isleta, y hallamos dos casas hechas de cal y canto y bien labradas, y cada casa con unas gradas por donde subian á unos como altares, y en aquellos altares tenian unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses, y allí estaban sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes llenas de sangre. De todo lo cual nos admiramos, y pusimos por nombre á esta isleta isla de Sacrificios.
Y allí enfrente de aquella isla saltamos todos en tierra, y en unos arenales grandes que allí hay, adonde hicimos ranchos y chozas con ramas y con las velas de los navíos.
Habíanse allegado en aquella costa muchos indios que traian á rescatar oro hecho piecezuelas, como en el rio de Banderas, y segun despues supimos, mandó el gran Montezuma que viniesen con ello, y los indios que lo traian, al parecer estaban temerosos, y era muy poco.
Por manera que luego el capitan Juan de Grijalva mandó que los navíos alzasen las anclas y pusiesen velas, y fuésemos adelante á surgir enfrente de otra isleta que estaba obra de media legua de tierra, y esta isla es donde agora está el puerto.
Y diré adelante lo que allí nos avino.
CAPÍTULO XIV.
CÓMO LLEGAMOS AL PUERTO DE SAN JUAN DE CULÚA.
Desembarcados en unos arenales, hicimos chozas encima de los mastos y medaños de arena, que los hay por allí grandes, por causa de los mosquitos, que habia muchos, y con bateles sondearon el puerto y hallaron que con el abrigo de aquella isleta estarian seguros los navíos del norte y habia buen fondo, y hecho esto, fuimos á la isleta con el General treinta soldados bien apercibidos en los bateles, y hallamos una casa de adoratorio donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y estaban allí cuatro indios con mantas prietas y muy largas con capillas, como traen los dominicos ó canónigos, ó querian parecer á ellos, y aquellos eran Sacerdotes de aquel ídolo, y tenian sacrificados de aquel dia dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos á aquel maldito ídolo, y los Sacerdotes, que ya he dicho que se dicen papas, nos venian á zahumar con lo que zahumaban aquel su ídolo, y en aquella sazon que llegamos le estaban zahumando con uno que huele á incienso, y no consentimos que tal zahumerio nos diesen; ántes tuvimos muy gran lástima y mancilla de aquellos dos muchachos é verlos recien muertos é ver tan grandísima crueldad.
Y el general preguntó al indio Francisco; que traiamos del rio de Banderas, que parecia algo entendido, que por qué hacian aquello, y esto le decia medio por señas, porque entónces no teniamos lengua ninguna, como ya otras veces he dicho. Y respondió que los de Culúa lo mandaban sacrificar; y como era torpe de lengua, decia: Olúa, Olúa. Y como nuestro capitan estaba presente y se llamaba Juan, y asimismo era dia de San Juan, pusimos por nombre á aquella isleta San Juan de Ulúa, y este puerto es agora muy nombrado, y están hechos en él grandes reparos para los navíos, y allí vienen á desembarcar las mercaderías para Méjico é Nueva-España.
Volvamos á nuestro cuento: que como estábamos en aquellos arenales, vinieron luego indios de pueblos allí comarcanos á trocar su oro en joyezuelas á nuestros rescates; mas eran tan pocos y de tan poco valor, que no haciamos cuenta dello; y estuvimos siete dias de la manera que he dicho, y con los muchos mosquitos no nos podiamos valer, y viendo que el tiempo se nos pasaba, y teniendo ya por cierto que aquellas tierras no eran islas, sino tierra firme, y que habia grandes pueblos, y el pan de cazabe muy mohoso é sucio de las fátulas, y amargaba, y los que allí veniamos no éramos bastantes para poblar, cuanto más que faltaban diez de nuestros soldados, que se habian muerto de las heridas y estaban otros cuatro dolientes; é viendo todo esto, fué acordado que lo enviásemos á hacer saber al gobernador Diego Velazquez para que nos enviase socorro; porque el Juan de Grijalva muy gran voluntad tenia de poblar con aquellos pocos soldados que con él estábamos, y siempre mostró un grande ánimo de un muy valeroso capitan, y no como lo escribe el coronista Gómora.
Pues para hacer esta embajada acordamos que fuese el capitan Pedro de Albarado en un navío que se decia San Sebastian, porque hacia agua, aunque no mucha, porque en la isla de Cuba se diese carena y pudiesen en él traer socorro é bastimento.
Y tambien se concertó que llevase todo el oro que se habia rescatado y ropa de mantas, y los dolientes; y los capitanes escribieron al Diego Velazquez cada uno lo que le pareció, y luego se hizo á la vela é iba la vuelta de la isla de Cuba, adonde los dejaré agora, así al Pedro de Albarado como al Grijalva, y diré cómo el Diego Velazquez habia enviado en busca nuestra.
CAPÍTULO XV.
CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE LA ISLA DE CUBA, ENVIÓ UN NAVÍO PEQUEÑO EN NUESTRA BUSCA.
Despues que salimos con el capitan Juan de Grijalva de la isla de Cuba para hacer nuestro viaje, siempre Diego Velazquez estaba triste y pensativo no nos hubiese acaecido algun desastre, y deseaba saber de nosotros, y á esta causa envió un navío pequeño en nuestra busca con siete soldados, y por capitan dellos á un Cristóbal de Olí, persona de valía, muy esforzado, y le mandó que siguiese la derrota de Francisco Hernandez de Córdoba hasta toparse con nosotros.
Y segun parece, el Cristóbal de Olí, yendo en nuestra busca, estando surto cerca de tierra, le dió un recio temporal, y por no anegarse sobre las amarras, el piloto que traian mandó cortar los cables, é perdió las anclas, é volvióse á Santiago de Cuba, de donde habia salido, adonde estaba el Diego Velazquez, y cuando vió que no tenia nuevas de nosotros, si triste estaba ántes que enviase al Cristóbal de Olí, muy más pensativo estuvo despues.
Y en esta sazon llegó el capitan Pedro de Albarado con el oro y ropa y dolientes, y con entera relacion de lo que habiamos descubierto. Y cuando el gobernador vió que estaba en joyas, parecia mucho más de lo que era, y estaban allí con el Diego Velazquez muchos vecinos de aquella isla, que venian á negocios.
Y cuando los oficiales del Rey tomaron el Real quinto que venia á su majestad estaban espantados de cuán ricas tierras habiamos descubierto; y como el Pedro de Albarado se lo sabia muy bien praticar, dice que no hacia el Diego Velazquez sino abrazallo, y en ocho dias tener gran regocijo y jugar cañas; y si mucha fama tenian de ántes de ricas tierras, agora con este oro se sublimó en todas las islas y en Castilla, como adelante diré; y dejaré al Diego Velazquez haciendo fiestas, y volveré á nuestros navíos, que estábamos en San Juan de Ulúa.
CAPÍTULO XVI.
DE LO QUE NOS SUCEDIÓ COSTEANDO LAS SIERRAS DE TUSTA Y DE TUSPA.
Despues que de nosotros se partió el capitan Pedro de Albarado para ir á la isla de Cuba, acordó nuestro general con los demás capitanes y pilotos que fuésemos costeando y descubriendo todo lo que pudiésemos; é yendo por nuestra navegacion, vimos la sierra de Tusta, y más adelante de ahí á otros dos dias vimos otras sierras muy altas, que agora se llaman las sierras de Tuspa; por manera que unas sierras se dicen Tusta, porque están cabe un pueblo que se dice así, y las otras sierras se dicen Tuspa, porque se nombra el pueblo junto adonde aquellas están Tuspa; é caminando más adelante vimos muchas poblaciones, y estarian la tierra adentro dos ó tres leguas, y esto es ya en la provincia de Pánuco; é yendo por nuestra navegacion, llegamos á un rio grande, que le pusimos por nombre rio de Canoas, é allí enfrente de la boca dél surgimos; y estando surtos todos tres navíos, y estando algo descuidados, vinieron por el rio diez y seis canoas muy grandes llenas de indios de guerra, con arcos y flechas y lanzas, y vanse derechos al navío más pequeño, del cual era capitan Alonso de Ávila, y estaba más llegado á tierra, y dándole una rociada de flechas, que hirieron á dos soldados, echaron mano al navío como que lo querian llevar, y aun cortaron una amarra; y puesto que el capitan y los soldados peleaban bien, y trastornaron tres canoas, nosotros con gran presteza les ayudamos con nuestros bateles y escopetas y ballestas y herimos más de la tercia parte de aquellas gentes; por manera que volvieron con la mala ventura por donde habian venido; y luego alzamos áncoras é dimos vela, é seguimos costa á costa hasta que llegamos á una punta muy grande; y era tan mala de doblar, y las corrientes muchas, que no podiamos ir adelante; y el piloto Anton de Alaminos dijo al general que no era bien navegar más aquella derrota, é para ello se dieron muchas causas, y luego se tomó consejo de lo que se habia de hacer, y fué acordado que diésemos la vuelta á la isla de Cuba, lo uno porque ya entraba el invierno é no habia bastimentos, é un navío hacia mucha agua, y los capitanes desconformes, porque el Juan de Grijalva decia que queria poblar, y el Francisco Montejo é Alonso de Ávila decian que no se podia sustentar por causa de los muchos guerreros que en la tierra habia; é tambien todos nosotros los soldados estábamos hartos é muy trabajados de andar por la mar.
Así que dimos vuelta á todas velas, y las corrientes que nos ayudaban, en pocos dias llegamos en el paraje del gran rio de Guacacualco, é no pudimos estar por ser tiempo contrario, y muy abrazados con la tierra entramos en el rio de Tonala, que se puso nombre entónces San Anton, é allí se dió carena al un navío que hacia mucha agua, puesto que tocó tres veces al estar en la barra, que es muy baja; y estando aderezando nuestro navío vinieron muchos indios del puerto de Tonala, que estaba una legua de allí, é trujeron pan de maíz y pescado é fruta, y con buena voluntad nos lo dieron; y el capitan les hizo muchos halagos é les mandó dar cuentas verdes y diamantes, é les dijo por señas que trujesen oro á rescatar, é que les dariamos de nuestro rescate; é traian joyas de oro bajo, é se les daban cuentas por ello. Y desque lo supieron los de Guacacualco é de otros pueblos comarcanos que rescatábamos, tambien vinieron ellos con sus piecezuelas, é llevaron cuentas verdes, que aquellos tenian en mucho.
Pues demás de aqueste rescate, traian comunmente todos los indios de aquella provincia unas hachas de cobre muy lucidas, como por gentileza é á manera de armas, con unos cabos de palo muy pintados, y nosotros creimos que eran de oro bajo, é comenzamos á rescatar dellas; digo que en tres dias se hubieron más de seiscientas de ellas, y estábamos muy contentos con ellas, creyendo que eran de oro bajo, é los indios mucho más con las cuentas; mas todo salió vano; que las hachas eran de cobre é las cuentas un poco de nada.
É un marinero habia rescatado secretamente siete hachas y estaba muy alegre con ellas, y parece ser que otro marinero lo dijo al capitan, é mandóle que las diese; y porque rogamos por él, se las dejó, creyendo que eran de oro.
Tambien me acuerdo que un soldado que se decia Bartolomé Pardo fué á una casa de ídolos, que ya he dicho que se decia cues, que es como quien dice casa de sus dioses, que estaba en un cerro alto, y en aquella casa halló muchos ídolos, é copal, que es como incienso, que es con que zahuman, y cuchillos de pedernal, con que sacrificaban ó retajaban, é unas arcas de madera, y en ellas muchas piezas de oro, que eran diademas é collares, é dos ídolos, y otros como cuentas; y aquel oro tomó el soldado para sí, y los ídolos del sacrificio trujo al capitan.
Y no faltó quien le vió é lo dijo al Grijalva, y se lo queria tomar; é rogámosle que se lo dejase; y como era de buena condicion, que sacado el quinto de S. M., que lo demás fuese para el pobre soldado; y no valía ochenta pesos.
Tambien quiero decir cómo yo sembré unas pepitas de naranjas junto á otras casas de ídolos, y fué desta manera: que como habia muchos mosquitos en aquel rio, fuíme á dormir á una casa alta de ídolos, é allí junto á aquella casa sembré siete ú ocho pepitas de naranjas que habia traido de Cuba, é nacieron muy bien; porque parece ser que los papas de aquellos ídolos les pusieron defensa para que no las comiesen hormigas, é les regaban é limpiaban desque vieron que eran plantas diferentes de las suyas.
He traido aquí esto á la memoria para que se sepa que estos fueron los primeros naranjos que se plantaron en la Nueva-España, porque despues de ganado Méjico é pacíficos los pueblos sujetos de Guacacualco, túvose por la mejor provincia, por causa de estar en la mejor conmodacion de toda la Nueva-España, así por las minas, que las habia, como por el buen puerto, y la tierra de suyo rica de oro y de pastos para ganados; á este efecto se pobló de los más principales conquistadores de Méjico, é yo fuí uno, é fuí por mis naranjos y traspúselos, é salieron muy buenos.
Bien sé que dirán que no hace al propósito de mi relacion estos cuentos viejos, y dejallos; é diré como quedaron todos los indios de aquellas provincias muy contentos, é luego nos embarcamos y vamos la vuelta de Cuba, y en cuarenta y cinco dias, unas veces con buen tiempo y otras veces con contrario, llegamos á Santiago de Cuba, donde estaba el gobernador Diego Velazquez, y él nos hizo buen recibimiento; y desque vió el oro que traiamos, que seria cuatro mil pesos, é con el que trujo primero el capitan Pedro de Albarado seria por todo unos veinte mil pesos, unos decian más é otros decian ménos, é los oficiales de S. M. sacaron el Real quinto; é tambien trujeron las seiscientas hachas que parecian de oro, é cuando las trujeron para quintar estaban tan mohosas, en fin como cobre que era, y allí hubo bien que reir y decir de la burla y del rescate.
Y el Diego Velazquez con todo esto estaba muy contento, puesto que parecia estar mal con el pariente Grijalva; é no tenia razon, sino que el Alfonso de Ávila era mal acondicionado, y decia que el Grijalva era para poco, é no faltó el capitan Montejo que le ayudó del mal.
Y cuando esto pasó, ya habia otras pláticas para enviar otra armada, é á quién elegirian por capitan.
CAPÍTULO XVII.
CÓMO DIEGO VELAZQUEZ ENVIÓ Á CASTILLA Á SU PROCURADOR.
Y aunque les parezca á los lectores que va fuera de nuestra relacion esto que yo traigo aquí á la memoria ántes que entre en lo del capitan Hernando Cortés, conviene que se diga por las causas que adelante se verán, é tambien porque en un tiempo acaecen dos ó tres cosas, y por fuerza hemos de hablar de una, la que más viene al propósito.
Y el caso es que, como ya he dicho, cuando llegó el capitan Pedro de Albarado á Santiago de Cuba con el oro que hubimos de las tierras que descubrimos, y el Diego Velazquez temió que primero que él hiciese relacion á su majestad, que algun caballero privado en córte tenia relacion dello y le hurtaba la bendicion, á esta causa envió el Diego Velazquez á un su Capellan, que se decia Benito Martinez, hombre que entendia muy bien de negocios, á Castilla con probanzas, é cartas para don Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos, é se nombraba Arzobispo de Rosano, y para el licenciado Luis Zapata é para el secretario Lope Conchillos, que en aquella sazon entendian en las cosas de las Indias, y Diego Velazquez era muy servidor del Obispo y de los demás oidores, y como tal les dió pueblos de indios en la isla de Cuba, que les sacaban oro de las minas, é á esta causa hacia mucho por el Diego Velazquez, especialmente el Obispo de Búrgos, é no dió ningun pueblo de indios á su majestad, porque en aquella sazon estaba en Flandes; y demás de les haber dado los indios que dicho tengo, nuevamente envió á estos oidores muchas joyas de oro de lo que habiamos enviado con el capitan Albarado, que eran veinte mil pesos, segun dicho tengo, é no se haria otra cosa en el Real Consejo de Indias sino lo que aquellos señores mandaban; é lo que enviaba á negociar el Diego Velazquez era que le diesen licencia para rescatar é conquistar é poblar en todo lo que habia descubierto y en lo que más descubriese, y decia en sus relaciones é cartas que habia gastado muchos millares de pesos de oro en el descubrimiento.
Por manera que el Capellan Benito Martinez fué á Castilla y negoció todo lo que pidió, é aun más cumplidamente; que trujo provision para el Diego Velazquez para ser adelantado de la isla de Cuba. Pues ya negociado lo aquí por mí dicho, no dieron tan presto los despachos, que primero no saliese Cortés con otra armada.
Quedarse ha aquí, así los despachos del Diego Velazquez como la armada de Cortés, é diré cómo estando escribiendo esta relacion vi una corónica del coronista Francisco Lopez de Gómora, y habla en lo de las conquistas de la Nueva-España é Méjico, é lo que sobre ello me parece declarar, adonde hubiere contradicion sobre lo que dice el Gómora, lo diré segun y de la manera que pasó en las conquistas, y va muy diferente de lo que escribe, porque todo es contrario de la verdad.
CAPÍTULO XVIII.
DE ALGUNAS ADVERTENCIAS ACERCA DE LO QUE ESCRIBE FRANCISCO LOPEZ DE GÓMORA, MAL INFORMADO, EN SU HISTORIA.
Estando escribiendo esta relacion, acaso vi una historia de buen estilo, la cual se nombra de un Francisco Lopez de Gómora, que habla de las conquistas de Méjico y Nueva-España, y cuando leí su gran retórica, y como mi obra es tan grosera, dejé de escribir en ella, y aun tuve vergüenza que pareciese entre personas notables; y estando tan perplejo como digo, torné á leer y á mirar las razones y pláticas que el Gómora en sus libros escribió, é vi que desde el principio y medio hasta el cabo no llevaba buena relacion, y va muy contrario de lo que fué é pasó en la Nueva-España; y cuando entró á decir de las grandes ciudades, y tantos números que dice que habia de vecinos en ellas, que tanto se le dió poner ocho como ocho mil.
Pues de aquellas grandes matanzas que dice que haciamos, siendo nosotros obra de cuatrocientos soldados los que andábamos en la guerra, que harto teniamos de defendernos que no nos matasen ó llevasen de vencida; que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes y crueldades como dice que hicimos; que juro amen que cada dia estábamos rogando á Dios y Nuestra Señora no nos desbaratasen.
Volviendo á nuestro cuento, Atalarico, muy bravísimo Rey, é Atila, muy soberbio guerrero, en los campos catalanes no hicieron tantas muestras de hombres como dice que haciamos.
Tambien dice que derrotamos y abrasamos muchas ciudades y templos, que son sus cues, donde tienen sus ídolos, y en aquello le parece á Gómora que aplace mucho á los oyentes que leen su historia, y no quiso ver ni entender cuando lo escribia que los verdaderos conquistadores y curiosos letores que saben lo que pasó, claramente le dirán que en su historia en todo lo que escribe se engañó, y si en las demás historias que escribe de otras cosas va del arte del de la Nueva-España, tambien irá todo errado; y es lo bueno que ensalza á unos capitanes y abaja á otros; y los que no se hallaron en las conquistas dice que fueron capitanes, y que un Pedro Dircio fué por capitan cuando el desbarate que hubo en un pueblo que le pusieron nombre Almería; porque el que fué por capitan en aquella entrada fué un Juan de Escalante, que murió en el desbarate con otros siete soldados; é dice que un Juan Velazquez de Leon fué á poblar á Guacacualco; mas la verdad es así: que un Gonzalo de Sandoval, natural de Ávila, lo fué á poblar.
Tambien dice cómo Cortés mandó quemar un indio que se decia Quezal-Popoca, capitan de Montezuma, sobre la poblacion que se quemó. El Gómora no acierta tambien lo que dice de la entrada que fuimos á un pueblo é fortaleza: Anga Panga escríbelo, mas no como pasó. Y de cuando en los arenales alzamos á Cortés por capitan general y justicia mayor, en todo le engañaron. Pues en la toma de un pueblo que se dice Chamula, en la provincia de Chiapa, tampoco acierta en lo que escribe.
Pues otra cosa peor dice, que Cortés mandó secretamente barrenar los once navíos en que habiamos venido; ántes fué público, porque claramente por consejo de todos los demás soldados mandó dar con ellos al través á ojos vistas, porque nos ayudase la gente de la mar que en ellos estaba, á velar y guerrear.
Pues en lo de Juan de Grijalva, siendo buen capitan, le deshace é disminuye. Pues en lo de Francisco Fernandez de Córdoba, habiendo él descubierto lo de Yucatan, lo pasa por alto. Y en lo de Francisco de Garay dice que vino él primero con cuatro navíos de lo de Pánuco ántes que viniese con la armada postrera; en lo cual no acierta, como en lo demás.
Pues en todo lo que escribe de cuándo vino el capitan Narvaez y de cómo le desbaratamos, escribe segun é como las relaciones. Pues en las batallas de Taxcala hasta que hicimos las paces, en todo escribe muy léjos de lo que pasó.