Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 30

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CÓMO HUBIERON PALABRAS JUAN VELAZQUEZ DE LEON Y EL TESORERO GREGORIO MEJÍA SOBRE EL ORO QUE FALTABA DE LOS MONTONES ÁNTES QUE SE FUNDIESE, Y LO QUE CORTÉS HIZO SOBRE ELLO.

Como el oro comunmente todos los hombres lo deseamos, y miéntras unos más tienen más quieren, aconteció que, como faltaban muchas piezas de oro conocidas de los montones, ya otra vez por mí dicho, y Juan Velazquez de Leon en aquel tiempo hacia labrar á los indios de Escapuzalco, que eran todos plateros del gran Montezuma, grandes cadenas de oro y otras piezas de vajillas para su servicio; y como Gonzalo Mejía, que era tesorero, le dijo secretamente que se las diese, pues no estaban quintadas y eran conocidamente de las que habia dado el Montezuma; y el Juan Velazquez de Leon, que era muy privado de Cortés, dijo que no le queria dar ninguna cosa, y que no lo habia tomado de lo que estaba allegado ni de otra parte ninguna, salvo que Cortés se las habia dado ántes que se hiciesen barras; y el Gonzalo Mejía respondió que bastaba lo que Cortés habia escondido y tomado á los compañeros, y todavía como tesorero demandaba mucho oro, que se habia pagado el real quinto, y de palabras en palabras se desmandaron y vinieron á echar mano á las espadas, y si de presto no los metiéramos en paz, entrambos á dos acabaran allí sus vidas, porque eran personas de mucho ser y valientes por las armas; y salieron heridos cada uno con dos heridas.

Y como Cortés lo supo, los mandó echar presos cada uno en una cadena gruesa, y parece ser, segun muchos soldados dijeron, que secretamente habló Cortés al Juan Velazquez de Leon, como era mucho su amigo, que estuviese preso dos dias en la misma cadena, y que sacarian de la prision al Gonzalo Mejía, como á tesorero; y esto lo hacia Cortés porque viésemos todos los capitanes y soldados que hacia justicia, que con ser el Juan Velazquez uña y carne del mismo capitan, le tenia preso.

Y porque pasaron otras cosas acerca del Gonzalo Mejía, que dijo á Cortés sobre el mucho oro que faltaba, y que se le quejaban dello todos los soldados porque no se lo demandaba al mismo capitan Cortés, pues era tesorero é estaba á su cargo; porque es larga relacion, lo dejaré de decir, y diré que, como el Juan Velazquez de Leon estaba preso en una sala cerca del Montezuma y su aposento, en una cadena gorda; y como el Juan Velazquez era hombre de gran cuerpo y muy membrudo, y cuando se paseaba por la sala llevaba la cadena arrastrando y hacia gran sonido, que lo oia el Montezuma, preguntó al paje Orteguilla que á quien tenia preso Cortés en las cadenas, y el paje le dijo que era á Juan Velazquez, el que solia tener guarda de su persona, porque ya en aquella sazon no lo era, sino Cristóbal de Olí; y preguntó que por qué causa, y el paje le dijo que por cierto oro que faltaba.

Y aquel mismo dia fué Cortés á tener palacio al Montezuma, y despues de las cortesías acostumbradas y de las palabras que entre ellos pasaron, preguntó el Montezuma á Cortés que por qué tenia preso á Juan Velazquez, siendo buen capitan y muy esforzado; porque el Montezuma, como he dicho otras veces, bien conocia á todos nosotros y aun nuestras calidades; y Cortés le dijo medio riendo que porque era tabanillo, que quiere decir loco, y que porque no le dan mucho oro quiere ir por sus pueblos y ciudades á demandallo á los caciques, y porque no mate á algunos, por esta causa lo tiene preso; y el Montezuma respondió que le pedia por merced que le soltase, y que él enviaria á buscar más oro y le daria de lo suyo; y Cortés hacia como que se le hacia de mal el soltallo, y dijo que sí haria por complacer al Montezuma; y paréceme que lo sentenció en que fuese desterrado del real y fuese á un pueblo que se decia Cholula, con mensajero del Montezuma, á demandar oro, y primero los hizo amigos al Gonzalo Mejía y al Juan Velazquez, é vi que dentro de seis dias volvió de cumplir su destierro, y desde allí adelante el Gonzalo Mejía y Cortés no se llevaron bien, y el Juan Velazquez vino con más oro.

He traido esto aquí á la memoria, aunque vaya fuera de nuestra relacion, porque vean que Cortés, so color de hacer justicia porque todos le temiésemos, era con grandes mañas. Y dejarémoslo aquí.

CAPÍTULO CVII.

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO Á CORTÉS QUE LE QUERIA DAR UNA HIJA DE LAS SUYAS PARA QUE SE CASASE CON ELLA, Y LO QUE CORTÉS LE RESPONDIÓ, Y TODAVÍA LA TOMÓ, Y LA SERVIAN Y HONRABAN COMO HIJA DE TAL SEÑOR.

Como otras muchas veces he dicho, siempre Cortés y todos nosotros procurábamos de agradar y servir á Montezuma y tenerle palacio; y un dia le dijo el Montezuma:

—«Mirá, Malinche, que tanto os amo, que os quiero dar una hija mia muy hermosa para que os caseis con ella y la tengais por vuestra legítima mujer.»

Y Cortés le quitó la gorra por la merced, y dijo que era gran merced la que le hacia; mas que era casado y tenia mujer, é que entre nosotros no podemos tener más de una mujer, y que él la tenia en aquel agrado que hija de tan gran señor merece, y que primero quiere se vuelva cristiana, como son otras señoras hijas de señores; y Montezuma lo hubo por bien, y siempre mostraba el gran Montezuma su acostumbrada voluntad; é de un dia en otro no cesaba Montezuma sus sacrificios y de matar en ellos indios, y Cortés se lo retraia, y no aprovechaba cosa ninguna, hasta que tomó consejo con nuestros capitanes qué hariamos en aquel caso, porque no se atrevia á poner remedio en ello por no revolver la ciudad é á los papas que estaban en el Huichilóbos; y el consejo que sobre ello se dió por nuestros capitanes é soldados, que hiciese que queria ir á derrocar los ídolos del alto cu de Huichilóbos, y si viésemos que se ponian en defendello ó que se alborotaban, que le demandase licencia para hacer un altar en una parte del gran cu, é poner un Crucifijo é una imágen de Nuestra Señora, y como esto se acordó, fué Cortés á los palacios adonde estaba preso Montezuma, y llevó consigo siete capitanes y soldados, é dijo al Montezuma:

—«Señor, ya muchas veces he dicho á vuestra majestad que no sacrifiqueis más ánimas á estos vuestros dioses, que os traen engañados, y no lo quereis hacer; hágoos, Señor, saber que todos mis compañeros y estos capitanes que conmigo vienen, os vienen á pedir por merced que les deis licencia para los quitar de allí, y pondremos á nuestra Señora Santa María y una cruz; y que si ahora no les dais licencia, que ellos irán á los quitar, y no querria que matasen algun papa.»

Y cuando el Montezuma oyó aquellas palabras y vió ir á los capitanes algo alterados, dijo:

—«¡Oh Malinche, y cómo nos quereis echar á perder toda esta ciudad! Porque estarán muy enojados nuestros dioses contra nosotros, y aun vuestras vidas no sé en qué pararán. Lo que os ruego, que ahora al presente os sufrais, que yo enviaré á llamar á todos los papas y veré su respuesta.»

Y como aquello oyó Cortés, hizo un ademan que queria hablar muy en secreto al Montezuma solo con el fraile de la Merced, é que no estuviesen presentes nuestros capitanes que llevaba en su compañía, á los cuales mandó que le dejasen solo, y los mandó salir; y como se salieron de la sala, dijo al Montezuma que porque no se hiciese alboroto, ni los papas lo tuviesen á mal derrocalle sus ídolos, que él trataria con los mismos nuestros capitanes que no se hiciese tal cosa, con tal que en un apartamiento del gran cu hiciésemos un altar para poner la imágen de nuestra Señora é una cruz, é que el tiempo andando verian cuán buenos y provechosos son para sus ánimas y para dalles la salud y buenas sementeras y prosperidades; y el Montezuma, puesto que con suspiros y semblante muy triste, dijo que él lo trataria con los papas.

Y en fin de muchas palabras que sobre ello hubo, se puso nuestro altar apartado de sus malditos ídolos, y la imágen de nuestra Señora y una cruz, y con mucha devocion, y dando gracias á Dios, dijeron Misa cantada el Padre de la Merced, y ayudaba á la Misa el Clérigo Juan Diaz y muchos de los nuestros soldados; y allí mandó poner nuestro capitan á un soldado viejo para que tuviese guarda en ello, y rogó al Montezuma que mandase á los papas que no tocasen en ello, salvo para barrer y quemar incienso y poner candelas de cera ardiendo de noche y de dia, y enramallo y poner flores.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que sobre ello avino.

CAPÍTULO CVIII.

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO Á NUESTRO CAPITAN CORTÉS QUE SE SALIESE DE MÉJICO CON TODOS LOS SOLDADOS, PORQUE SE QUERIAN LEVANTAR TODOS LOS CACIQUES Y PAPAS Y DARNOS GUERRA HASTA MATARNOS, PORQUE ASÍ ESTABA ACORDADO Y DADO CONSEJO POR SUS ÍDOLOS, Y LO QUE CORTÉS SOBRE ELLO HIZO.

Como siempre á la contina nunca nos faltaban sobresaltos, y de tal calidad, que eran para acabar las vidas en ellos si Nuestro Señor Dios no lo remediara, y fué que, como habiamos puesto en el gran cu en el altar que hicimos la imágen de Nuestra Señora y la cruz, y se dijo el Santo Evangelio y Misa, parece ser que los Huichilóbos y el Tezcatepuca hablaron con los papas, y les dijeron que se querian ir de su provincia, pues tan mal tratados eran de los teules, é que adónde están aquellas figuras y cruz que no quieren estar, é que ellos no estarian allí si no nos mataban, é que aquello les daban por respuesta, é que no curasen de tener otra, é que se lo dijesen á Montezuma y á todos sus capitanes, que luego comenzasen la guerra y nos matasen; y les dijo el ídolo que mirasen que todo el oro que solian tener para honrallos lo habiamos deshecho y hecho ladrillos, é que mirasen que nos íbamos señoreando de la tierra, y que teniamos presos á cinco grandes caciques, y les dijeron otras maldades para atraellos á darnos guerra; y para que Cortés y todos nosotros lo supiésemos, el gran Montezuma le envió á llamar para que le queria hablar en cosas que iba mucho en ellas; y vino el paje Orteguilla, y dijo que estaba muy alterado y triste Montezuma, é que aquella noche é parte del dia habian estado con él muchos papas y capitanes muy principales, y secretamente hablaban, que no lo pudo entender: y cuando Cortés lo oyó, fué de presto al palacio donde estaba el Montezuma, y llevó consigo á Cristóbal de Olí, que era capitan de la guardia, é á otros cuatro capitanes, é á doña Marina é á Jerónimo de Aguilar, y despues que le hicieron mucho acato, dijo el Montezuma:

—«¡Oh, señor Malinche y señores capitanes, cuánto me pesa de la respuesta y mandado que nuestros teules han dado á nuestros papas é á mí é á todos mis capitanes! Y es que os demos guerra y os matemos é os hagamos ir por la mar adelante: lo que he colegido dello y me parece, es que ántes que comiencen la guerra, que luego salgais desta ciudad y no quede ninguno de vosotros aquí; y esto, señor Malinche, os digo que hagais en todas maneras, que os conviene: si no, mataros han, y mirá que os va las vidas.»

Y Cortés y nuestros capitanes sintieron pesar y aun se alteraron; y no era de maravillar de cosa tan nueva y determinada, que era poner nuestras vidas en gran peligro sobre ello en aquel instante, pues tan determinadamente nos lo avisaban; y Cortés le dijo que él se lo tenia en merced el aviso; que al presente de dos cosas le pesaban: no tener navíos en que se ir, que mandó quebrar los que trujo; y la otra, que por fuerza habia de ir el Montezuma con nosotros para que le vea nuestro gran Emperador; y que le pide por merced que tenga por bien que hasta que se hagan tres navíos en el arenal que detenga á los papas y capitanes, porque para ellos es mejor partido; y que si comenzaren la guerra, que todos morirán en ella si la quisieren dar.

É más dijo, que porque vea Montezuma quiere luego hacer lo que le dice, que mande á sus capitanes que vayan con dos de nuestros soldados que son grandes maestros de hacer navíos á cortar la madera cerca del arenal.

El Montezuma estuvo muy más triste que de ántes, como Cortés le dijo que habia de ir con nosotros ante el Emperador, y dijo que le daria los carpinteros, y que luego despachase, y no hubiese más palabras, sino obras: y que entre tanto que él mandaria á los papas y á sus capitanes que no curasen de alborotar la ciudad, é que á sus ídolos Huichilóbos que mandaria aplacasen con sacrificios, é que no seria con muertes de hombres.

Y con esta tan alborotada plática se despidió Cortés del Montezuma, y estábamos todos con grande congoja, esperando cuándo habian de comenzar la guerra.

Luego Cortés mandó llamar á Martin Lopez y Andrés Nuñez, y con los indios carpinteros que le dió el gran Montezuma; y despues de platicado el porte de que se podrian labrar los tres navíos, le mandó que luego pusiese por la obra de los hacer é poner á punto, pues que en la Villa-Rica habia todo aparejo de hierro y herreros, y jarcia y estopa, y calafates y brea; y así, fueron y cortaron la madera en la costa de la Villa-Rica, y con toda la cuenta y galivo della, y con buena priesa comenzó á labrar sus navíos.

Lo que Cortés le dijo á Martin Lopez sobre ello no lo sé; y esto digo porque dice el coronista Gómora en su historia que le mandó que hiciese muestras, como cosa de burla, que los labraba, porque lo supiese el gran Montezuma: remítome á lo que ellos dijeron, que gracias á Dios son vivos en este tiempo; mas muy secretamente me dijo el Martin Lopez que de hecho y apriesa los labraba; y así, los dejó en astillero tres navíos.

Dejémoslos labrándolos, y digamos cuáles andábamos todos en aquella gran ciudad tan pensativos, temiendo que de una hora á otra nos habian de dar guerra en nuestras caborias de Tlascala; é doña Marina así lo decia al capitan, y el Orteguilla, el paje del Montezuma, siempre estaba llorando, y todos nosotros muy á punto, y buenas guardas al Montezuma.

Digo, de nosotros estar á punto no habia necesidad de decillo tantas veces, porque de dia y de noche no se nos quitaban las armas, gorjales y antiparas, y con ello dormiamos.

Y dirán ahora dónde dormiamos, de qué eran nuestras camas, sino un poco de paja y una estera, y el que tenia un toldillo, ponelle debajo y calzados y armados, y todo género de armas muy á punto, y los caballos enfrenados y ensillados todo el dia; y todos tan prestos, que en tocando el arma como si estuviéremos puestos é aguardando para aquel punto; pues de velar cada noche, no quedaba soldado que no velaba.

Y otra cosa digo, y no por me jactanciar dello, que quedé yo tan acostumbrado de andar armado y dormir de la manera que he dicho, que despues de conquistada la Nueva-España tenia por costumbre de me acostar vestido y sin cama, é que dormia mejor que en colchones duermo; é ahora cuando voy á los pueblos de mi encomienda no llevo cama, é si alguna vez la llevo no es por mi voluntad, sino por algunos caballeros que se hallan presentes, porque no vean que por falta de buena cama la dejo de llevar; mas en verdad que me echo vestido en ella.

Y otra cosa digo, que no puedo dormir sino un rato de la noche, que me tengo de levantar á ver el cielo y estrellas, y me he de pasear un rato al sereno, y esto sin poner en la cabeza el bonete ni paño ni cosa ninguna, y gracias á Dios no me hace mal, por la costumbre que tenia; y esto he dicho porque sepan de qué arte andamos los verdaderos conquistadores, y cómo estábamos tan acostumbrados á las armas y velar.

Y dejemos de hablar en ello, pues que salgo fuera de nuestra relacion, y digamos cómo nuestro Señor Jesucristo siempre nos hace muchas mercedes. Y es, que en la isla de Cuba Diego Velazquez dió mucha priesa en su armada, como adelante diré, y vino en aquel instante á la Nueva-España un capitan que se decia Pánfilo de Narvaez.

CAPÍTULO CIX.

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, DIÓ MUY GRAN PRIESA EN ENVIAR SU ARMADA CONTRA NOSOTROS, Y EN ELLA POR CAPITAN GENERAL Á PÁNFILO DE NARVAEZ, Y CÓMO VINO EN SU COMPAÑÍA EL LICENCIADO LÚCAS VELAZQUEZ DE AILLON, OIDOR DE LA REAL AUDIENCIA DE SANTO DOMINGO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Volvamos ahora á decir algo atrás de nuestra relacion, para que bien se entienda lo que ahora diré.

Ya he dicho en el capítulo que dello habla, que como Diego Velazquez, gobernador de Cuba, supo que habiamos enviado nuestros procuradores á su majestad con todo el oro que habiamos habido, é el sol y la luna y muchas diversidades de joyas, y oro en granos sacados de las minas, y otras muchas cosas de gran valor, que no le acudiamos con cosa ninguna; y asimismo supo cómo D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos é Arzobispo de Rosano, que así se nombraba, é en aquella sazon era presidente de Indias y lo mandaba todo muy absolutamente, porque su majestad estaba en Flandes, y habia tratado muy mal el Obispo á nuestros procuradores; y dicen que le envió el Obispo desde Castilla en aquella sazon muchos favores al Diego Velazquez, é avisó é mandó para que nos enviase á prender, y que él le daba desde Castilla todo favor para ello, el Diego Velazquez con aquel gran favor hizo una armada de diez y nueve navíos, y con mil y cuatrocientos soldados, en que traian sobre veinte tiros y mucha pólvora y todo género de aparejos, de piedras y pelotas, y dos artilleros, que el capitan de la artillería se decia Rodrigo Martin, y traia ochenta de á caballo y noventa ballesteros y setenta escopeteros; y el mismo Diego Velazquez por su persona, aunque era bien gordo y pesado, andaba en Cuba de villa en villa y de pueblo en pueblo proveyendo la armada y atrayendo los vecinos que tenian indios, y á parientes y amigos, que viniesen con Pánfilo de Narvaez para que le llevasen preso á Cortés y á todos nosotros sus capitanes y soldados, ó á lo ménos no quedásemos algunos con las vidas; y andaba tan encendido de enojo y tan diligente, que vino hasta Guaniguanico, que es pasada la Habana más de sesenta leguas.

Y andando desta manera, ántes que saliese su armada pareció ser alcanzarlo á saber la real audiencia de Santo Domingo y los Frailes Jerónimos que estaban por gobernadores; el cual aviso y relacion dellos les envió desde Cuba el licenciado Zuazo, que habia venido á aquella isla á tomar residencia al mismo Diego Velazquez.

Pues como lo supieron en la real audiencia, y tenian memorias de nuestros muy buenos y nobles servicios que haciamos á Dios y á su majestad, y habiamos enviado nuestros procuradores con grandes presentes á nuestro Rey y señor, y que el Diego Velazquez no tenia razon ni justicia para venir con armada á tomar venganza de nosotros, sino que por justicia lo mandase; y que si venia con la armada era gran estorbo para nuestra conquista, acordaron de enviar á un licenciado que se decia Lúcas Vazquez de Ayllon, que era oidor de la misma real audiencia, para que estorbase la armada al Diego Velazquez y no la dejase pasar, y que sobre ello pusiese grandes penas; é vino á Cuba el mismo oidor, y hizo sus diligencias y protestaciones, como le era mandado por la real audiencia, para que no saliese con su intencion el Velazquez; y por más penas y requirimientos que le hizo é puso, no aprovechó cosa ninguna; porque, como el Diego Velazquez era tan favorecido del Obispo de Búrgos, y habia gastado cuanto tenia en hacer aquella gente de guerra contra nosotros, no tuvo todos aquellos requirimientos que hicieron en una castañeta, ántes se mostró más bravoso.

Y desque aquello vió el oidor vínose con el mesmo Narvaez para poner paces y dar buenos conciertos entre Cortés y el Narvaez.

Otros soldados dijeron que venia con intencion de ayudarnos, y si no lo pudiese hacer, tomar la tierra en sí por S. M., como oidor; y desta manera vino hasta el puerto de San Juan de Ulúa.

Y quedarse ha aquí, y pasaré adelante y diré lo que sobre ello se hizo.

CAPÍTULO CX.

CÓMO PÁNFILO DE NARVAEZ LLEGÓ AL PUERTO DE SAN JUAN DE ULÚA, QUE SE DICE LA VERACRUZ, CON TODA SU ARMADA, Y LO QUE LE SUCEDIÓ.

Viniendo el Pánfilo de Narvaez con toda su flota, que eran diez y nueve navíos, por la mar, parece ser junto á las sierras de San Martin, que así se llaman, tuvo un viento de norte, y en aquella costa es traviesa, y de noche se le perdió un navío de poco porte, que dió al través; venian en él por capitan un hidalgo que se decia Cristóbal de Morante, natural de Medina del Campo, y se ahogó cierta gente, y con toda la más flota vino á San Juan de Ulúa; y como se supo de aquella grande armada, que para haberse hecho en la isla de Cuba, grande se puede llamar, tuvieron noticia della los soldados que habia enviado Cortés á buscar las minas, y viénense á los navíos del Narvaez los tres dellos, que se decian Cervantes el chocarrero, y Escalana, y otro que se decia Alonso Hernandez Carretero; y cuando se vieron dentro en los navíos y con el Narvaez, dice que alzaban las manos á Dios, que los libró del poder de Cortés y de salir de la gran ciudad de Méjico, donde cada dia esperaban la muerte; y como caminan con el Narvaez y les mandaba dar de beber demasiado, estábanse diciendo los unos á los otros delante del mismo general:

—«Mirá si es mejor estar aquí bebiendo buen vino que no cautivo en poder de Cortés, que nos traia de noche y de dia tan avasallados, que no osábamos hablar, y aguardando de un dia á otro la muerte al ojo.»

Y aun decia el Cervantes, como era truhan, so color de gracias:

—«Oh Narvaez, Narvaez, que bienaventurado que eres é á qué tiempo has venido, que tiene ese traidor de Cortés allegados más de setecientos mil pesos de oro, y todos los soldados están muy mal con él porque les ha tomado mucha parte de lo que les cabia del oro de parte, é no quieren recebir lo que les da.»

Por manera que aquellos soldados que se nos huyeron eran ruines y soeces, y decian al Narvaez mucho más de lo que queria saber.

Y tambien le dieron por aviso que ocho leguas de allí estaba poblada una villa que se dice la villa rica de la Veracruz, y estaba en ella un Gonzalo de Sandoval con sesenta soldados, todos viejos y dolientes, y que si enviase á ellos gente de guarda, luego se darian, y le decian otras muchas cosas.

Dejemos todas estas pláticas, y digamos cómo luego lo alcanzó á saber el gran Montezuma cómo estaban allí surtos los navíos, y con muchos capitanes y soldados, y envió sus principales secretamente, que no lo supo Cortés, y les mandó dar comida y oro y plata, y que de los pueblos más cercanos les proveyesen de bastimento; y el Narvaez envió á decir al Montezuma muchas malas palabras y descomedimientos contra Cortés, y de todos nosotros que éramos unas gentes malas, ladrones, que veniamos huyendo de Castilla sin licencia de nuestro Rey y señor, y que como tuvo noticia el Rey nuestro señor que estábamos en estas tierras, y de los males y robos que haciamos, y teniamos preso al Montezuma, para estorbar tantos daños, que le mandó al Narvaez que luego viniese con todas aquellas naos y soldados y caballeros para que le suelten de las prisiones, y que á Cortés y á todos nosotros, como malos, nos prendiesen ó matasen, y en las mismas naos nos enviasen á Castilla, y que cuando allá llegásemos nos mandaria matar; y le envió á decir otros muchos desatinos; y eran los intérpretes para dárselos á entender á los indios los tres soldados que se nos fueron, que ya sabian la lengua. Y demás destas pláticas, le envió el Narvaez ciertas cosas de Castilla.

Y cuando Montezuma lo supo, tuvo gran contento con aquellas nuevas; porque, como le decian que tenian tantos navíos é caballos é tiros y escopetas y ballesteros, y eran mil y trescientos soldados, y dende arriba creyó que nos perderia.

Y demás desto, como sus principales vieron á nuestros tres soldados (que traidores bellacos se pueden llamar) con el Narvaez y veian que decian mucho mal de Cortés, tuvo por cierto todo lo que el Narvaez envió á decir; y toda la armada se la llevaron pintada en dos paños al natural.

Entónces el Montezuma le envió mucho más oro y mantas, y mandó que todos los pueblos de la comarca le llevasen bien de comer, é ya habia tres dias que lo sabia el Montezuma, y Cortés no sabia cosa ninguna.