Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 3

Chapter 34,158 wordsPublic domain

Y en aquella sazon que ordenaba el armada, se hallaron presentes en Santiago de Cuba, donde residia el Velazquez, Juan de Grijalva y Pedro de Albarado y Francisco de Montejo é Alonso de Ávila, que habian ido con negocios al gobernador; porque todos tenian encomiendas de indios en las mismas islas; y como eran personas valerosas, concertóse con ellos que el Juan de Grijalva, que era deudo del Diego Velazquez, viniese por capitan general, é que Pedro de Albarado viniese por capitan de un navío, y Francisco de Montejo de otro, y el Alonso de Ávila de otro; por manera que cada uno destos capitanes procuró de poner bastimentos y matalotaje de pan cazabe y tocinos; y el Diego Velazquez puso ballestas y escopetas, y cierto rescate, y otras menudencias, y más los navíos.

Y como habia fama destas tierras que eran muy ricas y habia en ellas casas de cal y canto, y el indio Melchorejo decia por señas que habia oro, tenian mucha codicia los vecinos y soldados que no tenian indios en la isla, de ir á esta tierra; por manera que de presto nos juntamos ducientos y cuarenta compañeros, y tambien pusimos cada soldado, de la hacienda que teniamos, para matalotaje y armas y cosas que convenian; y en este viaje volví y con estos capitanes otra vez, y parece ser la instruccion que para ello dió el gobernador Diego Velazquez fué, segun entendí, que rescatasen todo el oro y plata que pudiesen, y si viesen que convenia poblar que poblasen, ó si no, que se volviesen á Cuba.

É vino por veedor de la armada uno que se decia Peñalosa, natural de Segovia, é trujimos un Clérigo que se decia Juan Diaz, y los tres pilotos que ántes habiamos traido cuando el primero viaje, que ya he dicho sus nombres y de dónde eran, Anton de Alaminos, de Pálos, y Camacho, de Triana, y Juan Álvarez, el Manquillo, de Huelva; y el Alaminos venia por piloto mayor, y otro piloto que entónces vino no me acuerdo el nombre.

Pues ántes que más pase adelante porque nombraré algunas veces á estos hidalgos que he dicho que venian por capitanes, y parecerá cosa descomedida nombralles secamente, Pedro de Albarado, Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, y no decilles sus ditados é blasones, sepan que el Pedro de Albarado fué un hidalgo muy valeroso, que despues que se hubo ganado la Nueva-España fué gobernador y adelantado de las provincias de Guatimala, Honduras y Chiapa, é comendador de Santiago.

É asimismo el Francisco de Montejo, hidalgo de mucho valor, que fué gobernador y adelantado de Yucatan; hasta que S. M. les hizo aquestas mercedes y tuvieron señoríos no les nombraré sino sus nombres, y no adelantados.

Volvamos á nuestra plática: que fueron los cuatro navíos por la parte y banda del Norte á un puerto que se llama Matanzas, que era cerca de la Habana vieja, que en aquella sazon no estaba poblada donde ahora está, y en aquel puerto ó cerca dél tenian todos los más vecinos de la Habana sus estancias de cazabe y puercos, y desde allí se proveyeron nuestros navíos lo que faltaba, y nos juntamos así capitanes como soldados para dar vela y hacer nuestro viaje.

Y ántes que más pase adelante, aunque vaya fuera de órden, quiero decir por qué llamaban aquel puerto que he dicho de Matanzas, y eso traigo aquí á la memoria, porque ciertas personas me lo han preguntado la causa de ponelle aquel nombre, y es por esto que diré.

Ántes que aquella isla de Cuba estuviese de paz dió al través por la costa del Norte un navío que habia ido desde la isla de Santo Domingo á buscar indios, que llamaban los lucayos, á unas islas que están entre Cuba y la canal de Bahama, que se llaman las islas de los Lucayos, y con mal tiempo dió al través en aquella costa, cerca del rio y puerto que he dicho que se llama Matanzas, y venian en el navío sobre treinta personas españoles y dos mujeres; y para pasallos aquel rio vinieron muchos indios de la Habana y de otros pueblos, como que los venian á ver de paz, y les dijeron que les querian pasar en canoas y llevallos á sus pueblos para dalles de comer.

É ya que iban con ellos, en medio del rio les trastornaron las canoas y los mataron; que no quedaron sino tres hombres y una mujer, que era hermosa, la cual llevó un cacique de los más principales que hicieron aquella traicion, y los tres españoles repartieron entre los demás caciques.

Y á esta causa se puso á este puerto nombre de puerto de Matanzas; y conocí á la mujer que he dicho, que despues de ganada la isla de Cuba se le quitó al cacique en cuyo poder estaba, y la vi casada en la villa de la Trinidad con un vecino della, que se decia Pedro Sanchez Farfan; y tambien conocí á los tres españoles, que se decia el uno Gonzalo Mejía, hombre anciano, natural de Jerez, y el otro se decia Juan de Santisteban, y era natural de Madrigal, y el otro se decia Cascorro, hombre de la mar, y era pescador, natural de Huelva, y le habia ya casado el cacique con quien solia estar, con una su hija, é ya tenia horadadas las orejas y las narices como los indios.

Mucho me he detenido en contar cuentos viejos; volvamos á nuestra relacion. É ya que estábamos recogidos, así capitanes como soldados, y dadas las instrucciones que los pilotos habian de llevar y las señas de los faroles, despues de haber oido Misa con gran devocion, en 5 dias del mes de Abril de 1518 años dimos vela, y en diez dias doblamos la punta de Guaniguanico, que los pilotos llaman de San Anton, y en otros ocho dias que navegamos vimos la isla de Cozumel, que entónces la descubrimos, dia de Santa Cruz, porque decayeron los navíos con las corrientes más bajo que cuando venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, y bajamos la isla por la banda del sur; vimos un pueblo, y allí cerca buen surgidero y bien limpio de arrecifes, y saltamos en tierra con el capitan Juan de Grijalva buena copia de soldados, y los naturales de aquel pueblo se fueron huyendo desque vieron venir los navíos á la vela, porque jamás habian visto tal, y los soldados que salimos á tierra no hallamos en el pueblo persona ninguna, y en unas mieses de maizales se hallaron dos viejos que no podian andar y los trujimos al capitan, y con Julianillo y Melchorejo, los que trajimos de la Punta de Cotoche, que entendian muy bien á los indios, y les habló; porque su tierra dellos y aquella isla de Cozumel no hay de travesía en la mar sino obra de cuatro leguas, y así hablan una misma lengua; y el capitan halagó aquellos viejos y les dió cuentezuelas verdes, y les envió á llamar al calachioni de aquel pueblo, que así se dicen los caciques de aquella tierra, y fueron y nunca volvieron; y estándoles aguardando, vino una india moza, de buen parecer, é comenzó á hablar la lengua de la isla de Jamáica, y dijo que todos los indios é indias de aquella isla y pueblo se habian ido á los montes, de miedo; y como muchos de nuestros soldados é yo entendimos muy bien aquella lengua, que es la de Cuba, nos admiramos, y la preguntamos que cómo estaba allí, y dijo que habia dos años que dió al través con una canoa grande en que iban á pescar diez indios de Jamáica á unas isletas, y que las corrientes la echaron en aquella tierra, y mataron á su marido y á todos los demás indios jamaicanos sus compañeros, y los sacrificaron á los ídolos; y desque la entendió el capitan, como vió que aquella india seria buena mensajera, envióla á llamar los indios y caciques de aquel pueblo, y dióla de plazo dos dias para que volviese; porque los indios Melchorejo y Julianillo, que llevamos de la Punta de Cotoche, tuvimos temor que, apartados de nosotros, se huirian á su tierra, y por esta causa no los enviamos á llamar con ellos; y la india volvió otro dia, y dijo que ningun indio ni india queria venir, por más palabras que les decia.

Á este pueblo pusimos por nombre Santa Cruz, porque cuatro ó cinco dias ántes de Santa Cruz le vimos; habia en él buenos colmenares de miel y muchos boniatos y batatas y manadas de puercos de la tierra, que tienen sobre el espinazo el ombligo; habia en él tres pueblezuelos, y este donde desembarcamos era mayor, y los otros dos eran más chicos, que estaba cada uno en una punta de la isla; terná de bojo como obra de dos leguas.

Pues como el capitan Juan de Grijalva vió que era perder tiempo estar más allí aguardando, mandó que nos embarcásemos luego, y la india de Jamáica se fué con nosotros, y seguimos nuestro viaje.

CAPÍTULO IX.

DE CÓMO VENIMOS Á DESEMBARCAR Á CHAMPOTON.

Pues vuelto á embarcar, é yendo por las derrotas pasadas (cuando lo de Francisco Hernandez de Córdoba), en ocho dias llegamos en el paraje del pueblo de Champoton, que fué donde nos desbarataron los indios de aquella provincia, como ya dicho tengo en el capítulo que dello habla; y como en aquella ensenada mengua mucho la mar, anclamos los navíos una legua de tierra, y con todos los bateles desembarcamos la mitad de los soldados que allí íbamos, junto á las casas del pueblo, é los indios naturales dél y otros sus comarcanos se juntaron todos, como la otra vez cuando nos mataron sobre cincuenta y seis soldados y todos los más nos hirieron, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla; y á esta causa estaban muy ufanos y orgullosos, y bien armados á su usanza, que son: arcos, flechas, lanzas, rodelas, macanas y espadas de dos manos, y piedras con hondas, y armas de algodon, y trompetillas y atambores, y los más dellos pintadas las caras de negro, colorado y blanco; y puestos en concierto, esperaron en la costa, para en llegando que llegásemos dar en nosotros; y como teniamos experiencia de la otra vez, llevábamos en los bateles unos falconetes, é íbamos apercebidos de ballestas y escopetas; y llegados á tierra, nos comenzaron á flechar y con las lanzas dar á mantiniente; y tal rociada nos dieron ántes que llegásemos á tierra, que hirieron la mitad de nosotros, y desque hubimos saltado de los bateles les hicimos perder la furia á buenas estocadas y cuchilladas; porque, aunque nos flechaban á terrero, todos llevábamos armas de algodon, y todavía se sostuvieron buen rato peleando con nosotros, hasta que vino otra barcada de nuestros soldados, y les hicimos retraer á unas ciénagas junto al pueblo.

En esta guerra mataron á Juan de Quiteria y á otros dos soldados, y al capitan Juan de Grijalva le dieron tres flechazos y aun le quebraron con un cobaco dos dientes (que hay muchos en aquella costa), é hirieron sobre sesenta de los nuestros.

Y desque vimos que todos los contrarios se habian huido, nos fuimos al pueblo, y se curaron los heridos y enterramos los muertos, y en todo el pueblo no hallamos persona ninguna, ni los que se habian retraido en las ciénagas, que ya se habian desgarrado; por manera que todos tenian alzadas sus haciendas.

En aquellas escaramuzas prendimos tres indios, y el uno dellos parecia principal. Mandóles el capitan que fuesen á llamar al cacique de aquel pueblo, y les dió cuentas verdes y cascabeles para que los diesen, para que viniesen de paz; y asimismo á aquellos tres prisioneros se les hicieron muchos halagos y se les dieron cuentas porque fuesen sin miedo; y fueron y nunca volvieron, é creimos que el indio Julianillo é Melchorejo no les hubieran de decir lo que les fué mandado, sino al revés.

Estuvimos en aquel pueblo cuatro dias. Acuérdome que cuando estábamos peleando en aquella escaramuza, que habia allí unos prados algo pedregosos, é habia langostas que cuando peleábamos saltaban y venian volando y nos daban en la cara, y como eran tantos flecheros y tiraban tanta flecha como granizos, que parecian eran langostas que volaban, y no nos rodelábamos, y la flecha que venia nos heria, y otras veces creiamos que era flecha, y eran langostas que venian volando: fué harto estorbo.

CAPÍTULO X.

CÓMO SEGUIMOS NUESTRO VIAJE Y ENTRAMOS EN BOCA DE TÉRMINOS, QUE ENTÓNCES LE PUSIMOS ESTE NOMBRE.

Yendo por nuestra navegacion adelante, llegamos á una boca, como de rio, muy grande y ancha, y no era rio como pensamos, sino muy buen puerto, é porque está entre unas tierras é otras, é parecia como estrecho: tan gran boca tenia, que decia el piloto Anton de Alaminos que era isla y partian términos con la tierra, y á esta causa le pusimos el nombre de Boca de Términos, y así está en las cartas de marear; y allí saltó el capitan Juan de Grijalva en tierra, con todos los más capitanes por mí nombrados, y muchos soldados estuvimos tres dias hondando la boca de aquella entrada, y mirando bien arriba y abajo del ancon donde creiamos que iba é venia á parar, y hallamos no ser isla, sino ancon, y era muy buen puerto; y hallamos unos adoratorios de cal y canto y muchos ídolos de barro y palo, que eran dellos como figuras de sus dioses, y dellos de figuras de mujeres, y muchos como sierpes, y muchos cuernos de venados, é creimos que por allí cerca habria alguna poblacion, é con el buen puerto, que seria bueno para poblar; lo cual no fué así, que estaba muy despoblado; porque aquellos adoratorios eran de mercaderes y cazadores que de pasada entraban en aquel puerto con canoas y allí sacrificaban, y habia mucha caza de venados y conejos: matamos diez venados con una lebrela, y muchos conejos.

Y luego, desque todo fué visto y sondado, nos tornamos á embarcar, y se nos quedó allí la lebrela, y cuando volvimos con Cortés la tornamos á hallar, y estaba muy gorda y lucida. Llaman los marineros á esto Puerto de Términos.

É vueltos á embarcar, navegamos costa á costa junto á tierra, hasta que llegamos al rio de Tabasco, que por descubrile el Juan de Grijalva, se nombra agora el rio de Grijalva.

CAPÍTULO XI.

CÓMO LLEGAMOS AL RIO DE TABASCO, QUE LLAMAN DE GRIJALVA, Y LO QUE ALLÁ NOS ACAECIÓ.

Navegando costa á costa la via del poniente de dia, porque de noche no osábamos por temor de bajos é arrecifes, á cabo de tres dias vimos una boca de rio muy ancha, y llegamos muy á tierra con los navíos y parecia buen puerto; y como fuimos más cerca de la boca, vimos reventar los bajos ántes de entrar en el rio, y allí sacamos los bateles, y con la sonda en la mano hallamos que no podian entrar en el puerto los dos navíos de mayor porte: fué acordado que anclasen fuera en la mar, y con los otros dos navíos que demandaban ménos agua, que con ellos é con los bateles fuésemos todos los soldados rio arriba, porque vimos muchos indios estar en canoas en las riberas, y tenian arcos y flechas y todas sus armas, segun y de la manera de Champoton; por donde entendimos que habia por allí algun pueblo grande, y tambien porque viniendo, como veniamos, navegando costa á costa, habiamos visto echadas nasas en la mar, con que pescaban, y aun á dos dellas se les tomó el pescado con un batel que traiamos á jorro de la capitana.

Aqueste rio se llama de Tabasco porque el cacique de aquel pueblo se llamaba Tabasco; y como le descubrimos deste viaje, y el Juan de Grijalva fué el descubridor, se nombra rio de Grijalva, y así está en las cartas del marear.

É ya que llegamos obra de media legua del pueblo, bien oimos el rumor de cortar de madera, de que hacian grandes mamparos é fuerzas, y aderezarse para nos dar guerra, porque habian sabido de lo que pasó en Potonchan y tenian la guerra por muy cierta.

Y desque aquello sentimos, desembarcamos de una punta de aquella tierra donde habia unos palmares, que era del pueblo media legua; y desque nos vieron allí, vinieron obra de cincuenta canoas con gente de guerra, y traian arcos y flechas y armas de algodon, rodelas y lanzas y sus atambores y penachos y estaban entre los esteros otras muchas canoas llenas de guerreros, y estuvieron algo apartados de nosotros, que no osaron llegar como los primeros.

Y desque los vimos de aquel arte, estábamos para tirarles con los tiros y con las escopetas y ballestas, y quiso nuestro Señor que acordamos de los llamar, é con Julianico y Melchorejo, los de la Punta de Cotoche, que sabian muy bien aquella lengua; y dijo á los principales que no hubiesen miedo que les queriamos hablar cosas que desque las entendiesen, hubiesen por buena nuestra llegada allí é á sus casas, é que les queriamos dar de lo que traiamos.

É como entendieron la plática, vinieron obra de cuatro canoas, y en ellas hasta treinta indios, y luego se les mostraron sartalejos de cuentas verdes y espejuelos y diamantes azules, y desque los vieron parecia que estaban de mejor semblante, creyendo que eran chalchihuites, que ellos tienen en mucho.

Entónces el capitan les dijo con las lenguas Julianillo ó Melchorejo, que veniamos de léjas tierras y éramos vasallos de un grande Emperador que se dice D. Cárlos, el cual tiene por vasallos á muchos grandes señores y calachioníes, y que ellos le deben tener por señor y les irá muy bien en ello, é que á trueco de aquellas cuentas nos dén comida de gallinas.

Y nos respondieron dos dellos, que el uno era principal y el otro papa, que son como Sacerdotes que tienen cargo de los ídolos, que ya he dicho otra vez que papas les llaman en la Nueva-España, y dijeron que harian el bastimento que deciamos é trocarian de sus cosas á las nuestras; y en lo demás, que señor tienen, é que agora veniamos, é sin conocerlos, é ya les queriamos dar señor, é que mirásemos no les diésemos guerra como en Potonchan, porque tenian aparejados dos jiquipiles de gentes de guerra de todas aquellas provincias contra nosotros: cada jiquipil son de ocho mil hombres; é dijeron que bien sabian que pocos dias habia que habiamos muerto y herido sobre más de ducientos hombres de Potonchan, é que ellos no son hombres de tan pocas fuerzas como los otros, é que por eso habian venido á hablar, por saber nuestra voluntad; é aquello que les deciamos, que se lo irian á decir á los caciques de muchos pueblos, que están juntos para tratar paces ó guerra.

Y luego el capitan les abrazó en señal de paz, y les dió unos sartalejos de cuentas, y les mandó que volviesen con la respuesta con brevedad, é que si no venian, que por fuerza habiamos de ir á su pueblo, y no para los enojar.

Y aquellos mensajeros que enviamos hablaron con los caciques y papas, que tambien tienen voto entre ellos, y dijeron que eran buenas las paces y traer bastimento, é que entre todos ellos y los pueblos comarcanos se buscara luego un presente de oro para nos dar y hacer amistades; no les acaezca como á los de Potonchan.

Y lo que yo vi y entendí despues acá, en aquellas provincias se usaba enviar presentes cuando se trataba paces, y en aquella punta de los palmares, donde estábamos, vinieron sobre treinta indios é trujeron pescados asados y gallinas é fruta y pan de maíz, é unos braseros con ascuas y con zahumerios, y nos zahumaron á todos, y luego pusieron en el suelo unas esteras, que acá llaman petates, y encima una manta, y presentaron ciertas joyas de oro, que fueron ciertas ánades como las de Castilla, y otras joyas como lagartijas, y tres collares de cuentas vaciadizas, y otras cosas de oro de poco valor que no valía doscientos pesos; y más trujeron unas mantas é camisetas de las que ellos usan, é dijeron que recibiésemos aquello de buena voluntad, é que no tienen más oro que nos dar; que adelante, hácia donde se pone el sol, hay mucho; y decian Culba, Culba, Méjico, Méjico; y nosotros no sabiamos qué cosa era Culba, ni aun Méjico tampoco.

Puesto que no valía mucho aquel presente que trujeron, tuvímoslo por bueno por saber cierto que tenian oro, y desque lo hubieron presentado, dijeron que nos fuésemos luego adelante, y el capitan les dió las gracias por ello é cuentas verdes; y fué acordado de irnos luego á embarcar, porque estaban en mucho peligro los dos navíos por temor del norte, que es travesía, y tambien por acercarnos hácia donde decian que habia oro.

CAPÍTULO XII.

CÓMO VIMOS EL PUEBLO DE AGUAYALUCO, QUE PUSIMOS POR NOMBRE LA-RAMBLA.

Vueltos á embarcar, siguiendo la costa adelante, desde á dos dias vimos un pueblo junto á tierra, que se dice el Aguayaluco, y andaban muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los indios que los traian iban haciendo grandes movimientos por el arenal y costa adelante, y pusimos á este pueblo por nombre La-Rambla, y así está en las cartas del marear.

É yendo más adelante costeando, vimos una ensenada, donde se quedó el rio de Fenole, que á la vuelta que volvimos entramos en él, y le pusimos nombre rio de San Antonio, y así está en las cartas del mar.

É yendo más adelante navegando, vimos adonde quedaba el paraje del gran rio de Guacayualco, y quisiéramos entrar en el ensenada que está, por ver qué cosa era, sino por ser el tiempo contrario; é luego se parecieron las grandes sierras nevadas, que en todo el año están cargadas de nieve, y tambien vimos otras sierras que están más junto al mar, que se llaman agora de San Martin, y pusímoslas por nombre San Martin, porque el primero que las vió fué un soldado que se llamaba San Martin, vecino de la Habana.

Y navegando nuestra costa adelante, el capitan Pedro de Albarado se adelantó con su navío, y entró en un rio que en Indias se llama Papalohuna, y entónces pusimos por nombre rio de Albarado, porque lo descubrió el mesmo Albarado.

Allí le dieron pescado unos indios pescadores, que eran naturales de un pueblo que se dice Tlacotalpa; estuvímosle aguardando en el paraje del rio donde entró con todos tres navíos, hasta que salió dél, y á causa de haber entrado en el rio sin licencia del general, se enojó mucho con él, y le mandó que otra vez no se adelantase del armada, porque no le aviniese algun contraste en parte donde no le pudiésemos ayudar.

É luego navegamos con todos cuatro navíos en conserva, hasta que llegamos en paraje de otro rio, que le pusimos por nombre rio de Banderas, porque estaban en él muchos indios con lanzas grandes, y en cada lanza una bandera hecha de manta blanca, revolándolas y llamándonos.

Lo cual diré adelante cómo pasó.

CAPÍTULO XIII.

CÓMO LLEGAMOS Á UN RIO QUE PUSIMOS POR NOMBRE RIO DE BANDERAS, É RESCATAMOS CATORCE MIL PESOS.

Ya habrán oido decir en España y en toda la más parte della y de la cristiandad, cómo Méjico es tan gran ciudad, y poblada en el agua como Venecia; y habia en ella un gran señor que era Rey de muchas provincias y señoreaba todas aquellas tierras, que son mayores que cuatro veces nuestra Castilla; el cual señor se decia Montezuma, é como era tan poderoso, queria señorear y saber hasta lo que no podia ni le era posible, é tuvo noticia de la primera vez que venimos con Francisco Hernandez de Córdoba, lo que nos acaesció en la batalla de Cotoche y en la de Champoton, y agora deste viaje la batalla del mismo Champoton, y supo que éramos nosotros pocos soldados y los de aquel pueblo muchos, é al fin entendió que nuestra demanda era buscar oro á trueque del rescate que traiamos, é todo se lo habian llevado pintado en unos paños que hacen de henequén, que es como de lino; y como supo que íbamos costa á costa hácia sus provincias, mandó á sus gobernadores que si por allí aportásemos que procurasen de trocar oro á nuestras cuentas, en especial á las verdes, que parecian á sus chalchihuites; y tambien lo mandó para saber é inquirir más por entero de nuestras personas é qué era nuestro intento.

Y lo más cierto era, segun entendimos, que dicen que sus antepasados les habian dicho que habian de venir gentes de hácia donde sale el sol, que los habian de señorear.

Agora sea por lo uno ó por lo otro, estaban en posta á vela indios del grande Montezuma en aquel rio que dicho tengo, con lanzas largas y en cada lanza una bandera, enarbolándola y llamándonos que fuésemos allí donde estaban.

Y desque vimos de los navíos cosas tan nuevas, para saber qué podia ser fué acordado por el general, con todos los demás soldados y capitanes, que echamos dos bateles en el agua é que saltásemos en ellos todos los ballesteros y escopeteros y veinte soldados, y Francisco Montejo fuese con nosotros, é que si viésemos que eran de guerra los que estaban con las banderas, que de presto se lo hiciésemos saber, ó otra cualquier cosa que fuese.