Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 29

Chapter 294,290 wordsPublic domain

Dejemos de contar más en lo pasado, y digamos cómo fueron con el Umbría, y se les dió de plazo para ir é volver cuarenta dias. É por la banda del Norte despachó para ver las minas á un capitan que se decia Pizarro, mancebo hasta de veinte y cinco años; y á este Pizarro trataba Cortés como á pariente. En aquel tiempo no habia fama del Perú ni se nombraban Pizarros en esta tierra; é con cuatro soldados mineros fué, y llevó de plazo otros cuarenta dias para ir é volver, porque habia desde Méjico obra de ochenta leguas, é con cuatro principales mejicanos.

Ya partidos para ver las minas, como dicho tengo, volvamos á decir cómo le dió el gran Montezuma á nuestro capitan en un paño de nequen pintados y señalados muy al natural todos los rios é ancones que habia en la costa del Norte Pánuco hasta Tabasco, que son obra de ciento cuarenta leguas, y en ellos venia señalado el rio de Guazacualco; é como ya sabiamos todos los puertos y ancones que señalaban en el paño que le dió el Montezuma, de cuando veniamos á descubrir con Grijalva, excepto el rio de Guazacualco, que dijeron que era muy poderoso y hondo, acordó Cortés de enviar á ver qué era, y para hondar el puerto y la entrada.

Y como uno de nuestros capitanes, que se decia Diego de Ordás, otras veces por mí nombrado, era hombre muy entendido y bien esforzado, dijo al capitan que él queria ir á ver aquel rio y qué tierras habia y qué manera de gente era, y que le diese hombres é indios principales que fuesen con él; y Cortés lo rehusaba, porque era hombre de buenos consejos y queria tenello en su compañía, y por no le descomplacer le dió licencia para que fuese; y el Montezuma le dijo al Ordás que en lo de Guazacualco no llegaba su señorío, é que eran muy esforzados, é que parase á ver lo que hacia, y que si algo le aconteciese no le cargasen ni culpasen á él; y que ántes de llegar á aquella provincia toparia con sus guarniciones de gente de guerra, que tenia en frontera, y que si los hubiese menester, que los llevase consigo; y dijo otros muchos cumplimientos. Y Cortés y el Diego de Ordás le dieron las gracias; é así, partió con dos de nuestros soldados y con otros principales que el Montezuma les dió.

Aquí es donde dice el coronista Francisco Lopez de Gómora que iba Juan Velazquez con cien soldados á poblar á Guazacualco, é que Pedro de Ircio habia ido á poblar á Pánuco; é porque ya estoy harto de mirar en lo que el coronista va fuera de lo que pasó, lo dejaré de decir, y diré lo que cada uno de los capitanes que nuestro Cortés envió hizo, é vinieron con muestras de oro.

CAPÍTULO CIII.

CÓMO VOLVIERON LOS CAPITANES QUE NUESTRO CAPITAN ENVIÓ Á VER LAS MINAS É HONDAR EL PUERTO É RIO DE GUAZACUALCO.

El primero que volvió á la ciudad de Méjico á dar razon de á lo que Cortés los envió, fué Gonzalo de Umbría y sus compañeros, y trajeron obra de trescientos pesos en granos, que sacaron delante de los indios de un pueblo que se dice Cacatula, que, segun contaba el Umbría, los caciques de aquella provincia llevaron muchos indios á los rios, y con unas como bateas chicas lavaban la tierra y cogian el oro, y era de dos rios; y dijeron que si fuesen buenos mineros y la lavasen como en la isla de Santo Domingo ó como en la isla de Cuba, que serian ricas minas; y asimismo trujeron consigo los principales que envió aquella provincia, y trajeron un presente de oro hecho en joyas, que valdria ducientos pesos, é á darse é ofrecerse por servidores de su majestad; y Cortés se holgó tanto con el oro como si fueran treinta mil pesos, en saber cierto que habia buenas minas; é á los caciques que trajeron el presente les mostró mucho amor y les mandó dar cuentas verdes de Castilla, y con buenas palabras se volvieron á sus tierras muy contentos.

Y decia el Umbría que no muy léjos de Méjico habia grandes poblaciones y otra provincia que se decia Matalcingo; y á lo que sentimos y vimos, el Umbría y sus compañeros vinieron ricos con mucho oro y bien aprovechados; que á este efecto le envió Cortés, para hacer buen amigo dél por lo pasado que dicho tengo, que le mandó cortar los piés.

Dejémosle, pues volvió con buen recaudo, y volvamos al capitan Diego de Ordás, que fué á ver el rio de Guazacualco, que es sobre ciento y veinte leguas de Méjico, y dijo que pasó por muy grandes pueblos, que allí los nombró, é que todos le hacian honra; é que en el camino de Guazacualco topó á las guarniciones de Montezuma que estaban en frontera, é que todas aquellas comarcas se quejaban dellos, así de robos que les hacian, y les tomaban sus mujeres y les demandaban otros tributos; y el Ordás, con los principales mejicanos que llevaba, reprendió á los capitanes de Montezuma que tenian cargo de aquellas gentes, y le amenazaron que si más robaban, que se lo haria saber á su señor Montezuma, y que enviaria por ellos y los castigaria, como hizo á Quetzalpopoca y sus compañeros porque habian robado los pueblos de nuestros amigos; y con estas palabras les metió temor; é luego fué camino de Guazacualco, y no llevó más de un principal mejicano; y cuando el cacique de aquella provincia, que se decia Tochel, supo que iba, envió sus principales á le recebir, y le mostraron mucha voluntad, porque aquellos de aquella provincia y todos tenian relacion y noticia de nuestras personas, de cuando venimos á descubrir con Juan de Grijalva, segun largamente lo he escrito en el capítulo pasado que dello habla; y volvamos ahora á decir que, como los caciques de Guazacualco entendieron á lo que iba, luego le dieron muchas grandes canoas, y el mismo cacique Tochel, y con él otros muchos principales hondaron la boca del rio, é hallaron tres brazas largas, sin la de caida, en lo más bajo; y entrados en el rio un poco arriba, podian nadar grandes navíos, é miéntras más arriba más hondo.

Y junto á un pueblo que en aquella sazon estaba poblado de indios pueden estar carracas; y como el Ordás lo hubo ahondado y se vino con los caciques al pueblo, le dieron ciertas joyas de oro y una india hermosa, y se ofrecieron por servidores de su majestad, y se le quejaron de Montezuma y de su guarnicion de gente de guerra, y que habia poco tiempo que tuvieron una batalla con ellos, y que cerca de un pueblo de pocas casas mataron los de aquella provincia á los mejicanos muchas de sus gentes, y por aquella causa llaman hoy en dia, donde aquella guerra pasó, Cuilonemiqui, que en su lengua quiere decir donde mataron los putos mejicanos; y el Ordás les dió muchas gracias por la honra que habia recebido, y les dió ciertas cuentas de Castilla que llevaba para aquel efecto, y se volvió á Méjico, y fué alegremente recebido de Cortés y de todos nosotros; y decia que era buena tierra para ganados y granjerías, y el puerto á pique para las islas de Cuba y de Santo Domingo y de Jamáica, excepto que era léjos de Méjico y habia grandes ciénagas. Y á esta causa nunca tuvimos confianza del puerto para el descargo y trato de Méjico.

Dejemos al Ordás, y digamos del capitan Pizarro y sus compañeros, que fueron en lo de Tustepeque á buscar oro y ver las minas, que volvió el Pizarro con un soldado solo á dar cuenta á Cortés, y trujeron sobre mil pesos de granos de oro sacado de las minas, y dijeron que en la provincia de Tustepeque y Malinaltepeque y otros pueblos comarcanos fué á los rios con mucha gente que le dieron, y cogieron la tercia parte del oro que allí traian, y que fueron en las sierras más arriba á otra provincia que se dice los chinantecas, y como llegaron á su tierra, que salieron muchos indios con armas, que son unas lanzas mayores que las nuestras, y arcos y flechas y pavesinas, y dijeron que ni un indio mejicano no les entrase en su tierra; si no, que los matarian, y que los teules que vayan mucho en buen hora; y así fueron, y se quedaron los mejicanos, que no pasaron adelante; y cuando los caciques de Chinanta entendieron á lo que iban, juntaron copia de sus gentes para lavar oro, y le llevaron á unos rios, donde cogieron el demás oro que venia por su parte en granos crespillos, porque dijeron los mineros que aquello era de más duraderas minas, como de nacimiento; y tambien trujo el capitan Pizarro dos caciques de aquella tierra, que vinieron á ofrecerse por vasallos de su Majestad y tener nuestra amistad, y aun trujeron un presente de oro; y todos aquellos caciques á una decian mucho mal de los mejicanos, que eran tan aburridos de aquellas provincias por los robos que les hacian, que no podian ver, ni aun mentar sus nombres.

Cortés recibió bien al Pizarro y á los principales que traia, y tomó el presente que le dieron, y porque há muchos años ya pasados, no me acuerdo qué tanto era; y se ofreció con buenas palabras que les ayudaria y seria su amigo de los chinantecas, y les mandó que fuesen á su provincia; y porque no recibiesen algunas molestias en el camino, mandó á dos principales mejicanos que los pusiesen en sus tierras, y que no se quitasen dellos hasta que estuviesen en salvo, y fueron muy contentos.

Volvamos á nuestra plática: que preguntó Cortés por los demás soldados que habia llevado el Pizarro en su compañía, que se decian Barrientos y Heredia el viejo y Escalona el mozo y Cervantes el chocarrero; y dijo que porque les pareció muy bien aquella tierra y era rica de minas, y los pueblos por donde fuimos muy de paz, les mandó que hiciesen una gran estancia de cacaguatales y maizales y pusiesen muchas aves de la tierra, y otras granjerías que habia de algodon, y que desde allí fuesen catando todos los rios y viesen qué minas habia.

Y puesto que Cortés calló por entónces, no se lo tuvo á bien á su pariente haber salido de su mandado, y supimos que en secreto riñó mucho con él sobre ello, y le dijo que era de poca calidad querer entender en cosas de criar aves é cacaguatales; y luego envió otro soldado que se decia Alonso Luis á llamar los demás que habia dejado el Pizarro, y para que luego viniesen llevó un mandamiento; y lo que aquellos soldados hicieron diré adelante en su tiempo y lugar.

CAPÍTULO CIV.

CÓMO CORTÉS DIJO AL GRAN MONTEZUMA QUE MANDASE Á TODOS LOS CACIQUES QUE TRIBUTASEN Á SU MAJESTAD, PUES COMUNMENTE SABIAN QUE TENIAN ORO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Pues como el capitan Diego de Ordás y los soldados por mí ya nombrados vinieron con muestras de oro y relacion que toda la tierra era rica, Cortés, con consejo del Ordás y de otros capitanes y soldados, acordó de decir y demandar al Montezuma que todos los caciques y pueblos de la tierra tributasen á su majestad, y que él mismo, como gran señor, tambien tributase é diese de sus tesoros; y respondió que él enviaria por todos los pueblos á demandar oro, mas que muchos dellos no lo alcanzaban, sino joyas de poca valía que habian habido de sus antepasados; y de presto despachó principales á las partes donde habia minas, y les mandó que diese cada uno tantos tejuelos de oro fino del tamaño y gordor de otros que le solian tributar, y llevaban para muestras dos tejuelos, y de otras partes no le traian sino joyezuelas de poca valía.

Tambien envió á la provincia donde era cacique y señor aquel su pariente muy cercano que no le queria obedecer, que estaba de Méjico obra de doce leguas; y la respuesta que trujeron los mensajeros fué, que decia que no queria dar oro ni obedecer al Montezuma, y que tambien él era señor de Méjico y le venia el señorio como al mismo Montezuma que le enviaba á pedir tributo.

Y como esto oyó el Montezuma, tuvo tanto enojo, que de presto envió su señal y sello y con buenos capitanes para que se lo trujesen preso; y venido á su presencia el pariente, le habló muy desacatadamente y sin ningun temor ó de muy esforzado, ó decian que tenia ramos de locura, porque era como atronado; todo lo cual alcanzó á saber Cortés, y envió á pedir por merced al Montezuma que se lo diese, que él lo queria guardar; porque, segun le dijeron, le habia mandado matar el Montezuma; y traido ante Cortés, le habló muy amorosamente, y que no fuese loco contra su señor, y que lo queria soltar. Y Montezuma cuando lo supo dijo que no lo soltase, sino que lo echasen en la cadena gorda, como á los otros reyezuelos por mí ya nombrados.

Tornemos á decir que en obra de veinte dias vinieron todos los principales que Montezuma habia enviado á cobrar los tributos del oro, que dicho tengo. Y así como vinieron, envió á llamar á Cortés y á nuestros capitanes y ciertos soldados que conocia que éramos de guarda, y dijo estas palabras formales, ó otras como ellas:

—«Hágoos saber, señor Malinche y señores capitanes y soldados, que á vuestro gran rey yo le soy en cargo y le tengo buena voluntad, así por señor y tan gran señor, como por haber enviado de tan léjas tierras á saber de mí; y lo que más me pone en el pensamiento es, que él ha de ser el que nos ha de señorear, segun nuestros antepasados nos han dicho, y aun nuestros dioses nos dan á entender por las respuestas que dellos tenemos; toma ese oro que se ha recogido, y por ser tan de priesa no se trae más; y lo que yo tengo aparejado para el Emperador es todo el tesoro que he habido de mi padre, que está en vuestro poder y aposento, que bien sé que luego que aquí venistes, abristes la casa y lo vistes é mirastes todo, y la tornastes á cerrar como ántes estaba; y cuando se lo enviáredes, decidle en vuestros anales y cartas: «Esto os envia vuestro buen vasallo Montezuma;» y tambien yo os daré unas piedras muy ricas, que le envieis en mi nombre, que son chalchichuis, que no son para dar á otras personas, sino para ese vuestro gran Emperador, que vale cada una piedra dos cargas de oro. Tambien le quiero enviar tres cerbatanas con sus esqueros y bodoqueras, que tienen tales obras de pedrería, que se holgará de vellas; y tambien yo quiero dar de lo que tuviere, aunque es poco, porque todo el más oro y joyas que tenia os he dado en veces.»

Y cuando aquello le oyó Cortés y todos nosotros, estuvimos espantados de la gran bondad y liberalidad del gran Montezuma, y con mucho acato le quitamos todos las gorras de armas, y le dijimos que se lo teniamos en merced, y con palabras de mucho amor le prometió Cortés que escribiriamos á su majestad de la magnificencia y franqueza del oro que nos dió en su Real nombre.

Y despues que tuvimos otras pláticas de buenos comedimientos, luego en aquella hora envió Montezuma sus mayordomos para entregar todo el tesoro de oro y riqueza que estaba en aquella sala encalada; y para vello y quitallo de sus bordaduras y donde estaba engastado tardamos tres dias, y aun para lo quitar y deshacer vinieron los plateros de Montezuma, de un pueblo que se dice Escapuzalco.

Y digo que era tanto, que despues de deshecho eran tres montones de oro; y pesado, hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos, como adelante diré, sin la plata é otras muchas riquezas. Y no cuento con ello las planchas y tejuelos de oro y el oro en grano de las minas; y se comenzó á fundir con los plateros indios que dicho tengo, naturales de Escapuzalco, é se hicieron unas barras muy anchas dello, como medida de tres dedos de la mano de anchor de cada una barra.

Pues ya fundido y hecho barras, traen otro presente por sí de lo que el gran Montezuma habia dicho que daria, que fué cosa de admiracion ver tanto oro y las riquezas de otras joyas que trujo. Pues las piedras chalchihuis, que eran tan ricas algunas dellas, que valian entre los mismos caciques mucha cantidad de oro; pues las tres cerbatanas con sus bodoqueras, los engastes que tenian de piedras y perlas, y las pinturas de pluma é de pajaritos llenos de aljófar, é otras aves, todo era de gran valor.

Dejamos de decir de penachos y plumas y otras muchas cosas ricas, que es para nunca acabar de traerlo aquí á la memoria; digamos agora cómo se marcó todo el oro que dicho tengo con una marca de hierro que mandó hacer Cortés, y los oficiales del Rey prohibidos por Cortés, y de acuerdo de todos nosotros, en nombre de su majestad, hasta que otra cosa mandase; y la marca fué las armas Reales como de un real y del tamaño de un toston de á cuatro, y esto sin las joyas ricas que nos pareció que no eran para deshacer; pues para pesar todas estas barras de oro y plata y las joyas que quedaron por deshacer no teniamos pesas de marcos ni balanza, y pareció á Cortés y á los mismos oficiales de la hacienda de su Majestad que seria bien hacer de hierro unas pesas de hasta una arroba, y otras de media arroba, y de dos libras, y de una libra, y de media libra y de cuatro onzas; y esto no para que viniese muy justo, sino media onza más ó ménos en cada peso que pesaba y de cuanto pesó.

Y dijeron los oficiales del Rey que habia en el oro, así en lo que estaba hecho arrobas como en los granos de las minas y en los tejuelos y joyas, más de seiscientos mil pesos, sin la plata é otras muchas joyas que se dejaron de avaluar; y algunos soldados decian que habia más.

Y como ya no habia que hacer en ello sino sacar el real quinto y dar á cada capitan y soldado nuestras partes, é á los que quedaban en el puerto de la Villa-Rica tambien las suyas, parece ser Cortés procuraba de no lo repartir tan presto, hasta que tuviese más oro é hubiese buenas pesas y razon y cuenta de á cómo salian; y todos los más soldados y capitanes dijimos que luego se repartiese, porque habiamos visto que cuando se deshacian las piezas del tesoro de Montezuma estaba en los montones que he dicho mucho más oro, y que faltaba la tercia parte dello, que lo tomaban y escondian, así por la parte de Cortés como de los capitanes y otros que no se sabia, y se iba menoscabando; é á poder de muchas pláticas se pesó lo que quedaba, y hallaron sobre seiscientos mil pesos, sin las joyas y tejuelos, y para otro dia habian de dar las partes.

É diré cómo lo repartieron, é todo lo más se quedó con ello el capitan Cortés é otras personas, y lo que sobre ello se hizo diré adelante.

CAPÍTULO CV.

CÓMO SE REPARTIÓ EL ORO QUE HUBIMOS, ASÍ DE LO QUE DIÓ EL GRAN MONTEZUMA COMO DE LO QUE SE RECOGIÓ DE LOS PUEBLOS, Y DE LO QUE SOBRE ELLO ACAECIÓ Á UN SOLDADO.

Lo primero se sacó el real quinto, y luego Cortés dijo que le sacasen á él otro quinto como á su majestad, pues se lo prometimos en el arenal cuando le alzamos por capitan general y justicia mayor, como ya lo he dicho en el capítulo que dello habla.

Luego tras esto dijo que habia hecho cierta costa en la isla de Cuba que gastó en el armada, que lo sacasen de monton; y demás desto, que se apartase del mismo monte la costa que habia hecho Diego Velazquez en los navíos que dimos al través con ellos, pues todos fuimos en ellos; y tras esto, para los procuradores que fueron á Castilla.

Y demás desto, para los que quedaron en la Villa-Rica, que eran setenta vecinos, y para el caballo que se le murió y para la yegua de Juan Sedeño, que mataron en lo de Tlascala de una cuchillada; pues para el padre de la Merced y el clérigo Juan Diaz y los capitanes y los que traian caballos, dobles partes, escopeteros y ballesteros por el consiguiente, é otras sacaliñas; de manera que quedaba muy poco de parte, y por ser tan poco muchos soldados hubo que no lo quisieron recebir; y con todo se quedaba Cortés, pues en aquel tiempo no podiamos hacer otra cosa sino callar, porque demandar justicia sobre ello era por demás; é otros soldados hubo que tomaron sus partes á cien pesos, y daban voces por lo demás; y Cortés secretamente daba á unos y á otros por via que les hacia merced por contentallos, y con buenas palabras que les decia sufrian.

Pues vamos á las partes que daban á los de la Villa-Rica, que se lo mandó llevar á Tlascala para que allí se lo guardase; y como ello fué mal repartido, en tal paró todo, como adelante diré en su tiempo.

En aquella sazon muchos de nuestros capitanes mandaron hacer cadenas de oro muy grandes á los plateros del gran Montezuma, que ya he dicho que tenia un gran pueblo dellos, media legua de Méjico, que se dice Escapuzalco; y asimismo Cortés mandó hacer muchas joyas y gran servicio de vajilla, y algunos de nuestros soldados que habian henchido las manos; por manera que ya andaban públicamente muchos tejuelos de oro marcado y por marcar, y joyas de muchas diversidades de hechuras, é el juego largo, con unos naipes que hacian de cuero de atambores, tan buenos é tan bien pintados como los de España; los cuales naipes hacia un Pedro Valenciano, y desta manera estábamos.

Dejemos de hablar en el oro y de lo mal que se repartió y peor se gozó, y diré lo que á un soldado que se decia Fulano de Cárdenas le acaeció. Parece ser que aquel soldado era piloto y hombre de la mar, natural de Triana y del condado; el pobre tenia en su tierra mujer é hijos, y como á muchos nos acaece, debria de estar pobre, y vino á buscar la vida para volverse á su mujer é hijos; é como habia visto tanta riqueza en oro en planchas y en granos de las minas é tejuelos y barras fundidas, y al repartir dello vió que no le daban sino cien pesos, cayó malo de pensamiento y tristeza; y un su amigo, como le veia cada dia tan pensativo y malo, íbale á ver y decíale que de qué estaba de aquella manera y suspiraba tanto; y respondió el piloto Cárdenas:

—«¡Oh cuerpo de tal conmigo! ¿Yo no he de estar malo viendo que Cortés así se lleva todo el oro, y como rey lleva quinto, y ha sacado para el caballo que se le murió y para los navíos de Diego Velazquez y para otras muchas trancanillas, y que muera mi mujer é hijos de hambre, pudiéndolos socorrer cuando fueren los procuradores con nuestras cartas, y le enviamos todo el oro y plata que habiamos habido en aquel tiempo?»

Y respondióle aquel su amigo:

—«Pues, ¿qué oro teniades vos para los enviar?»

Y el Cárdenas dijo:

—«Si Cortés me diera mi parte de lo que me cabia, con ello se sostuviera mi mujer é hijos, y aun les sobraba; mas mirad qué embustes tuvo, hacernos firmar que sirviésemos á su majestad con nuestras partes, y sacar el oro para su padre Martin Cortés sobre seis mil pesos é lo que escondió; y yo y otros pobres que estamos de noche y de dia batallando, como habeis visto en las guerras pasadas de Tabasco y Tlascala é lo de Cingapacinga é Cholula; y agora estar en tan grandes peligros como estamos, y cada dia la muerte al ojo si se levantasen en esta ciudad, é que se alce con todo el oro é que lleve quinto como rey.»

É dijo otras palabras sobre ello, y que tal quinto no le habiamos de dejar sacar, ni tener tantos reyes, sino solamente á su majestad.

Y replicó su compañero y dijo:

—«Pues ¿esos cuidados os matan, y agora veis que todo lo que traen los caciques y Montezuma se consume en él, uno en papo y otro en saco é otro so el sobaco, y allá va todo donde quiere Cortés y estos nuestros capitanes, que hasta el bastimento todo lo llevan? Por eso dejáos desos pensamientos, y rogad á Dios que en esta ciudad no perdamos las vidas.»

Y así, cesaron sus pláticas, las cuales alcanzó á saber Cortés, y como le decian que habia muchos soldados descontentos por las partes del oro y de lo que habian hurtado del monton, acordó de hacer á todos un parlamento con palabras muy melífluas, y dijo que todo lo que tenia era para nosotros; que él no queria quinto, sino la parte que le cabe de capitan general, y cualquiera que hubiese menester algo que se lo daria; y aquel oro que habiamos habido que era un poco de aire; que mirásemos las grandes ciudades que hay é ricas minas, que todos seriamos señores dellas, y muy prósperos é ricos; y dijo otras razones muy bien dichas, que las sabia bien proponer.

Y demás desto, á ciertos soldados secretamente daba joyas de oro, y á otros daba grandes promesas, y mandó que los bastimentos que traian los mayordomos de Montezuma que lo repartiesen entre todos los soldados como á su persona; y demás desto, llamó aparte al Cárdenas y con palabras le halagó, y le prometió que con los primeros navíos le enviaria á Castilla á su mujer é hijos, é le dió trecientos pesos, y así se quedó contento.

Y quedarse ha aquí, y diré cuando venga á coyuntura lo que al Cárdenas acaeció cuando fué á Castilla, y cómo le fué muy contrario á Cortés en los negocios que tuvo ante su majestad.

CAPÍTULO CVI.