Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 27
Dejemos de hablar cómo ya estaba el Montezuma contento con los grandes halagos y servicios y conversaciones que con todos nosotros tenia, porque siempre que ante él pasábamos, y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas ó cascos, que siempre estábamos armados, y él nos hacia gran mesura y honra á todos: y digamos los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia, que se decia el principal Quetzalpopoca y los otros se decian el uno Coatl y el otro Quiabuitle y el otro no me acuerdo el nombre, que poco va en saber sus nombres.
Y digamos que como este castigo se supo en todas las provincias de la Nueva-España, temieron, y los pueblos de la costa adonde mataron nuestros soldados volvieron á servir muy bien á los vecinos que quedaban en la Villa-Rica.
É han de considerar los curiosos que esto leyeren tan grandes hechos: que entónces hicimos dar con los navíos al través; lo otro osar entrar en tan fuerte ciudad, teniendo tantos avisos que allí nos habian de matar cuando dentro nos tuviesen; lo otro tener tanta osadía de osar prender al gran Montezuma, que era Rey de aquella tierra, dentro en su gran ciudad y en sus mismos palacios, teniendo tan gran número de guerreros de su guarda; y lo otro osar quemar sus capitanes delante de sus palacios y echalle grillos entretanto que se hacia la justicia, que muchas veces ahora que soy viejo, me paro á considerar las cosas heróicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes.
Y digo que nuestros hechos que no los haciamos nosotros, sino que venian todos encaminados por Dios; porque, ¿qué hombres ha habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos y cincuenta soldados, y aun no llegábamos á ellos, en una fuerte ciudad como Méjico, que es mayor que Venecia, estando tan apartados de nuestra Castilla sobre más de mil y quinientas leguas y prender á un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante dél? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no así secamente como yo lo digo.
Pasaré adelante, y diré cómo Cortés despachó luego otro capitan que estuviese en la Villa-Rica como estaba el Juan Escalante que mataron.
CAPÍTULO XCVI.
CÓMO NUESTRO CORTÉS ENVIÓ Á LA VILLA-RICA POR TENIENTE Y CAPITAN Á UN HIDALGO QUE SE DECIA ALONSO DE GRADO, EN LUGAR DEL ALGUACIL MAYOR JUAN DE ESCALANTE, Y EL ALGUACILAZGO MAYOR SE LE DIÓ Á GONZALO DE SANDOVAL, Y DESDE ENTÓNCES FUÉ ALGUACIL MAYOR; Y LO QUE DESPUES PASÓ DIRÉ ADELANTE.
Despues de hecha justicia de Quetzalpopoca y sus capitanes, é sosegado el gran Montezuma, acordó de enviar nuestro capitan á la Villa-Rica por teniente della á un soldado que se decia Alonso de Grado, porque era hombre muy entendido y de buena plática y presencia, y músico é gran escribano.
Este Alonso de Grado era uno de los que siempre fué contrario de nuestro capitan Cortés porque no fuésemos á Méjico y nos volviésemos á la Villa-Rica, cuando hubo en lo de Tlascala ciertos corrillos, ya por mí dichos en el capítulo que dello habla; y el Alonso de Grado era el que lo mullia y hablaba; y si como era hombre de buenas gracias fuera hombre de guerra, bien le ayudara todo junto; esto digo porque cuando nuestro Cortés le dió el cargo, como conocia su condicion, que no era hombre de afrenta, y Cortés era gracioso en lo que decia, le dijo: «He aquí, señor Alonso de Grado, vuestros deseos cumplidos, que ireis ahora á la Villa-Rica, como lo deseábades, y entendereis en la fortaleza; y mirad no vais á ninguna entrada, como hizo Juan de Escalante, y os maten;» y cuando se lo estaba diciendo guiñaba el ojo porque lo viésemos los soldados que allí nos hallábamos y sintiésemos á qué fin lo decia; porque sabia dél que aunque se lo mandara con pena no fuera.
Pues dadas las provisiones é instrucciones de lo que habia de hacer, el Alonso de Grado le suplicó á Cortés que le hiciese merced de la vara de alguacil mayor, como la tenia el Juan de Escalante que mataron los indios, y le dijo que ya la habia dado á Gonzalo de Sandoval, y que para él, no le faltaria, el tiempo andando, otro oficio muy honroso, y que se fuese con Dios: y le encargó que mirase por los vecinos é los honrase, y á los indios amigos no se les hiciese ningun agravio ni se les tomase cosa por fuerza, y que dos herreros que en aquella villa quedaban, y les habia enviado á decir y mandar que luego hiciesen dos cadenas gruesas del hierro y anclas que sacaron de los navíos que dimos al través, que con brevedad las enviase, y que diese priesa á la fortaleza que se acabase de enmaderar y cubrir de teja.
Y como el Alonso de Grado llegó á la villa, mostró mucha gravedad con los vecinos, y queríase hacer servir dellos como gran señor, é á los pueblos que estaban de paz, que fueron más de treinta, los enviaba á demandar joyas de oro é indias hermosas: y en la fortaleza no se le daba nada de entender en ella, y en lo que gastaba el tiempo era en bien comer y en jugar; y sobre todo esto, que fué peor que lo pasado, secretamente convocaba á sus amigos é á los que no lo eran para que si viniese á aquella tierra Diego Velazquez de Cuba ó cualquier su capitan, de dalle la tierra é hacerse con él; todo lo cual muy en posta se lo hicieron saber por cartas á Cortés á Méjico; y como lo supo, hubo enojo consigo mismo por haber enviado á Alonso de Grado conociéndole sus malas entrañas é condicion dañada; y como Cortés tenia siempre en el pensamiento que Diego Velazquez, gobernador de Cuba, por una parte ó por otra habia de alcanzar á saber cómo habiamos enviado á nuestros procuradores á su majestad, é que no le acudiriamos á cosa ninguna, é que por ventura enviaria armada y capitanes contra nosotros, parecióle que seria bien poner hombre de quien fiar el puerto é la villa, y envió á Gonzalo de Sandoval, que era alguacil mayor por muerte de Juan de Escalante, y llevó en su compañía á Pedro de Ircio, aquel de quien cuenta el coronista Gómora que iba á poblar á Pánuco: y entónces el Pedro de Ircio fué á la villa, y tomó tanta amistad Gonzalo de Sandoval con él, porque el Pedro de Ircio, como habia sido mozo de espuelas en la casa del conde de Ureña y de don Pedro Giron, siempre contaba lo que les habia acontecido; y como el Gonzalo de Sandoval era de buena voluntad y no nada malicioso, y le contaba aquellos cuentos, tomó amistad con él, como dicho tengo, y siempre le hizo subir hasta ser capitan; y si en este tiempo de ahora fuera, algunas palabras mal dichas que no eran de decir decia el Pedro de Ircio en lugar de gracias, que se las reprendia harto Gonzalo de Sandoval, que le castigaran por ellas en muchos tribunales.
Dejemos de contar vidas agenas, y volvamos á Gonzalo de Sandoval, que llegó á la Villa-Rica, y luego envió preso á Méjico con indios que lo guardasen á Alonso de Grado, porque así se lo mandó Cortés; y todos los vecinos querian mucho á Gonzalo de Sandoval, porque á los que halló que estaban enfermos los proveyó de comida lo mejor que podia y les mostró mucho amor, y á los pueblos de paz tenia en mucha justicia y los favorecia en todo lo que se les ofrecia, y en la fortaleza comenzó á enmaderar y tejar, y hacia todas las cosas como conviene hacer todo lo que los buenos capitanes son obligados; y fué harto provechoso á Cortés y á todos nosotros, como adelante verán en su tiempo é sazon.
Dejemos á Sandoval en la Villa-Rica, y volvamos á Alonso de Grado, que llegó preso á Méjico, y queria ir á hablar á Cortés, y no le consintió que pareciese delante dél, ántes le mandó echar preso en un cepo de madera que entónces hicieron nuevamente. Acuérdome que olia la madera de aquel cepo como á sabor de ajos y cebollas, y estuvo preso dos dias.
Y como el Alonso de Grado era muy plático y hombre de muchos medios, hizo grandes ofrecimientos á Cortés que le seria muy servidor, y luego le soltó; y aun desde allí adelante vi que siempre privaba con Cortés, mas no para que le diese cargos de cosas de guerra, sino conforme á su condicion; y aun el tiempo andando le dió la contaduría que solia tener Alonso de Ávila, porque en aquel tiempo envió al mismo Alonso de Ávila á la isla de Santo Domingo por procurador, segun adelante diré en su coyuntura.
No quiero dejar de traer aquí á la memoria cómo cuando Cortés envió á Gonzalo de Sandoval á la Villa-Rica por teniente y capitan y alguacil mayor, le mandó que así como llegase le enviase dos herreros con todos sus aderezos de fuelles y herramientas, y mucho hierro de lo de los navíos que dimos al través, y las dos cadenas grandes de hierro, que estaban ya hechas, y que enviase velas y jarcias y pez y estopa y una aguja de marear, y todo otro cualquier aparejo para hacer dos bergantines para andar en la laguna de Méjico; lo cual luego se lo envió el Sandoval muy cumplidamente, segun y de la manera que lo mandó.
CAPÍTULO XCVII.
CÓMO ESTANDO EL GRAN MONTEZUMA PRESO, SIEMPRE CORTÉS Y TODOS NUESTROS SOLDADOS LE FESTEJÁBAMOS Y REGOCIJÁBAMOS, Y AUN SE LE DIÓ LICENCIA PARA IR Á SUS CUES.
Como nuestro capitan en todo era muy diligente, y vió que el Montezuma estaba preso, y por temor no se congojase con estar encerrado y detenido, procuraba cada dia, despues de haber rezado, que entónces no teniamos vino para decir Misa, de irle á tener á palacio, é iban con él cuatro capitanes, especialmente Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon y Diego de Ordás, y preguntaban al Montezuma con mucha cortesía, y que mirase lo que mandaba, que todo se haria, y que no tuviese congoja de su prision; y le respondia que ántes se holgaba de estar preso, y esto que nuestros dioses nos daban poder para ello, ó su Huichilóbos lo permitia; y de plática en plática le dieron á entender por medio del fraile más por extenso las cosas de nuestra santa fe y el gran poder del Emperador nuestro señor; y aun algunas veces jugaba el Montezuma con Cortés al totoloque, que es un juego que ellos así le llaman, con unos bodoquillos chicos muy lisos que tenian hechos de oro para aquel juego, y tiraban con aquellos bodoquillos algo léjos á unos tejuelos que tambien eran de oro, é á cinco Reyes ganaban ó perdian ciertas piezas é joyas ricas que ponian.
Acuérdome que tanteaba á Cortés Pedro de Albarado, é al gran Montezuma un sobrino suyo, gran señor; y el Pedro de Albarado siempre tanteaba una raya de más de las que habia Cortés, y el Montezuma, como lo vió, decia con gracia y risa que no queria que le tantease á Cortés el Tonatio, que así llamaban al Pedro de Albarado; porque hacia mucho ixoxol en lo que tanteaba, que quiere decir en su lengua que mentia, que echaba siempre una raya de más; y Cortés y todos nosotros los soldados que aquella sazon haciamos guarda no podiamos estar de risa por lo que dijo el gran Montezuma.
Dirán agora que por qué nos reimos de aquella palabra. É porque el Pedro de Albarado, puesto que era de gentil cuerpo y buena manera, era vicioso en el hablar demasiado, y como le conocimos su condicion, por esto nos reimos tanto.
É volvamos al juego: y si ganaba Cortés, daba las joyas á aquellos sus sobrinos y privados del Montezuma que le servian; y si ganaba Montezuma, nos lo repartia á los soldados que le haciamos guarda; y aun no contento por lo que nos daba del juego, no dejaba cada dia de darnos presentes de oro y ropa, así á nosotros como al capitan de la guarda, que entónces era Juan Velazquez de Leon, y en todo se mostraba Juan Velazquez, grande amigo é servidor de Montezuma.
Tambien me acuerdo que era de la vela un soldado muy alto de cuerpo y bien dispuesto y de muy grandes fuerzas, que se decia Fulano de Trujillo, y era hombre de la mar, y cuando le cabia el cuarto de la noche de la vela, era tan mal mirado, que hablando aquí con acato de los señores leyentes, hacia cosas deshonestas, que lo oyó el Montezuma; é como era un Rey destas tierras y tan valeroso, túvolo á mala crianza y desacato, que en parte que él oyese se hiciese tal cosa, sin tener respeto á su persona; y preguntó á su paje Orteguilla que quién era aquel mal criado é sucio, é dijo que era hombre que solia andar en la mar é que no sabe de policía é buena crianza, y tambien le dió á entender de la calidad de cada uno de los soldados que allí estábamos, cuál era caballero y cuál no, y le decia á la contina muchas cosas que el Montezuma deseaba saber.
Y volvamos á nuestro soldado Trujillo, que desque fué de dia Montezuma lo mandó llamar, y le dijo que por qué era de aquella condicion, que sin tener miramiento á su persona, no tenia aquel acato debido; que le rogaba que otra vez no lo hiciese y mandóle dar una joya de oro que pesaba cinco pesos: y al Trujillo no se le dió nada por lo que dijo, y otra noche adrede tiró otro traque, creyendo que le daria otra cosa; y el Montezuma lo hizo saber á Juan Velazquez, capitan de la guarda, y mandó luego el capitan quitar á Trujillo que no velase más, y con palabras ásperas le respondieron.
Tambien acaeció que otro soldado que se decia Pedro Lopez, gran ballestero, y era hombre que no se le entendia mucho, y era bien dispuesto y velaba al Montezuma, y sobre si era hora de tomar el cuarto uno tuvo palabras con un cuadrillero, y dijo:
—«Oh pesia tal con este perro, que por velalle á la continua estoy muy malo del estómago, para me morir;»
Y el Montezuma oyó aquella palabra y pesóle en el alma, y cuando vino Cortés á tenelle palacio lo alcanzó á saber, y tomó tanto enojo de ello, que al Pedro Lopez, con ser muy buen soldado, le mandó azotar dentro en nuestros aposentos; y desde allí adelante todos los soldados á quien cabia la vela, con mucho silencio y crianza estaban velando, puesto que no habia menester mandarlo á mí ni á otros soldados de nosotros que le velábamos, sobre este buen comedimiento que con aqueste gran cacique habiamos de tener; y él bien conocia á todos, y sabia nuestros nombres y aun calidades; y era tan bueno, que á todos nos daba joyas, á otros mantas é indias hermosas.
Y como en aquel tiempo era yo mancebo, y siempre que estaba en su guarda ó pasaba delante dél con muy grande acato le quitaba mi bonete de armas, y aun le habia dicho el paje Orteguilla que vine dos veces á descubrir esta Nueva-España primero que Cortés, é yo le habia hablado al Orteguilla que le queria demandar á Montezuma que me hiciese merced de una india hermosa; y como lo supo el Montezuma, me mandó llamar y me dijo:
—«Bernal Diez del Castillo, hánme dicho que teneis motolínea de oro y ropa; yo os mandaré dar hoy una buena moza; tratadla muy bien, que es hija de hombre principal; y tambien os darán oro y mantas.»
Yo le respondí con mucho acato que le besaba las manos por tan gran merced y que Dios nuestro Señor le prosperase; y parece ser preguntó al paje que qué habia respondido, y le declaró la respuesta; y díjole el Montezuma:
—«De noble condicion me parece Bernal Diez;» porque á todos nos sabia los nombres, como tengo dicho; é me mandó dar tres tejuelos de oro é dos cargas de mantas.
Dejemos de hablar de esto, y digamos cómo por la mañana, cuando hacia sus oraciones y sacrificios á los ídolos, almorzaba poca cosa, é no era carne, sino ají, y estaba ocupado una hora en oir pleitos de muchas partes, de caciques que á él venian de léjas tierras.
Ya he dicho otra vez en el capítulo que de ello habla, de la manera que entraban á negociar y el acato que le tenian, y cómo siempre estaban en su compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte hombres ancianos, que eran jueces; y porque está ya referido, no lo torno á referir: y entónces alcanzamos á saber que las muchas mujeres que tenia por amigas, casaba dellas con sus capitanes ó personas principales muy privados, y aun dellas dió á nuestros soldados, y la que me dió á mí era una señora dellas, y bien se pareció en ella, que se dijo doña Francisca; y así se pasaba la vida, unas veces riendo y otras veces pensando en su prision.
Quiero aquí decir, puesto que no vaya á propósito de nuestra relacion, porque me lo han preguntado algunas personas curiosas, que cómo, porque solamente el soldado por mí nombrado llamó perro al Montezuma, aun no en su presencia, le mandó Cortés azotar, siendo tan pocos soldados como éramos, y que los indios tuviesen noticia dello.
Á esto digo que en aquel tiempo todos nosotros, y aun el mismo Cortés, cuando pasábamos delante del gran Montezuma le haciamos reverencia con los bonetes de armas, que siempre traimos quitados, y él era tan bueno y tan bien mirado, que á todos nos hacia mucha honra; que, demás de ser Rey desta Nueva-España, su persona y condicion lo merecia.
Y demás de todo esto, si bien se considera la cosa en que estaban nuestras vidas, sino en solamente mandar á sus vasallos le sacasen de la prision y darnos luego guerra, que en ver su presencia y real franqueza lo hicieran.
Y como viamos que tenia á la contina consigo muchos señores que le acompañaban, y venian de léjas tierras otros muchos más señores, y el gran palacio que le hacian y el gran número de gente que á la contina daba de comer y beber, ni más ni ménos que cuando estaba sin prision; todo esto considerándolo Cortés, hubo mucho enojo de cuando lo supo que tal palabra le dijese, y como estaba airado dello, de repente le mandó castigar como dicho tengo; y fué bien empleado en él.
Pasemos adelante y digamos que en aquel instante llegaron de la Villa-Rica indios cargados con las cadenas de hierro gruesas que Cortés habia mandado hacer á los herreros. Tambien trujeron todas las cosas pertenecientes para los bergantines, como dicho tengo; y así como fué traido se lo hizo saber al gran Montezuma.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que sobre ello pasó.
CAPÍTULO XCVIII.
CÓMO CORTÉS MANDÓ HACER DOS BERGANTINES DE MUCHO SOSTÉN É VELEROS PARA ANDAR EN LA LAGUNA, Y CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO Á CORTÉS QUE LE DIESE LICENCIA PARA IR Á HACER ORACION Á SUS TEMPLOS, Y LO QUE CORTÉS LE DIJO, Y CÓMO LE DIÓ LICENCIA.
Pues como hubo llegado el aderezo necesario para hacer los bergantines, luego Cortés se lo fué á decir y á hacer saber al Montezuma, que queria hacer dos navíos chicos para se andar holgando en la laguna; que mandase á sus carpinteros que fuesen á cortar la madera, y que irian con ellos nuestros maestros de hacer navíos, que se decian Martin Lopez y un Alonso Nuñez; y como la madera de roble está obra de cuatro leguas de allí, de presto fué traida y dado el galivo della; y como habia muchos carpinteros de los indios, fueron de presto hechos y calafeteados y breados, y puestas sus jarcias y velas á su tamaño y medida, y una tolda á cada uno; y salieron tan buenos y veleros como si estuvieran un mes en tomar los galivos, porque el Martin Lopez era muy extremado maestro, y este fué el que hizo los trece bergantines para ayudar á ganar á Méjico, como adelante diré, é fué un buen soldado para la guerra.
Dejemos aparte esto, é diré cómo el Montezuma dijo á Cortés que queria salir é ir á sus templos á hacer sacrificios é cumplir sus devociones, así para lo que á sus dioses era obligado como para que lo conozcan sus capitanes é principales, especial ciertos sobrinos suyos que cada dia le vienen á decir le quieren soltar y darnos guerra, y que él les da por respuesta que él se huelga de estar con nosotros; porque crean que es como se lo han dicho, porque así se lo mandó su dios Huichilóbos, como ya otra vez se lo ha hecho creer.
Y cuanto á la licencia que le demandaba, Cortés le dijo que mirase que no hiciese cosa con que perdiese la vida, y que para ver si habia algun descomedimiento, ó mandaba á sus capitanes ó papas que le soltasen ó nos diesen guerra, que para aquel efecto enviaba capitanes é soldados para que luego le matasen á estocadas en sintiendo alguna novedad de su persona, y que vaya mucho en buen hora, y que no sacrificase ningunas personas, que era gran pecado contra nuestro Dios verdadero, que es el que le hemos predicado, y que allí estaban nuestros altares é la imágen de nuestra Señora, ante quien podria hacer oracion sin ir á su templo.
Y el Montezuma dijo que no sacrificaria ánima ninguna, é fué en sus muy ricas andas acompañado de grandes caciques con gran pompa, como solia, y llevaba delante sus insignias que era como vara ó baston, que era la señal que iba allí su persona Real, como hacen á los visoreyes desta Nueva-España; é con él iban para guardalle cuatro de nuestros capitanes, que se decian Juan Velazquez de Leon y Pedro de Albarado é Alonso de Ávila y Francisco de Lugo, con ciento y cincuenta soldados, é tambien iban con nosotros el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, para le retraer el sacrificio si le hiciese de hombres; é yendo como íbamos al cu de Huichilóbos, ya que llegábamos cerca del maldito templo mandó que le sacasen de las andas, é fué arrimado á hombros de sus sobrinos y de otros caciques hasta que llegó al templo.
Ya he dicho otras veces que por las calles por donde iba su persona todos los principales habian de llevar los ojos puestos en el suelo y no le miraban á la cara; y llegado á las gradas del adoratorio, estaban muchos papas aguardando para le ayudar á subir de los brazos, é ya le tenian sacrificados desde la noche anterior cuatro indios; y por más que nuestro capitan le decia, y se lo retraia el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, no aprovechaba cosa ninguna, sino que habia de matar hombres y muchachos para sacrificar; y no podiamos en aquella sazon hacer otra cosa sino disimular con él porque estaba muy revuelto Méjico y otras grandes ciudades con los sobrinos de Montezuma, como adelante diré; y cuando hubo hecho sus sacrificios, porque no tardó mucho en hacellos, nos volvimos con él á nuestros aposentos; y estaba muy alegre, y á los soldados que con él fuimos luego nos hizo merced de joyas de oro.
Dejémoslo aquí, y diré lo que más pasó.
CAPÍTULO XCIX.
CÓMO ECHAMOS LOS DOS BERGANTINES AL AGUA, Y CÓMO EL GRAN MONTEZUMA DIJO QUE QUERIA IR Á CAZA, Y FUÉ EN LOS BERGANTINES HASTA UN PEÑOL DONDE HABIA MUCHOS VENADOS Y CAZA; QUE NO ENTRABA EN EL ALCÁZAR PERSONA NINGUNA, CON GRAVE PENA.
Como los dos bergantines fueron acabados de hacer y echados al agua, y puestos y aderezados con sus jarcias y mástiles, con sus banderas reales é imperiales, y apercebidos hombres de la mar para los marear, fueron en ellos al remo y vela, y eran muy buenos veleros.
Y como Montezuma lo supo, dijo á Cortés que queria ir á caza en la laguna á un peñol que estaba acotado, que no osaban entrar en él á montear por muy principales que fuesen, so pena de muerte; y Cortés le dijo que fuese mucho en buen hora, y que mirase lo que de ántes le habia dicho cuando fué á sus ídolos, que no era más su vida de revolver alguna cosa, y que en aquellos bergantines iria, que era mejor navegacion ir en ellos que en sus canoas y piraguas, por grandes que sean; y el Montezuma se holgó de ir en el bergantin más velero, y metió consigo muchos señores y principales, y el otro bergantin fué lleno de caciques y un hijo de Montezuma, y apercebió sus monteros que fuesen en canoas y piraguas.
Cortés mandó á Juan Velazquez de Leon, que era capitan de la guarda, y á Pedro de Albarado y á Cristóbal de Olí fuesen con él, y Alonso de Ávila con ducientos soldados, que llevasen gran advertencia del cargo que les daba, y mirasen por el gran Montezuma; y como todos estos capitanes que he nombrado eran de sangre en el ojo, metieron todos los soldados que he dicho, y cuatro tiros de bronce con toda la pólvora que habia, con nuestros artilleros, que se decian Mesa y Arvenga, y se hizo un toldo muy emparamentado, segun el tiempo; y allí entró Montezuma con sus principales; y como en aquella sazon hizo el viento muy fresco, y los marineros se holgaban de contentar y agradar al Montezuma, mareaban las velas de arte que iban volando, y las canoas, en que iban sus monteros y principales quedaban atrás, por muchos remeros que llevaban.
Holgábase el Montezuma y decia que eran gran maestria la de las velas y remos todo junto; y llegó al peñol, que no era muy léjos, y mató toda la caza que quiso de venados y liebres y conejos, y volvió muy contento á la ciudad.