Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 26

Chapter 264,107 wordsPublic domain

Dejemos esto desta riqueza, y digamos que, como teniamos tan esforzados capitanes y soldados, y de muchos buenos consejos y pareceres, y primeramente nuestro Señor Jesucristo ponia su divina mano en todas nuestras cosas, y así lo teniamos por cierto, apartaron á Cortés cuatro de nuestros capitanes, y juntamente doce soldados de quien él se fiaba é comunicaba, é yo era uno dellos, y le dijimos que mirase la red y garlito donde estábamos, y la fortaleza de aquella ciudad, y mirase las puentes y calzadas, y las palabras y avisos que en todos los pueblos por donde hemos venido nos han dado, que habia aconsejado el Huichilóbos á Montezuma que nos dejase entrar en su ciudad, é que allí nos matarian, y que mirase que los corazones de los hombres son muy mudables, en especial en los indios, y que no tuviese confianza de la buena voluntad y amor que Montezuma nos muestra, porque de una hora á otra la mudaria, y cuando se le antojase darnos guerra, que con quitarnos la comida ó el agua, ó alzar cualquiera puente, que no nos podriamos valer; é que mire la gran multitud de indios que tiene de guerra en su guarda, é ¿qué podriamos nosotros hacer para ofendellos ó para defendernos? Porque todas las casas tienen en el agua; pues socorro de nuestros amigos los de Tlascala ¿por dónde han de entrar? Y pues es cosa de ponderar todo esto que le deciamos, que luego sin más dilacion prendiésemos al Montezuma si queriamos asegurar nuestras vidas, y que no se aguardase para otro dia, y que mirase que con todo el oro que nos daba Montezuma, ni el que habiamos visto en el tesoro de su padre Axayaca, ni con cuanta comida comiamos, que todo se nos hacia rejalgar en el cuerpo, é que ni de noche ni de dia no dormiamos ni reposábamos, con aqueste pensamiento; é que si otra cosa algunos de nuestros soldados ménos que esto que le deciamos sintiesen, que serian como bestias, que no tenian sentido, que se estaban al dulzor del oro, no viendo la muerte al ojo.

Y como esto oyó Cortés, dijo:

—«No creais, caballeros, que duermo ni estoy sin el mismo cuidado; que bien me lo habreis sentido; mas ¿qué poder tenemos nosotros para hacer tan grande atrevimiento como prender á tan gran señor en sus mismos palacios, teniendo sus gentes de guarda y de guerra? ¿Qué manera ó arte se puede tener en querello poner por efeto, que no apellide sus guerreros y luego nos acometan?»

Y replicaron nuestros capitanes, que fué Juan Velazquez de Leon y Diego de Ordás é Gonzalo de Sandoval y Pedro de Albarado, que con buenas palabras sacalle de su sala y traello á nuestros aposentos y decille que ha de estar preso; que si se alterare ó diere voces, que lo pagará su persona; y que si Cortés no lo quiere hacer luego, que les dé licencia, que ellos lo prenderán y lo pondrán por la obra; y que de dos grandes peligros en que estamos, que el mejor y el más á propósito es prendelle, que no aguardar que nos diesen guerra; y que si la comenzaba, ¿qué remedio podriamos tener? Tambien le dijeron ciertos soldados que nos parecia que los mayordomos de Montezuma que servian en darnos bastimentos se desvergonzaban y no lo traian cumplidamente, como los primeros dias; y tambien dos indios tlascaltecas, nuestros amigos, dijeron secretamente á Jerónimo de Aguilar, nuestra lengua, que no les parecia bien la voluntad de los mejicanos de dos dias atrás. Por manera que estuvimos platicando en este acuerdo bien una hora, si le prendiéramos ó no, y qué manera terniamos; y á nuestro capitan bien se le encajó este postrer consejo, y dejábamoslo para otro dia, que en todo caso lo habiamos prender, y aun toda la noche estuvimos con el padre de la Merced rogando á Dios que lo encaminase para su santo servicio.

Despues destas pláticas, otro dia por la mañana vinieron dos indios de Tlascala muy secretamente con unas cartas de la Villa-Rica, y lo que se contenia en ello decia que Juan de Escalante, que quedó por alguacil mayor, era muerto, y seis soldados juntamente con él, en una batalla que le dieron los mejicanos; y tambien le mataron el caballo y á nuestros indios totonaques, que llevó en su compañía, y que todos los pueblos de la sierra y Cempoal y su sujeto están alterados y no les quieren dar comida ni servir en la fortaleza, y que no saben qué se hacer; y que como de ántes los tenian por teules, que ahora, que han visto aquel desbarate, les hacen fieros, así los totonaques como los mejicanos, y que no les tienen en nada, ni saben qué remedio tomar. Y cuando oimos aquellas nuevas, sabe Dios cuánto pesar tuvimos todos.

Aqueste fué el primer desbarate que tuvimos en la Nueva-España; miren los curiosos letores la adversa fortuna cómo vuelve rodando; ¡quién nos vió entrar en aquella ciudad con tan solemne recibimiento y triunfantes, y nos teniamos en posesion de ricos con lo que Montezuma nos daba cada dia, así al capitan como á nosotros; y haber visto la casa por mí nombrada llena de oro, y nos tenian por teules, que son ídolos, ú que todas las batallas venciamos; é ahora habernos venido tan grande desman, que no nos tuviesen en aquella reputacion que de ántes, sino por hombres que podiamos ser vencidos, y haber sentido cómo se desvergonzaban contra nosotros! En fin de más razones, fué acordado que aquel mismo dia de una manera ó de otra se prendiese á Montezuma ó morir todos sobre ello.

Y porque para que vean los letores de la manera que fué esta batalla de Juan de Escalante, y cómo le mataron á él y á seis soldados, y el caballo y los amigos totonaques que llevaba consigo, lo quiero aquí declarar ántes de la prision de Montezuma, por no dejallo atrás, porque es menester dallo bien á entender.

CAPÍTULO XCIV.

CÓMO FUÉ LA BATALLA QUE DIERON LOS CAPITANES MEJICANOS Á JUAN DE ESCALANTE, Y CÓMO LE MATARON Á ÉL Y EL CABALLO Y Á OTROS SEIS SOLDADOS, Y MUCHOS AMIGOS INDIOS TOTONAQUES QUE TAMBIEN ALLÍ MURIERON.

Y es desta manera: que ya me habrán oido decir en el capítulo que dello habla, que cuando estábamos en un pueblo que se dice Quiahuistlan, que se juntaron muchos pueblos sus confederados, que eran amigos de los de Cempoal, y por consejo y convocacion de nuestro capitan, que los atrajo á ello, quitó que no diesen tributo á Montezuma, y se le rebelaron y fueron más de treinta pueblos; y esto fué cuando le prendimos sus recaudadores, segun otras veces dicho tengo en el capítulo que dello habla; y cuando partimos de Cempoal para venir á Méjico quedó en la Villa-Rica por capitan y alguacil mayor de la Nueva-España un Juan de Escalante, que era persona de mucho ser y amigo de Cortés, y le mandó que en todo lo que aquellos pueblos nuestros amigos hubiesen menester les favoreciese; y parece ser que, como el gran Montezuma tenia muchas guarniciones y capitanes de gente de guerra en todas las provincias, que siempre estaban junto á la raya dellos; porque una tenia en lo de Soconusco por guarda de Guatimala y Chiapa, y otra tenia en lo de Guazacualco, y otra capitanía en lo de Mechoacan, y otra á la raya de Pánuco, entre Tuzapan y un pueblo que le pusimos por nombre Almería, que es en la costa del Norte; y como aquella guarnicion que tenia cerca de Tuzapan pareció ser demandaron tributo de indios é indias y bastimentos para sus gentes á ciertos pueblos que estaban allí cerca y confinaban con ellos, que eran amigos de Cempoal y servian á Juan Escalante y á los vecinos que quedaron en la Villa-Rica y entendian en hacer la fortaleza; y como les demandaban los mejicanos el tributo y servicio, dijeron que no se le querian dar, porque Malinche les mandó que no lo diesen, y que el gran Montezuma lo ha tenido por bien; y los capitanes mejicanos respondieron que si no lo daban, que los vendrian á destruir sus pueblos y llevallos cautivos, y que su señor Montezuma se lo habia mandado de poco tiempo acá.

Y como aquellas amenazas vieron nuestros amigos los totonaques, vinieron al capitan Juan de Escalante, é quejáronse reciamente que los mejicanos les venian á robar y destruir sus tierras; y como el Escalante lo entendió, envió mensajeros á los mismos mejicanos para que no hiciesen enojo ni robasen aquellos pueblos, pues su señor Montezuma lo habia á bien, que somos todos grandes amigos; si no, que irá contra ellos y les dará guerra. Á los mejicanos no se les dió nada por aquella respuesta ni fieros, y respondieron que el campo los hallaria; y el Juan de Escalante, que era hombre muy bastante y de sangre en el ojo, apercibió todos los pueblos nuestros amigos de la sierra que viniesen con sus armas, que eran arcos, flechas, lanzas, rodelas, y asimismo apercibió los soldados más sueltos y sanos que tenia; porque ya he dicho otra vez que todos los más vecinos que quedaban en la Villa-Rica estaban dolientes y eran hombres de la mar, y con dos tiros y un poco de pólvora, y tres ballestas y dos escopetas, y cuarenta soldados y sobre dos mil indios totonaques, fué adonde estaban las guarniciones de los mejicanos, que andaban ya robando un pueblo de nuestros amigos los totonaques, y en el campo se encontraron al cuarto del alba; y como los mejicanos eran más doblados que nuestros amigos los totonaques, é como siempre estaban atemorizados dellos de las guerras pasadas, á la primera refriega de flechas y varas y piedras y gritas huyeron, y dejaron al Juan de Escalante peleando con los mejicanos, y de tal manera, que llegó con sus pobres soldados hasta un pueblo que llaman Almería, y le puso fuego y le quemó las casas.

Allí reposó un poco, porque estaba mal herido, y en aquellas refriegas y guerra le llevaron un soldado vivo que se decia Arguello, que era natural de Leon y tenia la cabeza muy grande y la barba prieta y crespa, era muy robusto de gesto y mancebo de muchas fuerzas, y le hirieron muy malamente al Escalante y otros seis soldados, y mataron el caballo, y se volvió á la Villa-Rica, y dende á tres dias murió él y los soldados; y desta manera pasó lo que decimos de la Almería, y no como lo cuenta el coronista Gómora, que dice en su Historia que iba Pedro de Ircio á poblar á Pánuco con ciertos soldados; y para bien velar no teniamos recaudo, cuanto más enviar á poblar á Pánuco; y dice que iba por capitan el Pedro de Ircio, que ni aun en aquel tiempo no era capitan ni aun cuadrillero, ni se le daba cargo, y se quedó con nosotros en Méjico.

Tambien dice el mismo coronista otras muchas cosas sobre la prision del Montezuma: habia de mirar que cuando lo escribia en su Historia que habia de haber vivos conquistadores de los de aquel tiempo, que le dirian cuando lo leyesen: «Esto pasa desta suerte.»

Y dejallo he aquí, y volvamos á nuestra materia, y diré cómo los capitanes mejicanos, despues de dalle la batalla que dicho tengo al Juan de Escalante, se lo hicieron saber al Montezuma, y aun le llevaron presentada la cabeza del Arguello, que parece se murió en el camino de las heridas, que vivo le llevaban; y supimos que el Montezuma cuando se lo mostraron, como era robusto y grande, y tenia grandes barbas y crespas, hubo pavor y temió de la ver, y mandó que no la ofreciesen á ningun cu de Méjico, sino en otros ídolos de otros pueblos; y preguntó al Montezuma que, siendo ellos muchos millares de guerreros, que cómo no vencieron á tan pocos teules.

Y respondieron que no aprovechaban nada sus varas y flechas ni buen pelear; que no les pudieron hacer retraer, porque una gran tequeciguata de Castilla venia delante dellos, y que aquella señora ponia á los mejicanos temor, y decia palabras á sus teules que los esforzaba; y el Montezuma entónces creyó que aquella gran señora que era Santa María y la que le habiamos dicho que era nuestra abogada, que de ántes dimos al gran Montezuma con su precioso Hijo en los brazos.

Y porque esto yo no lo vi, porque estaba en Méjico, sino lo que dijeron ciertos conquistadores que se hallaron en ello; y pluguiese á Dios que así fuese. Y ciertamente todos los soldados que pasamos con Cortés tenemos muy creido, é así es verdad, que la misericordia divina y Nuestra Señora la Vírgen María siempre era con nosotros; por lo cual le doy muchas gracias.

Y dejallo he aquí, y diré lo que pasó en la prision del gran Montezuma.

CAPÍTULO XCV.

DE LA PRISION DE MONTEZUMA, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

É como teniamos acordado el dia ántes de prender al Montezuma, toda la noche estuvimos en oracion con el Padre de la Merced rogando á Dios que fuese de tal modo que redundase para su santo servicio, y otro dia de mañana fué acordado de la manera que habia de ser.

Llevó consigo Cortés cinco capitanes, que fueron Pedro de Albarado y Gonzalo de Sandoval y Juan Velazquez de Leon y Francisco de Lugo y Alonso de Ávila y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar; y todos nosotros mandó que estuviésemos muy á punto y los caballos ensillados y enfrenados; y en lo de las armas no habia necesidad de ponello yo aquí por memoria, porque siempre de dia y de noche estábamos armados y calzados nuestros alpargates, que en aquella sazon era nuestro calzado; y cuando soliamos ir á hablar al Montezuma siempre nos veia armados de aquella manera; y esto digo porque, puesto que Cortés con los cinco capitanes iban con todas sus armas para le prender, el Montezuma no lo tendria por cosa nueva ni se alteraria dello.

Ya puestos á punto todos, envióle nuestro capitan á hacelle saber cómo iba á su palacio, porque así lo tenia por costumbre, y no se alterase viéndole ir de sobresalto; y el Montezuma bien entendió poco más ó ménos que iba enojado por lo de Almería, y no lo tenia en una castaña y mandó que fuese mucho en buen hora; y como entró Cortés, despues de haber hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas:

—«Señor Montezuma, muy maravillado estoy de vos, siendo tan valeroso Príncipe y haberos dado por nuestro amigo, mandar á vuestros capitanes que teniades en la costa cerca de Tuzapan que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guardia y mamparo de nuestro Rey y señor, y de mandalles indios é indias para sacrificar y matar un español hermano mio y un caballo.»

No le quiso decir del capitan ni de los seis soldados que murieron luego que llegaron á la Villa-Rica, porque el Montezuma no lo alcanzó á saber, ni tampoco lo supieron los indios capitanes que les dieron la guerra; y más le dijo Cortés, que teniéndole por tan su amigo, mandé á mis capitanes que en todo lo posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra majestad, por el contrario, no lo ha hecho.

Y asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes gran copia de guerreros, ordenado por vuestro mandado, que nos matasen; helo disimulado lo de entónces por lo mucho que os quiero; y asimismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado, tienen pláticas secretas que nos quereis mandar matar; por estas causas no querria comenzar guerra ni destruir aquesta ciudad; conviene que para excusarlo todo, que luego callando y sin hacer ningun alboroto os vais con nosotros á nuestro aposento, que allí sereis servido y mirado muy bien como en vuestra propia casa; y que si alboroto ó voces daba, que luego sereis muerto de aquestos mis capitanes, que no los traigo para otro efeto.

Y cuando esto oyó el Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó, que tomasen armas contra nosotros, y que enviaria luego á llamar sus capitanes, y sabria la verdad, y los castigaria; y luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Huichilóbos, que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave é de peso para que se cumpliese, é luego se cumplia; y en lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, que no era persona la suya para que tal le mandasen, é que no era su voluntad salir; y Cortés le replicó muy buenas razones, y el Montezuma le respondia muy mejores y que no habia de salir de sus casas, por manera que estuvieron más de media hora en estas pláticas; y como Juan Velazquez de Leon y los demás capitanes vieron que se detenia con él, y no veian la hora de habello sacado de sus casas y tenelle preso, hablaron á Cortés algo alterados, y dijeron:

—«¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras? Ó le llevemos preso ó le daremos de estocadas; por eso tornadle á decir que si da voces ó hace alboroto, que le matareis; porque más vale que desta vez aseguremos nuestras vidas ó las perdamos.»

Y como el Juan Velazquez lo decia con voz algo alta y espantosa, porque así era su hablar, y el Montezuma vió á nuestros capitanes como enojados, preguntó á doña Marina que qué decian con aquellas palabras altas; y como la doña Marina era muy entendida, le dijo:

—«Señor Montezuma, lo que yo os aconsejo es que vais luego con ellos á su aposento sin ruido ninguno; que yo sé que os harán mucha honra como gran señor que sois; y de otra manera, aquí quedareis muerto; y en su aposento se sabrá la verdad.»

Y entónces el Montezuma dijo á Cortés:

—«Señor Malinche, ya que eso quereis que sea, yo tengo un hijo y dos hijas legítimas, tomadlas en rehenes, y á mí no me hagais esta afrenta; ¿qué dirán mis principales si me viesen llevar preso?»

Tornó á decir Cortés que su persona habia de ir con ellos, y no habia ser otra cosa. Y en fin de muchas más razones que pasaron, dijo que él iria de buena voluntad; y entónces nuestros capitanes le hicieron muchas caricias, y le dijeron que le pedian por merced que no hubiese enojo, y que dijese á sus capitanes y á los de su guarda que iba de su voluntad, porque habia tenido plática de su ídolo Huichilóbos y de los papas que le servian que convenia para su salud y guardar su vida estar con nosotros; y luego le trujeron sus ricas andas en que solia salir, con todos sus capitanes que le acompañaron, y fué á nuestro aposento, donde le pusimos guardas y velas y todos cuantos servicios y placeres le podiamos hacer, así Cortés como todos nosotros; tantos le haciamos, y no se le echó prisiones ningunas; y luego le vinieron á ver todos los mayores principales mejicanos y sus sobrinos, é hablar con él y á saber la causa de su prision y si mandaba que nos diesen guerra; y el Montezuma les respondia que él holgaba de estar algunos dias allí con nosotros de buena voluntad, y no por fuerza; y cuando él algo quisiese, que se lo diria, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad ni tomasen pesar dello, porque aquesto que ha pasado de estar allí, que su Huichilóbos lo tiene por bien, y se lo han dicho ciertos papas que lo saben, que hablaron con su ídolo sobre ello; y desta manera que he dicho fué la prision del gran Montezuma; y allí donde estaba tenia su servicio y mujeres y baños en que se bañaba, y siempre á la contina estaban en su compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo á estar preso sin mostrar pasion en ello; y allí venian con pleitos embajadores de léjas tierras y le traian sus tributos, y despachaba negocios de importancia.

Acuérdome que cuando venian ante él grandes caciques de otras tierras sobre términos y pueblos é otras cosas de aquel arte, que por muy gran señor que fuese se quitaba las mantas ricas, y se ponia otras de nequen y de poca valía, y descalzo habia de venir; y cuando llegaba á los aposentos no entraba derecho, sino por un lado dellos, y cuando parecian delante del gran Montezuma, los ojos bajos en la tierra; y ántes que á él llegasen le hacian tres reverencias y le decian: «Señor, mi señor, gran señor;» y entónces le traian pintado é dibujado el pleito ó negocio sobre que venian, en unos paños ó mantas de nequen, y con unas varitas muy delgadas y pulidas le señalaban la causa del pleito; y estaban allí junto al Montezuma dos hombres viejos, grandes caciques, y cuando bien habian entendido el pleito aquellos jueces, le decian al Montezuma la justicia que tenian, y con pocas palabras los despachaba y mandaba quién habia de llevar las tierras ó pueblos; y sin más replicar en ello, se salian los pleiteantes sin volver las espaldas, y con las tres reverencias se salian hasta la sala, y cuando se veian fuera de su presencia del Montezuma se ponian otras mantas ricas y se paseaban por Méjico.

Y dejaré de decir al presente desta prision, y digamos cómo los mensajeros que envió el Montezuma con su señal y sello á llamar sus capitanes que mataron nuestros soldados, los trujeron ante él presos, y lo que con ellos habló yo no lo sé; mas que se los envió á Cortés para que hiciese justicia dellos; y tomada su confesion sin estar el Montezuma delante, confesaron ser verdad lo atrás ya por mí dicho, é que su señor se lo habia mandado que diesen guerra y cobrasen los tributos, y si algunos teules fuesen en su defensa, que tambien les diesen guerra ó matasen.

É vista esta confesion por Cortés, envióselo á decir al Montezuma cómo le condenaban en aquella cosa, y él se disculpó cuanto pudo, y nuestro capitan lo envió á decir que él así lo creia; que puesto que merecia castigo, conforme á lo que nuestro Rey manda, que la persona que manda matar á otros sin culpa ó con culpa que muera por ello; mas que le quiere tanto y le desea todo bien, que ya que aquella culpa tuviese, que ántes la pagaria el Cortés por su persona que vérsela pasar al Montezuma; y con todo esto que le envió á decir estaba temeroso: y sin más gastar razones, Cortés sentenció á aquellos capitanes á muerte é que fuesen quemados delante de los palacios del Montezuma, é así se ejecutó luego la sentencia; y porque no hubiese algun impedimento, entre tanto que se quemaban mandó echar unos grillos al mismo Montezuma; y cuando se los echaron él hacia bramuras, y si de ántes estaba temeroso, entónces estuvo mucho más; y despues de quemados, fué nuestro Cortés con cinco de nuestros capitanes á su aposento, y él mismo le quitó los grillos, y tales palabras le dijo, que no solamente lo tenia por hermano, sino en mucho más, é que como es señor y Rey de tantos pueblos y provincias, que si él podia, el tiempo andando le haria que fuese señor de más tierra de las que no habia podido conquistar ni le obedecian; y que si quiere ir á sus palacios, que le da licencia para ello; y decíaselo Cortés con nuestras lenguas, y cuando se lo estaba diciendo Cortés, parecia se le saltaban las lágrimas de los ojos al Montezuma; y respondió con gran cortesía que se lo tenia en merced, porque bien entendió Montezuma que todo era palabras las de Cortés; é que ahora al presente que convenia estar allí preso, porque por ventura, como sus principales son muchos, y sus sobrinos é parientes le vienen cada dia á decir que será bien darnos guerra y sacallo de prision, que cuando lo vean fuera que le atraerán á ello, é que no queria ver en su ciudad revueltas, é que si no hace su voluntad, por ventura querrán alzar á otro señor; y que él les quitaba de aquellos pensamientos con decilles que su dios Huichilóbos se lo ha enviado á decir que esté preso.

É á lo que entendimos é lo más cierto, Cortés habia dicho á Aguilar, la lengua, que le dijese de secreto que aunque Malinche le manda salir de la prision, que los capitanes nuestros é soldados no querriamos. Y como aquello le oyó, el Cortés le echó los brazos encima, y le abrazó y dijo:

—«No en balde, señor Montezuma, os quiero tanto como á mí mismo.»

Y luego el Montezuma demandó á Cortés un paje español que le servia, que sabia ya la lengua, que se decia Orteguilla, y fué harto sospechoso así para el Montezuma como para nosotros, porque de aquel paje inquiria y sabia muchas cosas de las de Castilla el Montezuma, y nosotros de lo que decian sus capitanes; y verdaderamente le era tan buen servicial, que lo queria mucho el Montezuma.