Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 23
Y luego en despachando los mensajeros, comenzamos á caminar para Méjico; y como nos habian dicho y avisado los de Guaxocingo y los de Chalco que Montezuma habia tenido pláticas con sus ídolos y papas que si nos dejaria entrar en Méjico ó si nos daria guerra, y todos sus papas le respondieron que decia su Huichilóbos que nos dejase entrar, que allí nos podrá matar, segun dicho tengo otras veces en el capítulo que dello habla; y como somos hombres y tememos la muerte, no dejábamos de pensar en ello; y como aquella tierra es muy poblada, íbamos siempre caminando muy chicas jornadas, y encomendándonos á Dios y á su bendita Madre Nuestra Señora, y platicando cómo y de qué manera podiamos entrar, y pusimos en nuestros corazones con buena esperanza, que pues Nuestro Señor Jesucristo fué servido guardarnos de los peligros pasados, que tambien nos guardaria del poder de Méjico; y fuimos á dormir á un pueblo que se dice Istapalatengo, que es la mitad de las casas en el agua y la mitad en tierra firme, donde está una sierrezuela, y agora está una venta cabe él, y allí tuvimos bien de cenar.
Dejemos esto, y volvamos al gran Montezuma, que como llegaron sus mensajeros é oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó de enviar á su sobrino, que se decia Cacamatzin, señor de Tezcuco, con muy gran fausto á dar el bien venido á Cortés y á todos nosotros; y como siempre teniamos de costumbre tener velas y corredores del campo, vino uno de nuestros corredores á avisar que venia por el camino muy gran copia de mejicanos de paz, y que al parecer venian de ricas mantas vestidos; y entónces cuando esto pasó era muy de mañana, y queriamos caminar, y Cortés nos dijo que reparásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era, y en aquel instante vinieron cuatro principales, y hacen á Cortés gran reverencia, y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Tezcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga; y no tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningun señor de los mejicanos habiamos visto traer, porque venia en andas muy ricas, labradas de plumas verdes, y mucha argentería y otras ricas piedras engastadas en ciertas arboledas de oro que en ellas traia hechas de oro, y traian las andas á cuestas ocho principales, y todos decian que eran señores de pueblos; é ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés, le ayudaron á salir de las andas, y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde habia de pasar; y desde que llegaron ante nuestro capitan, le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo:
—«Malinche, aquí venimos yo y estos señores á te servir, hacerte dar todo lo que hubieres menester para tí y tus compañeros, y meteros en vuestras casas, que es nuestra ciudad; porque así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que esto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene.»
Y cuando nuestro capitan y todos nosotros vimos tanto aparato y majestad como traian aquellos caciques, especialmente el sobrino de Montezuma, lo tuvimos por muy gran cosa, y platicamos entre nosotros que cuando aquel cacique traia tanto triunfo, ¿qué haria el gran Montezuma?
Y como el Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas caricias á él y á todos los más principales, y le dió tres piedras que se llaman margajitas, que tienen dentro de sí muchas pinturas de diversas colores, é á los demás principales se les dió diamantes azules, y les dijo que se lo tenia en merced, é ¿cuándo pagaria al señor Montezuma las mercedes que cada dia nos hace?
Y acabada la plática, luego nos partimos; é como habian venido aquellos caciques que dicho tengo, traian mucha gente consigo y de otros muchos pueblos que están en aquella comarca, que salian á vernos, todos los caminos estaban llenos dellos; y otro dia por la mañana llegamos á la calzada ancha, íbamos camino de Iztapalapa; y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha por nivel cómo iba á Méjico, nos quedamos admirados, y deciamos que parecia á las casas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenian dentro en el agua, y todas de cal y canto; y aun algunos de nuestros soldados decian que si aquello que veian si era entre sueños.
Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba desta manera, porque hay que ponderar mucho en ello, que no sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oidas ni vistas y aun soñadas, como vimos.
Pues desque llegamos cerca de Iztapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron á recibir, que fué el señor del pueblo, que se decia Coadlauaca, y el señor de Cuyoacan, que entrambos eran deudos muy cercanos de Montezuma; y de cuando entramos en aquella villa de Iztapalapa de la manera de los palacios en que nos aposentaron, de cuán grandes y bien labrados eran, de cantería muy prima, y la madera de cedros y de otros buenos árboles olorosos, con grandes patios é cuartos, cosas muy de ver, y entoldados con paramentos de algodon.
Despues de bien visto todo aquello, fuimos á la huerta y jardin, que fué cosa muy admirable vello y pasallo, que no me hartaba de mirallo y ver la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenia, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce; y otra cosa de ver, que podrian entrar en el verjel grandes canoas desde la laguna por una abertura que tenia hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido de muchas maneras de piedras, y pinturas en ellas, que habia harto que ponderar, y de las aves de muchas raleas y diversidades que entraban en el estanque.
Digo otra vez que lo estuve mirando, y no creí que en el mundo hubiese otras tierras descubiertas como estas; porque en aquel tiempo no habia Perú ni memoria dél. Agora toda esta villa está por el suelo perdida, que no hay cosa en pié.
Pasemos adelante, y diré cómo trujeron un presente de oro los caciques de aquella ciudad y los de Cuyoacan, que valía sobre dos mil pesos, y Cortés les dió muchas gracias por ello y les mostró grande amor, y se les dijo con nuestras lenguas las cosas tocantes á nuestra santa fe, y se les declaró el gran poder de nuestro señor el Emperador; é porque hubo otras muchas pláticas, lo dejaré de decir, y diré que en aquella sazon era muy gran pueblo, y que estaba poblada la mitad de las casas en tierra y la otra mitad en el agua; agora en esta sazon está todo seco, y siembran donde solia ser laguna, y está de otra manera mudado, que si no lo hubiera de ántes visto, no lo dijera, que no era posible que aquello que estaba lleno de agua esté agora sembrado de maizales y muy perdido.
Dejémoslo aquí, y diré del solenísimo recebimiento que nos hizo Montezuma á Cortés y á todos nosotros en la entrada de la gran ciudad de Méjico.
CAPÍTULO LXXXVIII.
DEL GRAN É SOLENE RECEBIMIENTO QUE NOS HIZO EL GRAN MONTEZUMA Á CORTÉS Y Á TODOS NOSOTROS EN LA ENTRADA DE LA GRAN CIUDAD DE MÉJICO.
Luego otro dia de mañana partimos de Iztapalapa muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho.
Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos, y va tan derecha á la ciudad de Méjico, que me parece que no se tuerce poco ni mucho; é puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes, que no cabian, unos que entraban en Méjico y otros que salian, que nos venian á ver, que no nos podiamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas las torres y cues y en las canoas y de todas partes de la laguna; y no era cosa de maravillar, porque jamás habian visto caballos ni hombres como nosotros.
Y de que vimos cosas tan admirables, no sabiamos qué nos decir, ó si era verdad lo que por delante parecia, que por una parte en tierra habia grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, é víamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho á trecho, y por delante estaba la gran ciudad de Méjico, y nosotros aun no llegábamos á cuatro cientos cincuenta soldados, y teniamos muy bien en la memoria las pláticas é avisos que nos dieron los de Guaxocingo é Tlascala y Talmanalco, y con otros muchos consejos que nos habian dado para que nos guardásemos de entrar en Méjico, que nos habian de matar cuando dentro nos tuviesen.
Miren los curiosos letores esto que escribo, si habia bien que ponderar en ello; ¿qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen? Pasemos adelante, y vamos por nuestra calzada.
Ya que llegábamos donde se aparta otra calzadilla que iba á Coyouacan, que es otra ciudad adonde estaban unas como torres, que eran sus adoratorios, vinieron muchos principales y caciques con muy ricas mantas sobre sí, con galanía y libreas diferenciadas las de los unos caciques á los otros, y las calzadas llenas dellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran Montezuma delante á recebirnos; y así como llegaban delante de Cortés decian en sus lenguas que fuésemos bien venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo y besaban la tierra con la mesma mano.
Así que, estuvimos detenidos un buen rato, y desde allí se adelantaron el Cacamacan, Sr. de Tezcuco, y el Sr. de Iztapalapa y el Sr. de Tacuba y el Sr. de Cuyoacan á encontrarse con el gran Montezuma, que venia cerca en ricas andas, acompañado de otros grandes señores y caciques que tenian vasallos; é ya que llegábamos cerca de Méjico, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y traíanle del brazo aquellos grandes caciques debajo de un pálio muy riquísimo á maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchihuis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello; y el gran Montezuma venia muy ricamente ataviado, segun su usanza, y traia calzados unos como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro; y muy preciada pedrería encima en ellas; é los cuatro señores que le traian del brazo venian con rica manera de vestidos á usanza, que parece ser se los tenian aparejados en el camino para entrar con su señor, que no traian los vestidos con que nos fueron á recebir: y venian, sin aquellos grandes señores, otros grandes caciques, que traian el pálio sobre sus cabezas, y otros muchos señores que venian delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde habia de pisar, y le ponian mantas porque no pisase la tierra.
Todos estos señores ni por pensamiento le miraban á la cara, sino los ojos bajos é con mucho acato, excepto aquellos cuatro deudos y sobrinos suyos que le llevaban del brazo.
É como Cortés vió y entendió é le dijeron que venia el gran Montezuma, se apeó del caballo, y desque llegó cerca de Montezuma, á una se hicieron grandes acatos; el Montezuma le dió el bien venido, é nuestro Cortés le respondió con doña Marina que él fuese el muy bien estado.
É paréceme que el Cortés con la lengua doña Marina, que iba junto á Cortés, le daba la mano derecha, y el Montezuma no la quiso é se la dió á Cortés; y entónces sacó Cortés un collar que traia muy á mano de unas piedras de vidrio, que ya he dicho que se dicen margajitas, que tienen dentro muchas colores é diversidad de labores y venia ensartado en unos cordones de oro con almizque porque diesen buen olor, y se le echó al cuello al gran Montezuma; y cuando se lo puso le iba á abrazar, y aquellos grandes señores que iban con el Montezuma detuvieron el brazo á Cortés que no le abrazase, porque lo tenian por menosprecio; y luego Cortés con la lengua doña Marina le dijo que holgaba agora su corazon en haber visto un tan gran Príncipe, y que le tenia en gran merced la venida de su persona á le recebir y las mercedes que le hace á la contina.
É entónces el Montezuma, le dijo otras palabras de buen comedimento, é mandó á dos de sus sobrinos de los que le traian del brazo, que eran el señor de Tezcuco y el señor de Cuyoacan, que se fuesen con nosotros hasta aposentarnos; y el Montezuma con los otros de sus parientes, Cuedlauaca y el señor de Tacuba, que le acompañaban, se volvió á la ciudad, y tambien se volvieron con él todas aquellas grandes compañías de caciques y principales que le habian venido á acompañar; é cuando se volvian con su señor estábamoslos mirando cómo iban todos, los ojos puestos en tierra, sin miralle y muy arrimados á la pared, y con gran acato le acompañaban; y así tuvimos lugar nosotros de entrar por las calles de Méjico sin tener tanto embarazo.
¿Quién podrá decir la multitud de hombres y mujeres y muchachos que estaban en las calles é azuteas y en canoas en aquellas acequias que nos salian á mirar? Era cosa de notar, que agora, que lo estoy escribiendo, se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó; y considerada la cosa y gran merced que nuestro Señor Jesucristo nos hizo y fué servido de darnos gracia y esfuerzo para osar entrar en tal ciudad, é me haber guardado de muchos peligros de muerte, como adelante verán.
Doyle muchas gracias por ello, que á tal tiempo me ha traido para podello escribir, é aunque no tan cumplidamente como convenia y se requiere; y dejemos palabras, pues las obras son buen testigo de lo que digo.
É volvamos á nuestra entrada en Méjico, que nos llevaron á aposentar á unas grandes casas, donde habia aposentos para todos nosotros, que habian sido de su padre el gran Montezuma, que se decia Axayaca, adonde en aquella sazon tenia el gran Montezuma sus grandes adoratorios é ídolos, é tenia una recámara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que habia heredado de su padre Axayaca, que no tocaba en ello; y asimismo nos llevaron á aposentar á aquella casa por causa que como nos llamaban teules, é por tales nos tenian, que estuviésemos entre sus ídolos, como teules que allí tenia.
Sea de una manera ú de otra, allí nos llevaron, donde tenia hechos grandes estrados y salas muy entoldadas de paramentos de la tierra para nuestro capitan, y para cada uno de nosotros otras camas de esteras y unos toldillos encima, que no se da más cama por muy gran señor que sea, porque no las usan; y todos aquellos palacios muy lucidos y encalados y barridos y enramados; y como llegamos y entramos en un gran patio, luego tomó por la mano el gran Montezuma á nuestro capitan, que allí lo estuvo esperando, y le metió en el aposento y sala donde habia de posar, que le tenia muy ricamente aderezada para segun su usanza, y tenia aparejado un muy rico collar de oro, de hechura de camarones, obra muy maravillosa; y el mismo Montezuma se lo echó al cuello á nuestro capitan Cortés, que tuvieron bien que admirar sus capitanes del gran favor que le dió; y cuando se lo hubo puesto, Cortés le dió las gracias con nuestras lenguas; é dijo Montezuma:
—«Malinche, en vuestra casa estais vos y vuestros hermanos, descansad.»
Y luego se fué á sus palacios, que no estaban léjos; y nosotros repartimos nuestros aposentos por capitanías, é nuestra artillería asestada en parte conveniente; y muy bien platicada la órden que en todo habiamos de tener, y estar muy apercebidos, así los de á caballo como todos nuestros soldados; y nos tenian aparejada una muy suntuosa comida á su uso é costumbre, que luego comimos.
Y fué esta nuestra venturosa é atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlan, Méjico, á ocho dias del mes de Noviembre, año de nuestro Salvador Jesucristo de 1519 años. Gracias á nuestro Señor Jesucristo por todo. É puesto que no vaya expresado otras cosas que habia que decir, perdónenme, que no lo sé decir mejor por agora hasta su tiempo.
É dejemos de más pláticas, é volvamos á nuestra relacion de lo que más nos avino; lo cual diré adelante.
CAPÍTULO LXXXIX.
CÓMO EL GRAN MONTEZUMA VINO Á NUESTROS APOSENTOS CON MUCHOS CACIQUES QUE LE ACOMPAÑABAN, É LA PLÁTICA QUE TUVO CON NUESTRO CAPITAN.
Como el gran Montezuma hubo comido, y supo que nuestro capitan y todos nosotros asimismo habia buen rato que habiamos hecho lo mismo, vino á nuestro aposento con gran copia de principales, é todos deudos suyos, é con gran pompa; é como á Cortés le dijeron que venia, le salió á la mitad de la sala á le recebir, y el Montezuma le tomó por la mano, é trajeron unos como asentaderos hechos á su usanza é muy ricos, y labrados de muchas maneras con oro; y el Montezuma dijo á nuestro capitan que se sentase, é se asentaron entrambos, cada uno en el suyo, y luego comenzó el Montezuma un muy buen parlamento, é dijo que en gran manera se holgaba de tener en su casa y reino unos caballeros tan esforzados, como era el capitan Cortés y todos nosotros, é que habia dos años que tuvo noticia de otro capitan que vino á lo de Champoton, é tambien el año pasado le trujeron nuevas de otro capitan que vino con cuatro navíos, é que siempre lo deseó ver, é que ahora que nos tiene ya consigo para servirnos y darnos de todo lo que tuviese.
Y que verdaderamente debe de ser cierto que somos los que sus antepasados muchos tiempos ántes habian dicho, que vendrian hombres de hácia donde sale el sol á señorear aquestas tierras, y que debemos de ser nosotros, pues tan valientemente peleamos en lo de Potonchan y Tabasco y con tlascaltecas, porque todas las batallas se las trujeron pintadas al natural.
Cortés le respondió con nuestras lenguas, que consigo siempre estaban, especial la doña Marina, y le dijo que no sabe con qué pagar él ni todos nosotros las grandes mercedes recebidas de cada dia, é que ciertamente veniamos de donde sale el sol, y somos vasallos y criados de un gran señor que se dice el Emperador D. Cárlos, que tiene sujetos á sí muchos y grandes Príncipes, é que teniendo noticia dél y de cuán gran señor es, nos envió á estas partes á le ver é á rogar que sean cristianos, como es nuestro Emperador é todos nosotros, é que salvarán sus ánimas él y todos sus vasallos, é que adelante le declarará más cómo y de qué manera ha de ser, y cómo adoramos á un solo Dios verdadero, y quién es, y otras muchas cosas buenas que oirá, como les habia dicho á sus embajadores Tendile é Pitalpitoque é Quintalvor cuando estábamos en los arenales.
É acabado este parlamento, tenia apercebido el gran Montezuma muy ricas joyas de oro y de muchas hechuras, que dió á nuestro capitan, é asimismo á cada uno de nuestros capitanes dió cositas de oro y tres cargas de mantas de labores ricas de pluma, y entre todos los soldados tambien nos dió á cada uno á dos cargas de mantas, con alegría, y en todo parecia gran señor.
Y cuando lo hubo repartido, preguntó á Cortés que si éramos todos hermanos y vasallos de nuestro gran Emperador, é dijo que sí, que éramos hermanos en el amor y amistad, é personas muy principales é criados de nuestro gran Rey y señor.
Y porque pasaron otras pláticas de buenos comedimientos entre Montezuma y Cortés, y por ser esta la primera vez que nos venia á visitar, y por no le ser pesado, cesaron los razonamientos; y habia mandado el Montezuma á sus mayordomos que á nuestro modo y usanza estuviésemos proveidos, que es maíz, é piedras é indias para hacer pan, é gallinas y fruta, y mucha yerba para los caballos; y el gran Montezuma se despidió con gran cortesía de nuestro capitan y de todos nosotros, y salimos con él hasta la calle, y Cortés nos mandó que al presente que no fuésemos muy léjos de los aposentos, hasta entender más lo que conviniese.
É quedarse há aquí, é diré lo que adelante pasó.
CAPÍTULO XC.
CÓMO LUEGO OTRO DIA FUÉ NUESTRO CAPITAN Á VER AL GRAN MONTEZUMA, Y DE CIERTAS PLÁTICAS QUE TUVIERON.
Otro dia acordó Cortés de ir á los palacios de Montezuma, é primero envió á saber qué hacia, y supiese cómo íbamos, y llevó consigo cuatro capitanes, que fué Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon y Diego de Ordás, é á Gonzalo de Sandoval, y tambien fuimos cinco soldados, y como el Montezuma lo supo, salió á nos recebir á la mitad de la sala, muy acompañado de sus sobrinos, porque otros señores no entraban ni comunicaban donde el Montezuma estaba, si no era á negocios importantes; y con gran acato que hizo á Cortés, y Cortés á él, le tomaron por las manos, é adonde estaba su estrado le hizo sentar á la mano derecha; y asimismo nos mandó sentar á todos nosotros en asientos que allí mandó traer.
É Cortés le comenzó á hacer un razonamiento con nuestras lenguas doña Marina é Aguilar; é dijo que ahora, que habia venido á ver y hablar á un tan gran señor como era, estaba descansado, y todos nosotros, pues ha cumplido el viaje é mando que nuestro gran Rey y señor le mandó; é lo que más le viene á decir de parte de nuestro Señor Dios es, que ya su merced habrá entendido de sus embajadores Tendile é Pitalpitoque é Quintalvor, cuando nos hizo las mercedes de enviarnos la luna y el sol de oro en el arenal, cómo les dijimos que éramos cristianos é adoramos á un solo Dios verdadero, que se dice Jesucristo, el cual padeció muerte y pasion por nos salvar; y le dijimos, cuando nos preguntaron que por qué adorábamos aquella cruz, que la adorábamos por otra que era señal donde Nuestro Señor fué crucificado por nuestra salvacion, é que aquesta muerte y pasion que permitió que así fuese por salvar por ella todo el linaje humano, que estaba perdido; y que aqueste nuestro Dios resucitó al tercero dia y está en los cielos, y es el que hizo el cielo y tierra y la mar, y crió todas las cosas que hay en el mundo, y las aguas y rocios, y ninguna cosa se hace sin su santa voluntad; y que en él creemos y adoramos, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras, que peores tienen los hechos; é que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces como las que vieron sus embajadores, con temor dellas no osan parecer delante, y que el tiempo andando lo verian.
É lo que agora le pide por merced es, que esté atento á las palabras que agora le quiere decir. Y luego le dijo muy bien dado á entender de la creacion del mundo, é como todos somos hermanos, hijos de un padre y de una madre, que se decian Adan y Eva; cómo tal hermano, nuestro gran Emperador, doliéndose de la perdicion de las ánimas, que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, donde arden en vivas llamas, nos envió para que esto que ha oido lo remedie, y no adoren aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias; y pues todos somos hermanos, no consientan sodomías ni robos; y más le dijo, que el tiempo andando enviaria nuestro Rey y señor unos hombres que entre nosotros viven muy santamente, mejores que nosotros, para que se lo dén á entender; porque al presente no veniamos á más de se lo notificar; é así, se lo pide por merced que lo haga y cumpla.
É porque pareció que el Montezuma queria responder, cesó Cortés la plática. É díjonos Cortés á todos nosotros que con él fuimos:
—«Con esto cumplimos, por ser el primer toque.»
Y el Montezuma respondió:
—«Señor Malinche, muy bien entendido tengo vuestras pláticas y razonamientos ántes de agora, que á mis criados sobre vuestro Dios les dijísteis en el arenal, y eso de la cruz y todas las cosas que en los pueblos por donde habeis venido habeis predicado, no os hemos respondido á cosa ninguna dellas porque desde ab-inicio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos, é así deben ser los vuestros, é no cureis más al presente de nos hablar dellos; y en esto de la creacion del mundo, así lo tenemos nosotros creido muchos tiempos pasados; é á esta causa tenemos por cierto que sois los que nuestros antecesores nos dijeron que venian de donde sale el sol, é á ese vuestro Rey yo le soy en cargo y le daré de lo que tuviere; porque, como dicho tengo otra vez, bien há dos años tengo noticia de capitanes que vinieron con navíos por donde vosotros vinísteis, y decian que eran criados dese vuestro gran Rey. Querria saber si sois todos unos.»