Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

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Y no puedo dejar de traer aquí á la memoria las redes de maderos gruesos que en ella hallamos; las cuales tenian llenas de indios y muchachos á cebo, para sacrificar y comer sus carnes; las cuales redes quebramos, y los indios que en ellas estaban presos les mandó Cortés que se fuesen adonde eran naturales, y con amenazas mandó á los capitanes y papas de aquella ciudad que no tuviesen más indios de aquella manera ni comiesen carne humana, y así lo prometieron.

Mas, ¿qué aprovechaban aquellos prometimientos, que no lo cumplian? Pasemos ya adelante, y digamos que aquestas fueron las grandes crueldades que escribe y nunca acaba de decir el señor obispo de Chiapa, don fray Bartolomé de las Casas; porque afirma y dice que sin causa ninguna, sino por nuestro pasatiempo y porque se nos antojó, se hizo aquel castigo.

Y tambien quiero decir que unos buenos religiosos franciscos, que fueron los primeros frailes que su majestad envió á esta Nueva-España despues de ganado Méjico, segun adelante diré, fueron á Cholula para saber y pesquisar é inquirir cómo y de qué manera pasó aquel castigo, é por qué causa, é la pesquisa que hicieron fué con los mismos papas é viejos de aquella ciudad; y despues de bien sabido dellos mismos, hallaron ser ni más ni ménos que en esta mi relacion escribo; y si no se hiciera aquel castigo, nuestras vidas estaban en harto peligro, segun los escuadrones y capitanías tenian de guerreros mejicanos y de los naturales de Cholula, é albarradas é pertrechos; que si allí por nuestra desdicha nos mataran, esta Nueva-España no se ganara tan presto ni se atreviera á venir otra armada, é ya que viniera, fuera con gran trabajo, porque les defendieran los puertos, y se estuvieran siempre en sus idolatrías.

Yo he oido decir á un fraile francisco de buena vida, que se decia fray Toribio Montelmea, que si se pudiera excusar aquel castigo, y ellos no dieran causa á que se hiciese, que mejor fuera; mas ya que se hizo, que fué bueno para que todos los indios de todas las provincias de la Nueva-España viesen y conociesen que aquellos ídolos y los demás son malos y mentirosos, y que viendo que lo que les habia prometido salió al revés, que perdiesen la devocion que ántes tenian con ellos, y que desde allí en adelante no le sacrificaban ni venian en romería de otras partes, como solian; y desde entónces no curaron más dél, y le quitaron del alto cu donde estaba, y lo escondieron ó quebraron, que no pareció más, y en su lugar habian puesto otro ídolo.

Dejémoslo ya, y diré lo que más adelante hicimos.

CAPÍTULO LXXXIV.

DE CIERTAS PLÁTICAS É MENSAJEROS QUE ENVIAMOS AL GRAN MONTEZUMA.

Como habian ya pasado catorce dias que estábamos en Cholula, y no teniamos en qué entender, y vimos que quedaba aquella ciudad muy poblada, é hacian mercados, é habiamos hecho amistades entre ellos y los de Tlascala, les teniamos puesto una cruz é amonestádoles las cosas tocantes á nuestra santa fe, y viamos que el gran Montezuma enviaba á nuestro real espías encubiertamente á saber é inquirir qué era nuestra voluntad, é si habiamos de pasar adelante para ir á su ciudad, porque todo lo alcanzaba á saber muy enteramente por dos embajadores que estaban en nuestra compañía; acordó nuestro capitan de entrar en consejo con ciertos capitanes é algunos soldados que sabia que le tenian buena voluntad, y porque, demás de ser muy esforzados, eran de buen consejo; porque ninguna cosa hacia sin primero tomar sobre ello nuestro parecer.

Y fué acordado que blanda y amorosamente enviásemos á decir al gran Montezuma que para cumplir con lo que nuestro Rey y señor nos envió á estas partes, hemos pasado muchos mares é remotas tierras, solamente para le ver é decille cosas que le serian muy provechosas cuando las haya entendido; que viniendo que veniamos camino de su ciudad, porque sus embajadores nos encaminaron por Cholula, que dijeron que eran sus vasallos; é que dos dias, los primeros que en ella entramos, nos recibieron muy bien, é para otro dia tenian ordenada una traicion, con pensamiento de matarnos; y porque somos hombres que tenemos tal calidad, que no se nos puede encubrir cosa de trato ni traicion ni maldad que contra nosotros quieran hacer, que luego no la sepamos; é que por esta causa castigamos á algunos de los que querian ponerlo por obra.

É que porque supo que eran sus sujetos, teniendo respeto á su persona y á nuestra gran amistad, dejó de matar y asolar todos los que fueron en pensar en la traicion; y lo peor de todo esto es, que dijeron los papas é caciques que por consejo é mandado dél y de sus embajadores lo querian hacer; lo cual nunca creimos que tan gran señor como él es tal mandase, especialmente habiéndose dado por nuestro amigo; y tenemos colegido de su persona que, ya que tan mal pensamiento sus ídolos le pusieron de darnos guerra, que seria en el campo; mas en tanto teniamos que pelease en campo como en poblado, que de dia que de noche, porque los matariamos á quien tal pensase hacer. Mas como lo tiene por grande amigo y le desea ver y hablar, luego nos partimos para su ciudad á dalle cuenta muy por entero de lo que el Rey nuestro señor nos mandó.

Y como el Montezuma oyó esta embajada, y entendió que por lo de Cholula no le poniamos culpa, oimos decir que tornó á entrar con sus papas en ayunos é sacrificios que hicieron á sus ídolos, para que se tornase á retificar que si nos dejaria entrar en su ciudad ó no, y si se lo tornaba á mandar, como le habia dicho otra vez. Y la respuesta que les tornó á dar fué como la primera, y que de hecho nos deje entrar, y que dentro nos mataria á su voluntad.

Y más le aconsejaron sus capitanes y papas, que si ponia estorbo en la entrada, que le hariamos guerra en los pueblos sus sujetos, teniendo, como teniamos, por amigos á los tlascaltecas y todos los totonaques de la sierra, é otros pueblos que habian tomado nuestra amistad, y por excusar estos males, que mejor y más sano consejo es el que les ha dado su Huichilóbos.

Dejemos de más decir de lo que Montezuma tenia acordado, é diré lo que sobre ello hizo, y cómo acordamos de ir camino de Méjico, y estando de partida llegaron mensajeros de Montezuma con un presente, y lo que envió á decir.

CAPÍTULO LXXXV.

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA ENVIÓ UN PRESENTE DE ORO, Y LO QUE ENVIÓ Á DECIR, Y CÓMO ACORDAMOS IR CAMINO DE MÉJICO, Y LO QUE MÁS ACAECIÓ.

Como el gran Montezuma hubo tomado otra vez consejo con sus Huichilóbos é papas é capitanes, y todos le aconsejaron que nos dejase entrar en su ciudad, é que allí nos matarian á su salvo.

Y despues que oyó las palabras que le enviamos á decir acerca de nuestra amistad, é tambien otras razones bravosas, cómo somos hombres que no se nos encubre traicion que contra nosotros se trate, que no lo sepamos, y que en lo de la guerra, que eso se nos da que sea en el campo ó en poblado, que de noche ó de dia, ó de otra cualquier manera; é como habia entendido las guerras de Tlascala, é habia sabido lo de Potonchan é Tabasco é Cingapacinga, é agora lo de Cholula, estaba asombrado y aun temeroso; y despues de muchos acuerdos que tuvo, envió seis principales con un presente de oro y joyas de mucha diversidad de hechuras, que valdria, á lo que juzgaban, sobre dos mil pesos, y tambien envió ciertas cargas de mantas muy ricas de primas labores; é cuando aquellos principales llegaron ante Cortés con el presente, besaron la tierra con la mano, y con gran acato, como entre ellos se usa, dijeron:

—«Malinche, nuestro señor el gran Montezuma te envia este presente, y dice que lo recibas con el amor grande que te tiene é á todos vuestros hermanos, é que le pesa del enojo que les dieron los de Cholula, é quisiera que los castigaras más en sus personas, que son malos y mentirosos, é que las maldades que ellos querian hacer, le echaban á él la culpa é á sus embajadores; é que tuviésemos por muy cierto que era nuestro amigo, é que vamos á su ciudad cuando quisiéremos, que puesto que él nos quiere hacer mucha honra, como á personas tan esforzadas y mensajeros de tan alto Rey como decis que es, é porque no tiene que nos dar de comer, que á la ciudad se lleva todo el bastimento de acarreo, por estar en la laguna poblados, no lo podia hacer tan cumplidamente; mas que él procurará de hacernos toda la más honra que pudiere, y que por los pueblos por donde habiamos de pasar, que él ha mandado que nos dén lo que hubiéremos menester.»

É dijo otros muchos cumplimientos de palabra.

Y como Cortés lo entendió por nuestras lenguas, recibió aquel presente con muestras de amor, é abrazó á los mensajeros y les mandó dar ciertos diamantes torcidos, é todos nuestros capitanes é soldados nos alegramos con tan buenas nuevas, é mandarnos que vamos á su ciudad, porque de dia en dia lo estábamos deseando todos los más soldados, especial los que no dejábamos en la isla de Cuba bienes ningunos, é habiamos venido dos veces á descubrir primero que Cortés.

Dejemos esto, y digamos cómo el capitan les dió buena respuesta y muy amorosa y mandó que se quedasen tres mensajeros de los que vinieron con el presente, para que fuesen con nosotros por guias, y los otros tres volvieron con la respuesta á su señor, y les avisaron que ya íbamos camino.

Y despues que aquella nuestra partida entendieron los caciques mayores de Tlascala, que se decian Xicotenga el viejo é ciego, y Masse-Escaci, los cuales he nombrado otras veces, les pesó en el alma, é enviaron á decir á Cortés que ya le habian dicho muchas veces que mirase lo que hacia, é se guardase de entrar en tan grande ciudad, donde habia tantas fuerzas y tanta multitud de guerreros; porque un dia ó otro nos darian guerra, é temian que no podriamos salir con las vidas; é que por la buena voluntad que nos tienen, que ellos quieren enviar diez mil hombres con capitanes esforzados, que vayan con nosotros con bastimento para el camino.

Cortés les agradeció mucho su buena voluntad, y les dijo que no era justo entrar en Méjico con tanta copia de guerreros, especialmente siendo tan contrarios los unos de los otros; que solamente habia menester mil hombres para llevar los tepuzques é fardaje é para adobar algunos caminos.

Ya he dicho otra vez que tepuzques en estas partes dicen por los tiros, que son de hierro, que llevábamos; y luego despacharon los mil indios muy apercebidos; é ya que estábamos muy á punto para caminar, vinieron á Cortés los caciques é todos los más principales guerreros de Cempoal que andaban en nuestra compañía, y nos sirvieron muy bien y lealmente, é dijeron que se querian volver á Cempoal, y que no pasarian de Cholula adelante para ir á Méjico, porque cierto que tenian que si allá iban, que habian de morir ellos y nosotros, é que el gran Montezuma los mandaria matar, porque eran personas muy principales de los de Cempoal, que fueron en quitalle la obediencia é en que no se le diese tributo, y en aprisionar sus recaudadores cuando hubo la rebelion ya por mí otra vez escrita en esta relacion.

Y como Cortés les vió que con tanta voluntad le demandaban aquella licencia, les respondió con doña Marina é Aguilar que no hubiesen temor ninguno de que recibirian mal ni daño, é que, pues iban en nuestra compañía, que, ¿quién habia de ser osado á los enojar á ellos ni á nosotros? É que les rogaba que mudasen su voluntad é que se quedasen con nosotros, y les prometió que les haria ricos; é por más que se lo rogó Cortés é doña Marina se lo decia muy afectuosamente, nunca quisieron quedar, sino que se querian volver; é como aquello vió Cortés, dijo:

—«Nunca Dios quiera que nosotros llevemos por fuerza á esos indios que tan bien nos han servido.»

Y mandó traer muchas cargas de mantas ricas, é se las repartió entre todos, é tambien envió al cacique gordo, nuestro amigo, señor de Cempoal, dos cargas de mantas para él y para su sobrino Cuesco, que así se llamaba otro gran cacique, y escribió al teniente Juan de Escalante, que dejábamos por capitan, y era en aquella sazon alguacil mayor, todo lo que nos habia acaecido, y cómo ya íbamos camino de Méjico, é que mirase muy bien por todos los vecinos, é se velase, que siempre estuviese de dia é de noche con gran cuidado; que acabase de hacer la fortaleza, é que á los naturales de aquellos pueblos que los favoreciese contra mejicanos, y no les hiciese agravio, ni ningun soldado de los que con él estaban; y escritas estas cartas, y partidos los de Cempoal, comenzamos de ir de nuestro camino muy apercebidos.

CAPÍTULO LXXXVI.

CÓMO COMENZAMOS Á CAMINAR PARA LA CIUDAD DE MÉJICO, Y DE LO QUE EN EL CAMINO NOS AVINO, Y LO QUE MONTEZUMA ENVIÓ Á DECIR.

Así como salimos de Cholula con gran concierto, como lo teniamos de costumbre, los corredores del campo á caballo descubriendo la tierra, y peones muy sueltos juntamente con ellos, para si algun paso malo ó embarazo hubiese se ayudasen los unos á los otros, é nuestros tiros muy á punto, é escopetas é ballesteros, é los de á caballo de tres en tres para que se ayudasen, é todos los más soldados en gran concierto.

No sé yo para qué lo traigo tanto á la memoria, sino que en las cosas de la guerra por fuerza hemos de hacer relacion dello, para que se vea cuál andábamos la barba sobre el hombro.

É así caminando, llegamos aquel dia á unos ranchos que están en una como sierrezuela, que es poblacion de Guaxocingo, que me parece que se dicen los ranchos de Iscalpan, cuatro leguas de Cholula; y allí vinieron luego los caciques y papas de los pueblos de Guaxocingo, que estaban cerca, é eran amigos é confederados de los de Tlascala, y tambien vinieron otros pueblezuelos que están poblados á las haldas del volcan, que confinan con ellos, y trujeron todos mucho bastimento y un presente de joyas de oro de poca valía, y dijeron á Cortés que recibiese aquello, y no mirase á lo poco que era, sino á la voluntad con que se lo daban.

Y le aconsejaron que no fuese á Méjico, que era una ciudad muy fuerte y de muchos guerreros, y que corriamos mucho peligro; é que ya que íbamos, que subido aquel puerto, que habia dos caminos muy anchos, y que el uno iba á un pueblo que se dice Chalco, y el otro Talmalanco, que era otro pueblo, y entrambos sujetos á Méjico, y que el un camino estaba muy barrido y limpio para que vamos por él, y que el otro camino lo tienen ciego, y cortados muchos árboles muy gruesos y grandes pinos porque no puedan ir caballos ni pudiésemos pasar adelante; y que abajado un poco de la sierra, por el camino que tenian limpio, creyendo que habiamos de ir por él, que tenian cortado un pedazo de la sierra, y habia allí mamparos é albarradas, é que han estado en el paso ciertos escuadrones de mejicanos para nos matar, é que nos aconsejaban que no fuésemos por el que estaba limpio, sino por donde estaban los árboles atravesados, é que ellos nos darán mucha gente que lo desembaracen.

É pues que iban con nosotros los tlascaltecas, que todos quitarian los árboles, é que aquel camino salia á Talmalanco; é Cortés, recibió el presente con mucho amor, y les dijo que les agradecia el aviso que le daban, y con el ayuda de Dios que no dejará de seguir su camino, é que irá por donde le aconsejaban.

É luego otro dia bien de mañana comenzamos á caminar é ya era cerca de medio dia cuando llegamos en lo alto de la sierra, donde hallamos los caminos ni más ni ménos que los de Guaxocingo dijeron; y allí reparamos un poco y aun nos dió qué pensar en lo de los escuadrones mejicanos, y en la sierra cortada donde estaban las albarradas de que nos avisaron.

Y Cortés mandó llamar á los embajadores del gran Montezuma, que iban en nuestra compañía, y les preguntó que cómo estaban aquellos dos caminos de aquella manera, el uno muy limpio y barrido, y el otro lleno de árboles cortados nuevamente.

Y respondieron que porque vamos por el limpio, que sale á una ciudad que se dice Chalco, donde nos harán buen recibimiento, que es de su señor Montezuma; y que el otro camino, que le pusieron aquellos árboles y le cegaron porque no fuésemos por él, que hay malos pasos é se rodea algo para ir á Méjico, que sale á otro pueblo que no es tan grande como Chalco; entónces dijo Cortés que queria ir por el que estaba embarazado, é comenzamos á subir la sierra puestos en gran concierto, y nuestros amigos apartando los árboles muy grandes y gruesos, por donde pasamos con gran trabajo, y hasta hoy están algunos dellos fuera del camino; y subiendo á lo más alto, comenzó á nevar y se cuajó de nieve la tierra, é caminamos la sierra abajo, y fuimos á dormir á unas caserías que eran como á manera de aposentos ó mesones, donde posaban indios mercaderes, é tuvimos bien de cenar, é con gran frio pusimos nuestras velas y rondas é escuchas y aun corredores del campo; é otro dia comenzamos á caminar, é á hora de Misas mayores llegamos á un pueblo que ya he dicho que se dice Talmalanco, y nos recibieron bien, é de comer no faltó; é como supieron de otros pueblos de nuestra llegada, luego vinieron los de Chalco, é se juntaron con los de Talmalanco, é á Mecameca é Acingo, donde están las canoas, que es puerto dellos, é otros pueblezuelos que ya no se me acuerda el nombre dellos; y todos juntos trujeron un presente de oro y dos cargas de mantas é ocho indias, que valdria el oro sobre ciento y cincuenta pesos, é dijeron:

—«Malinche, recibe estos presentes que te damos, y ténnos de aquí adelante por tus amigos.»

Y Cortés los recibió con grande amor, y se les ofreció que en todo lo que hubiesen menester los ayudaria; y cuando los vió juntos, dijo al Padre de la Merced que les amonestase las cosas tocantes á nuestra santa fe é dejasen sus ídolos; y se les dijo todo lo que soliamos decir en los más pueblos por donde habiamos venido; é á todo respondieron que bien dicho estaba é que lo verian adelante.

Tambien se les dió á entender el gran poder del Emperador nuestro señor, y que veniamos á deshacer agravios é robos é que para ello nos envió á estas partes; é como aquello oyeron todos aquellos pueblos que dicho tengo, secretamente, que no lo sintieron los embajadores mejicanos, dieron tantas quejas de Montezuma y de sus recaudadores, que les robaban cuanto tenian, é las mujeres é hijas si eran hermosas las forzaban delante dellos y de sus maridos, y se las tomaban, é que les hacian trabajar como si fueran esclavos, que les hacian llevar en canoas é por tierra madera de pinos, é piedra é leña é maíz, é otros muchos servicios de sembrar maizales, é les tomaban sus tierras para servicio de ídolos, é otras muchas quejas, que como há ya muchos años que pasó, no me acuerdo; é Cortés les consoló con palabras amorosas, que se las sabia muy bien decir con doña Marina, é que ahora al presente no puede entender en hacelles justicia, é que se sufriesen, que él les quitaria aquel dominio; é secretamente les mandó que fuesen dos principales con otros cuatro amigos de Tlascala á ver el camino barrido que nos hubieron dicho los de Guaxocingo que no fuésemos por él, para que viesen qué albarradas é mamparos tenian, y si estaban allí algunos escuadrones de guerra; y los caciques respondieron:

—«Malinche, no hay necesidad de irlo á ver, porque todo está ahora muy llano é aderezado. É has de saber que habrá seis dias que estaban á un mal paso, que tenian cortada la sierra porque no pudiésedes pasar, con mucha gente de guerra del gran Montezuma; y hemos sabido que su Huichilóbos, que es dios que tienen de la guerra, les aconsejó que os dejase pasar, é cuando hayais entrado en Méjico, que allí os matarán; por tanto, lo que nos parece es, que os estéis aquí con nosotros, y os daremos de lo que tuviéramos; é no vais á Méjico, que sabemos cierto que, segun es fuerte y de muchos guerreros, no os dejarán con las vidas.»

Y Cortés les dijo con buen semblante que no tenian los mejicanos ni otras ningunas naciones poder para nos matar, salvo nuestro Señor Dios, en quien creemos.

É que porque vean que al mismo Montezuma y á todos los caciques y papas les vamos á dar á entender lo que nuestro Dios manda, que luego nos queriamos partir, é que le diesen veinte hombres principales que vayan en nuestra compañía, é que haria mucho por ellos, é les haria justicia cuando haya entrado en Méjico, para que Montezuma ni sus recaudadores no les hagan las demasías y fuerzas que han dicho que les hacen; y con alegre rostro todos los de aquellos pueblos por mí ya nombrados dieron buenas respuestas y nos trujeron los veinte indios; é ya que estábamos para partir, vinieron mensajeros del gran Montezuma, y lo que dijeron diré adelante.

CAPÍTULO LXXXVII.

CÓMO EL GRAN MONTEZUMA NOS ENVIÓ OTROS EMBAJADORES CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS, Y LO QUE DIJERON Á CORTÉS, Y LO QUE LES RESPONDIÓ.

Ya que estábamos de partida para ir nuestro camino á Méjico, vinieron ante Cortés cuatro principales mejicanos que envió Montezuma, y trujeron un presente de oro y mantas; y despues de hecho su acato, como lo tenian de costumbre, dijeron:

—«Malinche, este presente te envia nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habeis pasado en venir de tan lejanas tierras á le ver, y que ya te ha enviado á decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchihuis en tributo para vuestro Emperador y para vos y los demás teules que traeis, y que no vengas á Méjico. Ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde veniste; que él te promete de te enviar al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro Rey, y para tí te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga; porque ir á Méjico, es excusada tu entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no os dejar entrar.»

Y demás desto, que no tenia camino, sino muy angosto, ni bastimentos que comiésemos; y dijo otras muchas razones y inconvenientes para que no pasásemos de allí; é Cortés con mucho amor abrazó á los mensajeros, puesto que le pesó de la embajada, y recibió el presente que ya no se me acuerda qué tanto valía; é á lo que yo vi y entendí, jamás dejó de enviar Montezuma oro, poco ó mucho, cuando nos enviaba mensajeros como otra vez he dicho.

Y volviendo á nuestra relacion, Cortés les respondió que se maravillaba del señor Montezuma, habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envia á mandar al contrario.

Y que en cuanto á lo que dice que dará el oro para nuestro señor el Emperador y para nosotros, que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envia, que en buenas obras se lo pagará, el tiempo andando; y que si le parecerá bien que estando tan cerca de su ciudad, será bueno volvernos del camino sin hacer aquello que nuestro señor nos manda.

Que si el señor Montezuma hubiese enviado mensajeros y embajadores á algun gran señor, como él es, é ya que llegasen cerca de su casa aquellos mensajeros que enviaba se volviesen sin le hablar y decille á lo que iban, cuando volviesen ante su presencia con aquel recaudo, ¿qué merced les haria, sino tenellos por cobardes y de poca calidad?

Que así haria el Emperador nuestro señor con nosotros; y que de una manera ó otra que habiamos de entrar en su ciudad, y desde allí adelante que no le enviase más excusas sobre aquel caso, porque le ha de ver y hablar y dar razon de todo el recaudo á que hemos venido, y ha de ser á su sola persona; y cuando lo haya entendido, si no le pareciere bien nuestra estada en su ciudad, que nos volveremos por donde venimos.

É cuanto á lo que dice, que no tiene comida sino muy poco, é que no nos podremos sustentar, que somos hombres que con poca cosa que comemos nos pasamos, é que ya vamos á su ciudad, que haya por bien nuestra ida.