Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 20
Y que desde allí se parecia la gran ciudad de Méjico y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados; y está este volcan de Méjico obra de doce ó trece leguas; y despues de bien visto muy gozoso el Ordás, y admirado de haber visto á Méjico y sus ciudades, volvió á Tlascala con sus compañeros, y los indios de Guaxocingo y los de Tlascala se lo tuvieron á mucho atrevimiento, y cuando lo contaban al capitan Cortés y á todos nosotros, como en aquella sazon no habiamos visto ni oido, como ahora, que sabemos lo que es, y han subido encima de la boca muchos españoles y aun Frailes franciscanos, nos admirábamos entónces dello; y cuando fué Diego de Ordás á Castilla lo demandó por armas á su majestad, é así las tiene ahora en su sobrino Ordás que vive en la Puebla; y despues acá desque estamos en esta tierra no le habemos visto echar tanto fuego ni con tanto ruido como al principio, y aun estuvo ciertos años que no echaba fuego, hasta el año de 1539 que echó muy grandes llamas y piedras y ceniza.
Dejemos de contar del volcan, que ahora, que sabemos qué cosa es y habemos visto otros volcanes, como son los de Nicaragua y los de Guatemala, se podian haber callado los de Guaxocingo sin poner en relacion, y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlascala casas de madera hechas de redes, y llenas de indios é indias que tenian dentro encarcelados é á cebo hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar; las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban de ir á cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y dende en adelante en todos los pueblos que entrábamos, lo primero que mandaba nuestro capitan era quebralles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comunmente en todas estas tierras las tenian; y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostró tener mucho enojo de los caciques de Tlascala, y se lo riñó bien enojado, y prometieron desde allí adelante que no matarian ni comerian de aquella manera más indios. Dije yo que qué aprovechaban aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacian las mismas crueldades.
Y dejémoslo así, y digamos cómo ordenamos de ir á Méjico.
CAPÍTULO LXXIX.
CÓMO ACORDÓ NUESTRO CAPITAN HERNANDO CORTÉS CON TODOS NUESTROS CAPITANES Y SOLDADOS QUE FUÉSEMOS Á MÉJICO, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Viendo nuestro capitan que habia diez y siete dias que estábamos holgando en Tlascala, y oiamos decir de las grandes riquezas de Montezuma y su próspera ciudad, acordó tomar consejo con todos nuestros capitanes y soldados de quien sentia que le tenian buena voluntad, para ir adelante, y fué acordado que con brevedad fuese nuestra partida; y sobre este camino hubo en el real muchas pláticas de desconformidad, porque decian unos soldados que era cosa muy temerosa irnos á meter en tan fuerte ciudad siendo nosotros tan pocos, y decian de los grandes poderes del Montezuma.
Cortés respondió que ya no podiamos hacer otra cosa, porque siempre nuestra demanda y apellido fué ver al Montezuma, é que por demás eran ya otros consejos; y viendo que tan resueltamente lo decia, y sintieron los del contrario parecer que tan determinadamente se acordaba, y que muchos de los soldados ayudábamos á Cortés de buena voluntad con decir «adelante en buen hora,» no hubo más contradicion; y los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los que tenian en Cuba haciendas; que yo y otros pobres soldados ofrecido tenemos siempre nuestras ánimas á Dios, que las crió, y los cuerpos á heridas y trabajos hasta morir en servicio de nuestro Señor y de su majestad.
Pues viendo Xicotenga y Masse-Escaci, señores de Tlascala, que de hecho queriamos ir á Méjico, pesábales en el alma, y siempre estaban con Cortés avisándole que no curase de ir aquel camino, y que no se fiase poco ni mucho de Montezuma ni de ningun mejicano, y que no se creyese de sus grandes reverencias ni de sus palabras tan humildes y llenas de cortesías, ni aun de cuantos presentes le ha enviado ni de otros ningunos ofrecimientos, que todos eran de atraidorados; que en una hora se lo tornarian á tomar cuanto le habian dado, y que de noche y de dia se guardase muy bien dellos, porque tienen bien entendido que cuando más descuidados estuviésemos nos darian guerra, y que cuando peleáramos con ellos, que los que pudiésemos matar que no quedasen con las vidas, al mancebo porque no tome armas, al viejo porque no dé consejo, y le dieron otros muchos avisos.
Y nuestro capitan les dijo que se lo agradecia el buen consejo; y les mostró mucho amor con ofrecimientos y dádivas que luego les dió al viejo Xicotenga y al Masse-Escaci y todos los más caciques, y les dió mucha parte de la ropa fina de mantas que habia presentado Montezuma, y les dijo que seria bueno tratar paces entre ellos y los mejicanos para que tuviesen amistad, y trujesen sal y algodon y otras mercaderías; y el Xicotenga respondió que eran por demás las paces, y que su enemistad tienen siempre en los corazones arraigada, y que son tales los mejicanos, que so color de las paces les harán mayores traiciones, porque jamás mantienen verdad en cosa ninguna que prometen; é que no curase de hablar de ellas, sino que le tornaban á rogar que se guardase muy bien de no caer en manos de tan malas gentes.
Y estando platicando sobre el camino que habiamos de llevar para Méjico, porque los embajadores de Montezuma que estaban con nosotros, que iban por guias, decian que el mejor camino y más llano era por la ciudad de Cholula, por ser vasallos del gran Montezuma, donde recibiriamos servicios, y á todos nosotros nos pareció bien que fuésemos á aquella ciudad; y los caciques de Tlascala, como entendieron que queriamos ir por donde nos encaminaban los mejicanos, se entristecieron, y tornaron á decir que en todo caso fuésemos por Guaxocingo, que eran sus parientes y nuestros amigos, y no por Cholula, porque en Cholula siempre tiene Montezuma sus tratos dobles encubiertos.
Y por más que nos dijeron y aconsejaron que no entrásemos en aquella ciudad, siempre nuestro capitan, con nuestro consejo muy bien platicado, acordó de ir por Cholula; lo uno, porque decian todos que era grande poblacion y muy bien torreada, y de altos y grandes cues, y en buen llano asentada, y verdaderamente de léjos parecia en aquella sazon á nuestra gran Valladolid de Castilla la Vieja; y lo otro, porque estaba en parte cercana de grandes poblaciones, y tener muchos bastimentos y tan á la mano á nuestros amigos los de Tlascala, y con intencion de estarnos allí hasta ver de qué manera podriamos ir á Méjico sin tener guerra, porque era de temer el gran poder de mejicanos; si Dios nuestro Señor primeramente no ponia su divina mano y misericordia, con que siempre nos ayudaba y nos daba esfuerzo, no podiamos entrar de otra manera.
Y despues de muchas pláticas y acuerdos, nuestro camino fué por Cholula; y luego Cortés mandó que fuesen mensajeros á les decir que cómo, estando tan cerca de nosotros, no nos enviaban á visitar y hacer aquel acto que son obligados á mensajeros, como somos, de tan gran Rey y señor como es el que nos envió á notificar su salvacion; y que los ruega que luego viniesen todos los caciques y papas de aquella ciudad á nos ver, y dar la obediencia á nuestro Rey y señor; si no, que los ternia por de malas intenciones.
Y estando diciendo esto, y otras cosas que convenia envialles á decir sobre este caso, vinieron á hacer saber á Cortés cómo el gran Montezuma enviaba cuatro embajadores con presentes de oro, porque jamás, á lo que habiamos visto, envió mensaje sin presentes de oro, y lo tenia por afrenta enviar mensajeros si no enviaba con ellos dádivas; y lo que dijeron aquellos mensajeros diré adelante.
CAPÍTULO LXXX.
CÓMO EL GRAN MONTEZUMA ENVIÓ CUATRO PRINCIPALES HOMBRES DE MUCHA CUENTA, CON UN PRESENTE DE ORO Y MANTAS, Y LO QUE DIJERON Á NUESTRO CAPITAN.
Estando platicando Cortés con todos nosotros y con los caciques de Tlascala sobre nuestra partida y en las cosas de la guerra, viniéronle á decir que llegaron á aquel pueblo cuatro embajadores de Montezuma, todos principales, y traian presentes; y Cortés les mandó llamar, y cuando llegaron donde estaba, hiciéronle grande acato, y á todos los soldados que allí nos hallamos; y presentado su presente de ricas joyas de oro y de muchos géneros de hechuras, que valian bien diez mil pesos, y diez cargas de mantas de buenas labores de pluma, Cortés los recibió con buen semblante; y luego dijeron aquellos embajadores por parte de su señor Montezuma que se maravillaba mucho estar tantos dias entre aquellas gentes pobres y sin policía, que aun para esclavos no son buenos, por ser tan malos y traidores y robadores, que cuando más descuidados estuviésemos, de dia y de noche nos matarian por nos robar, y que nos rogaba que fuésemos luego á su ciudad y que nos daria de lo que tuviese, y aunque no tan cumplido como nosotros mereciamos y él deseaba; y que puesto que todas las vituallas le entran en su ciudad de acarreo, que mandaria proveernos lo mejor que él pudiese.
Aquesto hacia Montezuma por sacarnos de Tlascala, porque supo que habiamos hecho las amistades que dicho tengo en el capítulo que dello habla, y para ser perfectas habian dado sus hijas á Malinche; porque bien tuvieron entendido que no les podia venir bien ninguna de nuestras confederaciones, y á esta causa nos cebaba con oro y presentes para que fuésemos á sus tierras, á lo ménos porque saliésemos de Tlascala.
Volvamos á decir de los embajadores, que los conocieron bien los de Tlascala, y dijeron á nuestro capitan que todos eran señores de pueblos y vasallos, con quien Montezuma enviaba á tratar cosas de mucha importancia.
Cortés les dió muchas gracias á los embajadores, con grandes caricias y señales de amor que les mostró, y les dió por respuesta que él iria muy presto á ver al señor Montezuma, y les rogó que estuviesen algunos dias allí con nosotros, que en aquella sazon acordó Cortés que fuesen dos de nuestros capitanes, personas señaladas, á ver y hablar al gran Montezuma, é ver la gran ciudad de Méjico y sus grandes fuerzas y fortalezas, é iban ya camino Pedro de Albarado y Bernardino Vazquez de Tapia, y quedaron en rehenes cuatro de aquellos embajadores que habian traido el presente, y otros embajadores del gran Montezuma de los que solian estar con nosotros fueron en su compañía; y porque en aquel tiempo yo estaba mal herido y con calenturas, y harto tenia que curarme, no me acuerdo bien hasta dónde allegaron; mas de que supimos que Cortés habia enviado así á la ventura á aquellos caballeros, y se lo tuvimos á mal consejo, y le retrujimos, y le dijimos que cómo enviaba á Méjico no más de para ver la ciudad y sus fuerzas; que no era buen acuerdo, y que luego los fuesen á llamar que no pasasen más adelante; y les escribió que se volviesen luego.
Demás desto, el Bernardino Vazquez de Tapia ya habia adolecido en el camino de calenturas, y como vieron las cartas, se volvieron; y los embajadores con quien iban dieron relacion dello á su Montezuma, y les preguntó que qué manera de rostros y proporcion de cuerpos llevaban los dos teules que iban á Méjico, y si eran capitanes; y parece ser que les dijeron que el Pedro de Albarado era de muy linda gracia, así en el rostro como en su persona, y que parecia como al sol y que era capitan; y demás desto, se lo llevaron figurado muy al natural su dibujo y cara, y desde entónces le pusieron nombre el Tonacio, que quiere decir el sol, hijo del sol, y así le llamaron de allí adelante, y el Bernardino Vazquez de Tapia dijeron que era hombre robusto y de muy buena disposicion, que tambien era capitan; y al Montezuma le pesó porque se habian vuelto del camino.
Y aquellos embajadores tuvieron razon de comparallos, así en los rostros como en el aspecto de las personas y cuerpos, como lo significaron á su señor Montezuma; porque el Pedro de Albarado era de muy buen cuerpo y ligero, y facciones y presencia, y así en el rostro como en el hablar, en todo era agraciado, que parecia que estaba riendo; y el Bernardino Vazquez de Tapia era algo robusto, puesto que tenia buena presencia; y desque volvieron á nuestro real, nos holgamos con ellos, y les deciamos que no era cosa acertada lo que Cortés les mandaba.
Y dejemos esta materia, pues no hace mucho á nuestra relacion, y diré de los mensajeros que Cortés envió á Cholula, y la respuesta que enviaron.
CAPÍTULO LXXXI.
CÓMO ENVIARON LOS DE CHOLULA CUATRO INDIOS DE POCA VALÍA Á DESCULPARSE POR NO HABER VENIDO Á TLASCALA, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Ya he dicho en el capítulo pasado cómo envió nuestro capitan mensajeros á Cholula para que nos viniesen á ver á Tlascala; é los caciques de aquella ciudad, como entendieron lo que Cortés les mandaba, parecióles que seria bien enviar cuatro indios de poca valía á desculpar é á decir que por estar malos no venian, y no trujeron bastimento ni otra cosa, sino así secamente dieron aquella respuesta; y cuando vinieron aquellos mensajeros estaban presentes los caciques de Tlascala, é dijeron á nuestro capitan que para hacer burla dél y de todos nosotros enviaban los de Cholula aquellos indios, que eran macegales é de poca calidad.
Por manera que Cortés les tornó á enviar luego con otros cuatro indios de Cempoal á decir que viniesen dentro de tres dias hombres principales, pues estaban cuatro leguas de allí, é que si no venian, que los ternia por rebeldes; y que cuando vengan, que les quiere decir cosas que les convienen para salvacion de sus ánimas, y buena política para su buen vivir, y tenellos por amigos y hermanos, como son los de Tlascala, sus vecinos; y que si otra cosa acordaren, y no quieren nuestra amistad, que nosotros no por eso los procurariamos de descomplacer ni enojarles.
Y como oyeron aquella amorosa embajada, respondieron que no habian de venir á Tlascala, porque son sus enemigos, porque saben que han dicho dellos y de su señor Montezuma muchos males, y que vamos á su ciudad y salgamos de los términos de Tlascala; y si no hicieren lo que deben, que los tengamos por tales como les enviamos á decir.
Y viendo nuestro capitan que la excusa que decian era muy justa, acordamos de ir allá; y como los caciques de Tlascala vieron que determinadamente era nuestra ida por Cholula, dijeron á Cortés:
—«Pues que así quieres creer á los mejicanos, y no á nosotros, que somos tus amigos, ya te hemos dicho muchas veces que te guardes de los de Cholula y del poder de Méjico: y para que mejor te puedas ayudar de nosotros, te tenemos aparejados diez mil hombres de guerra que vayan en vuestra compañía.»
Y Cortés les dió muchas gracias por ello, é consultó con todos nosotros que no seria bueno que llevásemos tantos guerreros á tierra que habiamos de procurar amistades, é que seria bien que llevásemos dos mil, y estos les demandó, y que los demás que se quedasen en sus casas.
É dejemos esta plática, y diré de nuestro camino.
CAPÍTULO LXXXII.
CÓMO FUIMOS Á LA CIUDAD DE CHOLULA, Y DEL GRAN RECEBIMIENTO QUE NOS HICIERON.
Una mañana comenzamos á marchar por nuestro camino para la ciudad de Cholula, é íbamos con el mayor concierto que podiamos; porque, como otras veces he dicho, adonde esperábamos haber revueltas ó guerras nos apercebiamos muy mejor, é aquel dia fuimos á dormir á un rio que pasa obra de una legua chica de Cholula, adonde está hecha ahora una puente de piedra, é allí nos hicieron unas chozas é ranchos; y esa noche enviaron los caciques de Cholula mensajeros, hombres principales, á darnos el parabien venidos á sus tierras, y trujeron bastimentos de gallinas y pan de su maíz, é dijeron que en la mañana vendrian todos los caciques y papas á nos recebir é á que les perdonasen porque no habian salido luego; y Cortés les dijo con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar que se lo agradecia, así por el bastimento que traian como por la buena voluntad que mostraban; é allí dormimos aquella noche con buenas velas y escuchas y corredores del campo.
Y como amaneció, comenzamos á caminar hácia la ciudad; é yendo por nuestro camino, ya cerca de la poblacion nos salieron á recebir los caciques y papas y otros muchos indios, é todos los más traian vestidas unas ropas de algodon de hechura de marlotas, como las traian los indios capotecas; y esto digo á quien las ha visto y ha estado en aquella provincia, porque en aquella ciudad así se usan; é venian muy de paz y de buena voluntad, y los papas traian braseros con incienso, con que zahumaron á nuestro capitan é á los soldados que cerca dél nos hallamos.
É parece ser aquellos papas y principales, como vieron los indios tlascaltecas que con nosotros venian, dijéronselo á doña Marina que se lo dijese á Cortés, que no era bien que de aquella manera entrasen sus enemigos con armas en su ciudad; y como nuestro capitan lo entendió, mandó á los capitanes y soldados y el fardaje que reparásemos; y como nos vió juntos é que no caminaba ninguno, dijo:
—«Paréceme, señores, que ántes que entremos en Cholula que demos un tiento con buenas palabras á estos caciques é papas, é veamos qué es su voluntad; porque vienen murmurando destos nuestros amigos de Tlascala, y tienen mucha razon en lo que dicen; é con buenas palabras les quiero dar á entender la causa por que veniamos á su ciudad. Y porque ya, señores, habeis entendido lo que nos han dicho los tlascaltecas, que son bulliciosos, será bien que por bien dén la obediencia á su majestad, y esto me parece que conviene.»
Y luego mandó á doña Marina que llamase á los caciques y papas allí donde estaba á caballo, é todos nosotros juntos con Cortés; y luego vinieron tres principales y dos papas, y dijeron:
—«Malinche, perdonadnos porque no fuimos á Tlascala á te ver y llevar comida, y no por falta de voluntad, sino porque son nuestros enemigos Masse-Escaci y Xicotenga é toda Tlascala, é porque han dicho muchos males de nosotros é del gran Montezuma, nuestro señor, que no basta lo que han dicho, sino que ahora tengan atrevimiento con vuestro favor de venir con armas á nuestra ciudad.»
Y que le piden por merced que les mande volver á sus tierras ó á lo ménos que se queden en el campo é que no entren de aquella manera en su ciudad, é que nosotros que vamos mucho en buen hora.
É como el capitan vió la razon que tenia, mandó luego á Pedro de Albarado é al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, que rogasen á los tlascaltecas que allí en el campo hiciesen sus ranchos y chozas, é que no entrasen con nosotros sino los que llevaban artillería y nuestros amigos los de Cempoal, y les dijesen la causa porque se mandaba, porque todos aquellos caciques y papas se temen dellos; é que cuando hubiéremos de pasar de Cholula para Méjico que los enviaria á llamar, é que no lo hayan por enojo; y como los de Cholula vieron lo que Cortés mandó, parecia que estaban más sosegados, y les comenzó Cortés á hacer un parlamento: diciendo que nuestro Rey y señor, cuyos vasallos somos, tiene grandes poderes y tiene debajo de su mando á muchos grandes Príncipes y caciques, y que nos envió á estas tierras á les notificar y mandar que no adoren ídolos, ni sacrifiquen hombres ni coman de sus carnes, ni hagan sodomías ni otras torpedades; é que por ser el camino por allí para Méjico, adonde vamos á hablar al gran Montezuma, y por no haber otro más cercano, venimos por su ciudad, y tambien para tenellos por hermanos; é que pues otros grandes caciques han dado la obediencia á su Majestad, que será bien que ellos la dén, como los demás.
É respondieron que aún no habemos entrado en su tierra é ya les mandamos dejar sus teules, que así llaman á sus ídolos, que no lo pueden hacer; y dar la obediencia á ese vuestro Rey que decis, les place; y así, la dieron de palabra y no ante escribano.
Y esto hecho, luego comenzamos á marchar para la ciudad, y era tanta la gente que nos salia á ver, que las calles é azuteas estaban llenas; é no me maravillo dello, porque no habian visto hombres como nosotros, ni caballos, y nos llevaron á aposentar á unas grandes salas, en que estuvimos todos é nuestros amigos los de Cempoal y los tlascaltecas que llevaron el fardaje, y nos dieron de comer aquel dia é otro muy bien é abastadamente.
É quedarse há aquí, y diré lo que más pasamos.
CAPÍTULO LXXXIII.
CÓMO TENIAN CONCERTADO EN ESTA CIUDAD DE CHOLULA DE NOS MATAR POR MANDADO DE MONTEZUMA, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Habiéndonos recibido tan solemnemente como habemos dicho, é ciertamente de buena voluntad, sino que segun despues pareció, envió á mandar Montezuma á sus embajadores que con nosotros estaban, que tratasen con los de Cholula que con un escuadron de veinte mil hombres que envió Montezuma, que estuviesen apercebidos para en entrando en aquella ciudad, que todos nos diesen guerra, y de noche y de dia nos acapillasen, é los que pudiesen llevar atados de nosotros á Méjico, que se los llevasen; é con grandes prometimientos que les mandó, y muchas joyas y ropa que entónces les envió, é un atambor de oro; é á los papas de aquella ciudad que habian de tomar veinte de nosotros para hacer sacrificios á sus ídolos; pues ya todo concertado, y los guerreros que luego Montezuma envió estaban en unos ranchos é arcabuezos obra de media legua de Cholula, y otros estaban ya dentro en las casas, y todos puestos á punto con sus armas, hechos mamparos en las azuteas, y en las calles hoyos é albarradas para que no pudiesen correr los caballos, y aun tenian unas casas llenas de varas largas y colleras de cueros, é cordeles con que nos habian de atar é llevarnos á Méjico.
Mejor lo hizo Nuestro Señor Dios, que todo se les volvió al revés; é dejémoslo ahora, é volvamos á decir que, así como nos aposentaron como dicho hemos, é nos dieron muy bien de comer los dias primeros, é puesto que los viamos que estaban muy de paz, no dejábamos siempre de estar muy apercebidos, por la buena costumbre que en ello teniamos, é al tercero dia ni nos daban de comer ni parecia cacique ni papa; é si algunos indios nos venian á ver, estaban apartados, que no llegaban á nosotros; é riéndose como cosa de burla; é como aquello vió nuestro capitan, dijo á doña Marina é Aguilar, nuestras lenguas, que dijese á los embajadores del gran Montezuma, que allí estaban, que mandasen á los caciques traer de comer; é lo que traian era agua y leña, y unos viejos que lo traian decian que no tenian maíz, é que en aquel dia vinieron otros embajadores del Montezuma, é se juntaron con los que estaban con nosotros, é dijeron muy desvergonzadamente é sin hacer acato, que su señor les enviaba á decir que no fuésemos á su ciudad, porque no tenia qué darnos de comer, é que luego se querian volver á Méjico con la respuesta; é como aquello vió Cortés, le pareció mal su plática, é con palabras blandas dijo á los embajadores que se maravillaba de tan gran señor como es Montezuma, tener tantos acuerdos, é que les rogaba que no se fuesen, porque otro dia se querian partir para velle é hacer lo que mandase, y aun me parece que les dió unos sartalejos de cuentas; y los embajadores dijeron que sí aguardarian; y hecho esto, nuestro capitan nos mandó juntar, y nos dijo:
—«Muy desconcertada veo esta gente, estemos muy alerta, que alguna maldad hay entre ellos.»