Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 2

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Salimos en tierra poco más de medio dia, y habria una legua desde el pueblo hasta donde desembarcamos, y estaban unos pozos y maizales, y caserías de cal y canto. Llámase este pueblo Potonchan, y henchimos nuestras pipas de agua; mas no las pudimos llevar ni meter en los bateles, con la mucha gente de guerra que cargó sobre nosotros; y quedarse ha aquí, y adelante diré las guerras que nos dieron.

CAPÍTULO IV.

CÓMO DESEMBARCAMOS EN UNA BAHÍA DONDE HABIA MAIZALES, CERCA DEL PUERTO DE POTONCHAN, Y DE LAS GUERRAS QUE NOS DIERON.

Y estando en las estancias y maizales por mí ya dichas, tomando nuestra agua, vinieron por la costa muchos escuadrones de indios del pueblo de Potonchan (que así se dice), con sus armas de algodon que les daba á la rodilla, y con arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y espadas hechas á manera de montantes de á dos manos, y hondas y piedras, y con sus penachos de los que ellos suelen usar, y las caras pintadas de blanco y prieto enalmagrados; y venian callando, y se vienen derechos á nosotros, como que nos venian á ver de paz, y por señas nos dijeron que si veniamos de donde sale el sol, y las palabras formales segun nos hubieron dicho los de Lázaro, _Castilan, Castilan_, y respondimos por señas que de donde sale el sol veniamos. Y entónces paramos en las mieses y en pensar qué podia ser aquella plática, porque los de San Lázaro nos dijeron lo mismo; mas nunca entendimos al fin que lo decian.

Seria cuando esto pasó y los indios se juntaban, á la hora de las Ave-Marías, y fuéronse á unas caserías, y nosotros pusimos velas y escuchas y buen recaudo, porque no nos pareció bien aquella junta de aquella manera.

Pues estando velando todos juntos, oimos venir, con el gran ruido y estruendo que traian por el camino, muchos indios de otras sus estancias y del pueblo, y todos de guerra, y desque aquello sentimos, bien entendido teniamos que no se juntaban para hacernos ningun bien, y entramos en acuerdo con el capitan qué es lo que hariamos; y unos soldados daban por consejo que nos fuésemos luego á embarcar; y como en tales casos suele acaecer, unos dicen uno y otros dicen otro, hubo parecer que si nos fuéramos á embarcar, que como eran muchos indios, darian en nosotros y habria mucho riesgo de nuestras vidas; y otros éramos de acuerdo que diésemos en ellos esa noche; que, como dice el refran, quien acomete, vence; y por otra parte veiamos que para cada uno de nosotros habia trescientos indios.

Y estando en estos conciertos amaneció, y dijimos unos soldados á otros que tuviésemos confianza en Dios, y corazones muy fuertes para pelear, y despues de nos encomendar á Dios, cada uno hiciese lo que pudiese para salvar las vidas.

Ya que era de dia claro vimos venir por la costa muchos más escuadrones guerreros con sus banderas tendidas, y penachos y atambores, y con arcos y flechas, y lanzas y rodelas, y se juntaron con los primeros que habian venido la noche ántes; y luego, hechos sus escuadrones, nos cercan por todas partes, y nos dan tal rociada de flechas y varas, y piedras con sus hondas, que hirieron sobre ochenta de nuestros soldados, y se juntaron con nosotros pié con pié, unos con lanzas, y otros flechando, y otros con espadas de navajas de arte, que nos traian á mal andar, puesto que les dábamos buena priesa de estocadas y cuchilladas, y las escopetas y ballestas que no paraban, unas armando y otras tirando; y ya que se apartaban algo de nosotros, desque sentian las grandes estocadas y cuchilladas que les dábamos, no era léjos, y esto fué para mejor flechar y tirar al terrero á su salvo; y cuando estábamos en esta batalla, y los indios se apellidaban, decian en su lengua, _al Calachoni_, _al Calachoni_, que quiere decir que matasen al capitan; y le dieron doce flechazos, y á mí me dieron tres, y uno de los que me dieron, bien peligroso, en el costado izquierdo, que me pasó á lo hueco, y á otros de nuestros soldados dieron grandes lanzadas, y á dos llevaron vivos, que se decia el uno Alonso Bote y el otro era un portugués viejo.

Pues viendo nuestro capitan que no bastaba nuestro buen pelear, y que nos cercaban muchos escuadrones, y venian más de refresco del pueblo, y les traian de comer y beber y muchas flechas, y nosotros todos heridos, y otros soldados atravesados los gaznates, y nos habia muerto ya sobre cincuenta soldados; y viendo que no teniamos fuerzas, acordamos con corazones muy fuertes romper por medio de sus batallones, y acogernos á los bateles que teniamos en la costa, que fué buen socorro, y hechos todos nosotros un escuadron, rompimos por ellos; pues oir la grita y silbos y vocería y priesa que nos daban de flecha y á mantiniente con sus lanzas, hiriendo siempre en nosotros.

Pues otro daño tuvimos, que, como nos acogimos de golpe á los bateles y éramos muchos, íbanse á fondo, y como mejor pudimos, asidos á los bordes, medio nadando entre dos aguas, llegamos al navío de ménos porte, que estaba cerca, que ya venia á gran priesa á nos socorrer, y al embarcar hirieron muchos de nuestros soldados, en especial á los que iban asidos en las popas de los bateles, y les tiraban al terrero, y entraron en la mar con las lanchas y daban á mantiniente á nuestros soldados, y con mucho trabajo quiso Dios que escapamos con las vidas de poder de aquella gente.

Pues ya embarcados en los navíos, hallamos que faltaban cincuenta y siete compañeros, con los dos que llevaron vivos, y con cinco que echamos en la mar, que murieron de las heridas y de la gran sed que pasaron.

Estuvimos peleando en aquellas batallas poco más de media hora. Llámase este pueblo Potonchan, y en las cartas del marear le pusieron por nombre los pilotos y marineros _Bahía de Mala Pelea_.

Y desque nos vimos salvos de aquellas refriegas, dimos muchas gracias á Dios; y cuando se curaban las heridas los soldados, se quejaban mucho del dolor dellas, que como estaban resfriadas con el agua salada, y estaban muy hinchadas y dañadas, algunos de nuestros soldados maldecian al piloto Anton Alaminos y á su descubrimiento y viaje, porque siempre porfiaba que no era tierra firme, sino isla; donde los dejaré ahora, y diré lo que más nos acaeció.

CAPÍTULO V.

CÓMO ACORDAMOS DE NOS VOLVER Á LA ISLA DE CUBA, Y DE LA GRAN SED Y TRABAJOS QUE TUVIMOS HASTA LLEGAR AL PUERTO DE LA HABANA.

Desque nos vimos embarcados en los navíos de la manera que dicho tengo, dimos muchas gracias á Dios, y despues de curados los heridos (que no quedó hombre ninguno de cuantos allí nos hallamos que no tuviesen á dos y á tres y á cuatro heridas, y el capitan con doce flechazos; sólo un soldado quedó sin herir), acordamos de nos volver á la isla de Cuba; y como estaban tambien heridos todos los más de los marineros que saltaron en tierra con nosotros, que se hallaron en las peleas, no teniamos quien marchase las velas, y acordamos que dejásemos el un navío, el de ménos porte, en la mar, puesto fuego, despues de sacadas dél las velas y anclas y cables, y repartir los marineros que estaban sin heridas en los dos navíos de mayor porte; pues otro mayor daño teniamos, que fué la gran falta de agua; porque las pipas y vasijas que teniamos llenas en Champoton, con la grande guerra que nos dieron y priesa de nos acoger á los bateles no se pudieron llevar, que allí se quedaron, y no sacamos ninguna agua. Digo que tanta sed pasamos, que en las lenguas y bocas teniamos grietas de la secura, pues otra cosa ninguna para refrigerio no habia.

¡Oh qué cosa tan trabajosa es ir á descubrir tierras nuevas, y de la manera que nosotros nos aventuramos! No se puede ponderar sino los que han pasado por aquestos excesivos trabajos en que nosotros nos vimos.

Por manera que con todo esto íbamos navegando muy allegados á tierra, para hallarnos en paraje de algun rio ó bahía para tomar agua, y al cabo de tres dias vimos uno como ancon, que parecia rio ó estero, que creimos tener agua dulce, y saltaron en tierra quince marineros de los que habian quedado en los navíos, y tres soldados que estaban más sin peligro de los flechazos, y llevaron azadones y tres barriles para traer agua; y el estero era salado, é hicieron pozos en la costa, y era tan amargosa y salada agua como la del estero; por manera que, mala como era, trujeron las vasijas llenas, y no habia hombre que la pudiese beber del amargor y sal, y á dos soldados que la bebieron dañó los cuerpos y las bocas. Habia en aquel estero muchos y grandes lagartos, y desde entónces se puso por nombre _el estero de los Lagartos_, y así está en las cartas del marear.

Dejemos esta plática, y diré que entre tanto que fueron los bateles por el agua, se levantó un viento nordeste tan deshecho, que íbamos garrando á tierra con los navíos; y como en aquella costa es travesía y reina siempre norte y nordeste, estuvimos en muy gran peligro por falta de cable; y como lo vieron los marineros que habian ido á tierra por el agua, vinieron muy más que de paso con los bateles, y tuvieron tiempo de echar otras anclas y maromas, y estuvieron los navíos seguros dos dias y dos noches; y luego alzamos anclas y dimos vela, siguiendo nuestro viaje para nos volver á la isla de Cuba.

Parece ser el piloto Alaminos se concertó y aconsejó con los otros dos pilotos que desde aquel paraje donde estábamos atravesásemos á la Florida, porque hallaban por sus cartas y grados y alturas que estaria de allí obra de setenta leguas, y que despues, puestos en la Florida, dijeron que era mejor viaje é más cercana navegacion para ir á la Habana que no la derrota por donde habiamos primero venido á descubrir; y así fué como el piloto dijo; porque, segun yo entendí, habia venido con Juan Ponce de Leon á descubrir la Florida, habia diez ó doce años ya pasados.

Volvamos á nuestra materia: que atravesando aquel golfo, en cuatro dias que navegamos vimos la tierra de la misma Florida; y lo que en ella nos acaeció diré adelante.

CAPÍTULO VI.

CÓMO DESEMBARCARON EN LA BAHÍA DE LA FLORIDA VEINTE SOLDADOS, Y CON NOSOTROS EL PILOTO ALAMINOS, PARA BUSCAR AGUA, Y DE LA GUERRA QUE ALLÍ NOS DIERON LOS NATURALES DE AQUELLA TIERRA, Y LO QUE MÁS PASÓ HASTA VOLVER Á LA HABANA.

Llegados á la Florida acordamos que saliesen en tierra veinte soldados de los que teniamos más sanos de las heridas: yo fuí con ellos y tambien el piloto Anton de Alaminos, y sacamos las vasijas que habia, y azadones, y nuestras ballestas y escopetas; y como el capitan estaba muy mal herido, y con la gran sed que pasaba muy debilitado, nos rogó que por amor de Dios que en todo caso le trujésemos agua dulce, que se secaba y moria de sed; porque el agua que habia era muy salada y no se podia beber, como otra vez ya dicho tengo.

Llegados que fuimos á tierra, cerca de un estero que entraba en la mar, el piloto reconoció la costa y dijo que habia diez ó doce años que habia estado en aquel paraje, cuando vino con Juan Ponce de Leon á descubrir aquellas tierras, y allí le habian dado guerra los indios de aquella tierra, y que les habian muerto muchos soldados, y que á esta causa estuviésemos muy sobre aviso apercebidos, porque vinieron en aquel tiempo que dicho tiene muy de repente los indios cuando le desbarataron; y luego pusimos por espías dos soldados en una playa que se hacia muy ancha, é hicimos pozos muy hondos donde nos pareció haber agua dulce, porque en aquella sazon era menguante la marea; y quiso Dios que topásemos muy buena agua, y con el alegría, y por hartarnos della y lavar paños para curar las heridas, estuvimos espacio de una hora; y ya que queriamos venir á embarcar con nuestra agua muy gozosos, vimos venir al un soldado de los que habiamos puesto en la playa dando muchas voces diciendo:

—«Al arma, al arma; que vienen muchos indios de guerra por tierra y otros en canoas por el estero.»

Y el soldado dando voces, é venia corriendo, y los indios llegaron casi á la par con el soldado contra nosotros, y traian arcos muy grandes y buenas flechas y lanzas, y unas á manera de espadas, y vestidos de cueros de venados, y eran de grandes cuerpos, y se vinieron derechos á nos flechar, é hirieron luego seis de nuestros compañeros, y á mí me dieron un flechazo en el brazo derecho de poca herida; y dímosles tanta priesa de estocadas y cuchilladas y con las escopetas y ballestas, que nos dejan á nosotros los que estábamos tomando agua de los pozos, y van á la mar y estero á ayudar á sus compañeros los que venian en las canoas donde estaba nuestro batel con los marineros, que tambien andaban peleando pié con pié con los indios de las canoas, y aun les tenian ya tomado el batel y le llevaban por el estero arriba con sus canoas, y habian herido á cuatro marineros, y al piloto Alaminos le dieron una mala herida en la garganta; y arremetimos á ellos, el agua más que á la cinta, y á estocadas les hicimos soltar el batel, y quedaron tendidos y muertos en la costa y en el agua veintidos de ellos, y tres prendimos, que estaban heridos poca cosa, que se murieron en los navíos.

Despues desta refriega pasada, preguntamos al soldado que pusimos por vela qué se hizo su compañero Berrio (que así se llamaba); dijo que lo vió apartar con una hacha en las manos para cortar un palmito, y que fué hácia el estero por donde habian venido los indios de guerra, y que oyó voces de español, y que por aquellas voces vino de presto á dar mandado á la mar, y que entónces le debieran de matar; el cual soldado solamente él habia quedado sin ninguna herida en lo de Potonchan, y quiso su ventura que vino allí á fenecer; y luego fuimos en busca de nuestro soldado por el rastro que habian traido aquellos indios que nos dieron guerra, y hallamos una palma que habia comenzado á cortar, y cerca della mucha huella en el suelo, más que en otras partes; por donde tuvimos por cierto que le llevaron vivo, porque no habia rastro de sangre, y anduvimos buscándole á una parte y á otra más de una hora, y dimos voces, y sin más saber de él nos volvimos á embarcar en el batel y llevamos á los navíos el agua dulce, con que se alegraron todos los soldados, como si entónces les diéramos las vidas; y un soldado se arrojó desde el navío en el batel con la gran sed que tenia, tomó una botija á pechos, y bebió tanta agua, que della se hinchó y murió.

Pues ya embarcados con nuestra agua y metidos nuestros bateles en los navíos, dimos vela para la Habana, y pasamos aquel dia y la noche que hizo buen tiempo junto de unas isletas que llaman los Mártires, que son unos bajos que así los llaman, _los bajos de los Mártires_.

Íbamos en cuatro brazas lo más hondo, y tocó la nao capitana entre unas como isletas é hizo mucha agua; que con dar todos los soldados que íbamos á la bomba no podiamos estancar, é íbamos con temor no nos anegásemos.

Acuérdome que traiamos allí con nosotros á unos marineros levantiscos, y les deciamos:

—«Hermanos, ayudad á sacar la bomba, pues veis que estamos muy mal heridos y cansados de la noche y el dia, porque nos vamos á fondo.»

Y respondian los levantiscos:

—«Facételo vos, pues no ganamos sueldo, sino hambre y sed y trabajos y heridas, como vosotros.»

Por manera que les haciamos dar á la bomba aunque no querian, y malos heridos como íbamos, mareábamos las velas y dábamos á la bomba, hasta que nuestro Señor Jesucristo nos llevó á Puerto de Carenas, donde ahora está poblada la villa de la Habana, que en otro tiempo Puerto de Carenas se solia llamar, y no Habana.

Y cuando nos vimos en tierra dimos muchas gracias á Dios, y luego se tomó el agua de la capitana un buzano portugués que estaba en otro navío en aquel puerto, y escribimos á Diego Velazquez, gobernador de aquella isla, muy en posta, haciéndole saber que habiamos descubierto tierras de grandes poblaciones y casas de cal y canto, y las gentes naturales dellas andaban vestidos de ropa de algodon y cubiertas sus vergüenzas, y tenian oro y labranzas de maizales; y desde la Habana se fué nuestro capitan Francisco Hernandez por tierra á la villa de Santispíritus, que así se dice, donde tenia su encomienda de indios; y como iba mal herido, murió dende allí á diez dias que habia llegado á su casa; y todos los demás soldados nos desparecimos, y nos fuimos unos por una parte y otros por otra de la isla adelante; y en la Habana se murieron tres soldados de las heridas, y los navíos fueron á Santiago de Cuba, donde estaba el gobernador, y desque hubieron desembarcado los dos indios que hubimos en la Punta de Cotoche, que ya he dicho que se decian Melchorillo y Julianillo, y en el arquilla con las diademas y ánades y pescadillos, y con los ídolos de oro, que aunque era bajo y poca cosa, sublimábanlo de arte, que en todas las islas de Santo Domingo y en Cuba y aun en Castilla llegó la fama dello, y decian que otras tierras en el mundo no se habian descubierto mejores, ni casas de cal y canto; y como vió los ídolos de barro y de tantas maneras de figuras, decian que eran del tiempo de los gentiles; otros decian que eran de los indios que desterró Tito y Vespasiano de Jerusalen, y que habian aportado con los navíos rotos en que les echaron en aquella tierra; y como en aquel tiempo no era descubierto el Perú, teníase en mucha estima aquella tierra.

Pues otra cosa preguntaba el Diego Velazquez á aquellos indios, que si habia minas de oro en su tierra; y á todos les respondian que sí, y les mostraban oro en polvo de lo que sacaban en la isla de Cuba, y decian que habia mucho en su tierra, y no le decian verdad, porque claro está que en la Punta de Cotoche ni en todo Yucatan no es donde hay minas de oro; y asimismo les mostraban los indios los montones que hacen de tierra, donde ponen y siembran las plantas de cuyas raices hacen el pan cazabe, y llámanse en la isla de Cuba yuca, y los indios decian que las habia en su tierra, y decian _Tale_, por la tierra, que así se llama la en que las plantaban; de manera que yuca con tale, quiere decir Yucatan.

Decian los españoles que estaban hablando con el Diego Velazquez y con los indios:

—«Señor, estos indios dicen que su tierra se llama Yucatan.»

Y así se quedó con este nombre, que en propia lengua no se dice así.

Por manera que todos soldados que fuimos á aquel viaje á descubrir gastamos los bienes que teniamos, y heridos y pobres volvimos á Cuba, y aun lo tuvimos á buena dicha haber vuelto, y no quedar muertos con los demás mis compañeros; y cada soldado tiró por su parte, y el capitan (como tengo dicho) luego murió, y estuvimos muchos dias en curarnos los heridos, y por nuestra cuenta hallamos que se murieron al pié de sesenta soldados, y esta ganancia trujimos de aquella entrada y descubrimiento.

Y Diego Velazquez escribió á Castilla á los señores que aquel tiempo mandaban en las cosas de Indias, que él lo habia descubierto, y gastado en descubrillo mucha cantidad de pesos de oro, y así lo decia D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, que así se nombraba, que era como presidente de Indias, y lo escribió á S. M. á Flandes, dando mucho favor y loor del Diego Velazquez, y no hizo mencion de ninguno de nosotros los soldados que lo descubrimos á nuestra costa.

Y quedarse ha aquí, y diré adelante los trabajos que me acaecieron á mí y á tres soldados.

CAPÍTULO VII.

DE LOS TRABAJOS QUE TUVE HASTA LLEGAR Á UNA VILLA QUE SE DICE LA TRINIDAD.

Ya he dicho que nos quedamos en la Habana ciertos soldados que no estábamos sanos de los flechazos, y para ir á la villa de la Trinidad, ya que estábamos mejores, acordamos de nos concertar tres soldados con un vecino de la misma Habana, que se decia Pedro de Ávila, que iba asimismo á aquel viaje en una canoa por la mar por la banda del Sur, y llevaba la canoa cargada de camisetas de algodon, que iba á vender á la villa de la Trinidad.

Ya he dicho otras veces que canoas son de hechura de artesas grandes, cavadas y huecas, y en aquellas tierras con ellas navegan costa á costa; y el concierto que hicimos con Pedro de Ávila fué que dariamos diez pesos de oro porque fuésemos en su canoa.

Pues yendo por la costa adelante, á veces remando y á ratos á la vela, ya que habiamos navegado once dias en pareje de un pueblo de indios de paz que se dice Canarreon, que era término de la villa de la Trinidad, se levantó un tan recio viento de noche, que no nos pudimos sustentar en la mar con la canoa, por bien que remábamos todos nosotros; y el Pedro de Ávila y unos indios de la Habana y unos remeros muy buenos que traiamos hubimos de dar al través entre unos ceborucos, que los hay muy grandes en aquella costa; por manera que se nos quebró la canoa y el Ávila perdió su hacienda, y todos salimos descalabrados de los golpes de los ceborucos y desnudos de carnes; porque para ayudarnos que no se quebrase la canoa y poder mejor nadar, nos apercebimos de estar sin ropa ninguna, sino desnudos.

Pues ya escapados con las vidas de entre aquellos ceborucos, para nuestra villa de la Trinidad no habia camino por la costa, sino malos paises y ceborucos, que así se dicen, que son las piedras con unas puntas que salen dellas que pasan las plantas de los piés, y sin tener qué comer.

Pues como las olas que reventaban de aquellos grandes ceborucos nos embestian, y con el gran viento que hacia llevábamos hechas grietas en las partes ocultas que corria sangre dellas, aunque nos habiamos puesto delante muchas hojas de árboles y otras yerbas que buscamos para nos tapar.

Pues como por aquella costa no podiamos caminar por causa que se nos hincaban por las plantas de los piés aquellas puntas y piedras de los ceborucos, con mucho trabajo nos metimos en un monte, y con otras piedras que habia en el monte cortamos cortezas de árboles, que pusimos por suelas, atadas á los piés con unas que parecen cuerdas delgadas, que llaman bejucos, que nacen entre los árboles; que espadas no sacamos ninguna, y atamos los piés y cortezas de los árboles con ello lo mejor que pudimos, y con gran trabajo salimos á una playa de arena.

Y de ahí á dos dias que caminamos llegamos á un pueblo de indios que se decia Yaguarama, el cual era en aquella sazon del padre fray Bartolomé de las Casas, que era Clérigo Presbítero, y despues le conocí fraile dominico, y llegó á ser Obispo de Echiapa; y los indios de aquel pueblo nos dieron de comer.

Y otro dia fuimos hasta otro pueblo que se decia Chipiona, que era de un Alonso de Ávila é de un Sandoval (no digo del capitan Sandoval el de la Nueva-España), y desde allí á la Trinidad; y un amigo mio, que se decia Antonio de Medina, me remedió de vestidos, segun que en la villa se usaban, y así hicieron á mis compañeros otros vecinos de aquella villa; y desde allí con mi pobreza y trabajos me fuí á Santiago de Cuba, adonde estaba el gobernador Diego Velazquez, el cual andaba dando mucha priesa en enviar otra armada; y cuando le fuí á besar las manos, que éramos algo deudos, él se holgó conmigo, y de unas pláticas en otras me dijo que si estaba bueno de las heridas, para volver á Yucatan.

É yo riyendo le respondí que quién le puso nombre Yucatan; que allí no le llaman así. É dijo:

—«Melchorejo, el que trujistes, lo dice.»

É yo dije:

—«Mejor nombre seria la tierra donde nos mataron la mitad de los soldados que fuimos, y todos los demás salimos heridos.»

É dijo:

—«Bien sé que pasastes muchos trabajos, y así es á los que suelen descubrir tierras nuevas y ganar honra, é su majestad os lo gratificará, é yo así se lo escribiré; é ahora, hijo, id otra vez en la armada que hago, que yo haré que os hagan mucha honra.»

Y diré lo que pasó.

CAPÍTULO VIII.

CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, ENVIÓ OTRA ARMADA Á LA TIERRA QUE DESCUBRIMOS.

En el año de 1518 años, viendo Diego Velazquez, gobernador de Cuba, la buena relacion de las tierras que descubrimos, que se dice Yucatan, ordenó enviar una armada, y para ella se buscaron cuatro navíos; los dos fueron los que hubimos comprado los soldados que fuimos en compañía del capitan Francisco Hernandez de Córdoba á descubrir á Yucatan (segun más largamente lo tengo escrito en el descubrimiento), y los otros dos navíos compró el Diego Velazquez de sus dineros.