Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 19

Chapter 194,090 wordsPublic domain

Como los caciques vieron que comenzaba á ir nuestro fardaje camino de su ciudad, luego se fueron adelante para mandar que todo estuviese aparejado para nos recebir y para tener los aposentos muy enramados; é ya que llegábamos á un cuarto de legua de la ciudad, sálennos á recebir los mismos caciques que se habian adelantado, y traen consigo sus hijas y sobrinas y muchos principales, cada parentela y bando y parcialidad por sí; porque en Tlascala habia cuatro parcialidades, sin las de Tecapaneca, señor de Tepoyanco, que eran cinco; y tambien vinieron de todos los lugares sus sugetos, y traian sus libreas diferenciadas, que aunque eran de nequen, eran muy primas y de buenas labores y pinturas, porque algodon no lo alcanzaban.

Y luego vinieron los papas de toda la provincia, que habia muchos por los grandes adoratorios que tenian; que ya he dicho que entre ellos se llama cues, que son donde tienen sus ídolos y sacrifican; y traian aquellos papas braseros con brasas, y con sus inciensos zahumando á todos nosotros, y traian vestidos algunos dellos ropas muy largas á manera de sobrepellices, y eran blancas y traian capillas en ellos, como que querian parecer á las que traen los canónigos, como ya lo tengo dicho, y los cabellos muy largos y enredados, que no se pueden desparcir si no se cortan, y llenos de sangre que les salian de las orejas, que en aquel dia se habian sacrificado; y abajaban las cabezas como á manera de humildad cuando nos vieron, y traian las uñas de los dedos de las manos muy largas; é oimos decir que aquellos papas tenian por religiosos y de buena vida, y junto á Cortés se allegaron muchos principales acompañándole; y como entramos en lo poblado no cabian por las calles y azuteas, de tantos indios é indias que nos salian á ver con rostros muy alegres, y trujeron obra de veinte piñas hechas de muchas rosas de la tierra, diferenciadas las colores y de buenos olores, y las dieron á Cortés y á los demás soldados que les parecian capitanes, especial á los de á caballo; y como llegamos á unos buenos patios adonde estaban los aposentos, tomaron luego por la mano á Cortés, Xicotenga el viejo y Masse-Escaci, y le meten en los aposentos, y allí tenian aparejado para cada uno de nosotros á su usanza unas camillas de esteras y mantas de nequen; y tambien se aposentaron los amigos que traiamos de Cempoal y de Cocotlan cerca de nosotros; y mandó Cortés que los mensajeros del gran Montezuma se aposentasen junto con su aposento.

Y puesto que estábamos en tierra que viamos claramente que estaban de buenas voluntades y muy de paz, no nos descuidamos de estar muy apercebidos, segun teniamos de costumbre; y parece ser que nuestro capitan, á quien cabia el cuarto de poner corredores del campo y espías y velas, dijo á Cortés:

—«Parece, señor, que están muy de paz, y no habemos menester tanta guarda ni estar tan recatados como solemos.»

—«Mirar, señores, bien veo lo que decis; mas por la buena costumbre hemos de estar apercebidos, que aunque sean muy buenos, no habemos de creer en su paz, sino como si nos quisiesen dar guerra y los viésemos venir á encontrar con nosotros; que muchos capitanes por se confiar y descuidar fueron desbaratados, especialmente nosotros, como somos tan pocos, y habiéndonos enviado á avisar el gran Montezuma, puesto que sea fingido, y no verdad, hemos de estar muy alerta.»

Dejemos de hablar de tantos cumplimientos é órden como teniamos en nuestras velas y guardas, y volvamos á decir cómo Xicotenga el viejo y Masse-Escaci, que eran grandes caciques, se enojaron mucho con Cortés, y le dijeron con nuestras lenguas:

—«Malinche, ó tú nos tienes por enemigos ó no muestras obras en lo que te vemos hacer, que no tienes confianza de nuestras personas y en las paces que nos has dado y nosotros á tí; y esto te decimos porque vemos que así os velais y venis por los caminos apercebidos como cuando veníais á encontrar con nuestros escuadrones; y esto, Malinche, creemos que lo haces por las traiciones y maldades que los mejicanos te han dicho en secreto para que estés mal con nosotros: mira no los creas; que ya aquí estás y te daremos todo lo que quisieres, hasta nuestras personas y hijos, y moriremos por vosotros; por eso demanda en rehenes todo lo que quisieres y fuere tu voluntad.»

Y Cortés y todos nosotros estábamos espantados de la gracia y amor con que lo decian; y Cortés les respondió con doña Marina que así lo tiene creido, é que no ha menester rehenes, sino ver sus muy buenas voluntades; y que en cuanto á venir apercebidos, que siempre lo teniamos de costumbre y que no lo tuviesen á mal; y por todos los ofrecimientos se lo tenia en merced y se lo pagaria el tiempo andando.

Y pasadas estas pláticas, vienen otros principales con gran aparato de gallinas y pan de maíz y tunas, y otras cosas de legumbres que habia en la tierra, y bastecen el real muy cumplidamente, que en veinte dias que allí estuvimos todo lo hubo sobrado; y entramos en esta ciudad á 23 dias del mes de Setiembre de 1519 años; é quedaráse aquí, y diré lo que más pasó.

CAPÍTULO LXXVI.

CÓMO SE DIJO MISA ESTANDO PRESENTES MUCHOS CACIQUES, Y DE UN PRESENTE QUE TRAJERON LOS CACIQUES VIEJOS.

Otro dia de mañana mandó Cortés que se pusiese un altar para que se dijese Misa, porque ya teniamos vino é hostias; la cual Misa dijo el clérigo Juan Diaz, porque el padre de la Merced estaba con calenturas y muy flaco, y estando presente Masse-Escaci el viejo y Xicotenga y otros caciques; y acabada la Misa, Cortés se entró en su aposento, y con él parte de los soldados que le soliamos acompañar, y tambien los dos caciques viejos y nuestras lenguas, y díjole el Xicotenga que le querian traer un presente, y Cortés les mostraba mucho amor, y les dijo que cuando quisiesen; y luego tendieron unas esteras, y una manta encima, y trujeron seis ó siete pecezuelos de oro y piedras de poco valor, y ciertas cargas de ropa de nequen, que toda era muy pobre que no valía veinte pesos; y cuando lo daban, dijeron aquellos caciques riendo:

—«Malinche, bien creemos que como es poco eso que te damos, no lo recebirás con buena voluntad; ya te hemos enviado á decir que somos pobres, é que no tenemos oro ni ningunas riquezas, y la causa dello es que esos traidores y malos de los mejicanos y Montezuma, que ahora es señor, nos lo han sacado todo cuando soliamos tener paces y tréguas, que les demandábamos porque no nos diesen guerra; y no mires que es poco valor, sino recíbelo con buena voluntad, como cosa de amigos y servidores que te seremos.»

Y entónces tambien trujeron aparte mucho bastimento. Cortés lo recibió con alegría, y les dijo que en más tenia aquello por ser de su mano y con la voluntad que se lo daban, que si le trujeran otros una casa llena de oro en granos, y que así lo recibe, y les mostró mucho amor; y parece ser tenian concertado entre todos los caciques de darnos sus hijas y sobrinas, las más hermosas que tenian, que fuesen doncellas por casar; y dijo el viejo Xicotenga:

—«Malinche, porque más claramente conozcais el bien que os queremos y deseamos en todo contentaros, nosotros os queremos dar nuestras hijas para que sean vuestras mujeres y hagais generacion, porque queremos teneros por hermanos, pues sois tan buenos y esforzados. Yo tengo una hija muy hermosa, é no ha sido casada, é quiérola para vos.»

Y asimismo Masse-Escaci y todos los más caciques dijeron que traerian sus hijas y que las recibiésemos por mujeres, y dijeron otros muchos ofrecimientos, y en todo el dia no se quitaban, así el Masse-Escaci como el Xicotenga, de cabe Cortés; y como era ciego, de viejo, el Xicotenga, con la mano atentaba á Cortés en la cabeza y en las barbas y rostro, y se la traia por todo el cuerpo; y Cortés les respondió á lo de las mujeres, que él y todos nosotros se lo teniamos en merced, y que en buenas obras se lo pagariamos el tiempo andando; y estaba allí presente el padre de la Merced, y Cortés le dijo:

—«Señor padre, paréceme que será ahora bien que demos un tiento á estos caciques para que dejen sus ídolos y no sacrifiquen, porque harán cualquier cosa que les mandarémos, por causa del gran temor que tienen á los mejicanos.»

Y el fraile dijo:

—«Señor, bien es; pero dejémoslo hasta que traigan las hijas y entónces habrá materia para ello, y dirá vuesamerced que no las quiere recibir hasta que prometan de no sacrificar: si aprovechare, bien; si no harémos lo que somos obligados.»

Y así quedó para otro dia, y lo que se hizo se dirá adelante.

CAPÍTULO LXXVII.

CÓMO TRUJERON LAS HIJAS Á PRESENTAR Á CORTÉS Y Á TODOS NOSOTROS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Otro dia vinieron los mismos caciques viejos, y trujeron cinco indias hermosas, doncellas y mozas, y para ser indias eran de buen parecer y bien ataviadas, y traian para cada india otra moza para su servicio, y todas eran hijas de caciques, y dijo Xicotenga á Cortés:

—«Malinche, esta es mi hija, y no ha sido casada, que es doncella; tomadla para vos.»

La cual le dió por la mano, y las demás que las diese á los capitanes; y Cortés se lo agradeció, y con buen semblante que mostró dijo que él las recibia y tomaba por suyas, y que ahora al presente que las tuviesen en su poder sus padres; y preguntaron los mismos caciques que por qué causa no las tomábamos ahora; y Cortés respondió:

—«Porque quiero hacer primero lo que manda Dios Nuestro Señor, que es en el que creemos y adoramos, y á lo que me envió el Rey nuestro señor, que es que quiten sus ídolos, que no sacrifiquen ni maten más hombres, ni hagan otras torpedades malas que suelen hacer, y crean en lo que nosotros creemos, que es en un solo Dios verdadero.»

Y se les dijo otras muchas cosas tocantes á nuestra santa fe; y verdaderamente fueron muy bien declaradas, porque doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, estaban ya tan expertas en ello, que se les daba á entender muy bien; y se les mostró una imágen de Nuestra Señora con su Hijo precioso en los brazos, y se les dió á entender cómo aquella imágen es figura como la de Nuestra Señora, que se dice Santa María, que está en los altos cielos, y es la Madre de Nuestro Señor, que es aquel niño Jesus que tiene en los brazos, y que le concibió por gracia del Espíritu Santo, quedando Vírgen ántes del parto y en el parto y despues del parto; y aquesta gran Señora ruega por nosotros á su Hijo precioso, que es nuestro Dios y Señor; y les dijo otras muchas cosas que se convenian decir sobre nuestra santa fe, y si quieren ser nuestros hermanos y tener amistad verdadera con nosotros; y para que con mejor voluntad tomásemos aquellas sus hijas, para tenellas, como dicen, por mujeres, que luego dejen sus malos ídolos, y crean y adoren en nuestro Señor Dios, que es el que nosotros creemos y adoramos, y verán cuánto bien les irá; porque, demás de tener salud y buenos temporales, sus cosas se les harán prósperamente, y cuando se mueran irán sus ánimas á los cielos á gozar de la gloria perdurable; y que si hacen los sacrificios que suelen hacer á aquellos sus ídolos, que son diablos, les llevarán á los infiernos, donde para siempre jamás arderán en vivas llamas.

Y porque en otros razonamientos se les habia dicho otras cosas acerca de que dejasen los ídolos, en esta plática no se les dijo más, y lo que respondieron á todo es, que dijeron:

—«Malinche, ya te hemos entendido ántes de ahora; y bien creemos que ese vuestro Dios y esa gran Señora, que son muy buenos; mas mira: ahora vinistes á estas nuestras tierras y casas; el tiempo andando entenderemos muy más claramente vuestras cosas, y veremos cómo son, y harémos lo que sea bueno. ¿Cómo quieres que dejemos nuestros teules, que desde muchos años nuestros antepasados tienen por dioses y les han adorado y sacrificado? É ya que nosotros, que somos viejos, por te complacer lo quisiésemos hacer, ¿qué dirán todos nuestros papas y todos los vecinos mozos y niños desta provincia, sino levantarse contra nosotros? Especialmente que los papas han ya hablado con nuestros teules, y les respondieron que no los olvidásemos en sacrificios de hombres y en todo lo que de ántes soliamos hacer; si no, que á toda esta provincia destruirian con hambres, pestilencias y guerra.»

Así que, dijeron y dieron por respuesta que no curásemos más de les hablar en aquella cosa, porque no los habian de dejar de sacrificar aunque los matasen.

Y desque vimos aquella respuesta, que la daban tan de veras y sin temor, dijo el padre de la Merced, que era entendido é teólogo:

—«Señor, no cure vuesamerced de más les importunar sobre esto, que no es justo que por fuerza les hagamos ser cristianos, y aun lo que hicimos en Cempoal en derrocalles sus ídolos, no quisiera yo que se hiciera hasta que tengan conocimiento de nuestra santa fe; ¿qué aprovecha quitalles ahora sus ídolos de un cu y adoratorio, si los pasan luego á otros? Bien es que vayan sintiendo nuestras amonestaciones, que son santas y buenas, para que conozcan adelante los buenos consejos que les damos.»

Y tambien le hablaron á Cortés tres caballeros, que fueron Pedro de Albarado y Juan Velazquez de Leon y Francisco de Lugo, y dijeron á Cortés:

—«Muy bien dice el Padre, y vuesamerced con lo que ha hecho cumple, y no se toque más á estos caciques sobre el caso.»

Y así se hizo.

Lo que les mandamos con ruegos fué, que luego desembarazasen un cu que estaba allí cerca y era nuevamente hecho, é quitasen unos ídolos, y lo encalasen y limpiasen para poner en él una cruz y la imágen de Nuestra Señora; lo cual luego lo hicieron, y en él se dijo Misa y se bautizaron aquellas cacicas, y se puso nombre á la hija del Xicotenga doña Luisa, y Cortés la tomó por la mano, y se la dió á Pedro de Albarado, y dijo á Xicotenga que aquel á quien la daba era su hermano y su capitan, y que lo hubiese por bien, porque seria dél muy bien tratada, y el Xicotenga recibió contentamiento dello; y la hija ó sobrina de Masse-Escaci se puso nombre doña Elvira, y era muy hermosa; y paréceme que la dió á Juan Velazquez de Leon, y las demás se pusieron sus nombres de pila, y todas con dones, y Cortés las dió á Cristóbal de Olí y á Gonzalo de Sandoval y á Alonso de Ávila; y despues desto hecho se les declaró á qué fin se pusieron dos cruces, é que era porque tienen temor dellas sus ídolos, y que á do quiera que estábamos de asiento ó dormiamos se ponen en los caminos; é á todo esto estaban muy atentos.

Ántes que más pase adelante, quiero decir cómo de aquella cacica hija de Xicotenga, que se llamó doña Luisa, que se la dió á Pedro de Albarado, que así como se la dieron, toda la mayor parte de Tlascala la acataba y le daban presentes y la tenian por su señora, y della hubo el Pedro de Albarado, siendo soltero, un hijo que se dijo don Pedro, é una hija que se dice doña Leonor, mujer que ahora es de don Francisco de la Cueva, buen caballero, primo del duque de Alburquerque, é ha habido en ella cuatro ó cinco hijos muy buenos caballeros, y aquesta señora doña Leonor es tan excelente señora, en fin como hija de tal padre, que fué comendador de Santiago, adelantado y gobernador de Guatemala, y por la parte de Xicotenga gran señor de Tlascala, que era como Rey.

Dejemos estas relaciones, y volvamos á Cortés, que se informó de aquestos caciques y les preguntó muy por entero de las cosas de Méjico, y lo que sobre ello dijeron es esto que diré.

CAPÍTULO LXXVIII.

CÓMO CORTÉS PREGUNTÓ Á MASSE-ESCACI É Á XICOTENGA POR LAS COSAS DE MÉJICO, Y LO QUE EN LA RELACION DIJERON.

Luego Cortés apartó aquellos caciques, y les preguntó muy por extenso las cosas de Méjico; Xicotenga, como era más avisado y gran señor, tomó la mano á hablar, y de cuando en cuando lo ayudaba Masse-Escaci, que tambien era gran señor, y dijeron que tenia Montezuma tan grandes poderes de gente de guerra, que cuando queria tomar un gran pueblo ó hacer un asalto en una provincia, que ponia en campo cien mil hombres, y que esto que lo tenia bien experimentado por las guerras y enemistades pasadas que con ellos tienen de más de cien años; y Cortés le dijo:

—«Pues con tanto guerrero como decis que venian sobre vosotros, ¿cómo nunca os acabaron de vencer?»

Y respondieron que, puesto que algunas veces les desbarataban y mataban, y llevaban muchos de sus vasallos para sacrificar, que tambien de los contrarios quedaban en el campo muchos muertos y otros presos, y que no venian tan encubiertos, que dello no tuviesen noticia, y cuando lo sabian, que se apercebian con todos sus poderes, y con ayuda de los de Guaxocingo se defendian é ofendian; é que como todas las provincias y pueblos que ha robado Montezuma y puesto debajo de su dominio estaban muy mal con los mejicanos, y traian dellos por fuerza á la guerra, no pelean de buena voluntad; ántes de los mismos tenian avisos, y que á esta causa les defendian sus tierras lo mejor que podian.

Y que donde más mal les habia venido á la contina es de una ciudad muy grande que está de allí andadura de un dia, que se dice Cholula, que son grandes traidores, y que allí metia Montezuma secretamente sus capitanías; y como estaban cerca, de noche hacian salto; y más dijo Masse-Escaci, que tenia Montezuma en todas las provincias puestas guarniciones de muchos guerreros, sin los muchos que sacaba de la ciudad, y que todas aquellas provincias le tributan oro y plata, y plumas, y piedras y ropa de mantas y algodon é indios é indias para sacrificar, y otros para servir.

Y que es tan gran señor, que todo lo que quiere tiene, y que las casas en que vive tiene llenas de riquezas y piedras chalchihuites, que ha robado y tomado por fuerza á quien no se lo da de grado, y que todas las riquezas de la tierra están en su poder; y luego contaron el gran servicio de su casa, que era para nunca acabar si lo hubiese aquí de decir, pues de las muchas mujeres que tenia, y como casaba algunas dellas, de todo daban relacion.

Y luego dicen de la gran fortaleza de su ciudad, de la manera que es la laguna, y la hondura del agua, y de las calzadas que hay por donde han de entrar en la ciudad, y las puentes de madera que tiene en cada calzada, y cómo entra y sale por el estrecho de abertura que hay en cada puente, y cómo en alzando cualquiera dellas se pueden quedar aislados entre puente y puente sin entrar en su ciudad; y cómo está toda la mayor parte de la ciudad poblada dentro en la laguna, y no se puede pasar de casa en casa sino es por unas puentes levadizas que tienen hechas, ó en canoas, y todas las casas son de azuteas, y en las azuteas tienen hechos como á maneras de mamparos, pueden pelear desde encima dellas, y la manera cómo se provee la ciudad de agua dulce desde una fuente que se dice Chapultepeque, que está de la ciudad obra de media legua, y va el agua por unos edificios, y llega en parte que con canoas la llevan á vender por las calles.

Y luego contaron de la manera de las armas, que eran varas de á dos gajos, que tiraban con tiraderas que pasan cualesquier armas, y muchos buenos flecheros, y otros con lanzas de pedernales que tienen una braza de cuchilla, hechas de arte que cortan más que navajas, y rodelas y armas de algodon, y muchos honderos con piedras rollizas é otras lanzas muy largas y espadas de á dos manos de navajas, y trajeron pintados en unos paños grandes de nequen las batallas que con ellos habian habido y la manera del pelear.

Y como nuestro capitan y todos nosotros estábamos ya informados de todo lo que decian aquellos caciques, estorbó la plática y metiólos en otra más honda, y fué que cómo ellos habian venido á poblar á aquella tierra, é de qué partes vinieron que tan diferentes y enemigos eran de los mejicanos, siendo tan de cerca unas tierras de otras; y dijeron que les habian dicho sus antecesores que en los tiempos pasados que habia allí entre ellos poblados hombres y mujeres muy altos de cuerpo y de grandes huesos, que porque eran muy malos y de malas maneras, que los mataron peleando con ellos, y otros que quedaban se murieron; é para que viésemos qué tamaños é altos cuerpos tenian, trujeron un hueso ó zancarron de uno dellos, y era muy grueso, el altor del tamaño como un hombre de razonable estatura: y aquel zancarron era desde la rodilla hasta la cadera: yo me medí con él, y tenia tan gran altor como yo, puesto que soy de razonable cuerpo; y trujeron otros pedazos de huesos como el primero, mas estaban ya comidos y deshechos de la tierra; y todos nos espantamos de ver aquellos zancarrones, y tuvimos por cierto haber habido gigantes en esta tierra; y nuestro capitan Cortés nos dijo que seria bien enviar aquel gran hueso á Castilla para que lo viese su majestad, y así lo enviamos con los primeros procuradores que fueron.

Tambien dijeron aquellos mismos caciques, que sabian de aquellos sus antecesores que les habia dicho un su ídolo en quien ellos tenian mucha devocion, que vendrian hombres de las partes de hácia donde sale el sol y de léjas tierras á les sojuzgar y señorear; que si somos nosotros, holgaran dello, que pues tan esforzados y buenos somos; y cuando trataron las paces se les acordó desto que les habia dicho su ídolo, que por aquella causa nos dan sus hijas para tener parientes que les defiendan de los mejicanos.

Y cuando acabaron su razonamiento, todos quedamos espantados, y deciamos si por ventura dicen verdad; y luego nuestro capitan Cortés les replicó, y dijo que ciertamente veniamos de hácia donde sale el sol, y que por esta causa nos envió el Rey nuestro señor á tenellos por hermanos, porque tienen noticia dellos, y que plegue á Dios nos dé gracia para que por nuestras manos é intercesion se salven; y dijimos todos:

—«Amen.»

Hartos estarán ya los caballeros que esto leyeren de oir razonamientos y pláticas de nosotros á los de Tlascala, y ellos á nosotros; queria acabar, y por fuerza me he de detener en otras cosas que con ellos pasamos; y es que el volcan que está cabe Guaxocingo echaba en aquella sazon que estábamos en Tlascala mucho fuego, más que otras veces solia echar; de lo cual nuestro capitan Cortés y todos nosotros, como no habiamos visto tal, nos admiramos dello; y un capitan de los nuestros, que se decia Diego de Ordás, tomóle codicia de ir á ver qué cosa era, y demandó licencia á nuestro general para subir en él; la cual licencia le dió, y aun de hecho se lo mandó; y llevó consigo dos de nuestros soldados y ciertos indios principales de Guaxocingo, y los principales que consigo llevaba ponian temor con decille que cuando estuviese á medio camino de Popocatepeque, que así se llamaba aquel volcan, no podria sufrir el temblor de la tierra ni llamas y piedras y ceniza que dél sale, é que ellos no se atreverian á subir más de hasta donde tienen unos cues de ídolos, que llaman los teules de Popocatepeque.

Y todavía el Diego de Ordás con sus dos compañeros fué su camino hasta llegar arriba, y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo; despues el Ordás y los dos soldados vieron al subir que comenzó el volcan de echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcan, y estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de allí á una hora, que sintieron que habia pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y subieron hasta la boca, que era muy redonda y ancha, y que habia en el anchor un cuarto de legua.