Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 18

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Y luego mandó prender hasta diez y siete indios de aquellos espías, y dellos se le cortaron las manos y á otros los dedos pulgares, y los enviamos á su capitan Xicotenga, y se les dijo que por el atrevimiento de venir de aquella manera se les ha hecho ahora aquel castigo, é digan que venga cuando quisiere, de dia ó de noche; que allí le aguardariamos dos dias, y que si dentro de los dos dias no viniese, que lo iriamos á buscar á su real; y que ya hubiéramos ido á les dar guerra y matalles, sino porque los queremos mucho, y que no sean más locos, y vengan de paz; y como fueron aquellos indios de las manos cortadas y dedos, en aquel instante dicen que ya Xicotenga queria salir de su real con todos sus poderes para dar sobre nosotros de noche, como lo tenian concertado; y como vió ir á sus espías de aquella manera, se maravilló y preguntó la causa dello, y le contaron todo lo acaecido, y desde entónces perdió el brio y soberbia; y demás desto, ya se le habia ido del real una capitanía con toda su gente, con quien habia tenido contienda y bandos en las batallas pasadas.

Dejemos esto aquí, é pasemos adelante.

CAPÍTULO LXXI.

CÓMO VINIERON Á NUESTRO REAL LOS CUATRO PRINCIPALES QUE HABIAN ENVIADO Á TRATAR PACES, Y EL RAZONAMIENTO QUE HICIERON, Y LO QUE MÁS PASÓ.

Estando en nuestro real sin saber que habian de venir de paz, puesto que la deseábamos en gran manera, y estábamos entendiendo en aderezar armas y en hacer saetas, y cada uno en lo que habia menester para en cosas de la guerra; en este instante vino uno de nuestros corredores del campo á gran priesa, y dijo que por el camino principal de Tlascala vienen muchos indios é indias con cargas, y que sin torcer por el camino, vienen hácia nuestro real, é que el otro su compañero de á caballo, corredor del campo, está atalayando para ver á qué parte van; y estando en esto llegó el otro su compañero de á caballo, y dijo que muy cerca de allí venian derechos donde estábamos, y que de rato en rato hacian paradillas; y Cortés y todos nosotros nos alegramos con aquellas nuevas, porque creimos cierto ser de paz, como lo fué, y mandó Cortés que no se hiciese alboroto ni sentimiento, y que disimulados nos estuviésemos en nuestras chozas.

Y luego, de todas aquellas gentes que venian con las cargas se adelantaron cuatro principales que traian cargo de entender en las paces, como les fué mandado por los caciques viejos; y haciendo señas de paz, que era bajar la cabeza, se vinieron derechos á la choza y aposento de Cortés, y pusieron la mano en el suelo y besaron la tierra, y hicieron tres reverencias y quemaron sus copales, y dijeron que todos los caciques de Tlascala y vasallos y aliados, y amigos y confederados suyos, se vienen á meter debajo de la amistad y paces de Cortés y de todos sus hermanos los teules que consigo estaban, y que los perdone porque no han salido de paz y por la guerra que nos han dado, porque creyeron y tuvieron por cierto que éramos amigos de Montezuma y sus mejicanos, los cuales son sus enemigos mortales de tiempos muy antiguos, porque vieron que venian con nosotros en nuestra compañía muchos de sus vasallos que le dan tributos; y que con engaño y traiciones les querian entrar en su tierra, como lo tenian de costumbre, para llevar robados sus hijos y mujeres, y que por esta causa no creian á los mensajeros que les enviábamos.

Y demás desto dijeron que los primeros indios que nos salieron á dar guerra así como entramos en sus tierras, que no fué por su mandado y consejo, sino por los chontales estomíes, que son gentes como monteses y sin razon; y que como vieron que éramos tan pocos, que creyeron de tomarnos á manos y llevarnos presos á sus señores y ganar gracias con ello, y que ahora vienen á demandar perdon de su atrevimiento, y que cada dia traerán más bastimento del que allí traian, y que lo recibamos con el amor que lo envian, y que de allí á dos dias vendrá el capitan Xicotenga con otros caciques, y dará más relacion de la buena voluntad que toda Tlascala tiene de nuestra buena amistad.

Y luego que hubieron acabado su razonamiento bajaron sus cabezas y pusieron las manos en el suelo y besaron la tierra; y luego Cortés les habló con nuestras lenguas con gravedad é hizo del enojado, é dijo que, puesto que habia causas para no los oir ni tener amistad con ellos, porque desde que entramos por su tierra les enviamos á demandar paces y les envió á decir que los queria favorecer contra sus enemigos los de Méjico, é no lo quisieron creer y querian matar nuestros embajadores, y no contentos con aquello, nos dieron guerra tres veces, y de noche, y que tenian espías y asechanzas sobre nosotros, y en las guerras que nos daban les pudiéramos matar muchos de sus vasallos; y no quise, y que los que murieron me pesa por ello, que ellos dieron causa á ello, y que tenian determinado de ir adonde están los caciques viejos á dalles guerra; que pues ahora vienen de paz de parte de aquella provincia, que él los recibe en nombre de nuestro Rey y señor, y les agradece el bastimento que traen; y les mandó que luego fuesen á sus señores á les decir vengan ó envien á tratar las paces con más certificacion; y si no vienen, que iriamos á su pueblo á les dar guerra; y les mandó dar cuentas azules para que diesen á los caciques en señal de paz; y se les amonestó que cuando viniesen á nuestro real fuese de dia, y no de noche, porque los matariamos.

Y luego se fueron aquellos cuatro principales mensajeros, y dejaron en unas casas de indios algo apartadas de nuestro real las indias que traian para hacer pan, y gallinas y todo servicio, y veinte indios que les traigan agua y leña, y desde allí adelante los traian muy bien de comer; y cuando aquello vimos, y nos pareció que eran verdaderas las paces, dimos muchas gracias á Dios por ello, y vinieron en tiempo que ya estábamos tan flacos y trabajados y descontentos con las guerras, sin saber el fin que habria dellas, cual se puede colegir.

Y en los capítulos pasados dice el coronista Gómora que Cortés se subió en unas peñas, y que vió al pueblo de Cimpacingo; digo que estaba junto á nuestro real, que harto ciego era el soldado que lo queria ver y no lo veria muy claro.

Tambien dice que se le querian amotinar y rebelar los soldados, é dice otras cosas que yo no las quiero escribir, porque es gastar palabras, porque dice que lo sabe por informacion.

Digo que capitan nunca fué tan obedecido en el mundo, segun adelante lo verán; que tal por pensamiento no pasó á ningun soldado desde que entramos en tierra adentro, sino fué cuando lo de los arenales, y las palabras que le decian en el capítulo pasado era por via de aconsejarle y porque les parecia que eran bien dichas, y no por otra via, porque siempre le siguieron muy bien y lealmente; y no es mucho que en los ejércitos algunos buenos soldados aconsejen á su capitan, y más si se ven tan trabajados como nosotros andábamos; y quien viere su historia lo que dice, creerá que es verdad, segun lo refiere con tanta elocuencia, siendo muy contrario de lo que pasó.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que más adelante nos avino con unos mensajeros que envió el gran Montezuma.

CAPÍTULO LXXII.

CÓMO VINIERON Á NUESTRO REAL EMBAJADORES DE MONTEZUMA, GRAN SEÑOR DE MÉJICO, Y DEL PRESENTE QUE TRAJERON.

Como nuestro Señor Dios, por su gran misericordia, fué servido darnos vitoria de aquellas batallas de Tlascala, voló nuestra fama por todas aquellas comarcas, y fué á oidos del gran Montezuma á la gran ciudad de Méjico, y si ántes nos tenian por teules, que son como sus ídolos, de allí adelante nos tenian en muy mayor reputacion y por fuertes guerreros, y puso espanto en toda la tierra cómo, siendo nosotros tan pocos y los tlascaltecas de muy grandes poderes, los vencimos, y ahora enviarnos á demandar paz.

Por manera que Montezuma, gran señor de Méjico, de muy bueno que era, ó temió nuestra ida á su ciudad, despachó cinco principales hombres de mucha cuenta á Tlascala y á nuestro real para darnos el bien venido, y á decir que se habia holgado mucho de nuestra gran vitoria que hubimos contra tantos escuadrones de guerreros, y envió un presente, obra de mil pesos de oro, en joyas muy ricas y de muchas maneras labradas, y veinte cargas de ropa fina de algodon, y envió á decir que queria ser vasallo de nuestro gran Emperador, y que se holgaba porque estábamos ya cerca de su ciudad, por la buena voluntad que tenia á Cortés y á todos los teules sus hermanos que con él estábamos, que así nos llamaba, y que viese cuánto queria de tributo cada año para nuestro gran Emperador, que lo dará en oro, plata y joyas y ropa, con tal que no fuésemos á Méjico; y esto que no lo hacia porque no fuésemos, que de muy buena voluntad nos acogiera, sino por ser la tierra estéril y fragosa, y que le pesaria de nuestro trabajo si nos lo viese pasar, é que por ventura que no lo podria remediar tan bien como querria.

Cortés le respondió y dijo que le tenia en merced la voluntad que mostraba y el presente que envió, y el ofrecimiento de dar á su majestad el tributo que decia; y luego rogó á los mensajeros que no se fuesen hasta ir á la cabecera de Tlascala, y que allí los despacharia, porque viese en lo que paraba aquello de la guerra; y no les quiso dar luego la respuesta porque estaba purgado del dia ántes, y purgóse con unas manzanillas que hay en la isla de Cuba, y son muy buenas para quien sabe cómo se han de tomar.

Dejaré esta materia, y diré lo que más en nuestro real pasó.

CAPÍTULO LXXIII.

CÓMO VINO XICOTENGA CAPITAN GENERAL DE TLASCALA, Á ENTENDER EN LAS PACES, Y LO QUE DIJO, Y LO QUE NOS AVINO.

Estando platicando Cortés con los embajadores de Montezuma, como dicho habemos, y queria reposar porque estaba malo de calenturas y purgado de otro dia ántes, viénenle á decir que venia el capitan Xicotenga con muchos caciques y capitanes, y que traen cubiertas mantas blancas y coloradas, digo la mitad de las mantas blancas y la otra mitad coloradas, que era su divisa y librea, y muy de paz, y traia consigo hasta cincuenta hombres principales que le acompañaban; y llegado al aposento de Cortés, le hizo muy grande acato en sus reverencias, como entre ellos se usa, y mandó quemar mucho copal, y Cortés con gran amor le mandó sentar cabe sí; y dijo el Xicotenga que él venia de parte de su padre y de Masse-Escaci, y de todos los caciques y República de Tlascala, á rogarle que los admitiese á nuestra amistad; y que venia á dar la obediencia á nuestro Rey y señor, y á demandar perdon por haber tomado armas y habernos dado guerra; y que si lo hicieron, que fué por no saber quién éramos, porque tuvieron por cierto que veniamos de la parte de su enemigo Montezuma, que como muchas veces suelen tener astucias y mañas para entrar en sus tierras y roballes y saquealles, que así creyeron que lo queria hacer ahora; y que por esta causa procuraron de defender sus personas y pátria, y fué forzado pelear; y que ellos eran muy pobres, que no alcanzan oro ni plata, ni piedras ricas, ni ropa de algodon, ni aun sal para comer, porque Montezuma no les da lugar á ello para salir á buscallo; y que si sus antepasados tenian algun oro ó piedras de valor, que al Montezuma se le habian dado cuando algunas veces hacian paces ó tréguas porque no los destruyesen, y esto en los tiempos muy atrás pasados; y porque al presente no tienen qué dar, que los perdone, que su pobreza era causa dello, y no la buena voluntad.

Y dió muchas quejas de Montezuma y de sus aliados, que todos eran contra ellos y les daban guerra, puesto que se habian defendido muy bien; y que ahora quisiera hacer lo mismo contra nosotros, y no pudieron, aunque se habian juntado tres veces con todos sus guerreros, y que éramos invencibles; y que como conocieron esto de nuestras personas, que quieren ser nuestros amigos y vasallos del gran señor Emperador D. Cárlos, porque tienen por cierto que con nuestra compañía serian siempre guardadas y amparadas sus personas, mujeres é hijos, y no estarán siempre con sobresalto de los traidores mejicanos; y dijo otras muchas palabras de ofrecimientos con sus personas y ciudad.

Era este Xicotenga alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenia larga y como hoyosa y robusta, y era de hasta treinta y cinco años, y en el parecer mostraba en su persona gravedad; y Cortés les dió las gracias muy cumplidas con halagos que le mostró, y dijo que él los recibia por tales vasallos de nuestro Rey y señor y amigos nuestros; y luego dijo el Xicotenga que nos rogaba fuésemos á su ciudad, porque estaban todos los caciques viejos y papas aguardándonos con mucho regocijo; y Cortés le respondió que él iria presto, y que luego fuera, sino porque estaba entendiendo en negocios del gran Montezuma, y como despache aquellos mensajeros, que él será allá; y tornó Cortés á decir algo más áspero y con gravedad de las guerras que nos habian dado de dia y de noche; é que pues ya no puede haber enmienda en ello, que se lo perdona, y que miren que las paces que ahora les damos que sean firmes y no haya mudamiento, porque si otra cosa hacen, que los matará y destruirá á su ciudad, y que no aguardasen otras palabras de paces, sino de guerra.

Y como aquello oyó el Xicotenga y todos los principales que con él venian, respondieron á una que serian firmes y verdaderas, y que para ello quedaban todos en rehenes; y pasaron otras pláticas de Cortés á Xicotenga y de todos los más principales, y se les dieron unas cuentas verdes y azules para su padre y para él y los más caciques y les mandó que dijesen que iria presto á su ciudad.

En todas estas pláticas y ofrecimientos que he dicho estaban presentes los embajadores mejicanos, de lo cual les pesó en gran manera de las paces, porque bien entendieron que por ellas no les habia de venir bien ninguno.

Y desque se hubo despedido el Xicotenga, dijeron á Cortés los embajadores de Montezuma, medio riendo, que si creia algo de aquellos ofrecimientos é paces que habian hecho de parte de toda Tlascala, que todo era burla y que no los creyesen, que eran palabras muy de traidores y engañosas; que lo hacian para que desque nos tuviesen en su ciudad en parte donde nos pudiesen tomar á su salvo darnos guerra y matarnos; y que tuviésemos en la memoria cuántas veces nos habian venido con todos sus poderes á matar, y como no pudieron, y fueron dellos muchos muertos y otros heridos, que se querian ahora vengar con demandas y paz fingida.

Y Cortés respondió con semblante muy esforzado, y dijo que no se le daba nada porque tuviesen tal pensamiento como decian; é ya que todo fuese verdad, que él se holgaria dello para castigalles con quitalles las vidas, y que eso se le da que dén guerra de dia que de noche, ni que sea en el campo que en la ciudad; que en tanto tenia lo uno como lo otro; y para si es verdad, que por esta causa determina de ir allá.

Y viendo aquellos embajadores su determinacion, rogáronle que aguardásemos allí en nuestro real seis dias, porque querian enviar dos de sus compañeros á su señor Montezuma, y que vendrian dentro de los seis dias con respuesta; y Cortés se lo prometió, lo uno porque, como he dicho, estaba con calenturas, y lo otro, como aquellos embajadores le dijeron aquellas palabras, puesto que hizo semblante no hacer caso dellas, miró que si por ventura serian verdad, hasta ver más certidumbre en las paces, porque eran tales, que habia que pensar en ellas; y como en aquella sazon vió que habia venido de paz, y en todo el camino por donde venimos de nuestra villa rica de la Veracruz eran los pueblos nuestros amigos y confederados, escribió Cortés á Juan de Escalante, que ya he dicho que quedó en la villa para acabar de hacer la fortaleza y por capitan de obra de sesenta soldados viejos y dolientes que allí quedaron; en las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que nuestro Señor Jesucristo nos ha hecho en las batallas que hubimos en las vitorias y encuentros desde que entramos en la provincia de Tlascala, donde ahora han venido de paz, y que todos diesen gracias á Dios por ello; y que mirasen que siempre favoreciesen á los pueblos totonaques, nuestros amigos, y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que habian dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento, y asimismo trujesen hostias de las que habiamos traido de la isla de Cuba, porque las que trujimos de aquella entrada ya se habian acabado.

En las cuales cartas dice que hubieron mucho placer en la villa, y escribió el Escalante lo que allí habia sucedido, y todo vino muy presto; y en aquellos dias en nuestro real pusimos una cruz muy suntuosa y alta, y mandó Cortés á los indios de Cimpacingo y á los de las casas que estaban junto de nuestro real que encalasen un cu y estuviese bien aderezado.

Dejemos de escribir desto, y volvamos á nuestros nuevos amigos los caciques de Tlascala, que como vieron que no íbamos á su pueblo, ellos venian á nuestro Real con gallinas y tunas, que era el tiempo dellas, y cada dia traian el bastimento que tenian en su casa, y con buena voluntad nos lo daban, sin que quisiesen tomar por ello cosa ninguna aunque se lo dábamos, y siempre rogando á Cortés que se fuese luego con ellos á su ciudad; y como estábamos aguardando á los mejicanos los seis dias, como les prometió, con palabras blandas les detenia; y luego, cumplido el plazo que habian dicho, vinieron de Méjico seis principales, hombres de mucha estima, y trujeron un rico presente que envió el gran Montezuma, que fueron más de tres mil pesos de oro en ricas joyas de diversas maneras, y ducientas piezas de ropa de mantas muy ricas de pluma y de otras labores, y dijeron á Cortés cuando lo presentaron, que su señor Montezuma se huelga de nuestra buena andanza, y que le ruega muy ahincadamente que ni en bueno ni malo no fuese con los de Tlascala á su pueblo ni se confiase dellos, que lo querian llevar allá para roballe oro y ropa, porque son muy pobres, que una manta buena de algodon no alcanzan; é que por saber que el Montezuma nos tiene por amigos y nos envia aquel oro y joyas y mantas, lo procurarán de robar muy mejor; y Cortés recibió con alegría aquel presente, y dijo que se lo tenia en merced y que él lo pagaria al señor Montezuma en buenas obras; y que si se sintiese que los tlascaltecas les pasase por el pensamiento lo que Montezuma les enviaba á avisar, que se lo pagaria con quitalles á todos las vidas, y que él sabe muy cierto que no harán villanía ninguna, y que todavía quiere ir á ver lo que hacen.

Y estando en estas razones vienen otros muchos mensajeros de Tlascala á decir á Cortés cómo vienen cerca de allí todos los caciques viejos de la cabecera de toda la provincia á nuestros ranchos y chozas á ver á Cortés y á todos nosotros para llevarnos á su ciudad; y como Cortés lo supo, rogó á los embajadores mejicanos que aguardasen tres dias por los despachos para su señor, porque tenia al presente que hablar y despachar sobre la guerra pasada é paces que ahora tratan; y ellos dijeron que aguardarian.

Y lo que los caciques viejos dijeron á Cortés se dirá adelante.

CAPÍTULO LXXIV.

CÓMO VINIERON Á NUESTRO REAL LOS CACIQUES VIEJOS DE TLASCALA Á ROGAR Á CORTÉS Y Á TODOS NOSOTROS QUE LUEGO NOS FUÉSEMOS CON ELLOS Á SU CIUDAD, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.

Como los caciques viejos de toda Tlascala vieron que no íbamos á su ciudad, acordaron de venir en andas, y otros en chamacas é á cuestas, y otros á pié, los cuales eran los por mí ya nombrados, que se decian Masse-Escaci, Xicotenga el viejo é ciego, é Guaxolacima, Chichimeclatecle, Tecapaneca, de Topeyanco; los cuales llegaron á nuestro real con otra gran compañía de principales, y con gran acato hicieron á Cortés y á todos nosotros tres reverencias, y quemaron copal y tocaron las manos en el suelo y besaron la tierra; y el Xicotenga el viejo comenzó de hablar á Cortés desta manera, y díjole:

—«Malinche, Malinche, muchas veces te hemos enviado á rogar que nos perdones porque salimos de guerra, é ya te enviamos á dar nuestro descargo, que fué por defendernos del malo de Montezuma y sus grandes poderes, porque creiamos que érades de su bando y confederados; y si supiéramos lo que ahora sabemos, no digo yo saliros á recibir á los caminos con muchos bastimentos, sino tenéroslos barridos, y aun fuéramos por vosotros á la mar donde teniades vuestros acales (que son navíos); y pues ya nos habeis perdonado, lo que ahora os venimos á rogar yo y todos estos caciques es, que vais luego con nosotros á nuestra ciudad, y allí os daremos de lo que tuviéremos, é os serviremos con nuestras personas y hacienda; y mirá, Malinche, no hagas otra cosa, sino luego nos vamos; y porque tememos que por ventura te habrán dicho esos mejicanos algunas cosas de falsedades y mentiras de las que suelen decir de nosotros, no los creas ni los oigas; que en todo son falsos, y tenemos entendido que por causa dellos no has querido ir á nuestra ciudad.»

Y Cortés respondió con alegre semblante, y dijo que bien sabia, desde muchos años ántes que á estas sus tierras viniésemos, cómo eran buenos, y que deso se maravilló cuando nos salieron de guerra, y que los mejicanos que allí estaban aguardaban respuestas para su señor Montezuma; é á lo que decian que fuésemos luego á su ciudad, y por el bastimento que siempre traian é otros cumplimientos, que se lo agradecia mucho y lo pagaria en buenas obras; é que ya se hubiera ido si tuviera quien nos llevase los tepuzques, que son las bombardas; y como oyeron aquella palabra sintieron tanto placer, que en los rostros se conoceria, y dijeron:

—«Pues cómo, ¿por esto has estado y no lo has dicho?»

Y en ménos de media hora traen sobre quinientos indios de carga, y otro dia muy de mañana comenzamos á marchar camino de la cabezera de Tlascala con mucho concierto, así de la artillería como de los caballos y escopetas y ballesteros, y todos los demás, segun lo teniamos de costumbre; y habia rogado Cortés á los mensajeros de Montezuma que se fuesen con nosotros para ver en qué paraba lo de Tlascala, y desde allí les despacharia, y que en su aposento estarian porque no recibiesen ningun deshonor; porque, segun dijeron, temíanse de los tlascaltecas.

Ántes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos por donde pasamos, ó en otros donde tenian noticia de nosotros, llamaban á Cortés Malinche; y así, le nombraré de aquí adelante Malinche en todas las pláticas que tuviéremos con cualesquier indios, así desta provincia como de la ciudad de Méjico, y no le nombraré Cortés sino en parte que convenga; y la causa de haberle puesto aqueste nombre es que, como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especialmente cuando venian embajadores ó pláticas de caciques, y ella lo declaraba en lengua mejicana, por esta causa le llamaban á Cortés el capitan de marina, y para más breve le llamaron Malinche; y tambien se le quedó este nombre á un Juan Perez de Arteaga, vecino de la Puebla, por causa que siempre andaba con doña Marina y con Jerónimo de Aguilar deprendiendo la lengua, y á esta causa le llamaban Juan Perez Malinche, que renombre de Arteaga de obra de dos años á esta parte lo sabemos.

He querido traer esto á la memoria, aunque no habia para qué, porque se entienda el nombre de Cortés de aquí adelante, que se dice Malinche; y tambien quiero decir que, como entramos en tierra de Tlascala, hasta que fuimos á su ciudad se pasaron veinte y cuatro dias, y entramos en ella á 23 de Setiembre de 1519 años; y vamos á otro capítulo, y diré lo que allí nos avino.

CAPÍTULO LXXV.

CÓMO FUIMOS Á LA CIUDAD DE TLASCALA, Y LO QUE LOS CACIQUES VIEJOS HICIERON DE UN PRESENTE QUE NOS DIERON, Y CÓMO TRUJERON SUS HIJAS Y SOBRINAS, Y LO QUE MÁS PASÓ.