Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 17

Chapter 174,130 wordsPublic domain

Como llegaron á Tlascala los mensajeros que enviamos á tratar de las paces, y les hallaron que estaban en consulta los dos más principales caciques que se decian Masse-Escaci y Xicotenga el viejo padre del capitan general, que tambien se decia Xicotenga el mozo, otras muchas veces por mí nombrado, como les oyeron su embajada, estuvieron suspensos un rato que no hablaron, y quiso Dios que inspiró en sus pensamientos que hiciesen paces con nosotros, y luego enviaron á llamar á todos los más caciques y capitanes que habia en sus poblaciones, y á los de una provincia que están junto con ellos, que se dice Guaxocingo, que eran sus amigos y confederados, y todos juntos en aquel pueblo que estaban, que era cabecera, les hizo Masse-Escaci y el viejo Xicotenga, que eran bien entendidos, un razonamiento casi que fué desta manera, segun despues supimos, aunque no las palabras formales:

—«Hermanos y amigos nuestros, ya habeis visto cuántas veces estos teules que están en el campo esperando guerras nos han enviado mensajeros á demandar paz, y dicen que nos vienen á ayudar y tener en lugar de hermanos; y asimismo habeis visto cuántas veces han llevado presos muchos de nuestros vasallos, que no les hacen mal y luego los sueltan; bien veis cómo les hemos dado guerra tres veces con todos nuestros poderes, así de dia como de noche, y no han sido vencidos, y ellos nos han muerto en los combates que les hemos dado muchas de nuestras gentes é hijos y parientes y capitanes; ahora de nuevo vuelven á demandar paz, y los de Cempoal, que traen en su compañía, dicen que son contrarios de Montezuma y sus mejicanos, y que les han mandado que no le dén tributo los pueblos de las sierras Totonaque ni los de Cempoal; pues bien se os acordará que los mejicanos nos dan guerra cada año, de más de cien años á esta parte, y bien veis que estamos en estas nuestras tierras como acorralados, que no osamos salir á buscar sal, ni aun la comemos, ni aun algodon, que pocas mantas dello traemos; pues si salen ó han salido algunos de los nuestros á buscar, pocos vuelven con las vidas, que estos traidores de mejicanos y sus confederados nos los matan ó hacen esclavos; ya nuestros tacalnaguas y adivinos y papas nos han dicho lo que sienten de sus personas destos teules, y que son esforzados. Lo que me parece es, que procuremos de tener amistad con ellos, y si no fueren hombres, sino teules, de una manera y de otra les hagamos buena compañía, y luego vayan cuatro nuestros principales y les lleven muy bien de comer, y mostrémosles amor y paz, porque nos ayuden y defiendan de nuestros enemigos, y traigámoslos aquí luego con nosotros, y démosles mujeres para que de su generacion tengamos parientes, pues segun dicen los embajadores que nos envian á tratar las paces, que traen mujeres entre ellos.»

Y como oyeren este razonamiento, á todos los caciques les pareció bien, y dijeron que era cosa acertada, y que luego vayan á entender en las paces, y que se le envie á hacer saber á su capitan Xicotenga y á los demás capitanes que consigo tiene, para que luego vengan sin dar más guerras, y les digan que ya tenemos hechas paces; y enviaron luego mensajeros sobre ello; y el capitan Xicotenga el mozo no los quiso escuchar á los cuatro principales, y mostró tener enojo, y los trató mal de palabra, y que no estaba por las paces; y dijo que ya habia muerto muchos teules y la yegua, y que él queria dar otra noche sobre nosotros y acabarnos de vencer y matar; la cual respuesta, desque la oyó su padre Xicotenga el viejo y Masse-Escaci y los demás caciques, se enojaron de manera, que luego enviaron á mandar á los capitanes y á todo su ejército que no fuesen con el Xicotenga á nos dar guerra, ni en tal caso le obedeciesen en cosa que les mandase si no fuese para hacer paces, y tampoco lo quiso obedecer; y cuando vieron la desobediencia de su capitan, luego enviaron los cuatro principales, que otra vez les habian mandado que viniesen á nuestro real y trujesen bastimento y para tratar las paces en nombre de toda Tlascala y Guaxocingo; y los cuatro viejos por temor de Xicotenga el mozo no vinieron en aquella sazon; y porque en un instante acaecen dos y tres cosas, así en nuestro real como en este tratar de paces, y por fuerza tengo de tomar entre manos lo que más viene al propósito, dejaré de hablar de los cuatro indios principales que enviaron á tratar las paces, que aún no venian por temor de Xicotenga: en este tiempo fuimos con Cortés á un pueblo junto á nuestro real, y lo que pasó diré adelante.

CAPÍTULO LXVIII.

CÓMO ACORDAMOS DE IR Á UN PUEBLO QUE ESTABA CERCA DE NUESTRO REAL, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Y como habia dos dias que estábamos sin hacer cosa que de contar sea, fué acordado, y aun aconsejamos á Cortés, que un pueblo que estaba obra de una legua de nuestro real, que le habiamos enviado á llamar de paz y no venia, que fuésemos una noche y diésemos sobre él, no para hacelles mal, digo matalles ni herilles ni traelles presos, mas de traer comida y atemorizalles ó hablalles de paz, segun viésemos lo que ellos hacian; y llámase este pueblo Zumpacingo, y era cabecera de muchos pueblos chicos, y era sujeto el pueblo donde estábamos allí donde teniamos nuestro real, que se dice Tecodcungapacingo, que todo alrededor estaba muy poblado de casas é pueblos; por manera que una noche al cuarto de la modorra madrugamos para ir á aquel pueblo con seis de á caballo de los mejores, y con los más sanos soldados y con diez ballesteros y ocho escopeteros, y Cortés por nuestro capitan, puesto que tenia calenturas ó tercianas; dejamos el mejor recaudo que pudimos en el real.

Ántes que amaneciese con dos horas caminamos, y hacia un viento tan frio aquella mañana, que venia de la sierra nevada, que nos hacia temblar é tiritar, y bien lo sintieron los caballos que llevábamos, porque dos dellos se atorozonaron y estaban temblando; de lo cual nos pesó en gran manera, temiendo no muriesen, y Cortés mandó que se volviesen al real los caballeros dueños cuyos eran, á curar dellos; y como estaba cerca el pueblo, llegamos á él ántes que fuese de dia, y como nos sintieron los naturales dél, fuéronse huyendo de sus casas, dando voces unos á otros que se guardasen de los teules, que les íbamos á matar; que no se aguardaban padres á hijos; y como los vimos, hicimos alto en un patio hasta que fuera de dia, que no se les hizo daño ninguno; y como unos papas que estaban en unos cues, los mayores del pueblo y otros viejos principales vieron que estábamos allí sin les hacer enojo ninguno, vienen á Cortés y le dicen que les perdonen porque no han ido á nuestro real de paz ni llevar de comer cuando los enviamos á llamar, y la causa ha sido que el capitan Xicotenga, que está de allí muy cerca, se lo ha enviado á decir que no lo dén; y porque de aquel pueblo y otros muchos le bastecen su real, é que tiene consigo todos los hombres de guerra y de toda la tierra de Tlascala.

Y Cortés les dijo con nuestras lenguas, doña Marina y Aguilar, que siempre iban con nosotros á cualquiera entrada que íbamos, y aunque fuese de noche, que no hubiesen miedo, y que luego fuesen á decir á sus caciques á la cabecera que vengan de paz, porque la guerra es mala para ellos; y envió á aquestos papas, porque de los otros mensajeros que habiamos enviado aún no teniamos respuesta ninguna sobre que enviaban á tratar las paces los caciques de Tlascala con los cuatro principales, que aún no habian venido; é aquellos papas de aquel pueblo buscaron de presto más de cuarenta gallinas é gallos, y dos indias para moler tortillas, y las trujeron, y Cortés se lo agradeció, y mandó luego le llevasen veinte indios de aquel pueblo á nuestro real, y sin temor ninguno fueron con el bastimento, y se estuvieron en el real hasta la tarde, y se les dió contezuelas, con que volvieron muy contentos á sus casas á todas aquellas caserías.

Nuestros vecinos decian que éramos buenos, que no les enojábamos, y aquellos viejos y papas avisaron dello al capitan Xicotenga cómo habian dado la comida y las indias, y riñó mucho con ellos, y fueron luego á la cabecera á hacello saber á los caciques viejos; y como supieron que no les haciamos mal ninguno, y aunque pudiéramos matalles aquella noche muchos de sus gentes, y les enviábamos á demandar paces, se holgaron y les mandaron que cada dia nos trujesen todo lo que hubiésemos menester, y tornaron otra vez á mandar á los cuatro principales, que otras veces les encargaron las paces, que luego en aquel instante fuesen á nuestro real y llevasen toda la comida y aparato que les mandaban; y así, nos volvimos luego á nuestro real con el bastimento é indias y muy contentos; é quedarse há aquí, y diré lo que pasó en el real entre tanto que habiamos ido á aquel pueblo.

CAPÍTULO LXIX.

CÓMO DESPUES QUE VOLVIMOS CON CORTÉS DE CIMPACINGO, HALLAMOS EN NUESTRO REAL CIERTAS PLÁTICAS, Y LO QUE CORTÉS RESPONDIÓ Á ELLAS.

Vueltos de Cimpacingo, que así se dice, con bastimentos y muy contentos en dejallos de paz, hallamos en el Real corrillo y pláticas sobre los grandísimos peligros en que cada dia estábamos en aquella guerra, y cuando llegamos avivaron más las pláticas; y los que más en ello hablaban é insistian, eran los que en la isla de Cuba dejaban sus casas y repartimientos de indios, y juntáronse hasta siete dellos, que aquí no quiero nombrar por su honor, y fueron al rancho y aposento de Cortés.

Y uno dellos, que habló por todos, que tenia buena expresiva, y aun tenia bien en la memoria lo que habia de proponer, dijo como á manera de aconsejarle á Cortés, que mirase cuál andábamos malamente heridos y flacos y corridos, y los grandes trabajos que teniamos, así de noche con velas y con espías, y rondas y corredores del campo, como de dia é de noche peleando; y que por la cuenta que han echado, que desde que salimos de Cuba que faltaban ya sobre cincuenta y cinco compañeros, y que no sabemos de los de la Villa-Rica que dejamos poblados; é que pues Dios nos habia dado vitoria en las batallas y rencuentros que desde que venimos en aquella provincia habiamos habido, y con su gran misericordia nos sustenia, que no le debiamos tentar tantas veces; é que no quiera ser peor que Pedro Carbonero, que nos habia metido en parte que no se esperaba; si no, que un dia ó otro habiamos de ser sacrificados á los ídolos; lo cual plega Dios tal no permita; é que seria bueno volver á nuestra villa, y que en la fortaleza que hicimos, y entre los pueblos de los totonaques, nuestros amigos, nos estariamos hasta que hiciésemos un navío que fuese á dar mandado á Diego Velazquez y á otras partes é islas para que nos enviasen socorro é ayudas.

É que ahora fueran buenos los navíos que dimos con todos al través, ó que se quedaran siquiera dos dellos para la necesidad si ocurriese, y que sin dalles parte dello ni de cosa ninguna, por consejo de quien no sabe considerar las cosas de fortuna, mandó dar con todos al través; y que plegue á Dios que él y los que tal consejo le dieron no se arrepientan dello; y que ya no podiamos sufrir la carga, cuanto más muchas sobrecargas, y que andábamos peores que bestias; porque á las bestias que han hecho sus jornadas las quitan las albardas y les dan de comer y reposan, y que nosotros de dia y de noche siempre andamos cargados de armas y calzados; y más le dijeron, que mirase en todas las historias, así de romanos como las de Alejandro ni de otros capitanes de los muy nombrados que en el mundo ha habido, no se atrevieron á dar con los navíos al través, y con tan poca gente meterse en tan grandes poblaciones y de muchos guerreros, como él ha hecho, y que parece que es autor de su muerte y de la de todos nosotros.

É que quiera conservar su vida y las nuestras, y que luego nos volviésemos á la Villa-Rica, pues estaba de paz la tierra; y que no se lo habian dicho hasta entónces porque no han visto tiempo para ello, por los muchos guerreros que teniamos cada dia por delante y en los lados; y pues ya no tornaban de nuevo, los cuales creian que volverian, y pues Xicotenga con su gran poder no nos ha venido á buscar aquellos tres dias pasados, que debe estar allegando gente, y que no debiamos aguardar otra como las pasadas; y le dijeron otras cosas sobre el caso.

É viendo Cortés que se lo decian algo como soberbios, puesto que iba á manera de consejo, le respondió muy mansamente, y dijo que bien conocido tenia muchas cosas de las que habian dicho, é que á lo que ha visto y tiene creido, que en el universo no hubiese otros españoles más fuertes ni que con tanto ánimo hayan peleado ni pasado tan excesivos trabajos como nosotros; é que andar con las armas á cuestas á la continua, y velas, rondas y frios, que si así no lo hubiéramos hecho ya fuéramos perdidos, y que por salvar nuestras vidas, que aquellos trabajos y otros mayores habiamos de tomar; é dijo:

—«¿Para qué es, señores, contar en esto cosas de valentías, que verdaderamente nuestro Señor es servido ayudarnos? É que cuando se me acuerda vernos cercados de tantas capitanías de contrarios, y verles esgrimir sus montantes y andar tan junto de nosotros, ahora me pone grima, especial cuando nos mataron la yegua de una cuchillada, cuán perdidos y desbaratados estábamos, y entónces conocí vuestro muy grandísimo ánimo más que nunca; y pues Dios nos libró de tan gran peligro, que esperanza tenia en él que así habia de ser de allí adelante, pues en todos estos peligros no me conoceriades tener pereza, que en ellos me hallaba con vuestras mercedes.»

Y tuvo razon de lo decir, porque ciertamente en todas las batallas se hallaba de los primeros.

—«He querido, señores, traeros esto á la memoria, que pues nuestro Señor fué servido guardarnos, tengamos esperanza que así será de aquí adelante, pues desque entramos en la tierra, en todos los pueblos les predicamos la santa doctrina lo mejor que podemos, y les procuramos deshacer sus ídolos.

»Y pues que ya viamos que el capitan Xicotenga ni sus capitanías no parecian, y que de miedo no debian de osar volver, porque les debiéramos de hacer mala obra en las batallas pasadas, y que no podria juntar sus gentes, habiendo sido ya desbaratado tres veces, y que por esta causa tenia confianza en Dios y en su abogado señor San Pedro, que era fenecida la guerra de aquella provincia; y ahora, como habeis visto, traen de comer los de Cimpacingo y quedan de paz, y estos nuestros vecinos que están por aquí poblados en sus casas; y que en cuanto dar con los navíos al través, fué muy bien aconsejado, y que si no llamó á alguno dellos al consejo, como á otros caballeros, fué por lo que sintió en el arenal, que no lo quisiera ahora traer á la memoria; y que el acuerdo y consejo que ahora le dan y el que entónces le dieron es todo de una manera y todo uno, y que miren que hay otros muchos caballeros en el real que serán muy contrarios de lo que ahora piden y aconsejan, y que encaminemos siempre todas las cosas á Dios, y seguillas en su santo servicio será mejor.

»Y á lo que, señores, decis, que jamás capitanes romanos de los muy nombrados han acometido tan grandes hechos como nosotros, vuestras mercedes dicen verdad. É ahora en adelante, mediante Dios, dirán en las historias que desto harán memoria, mucho más que de los antepasados; pues, como he dicho, todas nuestras cosas en servicio de Dios y nuestro gran Emperador don Cárlos, y aun debajo de su recta justicia y cristiandad, serán ayudadas de la misericordia de Nuestro Señor, y nos sosterná que vamos de bien en mejor.

»Así que, señores, no es cosa bien acertada volver un paso atrás; que si nos viesen volver estas gentes y los que dejamos atrás de paz, las piedras se levantarian contra nosotros; y como ahora nos tienen por dioses y ídolos, que así nos llaman, nos juzgarian por muy cobardes y de pocas fuerzas.

»Y á lo que decis de estar entre los amigos totonaques, nuestros aliados, si nos viesen que damos vuelta sin ir á Méjico se levantarian contra nosotros, y la causa dello seria que, como les quitamos que no diesen tributo á Montezuma, enviaria sus poderes mejicanos contra ellos para que los tornasen á tributar y sobre ello dalles guerra, y aun les mandaria que nos la dén á nosotros; y ellos, por no ser destruidos, porque les temen en gran manera, lo pornian por la obra; así que, donde pensábamos tener amigos, serian enemigos; pues desque lo supiese el gran Montezuma que nos habiamos vuelto, ¿qué diria? ¿En qué ternia nuestras palabras ni lo que le enviamos á decir? Que todo era cosa de burla ó juego de niños.

»Así que, señores, mal allá y peor acullá, más vale que estemos aquí donde estamos, que es bien llano y todo bien poblado, y este nuestro real bien bastecido: unas veces gallinas, otras perros, gracias á Dios no falta de comer, si tuviésemos sal, que es la mayor falta que al presente tenemos, y ropa para guarecernos del frio.

»Y á lo que decis, señores, que se han muerto desde que salimos de la isla de Cuba cincuenta y cinco soldados de heridas, hambres, frios, dolencias y trabajos, é que somos pocos, é todos heridos y dolientes, Dios nos da esfuerzo por muchos; porque vista cosa es que las guerras gastan hombres y caballos, y que unas veces comemos bien, y no venimos al presente para descansar, sino para pelear cuando se ofreciere; por tanto os pido, señores, por merced, que pues sois caballeros y personas que ántes habíades esforzar á quien viésedes mostrar flaqueza, que de aquí adelante se os quite del pensamiento la isla de Cuba y lo que allá dejais, y procuremos de hacer lo que siempre habeis hecho como buenos soldados; que despues de Dios, que es nuestro socorro é ayuda, han de ser nuestros valerosos brazos.»

Y como Cortés hubo dado esta respuesta, volvieron aquellos soldados á repetir en la plática, y dijeron que todo lo que decia estaba bien dicho; mas que cuando salimos de la villa que dejábamos poblada, nuestro intento era, y ahora lo es, de ir á Méjico, pues hay tan gran fama de tan fuerte ciudad y tan multitud de guerreros, y que aquellos tlascaltecas decian que los de Cempoal eran pacíficos, y no habia fama dellos, como de los de Méjico; y habemos estado tan á riesgo nuestras vidas, que si otro dia nos dieran otra batalla como alguna de las pasadas, ya no nos podiamos tener de cansados, ya que no nos diesen más guerras; que la ida de Méjico les parecia muy terrible cosa, y que mirase lo que decia y ordenaba.

Y Cortés respondió, medio enojado, que valía más morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados; y demás desto que Cortés les dijo, todos los más soldados que le fuimos en alzar capitan y dimos consejo sobre dar al través con los navíos, dijimos en alta voz que no curase de corrillos ni de oir semejantes pláticas, sino que con el ayuda de Dios con buen concierto estemos apercebidos para hacer lo que convenga, y así cesaron todas las pláticas; verdad es que murmuraban de Cortés é le maldecian, y aun de nosotros, que le aconsejábamos, y de los de Cempoal, que por tal camino nos trujeron, y decian otras cosas no bien dichas; mas en tales tiempos se disimulaban.

En fin, todos obedecieron muy bien.

Y dejaré de hablar en esto, y diré cómo los caciques viejos de la cabecera de Tlascala enviaron otra vez mensajeros de nuevo á su capitan general Xicotenga, que en todo caso no nos dé guerra, y que vaya de paz luego á nos ver y llevar de comer, porque así está ordenado por todos los caciques y principales de aquella tierra y de Guaxocingo; y tambien enviaron á mandar á los capitanes que tenia en su compañía que si no fuese para tratar paces, que en cosa ninguna le obedeciesen; y esto le tornaron á enviar á decir tres veces, porque sabian cierto que no les queria obedecer, y tenia determinado el Xicotenga que una noche habia de dar otra vez en nuestro real, porque para ello tenia juntos veinte mil hombres; y como era soberbio y muy porfiado, así ahora como las otras veces no quiso obedecer.

Y lo que sobre ello hizo diré adelante.

CAPÍTULO LXX.

CÓMO EL CAPITAN XICOTENGA TENIA APERCEBIDOS VEINTE MIL HOMBRES ESCOGIDOS, PARA DAR EN NUESTRO REAL, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Como Masse-Escaci y Xicotenga el viejo, y todos los más caciques de la cabecera de Tlascala enviaron cuatro veces á decir á su capitan que no nos diese guerra, sino que nos fuese á hablar de paz, pues estaba cerca de nuestro real, y mandaron á los demás capitanes que con él estaban que no le siguiesen si no fuese para acompañarle si nos iba á ver de paz; como el Xicotenga era de mala condicion, porfiado y soberbio, acordó de nos enviar cuarenta indios con comida de gallinas, pan y fruta, y cuatro mujeres indias viejas y de ruin manera, y mucho copal y plumas de papagayos, y los indios que lo traian al parecer creimos que venian de paz; y llegados á nuestro real, zahumaron á Cortés, y sin hacer acato, como suelen entre ellos, dijeron:

—«Esto os envia el capitan Xicotenga, que comais si sois teules, como dicen los de Cempoal; é si quereis sacrificios, tomá esas cuatro mujeres que sacrifiqueis, y podeis comer de sus carnes y corazones; y porque no sabemos de qué manera lo haceis, por eso no las hemos sacrificado ahora delante de vosotros; y si sois hombres, comed de las gallinas, pan y fruta; y si sois teules mansos, aquí os traemos copal (que ya he dicho que es como incienso) y plumas de papagayos; haced vuestro sacrificio con ello.»

Y Cortés respondió con nuestras lenguas que ya les habia enviado á decir que quieren paz y que no venia á dar guerra, y les venian á rogar y manifestar de parte de nuestro Señor Jesucristo, que es él en quien creemos y adoramos, y el Emperador don Cárlos (cuyos vasallos somos), que no maten ni sacrifiquen á ninguna persona, como lo suelen hacer; y que todos nosotros somos hombres de hueso y de carne como ellos, y no teules, sino cristianos, y que no tenemos costumbre de matar á ningunos; que si matar quisiéramos, que todas las veces que nos dieron guerra de dia y de noche habia en ellos hartos en que pudiéramos hacer crueldades, y que por aquella comida que allí traen se lo agradece, y que no sean más locos de lo que han sido, y vengan de paz.

Y parece ser aquellos indios que envió el Xicotenga con la comida, eran espías para mirar nuestras chozas y entradas y salidas, y todo lo que en nuestro real habia, y ranchos y caballos y artillería, y cuántos estábamos en cada choza; y estuvieron aquel dia y la noche, y se iban unos con mensajes á su Xicotenga y venian otros; y los amigos que traiamos de Cempoal miraron y cayeron en ello, que no era cosa acostumbrada estar de dia ni de noche nuestros enemigos en el real sin propósito ninguno, y que cierto eran espías, y tomaron dellos más sospecha porque cuando fuimos á lo del pueblezuelo Cimpacingo, dijeron dos viejos de aquel pueblo á los de Cempoal, que estaba apercibido Xicotenga con muchos guerreros para dar en nuestro real de noche de manera que no fuesen sentidos, y los de Cempoal entónces tuviéronlo por burla y cosa de fieros, y por no sabello muy de cierto no se lo habian dicho á Cortés; y súpolo luego doña Marina, y ella lo dijo á Cortés; y para saber la verdad mandó Cortés apartar dos de los tlascaltecas que parecian más hombres de bien, y confesaron que eran espías de Xicotenga, y todo á la fin que venian; y Cortés les mandó soltar, y tomamos otros dos, y ni más ni ménos confesaron que eran espías; y tomáronse otros dos ni más ni ménos, y más dijeron, que estaba su capitan Xicotenga aguardando la respuesta para dar aquella noche con todas sus capitanías en nosotros; y como Cortés lo hubo entendido, lo hizo saber en todo el real para que estuviésemos muy alerta, creyendo que habia de venir, como lo tenian concertado.