Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 16

Chapter 164,010 wordsPublic domain

Y andando en estas priesas entre aquellos grandes guerreros y sus temerosos montantes, parece ser acordaron de se juntar muchos dellos y de mayores fuerzas para tomar á manos á algun caballo, y lo pusieron por obra, y arremetieron, y echan mano á una muy buena yegua y bien revuelta, de juego y de carrera, y el caballero que en ella iba muy buen jinete, que se decia Pedro de Moron; y como entró rompiendo con otros tres de á caballo entre los escuadrones de los contrarios, porque así les era mandado, porque se ayudasen unos á otros, échanle mano de la lanza, que no la pudo sacar, y otros le dan de cuchilladas con los montantes y le hirieron malamente, y entónces dieron una cuchillada á la yegua, que le cortaron el pescuezo redondo, y allí quedó muerta; y si de presto no socorrieran los dos compañeros de á caballo al Pedro de Moron, tambien le acabaran de matar, pues quizá podiamos con todo nuestro escuadron ayudalle.

Digo otra vez que por temor que nos desbaratasen ó acabasen de desbaratar, no podiamos ir ni á una parte ni á otra; que harto teniamos que sustentar no nos llevasen de vencida, que estábamos muy en peligro; y todavía acudiamos á la presa de la yegua, y tuvimos lugar de salvar al Moron y quitársele de su poder, que ya le llevaban medio muerto; y cortamos la cincha de la yegua, porque no se quedase allí la silla; y allí en aquel socorro hirieron diez de los nuestros; y tengo en mí que matamos entónces cuatro capitanes, porque andábamos juntos pié con pié, y con las espadas les haciamos mucho daño; porque como aquello pasó se comenzaron á retirar y llevaron la yegua, la cual hicieron pedazos para mostrar en todos los pueblos de Tlascala; y despues supimos que habian ofrecido á sus ídolos las herraduras y el chapeo de Flandes vedijudo, y las dos cartas que les enviamos para que viniesen en paz.

La yegua que mataron era de un Juan Sedeño; y porque en aquella sazon estaba herido el Sedeño de tres heridas del dia ántes, por esta causa se la dió al Moron, que era muy buen jinete, y murió el Moron entónces de allí á dos dias de las heridas, porque no me acuerdo verle más.

Volvamos á nuestra batalla: que como habia bien una hora que estábamos en las rencillas peleando, y los tiros les debrian de hacer mucho mal; porque, como eran muchos, andaban tan juntos, que por fuerza les habian de llevar copia dellos; pues los de á caballo, escopetas, ballestas, espadas, rodelas y lanzas, todos á una peleábamos como valientes soldados por salvar nuestras vidas y hacer lo que éramos obligados; porque ciertamente las teniamos en grande peligro, cual nunca estuvieron.

Y á lo que despues supimos, en aquella batalla les matamos muchos indios, y entre ellos ocho capitanes muy principales, hijos de los viejos caciques que estaban en el pueblo cabecera mayor; á esta causa se trujeron con muy buen concierto, y á nosotros que no nos pesó dello; y no los seguimos porque no nos podiamos tener en los piés, de cansados; allí nos quedamos en aquel poblezuelo, que todos aquellos campos estaban muy poblados, y aun tenian hechas otras casas debajo de tierra como cuevas, en que vivian muchos indios; y llamábase donde pasó esta batalla Tehuacingo ó Tehuacacingo, y fué dada en 2 dias del mes de Setiembre de 1519 años.

Y desque nos vimos con victoria, dimos muchas gracias á Dios, que nos libró de tan grandes peligros; y desde allí nos retrujimos luego á unos cues que estaban buenos y altos como en fortaleza, y con el unto del indio que ya he dicho otras veces se curaron nuestros soldados, que fueron quince, y murió uno de las heridas; y tambien se curaron cuatro ó cinco caballos que estaban heridos, y reposamos y cenamos muy bien aquella noche, porque teniamos muchas gallinas y perrillos que hubimos en aquellas casas, con muy buen recaudo de escuchas y rondas y los corredores del campo, y descansamos hasta otro dia por la mañana.

En aquesta batalla tomamos y prendimos quince indios y los dos principales; y una cosa tenian los tlascaltecas en esta batalla y en todas las demás, que en hiriéndoles cualquiera indio, luego lo llevaban, y no podiamos ver los muertos.

CAPÍTULO LXIV.

CÓMO TUVIMOS NUESTRO REAL ASENTADO EN UNOS PUEBLOS Y CASERÍAS QUE SE DICEN TEOACINGO Ó TEUACINGO, Y LO QUE ALLÍ HICIMOS.

Como nos sentimos muy trabajados de las batallas pasadas y estaban muchos soldados y caballos heridos, y teniamos necesidad de adobar las ballestas y alistar almacen de saetas, estuvimos un dia sin hacer cosa que de contar sea; y otro dia por la mañana dijo Cortés que seria bueno ir á correr el campo con los de á caballo que estaban buenos para ello, porque no pensasen los tlascaltecas que dejábamos de guerrear por la batalla pasada, y porque viesen que siempre los habiamos de seguir; y el dia pasado, como he dicho, habiamos estado sin salirlos á buscar, é que era mejor irles nosotros á acometer que ellos á nosotros, porque no sintiesen nuestra flaqueza y porque aquel campo es muy llano y muy poblado.

Por manera que con siete de á caballo y pocos ballesteros y escopeteros, y obra de ducientos soldados y con nuestros amigos, salimos y dejamos en el real buen recaudo, segun nuestra posibilidad, y por las casas y pueblos por donde íbamos prendimos hasta veinte indios é indias sin hacelles ningun mal; y los amigos, como son crueles, quemaron muchas casas y trujeron bien de comer gallinas y perrillos; y luego nos volvimos al real, que era cerca, y acordó Cortés de soltar los prisioneros, y se les dió primero de comer, y doña Marina y Aguilar los halagaron y dieron cuentas, y les dijeron que no fuesen más locos; é que viniesen de paz, que nosotros les queremos ayudar y tener por hermanos: y entónces tambien soltamos los dos prisioneros primeros, que eran principales, y se les dió otra carta para que fuesen á decir á los caciques mayores, que estaban en el pueblo cabecera de todos los más pueblos de aquella provincia, que no les veniamos á hacer mal ni enojo, sino para pasar por su tierra é ir á Méjico á hablar á Montezuma.

Y los dos mensajeros fueron al real de Xicotenga, que estaba de allí obra de dos leguas, en unos pueblos y casas que me parece que se llamaban Tecuacinpacingo; y como les dieron la carta y dijeron nuestra embajada, la respuesta que les dió su capitan Xicotenga el mozo fué que fuésemos á su pueblo, adonde está su padre: que allá harian las paces con hartarse de nuestras carnes y honrar sus dioses con nuestros corazones y sangre, é que para otro dia de mañana veriamos su respuesta; y cuando Cortés y todos nosotros oimos aquellas tan soberbias palabras, como estábamos hostigados de las pasadas batallas é encuentros, verdaderamente no lo tuvimos por bueno, y á aquellos mensajeros halagó Cortés con blandas palabras, porque les pareció que habian perdido el miedo, y les mandó dar unos sartalejos de cuentas, y esto para tornalles á enviar por mensajeros sobre la paz.

Entónces se informó muy por extenso cómo y de qué manera estaba el capitan Xicotenga, y qué poderes tenia consigo, y les dijeron que tenia muy más gente que la otra vez cuando nos dió guerra, porque traia cinco capitanes consigo, y que cada capitanía traia diez mil guerreros.

Fué desta manera que lo contaba, que de la parcialidad de Xicotenga, que ya no habia del viejo padre del mismo capitan sino diez mil, y de la parte de otro gran cacique que se decia Masse-Escaci, otros diez mil, y de otro gran principal que se decia Chichimeca Tecle, otros tantos, y de otro gran cacique señor de Topeyanco, que se decia Tecapaneca, otros diez mil, é de otro cacique que se decia Guaxobcin, otros diez mil; por manera que eran á la cuenta cincuenta mil, y que habian de sacar su bandera y seña, que era un ave blanca, tendidas las alas como que queria volar, que parece como avestruz, y cada capitan con su divisa y librea; porque cada cacique así las tenia diferenciadas, como en nuestra Castilla tienen los duques y condes.

Y todo esto que aquí he dicho tuvímoslo por muy cierto, porque ciertos indios de los que tuvimos presos, que soltamos aquel dia, lo decian muy claramente, aunque no eran creidos.

Y cuando aquello vimos, como somos hombres y temiamos la muerte, muchos de nosotros y aun todos los más nos confesamos con el Padre de la Merced y con el Clérigo Juan Diaz, que toda la noche estuvieron en oir de penitencia y encomendándonos á Dios que nos librase no fuésemos vencidos; y desta manera pasamos hasta otro dia; y la batalla que nos dieron, aquí lo diré.

CAPÍTULO LXV.

DE LA GRAN BATALLA QUE HUBIMOS CON EL PODER DE TLASCALTECAS, Y QUISO DIOS NUESTRO SEÑOR DARNOS VITORIA, Y LO QUE MÁS PASÓ.

Otro dia de mañana, que fueron 5 de Setiembre de 1519 años, pusimos los caballos en concierto, que no quedó ninguno de los heridos que allí no saliesen para hacer cuerpo é ayudasen lo que pudiesen, y apercibidos los ballesteros que con gran concierto gastasen el almacen, unos armando y otros soltando, y los escopeteros por el consiguiente, y los de espada y rodela que la estocada ó cuchillada que diésemos, que pasasen las entrañas, porque no se osasen juntar tanto como la otra vez, y el artillería bien apercebida iba; y como ya tenian aviso los de á caballo que se ayudasen unos á otros, y las lanzas terciadas sin pararse á alancear sino por las caras y ojos, entrando y saliendo á media rienda, y que ningun soldado saliese del escuadron, y con nuestra bandera tendida, y cuatro compañeros guardando al alférez Corral.

Así salimos de nuestro real, y no habiamos andado medio cuarto de legua, cuando vimos asomar los campos llenos de guerreros con grandes penachos y sus divisas, y mucho ruido de trompetillas y bocinas.

Aquí habia bien que escribir y ponello en relacion lo que en esta peligrosa y dudosa batalla pasamos; porque nos cercaron por todas partes tantos guerreros, que se podia comparar como si hubiese unos grandes prados de dos leguas de ancho y otras tantas de largo, y en medio dellos cuatrocientos hombres; así era: todos los campos llenos dellos, y nosotros obra de cuatrocientos, muchos heridos y dolientes; y supimos de cierto que esta vez venian con pensamiento que no habian de dejar ninguno de nosotros á vida, que no habia de ser sacrificado á sus ídolos.

Volvamos á nuestra batalla: pues como comenzaron á romper con nosotros, ¡qué granizo de piedra de los honderos! Pues flechas, todo el suelo hecho parva de varas, todas de á dos gajos, que pasan cualquiera arma y las entrañas, adonde no hay defensa, y los de espada y rodela, y de otras mayores que espadas, como montantes y lanzas, ¡qué priesa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros, y con qué grandísimos gritos y alaridos! Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les haciamos harto daño, y á los que se nos llegaban con sus espadas y montantes les dábamos buenas estocadas, que les haciamos apartar, y no se juntaban tanto como la otra vez pasada; y los de á caballo estaban tan diestros y hacíanlo tan varonilmente, que, despues de Dios, que es el que nos guardaba, ellos fueron fortaleza.

Yo vi entónces medio desbaratado nuestro escuadron, que no aprovechaban voces de Cortés ni de otros capitanes para que tornásemos á cerrar; tanto número de indios cargó entónces sobre nosotros, sino que á puras estocadas les hicimos que nos diesen lugar; con que volvimos á ponernos en concierto.

Una cosa nos daba la vida, y era que, como eran muchos y estaban amontonados, los tiros les hacian mucho mal; y demás desto, no se sabian capitanear, porque no podian allegar todos los capitanes con sus gentes; y á lo que supimos, desde la otra batalla pasada habian tenido pendencias y rencillas entre el capitan Xicotenga con otro capitan hijo de Chichimeclatecle, sobre que decia el un capitan al otro que no lo habia hecho bien en la batalla pasada, y el hijo de Chichimeclatecle respondió que muy mejor que él, y se lo haria conocer de su persona á la suya de Xicotenga; por manera que en esta batalla no quiso ayudar con su gente el Chichimeclatecle al Xicotenga, ántes supimos muy ciertamente que convocó á la capitanía de Guaxolcingo que no pelease.

Y demás desto, desde la batalla pasada temian los caballos y tiros y espadas y ballestas y nuestro buen pelear, y sobre todo, la gran misericordia de Dios, que nos daba esfuerzo para nos sustentar; y como el Xicotenga no era obedecido de dos capitanes, y nosotros les haciamos muy gran daño, que les matábamos muchas gentes, las cuales encubrian, porque, como eran muchos, en hiriéndolos á cualquiera de los suyos, luego le apañaban y le llevaban á cuestas; y así en esta batalla como en la pasada no podiamos ver ningun muerto; y como ya peleaban de mala gana, y sintieron que las capitanías de los dos capitanes por mí nombrados no les acudian, comenzaron á aflojar; porque, segun pareció, en aquella batalla matamos un capitan muy principal, que de los otros no los cuento; y comenzaron á retraerse con buen concierto, y los de á caballo á media rienda siguiéndolos poco trecho, porque no se podian ya tener de cansados, y cuando nos vimos libres de aquella tanta multitud de guerreros, dimos muchas gracias á Dios.

Allí nos mataron un soldado é hirieron más de sesenta, y tambien hirieron á todos los caballos; á mi me dieron dos heridas, la una en la cabeza, de pedrada, y otra en un muslo, de un flechazo; mas no eran para dejar de pelear y velar y ayudar á nuestros soldados; y asimismo lo hacian todos los soldados que estaban heridos, que si no eran muy peligrosas las heridas, habiamos de pelear y velar con ellos, porque de otra manera pocos quedaron que estuviesen sin heridas; y luego nos fuimos á nuestro real muy contentos y dando muchas gracias á Dios, y enterramos los muertos en una de aquellas casas que tenian hechas en los soterraños, porque no viesen los indios que éramos mortales, sino que creyesen que éramos teules, como ellos decian; y derrocamos mucha tierra encima de la casa porque no oliesen los cuerpos, y se curaron todos los heridos con el unto del indio que otras veces he dicho.

¡Oh qué mal refrigerio teniamos, que aun aceite para curar heridas ni sal no habia! Otra falta teniamos, y grande, que era ropa para nos abrigar; que venia un viento tan frio de la sierra nevada, que nos hacia tiritar (aunque mostrábamos buen ánimo siempre), porque las lanzas y escopetas y ballestas mal nos cobijaban. Aquella noche dormimos con más sosiego que la pasada, puesto que teniamos mucho recaudo de corredores y espías, velas y rondas.

Y dejallo hé aquí, é diré lo que otro dia hicimos en esta batalla, y prendimos tres indios principales.

CAPÍTULO LXVI.

CÓMO OTRO DIA ENVIAMOS MENSAJEROS Á LOS CACIQUES DE TLASCALA, ROGÁNDOLES CON LA PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO HICIERON.

Despues de pasada la batalla por mí contada, que prendimos en ella los tres indios principales, enviólos luego nuestro capitan Cortés, y con los dos que estaban en nuestro real, que habian ido otras veces por mensajeros, les mandó que dijesen á los caciques de Tlascala que les rogábamos que vengan luego de paz y que nos dén pasada por su tierra para ir á Méjico, como otras veces les hemos enviado á decir, é que si ahora no vienen, que les mataremos todas sus gentes; y porque los queremos mucho y tener por hermanos, no les quisiéramos enojar si ellos no hubiesen dado causa á ello, y se les dijo muchos halagos para atraerlos á nuestra amistad.

Y aquellos mensajeros fueron de buena gana luego á la cabecera de Tlascala, y dijeron su embajada á todos los caciques por mí ya nombrados; los cuales hallaron juntos con otros muchos viejos y papas, y estaban muy tristes, así del mal suceso de la guerra como de la muerte de los capitanes parientes ó hijos suyos que en las batallas murieron, y dice que no les quisieron escuchar de buena gana; y lo que sobre ello acordaron, fué que luego mandaron llamar todos los adivinos y papas, y otros que echaban suertes, que llaman tacalnagua, que son como hechiceros, y dijeron que mirasen por sus adivinanzas y hechizos y suertes qué gente éramos, y si podriamos ser vencidos dándonos guerra de dia y de noche á la contina, y tambien para saber si éramos teules, así como lo decian los de Cempoal, que ya he dicho otras veces que son cosas malas, como demonios; é qué cosas comiamos, é que mirasen todo esto con mucha diligencia.

Y despues que se juntaron los adivinos y hechiceros y muchos papas, y hechas sus adivinanzas y echadas sus suertes y todo lo que solian hacer, parece ser dijeron que en las suertes hallaron que éramos hombres de hueso y de carne, y que comiamos gallinas y perros y pan y fruta cuando lo teniamos, y que no comiamos carnes de indios ni corazones de los que matábamos; porque, segun pareció, los indios amigos que traiamos de Cempoal les hicieron encreyente que éramos teules é que comiamos corazones de indios, é que las bombardas echaban rayos como caen del cielo, é que el lebrel, que era tigre ó leon, y que los caballos eran para lancear á los indios cuando los queriamos matar; y les dijeron otras muchas niñerias.

É volvamos á los papas: y lo peor de todo que les dijeron sus papas é adivinos fué que de dia no podiamos ser vencidos, sino de noche, porque como anochecia se nos quitaban las fuerzas; y más les dijeron los hechiceros, que éramos esforzados, y que todas estas virtudes teniamos de dia hasta que se ponia el sol, y desque anochecia no teniamos fuerzas ningunas.

Y cuando aquello oyeron los caciques, y lo tuvieron por muy cierto, se lo enviaron á decir á su capitan general Xicotenga, para que luego con brevedad venga una noche con grandes poderes á nos dar guerra.

El cual, como lo supo, juntó obra de diez mil indios, los más esforzados que tenia, y vino á nuestro real, y por tres partes nos comenzó á dar una mano de flechas y tirar varas con sus tiraderas de un gajo y de dos, y los de espadas y macanas y montantes por otra parte; por manera que de repente tuvieron por cierto que llevarian algunos de nosotros para sacrificar; y mejor lo hizo nuestro Señor Dios, que por muy secretamente que ellos venian, nos hallaron muy apercebidos; porque, como sintieron su gran ruido que traian á mata-caballo, vinieron nuestros corredores del campo y las espías á dar el arma, y como estábamos tan acostumbrados á dormir calzados y las armas vestidas y los caballos ensillados y enfrenados, y todo género de armas muy á punto, les resistimos con las escopetas y ballestas y á estocadas; de presto vuelven las espaldas, y como era el campo llano y hacia luna, los de á caballo los siguieron un poco, donde por la mañana hallamos tendidos muertos y heridos hasta veinte dellos; por manera que se vuelven con gran pérdida y muy arrepentidos de la venida de noche.

Y aun oí decir que, como no les sucedió bien lo que los papas y las suertes y hechiceros les dijeron, que sacrificaron á dos dellos.

Aquella noche mataron un indio de nuestros amigos de Cempoal, é hirieron dos soldados y un caballo, y allí prendimos cuatro dellos; y como nos vimos libres de aquella arrebatada refriega, dimos gracias á Dios, y enterramos el amigo de Cempoal, y curamos los heridos y al caballo, y dormimos lo que quedó de la noche con grande recaudo en el real, así como lo teniamos de costumbre; y despues amaneció, y nos vimos todos heridos á dos y á tres heridas, y muy cansados, y otros dolientes y entrapajados, y Xicotenga que siempre nos seguia, y faltaban ya sobre cincuenta y cinco soldados, que se habian muerto en las batallas y dolencias y frios, y estaban dolientes otros doce, y asimismo nuestro capitan Cortés tambien tenia calenturas, y aun el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la órden de la Merced, con el trabajo y peso de las armas, que siempre traiamos á cuestas, y otras malas venturas de frios y falta de sal, que no la comiamos ni la hallábamos; y demás desto, dábanos qué pensar qué fin habriamos en aquestas guerras, é ya que allí se acabasen, qué seria de nosotros, adónde habiamos de ir; porque entrar en Méjico teníamoslo por cosa de risa á causa de sus grandes fuerzas y deciamos que cuando aquellos de Tlascala nos habian puesto en aquel punto, y nos hicieron creer nuestros amigos los de Cempoal que estaban de paz, que cuando nos viésemos en la guerra con los grandes poderes de Montezuma, que ¿qué podriamos hacer?

Y demás desto, no sabiamos de los que quedaron poblados en la Villa-Rica, ni ellos de nosotros; y como entre todos nosotros habia caballeros y soldados tan excelentes varones y tan esforzados y de buen consejo, que Cortés ninguna cosa decia ni hacia sin primero tomar sobre ello muy maduro consejo y acuerdo con nosotros; puesto que el coronista Gómora diga: «Hizo Cortés esto, fué allá, vino de acullá;» dice otras cosas que no llevan camino; y aunque Cortés fuera de hierro, segun lo cuenta el Gómora en su historia, no podia acudir á todas partes; bastaba que dijera que lo hacia como buen capitan, como siempre lo fué; y esto digo, porque despues de las grandes mercedes que Nuestro Señor nos hacia en todos nuestros hechos y en las vitorias pasadas y en todo lo demás, parece ser que á los soldados nos daba gracia y consejo para aconsejar que Cortés hiciese todas las cosas muy bien hechas.

Dejemos de hablar en loas pasadas, pues no hacen mucho á nuestra historia, y digamos cómo todos á una esforzábamos á Cortés, y le dijimos que curase de su persona, que allí estábamos, y que con el ayuda de Dios, que pues habiamos escapado de tan peligrosas batallas, que para algun buen fin era nuestro Señor servido de guardarnos; y que luego soltase los prisioneros y que los enviase á los caciques mayores otra vez por mí nombrados, que vengan de paz é se les perdonará todo lo hecho y la muerte de la yegua.

Dejemos esto, y digamos cómo doña Marina, con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenia, que con oir cada dia que nos habian de matar y comer nuestras carnes, y habernos visto cercados en las batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer; y á los mensajeros que ahora enviábamos les habló la doña Marina y Jerónimo de Aguilar, que vengan luego de paz, y que si no vienen dentro de dos dias, les iremos á matar y destruir sus tierras, é iremos á buscarles á su ciudad; y con estas resueltas palabras fueron á la cabecera donde estaba Xicotenga el viejo.

Dejemos esto, y diré otra cosa que he visto, que el coronista Gómora no escribe en su Historia ni hace mencion si nos mataban ó estábamos heridos, ni pasábamos trabajos ni adoleciamos, sino todo lo que escribe es como si lo halláramos hecho.

¡Oh cuán mal le informaron los que tal le aconsejaron que lo pusiese así en su Historia! Y á todos los conquistadores nos ha dado qué pensar en lo que ha escrito, no siendo así; y debia de pensar que cuando viésemos su Historia habiamos de decir la verdad.

Olvidemos al coronista Gómora, y digamos cómo nuestros mensajeros fueron á la cabecera de Tlascala con nuestro mensaje; y paréceme que llevaron una carta, que aunque sabiamos que no la habian de entender, sino porque se tenia por cosa de mandamiento, y con una saeta; y hallaron á los dos caciques mayores que estaban hablando con otros principales, y lo que sobre ello respondieron adelante lo diré.

CAPÍTULO LXVII.

CÓMO TORNARON Á ENVIAR MENSAJEROS Á LOS CACIQUES DE TLASCALA PARA QUE VENGAN DE PAZ, Y LO QUE SOBRE ELLO HICIERON Y ACORDARON.