Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 15
Y como desconocieron la voz, se volvieron con su batel, y por más que los llamaron, no quisieron responder; y queriamos les tirar con las escopetas y ballestas, y Cortés dijo que no se hiciese tal, que se fuesen con Dios á dar mandado á su capitan; por manera que se hubieron de aquel navío seis soldados, los cuatro hubimos primero, y dos marineros que saltaron en tierra; y así, volvimos á Villa-Rica, y todo esto sin comer cosa ninguna; y esto es lo que se hizo, y no lo que escribe el coronista Gómora, porque dice que vino Garay en aquel tiempo, y engañóse, que primero que viniese envió tres capitanes con navíos; los cuales diré adelante en qué tiempo vinieron é qué se hizo dellos, y tambien en el tiempo que vino Garay; y pasemos adelante, é diremos cómo acordamos de ir á Méjico.
CAPÍTULO LXI.
CÓMO ORDENAMOS DE IR Á LA CIUDAD DE MÉJICO, Y POR CONSEJO DEL CACIQUE FUIMOS POR TLASCALA, Y DE LO QUE NOS ACAECIÓ ASÍ DE RENCUENTROS DE GUERRA COMO DE OTRAS COSAS.
Despues de bien considerada la partida para Méjico, tomamos consejo sobre el camino que habiamos de llevar, y fué acordado por los principales de Cempoal que el mejor y más conveniente era por la provincia de Tlascala, porque eran sus amigos y mortales enemigos de mejicanos, é ya tenian aparejados cuarenta principales, y todos hombres de guerra, que fueron con nosotros y nos ayudaron mucho en aquella jornada, y más nos dieron ducientos tamemes para llevar el artillería; que para nosotros los pobres soldados no habiamos menester ninguno, porque en aquel tiempo no teniamos qué llevar, porque nuestras armas, así lanzas como escopetas y ballestas y rodelas, y todo otro género dellas, con ellas dormiamos y caminábamos, y calzamos nuestros alpargates, que era nuestro calzado, y como he dicho siempre, muy apercebidos para pelear; y partimos de Cempoal demediado el mes de Agosto de 1519 años, y siempre con muy buena órden, y los corredores del campo y ciertos soldados muy sueltos delante; y la primera jornada fuimos á un pueblo que se dice Jalapa, y desde allí á Socochima, y estaba muy fuerte y mala entrada, y en él habia muchas parras de uvas de la tierra; y en estos pueblos se les dijo con doña Marina y Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, todas las cosas tocantes á nuestra santa fe, y cómo éramos vasallos del Emperador D. Cárlos, é que nos envió para quitar que no haya más sacrificios de hombres ni se robasen unos á otros, y se les declaró muchas cosas que se les convenia decir; y como eran amigos de Cempoal y no tributaban á Montezuma, hallábamos en ellos muy buena voluntad y nos daban de comer, y se puso en cada pueblo una cruz, y se les declaró lo que significaba é que la tuviesen en mucha reverencia.
Y desde Socochima pasamos unas altas sierras y puerto, y llegamos á otro pueblo que se dice Texutla, y tambien hallamos en ellos buena voluntad, porque tampoco daban tributo como los demás; y desde aquel pueblo acabamos de subir todas las sierras y entramos en el despoblado, donde hacia muy gran frio y granizo aquella noche, donde tuvimos falta de comida, y venia un viento de la sierra nevada, que estaba á un lado, que nos hacia temblar de frio; porque, como habiamos venido de la isla de Cuba y de la Villa-Rica, y toda aquella costa es muy calurosa, y entramos en tierra fria, y no teniamos con qué nos abrigar sino con nuestras armas, sentiamos las heladas, como no éramos acostumbrados al frio; y desde allí pasamos á otro puerto, donde hallamos unas caserías y grandes adoratorios de ídolos, que ya he dicho que se dicen cues, y tenian grandes rimeros de leña para el servicio de los ídolos que estaban en aquellos adoratorios; y tampoco tuvimos qué comer, y hacia recio frio.
Y desde allí entramos en tierra de un pueblo que se decia Cocotlan, y enviamos dos indios de Cempoal á decille al cacique cómo íbamos, que tuviesen por bien nuestra llegada á sus casas; y era sujeto este pueblo á Méjico, y siempre caminábamos muy apercebidos y con gran concierto, porque viamos que ya era otra manera de tierra; y cuando vimos blanquear muchas azuteas, y las casas del Cacique y los cues y adoratorios, que eran muy altos y encalados, parecian muy bien, como algunos pueblos de nuestra España, y pusímosle nombre Castilblanco, porque dijeron unos soldados portugueses que parecia á la villa de Casteloblanco de Portugal, y así se llama ahora; y como supieron en aquel pueblo por mí nombrado, por los mensajeros que enviábamos, cómo íbamos, salió el cacique á recebirnos con otros principales junto á sus casas; el cual cacique se llamaba Olintecle, y nos llevaron á unos aposentos y nos dieron de comer poca cosa y de mala voluntad; y despues que hubimos comido, Cortés les preguntó con nuestras lenguas de las cosas de su Sr. Montezuma; y dijo de sus grandes poderes de guerreros que tenia en todas las provincias sujetas, sin otros muchos ejércitos que tenia en las fronteras y provincias comarcanas; y luego dijo de la gran fortaleza de Méjico y cómo estaban fundadas las casas sobre agua, y que de una casa á otra no se podia pasar sino por puentes que tenian hechas y en canoas; y las casas todas de azuteas, y en cada azutea si querian poner mamparos eran fortalezas; y que para entrar dentro en la ciudad que habia tres calzadas, y en cada calzada cuatro ó cinco aberturas por donde se pasaba el agua de una parte á otra; y en cada una de aquellas aberturas habia una puente, y con alzar cualquiera dellas, que son hechas de madera, no pueden entrar en Méjico; y luego dijo del mucho oro y plata y piedras chalchiuis y riquezas que tenia Montezuma, su señor, que nunca acababa de decir otras muchas cosas de cuán gran señor era, que Cortés y todos nosotros estábamos admirados de lo oir; y con todo cuanto contaban de su gran fortaleza y puentes, como somos de tal calidad los soldados españoles, quisiéramos ya estar probando ventura, y aunque nos parecia cosa imposible, segun lo señalaba y decia el Olintecle.
Y verdaderamente era Méjico muy más fuerte y tenia mayores pertrechos de albarradas que todo lo que decia; porque una cosa es haberlo visto de la manera y fuerzas que tenia, y no como lo escribo; y dijo que era tan gran señor Montezuma, que todo lo que queria señoreaba, y que no sabia si seria contento cuando supiese nuestra estada allí en aquel pueblo, por nos haber aposentado y dado de comer sin su licencia; y Cortés le dijo con nuestras lenguas: «Pues hágoos saber que nosotros venimos de léjas tierras por mandado de nuestro Rey y señor, que es el Emperador don Cárlos, de quien son vasallos muchos y grandes señores, y envia á mandar á ese vuestro gran Montezuma que no sacrifique ni mate ningunos indios, ni robe sus vasallos ni tome ningunas tierras, y para que dé la obediencia á nuestro Rey y señor; y ahora lo digo asimismo á vos, Olintecle, y á todos los más caciques que aquí estais, que dejeis vuestros sacrificios y no comais carnes de vuestros prójimos, ni hagais sodomías ni las cosas feas que soleis hacer, porque así lo manda nuestro Señor Dios, que es el que adoramos y creemos, y nos da la vida y la muerte y nos ha de llevar á los cielos;» y se les declaró otras muchas cosas tocantes á nuestra santa fe, y ellos á todo callaban.
Y dijo Cortés á los soldados que allí nos hallamos:
—«Paréceme, señores, que ya que no podemos hacer otra cosa, que se ponga una cruz.»
Y respondió el Padre fray Bartolomé de Olmedo:
—«Paréceme, señor, que en estos pueblos no es tiempo para dejalles cruz en su poder, porque son algo desvergonzados y sin temor; y como son vasallos de Montezuma, no la quemen ó hagan alguna cosa mala; y esto que se les dijo basta hasta que tengan más conocimiento de nuestra santa fe.»
Y así se quedó sin poner la cruz.
Dejemos esto y de las santas amonestaciones que les haciamos, y digamos que como llevábamos un lebrel de muy gran cuerpo, que era de Francisco de Lugo, y ladraba mucho de noche, parece ser preguntaban aquellos caciques del pueblo á los amigos que traiamos de Cempoal que si era tigre ó leon, ó cosa con que mataban los indios; y respondieron:
—«Tráenle para que cuando alguno los enoja los mate.»
Y tambien les preguntaron que aquellas bombardas que traiamos, qué haciamos con ellas; y respondieron que con unas piedras que metiamos dentro dellas matábamos á quien queriamos; y que los caballos corrian como venados, y alcanzábamos con ellos á quien les mandábamos.
Y dijo el Olintecle y los demás principales:
—«Luego desa manera teules deben de ser.»
Ya he dicho otras veces que á los ídolos ó sus dioses ó cosas malas llamaban teules.
Y respondieron nuestros amigos:
—«Pues ¡cómo! ¿ahora lo veis? Mirad que no hagais cosa con que los enojeis, que luego sabrán, que saben lo que teneis en el pensamiento, porque estos teules son los que prendieron á los recaudadores del vuestro gran Montezuma, y mandaron que no les diesen más tributo en todas las sierras ni en nuestro pueblo de Cempoal; y estos son los que nos derrocaron de nuestros templos nuestros teules, y pusieron los suyos, y han vencido los de Tabasco y Cingapacinga. Y demás desto, ya habreis visto cómo el gran Montezuma, aunque tiene tantos poderes, los envia oro y mantas, y ahora han venido á este vuestro pueblo y veo que no les dais nada; andad presto y traedles algun presente.»
Por manera que traiamos con nosotros buenos echacuervos, porque luego trujeron cuatro pinjantes y tres collares y unas lagartijas, aunque era de oro todo muy bajo; y más trujeron cuatro indias, que eran buenas para moler pan, y una carga de mantas. Cortés las recibió con alegre voluntad y con grandes ofrecimientos.
Acuérdome que tenian en una plaza, adonde estaban unos adoratorios, puestos tantos rimeros de calaveras de muertos, que se podian bien contar, segun el concierto con que estaban puestas, que me parece que eran más de cien mil, y digo otra vez sobre cien mil; y en otra parte de la plaza estaban otros tantos rimeros de zancarrones y huesos de muertos que no se podian contar, y tenian en unas vigas muchas cabezas colgadas de una parte á otra, y estaban guardando aquellos huesos y calaveras tres papas que, segun entendimos, tenian cargo dellos; de lo cual tuvimos que mirar más despues que entramos más la tierra adentro, y en todos los pueblos estaban de aquella manera, é tambien en lo de Tlascala.
Pasado todo esto que aquí he dicho, acordamos de ir nuestro camino por Tlascala, porque decian nuestros amigos estaban muy cerca, y que los términos estaban allí junto donde tenian puestos por señales unos mojones; y sobre ello se preguntó al cacique Olintecle que cuál era mejor camino y más llano para ir á Méjico; y dijo que por un pueblo muy grande que se decia Choulula; y los de Cempoal dijeron á Cortés: «Señor, no vais por Choulula, que son muy traidores y tiene allí siempre Montezuma sus guarniciones de guerra;» y que fuésemos por Tlascala, que eran sus amigos, y enemigos de mejicanos; y así, acordamos de tomar el consejo de los de Cempoal, que Dios lo encaminaba todo; y Cortés demandó luego al Olintecle veinte hombres principales guerreros que fuesen con nosotros, y luego nos los dieron.
Y otro dia de mañana fuimos camino de Tlascala, y llegamos á un pueblezuelo que era de los de Xalacingo, y de allí enviamos por mensajeros dos indios de los principales de Cempoal, de los indios que solian decir muchos bienes y loas de los tlascaltecas y que eran sus amigos, y les enviamos una carta, puesto que sabiamos que no lo entenderian, y tambien un chapeo de los vedijudos colorados de Flandes, que entónces se usaban; y lo que se hizo diremos adelante.
CAPÍTULO LXII.
CÓMO SE DETERMINÓ QUE FUÉSEMOS POR TLASCALA, Y LES ENVIÁBAMOS MENSAJEROS PARA QUE TUVIESEN POR BIEN NUESTRA IDA POR SU TIERRA, Y CÓMO PRENDIERON Á LOS MENSAJEROS, Y LO QUE MÁS SE HIZO.
Como salimos de Castilblanco, y fuimos por nuestro camino, los corredores del campo siempre delante y muy apercebidos, en gran concierto los escopeteros y ballesteros, como convenia, y los de á caballo mucho mejor, y siempre nuestras armas vestidas, como lo teniamos de costumbre.
Dejemos esto; no sé para qué gasto mis palabras sobre ello, sino que estábamos tan apercebidos, así de dia como de noche, que si diesen al arma diez veces, en aquel punto nos hallaran muy puestos, calzados nuestros alpargates, y las espadas y rodelas y lanzas puesto todo muy á mano; y con aquesta órden llegamos á un pueblezuelo de Xalacingo, y allí nos dieron un collar de oro y unas mantas y dos indias.
Y desde aquel pueblo enviamos dos mensajeros principales de los de Cempoal á Tlascala con una carta ó con un chapeo vedejudo de Flandes, colorado, que se usaban entónces, y puesto que la carta bien entendimos que no la sabrian leer, sino que como viesen el papel diferenciado de lo suyo, conocerian que era de mensajería, y lo que les enviamos á decir con los mensajeros cómo íbamos á su pueblo, y que lo tuviesen por bien, que no les íbamos á hacer enojo, sino tenellos por amigos; y esto fué porque en aquel pueblezuelo nos certificaron que toda Tlascala estaba puesta en armas contra nosotros, porque, segun pareció, ya tenian noticia cómo íbamos y que llevábamos con nosotros muchos amigos, así de Cempoal como los de Zocotlan y de otros pueblos por donde habiamos pasado, y todos solian dar tributo á Montezuma, tuvieron por cierto que íbamos contra ellos, porque les tenian por enemigos; y como otras veces los mejicanos con mañas y cautelas les entraban en la tierra y se la saqueaban, así creyeron querian hacer ora.
Por manera que luego como llegaron los dos nuestros mensajeros con la carta y el chapeo, y comenzaron á decir su embajada, los mandaron prender sin ser más oidos, y estuvimos aguardando respuesta aquel dia y otro; y como no venian, despues de haber hablado Cortés á los principales de aquel pueblo, y dicho las cosas que convenian decir acerca de nuestra santa fe, y cómo éramos vasallos de nuestro Rey y señor, que nos envió á estas partes para quitar que no sacrifiquen y no maten hombres ni coman carne humana, ni hagan las torpedades que suelen hacer; y les dijo otras muchas cosas que en los más pueblos por donde pasábamos les soliamos decir, y despues de muchos ofrecimientos que les hizo que les ayudaria, les demandó veinte indios de guerra que fuesen con nosotros, y ellos nos los dieron de buena voluntad, y con la buena ventura, encomendándonos á Dios, partimos otro dia para Tlascala.
É yendo por nuestro camino con el concierto que ya he dicho, vienen nuestros mensajeros que tenian presos que parece ser, como andaban revueltos en la guerra los indios que los tenian á cargo y guarda, se descuidaron, y de hecho, como eran amigos, los soltaron de las prisiones; y vinieron tan medrosos de lo que habian visto é oido, que no lo acertaban á decir; porque, segun dijeron, cuando estaban presos los amenazaban y decian:
—«Ahora hemos de matar á esos que llamais teules y comer sus carnes, y veremos si son tan esforzados como publicais, y tambien comeremos vuestras carnes, pues venis con traiciones y con embustes de aquel traidor de Montezuma.»
Y por más que les decian los mensajeros, que éramos contra los mejicanos, que á todos los tlascaltecas los teniamos por hermanos, no aprovechaban nada sus razones; y cuando Cortés y todos nosotros entendimos aquellas soberbias palabras, y cómo estaban de guerra, puesto que nos dió bien que pensar en ello dijimos todos:
—«Pues que así es, adelante en buen hora;» encomendándonos á Dios y nuestra bandera tendida, que llevaba el alférez Corral.
Porque ciertamente nos certificaron los indios del pueblezuelo donde dormimos, que habian de salir al camino á nos defender la entrada en Tlascala; y asimismo nos lo dijeron los de Cempoal, como dicho tengo.
Pues yendo desta manera que he dicho, siempre íbamos hablando cómo habian de entrar y salir los de á caballo á media rienda y las lanzas algo terciadas, y de tres en tres porque se ayudasen; é que cuando rompiésemos por los escuadrones, que llevasen las lanzas por las caras y no parasen á dar lanzadas, porque no les echasen mano dellas, y que si acaesciese que les echasen mano, que con toda fuerza tuviesen y debajo del brazo se ayudasen, y poniendo espuelas con la furia del caballo, se la tornarian á sacar ó llevarian al indio arrastrando.
Dirán ahora que para qué tanta diligencia sin ver contrarios guerreros que nos acometiesen. Á esto respondo, y digo que decia Cortés:
—«Mirá, señores compañeros, ya veis que somos pocos, hemos de estar siempre tan apercebidos y aparejados como si ahora viésemos venir los contrarios á pelear, y no solamente vellos venir, sino hacer cuenta que estamos ya en la batalla con ellos; y que, como acaece muchas veces que echan mano de la lanza, por eso hemos de estar avisados para el tal menester, así dello como de otras cosas que convienen en lo militar; que ya bien he entendido que en el pelear no tenemos necesidad de avisos, porque he conocido que por bien que yo lo quiera decir, lo haréis muy más animosamente.»
Y desta manera caminamos obra de dos leguas, y hallamos una fuerza bien fuerte hecha de cal y canto y de otro betun tan recio, que con picos de hierro era forzoso deshacerla, y hecha de tal manera, que para defensa era harto recia tomar; y detuvímonos á mirar en ella, y preguntó Cortés á los indios de Zocotlan que á qué fin tenian aquella fuerza de aquella manera; y dijeron que, como entre su señor Montezuma y los de Tlascala tenian guerras á la continua, que los tlascaltecas para defender mejor sus pueblos la habian hecho tan fuerte, porque ya aquella es su tierra; y reparamos un rato, y nos dió bien que pensar en ello y en la fortaleza.
Y Cortés dijo:
—«Señores, sigamos nuestra bandera, que es la señal de la Santa Cruz, que con ella venceremos.»
Y todos á una le respondimos que vamos mucho en buen hora, que Dios es fuerza verdadera; y así, comenzamos á caminar con el concierto que he dicho, y no léjos vieron nuestros corredores del campo hasta obra de treinta indios que estaban por espías, y tenian espadas de dos manos, rodelas, lanzas y penachos, y las espadas son de pedernales, que cortan más que navajas, puestas de arte que no se pueden quebrar ni quitar las navajas, y son largas como montantes, y tenian sus divisas y penachos; y como nuestros corredores del campo los vieron, volvieron á dar mandado.
Y Cortés mandó á los mismos de á caballo que corriesen tras ellos y que procurasen tomar algunos sin heridas; y luego envió otros cinco de á caballo, porque si hubiese alguna celada, para que se ayudasen; y con todo nuestro ejército dimos priesa y el paso largo, y con gran concierto, porque los amigos que teniamos nos dijeron que ciertamente traian gran copia de guerreros en celadas; y desque los treinta indios que estaban por espías vieron que los de á caballo iban hácia ellos y los llamaban con la mano, no quisieron aguardar, hasta que los alcanzaron y quisieron tomar á algunos dellos; mas defendiéronse muy bien, que con los montantes y sus lanzas hirieron los caballos; y cuando los nuestros vieron tan bravosamente pelear, y sus caballos heridos, procuraron de hacer lo que eran obligados, y mataron cinco dellos; y estando en esto, viene muy de presto y con gran furia un escuadron de tlascaltecas, que estaba en celada, de más de tres mil dellos, y comenzaron á flechar en todos los nuestros de á caballo, que ya estaban juntos todos, y dan una refriega; y en este instante llegamos con nuestra artillería, escopetas y ballestas, y poco á poco comenzaron á volver las espaldas, puesto que se detuvieron buen rato peleando con buen concierto.
Y en aquel rencuentro hirieron á cuatro de los nuestros, y paréceme que desde allí á pocos dias murió el uno de las heridas; y como era tarde, se fueron los tlascaltecas recogiendo, y no los seguimos; y quedaron muertos hasta diez y siete dellos, sin muchos heridos; y desde aquellas sierras pasamos adelante, y era llano y habia muchas casas de labranzas de maíz y magiales, que es de lo que hacen el vino; y dormimos cabe un arroyo, y con el unto de un indio gordo que allí matamos, que se abrió, se curaron los heridos; que aceite no lo habia; y tuvimos muy bien de cenar de unos perrillos que ellos crian, puesto que estaban todas las casas despobladas, y alzado el hato, y aunque los perrillos llevaban consigo, de noche se volvian á sus casas, y allí los apañábamos, que era harto buen mantenimiento; y estuvimos toda la noche muy á punto con escuchas y buenas rondas y corredores del campo, y los caballos ensillados y enfrenados, por temor no diesen sobre nosotros.
Y quedarse ha aquí, y diré las guerras que nos dieron.
CAPÍTULO LXIII.
DE LAS GUERRAS Y BATALLAS MUY PELIGROSAS QUE TUVIMOS CON LOS TLASCALTECAS, Y DE LO QUE MÁS PASÓ.
Otro dia, despues de habernos encomendado á Dios, partimos de allí, muy concertados todos nuestros escuadrones, y los de á caballo muy avisados de cómo habian de entrar rompiendo y salir; y en todo caso procurar que no nos rompiesen ni nos apartasen unos de otros; é yendo así como dicho tengo, viénense á encontrar con nosotros dos escuadrones, que habria seis mil, con grandes gritas, atambores y trompetas, y flechando y tirando varas, y haciendo como fuertes guerreros.
Cortés mandó que estuviésemos quedos, y con tres prisioneros que les habiamos tomado el dia ántes les enviamos á decir y á requerir que no nos diesen guerra, que los queremos tener por hermanos; y dijo á uno de nuestros soldados, que se decia Diego de Godoy, que era escribano de su Majestad, mirase lo que pasaba, y diese testimonio dello si se hubiese menester, porque en algun tiempo no nos demandasen las muertes y daños que se recreciesen, pues les requeriamos con la paz; y como les hablaron los tres prisioneros que les enviábamos, mostráronse muy más recios, y nos daban tanta guerra, que no les podiamos sufrir.
Entónces dijo Cortés:
—«Santiago y á ellos.»
Y de hecho arremetimos de manera, que les matamos y herimos muchas de sus gentes con los tiros, y entre ellos tres capitanes.
Íbanse retrayendo hácia unos arcabuezos, donde estaban en celada sobre más de cuarenta mil guerreros con su capitan general, que se decia Xicotenga, y con sus divisas de blanco y colorado, porque aquella divisa y librea era de aquel Xicotenga; y como habia allí unas quebradas, no nos podiamos aprovechar de los caballos, y con mucho concierto los pasamos.
Al pasar tuvimos muy gran peligro, porque se aprovechaban de su buen flechar, y con sus lanzas y montantes nos hacian mala obra, y aun las hondas y piedras como granizo eran harto malas; y como nos vimos en lo llano con los caballos y artillería, nos lo pagaban, que matábamos muchos; mas no osábamos deshacer nuestro escuadron, porque el soldado que en algo se desmandaba para seguir algunos indios de los montantes ó capitanes, luego era herido y corria gran peligro.
Y andando en estas batallas, nos cercan por todas partes, que no nos podiamos valer poco ni mucho; que no osábamos arremeter á ellos si no era todos juntos, porque no nos desconcertasen y rompiesen; y si arremetiamos como dicho tengo, hallábamos sobre veinte escuadrones sobre nosotros, que nos resistian; y estaban nuestras vidas en mucho peligro, porque eran tantos guerreros, que á puñados de tierra nos cegaran, sino que la gran misericordia de Dios nos socorria y nos guardaba.