Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 14
Entónces le enviaron al Diego Velazquez á Cuba á un licenciado que se decia Zuazo, para que le tomase residencia, ó á lo ménos habia pocos meses que habia llegado á la isla de Cuba; y como aquella respuesta le trujeron al Diego Velazquez, se congojó mucho más; y como de ántes era muy gordo, se paró flaco en aquellos dias; y luego con gran diligencia mandó buscar todos los navíos que pudo haber en la isla y apercibir soldados y capitanes, y procuró enviar una recia armada para prender á Cortés y á todos nosotros; y tanta diligencia puso, que él mismo en persona andaba de villa en villa y en unas estancias y en otras, y escribia á todas las partes de la isla donde él no podia ir á rogar á sus amigos fuesen á aquella jornada; por manera que en obra de once meses ó un año allegó diez y ocho velas grandes y pequeñas y sobre mil y trescientos soldados entre capitanes y marineros; porque, como le vian del arte que he dicho, andar tan apasionado y corrido, todos los más principales vecinos de Cuba, así los parientes como los que tenian indios, se aparejaron para le servir, y tambien envió por capitan general de toda la armada á un hidalgo que se decia Pánfilo de Narvaez, hombre alto de cuerpo y membrudo, y hablaba algo entonado, como medio de bóveda, y era natural de Valladolid, casado en la isla de Cuba con una dueña que se llamaba María de Valenzuela, ya viuda, y tenia buenos pueblos de indios y era muy rico.
Donde lo dejaré agora haciendo y aderezando su armada, y volveré á decir de nuestros procuradores y su buen viaje; y porque en una sazon acontecian tres y cuatro cosas, no puedo seguir la relacion y materia de lo que voy hablando por dejar de decir lo que más viene al propósito, y á esta causa no me culpen porque salgo y me aparto de la órden por decir lo que más adelante pasa.
CAPÍTULO LVI.
CÓMO NUESTROS PROCURADORES CON BUEN TIEMPO DESEMBOCARON LA CANAL DE BAHAMA Y EN POCOS DIAS LLEGARON Á CASTILLA, Y LO QUE EN LA CÓRTE LES SUCEDIÓ.
Ya he dicho que partieron nuestros procuradores del puerto de San Juan de Ulúa en 6 del mes de Julio de 1519 años, y con buen viaje llegaron á la Habana, y luego desembocaron la canal, é dice que aquella fué la primera vez que por allí navegaron, y en poco tiempo llegaron á las islas de la Tercera, y desde allí á Sevilla, y fueron en posta á la córte, que estaba en Valladolid, y por presidente del Real consejo de Indias D. Juan Rodriguez de Fonseca, que era Obispo de Búrgos, y se nombraba Arzobispo de Rosano y mandaba toda la córte, porque el Emperador nuestro señor estaba en Flandes y era mancebo; y como nuestros procuradores le fueron á besar las manos al presidente muy ufanos, creyendo que les hiciera mercedes, y dalle nuestras cartas y relaciones y á presentar todo el oro y joyas, le suplicaron que luego hiciese mensajero á su majestad y le enviasen aquel presente y cartas, y que ellos mismos irian con ello á besar sus Reales piés; y en vez de agasajarlos, les mostró poco amor y los favoreció muy poco, y aun les dijo palabras secas y ásperas.
Nuestros embajadores dijeron que mirase su señoría los grandes servicios que Cortés y sus compañeros haciamos á su majestad, y que le suplicaban otra vez que todas aquellas joyas de oro, cartas y relaciones las enviase luego á su majestad para que sepa todo lo que pasa, y que ellos irian con él.
Y les tornó á responder muy soberbiamente, y aun les mandó que no tuviesen ellos cargo dello, que él les escribiria lo que pasaba, y no lo que le decian, pues se habian levantado contra el Diego Velazquez; y pasaron otras muchas palabras ágrias; y en esta sazon llegó á la córte el Benito Martin, Capellan de Diego Velazquez, otra vez por mí nombrado, dando muchas quejas de Cortés y de todos nosotros, de que el Obispo se airó mucho más contra nosotros; y porque el Alonso Hernandez Puertocarrero, como era caballero primo del conde de Medellin, y porque el Montejo no osaba desagradar al presidente, decia al Obispo que le suplicaba muy ahincadamente que sin pasion fuesen oidos y que no dijese las palabras que decia, y que luego enviase aquellos recaudos así como los traian á su majestad, y que éramos servidores de la Real Corona, y que eran dignos de mercedes, y no de ser por palabras afrentados.
Cuando aquello oyó el Obispo, le mandó echar preso, y porque le informaron que habia sacado de Medellin tres años habia una mujer que se decia María Rodriguez y la llevó á las Indias.
Por manera que todos nuestros servicios y los presentes de oro estaban del arte que aquí he dicho; y acordaron nuestros embajadores de callar hasta su tiempo é lugar.
Y el Obispo escribió á su majestad á Flandes á favor de su privado é amigo Diego Velazquez, y muy malas palabras contra Hernando Cortés y contra todos nosotros; mas no hizo relacion de ninguna manera de las cartas que le enviábamos, salvo que se habia alzado Hernando Cortés al Diego Velazquez, y otras cosas que dijo.
Volvamos á decir del Alonso Hernandez Puertocarrero y del Francisco de Montejo, y aun de Martin Cortés, padre del mismo Cortés, y de un licenciado Nuñez, relator del Real consejo de su majestad y cercano pariente del Cortés, qué hacian por él: acordaron de enviar mensajeros á Flandes con otras cartas como las que dieron al Obispo de Búrgos, porque iban duplicadas las que enviamos con los procuradores, y escribieron á su majestad todo lo que pasaba é la memoria de las joyas de oro del presente, y dando quejas del Obispo y descubriendo sus tratos que tenia con el Diego Velazquez; y aun otros caballeros les favorecieron, que no estaban muy bien con el D. Juan Rodriguez de Fonseca; porque, segun decian, era malquisto por muchas demasías y soberbias que mostraba con los grandes cargos que tenia; y como nuestros grandes servicios eran por Dios nuestro Señor y por su majestad, y siempre poniamos nuestras fuerzas en ello, quiso Dios que su majestad lo alcanzó á saber muy claramente; y como lo vió y entendió, fué tanto el contentamiento que mostró, y los duques, marqueses y condes y otros caballeros que estaban en su Real córte, que en otra cosa no hablaban por algunos dias sino de Cortés y de todos nosotros los que le ayudamos en las conquistas, y de las riquezas que destas partes le enviamos; y así por esto como por las cartas glosadas que sobre ello le escribió el Obispo de Búrgos, desque vió su majestad que todo era al contrario de la verdad, desde allí adelante le tuvo mala voluntad al Obispo, especialmente que no envió todas las piezas de oro, é se quedó con gran parte dellas.
Todo lo cual alcanzó á saber el mismo Obispo, que se lo escribieron desde Flandes, de lo cual recibió muy grande enojo, y si de ántes que fuesen nuestras cartas ante su majestad el Obispo decia muchos males de Cortés y de todos nosotros, de allí adelante á boca llena nos llamaba traidores; mas quiso Dios que perdió la furia y braveza, que desde ahí á dos años fué recusado y aun quedó corrido y afrentado, y nosotros quedamos por muy leales servidores, como adelante diré de que venga á coyuntura; y escribió su majestad que presto vendria á Castilla y entenderia en lo que nos conviniese, é nos haria mercedes.
Y porque adelante lo diré muy por extenso cómo y de qué manera pasó, se quedará aquí así, y nuestros procuradores aguardando la venida de su majestad.
Y ántes que más pase adelante quiero decir, por lo que me han preguntado ciertos caballeros muy curiosos, y aun tienen razon de lo saber, que ¿cómo puedo yo escribir en esta relacion lo que no vi, pues estaba en aquella sazon en las conquistas de la Nueva-España cuando los procuradores dieron las cartas, recaudos y presente de oro que llevaban para su majestad, y tuvieron aquellas contiendas con el Obispo de Búrgos? Á esto digo que nuestros procuradores nos escribian á los verdaderos conquistadores lo que pasaba, así lo del Obispo de Búrgos como lo que su majestad fué servido mandar en nuestro favor, letra por letra en capítulos, y de qué manera pasaba; y Cortés nos enviaba otras cartas que recibia de nuestros procuradores, á las villas donde viviamos en aquella sazon, para que viésemos cuán bien negociábamos con su majestad y qué grande contrario teniamos en el Obispo de Búrgos.
Y esto doy por descargo de lo que me preguntaban aquellos caballeros que dicho tengo. Dejemos esto, y digamos en otro capítulo lo que en nuestro real pasó.
CAPÍTULO LVII.
CÓMO DESPUES QUE PARTIERON NUESTROS EMBAJADORES PARA SU MAJESTAD CON TODO EL ORO Y CARTAS Y RELACIONES DE LO QUE EN EL REAL SE HIZO, Y LA JUSTICIA QUE CORTÉS MANDÓ HACER.
Desde á cuatro dias que partieron nuestros procuradores para ir ante el Emperador nuestro señor, como dicho habemos, y los corazones de los hombres son de muchas calidades é pensamientos, parece ser que unos amigos y criados del Diego Velazquez, que se decian Pedro Escudero y un Juan Cermeño, y un Gonzalo de Umbría, piloto, y Bernaldino de Coria, vecino que fué despues de Chiapa, padre de un Hulano Centeno, y un Clérigo que se decia Juan Diaz, y ciertos hombres de la mar que se decian Peñates, naturales de Gibraleon, estaban mal con Cortés, los unos porque no les dió licencia para se volver á Cuba, como se la habian prometido, y otros porque no les dió parte del oro que enviamos á Castilla; los Peñates porque los azotó en Cozumel, como ya otra vez tengo dicho, cuando hurtaron los tocinos á un soldado que se decia Barrio; acordaron todos de tomar un navío de poco porte é irse con él á Cuba á dar mandato al Diego Velazquez, para avisalle como en la Habana podian tomar en la estancia de Francisco Montejo á nuestros procuradores con el oro y recaudos; que segun pareció, de otras personas principales que estaban en nuestro real fueron aconsejados que fuesen á aquella estancia que he dicho, y aun escribieron para que el Diego Velazquez tuviese tiempo de habellos á las manos.
Por manera que las personas que he dicho ya tenian metido matalotaje, que era pan cazabe, aceite, pescado y agua, y otras pobrezas de lo que podian haber; é ya que se iban á embarcar, y era á más de media noche, el uno dellos, que era el Bernaldino de Coria, parece ser se arrepintió de se volver á Cuba, y lo fué á hacer saber á Cortés.
É como lo supo, é de qué manera y cuántos é por qué causas se querian ir, y quiénes fueron en los consejos y tramas para ello, les mandó luego sacar las velas, aguja y timon del navío, y los mandó echar presos y les tomó sus confesiones, y confesaron la verdad, y condenaron á otros que estaban con nosotros, que se disimuló por el tiempo, que no permitia otra cosa; y por sentencia que dió, mandó ahorcar al Pedro Escudero y á Juan Cermeño, y á cortar los piés al piloto Gonzalo de Umbría, y azotar á los marineros Peñates, á cada ducientos azotes, y al padre Juan Diaz si no fuera de Misa tambien lo castigara, más metióle algo temor.
Acuérdome que cuando Cortés firmó aquella sentencia dijo con grandes suspiros y sentimientos:
—«¡Oh, quién no supiera escribir, para no firmar muertes de hombres!»
Y paréceme que aqueste dicho es muy comun entre los jueces que sentencian algunas personas á muerte, que lo tomaron de aquel cruel Neron en el tiempo que dió muestras de buen Emperador; y así como se hubo ejecutado la sentencia, se fué Cortés luego á mata-caballo á Cempoal, que es cinco leguas de la villa, y nos mandó que luego fuésemos tras él ducientos soldados y todos los de á caballo; y acuérdome que Pedro de Albarado, que habia tres dias que le habia enviado Cortés con otros ducientos soldados por los pueblos de la sierra porque tuviesen qué comer, porque en nuestra villa pasábamos mucha necesidad de bastimentos, y le mandó que se fuese á Cempoal para que allí diéramos órden de nuestro viaje á Méjico.
Por manera que el Pedro de Albarado no se halló presente cuando se hizo la justicia que dicho tengo. Y cuando nos vimos juntos en Cempoal, la órden que se dió en todo diré adelante.
CAPÍTULO LVIII.
CÓMO ACORDAMOS DE IR Á MÉJICO, Y ÁNTES QUE PARTIÉSEMOS DAR CON TODOS LOS NAVÍOS AL TRAVÉS, Y LO QUE MÁS PASÓ; Y ESTO DE DAR CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS FUÉ POR CONSEJO É ACUERDO DE TODOS NOSOTROS LOS QUE ÉRAMOS AMIGOS DE CORTÉS.
Estando en Cempoal, como dicho tengo, platicando con Cortés en las cosas de la guerra y camino para adelante, de plática en plática le aconsejamos los que éramos sus amigos que no dejase navío en el puerto ninguno, sino que luego diese al través con todos, y no quedasen ocasiones, porque entre tanto que estábamos la tierra adentro no se alzasen otras personas como los pasados; y demás desto, que teniamos mucha ayuda de los maestres, pilotos y marineros, que serian al pié de cien personas, y que mejor nos ayudarian á pelear y guerrear que no estando en el puerto; y segun vi y entendí, esta plática de dar con los navíos al través que allí le propusimos, el mismo Cortés lo tenia ya concertado, sino que quiso que saliese de nosotros, porque si algo le demandasen que pagase los navíos, que era por nuestro consejo, y todos fuésemos en los pagar.
Y luego mandó á un Juan de Escalante, que era alguacil mayor y persona de mucho valor y gran amigo de Cortés, y enemigo de Diego Velazquez porque en la isla de Cuba no le dió buenos indios, que luego fuese á la villa, y que de todos los navíos se sacasen todas las anclas, cables, velas y lo que dentro tenian de que se pudiesen aprovechar, y que diese con todos ellos al través, que no quedasen más de los bateles; é que los pilotos é maestres viejos y marineros que no eran buenos para ir á la guerra, que se quedasen en la villa, y con dos chinchorros que tuviesen cargo de pescar, que en aquel puerto siempre habia pescado, aunque no mucho; y el Juan de Escalante lo hizo segun y de la manera que le fué mandado, y luego se vino á Cempoal con una capitanía de hombres de la mar, que fueron los que sacaron de los navíos, y salieron algunos dellos muy buenos soldados.
Pues hecho esto, mandó Cortés llamar á todos los caciques de la serranía de los pueblos nuestros confederados, y rebelados al gran Montezuma, y les dijo cómo habian de servir á los que quedaban en la Villa-Rica, é acabar de hacer la iglesia, fortaleza y casas; y allí delante dellos tomó Cortés por la mano al Juan de Escalante, y les dijo:
—«Este es mi hermano.»
Y que lo que les mandase que lo hiciesen; é que si hubiesen menester favor é ayuda contra algunos indios mejicanos, que á él ocurriesen, que él iria en persona á les ayudar.
Y todos los caciques se ofrecieron de buena voluntad de hacer lo que les mandase; é acuérdome que luego le zahumaron al Juan de Escalante con sus inciensos, aunque no quiso.
Ya he dicho era persona muy bastante para cualquier cargo y amigo de Cortés, y con aquella confianza le puso en aquella villa y puerto por capitan, para si algo enviase Diego Velazquez, que hubiese resistencia.
Dejallo he aquí, y diré lo que pasó.
Aquí es donde dice el coronista Gómora que mandó Cortés barrenar los navíos, y tambien dice el mismo que Cortés no osaba publicar á los soldados que queria ir á Méjico en busca del gran Montezuma. Pues ¿de qué condicion somos los españoles para no ir adelante, y estarnos en partes que no tengamos provecho é guerras?
Tambien dice el mismo Gómora que Pedro de Ircio quedó por capitan en la Veracruz; no le informaron bien. Digo que Juan de Escalante fué el que quedó por capitan y alguacil mayor de la Nueva-España, que aun al Pedro de Ircio no le habian dado cargo ninguno, ni aun de cuadrillero, ni era para ello, ni es justo dar á nadie lo que no tuvo, ni quitarlo á quien lo tuvo.
CAPÍTULO LIX.
DE UN RAZONAMIENTO QUE CORTÉS NOS HIZO DESPUES DE HABER DADO CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS, Y CÓMO APRESTAMOS NUESTRA IDA PARA MÉJICO.
Despues de haber dado con los navíos al través á ojos vistas, y no como lo dice el coronista Gómora, una mañana, despues de haber oido Misa, estando que estábamos todos los capitanes y soldados juntos hablando con Cortés en cosas de la guerra, dijo que nos pedia por merced que lo oyésemos, y propuso un razonamiento desta manera: que ya habiamos entendido la jornada á que íbamos, y mediante nuestro Señor Jesucristo habiamos de vencer todas las batallas y rencuentros, y que habiamos de estar tan prestos para ello como convenia; porque en cualquier parte que fuésemos desbaratados (lo cual Dios no permitiese) no podriamos alzar cabeza, por ser muy pocos, y que no teniamos otro socorro ni ayuda sino el de Dios, porque ya no teniamos navíos para ir á Cuba, salvo nuestro buen pelear y corazones fuertes; y sobre ello dijo otras muchas comparaciones de hechos heróicos de los romanos.
Y todos á una le respondimos que hariamos lo que ordenase; que echada estaba la suerte de la buena ó mala ventura, como dijo Julio César sobre el Rubicon, pues eran todos nuestros servicios para servir á Dios y á su Majestad.
Y despues deste razonamiento, que fué muy bueno, cierto, con otras palabras más melosas y elocuencia que yo aquí las digo, luego mandó llamar al cacique gordo, y le tornó á traer á la memoria que tuviese muy reverenciada y limpia la iglesia y cruz; é demás desto le dijo que él se queria partir luego para Méjico á mandar á Montezuma que no robe ni sacrifique, é que ha menester ducientos indios tamemes para llevar el artillería, que ya he dicho otra vez que llevan dos arrobas á cuestas é andan con ellas cinco leguas; y tambien les demandó cincuenta principales hombres de guerra que fuesen con nosotros.
Estando desta manera para partir, vino de la Villa-Rica un soldado con una carta del Escalante, que ya le habia mandado otra vez Cortés que fuese á la villa para que le enviase otros soldados, y lo que en la carta decia el Escalante era que andaba un navío por la costa, y que le habia hecho ahumadas y otras grandes señas, y habia puesto unas mantas blancas por banderas, y que cabalgó á caballo con una capa de grana colorada porque lo viesen los del navío; y que le pareció á él que bien vieron las señas, banderas, caballo y capa, y no quisieron venir al puerto; y que luego envió españoles á ver en qué pareja iba, y le trujeron respuesta que tres leguas de allí estaba surto, cerca de una boca de un rio; y que se lo hace saber para ver lo que manda.
Y como Cortés vió la carta, mandó luego á Pedro de Albarado que tuviese cargo de todo el ejército que estaba allí en Cempoal, y juntamente con él á Gonzalo de Sandoval, que ya daba muestras de varon muy esforzado, como siempre lo fué.
Este fué el primer cargo que tuvo el Sandoval; y aun sobre que le dió entónces aquel cargo que fué el primero, y se lo dejó de dar á Alonso de Ávila, tuvieron ciertas cosquillas el Alonso de Ávila y el Sandoval.
Volvamos á nuestro cuento, y es, que luego Cortés cabalgó con cuatro de á caballo que le acompañaron, y mandó que le siguiésemos cincuenta soldados de los más sueltos, porque Cortés nos nombró los que habiamos de ir con él; y aquella noche llegamos á la Villa-Rica.
Y lo que allí pasamos diré adelante.
CAPÍTULO LX.
CÓMO CORTÉS FUÉ ADONDE ESTABA SURTO EL NAVÍO, Y PRENDIMOS SEIS SOLDADOS Y MARINEROS QUE DEL NAVÍO HUYERON, Y LO QUE SOBRE ELLO PASÓ.
Así como llegamos á Villa-Rica, como dicho tengo, vino Juan de Escalante á hablar á Cortés, y le dijo que seria bien ir luego aquella noche al navío, por ventura no alzase velas y se fuese, y que reposase el Cortés, que él iria con veinte soldados.
Y Cortés dijo que no podia reposar; que cabra coja no tenga siesta, que él queria ir en persona con los soldados que consigo traia; y ántes que bocado comiésemos comenzamos á caminar la costa adelante, y topamos en el camino á cuatro españoles que venian á tomar posesion en aquella tierra por Francisco de Garay, gobernador de Jamáica, los cuales enviaba un capitan que estaba poblando de pocos dias habia en el rio de Pánuco, que se llamaba Alonso Álvarez de Pineda ó Pinedo; y los cuatro españoles que tomamos se decian Guillen de la Loa, este venia por escribano; y los testigos que traia para tomar la posesion se decian Andrés Nuñez, y era carpintero de ribera, y el otro se decia maestre Pedro el de la Arpa, y era valenciano, el otro no me acuerdo el nombre.
Y como Cortés hubo bien entendido cómo venian á tomar posesion en nombre de Francisco de Garay, é supo que quedaba en Jamáica y enviaba capitanes, preguntóles Cortés que por qué título ó por qué via venian aquellos capitanes.
Respondieron los cuatro hombres que en el año de 1518, como habia fama en todas las islas de las tierras que descubrimos cuando lo de Francisco Hernandez de Córdoba y Juan de Grijalva, y llevamos á Cuba los veinte mil pesos de oro á Diego Velazquez, que entónces tuvo relacion el Garay del piloto Anton de Alaminos y de otro piloto que habiamos traido con nosotros, que podia pedir á su majestad desde el rio de San Pedro y San Pablo por la banda del norte todo lo que descubriese; y como el Garay tenia en la córte quien le favoreciese con el favor que esperaba, enviaba un mayordomo suyo que se decia Torralva, á lo negociar, y trujo provisiones para que fuese adelantado y gobernador desde el rio de San Pedro y San Pablo y todo lo que descubriese; y por aquellas provisiones envió luego tres navíos con hasta ducientos y setenta soldados con bastimentos y caballos, con el capitan por mí nombrado, que se decia Alonso Álvarez Pineda ó Pinedo, y que estaba poblando en un rio que se dice Pánuco, obra de setenta leguas de allí; y que ellos hicieron lo que su capitan les mandó, y que no tienen culpa.
Y como lo hubo entendido Cortés, con palabras amorosas les halagó, y les dijo que si podriamos tomar aquel navío; y el Guillen de la Loa, que era el más principal de los cuatro hombres, dijo que capearian y harian lo que pudiesen; y por bien que los llamaron y capearon, ni por señas que les hicieron, no quisieron venir, porque, segun dijeron aquellos hombres, su capitan les mandó que mirasen que los soldados de Cortés no topasen con ellos, porque tenian noticia que estábamos en aquella tierra; y cuando vimos que no venia el batel, bien entendimos que desde el navío nos habian visto venir por la costa adelante, y que si no era con maña no volverian con el batel á aquella tierra; é rogóles Cortés que se desnudasen aquellos cuatro hombres sus vestidos para que se los vistiesen otros cuatro hombres de los nuestros, y así lo hicieron; y luego nos volvimos por la costa adelante por donde habiamos venido, para que nos viesen volver desde el navío, para que creyesen los del navío que de hecho nos volvimos, y quedábamos los cuatro de nuestros soldados vestidos los vestidos de los otros cuatro, y estuvimos con Cortés en el monte escondidos hasta más de media noche que hiciese escuro para volvernos enfrente del riachuelo, y muy escondidos, que no pareciamos otros, sino los cuatro soldados de los nuestros; y como amaneció comenzaron á capear los cuatro soldados, y luego vinieron en el batel seis marineros, y los dos saltaron en tierra con unas dos botijas de agua; y entónces aguardamos los que estábamos con Cortés escondidos que saltasen los demás marineros; y no quisieron saltar en tierra; y los cuatro de los nuestros que tenian vestidas las ropas de los otros de Garay hacian que estaban lavando las manos y escondiendo las caras, y decian los del batel:
—«Veníos á embarcar; ¿qué haceis? ¿por qué no venis?»
Y entónces respondió uno de los nuestros:
—«Saltad en tierra y vereis aquí un poco.»