Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 13
Y puestos que estábamos todos muy á punto con nuestras armas, como lo teniamos de costumbre para pelear, les dijo Cortés á los caciques que los habian de derrocar; y cuando aquello vieron luego mandó el cacique gordo á otros sus capitanes que se apercibiesen muchos guerreros en defensa de sus ídolos; y cuando vió que queriamos subir en un alto cu, que es su adoratorio, que estaba alto y habia muchas gradas, que ya no se me acuerda qué tantas habia, vimos al cacique gordo con otros principales muy alborotados y sañudos, y dijeron á Cortés que por qué les queriamos destruir.
Y que si les haciamos deshonor á sus dioses ó se los quitamos, que todos ellos perecerian, y aun nosotros con ellos; y Cortés les respondió muy enojado que otra vez les ha dicho que no sacrifiquen á aquellas malas figuras, porque no les traigan más engañados, y que á esta causa los veniamos á quitar de allí, é que luego á la hora los quitasen ellos; si no, que luego los echarian á rodar por las gradas abajo; y les dijo que no los terniamos por amigos, sino por enemigos mortales, pues que les daba buen consejo y no le querian creer; y porque habian visto que habian venido sus capitanes puestos en armas de guerreros, que está enojado con ellos y que se lo pagarán con quitalles las vidas; y como vieron á Cortés que les decia aquellas amenazas, y nuestra lengua doña Marina que se lo sabia muy bien dar á entender y aun los amenazaba con los poderes de Montezuma, que cada dia los aguardaba, por temor desto dijeron que ellos que no eran dignos de llegar á sus dioses, y que si nosotros los queriamos derrocar, que no era con su consentimiento, que se los derrocásemos y hiciésemos lo que quisiésemos.
Y no lo hubo bien dicho, cuando subimos sobre cincuenta soldados y los derrocamos, y venian rodando aquellos sus ídolos hechos pedazos, y eran de manera de dragones espantables, tan grandes como becerros, y otras figuras de manera de medio hombre y de perros grandes y de malas semejanzas; y cuando así los vieron hechos pedazos, los caciques y papas que con ellos estaban lloraban y tapaban los ojos, y en su lengua totonaque les decian que les perdonasen y que no era más en su mano ni tenian culpa, sino estos teules que les derruecan, é que por temor de los mejicanos no nos daban guerra; y cuando aquello pasó, comenzaban las capitanías de los indios guerreros, que he dicho que venian á nos dar guerra, á querer flechar; y cuando aquello vimos, echamos mano al cacique gordo y á seis papas y á otros principales, y les dijo Cortés que si hacian algun descomedimiento de guerra que habian de morir todos ellos; y luego el cacique gordo mandó á sus gentes que se fuesen delante de nosotros y que no hiciesen guerra; y como Cortés los vió sosegados, les hizo un parlamento, lo cual diré adelante, y así se apaciguó todo.
Y esta de Cingapacinga fué la primera entrada que hizo Cortés en la Nueva-España, y fué de harto provecho; y no como dice el coronista Gómora, que matamos y prendimos y asolamos tantos millares de hombres en lo de Cingapacinga; y miren los curiosos que esto leyeren cuánto va del uno al otro, por muy buen estilo que lo dice en su Corónica, pues en todo lo que escribe no pasa como dice.
CAPÍTULO LII.
CÓMO CORTÉS MANDÓ HACER UN ALTAR Y SE PUSO UNA IMÁGEN DE NUESTRA SEÑORA Y UNA CRUZ, Y SE DIJO MISA Y SE BAUTIZARON LAS OCHO INDIAS.
Como ya callaban los caciques y papas y todos los más principales, mandó Cortés que á los ídolos que derrocamos, hechos pedazos, que los llevasen adonde no pareciesen más y los quemasen; y luego salieron de un aposento ocho papas que tenian cargo de ellos, y toman sus ídolos y los llevan á la misma casa donde salieron é los quemaron.
El hábito que traian aquellos papas eran unas mantas prietas, á manera de sábana, y lobas largas hasta los piés, y unos como capillos que querian parecer á los que traen los canónigos, y otros capillos traian más chicos como los que traen los dominicos, y los traian muy largos hasta la cinta, y aun algunos hasta los piés, llenos de sangre pegada y muy enredados, que no se podian esparcir, y las orejas hechas pedazos, sacrificadas dellas, y hedian como azufre, y tenian otro muy mal olor como de carne muerta; y segun decian, é alcanzamos á saber, aquellos papas eran hijos de principales y no tenian mujeres, mas tenian el maldito oficio de sodomías, y ayunaban ciertos dias; y lo que yo les veia comer eran unos meollos ó pepitas de algodon cuando los desmontonan, salvo si ellos no comian otras cosas que yo no se las pudiese ver.
Dejemos á los papas y volvamos á Cortés, que les hizo un buen razonamiento con nuestras lenguas doña Marina y Jerónimo de Aguilar, y les dijo que ahora los teniamos como hermanos, y que les favoreceria en todo lo que pudiese contra Montezuma y sus mejicanos, porque ya envió á mandar que no les diesen guerra ni les llevasen tributo; y que pues en aquellos sus altos cues no habian de tener más ídolos, que él les quiere dejar una gran Señora, que es Madre de nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos y adoramos, para que ellos tambien la tengan por Señora y abogada; y sobre ello, y tras cosas de pláticas que pasaran, se les hizo un buen razonamiento, y tan bien propuesto para segun el tiempo, que no habia más que decir; y se les declaró muchas cosas tocantes á nuestra santa fe, tan bien dichas como ahora los religiosos se lo dan á entender, de manera que lo oian de buena voluntad.
Y luego les mandó llamar todos los indios albañiles que habia en aquel pueblo, y traer mucha cal, porque habia mucha, y mandó que quitasen las costras de sangre que estaban en aquellos cues y que lo aderezasen muy bien, y luego otro dia se encaló y se hizo un altar con buenas mantas, y mandó traer muchas rosas de las naturales que habia en la tierra, que eran bien olorosas, y muchos ramos, y lo mandó enramar y que lo tuviesen limpio y barrido á la contina; y para que tuviesen cargo dello, apercibió á cuatro papas que se trasquilasen el cabello, que lo traian largo, como otra vez he dicho, y que vistiesen mantas blancas y se quitasen las que traian, y que siempre anduviesen limpios y que sirviesen aquella santa imágen de Nuestra Señora, en barrer y enramar; y para que tuviesen más cargo dello puso á un nuestro soldado cojo é viejo, que se decia Juan de Torres de Córdoba, que estuviese allí por ermitaño, é que mirase que se hiciese cada dia así como lo mandaba á los papas.
Y mandó á nuestros carpinteros, otra vez por mí nombrados, que hiciesen una cruz y la pusiesen en un pilar que teniamos ya nuevamente hecho y muy bien encalado, y otro dia de mañana se dijo Misa en el altar, la cual dijo el Padre fray Bartolomé de Olmedo, y entónces se dió órden como con el incienso de la tierra se incensase á la santa imágen de Nuestra Señora y á la santa cruz, y tambien se les mostró hacer candelas de la cera de la tierra, y se les mandó que aquellas candelas siempre estuviesen ardiendo en el altar, porque hasta entónces no se sabian aprovechar de la cera; y á la Misa estuvieron los más principales caciques de aquel pueblo y de otros que se habian juntado.
Y asimismo trajeron las ocho indias para volver cristianas, que todavía estaban en poder de sus padres y tios, y se les dió á entender que no habian de sacrificar más ni adorar ídolos, salvo que habian de creer en nuestro Señor Dios; y se les amonestó muchas cosas tocantes á nuestra santa fe, y se bautizaron, y se llamó á la sobrina del cacique gordo doña Catalina, y era muy fea; aquella dieron á Cortés por la mano, y la recibió con buen semblante; á la hija de Cuesco, que era un gran cacique, se puso por nombre doña Francisca; esta era muy hermosa para ser india, y la dió Cortés á Alonso Hernandez Puertocarrero; las otras seis ya no se me acuerda el nombre de todas, mas sé que Cortés las repartió entre soldados.
Y despues desto hecho, nos despedimos de todos los caciques y principales, y dende adelante siempre les tuvieron muy buena voluntad, especialmente cuando vieron que recibió Cortés sus hijas y las llevamos con nosotros, y con muy grandes ofrecimientos que Cortés les hizo que les ayudaria, nos fuimos á nuestra Villa-Rica, y lo que allí se hizo lo diré adelante.
Esto es lo que pasó en este pueblo de Cempoal, y no otra cosa que sobre ello hayan escrito el Gómora ni los demás coronistas.
CAPÍTULO LIII.
CÓMO LLEGAMOS Á NUESTRA VILLA-RICA DE LA VERACRUZ, Y LO QUE ALLÍ PASÓ.
Despues que hubimos hecho aquella jornada y quedaron amigos los de Cingapacinga con los de Cempoal y otros pueblos comarcanos dieron la obediencia á su majestad, y se derrocaron los ídolos y se puso la imágen de Nuestra Señora y la Santa Cruz, y le puso por ermitaño el viejo soldado y todo lo por mí referido, fuimos á la villa y llevamos con nosotros, ciertos principales de Cempoal, y hallamos que aquel dia habia venido de la isla de Cuba un navío, y por capitan dél un Francisco de Saucedo, que llamábamos el Pulido; y pusímosle aquel nombre porque en demasía se preciaba de galan y pulido, y decian que habia sido maestresala del almirante de Castilla, y era natural de Medina de Rioseco; y vino entónces Luis Marin, capitan que fué en lo de Méjico, persona que valió mucho, y vinieron diez soldados; y traia el Saucedo un caballo y Luis Marin una yegua, y nuevas de Cuba, que le habian llegado al Diego Velazquez de Castilla las provisiones para poder rescatar y poblar; y los amigos del Diego Velazquez se regocijaron mucho, y más de que supieron que le trujeron provision para ser adelantado de Cuba.
Y estando en aquella villa sin tener en qué entender más de acabar de hacer la fortaleza, que todavía se entendia en ella, dijimos á Cortés todos los más soldados que se quedase aquello que estaba hecho en ella para memoria, pues estaba ya para enmaderar, y que habia ya más de tres meses que estábamos en aquella tierra, é que seria bueno ir á ver qué cosa era el gran Montezuma y buscar la vida y nuestra ventura, é que ántes que nos metiésemos en camino que enviásemos á besar los piés á su majestad y á dalle cuenta de todo lo acaecido desde que salimos de la isla de Cuba, y tambien se puso en plática que enviásemos á su majestad el oro que se habia habido, así rescatado como los presentes que nos envió Montezuma; y respondió Cortés que era muy bien acordado y que ya lo habia puesto él en plática con ciertos caballeros; y porque en lo del oro por ventura habria algunos soldados que querrian sus partes, y si se partiese que seria poco lo que se podria enviar, por esta causa dió cargo á Diego de Ordás y á Francisco de Montejo, que eran personas de negocios, que fuesen de soldado en soldado de los que se tuviese sospecha que demandarian las partes del oro, y les decian estas palabras:
—«Señores, ya veis que queremos hacer un presente á su majestad del oro que aquí hemos habido, y para ser el primero que enviamos destas tierras habia de ser mucho más; parécenos que todos le sirvamos con las partes que nos caben; los caballeros y soldados que aquí estamos escritos tenemos firmado cómo no queremos parte ninguna della, sino que servimos á su majestad con ello porque nos haga mercedes. El que quisiere su parte no se le negará; el que no la quisiere, haga lo que todos hemos hecho, fírmelo aquí.»
Y desta manera todos lo firmaron á una.
Y hecho esto, luego se nombraron para procuradores que fuesen á Castilla á Alonso Hernandez Puertocarrero y Francisco de Montejo, porque ya Cortés le habia dado sobre dos mil pesos por tenelle de su parte.
Y se mandó apercebir el mejor navío de toda la flota, y con dos pilotos, que fué uno Anton de Alaminos, que sabia cómo habian de desembarcar por la canal de Bahama, porque él fué el primero que navegó por aquella canal; y tambien apercibimos quince marineros, y se les dió todo recaudo de matalotaje.
Y esto apercebido, acordamos de escribir y hacer saber á su majestad todo lo acaecido, y Cortés escribió por sí, segun él nos dijo, con recta relacion; mas no vimos su carta; y el Cabildo escribió juntamente con diez soldados de los que fuimos en que se poblase la tierra, y le alzamos á Cortés por general; y con toda verdad que no faltó cosa ninguna en la carta, é iba yo firmado en ella; y demás destas cartas y relaciones, todos los capitanes y soldados juntamente escribimos otra carta y relacion; y lo que se contenia en la carta que escribimos es lo siguiente.
CAPÍTULO LIV.
DE LA RELACION Y CARTA QUE ESCRIBIMOS Á SU MAJESTAD CON NUESTROS PROCURADORES ALONSO HERNANDEZ PUERTOCARRERO Y FRANCISCO MONTEJO, LA CUAL CARTA IBA FIRMADA DE ALGUNOS CAPITANES Y SOLDADOS.
Despues de poner en el principio aquel muy debido acato que somos obligados á tan gran majestad del Emperador nuestro señor, que fué así: «Siempre sacra, católica, cesárea, Real majestad;» y poner otras cosas que se convenian decir en la relacion y cuenta de nuestra vida y viaje, cada capítulo por sí, fué esto que aquí diré en suma breve.
Cómo salimos de la isla de Cuba con Hernando Cortés, los pregones que se dieron, cómo veniamos á poblar, y que Diego Velazquez secretamente enviaba á rescatar, y no á poblar; cómo Cortés se queria volver con cierto oro rescatado, conforme á las instrucciones que de Diego Velazquez traia, de las cuales hicimos presentacion; cómo hicimos á Cortés que poblase y le nombramos por capitan general y justicia mayor hasta que otra cosa su majestad fuese servido mandar; cómo le prometimos el quinto de lo que hubiese, despues de sacado su Real quinto; cómo llegamos á Cozumel y por qué ventura se hubo Jerónimo de Aguilar en la punta de Cotoche, y de la manera que decia que allí aportó él y un Gonzalo Guerrero, que se quedó con los indios por estar casado y tener hijos y estar ya hecho indio; cómo llegamos á Tabasco, y de las guerras que nos dieron y batallas que con ellos tuvimos; cómo los atrajimos de paz; cómo á do quiera que llegamos se les hacen buenos razonamientos para que dejasen sus ídolos, y se les declara las cosas tocantes á nuestra santa fe; cómo dieron la obediencia á su Real Majestad y fueron los primeros vasallos que tiene en aquestas partes; cómo hicieron un presente de mujeres, y en él una cacica, para india de mucho ser, que sabe la lengua de Méjico, que es la que se usa en toda la tierra, y que con ella y el Aguilar tenemos verdaderas lenguas; cómo desembarcamos en San Juan de Ulúa, y de las pláticas de los embajadores del gran Montezuma, y quién era el gran Montezuma y lo que se decia de sus grandezas y del presente que trujeron, y cómo fuimos á Cempoal, que es un pueblo grande, y desde allí á otro pueblo que se dice Quiahuistlan, que estaba en fortaleza, y cómo se hizo la liga y confederacion con nosotros, y quitaron la obediencia á Montezuma en aquel pueblo, demás de treinta pueblos que todos le dieron la obediencia y están en su Real patrimonio, y la ida de Cingapacinga; cómo hicimos la fortaleza, y que agora estamos de camino para ir la tierra adentro hasta vernos con el Montezuma; cómo aquella tierra es muy grande y de muchas ciudades y muy pobladísima, y los naturales grandes guerreros; cómo entre ellos hay muchas diversidades de lenguas y tienen guerra unos con otros; cómo son idólatras y se sacrifican y matan en sacrificios muchos hombres é niños y mujeres, y comen carne humana y usan otras torpedades; cómo el primer descubridor fué un Francisco Hernandez de Córdoba, y luego cómo vino Juan de Grijalva, é que agora al presente le servimos con el oro que hemos habido, que es el sol de oro y la luna de plata y un casco de oro en granos como se coge en las minas, y muchas diversidades y géneros de piezas de oro hechas de muchas maneras, mantas de algodon muy labradas de plumas y primas; otras muchas de oro, que fueron mosqueadores, rodelas y otras cosas que ya no se me acuerda, como há ya tantos años que pasó; tambien enviamos cuatro indios que quitamos en Cempoal, que tenian á engordar en unas jaulas de madera para despues de gordos sacrificallos y comérselos.
Y despues de hecha esta relacion é otras cosas, dimos cuenta y relacion cómo quedábamos en estos sus reinos cuatrocientos y cincuenta soldados á muy gran peligro entre tanta multitud de pueblos y gentes belicosas y muy grandes guerreros, para servir á Dios y á su Real Corona; y le suplicamos que en todo lo que se nos ofreciese nos haga mercedes, y que no hiciese merced de la gobernacion destas tierras ni de ningunos oficios reales á persona ninguna, porque son tales, ricas y de grandes pueblos y ciudades, que convienen para un Infante ó gran señor; y tenemos pensamiento que, como D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, es su presidente y manda á todas las Indias, que lo dará á algun su deudo ó amigo, especialmente á un Diego Velazquez que está por gobernador en la isla de Cuba; y la causa es porque se le dará la gobernacion ó otro cualquier cargo, que siempre le sirve con presentes de oro, y le ha dejado en la misma isla pueblos de indios que le sacan oro de las minas; de lo cual habia primeramente de dar los mejores pueblos á su Real Corona, y no le dejó ningunos, que solamente por esto es digno de que no se le hagan mercedes; y que, como en todo somos sus muy leales servidores, y hasta fenecer nuestras vidas le hemos de servir, se lo hacemos saber para que tenga noticia de todo, y que estamos determinados que hasta que sea servido de nuestros procuradores que allá enviamos besen sus Reales piés y ver nuestras cartas, y nosotros veamos su Real firma, que entónces, los pechos por tierra, para obedecer sus Reales mandos; y que si el Obispo de Búrgos por su mandado nos envia á cualquiera persona á gobernar ó á ser capitan, que primero que le obedezcamos se lo harémos saber á su Real persona á do quiera que estuviere y lo fuere servido de mandar, que le obedeceremos como mando de nuestro Rey y señor, como somos obligados; y demás destas relaciones, le suplicamos que entre tanto que otra cosa sea servido mandar, que le hiciese merced de la gobernacion á Hernando Cortés, y dimos tantos loores dél y que es tan gran servidor suyo, hasta ponello en las nubes.
Y despues de haber escrito todas estas relaciones con todo el mayor acato y humildad que pudimos y convenia, y cada capítulo por sí, y declaramos cada cosa cómo y cuándo y de qué arte pasaron, como carta para nuestro Rey y señor, y no del arte que va aquí en esta relacion; y la firmamos todos los capitanes y soldados que éramos de la parte de Cortés, é fueron dos cartas duplicadas; y nos rogó que se la mostrásemos; y como vió la relacion tan verdadera y los grandes loores que dél dábamos, hubo mucho placer y dijo que nos lo tenia en merced, con grandes ofrecimientos que nos hizo; empero no quisiera que dijéramos en ella ni mentáramos del quinto del oro que le prometimos, ni que declaráramos quién fueron los primeros descubridores; porque, segun entendimos, no hacia en su carta relacion de Francisco Hernandez de Córdoba ni del Grijalva, sino á él solo se atribuia el descubrimiento y la honra é honor de todo; y dijo que agora al presente aquello estuviera mejor por escribir, y no dar relacion dello á su majestad; y no faltó quien le dijo que á nuestro Rey y señor no se le ha de dejar de decir todo lo que pasa.
Pues ya escritas estas cartas y dadas á nuestros procuradores, les encomendamos mucho que por via ninguna entrasen en la Habana ni fuesen á una estancia que tenia allí el Francisco de Montejo, que se decia el Marien, que era puerto para navíos, porque no alcanzase á saber el Diego Velazquez lo que pasaba; y no lo hicieron así, como adelante diré.
Pues ya puesto todo á punto para se ir á embarcar, dijo misa el padre fray Bartolomé de Olmedo, de la Merced, y encomendándoles al Espíritu Santo que les guiase, en 26 dias del mes de Julio de 1519 años partieron de San Juan de Ulúa, y con buen tiempo llegaron á la Habana; y el Francisco de Montejo con grandes importunaciones convocó é atrajo al piloto Alaminos guiase á su estancia, diciendo que iba á tomar bastimentos de puercos y cazabe, hasta que le hizo hacer lo que quiso.
Fué á surgir á su estancia, porque el Puertocarrero iba muy malo, y no hizo cuenta dél; y la noche que allí llegaron, desde la nao echaron un marinero en tierra con cartas é avisos para el Diego Velazquez; y supimos que el Montejo le mandó que fuese con las cartas, y en posta fué el marinero por la isla de Cuba de pueblo en pueblo publicando todo lo aquí por mí dicho, hasta que el Diego Velazquez lo supo.
Y lo que sobre ello hizo, adelante lo diré.
CAPÍTULO LV.
CÓMO DIEGO VELAZQUEZ, GOBERNADOR DE CUBA, SUPO POR CARTAS MUY POR CIERTO QUE ENVIÁBAMOS PROCURADORES CON EMBAJADAS Y PRESENTES Á NUESTRO REY, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Como Diego Velazquez, gobernador de Cuba, supo las nuevas, así por las cartas que se enviaron secretas y dijeron que fueron del Montejo, como lo que dijo el marinero que se halló presente en todo lo por mí dicho en el capítulo pasado, que se habia echado á nado para le llevar las cartas; y cuando entendió del gran presente de oro que enviábamos á su majestad y supo quién eran los embajadores, temió y decia palabras muy lastimosas é maldiciones contra Cortés y su secretario Duero y del contador Amador de Lares, y de presto mandó armar dos navíos de poco porte, grandes veleros, con toda la artillería y soldados que pudo haber y con dos capitanes que fueron en ellos, que se decian Gabriel de Rojas, y el otro capitan se decia Hulano de Guzman, y les mandó que fuesen hasta la Habana, y que en todo caso le trujesen presa la nao en que iban nuestros procuradores y todo el oro que llevaban; y de presto, así como lo mandó, llegaron en ciertos dias á la canal de Bahama, y preguntaban los de los navíos á barcos que andaban por la mar de acarreto que si habian visto ir una nao de mucho porte, y todos daban noticia della y que ya seria desembocada por la canal de Bahama, porque siempre tuvieron buen tiempo; y despues de andar barloventeando con aquellos dos navíos entre la canal y la Habana, y no hallaron recado de lo que venian á buscar, se volvieron á Santiago de Cuba; y si triste estaba el Diego Velazquez ántes que enviase los navíos, muy más se acongojó cuando los vió volver de aquel arte; y luego le aconsejaron sus amigos que se enviase á quejar á España al Obispo de Búrgos, que estaba por presidente de Indias, que hacia mucho por él; y tambien envió á dar sus quejas á la isla de Santo Domingo á la audiencia Real que en ella residia y á los Frailes gerónimos que estaban por gobernadores en ella, que se decian fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo y fray Bernardino de Manzanedo; los cuales religiosos solian estar y residir en el monasterio de la Mejorada, que es de dos leguas de Medina del Campo; y envian en posta un navío á la Respinola y danles muchas quejas de Cortés y de todos nosotros.
Y como alcanzaron á saber en la Real audiencia nuestros grandes servicios, la respuesta que le dieron los frailes fué que á Cortés y los que con él andábamos en las guerras no se nos podia poner culpa, pues sobre todas cosas acudiamos á nuestro Rey y señor, y le enviábamos tan gran presente, que otro como él no se habia visto de muchos tiempos pasados en nuestra España; y esto dijeron porque en aquel tiempo y sazon no habia Perú ni memoria dél; y tambien le enviaron á decir que ántes éramos dignos de que su majestad nos hiciese muchas mercedes.