Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)
Part 12
Y así lo hicieron, y despues que los tuvo delante les preguntó con nuestras lenguas que por qué estaban presos y de qué tierra eran, como haciendo que no los conocia; y respondieron que los caciques de Cempoal y de aquel pueblo con su favor y el nuestro los prendieron; y Cortés respondió que él no sabia nada y que le pesa dello; y les mandó dar de comer y les dijo palabras de muchos halagos, y que se fuesen luego á decir á su señor Montezuma cómo éramos todos sus grandes amigos y servidores; y porque no pasasen más mal les quitó las prisiones, y que riñó con los caciques que los tenian presos, y que todo lo que hubieren menester para su servicio que lo hará de muy buena voluntad, y que los tres indios sus compañeros que tienen en prisiones, que él los mandará soltar y guardar, y que vayan muy presto, no los tornen á prender y los maten; y los dos prisioneros respondieron que se lo tenian en merced, y que habian miedo que los tornarian á las manos, porque por fuerza habian de pasar por sus tierras; y luego mandó Cortés á seis hombres de la mar que esa noche los llevasen en un batel obra de cuatro leguas de allí, hasta sacallos de á tierra segura fuera de los términos de Cempoal.
Y como amaneció, y los caciques de aquel pueblo y el cacique gordo hallaron ménos los dos prisioneros, querian muy de hecho sacrificar los otros que quedaban, si Cortés no se los quitara de su poder, é hizo del enojado porque se habian huido los otros dos; y mandó traer una cadena del navío y echólos en ella, y luego los mandó llevar á los navíos, é dijo que él los queria guardar, pues tan mal cobro pusieron de los demás; y cuando los hubieron llevado les mandó quitar las cadenas, é con buenas palabras les dijo que presto les enviaria á Méjico.
Dejémoslo así, que luego que esto fué hecho todos los caciques de Cempoal y de aquel pueblo é de otros que se habian allí juntado de la lengua totonaque, dijeron á Cortés que qué harian, pues que Montezuma sabria la prision de sus recaudadores, que ciertamente vendrian sobre ellos los poderes de Méjico del gran Montezuma, y que no podrian escapar de ser muertos y destruidos.
Y dijo Cortés con semblante muy alegre, que él y sus hermanos que allí estábamos los defenderiamos, y matariamos á quien enojar los quisiese.
Entónces prometieron todos aquellos pueblos y caciques á una que serian con nosotros en todo lo que les quisiésemos mandar, y juntarian todos sus poderes contra Montezuma y todos sus aliados.
Y aquí dieron la obediencia á su majestad por ante un Diego de Godoy el escribano, y todo lo que pasó lo enviaron á decir á los más pueblos de aquella provincia; é como ya no daban tributo ninguno, é los recojedores no parecian, no cabian de gozo en haber quitado aquel dominio.
Y dejemos esto, y diré cómo acordamos de nos bajar á lo llano á unos prados, donde comenzamos á hacer una fortaleza. Esto es lo que pasa, y no la relacion que sobre ello dieron al coronista Gómora.
CAPÍTULO XLVIII.
CÓMO ACORDAMOS DE POBLAR LA VILLA RICA DE LA VERACRUZ, Y DE HACER UNA FORTALEZA EN UNOS PRADOS JUNTO Á UNAS SALINAS Y CERCA DEL PUERTO DEL NOMBRE-FEO, DONDE ESTABAN ANCLADOS NUESTROS NAVÍOS, Y LO QUE ALLÍ SE HIZO.
Despues que hubimos hecho liga y amistad con más de treinta pueblos de las sierras, que se decian los totonaques, que entónces se rebelaron al gran Montezuma y dieron la obediencia á su majestad, y se prefirieron á nos servir, con aquella ayuda tan presta acordamos de poblar é de fundar la villa rica de la Veracruz en unos llanos media legua del pueblo, que estaba como fortaleza, que se dice Quiahuistlan, y traza de iglesia y plaza y atarazanas, y todas las cosas que convenian para parecer villa, é hicimos una fortaleza, y desde entónces los cimientos; y en acaballa de tener alta para enmaderar; y hechas troneras y cubos y barbacanas, dimos tanta priesa, que desde Cortés comenzó el primero á sacar tierra á cuestas y piedra é ahondar los cimientos, como todos los capitanes y soldados, y á la continua entendimos en ello y trabajamos por la acabar de presto, los unos en los cimientos y otros en hacer las tapias, y otros en acarrear agua y en las escaleras, en hacer ladrillos y tejas y buscar comida, y otros en la madera, y los herreros en la clavazon, porque teniamos herreros; y desta manera trabajábamos en ello á la contina desde el mayor hasta el menor, y los indios que nos ayudaban, de manera que ya estaba hecha iglesia y casas, é casi que la fortaleza.
Estando en esto, parece ser que el gran Montezuma tuvo noticia en Méjico cómo le habian preso sus recaudadores é que le habian quitado la obediencia, y cómo estaban rebelados los pueblos totonaques; mostró tener mucho enojo de Cortés y de todos nosotros, y tenia ya mandado á un su gran ejército de guerreros que viniesen á dar guerra á los pueblos que se le rebelaron y que no quedase ninguno dellos á vida; é para contra nosotros aparejaba de venir con gran ejército y pujanza de capitanes; y en aquel instante van los dos indios prisioneros que Cortés mandó soltar, segun he dicho en el capítulo pasado, y cuando Montezuma entendió que Cortés les quitó de las prisiones y los envió á Méjico, y las palabras de ofrecimientos que les envió á decir, quiso Nuestro Señor Dios que amansó su ira é acordó de enviar á saber de nosotros qué voluntad teniamos, y para ello envió dos mancebos sobrinos suyos, con cuatro viejos, grandes caciques, que los traian á cargo, y con ellos envió un presente de oro y mantas, é á dar las gracias á Cortés porque les soltó á sus criados; y por otra parte se envió á quejar mucho, diciendo que con nuestro favor se habian atrevido aquellos pueblos de hacelle tan gran traicion é que no le diesen tributo é quitalle la obediencia; é que ahora, teniendo respeto á que tiene por cierto que somos los que sus antepasados les habian dicho que habian de venir á sus tierras, é que debemos de ser de sus linajes, é porque estábamos en casa de los traidores, no les envió luego á destruir; mas que el tiempo andando no se alabaran de aquellas traiciones.
Y Cortés recibió el oro y la ropa, que valía sobre dos mil pesos, y les abrazó, y dió por disculpa que él y todos nosotros éramos muy amigos de su señor Montezuma, y como tal servidor le tiene guardados sus tres recaudadores; y luego los mandó traer de los navíos, y con buenas mantas y bien tratados se los entregó, y tambien Cortés se quejó mucho del Montezuma, y les dijo cómo su gobernador Pitalpitoque se fué una noche del real sin le hablar, y que no fué bien hecho, y que cree y tiene por cierto que no se lo mandaria el señor Montezuma que hiciese tal villanía, é que por aquella causa nos veniamos á aquellos pueblos donde estábamos, é que hemos recibido dellos honra; é que le pide por merced que les perdone el desacato que contra él han tenido; y que en cuanto á lo que dice que no le acuden con el tributo, que no pueden servir á dos señores, que en aquellos dias que allí hemos estado nos han servido en nombre de nuestro Rey y señor, y porque el Cortés y todos sus hermanos iriamos presto á le ver y servir, y cuando allá estemos se dará órden en todo lo que mandare.
Y despues de aquestas pláticas y otras muchas que pasaron, mandó dar á aquellos mancebos, que eran grandes caciques, y á los cuatro viejos que los traian á cargo, que eran hombres principales, diamantes azules y cuentas verdes, y se les hizo honra; y allí delante dellos, porque habia buenos prados, mandó Cortés que corriesen y escaramuzasen Pedro de Albarado, que tenia una muy buena yegua alazana que era muy revuelta, y otros caballeros, de lo cual se holgaron de los haber visto correr; y despedidos y muy contentos de Cortés y de todos nosotros se fueron á su Méjico.
En aquella sazon se le murió el caballo á Cortés, y compró ó le dieron otro que se decia el Arriero, que era castaño escuro, que fué de Ortiz el músico y un Bartolomé García el minero y fué uno de los mejores caballos que venian en el armada.
Dejemos de hablar en esto, y diré que como aquellos pueblos de la sierra, nuestros amigos, y el pueblo de Cempoal solian estar de ántes muy temerosos de los mejicanos, creyendo que el gran Montezuma los habia de enviar á destruir con sus grandes ejércitos de guerreros, y cuando vieron á aquellos parientes del gran Montezuma que venian con el presente por mí nombrado, y á darse por servidores de Cortés y de todos nosotros, estaban espantados, y decian unos caciques á otros que ciertamente éramos teules, pues que Montezuma nos habia miedo, pues enviaba oro en presente. Y si de ántes teniamos mucha reputacion de esforzados, de allí adelante nos tuvieron en mucho más.
Y quedarse ha aquí, y diré lo que hizo el cacique y otros sus amigos.
CAPÍTULO XLIX.
CÓMO VINO EL CACIQUE GORDO Y OTROS PRINCIPALES Á QUEJARSE DELANTE DE CORTÉS CÓMO EN UN PUEBLO FUERTE, QUE SE DECIA CINGAPACINGA, ESTABAN GUARNICIONES DE MEJICANOS Y LES HACIAN MUCHO DAÑO, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.
Despues de despedidos los mensajeros mejicanos, vino el cacique gordo, con otros muchos principales nuestros amigos, á decir á Cortés que luego vaya á un pueblo que se decia Cingapacinga, que estaria de Cempoal dos dias de andadura, que serian ocho ó nueve leguas, porque decian que estaban en él juntos muchos indios de guerra de los culúas, que se entiende por los mejicanos, y que les venian á destruir sus sementeras y estancias, y les salteaban sus vasallos y les hacian otros malos tratamientos; y Cortés lo creyó, segun se lo decian tan afectuadamente; y viendo aquellas quejas y con tantas importunaciones, y habiéndoles prometido que los ayudaria, y mataria á los culúas ó á otros indios que los quisiesen enojar; é á esta causa no sabia qué decir, salvo echallos de allí, y estuvo pensando en ello, y dijo riendo á ciertos compañeros que estábamos acompañándole:
—«Sabeis, señores, que me parece que en todas estas tierras ya tenemos fama de esforzados, y por lo que han visto estas gentes por los recaudadores de Montezuma, nos tienen por dioses ó por cosas como sus ídolos. He pensado que, para que crean que uno de nosotros basta para desbaratar aquellos indios guerreros que dicen que están en el pueblo de la fortaleza de sus enemigos, enviemos á Heredia el viejo;» que era vizcaino, y tenia mala catadura en la cara, y la barba grande, y la cara medio acuchillada, é un ojo tuerto, é cojo de una pierna, escopetero.
El cual le mandó llamar, y le dijo:
—«Id con estos caciques hasta el rio, que estaba de allí un cuarto de legua; é cuando allá llegáredes, haced que os parais á beber é lavar las manos, é tira un tiro con vuestra escopeta, que yo os enviaré á llamar; que esto hago porque crean que somos dioses, ó de aquel nombre y reputacion que nos tienen puesto; y como vos sois mal agestado, crean que sois ídolo.»
Y el Heredia lo hizo segun y de la manera que le fué mandado, porque era hombre que habia sido soldado en Italia; y luego envió Cortés á llamar al cacique gordo é á todos los demás principales que estaban aguardando el ayuda y socorro, y les dijo:
—«Allá envio con vosotros este mi hermano, para que mate y eche todos los culúas de ese pueblo, y me traiga presos á los que no se quisieren ir.»
Y los caciques estaban elevados desque lo oyeron, y no sabian si lo creer ó no, é miraban á Cortés si hacia algun mudamiento en el rostro, que creyeron que era verdad lo que les decia; y luego el viejo Heredia, que iba con ellos, cargó su escopeta, é iba tirando tiros al aire por los montes porque lo oyesen é viesen los indios, y los caciques enviaron á dar mandado á los otros pueblos cómo llevan á un teule para matar á los mejicanos que estaban en Cingapacinga; y esto pongo aquí por cosa de risa, porque vean las mañas que tenia Cortés.
Y cuando entendió que habia llegado el Heredia al rio que le habia dicho, mandó de presto que le fuesen á llamar, y vueltos los caciques y el viejo Heredia, les tornó á decir Cortés á los caciques que por la buena voluntad que les tenia que el propio Cortés en persona con algunos de sus hermanos queria ir á hacelles aquel socorro y á ver aquellas tierras y fortalezas, y que luego le trujesen cien hombres tamemes para llevar los tepuzques, que son los tiros, y vinieron otro dia por la mañana; y habiamos de partir aquel mismo dia con cuatrocientos soldados y catorce de á caballo y ballesteros y escopeteros, que estaban apercebidos; y ciertos soldados que eran de la parcialidad de Diego Velazquez dijeron que no querian ir, y que se fuese Cortés con los que quisiese, que ellos á Cuba se querian volver; y lo que sobre ello se hizo diré adelante.
CAPÍTULO L.
CÓMO CIERTOS SOLDADOS DE LA PARCIALIDAD DE DIEGO VELAZQUEZ, VIENDO QUE DE HECHO QUERIAMOS POBLAR Y COMENZAMOS Á PACIFICAR PUEBLOS, DIJERON QUE NO QUERIAN IR Á NINGUNA ENTRADA, SINO VOLVERSE Á LA ISLA DE CUBA.
Ya me habrán oido decir en el capítulo ántes deste que Cortés habia de ir á un pueblo que se dice Cingapacinga, y habia de llevar consigo cuatrocientos soldados y catorce de á caballo y ballesteros y escopeteros, y tenian puestos en la memoria para ir con nosotros á ciertos soldados de la parcialidad del Diego Velazquez; é yendo los cuadrilleros á apercebirlos que saliesen luego con sus armas y caballos los que los tenian, respondieron soberbiamente que no querian ir á ninguna entrada, sino volverse á sus estancias y haciendas que dejaron en Cuba; que bastaba lo que habian perdido por sacallos Cortés de sus casas, y que les habia prometido en el Arenal que cualquiera persona que se quisiese ir que les daria licencia y navío y matalotaje; y á esta causa estaban siete soldados apercebidos para se volver á Cuba; y como Cortés lo supo, los envió á llamar, y preguntando por qué hacian aquella cosa tan fea, respondieron algo alterados, y dijeron que se maravillaban querer poblar adonde habia tanta fama de millares de indios y grandes poblaciones, con tan pocos soldados como éramos, y que ellos estaban dolientes y hartos de andar de una parte á otra, y que se querian ir á Cuba á sus casas y haciendas; que les diese luego licencia, como se lo habia prometido; y Cortés les respondió mansamente que era verdad que se la prometió, mas que no harian lo que debian en dejar la bandera de su capitan desamparada; y luego les mandó que sin detenimiento ninguno se fuesen á embarcar, y les señaló navío, y les mandó dar cazabe y una botija de aceite y otras legumbres de bastimentos de lo que teniamos.
Y uno de aquellos soldados, que se decia Hulano Moron, vecino de la villa que se decia Delbayamo, tenia un buen caballo overo, labrado de las manos, y le vendió luego bien vendido á un Juan Ruano á trueco de otras haciendas que el Juan Ruano dejaba en Cuba; é ya que se querian hacer á la vela, fuimos todos los compañeros é alcaldes y regidores de nuestra Villa-Rica á requerir á Cortés que por via ninguna no diese licencia á persona ninguna para salir á tierra, porque así convenia al servicio de Dios nuestro Señor y de su majestad; y que la persona que tal licencia pidiese, por hombre que merecia pena de muerte, conforme á las leyes de la órden militar, pues quieren dejar á su capitan y bandera desamparada en la guerra é peligro, en especial habiendo tanta multitud de pueblos de indios guerreros como ellos han dicho: y Cortés hizo como que les queria dar la licencia, mas á la postre se la revocó, y se quedaron burlados y aun avergonzados, y el Moron su caballo vendido, y el Juan Ruano, que lo hubo, no se lo quiso volver, y todo fué maneado por Cortés, y fuimos nuestra entrada á Cingapacinga.
CAPÍTULO LI.
DE LO QUE NOS ACAECIÓ EN CINGAPACINGA, Y CÓMO Á LA VUELTA QUE VOLVIMOS POR CEMPOAL LES DERROCAMOS SUS ÍDOLOS Y OTRAS COSAS QUE PASARON.
Como ya los siete hombres que se querian volver á Cuba estaban pacíficos, luego partimos con los soldados de infantería ya por mí nombrados, y fuimos á dormir al pueblo de Cempoal, y tenian aparejado para salir con nosotros dos mil indios de guerra en cuatro capitanías; y el primero dia caminamos cinco leguas con buen concierto, y otro dia á poco más de vísperas llegamos á las estancias que estaban junto al pueblo de Cingapacinga, é los naturales dél tuvieron noticia cómo íbamos; é ya que comenzábamos á subir por la fortaleza y casas, que estaban entre grandes riscos y peñascos, salieron de paz á nosotros ocho indios principales y papas, y dicen á Cortés llorando que por qué los quiere matar y destruir no habiendo hecho por qué, pues teniamos fama que á todos haciamos bien y desagraviábamos á los que estaban robados, y habiamos prendido á los recaudadores de Montezuma; y que aquellos indios de guerra de Cempoal que allí iban con nosotros estaban mal con ellos de enemistades viejas que habian tenido sobre tierras é términos, y que con nuestro favor les venian á matar y robar; y que es verdad que mejicanos solian estar en guarnicion en aquel pueblo; y que pocos dias habia se habian ido á sus tierras cuando supieron que habiamos preso á otros recaudadores; y que le ruegan que no pasemos adelante la armada y les favorezcan; y como Cortés lo hubo muy bien entendido con nuestras lenguas doña Marina é Aguilar, luego con mucha brevedad mandó al capitan Pedro de Albarado y al maestre de campo, que era Cristóbal de Olí, y á todos nosotros los compañeros que con él íbamos, que detuviésemos á los indios de Cempoal que no pasasen más adelante; y así lo hicimos, y por presto que fuimos á detenellos, ya estaban robando en las estancias, de lo cual hubo Cortés gran enojo, y mandó que viniesen luego los capitanes que traian á cargo aquellos guerreros de Cempoal, y con palabras de muy enojado y de grandes amenazas les dijo que luego les trujesen los indios é indias y mantas y gallinas que habian robado en las estancias, y que no entre ninguno dellos en aquel pueblo; y que porque le habian mentido y venian á sacrificar y robar á sus vecinos con nuestro favor eran dignos de muerte, y que nuestro Rey y señor, cuyos vasallos somos, no nos envió á estas partes y tierras para que hiciesen aquellas maldades, y que abriesen bien los ojos no les aconteciese otra como aquella, porque no habia de quedar hombre dellos á vida; luego los caciques y capitanes de Cempoal trujeron á Cortés todo lo que habian robado, así indios como indias y gallinas, y se les entregó á los dueños cuyo era, y con semblante muy furioso les tornó á mandar que se saliesen á dormir al campo, y así lo hicieron.
Y desque los caciques y papas de aquel pueblo y otros comarcanos vieron que tan justificados éramos, y las palabras amorosas que les decia Cortés con nuestras lenguas, y tambien las cosas tocantes á nuestra santa fe, como lo teniamos de costumbre, y que dejasen el sacrificio y de se robar unos á otros, y las suciedades de sodomías, y que no adorasen sus malditos ídolos, y se les dijo otras muchas cosas buenas, tomáronnos tan buena voluntad, que luego fueron á llamar á otros pueblos comarcanos, y todos dieron la obediencia á su majestad; y allí luego dieron muchas quejas de Montezuma, como las pasadas que habian dado los de Cempoal cuando estábamos en el pueblo de Quiahuistlan; y otro dia por la mañana Cortés mandó llamar á los capitanes y caciques de Cempoal, que estaban en el campo aguardando para ver lo que les mandábamos, y aún muy temerosos de Cortés por lo que habian hecho en haberle mentido; y venidos delante, hizo amistades entre ellos y los de aquel pueblo, que nunca faltó por ninguno dellos; y luego partimos para Cempoal por otro camino, y pasamos por dos pueblos amigos de los de Cingapacinga, y estábamos descansando, porque hacia recio sol y veniamos muy cansados con las armas á cuestas; y un soldado que se decia Fulano de Mora, natural de Ciudad-Rodrigo, tomó dos gallinas de una casa de indios de aquel pueblo, y Cortés, que lo acertó á ver, hubo tanto enojo de lo que delante del hizo aquel soldado en los pueblos de paz en tomar las gallinas, que luego le mandó echar una soga á la garganta, y le tenian ahorcando si Pedro de Albarado, que se halló junto á Cortés, no le cortara la soga con la espada, y medio muerto quedó el pobre soldado.
He querido traer esto aquí á la memoria para que vean los curiosos letores cuán ejemplarmente procedia Cortés, y lo que esto importa en esta ocasion. Despues murió este soldado en una guerra en la provincia de Guatimala sobre un peñol.
Volvamos á nuestra relacion: que, como salimos de aquellos pueblos que dejamos de paz, yendo para Cempoal, estaba el cacique gordo, con otros principales, aguardándonos en unas chozas con comida; que, aunque son indios, vieron y entendieron que la justicia es santa y buena, y que las palabras que Cortés les habia dicho, que veniamos á desagraviar y quitar tiranías, conformaban con lo que pasó en aquella entrada, y tuviéronnos en mucho más que de ántes, y allí dormimos en aquellas chozas, y todos los caciques nos llevaron acompañando hasta los aposentos de su pueblo; y verdaderamente quisieran que no saliéramos de su tierra, porque se temian de Montezuma no enviase su gente de guerra contra ellos; y dijeron á Cortés, pues éramos ya sus amigos, que nos quieren tener por hermanos, que será bien que tomásemos de sus hijas é parientas para hacer generacion; y que para que más fijas sean las amistades trujeron ocho indias, todas hijas de caciques, y dieron á Cortés una de aquellas cacicas, y era sobrina del mismo cacique gordo, y otra dieron á Alonso Hernandez Puertocarrero y era hija de otro gran cacique que se decia Cuesco en su lengua; y traíanlas vestidas á todas ocho con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas á su usanza, y cada una dellas un collar de oro al cuello, y en las orejas cercillos de oro, y venian acompañadas de otras indias para se servir dellas; y cuando el cacique gordo las presentó, dijo á Cortés:
—«_Tecle_ (que quiere decir en su lengua señor), estas siete mujeres son para los capitanes que tienes, y esta, que es mi sobrina, es para tí, que es señora de pueblos y vasallos.»
Cortés las recibió con alegre semblante y les dijo que se lo tenian en merced; mas para tomallas, como dice que seamos hermanos, que hay necesidad que no tengan aquellos ídolos en que creen y adoran, que los traen engañados, y que no les sacrifiquen; y que como él no vea aquellas cosas malísimas en el suelo y que no sacrifiquen, que luego ternán con nosotros muy más fija la hermandad; y que aquellas mujeres que se volverán cristianas primero que las recibamos; y que tambien habian de ser limpios de sodomías, porque tenian muchachos vestidos en hábito de mujeres que andaban á ganar en aquel maldito oficio; y cada dia sacrificaban delante de nosotros tres ó cuatro y cinco indios, y los corazones ofrecian á sus ídolos y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas y brazos y muslos, y los comian como vaca que se trae de las carnicerías en nuestra tierra, y aun tengo creido que lo vendian por menudo en los tiangues, que son mercados; y que como estas maldades se quiten y que no lo usen, que no solamente les seremos amigos, más que les hará que sean señores de otras provincias; y todos los caciques, papas y principales respondieron que no les estaba bien de dejar sus ídolos y sacrificios, y que aquellos sus dioses les daban salud y buenas sementeras y todo lo que habian menester; y que en cuanto á lo de las sodomías, que pornán resistencia en ello para que no se use más; y como Cortés y todos nosotros vimos aquella respuesta tan desacatada y habiamos visto tantas crueldades y torpedades, ya por mí otra vez dichas, no las pudimos sufrir; y entónces nos habló Cortés sobre ello y nos trujo á la memoria unas santas y buenas doctrinas, y que, ¿cómo podiamos hacer ninguna cosa buena si no volviamos por la honra de Dios y en quitar los sacrificios que hacian á los ídolos? Y que estuviésemos muy apercebidos para pelear si nos lo viniesen á defender que no se los derrocásemos, y que, aunque nos costase las vidas, en aquel dia habia de venir al suelo.