Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

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Y quedarse ha aquí esta relacion; y diré cómo el coronista Gómora dice que por relacion sabe lo que escribe; y esto que aquí digo, pasó así; y en todo lo más que escribe no le dieron buena cuenta de lo que dice. É otra cosa veo, que para que parezca ser verdad lo que en ello escribe, todo lo que en el caso pone es muy al revés, por más buena retórica que en el escribir ponga.

Y dejallo he, y diré lo que la parcialidad del Diego Velazquez hizo sobre que no fuese por capitan elegido Cortés, y nos volviésemos á la isla de Cuba.

CAPÍTULO XLIII.

CÓMO LA PARCIALIDAD DE DIEGO VELAZQUEZ PERTURBABA EL PODER QUE HABIAMOS DADO Á CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Y desque la parcialidad de Diego Velazquez vieron que de hecho habiamos elegido á Cortés por capitan general y justicia mayor, y nombrada la villa y alcaldes y regidores, y nombrado capitan á Pedro de Albarado, y alguacil mayor y maestre de campo y todo lo por mí dicho, estaban tan enojados y rabiosos, que comenzaron á armar bandos é chirinolas, y aun palabras muy mal dichas contra Cortés y contra los que le elegimos, é que no era bien hecho sin ser sabidores dello todos los capitanes y soldados que allí venian, y que no le dió tales poderes el Diego Velazquez, sino para rescatar, y harto teniamos los del bando de Cortés, de mirar que no se desvergonzasen más y viniésemos á las armas; y entónces avisó Cortés secretamente á Juan de Escalante que le hiciésemos parecer las instrucciones que traia del Diego Velazquez; por lo cual luego Cortés las sacó del seno y las dió á un escribano del Rey que las leyese, y decia en ellas: «Desque hubiéredes rescatado lo más que pudiéredes, os volveréis;» y venian firmadas del Diego Velazquez, y refrendadas de su secretario Andrés de Duero.

Pedimos á Cortés que las mandase encorporar juntamente con el poder que le dimos, y asimismo el pregon que se dió en la isla de Cuba; y esto fué á causa que S. M. supiese en España cómo todo lo que haciamos era en su Real servicio, y no nos levantasen alguna cosa contraria de la verdad; y fué harto buen acuerdo segun en Castilla nos trataba D. Juan Rodriguez de Fonseca, Obispo de Búrgos y Arzobispo de Rosano, que así se llamaba; lo cual supimos por muy cierto que andaba por nos destruir, y todo por ser mal informado, como adelante diré.

Hecho esto, volvieron otra vez los mismos amigos y criados del Diego Velazquez á decir que no estaba bien hecho haberle elegido sin ellos, é que no querian estar debajo de su mandado, sino volverse luego á la isla de Cuba; y Cortés les respondió que él no deternia á ninguno por fuerza, é cualquiera que le viniese á pedir licencia se la daria de buena voluntad, aunque se quedase solo; y con esto los asosegó á algunos de ellos, excepto al Juan de Velazquez de Leon, que era pariente del Diego Velazquez, é á Diego de Ordás, y á Escobar, que llamábamos el Paje porque habia sido criado del Diego Velazquez, y á Pedro Escudero y á otros amigos del Diego Velazquez; y á tanto vino la cosa, que poco ni mucho le querian obedecer, y Cortés con nuestro favor determinó de prender al Juan Velazquez de Leon, y al Diego de Ordás, y á Escobar el Paje, é á Pedro Escudero, y á otros que ya no me acuerdo; y por lo demás mirábamos no hubiese algun ruido, y estuvieron presos con cadenas y velas que les mandaba poner ciertos dias.

Y pasaré adelante, y diré cómo fué Pedro de Albarado á entrar en un pueblo cerca de allí.

Aquí dice el coronista Gómora en su Historia muy al contrario de lo que pasó, y quien viere su Historia verá ser muy extremado en hablar, é si bien le informaran, él dijera lo que pasaba; mas todo es mentiras.

CAPÍTULO XLIV.

CÓMO FUÉ ORDENADO DE ENVIAR Á PEDRO DE ALBARADO LA TIERRA ADENTRO Á BUSCAR MAÍZ Y BASTIMENTOS, Y LO QUE MÁS PASÓ.

Ya que habiamos hecho y ordenado lo por mí aquí dicho, acordamos que fuese Pedro de Albarado la tierra adentro á unos pueblos que teniamos noticia que estaban cerca, para que viese qué tierra era y para traer maíz é algun bastimento, porque en el real pasábamos mucha necesidad; y llevó cien soldados, y entre ellos quince ballesteros y seis escopeteros, y eran destos soldados más de la mitad de la parcialidad de Diego Velazquez, y quedamos con Cortés todos los de su bando, por temor no hubiese más ruido ni chirinola y se levantasen contra él, hasta asegurar más la cosa; y desta manera fué el Albarado á unos pueblos pequeños, sujeto de otro pueblo que se decia Costastlan, que era de lengua de Culúa; y este nombre de Culúa es en aquella tierra como si dijesen los romanos hallados; así es toda la lengua de la parcialidad de Méjico y de Montezuma; y á este fin en toda aquesta tierra cuando dijere Culúa son vasallos y sujetos á Méjico, y así se ha de entender.

Y llegado Pedro de Albarado á los pueblos, todos estaban despoblados de aquel mismo dia, y halló sacrificados en unos cues hombres y muchachos, y las paredes y altares de sus ídolos con sangre, y los corazones presentados á los ídolos; y tambien hallaron las piedras sobre que los sacrificaban, y los cuchillazos de pedernal con que los abrian por los pechos para les sacar los corazones.

Dijo el Pedro de Albarado que habian hallado todos los más de aquellos cuerpos sin brazos y piernas. É que dijeron otros indios que los habian llevado para comer; de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades.

Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues dende allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa.

Y volvamos á Pedro de Albarado, que aquellos pueblos los halló muy abastecidos de comida y despoblados de aquel dia de indios, que no pudo hallar sino dos indios que le trajeron maíz; y así, hubo de cargar cada soldado de gallinas y de otras legumbres; y volvióse al real sin más daño les hacer, aunque halló bien en que, porque así se lo mandó Cortés, que no fuese como lo de Cozumel; y en el real nos holgamos con aquel poco bastimento que trujo, porque todos los males y trabajos se pasan con el comer.

Aquí es donde dice el coronista Gómora que fué Cortés la tierra adentro con cuatrocientos soldados; no le informaron bien, que el primero que fué es el por mí aquí dicho, y no otro.

Y tornemos á nuestra plática: que como Cortés en todo ponia gran diligencia, procuró de hacerse amigo con la parcialidad del Diego Velazquez, porque á unos con dádivas del oro que habiamos habido, que quebranta peñas, é otros prometimientos, los atrajo á sí y los sacó de las prisiones, excepto Juan Velazquez de Leon y al Diego de Ordás, que estaban en cadenas en los navíos, y dende á pocos dias tambien los sacó de las prisiones, hizo tan buenos y verdaderos amigos dellos como adelante verán, y toda con el oro, que lo amansa.

Y á todas las cosas puestas en este estado, acordamos de nos ir al pueblo que estaba en la fortaleza, ya otra vez por mí memorado, que se dice Quiahuistlan, y que los navíos se fuesen al peñol y puerto que estaba enfrente de aquel pueblo obra de una legua dél; é yendo costa á costa, acuérdome que se mató un gran pescado que le echó la mar en la costa en seco, y llegamos á un rio donde está poblada ahora la Veracruz, y venia algo hondo, y con unas canoas quebradas lo pasamos, y á nado y en balsas, y de aquella parte del rio estaban unos pueblos sujetos á otro gran pueblo que se decia Cempoal, donde eran naturales los cinco indios de los bezotes de oro que he dicho que vinieron por mensajeros á Cortés, que les llamamos lopelucios en el real, y hallamos las casas de ídolos y sacrificadores, y sangre derramada y enciensos con que zahumaban, y otras cosas de ídolos y de piedras con que sacrificaban, y plumas de papagayos y muchos libros de su papel cosidos á dobleces, como á manera de paños de Castilla, y no hallamos indios ningunos, porque se habian ya huido; que, como no habian visto hombres como nosotros ni caballos, tuvieron temor, y allí aquella noche no hubo qué cenar; caminamos la tierra adentro hácia el poniente, y dejamos la costa, y no sabiamos el camino, y topamos unos buenos prados que llaman habanas, y estaban paciendo unos venados, y corrió Pedro de Albarado con su yegua alazana tras un venado y le dió una lanzada, y herido, se metió por un monte, que no se pudo haber.

Y estando en esto, vimos venir doce indios que eran vecinos de aquellas estancias donde habiamos dormido, y venian de hablar á su cacique, y traian gallinas y pan de maíz, y dijeron á Cortés con nuestras lenguas que su señor enviaba aquellas gallinas que comiésemos, y nos rogaba que fuésemos á su pueblo, que estaba de allí, á lo que señalaron, andadura de un dia, porque es un sol; y Cortés les dió las gracias y los halagó, y caminamos adelante y dormimos en otro pueblo pequeño, que tambien tenia hechos muchos sacrificios.

Y porque estarán hartos de oir de tantos indios é indias que hallábamos sacrificados en todos los pueblos y caminos que topábamos, pasaré adelante sin tornar á decir de qué manera é qué cosas tenian; y diré cómo nos dieron en aquel pueblezuelo de cenar, y supimos que era por Cempoal el camino para ir al Quiahuistlan, que ya he dicho que estaba en una sierra, y pasaré adelante, y diré cómo entramos en Cempoal.

CAPÍTULO XLV.

CÓMO ENTRAMOS EN CEMPOAL, QUE EN AQUELLA SAZON ERA MUY BUENA POBLACION, Y LO QUE ALLÍ PASAMOS.

Y como dormimos en aquel pueblo donde nos aposentaron los doce indios que he dicho, y despues de bien informados del camino que habiamos de llevar para ir al pueblo que estaba en el peñol, muy de mañana se lo hicimos saber á los caciques de Cempoal cómo íbamos á su pueblo, y que lo tuviesen por bien; y para ello envió Cortés los seis indios por mensajeros, y los otros seis quedaron para que nos guiasen; y mandó Cortés poner en órden los tiros y escopetas y ballesteros, y siempre corredores del campo descubriendo, y los de á caballo y todos los demás muy apercebidos.

Y desta manera caminamos hasta que llegamos una legua del pueblo; é ya que estábamos cerca dél, salieron veinte indios principales á nos recibir de parte del Cacique, y trujeron unas piñas rojas de la tierra, muy olorosas, y las dieron á Cortés y á los de á caballo con gran amor, y le dijeron que su señor nos estaba esperando en los aposentos, y por ser hombre muy gordo y pesado no podia venir á nos recebir; y Cortés les dió gracias, y se fueron adelante.

É ya que íbamos entrando entre las casas, desque vimos tan gran pueblo, y no habiamos visto otro mayor, nos admiramos mucho dello; y como estaba tan vicioso y hecho un verjel, y tan poblado de hombres y mujeres las calles llenas que nos salian á ver, dábamos muchos loores á Dios, que tales tierras habiamos descubierto; y nuestros corredores del campo, que iban á caballo, parece ser llegaron á la gran plaza y patios donde estaban los aposentos, y de pocos dias, segun pareció, teníanlos muy encalados y relucientes, que lo saben muy bien hacer, y pareció al uno de los de á caballo que era aquello blanco que relucia plata, y vuelve á rienda suelta á decir á Cortés cómo tenian las paredes de plata.

Y doña Marina é Aguilar dijeron que seria yeso ó cal, y tuvimos bien que reir de su plata ó frenesí, que siempre despues le deciamos que todo lo blanco le parecia plata.

Dejemos de la burla, y digamos cómo llegamos á los aposentos, y el cacique gordo nos salió á recebir junto al patio, que porque era muy gordo así le nombraré, é hizo muy gran reverencia á Cortés y le zahumó, que así lo tenian de costumbre, y Cortés le abrazó, y allí nos aposentaron en unos aposentos harto buenos y grandes, que cabiamos todos, y nos dieron de comer y pusieron unos cestos de ciruelas, que habia muchas, porque era tiempo dellas, y pan de maíz; y como veniamos hambrientos, y no habiamos visto otro tanto bastimento como entónces, pusimos nombre á aquel pueblo Villaviciosa, y otros le nombraron Sevilla.

Mandó Cortés que ningun soldado les hiciese enojo ni se apartase de aquella plaza. Y cuando el cacique gordo supo que habiamos comido, le envió á decir á Cortés que le queria ir á ver, é vino con buena copia de indios principales, y todos traian grandes bocetes de oro é ricas mantas; y Cortés tambien los salió al encuentro del aposento, y con grandes caricias y halagos le tornó á abrazar; y luego mandó al cacique gordo que trujesen un presente que tenia aparejado de cosas de joyas de oro y mantas, aunque no fué mucho, sino de poco valor, y le dijo á Cortés:

—«Lopelucio, lopelucio, recibe esto de buena voluntad;» é que si más tuviera, que se lo diera.

Ya he dicho que en lengua totonaque dijeron señor y gran señor, cuando dicen lopelucio, etc.

Y Cortés le dijo con doña Marina é Aguilar que él se lo pagaria en buenas obras, é que lo que hubiese menester, que se lo dijese, que lo haria por ellos; porque somos vasallos de un tan gran señor, que es el Emperador D. Cárlos, que manda muchos reinos y señoríos, y que nos envia para deshacer agravios y castigar á los malos, y mandar que no sacrificasen más ánimas; y se les dió á entender otras muchas cosas tocantes á nuestra santa fe.

Y luego como aquello oyó el cacique gordo, dando suspiros, se quejó reciamente del gran Montezuma y de sus gobernadores, diciendo que de poco tiempo acá le habia sojuzgado, y que le habia llevado todas sus joyas de oro, y les tiene tan apremiados, que no osan hacer sino lo que les manda, porque es señor de grandes ciudades, tierras é vasallos y ejércitos de guerra.

Y como Cortés entendió que de aquellas quejas que daban al presente no podian entender en ello, les dijo que él haria de manera que fuesen desagraviados; y porque él iba á ver sus acales (que en lengua de indios así llaman á los navíos), é hacer su estada é asiento en el pueblo de Quiahuistlan, que desque allí esté de asiento se verán más de espacio; y el cacique gordo le respondió muy concertadamente.

Y otro dia de mañana salimos de Cempoal, y tenia aparejados sobre cuatrocientos indios de carga, que en aquellas partes llaman tamemes, que llevan dos arrobas de peso á cuestas y caminan con ellas cinco leguas; y desque vimos tanto indio para carga nos holgamos, porque de ántes siempre traiamos á cuestas nuestras mochilas los que no traian indios de Cuba, porque no pasaron en la armada sino cinco ó seis, y no tantos como dice el Gómora.

Y doña Marina é Aguilar nos dijeron, que en aquestas tierras, que cuando están de paz, sin demandar quien lleve la carga, los caciques son obligados de dar de aquellos tamemes; y desde allí adelante, donde quiera que íbamos demandábamos indios para las cargas.

Y despedido Cortés del cacique gordo, otro dia caminamos nuestro camino, y fuimos á dormir á un pueblezuelo cerca de Quiahuistlan, y estaba despoblado, y los de Cempoal trujeron de cenar.

Aquí es donde dice el coronista Gómora que estuvo Cortés muchos dias en Cempoal, é que se concertó la rebelion é liga contra Montezuma: no le informaron bien; porque, como he dicho, otro dia por la mañana salimos de allí, y donde se concertó la rebelion y por qué causa adelante lo diré.

É quédese así, é digamos cómo entramos en Quiahuistlan.

CAPÍTULO XLVI.

CÓMO ENTRAMOS EN QUIAHUISTLAN, QUE ERA PUEBLO PUESTO EN FORTALEZA, Y NOS ACOGIERON DE PAZ.

Otro dia, á hora de las diez, llegamos en el pueblo fuerte, que se decia Quiahuistlan, que está entre grandes peñascos y muy altas cuestas, y si hubiera resistencia era mala de tomar. É yendo con buen concierto y ordenanza, creyendo que estuviese de guerra, iba el artillería delante, y todos subiamos en aquella fortaleza, de manera que si algo acontecia, hacer lo que éramos obligados.

Entónces Alonso de Ávila llevó cargo de capitan; é como era soberbio é de mala condicion, porque un soldado que se decia Hernando Alonso de Villanueva no iba en buena ordenanza, le dió un bote de lanza en un brazo que le mancó, y despues se llamó Hernando Alonso de Villanueva el Manquillo.

Dirán que siempre salgo de órden al mejor tiempo por contar cosas viejas. Dejémoslo, y digamos que hasta en la mitad de aquel pueblo no hallamos indio ninguno con quien hablar, de lo cual nos maravillamos, que se habian ido huyendo de miedo aquel propio dia; é cuando nos vieron subir á sus casas, y estando en lo más de la fortaleza en una plaza junto á donde tenian los cues é casas grandes de sus ídolos, vimos estar quince indios con buenas mantas, y cada uno un brasero de brasas, y en ellos de sus inciensos, y vinieron donde Cortés estaba y le zahumaron, y á los soldados que cerca dellos estábamos, y con grandes reverencias le dicen que les perdonen porque no le han salido á recebir, y que fuésemos bien venidos é que reposemos, é que de miedo se habian huido é ausentado hasta ver qué cosas éramos, porque tenian miedo de nosotros y de los caballos, é que aquella noche les mandarian poblar todo el pueblo; y Cortés les mostró mucho amor, y les dijo muchas cosas tocantes á nuestra santa fe, como siempre lo teniamos de costumbre á do quiera que llegábamos, y que éramos vasallos de nuestro gran Emperador D. Cárlos, y les dió unas cuentas verdes é otras cosillas de Castilla; y ellos trujeron luego gallinas y pan de maíz.

Y estando en estas pláticas, vinieron luego á decir á Cortés que venia el cacique gordo de Cempoal en andas, y las andas á cuestas de muchos indios principales; y desque llegó el cacique habló con Cortés, juntamente con el cacique y otros principales de aquel pueblo, dando tantas quejas de Montezuma, y contaba de sus grandes poderes, y decíalo con lágrimas y suspiros, que Cortés y los que estábamos presentes tuvimos mancilla; y demás de contar por qué via é modo los habia sujetado, que cada año les demandaban muchos de sus hijos y hijas para sacrificar y otros para servir en sus casas y sementeras, y otras muchas quejas, que fueron tantas, que ya no se me acuerda; y que los recaudadores de Montezuma les tomaban sus mujeres é hijas si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacian en aquellas tierras de la lengua de Totonaque, que eran más de treinta pueblos; y Cortés los consolaba con nuestras lenguas cuanto podia, é que los favoreceria en todo cuanto pudiese, y quitaria aquellos robos y agravios, y que para eso les envió á estas partes el Emperador nuestro señor, é que no tuviesen pena ninguna, que presto verian lo que sobre ello haciamos; y con estas palabras recibieron algun contento, mas no se les aseguraba el corazon con el gran temor que tenian á los mejicanos.

Y estando en estas pláticas vinieron unos indios del mismo pueblo á decir á todos los caciques que allí estaban hablando con Cortés, cómo venian cinco mejicanos que eran los recaudadores de Montezuma, é como los vieron se les perdió la color y temblaban de miedo, y dejan solo á Cortés y los salen á recibir, y de presto les enraman una sala y les guisan de comer y les hacen mucho cacao, que es la mejor cosa que entre ellos beben; y cuando entraron en el pueblo los cinco indios vinieron por donde estábamos, porque allí estaban las casas del cacique y nuestros aposentos; y pasaron con tanta contenencia y presuncion, que sin hablar á Cortés ni á ninguno de nosotros se fueron é pasaron delante; y traian ricas mantas labradas, y los bragueros de la misma manera (que entónces bragueros se ponian), y el cabello lucio é alzado, como atado en la cabeza, y cada uno unas rosas oliéndolas, y mosqueadores que les traian otros indios como criados, y cada uno un bordon con un garabato en la mano, y muy acompañados de principales de otros pueblos de la lengua totonaque; y hasta que los llevaron á aposentar y les dieron de comer muy altamente no les dejaron de acompañar.

Y despues que hubieron comido mandaron llamar al cacique gordo é á los demás principales, y les dijeron muchas amenazas y les riñeron que por qué nos habian hospedado en sus pueblos, y les dijeron que qué tenian ahora que hablar y ver con nosotros. É que su señor Montezuma no era servido de aquello, porque sin su licencia y mandado no nos habian de recoger en su pueblo ni dar joyas de oro. Y sobre ello al cacique gordo y á los demás principales les dijeron muchas amenazas, é que luego les diesen veinte indios é indias para aplacar á sus dioses por el mal oficio que habia hecho.

Y estando en esto, viéndole Cortés, preguntó á doña Marina é Jerónimo de Aguilar, nuestras lenguas, de qué estaban alborotados los caciques desque vinieron aquellos indios, é quién eran. É doña Marina, que muy bien lo entendió, se lo contó lo que pasaba; é luego Cortés mandó llamar al cacique gordo y á todos los más principales, y les dijo que quién eran aquellos indios, que les hacian tanta fiesta.

Y dijeron que los recaudadores del gran Montezuma, é que vienen á ver por qué causa nos recibian en el pueblo sin licencia de su señor, y que les demandan ahora veinte indios é indias para sacrificar á sus dioses Huichilóbos porque les dé vitoria contra nosotros, porque han dicho que dice Montezuma que os quiere tomar para que seais sus esclavos; y Cortés les consoló é que no hubiesen miedo, que él estaba allí con todos nosotros y que los castigaria.

Y pasemos adelante á otro capítulo, y diré muy por extenso lo que sobre ello se hizo.

CAPÍTULO XLVII.

CÓMO CORTÉS MANDÓ QUE PRENDIESEN AQUELLOS CINCO RECAUDADORES DE MONTEZUMA, Y MANDÓ QUE DENDE ALLÍ ADELANTE NO OBEDECIESEN NI DIESEN TRIBUTO, Y LA REBELION QUE ENTÓNCES SE ORDENÓ CONTRA MONTEZUMA.

Como Cortés entendió lo que los caciques le decian, les dijo que ya les habia dicho otras veces que el Rey nuestro señor le mandó que viniese á castigar los malhechores é que no consintiese sacrificios ni robos; y pues aquellos recaudadores venian con aquella demanda, les mandó que luego los aprisionasen é los tuviesen presos hasta que su señor Montezuma supiese la causa cómo vienen á robar y llevar por esclavos sus hijos y mujeres, é hacer otras fuerzas.

É cuando los caciques lo oyeron estaban espantados de tal osadía, mandar que los mensajeros del gran Montezuma fuesen maltratados, y temian y no osaban hacello; y todavía Cortés les convocó para que luego los echasen en prisiones, y así lo hicieron, y de tal manera, que en unas varas largas y con collares (segun entre ellos se usa) los pusieron de arte que no se les podian ir; é uno dellos porque no se dejaba atar le dieron de palos; y demás desto, mandó Cortés á todos los caciques que no les diesen más tributo, ni obediencia á Montezuma, é que así lo publicasen en todos los pueblos aliados y amigos. É que si otros recaudadores hubiese en otros pueblos como aquellos, que se lo hiciesen saber, que él enviaria por ellos.

Y como aquella nueva se supo en toda aquella provincia, porque luego envió mensajeros el cacique gordo haciéndoselo saber, y tambien lo publicaron los principales que habian traido en su compañía aquellos recaudadores, que como los vieron presos, luego se descargaron y fueron cada uno á su pueblo á dar mandado y á contar lo acaecido.

É viendo cosas tan maravillosas é de tanto peso para ellos, dijeron que no osaron hacer aquello hombres humanos, sino teules, que así llaman á sus ídolos en que adoraban; é á esta causa desde allí adelante nos llamaron teules, que es, como he dicho, ó dioses ó demonios; y cuando dijere en esta relacion teules en cosas que han de ser tocadas nuestras personas, sepan que se dice por nosotros.

Volvamos á decir de los prisioneros, que los querian sacrificar por consejo de todos los caciques, porque no les fuese alguno dellos á dar mandado á Méjico; y como Cortés lo entendió, les mandó que no los matasen, que él los queria guardar, y puso de nuestros soldados que los velasen; é á media noche mandó llamar Cortés á los mismos nuestros soldados que los guardaban, y les dijo:

—«Mirad que solteis dos dellos, los más diligentes que os parecieren, de manera que no lo sientan los indios destos pueblos;» que se los llevasen á su aposento.