Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3)

Part 10

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Volvamos á su venida y lo que hicieron en llegando donde nuestro capitan estaba, y fué que besó la tierra con la mano, y con braseros que traian de barro, y en ellos de su incienso le zahumaron, y á todos los demás soldados que allí cerca nos hallamos; y Cortés les mostró mucho amor y asentólos cabe sí; é aquel principal que venia con aquel presente traia cargo juntamente de hablar con el Tendile (ya he dicho que se decia Quintalbor); y despues de haberle dado el parabien venido á aquella tierra, y otras muchas pláticas que pasaron, mandó sacar el presente que traian encima de unas esteras que llaman petates, y tendidas otras mantas de algodon encima dellas, lo primero que dió fué una rueda de hechura de sol, tan grande como de una carreta, con muchas labores, todo de oro muy fino, gran obra de mirar, que valía, á lo que despues dijeron que le habian pesado, sobre veinte mil pesos de oro, y otra mayor rueda de plata, figurada la luna con muchos resplandores, y otras figuras en ella, y esta era de gran peso, que valía mucho, y trujo el casco lleno de oro en granos crespos como lo sacan de las minas, que valía tres mil pesos.

Aquel oro del casco tuvimos en más, por saber cierto que habia buenas minas, que si trujeran treinta mil pesos. Más trajo veinte ánades de oro, de muy prima labor y muy natural, é unos como perros de los que entre ellos tienen, y muchas piezas de oro figuradas de hechuras de tigres y leones y monos, y diez collares hechos de una hechura muy prima, é otros pinjantes, é doce flechas y arco con su cuerda, y dos varas como de justicia, de largo de cinco palmos, y todo esto de oro muy fino y de obra vaciadiza; y luego mandó traer penachos de oro y de ricas plumas verdes y otras de plata, y aventadores de lo mismo, pues venados de oro sacados del vaciadizo; é fueron tantas cosas, que, como há ya tantos años que pasó, no me acuerdo de todo; y luego mandó traer allí sobre treinta cargas de ropa de algodon tan prima y de muchos géneros de labores, y de pluma de muchos colores, que por ser tantos no quiero en ello más meter la pluma, porque no lo sabré escribir.

Y despues de haber dado, dijo aquel gran cacique Quintalbor y el Tendile á Cortés que reciba aquello con la gran voluntad que su señor se lo envia, é que lo reparta con los teules que consigo trae; y Cortés con alegría los recibió; y dijeron á Cortés aquellos embajadores que le querian hablar lo que su señor Montezuma le envia á decir.

Y lo primero que le dijeron, que se ha holgado que hombres tan esforzados vengan á su tierra, como le han dicho que somos, porque sabia lo de Tabasco; y que deseara mucho ver á nuestro gran Emperador, pues tan gran señor es, pues de tan léjas tierras como venimos tiene noticia dél, é que le enviaria un presente de piedras ricas, é que entretanto que allí en aquel puerto estuviéremos, si en algo nos puede servir que lo hará de buena voluntad; é cuanto á las vistas, que no curasen dellas, que no habia para qué; poniendo muchos inconvenientes.

Cortés les tornó á dar las gracias con buen semblante por ello, y con muchos halagos dió á cada gobernador dos camisas de Holanda y diamantes azules y otras cosillas, y les rogó que volviesen por su embajador á Méjico á decir á su señor el gran Montezuma que, pues habiamos pasado tantas mares y veniamos de tan léjas tierras solamente por le ver y hablar de su persona á la suya, que así se volviese, que no lo receberia de buena manera nuestro gran rey y señor, y que adonde quiera que estuviese le quiere ir á ver y hacer lo que mandare.

Y los embajadores dijeron que irian y se lo dirian; que las vistas que dice, que entienden que son por demás.

Y envió Cortés con aquellos mensajeros á Montezuma de la pobreza que traiamos que era una copa de vidrio de Florencia, labrada y dorada, con muchas arboledas y monterías que estaban en la copa, y tres camisas de Holanda y otras cosas, y les encomendó la respuesta.

Fuéronse estos dos gobernadores, y quedó en el real Pitalpitoque, que parece ser lo dieron cargo los demás criados de Montezuma para que trujese la comida de los pueblos más cercanos.

Dejallo hé aquí, y diré lo que en nuestro real pasó.

CAPÍTULO XL.

CÓMO CORTÉS ENVIÓ Á BUSCAR OTRO PUERTO Y ASIENTO PARA POBLAR Y LO QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Despachados los mensajeros para Méjico, luego Cortés mandó ir dos navíos á descubrir la costa adelante, y por capitan dellos á Francisco de Montejo, y le mandó que siguiese el viaje que habiamos llevado con Juan de Grijalva, porque el mismo Montejo havia venido en nuestra compañía y del Grijalva, y que procurase buscar puerto seguro y mirase por tierras en que pudiésemos estar, porque bien via que en aquellos arenales no nos podiamos valer de mosquitos y estar tan léjos de poblaciones; y mandó al piloto Alaminos y Juan Álvarez el Manquillo, fuesen por pilotos, porque sabian aquella derrota, y que diez dias navegase costa á costa todo lo que pudiesen; y fueron de la manera que les fué dicho é mandado, y llegaron al paraje del rio Grande, que es cerca de Pánuco, adonde otra vez llegamos cuando lo del capitan Juan de Grijalva, y desde allí adelante no pudieron pasar, por las grandes corrientes.

Y viendo aquella mala navegacion, dió la vuelta á San Juan de Ulúa, sin más pasar adelante, ni otra relacion, excepto que doce leguas de allí habian visto un pueblo como fortaleza, el cual pueblo se llamaba Quiahuistlan, y que cerca de aquel pueblo estaba un puerto que le parecia al piloto Alaminos que podrian estar seguros los navíos del norte; púsosele un nombre feo, que es el tal de Bernal, que parecia á otro puerto que hay en España que tenia aquel propio nombre feo; y en estas idas y venidas se pasaron al Montejo diez ó doce dias.

Y volveré á decir que el indio Pitalpitoque, que quedaba para traer la comida, aflojó de tal manera, que nunca más trujo cosa ninguna; y teniamos entónces gran falta de mantenimientos, porque ya el cazabe amargaba de mohoso, podrido y sucio de fátulas, y si no íbamos á mariscar no comiamos, y los indios que solian traer oro y gallinas á rescatar, ya no venian tantos como al principio, y estos que acudian, muy recatados y medrosos; y estábamos aguardando á los indios mensajeros que fueron á Méjico por horas.

Y estando desta manera, vuelve Tendile con muchos indios, y despues de haber hecho el acato que suelen entre ellos de zahumar á Cortés y á todos nosotros, dió diez cargas de mantas de pluma muy fina y ricas, y cuatro chalchuites, que son unas piedras verdes de muy gran valor, y tenidas en más estima entre ellos, más que nosotros las esmeraldas, y es color verde, y ciertas piezas de oro, que dijeron que valía el oro, sin los chalchuites, tres mil pesos; y entónces vinieron el Tendile y Pitalpitoque, porque el otro gran cacique, que se decia Quintalbor, no volvió más, porque habia adolecido en el camino; y aquellos dos gobernadores se apartaron con Cortés y doña Marina y Aguilar, y le dijeron que su señor Montezuma recibió el presente y que se holgó con él, é que en cuanto á la vista, que no le hablen más sobre ello, y que aquellas ricas piedras de chalchuites que las envia para el gran Emperador, porque son tan ricas, que vale cada una dellas una gran carga de oro, y que en más estima las tenia, y que ya no cure de enviar más mensajeros á Méjico.

Y Cortés les dió las gracias con ofrecimientos; y ciertamente que le pesó á Cortés que tan claramente le decian que no podriamos ver al Montezuma, y dijo á ciertos soldados que allí nos hallamos:

—«Verdaderamente debe de ser gran señor y rico, y si Dios quisiere, algun dia le hemos de ir á ver.»

Y respondimos los soldados:

—«Ya querriamos estar envueltos con él.»

Dejemos por agora las vistas, y digamos que en aquella sazon era hora del Ave-María, y en el real teniamos una campana, y todos nos arrodillamos delante de una cruz que teniamos puesta en un medaño de arena, el más alto, y delante de aquella cruz deciamos la oracion de la Ave-María; y como Tendile y Pitalpitoque nos vieron así arrodillar, como eran indios muy entremetidos, preguntaron que á qué fin nos humillábamos delante de aquel palo hecho de aquella manera.

Y como Cortés lo oyó, y el fraile de la Merced estaba presente, le dijo Cortés al fraile:

—«Bien es agora, Padre, que hay buena materia para ello, que les demos á entender con nuestras lenguas las cosas tocantes á nuestra santa fe.»

Y entónces se les hizo un tan buen razonamiento para en tal tiempo, que unos buenos teólogos no lo dijeran mejor; y despues de declarado cómo somos cristianos é todas las cosas tocantes á nuestra santa fe que se convenian decir, les dijeron que sus ídolos son malos y que no son buenos; que huyen de donde está aquella señal de la cruz, porque en otra de aquella hechura padeció muerte y pasion el Señor del cielo y de la tierra y de todo lo criado, que es el en que nosotros adoramos y creemos, que es nuestro Dios verdadero, que se dice Jesucristo, y que quiso sufrir y pasar aquella muerte por salvar todo el género humano, y que resucitó al tercero dia y está en los cielos, y que habemos de ser juzgados dél; y se les dijo otras muchas cosas muy perfectamente dichas, y las entendian bien, y respondian cómo ellos lo dirian á su señor Montezuma; y tambien se les declaró que una de las cosas porque nos envió á estas partes nuestro gran Emperador fué para quitar que no sacrificasen ningunos indios ni otra manera de sacrificios malos que hacen, ni se robasen unos á otros, ni adorasen aquellas malditas figuras; y que les ruega que pongan en su ciudad, en los adoratorios donde están los ídolos que ellos tienen por dioses, una cruz como aquella, y pongan una imágen de nuestra Señora, que allí les dió, con su hijo precioso en los brazos, y verán cuánto bien les va y lo que nuestro Dios por ellos hace.

Y porque pasaron otros muchos razonamientos, é yo no los sabré escribir tan por extenso, lo dejaré, y traeré á la memoria que como vinieron con Tendile muchos indios esta postrera vez á rescatar piezas de oro, y no de mucho valor, todos los soldados lo rescatábamos; y aquel oro que rescatábamos dábamos á los hombres que traiamos de la mar, que iban á pescar, á trueco de su pescado, para tener de comer; porque de otra manera pasábamos mucha necesidad de hambre, y Cortés se holgaba dello y lo disimulaba, aunque lo veia, y se lo decian muchos criados y amigos de Diego Velazquez, que para qué nos dejaba rescatar.

Y lo que sobre ello pasó diré adelante.

CAPÍTULO XLI.

DE LO QUE SE HIZO SOBRE EL RESCATAR DEL ORO, Y DE OTRAS COSAS QUE EN EL REAL PASARON.

Como vieron los amigos de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, que algunos soldados rescatábamos oro, dijéronselo á Cortés que para qué lo consentia, y que no lo envió Diego Velazquez para que los soldados llevasen todo el más oro, y que era bien mandar pregonar que no rescatasen más de ahí adelante, sino fuese el mismo Cortés, y lo que hubiesen habido, que lo manifestasen para sacar el real quinto, é que se pusiese una persona que fuese conveniente para cargo de tesorero.

Cortés á todo dijo que era bien lo que decian, y que la tal persona nombrasen ellos; y señalaron á un Gonzalo Mejía.

Y despues desto hecho, les dijo Cortés, no de buen semblante:

—«Mirá, señores, que nuestros compañeros pasan gran trabajo de no tener con qué se sustentar, y por esta causa habiamos de disimular, porque todos comiesen; cuanto más que es una miseria cuanto rescatan, que, mediante Dios, mucho es lo que habemos de haber, porque todas las cosas tienen su haz y envés; ya está pregonado que no rescaten más oro, como habeis querido; veremos de qué comeremos.»

Aquí es donde dice el coronista Gómora que lo hacia Cortés porque no creyese Montezuma que nos daba nada por oro; y no le informaron bien, que desde lo de Grijalva en el rio de Banderas lo sabia muy claramente; y demás desto, cuando le enviamos á demandar el casco de oro en granos de las minas, y nos veian rescatar. Pues que, ¡gente mejicana para no entendello!

Y dejemos esto pues dice que por informacion lo sabe; y digamos cómo una mañana no amaneció indio ninguno de los que estaban en las chozas, que solian traer de comer, ni los que rescataban, y con ellos Pitalpitoque, que sin hablar palabra se fueron huyendo; y la causa fué, segun despues alcanzamos á saber, que se lo envió á mandar Montezuma, que no aguardasen más pláticas de Cortés ni de los que con él estábamos; porque parece ser cómo el Montezuma era muy devoto de sus ídolos, que se decian Tezcatepuca y Huichilóbos; el uno decian que era dios de la guerra, y el Tezcatepuca el Dios del infierno, y les sacrificaba cada dia muchachos para que le diesen respuesta de lo que habia de hacer de nosotros, porque ya el Montezuma tenia pensamiento que si no nos tornábamos á ir en los navíos, de nos haber todos á las manos para que hiciésemos generacion, y tambien para tener que sacrificar; segun despues supimos, la respuesta que le dieron sus ídolos fué que no curase de oir á Cortés, ni las palabras que le enviaba á decir que tuviese cruz y la imágen de nuestra Señora, que no la trujesen á su ciudad; y por esta causa se fueron sin hablar.

Y como vimos tal novedad, creimos que siempre estaban de guerra, y estábamos muy más á punto apercibidos.

Y un dia estando yo y otro soldado puestos por espías en unos arenales, vimos venir por la playa cinco indios, y por no hacer alboroto por poca cosa en el real, los dejamos allegar á nosotros, y con alegres rostros nos hicieron reverencia á su usanza, y por señas nos dijeron que los llevásemos al real; y yo dije á mi compañero que se quedase en el puesto, é yo iria con ellos, que en aquella sazon no me pesaban los piés como agora, que soy viejo; y cuando llegaron adonde Cortés estaba, le hicieron grande acato y le dijeron: «Lopelucio, lopelucio;» que quiere decir en la lengua totonaque, señor y gran señor.

Y traian unos grandes agujeros en los bezos de abajo, y en ellos unas rodajas de piedras pintadillas de azul, y otros con unas hojas de oro delgadas, y en las orejas muy grandes agujeros, y en ellos puestas otras rodajas de oro y piedras, y muy diferente trage y habla que traian á lo de los mejicanos que solian allí estar en los ranchos con nosotros, que envió el gran Montezuma; y como doña Marina y Aguilar, las lenguas, oyeron aquello de lopelucio, no lo entendieron; dijo la doña Marina en la lengua mejicana que si habia allí entre ellos naeyauatos, que son intérpretes de la lengua mejicana; y respondieron los dos de aquellos cinco que sí, que ellos la entendian y hablarian; y dijeron luego en la lengua mejicana que somos bien venidos, é que su señor les enviaba á saber quién éramos, y que se holgara servir á hombres tan esforzados, porque parece ser ya sabian lo de Tabasco y lo de Potonchan; y más dijeron, que ya hobieran venido á vernos, si no fuera por temor de los de Culúa, que debian estar allí con nosotros; y Culúa entiéndese por mejicanos, que es como si dijésemos cordobeses ó villanos; é que supieron que habia tres dias que se habian ido huyendo á sus tierras; y de plática en plática supo Cortés cómo tenia Montezuma enemigos y contrarios, de lo cual se holgó; y con dádivas y halagos que les hizo, despidió aquellos cinco mensajeros, y les dijo que dijesen á su señor que él los iria á ver muy presto.

Aquellos indios llamábamos desde ahí adelante los lopelucios.

Y dejallos he agora, y pasemos adelante y digamos que en aquellos arenales donde estábamos habia siempre muchos mosquitos zancudos, como de los chicos que llaman xexenes, y son peores que los grandes, y no podiamos dormir dellos, y no habia bastimentos, y el cazabe se apocaba, y muy mohoso y sucio de las fátulas, y algunos soldados de los que solian tener indios en la isla de Cuba suspirando continuamente, por volverse á sus casas, y en especial los criados y amigos de Diego Velazquez.

Y como Cortés así vido la cosa y voluntades, mandó que nos fuésemos al pueblo que habia visto el Montejo y el piloto Alaminos que estaba en fortaleza, que se dice Quiahuistlan, y que los navíos estarian al abrigo del peñol por mí nombrado.

Y como se ponia por la obra para nos ir, todos los amigos, deudos y criados del Diego Velazquez dijeron á Cortés que para qué queria hacer aquel viaje sin bastimentos, é que no tenia posibilidad para pasar más adelante, porque ya se habian muerto en el real de heridas de lo de Tabasco y de dolencias y hambre sobre treinta y cinco soldados, y que la tierra era grande y las poblaciones de mucha gente, é que nos darian guerra un dia que otro, y que seria mejor que nos volviésemos á Cuba á dar cuenta á Diego Velazquez del oro rescatado, pues era cantidad, y de los grandes presentes de Montezuma, que era el sol de oro y la luna de plata y el casco de oro menudo de minas, y de todas las joyas y ropa por mí referidas.

Y Cortés les respondió que no era buen consejo volver sin ver; porque hasta entónces que no nos podiamos quejar de la fortuna, é que diésemos gracias á Dios, que en todo nos ayudaba; y que en cuanto á los que se han muerto, que en las guerras y trabajos suele acontecer; y que seria bien saber lo que habia en la tierra, y que entre tanto del maíz que tenian los indios y pueblos cercanos comeriamos, ó mal nos andarian las manos.

Y con esta respuesta se sosegó algo la parcialidad del Diego Velazquez, aunque no mucho; que ya habia corrillos dellos y plática en el real sobre la vuelta de Cuba.

Y dejallo hé aquí, y diré lo que más avino.

CAPÍTULO XLII.

CÓMO ALZAMOS Á HERNANDO CORTÉS POR CAPITAN GENERAL Y JUSTICIA MAYOR HASTA QUE SU MAJESTAD EN ELLO MANDASE LO QUE FUESE SERVIDO, Y LO QUE EN ELLO SE HIZO.

Ya he dicho que en el real andaban los parientes y amigos del Diego Velazquez perturbando que no pasásemos adelante, y que desde allí de San Juan de Ulúa nos volviésemos á la isla de Cuba.

Parece ser que ya Cortés tenia pláticas con Alonso Hernandez Puertocarrero y con Pedro de Albarado, y sus cuatro hermanos, Jorge, Gonzalo, Gomez y Juan, todos Albarados, y con Cristóbal de Olí, Alonso de Ávila, Juan de Escalante, Francisco de Lugo, y conmigo é otros caballeros y capitanes, que le pidiésemos por capitan.

El Francisco de Montejo bien lo entendió, y estábase á la mira; y una noche á más de media noche vinieron á mi choza el Alonso Hernandez Puertocarrero y el Juan Escalante y Francisco de Lugo, que éramos algo deudos yo y el Lugo, y de una tierra, y me dijeron:

—«Ah señor Bernal Diez del Castillo, salid acá con vuestras armas á rondar, acompañaremos á Cortés, que anda rondando.»

Y cuando estuve apartado de la choza me dijeron:

—«Mirad, señor, tened secreto de un poco que agora os queremos decir, porque pesa mucho, y no lo entiendan los compañeros que están en vuestro rancho, que son de la parte del Diego Velazquez.»

Y lo que platicaron, fué:

—«¿Paréceos, señor, bien que Hernando Cortés así nos haya traido engañados á todos, y dió pregones en Cuba que venia á poblar, y ahora hemos sabido que no trae poder para ello, sino para rescatar, y quieren que nos volvamos á Santiago de Cuba con todo el oro que se ha habido, y quedaremos todos perdidos, y tomarse ha el oro el Diego Velazquez, como la otra vez? Mirá, señor, que habeis venido ya tres veces con esta postrera, gastando vuestros haberes, y habeis quedado empeñado, aventurando tantas veces la vida con tantas heridas; hacémoslo, señor, saber, porque no pase esto adelante; y estamos muchos caballeros que sabemos que son amigos de vuestra merced, para que esta tierra se pueble en nombre de S. M., y Hernando Cortés en su Real nombre, y en teniendo que tengamos posibilidad hacello saber en Castilla á nuestro Rey y señor. Y tenga, señor, cuidado de dar el voto para que todos le elijamos por capitan de unánime voluntad, porque es servicio de Dios y de nuestro Rey y Señor.»

Yo respondí que la ida de Cuba no era buen acuerdo, y que seria bien que la tierra se poblase, é que eligiésemos á Cortés por general y justicia mayor hasta que su majestad otra cosa mandase.

Y andando de soldado en soldado este concierto, alcanzáronlo á saber los deudos y amigos del Diego Velazquez, que eran muchos más que nosotros, y con palabras algo sobradas dijeron á Cortés que para qué andaba con mañas para quedarse en aquesta tierra sin ir á dar cuenta á quien le envió para ser capitan; porque Diego Velazquez no se lo ternia á bien; y que luego nos fuésemos á embarcar, y que no curase de más rodeos y andar en secreto con los soldados, pues no tenia bastimentos ni gente ni posibilidad para que pudiese poblar.

Y Cortés respondió sin mostrar enojo, y dijo que le placia, que no iria contra las instrucciones y memorias que traia del señor Diego Velazquez; y mandó luego pregonar que para otro dia todos nos embarcásemos, cada uno en el navío que habia venido; y los que habiamos sido en el concierto le respondimos que no era bien traernos engañados: que en Cuba pregonó que venia á poblar é que viene á rescatar, y que le requeriamos de parte de Dios nuestro Señor y de su majestad que luego poblase, y no hiciese otra cosa, porque era muy gran bien y servicio de Dios y de su majestad; y se le dijeron muchas cosas bien dichas sobre el caso, diciendo que los naturales no nos dejarian desembarcar otra vez como ahora, y que en estar poblada aquesta tierra siempre acudirian de todas las islas soldados para nos ayudar, y que Velazquez nos habia echado á perder con publicar que tenia provisiones de su majestad para poblar, siendo al contrario; é que nosotros queriamos poblar, é que se fuese quien quisiese á Cuba.

Por manera que Cortés lo aceptó, y aunque se hacia mucho de rogar, y como dice el refran: «Tú me lo ruegas é yo me lo quiero;» y fué con condicion que le hiciésemos justicia mayor y capitan general; y lo peor de todo que le otorgamos, que le dariamos el quinto del oro de lo que se hubiese, despues de sacado el real quinto, y luego le dimos poderes muy bastantísimos delante de un escribano del Rey, que se decia Diego de Godoy, para todo lo por mí aquí dicho.

Y luego ordenamos de hacer y fundar é poblar una villa, que se nombró la villa rica de la Veracruz, porque llegamos juéves de la Cena, y desembarcamos en viérnes santo de la Cruz, é rica por aquel caballero que dije en el capítulo, que se llegó á Cortés y le dijo que mirase las tierras ricas: y que se supiese bien gobernar, é quiso decir que se quedase por capitan general; el cual era el Alonso Hernandez Puertocarrero.

Y volvamos á nuestra relacion: que fundada la villa, hicimos alcalde y regidores, y fueron los primeros alcaldes Alonso Hernandez Puertocarrero, Francisco de Montejo, y á este Montejo, porque no estaba muy bien con Cortés, por metelle en los primeros y principal, le mandó nombrar por alcalde; y los regidores dejallos he de escribir, porque no hace al caso que nombre algunos, y diré cómo se puso una picota en la plaza, y fuera de la villa una horca, y señalamos por capitan para las entradas á Pedro de Albarado, y maestre de campo á Cristóbal de Olí, alguacil mayor á Juan de Escalante, y tesorero Gonzalo Mejía, y contador á Alonso de Ávila, y alférez á Hulano Corral, porque el Villareal, que habia sido alférez, no sé qué enojo habia hecho á Cortés sobre una india de Cuba, y se le quitó el cargo; y alguacil del Real á Ochoa, vizcaino, y á un Alonso Romero.

Dirán ahora cómo no nombro en esta relacion al capitan Gonzalo de Sandoval, siendo un capitan tan nombrado, que despues de Cortés, fué la segunda persona, y de quien tanta noticia tuvo el Emperador nuestro señor. Á esto digo que, como era mancebo entónces, no se tuvo tanta cuenta con él y con otros valerosos capitanes; que le vimos florecer en tanta manera, que Cortés y todos los soldados le teniamos en tanta estima como al mismo Cortés, como adelante diré.