Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)

Part 9

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Y luego envió á llamar á todos los pueblos comarcanos, y como tuvieron nueva que era el capitan Malinche, que ansí le llamaban, y sabian que habia conquistado á Méjico, luego vinieron á su llamada y le trujeron presentes de bastimentos; y cuando se hubieron juntado los caciques de cuatro pueblos más principales, Cortés les habló con doña Marina y les dijo las cosas tocantes á nuestra santa fe; y que todos éramos vasallos del gran Emperador que se dice don Cárlos de Austria, y que tiene muy grandes señores por vasallos, y que nos envió á estas partes para quitar sodomías y robos é idolatrías, y para que no consienta comer carne humana, ni hubiesen sacrificios ni robasen, ni se diesen guerra unos á otros, sino que fuesen hermanos y como tales se tratasen, y tambien venia para que diesen la obediencia á tan alto Rey y señor como les habia dicho que tenemos, y le contribuyan con servicios y de lo que tuvieren, como hacemos todos sus vasallos; y les dijo otras muchas cosas la doña Marina, que lo sabia bien decir; y los que no quisiesen venir á se someter al dominio de su majestad, que les castigaria, y aun Fray Juan de las Varillas y los dos religiosos franciscos que Cortés traia les predicaron cosas muy santas y buenas, y lo que decian los frailes franciscos se lo declaraban dos indios mejicanos que sabian la lengua española, con otros intérpretes de aquella lengua; y más les dijo, que en todo les guardaria justicia, porque ansí lo mandaba nuestro Rey y señor.

Y porque hubo otros muchos razonamientos y los entendieron muy bien los caciques, dijeron que se daban por vasallos de su majestad y que harian lo que Cortés les mandaba, y luego les dijo que trujesen bastimento á aquella villa; y tambien les mandó que viniesen muchos indios y trujesen hachas, y que talasen un monte que estaba dentro de la villa, para que desde allí se pudiese ver la mar y puerto; y tambien les mandó que fuesen en canoas á llamar tres ó cuatro pueblos que están en unas isletas que se llaman los Guanajes, que en aquella sazon estaban pobladas, y que trujesen pescado, pues que tenian mucho; y ansí lo hicieron, que dentro en cinco dias vinieron los pueblos de las isletas, y todos traian presentes de pescado y gallinas; y Cortés les mandó dar unas puercas y un barraco que se halló en Trujillo, y de los que traia de Méjico, para que hiciesen casta, porque le dijo un español que era buena tierra para multiplicar con soltalles en las isletas sin ponerles guarda: y ansí fué como dijo, que dentro en dos años hubo muchos puercos y los iban á montear.

Dejemos esto, pues no hace á nuestra relacion, y no me lo tengan por prolijidad en contar cosas viejas; y diré que vinieron tantos indios á talar los montes de la villa que Cortés les mandó en dos dias se vió claramente muy bien la mar, é hicieron quince casas, y una para Cortés muy buena; y esto hecho, se informó Cortés qué pueblos y tierras estaban rebeldes y no querian venir de paz; y unos caciques de un pueblo que se dice Papayeca, que era cabecera de otros pueblos, que en aquella sazon era grande pueblo, que agora está con muy poca gente ó casi ninguna, le dió á Cortés una memoria de muchos pueblos que no querian venir de paz, que estaban en grandes sierras y tenian fuerzas hechas; y luego Cortés envió al capitan Saavedra con los soldados que le pareció que convenian ir con él, y con los ocho de Guacacualco fué por su camino hasta que llegó á las poblaciones que solian estar de guerra, y salieron de paz los más dellos; excepto tres pueblos, que no se quisieron venir; y tan temido era Cortés de los naturales y tan nombrado, que hasta los pueblos de Olancho, donde fueron las minas ricas que despues se descubrieron, era temido y acatado, y llamábanle en todas aquellas provincias el capitan Hue, Hue de Marina, que quiere decir el capitan viejo que trae á doña Marina.

Dejemos á Saavedra, que está con su gente sobre los pueblos que no se querian dar, que me parece que se decian los acaltecas, y volvamos á Cortés, que estaba en Trujillo, é ya le habian adolescido los frailes franciscos y un su primo que se decia Abalos, y el licenciado Pedro Lopez, y Carranza el mayordomo, y Guinea el despensero y un Juan Flamenco, y otros muchos soldados, ansí de los que traia como de los que halló en Trujillo, y aun el Anton de Carmona, que trujo el navío con el bastimento; y acordó de los enviar á la isla de Cuba, á la Habana, ó á Santo Domingo si viesen que el tiempo hacia bueno en la mar, y para ello les dió el un navío bien aderezado y calafateado, con el mejor matalotaje que se pudo haber; y escribió á la audiencia Real de Santo Domingo y á los frailes jerónimos y á la Habana, dando cuenta cómo habia salido de Méjico en busca de Cristóbal de Olí, y cómo dejó sus poderes á los oficiales de su majestad, y del trabajoso camino que habia traido, y cómo el Cristóbal de Olí hubo preso á un capitan que se decia Francisco de las Casas, que Cortés habia enviado para tomar el armada al mismo Cristóbal de Olí, y que tambien habia preso á un Gil Gonzalez de Ávila, siendo gobernador del Golfo-Dulce; y que teniéndolos presos, los dos capitanes se concertaron y le dieron de cuchilladas, y por sentencia, despues que lo tuvieron preso, le degollaron, y que al presente estaba poblando la tierra y pueblos sujetos á aquella villa de Trujillo, y que era tierra rica de minas, y que enviasen soldados; que en aquella tierra de Santo Domingo no tenian con qué se sustentar; y para dar crédito que habia oro envió muchas joyas y piezas de las que traia en su recámara, é vajilla de lo que trujo de Méjico, y aun de la vajilla de su aparador, y por su capitan de aquel navío á un su primo que se decia Abalos, y le mandó que de camino tomase veinte y cinco soldados que habia dejado un capitan, que tuvo nueva que andaba á saltear indios en las isletas en lo de Cozumel.

Y partido del puerto de Honduras, que ansí se llamaba, unas veces con buen tiempo é otras con contrario, pasaron adelante de la Punta de Sant-Anton, que está junto á las sierras que llaman de Guaniguanico, que será de la Habana sesenta ó setenta leguas, y con temporal dieron con el navío en tierra, de manera que se ahogaron los frailes y el capitan Abalos y muchos soldados, y dellos se salvaron en el batel y en tablas, y con mucho trabajo aportaron á la Habana, y dende allí fué la fama volando por toda la isla de Cuba cómo Cortés y todos nosotros éramos vivos, y en pocos dias fué la nueva á Santo Domingo, porque el licenciado Pedro Lopez, médico que iba allí, que escapó en una tabla, escribió á la Real audiencia de Santo Domingo en nombre de Cortés, y todo lo acaecido, y cómo estaba poblando en Trujillo, y que habia menester bastimento y vino y caballos, y que para lo comprar traian mucho oro, y que se perdió en la mar de la manera que ya dicho tengo.

Y como aquella nueva se supo, todos se alegraron, porque ya habia fama, é lo tenian por cierto, que Cortés y todos nosotros sus compañeros éramos muertos; las cuales nuevas supieron en la Española de un navío que fué de la Nueva-España; y como en Santo Domingo se supo que estaba de asiento poblando Cortés las provincias que dicho tengo, luego los oidores y mercaderes comenzaron de cargar dos navíos viejos con caballos y potros, y camisas y bonetes y cosas de bujerías, y no trujeron cosa de comer, sino una pipa de vino, ni fruta, salvo los caballos y todo lo demas de tarabusterías, entre tanto que se armaban los navíos para venir, que aun no habian llegado al puerto.

Quiero decir que como Cortés estaba en Trujillo, se le vinieron á quejar ciertos indios de las islas de los Guanajes, que seria de allí ocho leguas, y dijeron que estaba anclado un navío junto á su pueblo, y el batel del navío lleno de españoles con escopetas y ballestas, y que les querian tomar por fuerza sus mazaguales, que se dice entre ellos vasallos, y que á lo que han entendido, son robadores, y que ansí les tomaron los años pasados muchos indios, y los llevaron presos en otro navío como aquel que estaba surto; y que enviase Cortés á poner cobro en ello; y como Cortés lo supo, luego mandó armar un bergantin con la mejor artillería que habia y con veinte soldados y con buen capitan, y les mandó que en todo caso tomasen el navío que los indios decian, y se lo trujesen preso con todos los españoles que dentro andaban, pues que eran robadores de los vasallos de su majestad; y mandó á los indios que armasen sus canoas, y con varas y flechas que fuesen junto al bergantin, y que ayudasen á prender aquellos hombres, y para ello dió poder al capitan.

Pues yendo con su bergantin armado y muchas canoas de los naturales de aquellas isletas, como los del navío que estaba surto los vieron ir á la vela, no aguardaron mucho, que alzaron velas y se fueron huyendo, porque bien pudo alcanzar el bergantin; y despues se alcanzó á saber que era un bachiller Moreno, que habia enviado la audiencia Real de Santo Domingo á cierto negocio á Nombre de Dios, y parece ser descayeron del viaje, ó vino de hecho sobre cosa pensada á robar los indios de Guanajes.

Y volvamos á Cortés, que se quedó en aquella provincia pacificándola, y volveré á decir lo que á Sandoval le acaeció en Naco.

CAPÍTULO CLXXXIV.

CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL, QUE ESTABA EN NACO, PRENDIÓ Á CUARENTA SOLDADOS ESPAÑOLES Y Á SU CAPITAN, QUE VENIAN DE LA PROVINCIA DE NICARAGUA, Y HACIAN MUCHOS DAÑOS Y ROBOS Á LOS INDIOS DE LOS PUEBLOS POR DONDE PASABAN.

Estando Sandoval en el pueblo de Naco atrayendo de paz todos los más pueblos de aquella comarca, vinieron ante él cuatro caciques de dos pueblos que se decian Quecuspan y Tanchinalchapa, y dijeron que estaban en sus pueblos muchos españoles de la manera de los que con él estábamos, con armas y caballos, y que les tomaban sus haciendas é hijas y mujeres, y que las echaban en cadenas de hierro, de lo cual hubo gran enojo el Sandoval; y preguntando que qué tanto seria de allí donde estaban, dijeron que en un dia llegaríamos; y luego nos mandó apercebir á los que habiamos de ir con él, lo mejor que podiamos, con nuestras armas y caballos y ballestas y escopetas, y fuimos con él setenta hombres; y llegados á los pueblos donde estaban los soldados, les hallamos muy de reposo, sin pensamiento que los habiamos de prender; y como nos vieron ir de aquella manera, se alborotaron y echaron mano á las armas, y de presto prendimos al capitan y á otros muchos dellos, sin que hubiese sangre ni de una parte ni de otra; y Sandoval les dijo con palabras algo desabridas, si les parecia bien andar robando á los vasallos de su majestad, y si seria buena conquista y pacificacion aquella; y unos indios é indias que traian en collares se los hizo sacar dellos y se los dió á los caciques de aquel pueblo, y á los demas mandó que se fuesen á sus tierras, que era cerca de allí.

Pues como aquello fué hecho, mandó al capitan que allí venia, que se decia Pedro de Garro, que él y sus soldados fuesen presos y se fuesen con nosotros al pueblo de Naco, y caminamos con ellos; y traian los soldados muchas indias de Nicaragua, y algunas dellas hermosas, é indias naborías que tenian en su servicio, y todos los más dellos traian caballos; y como nosotros estábamos trillados y deshechos de los caminos pasados, y no teniamos indias que nos hiciesen pan, eran ellos unos condes en el servirse, segun nuestra pobreza.

Pues como llegamos con ellos á Naco, Sandoval les dió posadas en partes convenibles, porque venian entre ellos ciertos hidalgos y personas de calidad; y cuando hubieron reposado un dia, y su capitan Garro vió que éramos de los de Cortés, hízose muy amigo de Sandoval y de nosotros y se holgaban con nuestra compañía; y quiero decir cómo y de qué manera é por qué causa venia aquel capitan con aquellos soldados, y es desta manera que diré: pareció ser que Pedro Arias de Ávila, gobernador que fué en aquella sazon de Tierra-Firme, envió un su capitan que se decia Francisco Hernandez, persona muy principal entre ellos, á conquistar y pacificar las tierras de Nicaragua y lo más que descubriese, y dióle copia de soldados, ansí á caballo como ballesteros, y llegó á las provincias de Nicaragua y Leon, que ansí las llaman, las cuales pacificó y pobló.

Y como se vió con muchos soldados y próspero, y apartado del Pedro Arias de Ávila, y por consejeros que tuvo para ello, y tambien, segun entendí, un bachiller Moreno, por mí ya nombrado, que el audiencia Real de Santo Domingo y los frailes jerónimos que gobernaban en las islas le habian enviado á Tierra-Firme á cierto pleito, que tengo en mi pensamiento que era sobre la muerte de Balboa, yerno de Pedro Arias, al cual degolló sin justicia cuando le hubo casado con su hija doña Isabel Arias de Peñalosa, que así se llamaba; y el bachiller Moreno dijo al capitan Francisco Hernandez que como conquistase cualquiera tierra, acudiese á nuestro Rey y señor para que le hiciese gobernador della, que no hacia traicion; y que el Balboa, que degolló Pedro Arias, siendo su yerno, que fué contra toda justicia, pues que el Balboa primero envió sus procuradores á su majestad para ser adelantado; y so color destas palabras que tomó del bachiller Moreno, envió el Francisco Hernandez á su capitan Pedro de Garro para que por banda del Norte le buscase puerto para hacer sabidor á su majestad de las provincias que habia pacificado y poblado, para que le hiciese merced que él fuese gobernador dellas, pues estaban tan apartadas de la gobernacion de Pedro Arias.

É viniendo que venia el Pedro de Garro para aquel efeto, le prendimos, como dicho tengo. Y como el Sandoval entendió el intento á lo que venian, platicó con el Garro y el Garro con él secretamente, y diese órden que lo hiciésemos saber á Cortés, que estaba en Trujillo; y que el Sandoval tenia por cierto que Cortés le ayudaria para que quedase el Francisco Hernandez por gobernador de Nicaragua.

Pues ya esto concertado, envian Sandoval y el Garro diez hombres, los cinco de los nuestros y los otros cinco del Garro, para que costa á costa fuesen á Trujillo con las cartas, porque allí residia Cortés entónces, como dicho tengo en el capítulo que dello habla; y llevaron sobre veinte indios de Nicaragua de los que trujo Garro para que les ayudasen á pasar los rios, é yendo por sus jornadas, no pudieron pasar el rio de Pichin ni otro que se decia Balama, porque venian muy crecidos, y á cabo de quince dias vuelven los soldados á Naco sin hacer cosa ninguna de lo que les fué mandado; de lo cual hubo tanto enojo el Sandoval, que de palabra trató mal al que iba por caudillo; y luego sin más tardar ordena que vaya por la tierra adentro el capitan Luis Marin con diez soldados, los cinco de Garro y los demas de los nuestros, é yo fuí con ellos, y fuimos todos á pié y atravesamos muchos pueblos que estaban de guerra.

Y si hubiese de escribir por extenso los grandes trabajos y reencuentros que con indios de guerra tuvimos, y los rios y ancones que pasamos en barcas y á nado, y la hambre que algunos dias tuvimos, era para no acabar tan presto, y cosas muy de notar; mas digo que habia dia que pasábamos tres rios caudalosos en barcas y á nado; y como llegamos á la costa, hubo muchos esteros, donde habia lagartos.

Y en un rio que se dice Xagua, que está del Triunfo de la Cruz diez leguas, estuvimos dos dias en el pasar en barcas, segun venia de recio, y allí hallamos calaveras y huesos de siete caballos que los habian muerto de mala yerba que habian pacido, y fueron de los de Cristóbal de Olí; y de allí fuimos al Triunfo de la Cruz, y hallamos naos quebradas dadas al través, y de allí fuimos en cuatro dias á un pueblo que se dice Quemara, y salieron muchos indios de guerra contra nosotros, y traian unas lanzas grandes y gordas, que con sus rodelas mandaban con la mano derecha y sobre el brazo izquierdo, y jugaban de la manera que nosotros peleamos con las picas, y se nos venian á juntar pié con pié, y con las ballestas que llevábamos y á cuchilladas nos dieron lugar que pasásemos adelante, y allí hirieron dos de nuestros soldados: y estos indios que he dicho que salieron de guerra no creyeron que éramos de los de Cortés, sino de otros capitanes, que les íbamos á robar sus indios.

Dejemos de contar trabajos pasados, y digo que en otros dos dias de camino llegamos á Trujillo, y ántes de entrar en él, que seria hora de vísperas, vimos á cinco de á caballo, y era Cortés y otros caballeros, que se habian salido á pasear por la costa, y cuando nos vieron de léjos no sabian qué cosa nueva podia ser; y como nos conoció Cortés, se apeó del caballo y con las lágrimas en los ojos nos vino á abrazar, y nosotros á él, y nos dijo:

—«¡Oh hermanos y compañeros mios, qué deseo tenia de veros y saber qué tales estábades!»

Y estaba tan flaco, que hubimos lástima de verle; porque, segun supimos, habia estado á punto de morir de calenturas y tristeza que en sí tenia, y aun en aquella sazon no sabia cosa buena ni mala de lo de Méjico; y dijeron otras personas que estaba ya tan á punto de morir, que le tenian hechos unos hábitos de San Francisco para le enterrar con ellos; y luego á pié se fué con todos nosotros á la villa, y nos aposentó y cenamos con él; y tenia tanta pobreza, que aun de cazabe no nos hartamos; y como le hubimos dado relacion á lo que veniamos, y leido las cartas sobre lo de Francisco Hernandez para que le ayudase, dijo que haria cuanto pudiese por él.

Y en aquella sazon que allegamos á Trujillo habia tres dias que habian venido los dos navíos chicos con las mercaderías que enviaban de Santo Domingo, que era caballos y potros y armas viejas, y unas camisas y bonetes colorados, y cosas de poca valía, y no trujeron sino una pipa de vino, ni fruta ni cosa de provecho; que valiera más que aquellos navíos no vinieran, segun todos nos adeudamos en comprar de aquellas bujerías.

Pues estando que estábamos con Cortés dando cuenta de nuestro trabajoso camino, vieron venir en alta mar un navío á la vela, y llegado al puerto, venia de la Habana, que enviaba el licenciado Zuazo, el cual licenciado habia dejado Cortés en Méjico por alcalde mayor, y enviaba un poco de refresco para Cortés con una carta, la cual es esta que se sigue; y si no dijere las palabras formales que en ella venian, á lo ménos diré la sustancia della.

CAPÍTULO CLXXXV.

CÓMO EL LICENCIADO ZUAZO ENVIÓ UNA CARTA DENDE LA HABANA Á CORTÉS, Y LO QUE EN ELLA SE CONTIENE ES LO QUE DIRÉ ADELANTE.

Pues como hubo tomado puerto el navío que dicho tengo, un hidalgo que venia por capitan dél, cuando saltó en tierra luego fué á besar las manos á Cortés y le dió una carta del licenciado Zuazo; y despues que Cortés la hubo leido, tomó tanta tristeza, que luego comenzó al parecer á sollozar en su aposento, y no salió de donde estaba hasta otro dia por la mañana, que era sábado, é se confesó con fray Juan aquella noche, y le mandó que dijese Misa de Nuestra Señora muy de mañana, é comulgó; é despues de dicha Misa, nos rogó que le escuchásemos, y sabríamos nuevas de la Nueva-España, cómo echaron fama que todos éramos muertos, y cómo nos habian tomado nuestras haciendas y las habian vendido en el almoneda, y quitado nuestros indios y repartido en otros españoles, sin tener méritos, y comenzó á leer la carta, y decia ansí.

É lo primero que leyó fué las nuevas que vinieron de Castilla de su padre Martin Cortés y de Ordás, y cómo el contador Albornoz le habia sido contrario en las cartas que escribió el Albornoz á su majestad y al Obispo de Búrgos, y lo que su majestad sobre ellas habia mandado proveer, de enviar al almirante de Santo Domingo con seiscientos hombres, segun ya lo tengo dicho en el capítulo que dello habla; y cómo el duque de Béjar quedó por su fiador, y puso su estado y cabeza por el Cortés y por nosotros, que éramos muy leales servidores de su majestad, y otras cosas que ya las he referido en el capítulo que dello habla; y cómo al capitan Narvaez le dieron una conquista del rio de Palmas, y que á un Nuño de Guzman le dieron la gobernacion de Pánuco, y que el Obispo de Búrgos era fallecido.

Y en las cosas de la Nueva-España dijo que, como Cortés hubo dado en Guacacualco los poderes y provisiones al factor Gonzalo de Salazar y á Pedro Almindez Chirinos para ser gobernadores de Méjico si viesen que el tesorero Alonso de Estrada y el contador Albornoz no gobernaban bien, ansí como llegaron á Méjico el factor y veedor con sus poderes, se hicieron muy amigos del mismo licenciado Zuazo, que era alcalde mayor, y de Rodrigo de Paz, que era alguacil mayor del capitan, y de Andrés de Tapia y Jorge de Albarado, y de todos los demas conquistadores de Méjico; y cuando se vió el factor con tantos amigos de su banda dijo que el mismo factor y veedor habian de gobernar, y no el tesorero ni el contador, y sobre ello hubo muchos ruidos y muertes de hombres, los unos por favorecer al factor y al veedor, y otros por ser amigos del tesorero y el contador.

De manera que quedaron con el cargo de gobernadores el factor y veedor, y echaron presos á los contrarios, tesorero y contador, y á otros muchos que fueron en su favor, y cada dia habia cuchilladas y revueltas, y que los indios que vacaban los daban á sus amigos, aunque no tenian méritos; y que al licenciado Zuazo que no le dejaban hacer justicia, y que al Rodrigo de Paz le habia echado preso porque le iba á la mano, y que el mismo licenciado Zuazo los volvió á concertar y hacer amigos, ansí al factor é tesorero y contador é á Rodrigo de Paz, y que estuvieron ocho dias en concordia.

Y que en esta sazon se levantaron ciertas provincias que se decian los zapotecas y minxes, y un pueblo y fortaleza do habia un gran peñol que se dice Coatlan, y que enviaron á él muchos soldados de los que habian venido nuevamente de Castilla y de otros que no eran conquistadores, y envió por capitan dellos al veedor Chirinos, y que gastaban muchos pesos de oro de las haciendas de su majestad y lo que estaba en su Real caja, y que llevaban tantos bastimentos al real donde estaban, que todo era veetrías y juegos de naipes, y que á los indios no se les daba por ellos cosa ninguna, y que de repente de noche se salian los indios del peñol y daban en el real del veedor, y le mataron ciertos soldados y le hirieron otros muchos, y á esta causa envió el factor con el mismo cargo á un capitan de los de Cortés, que se decia Andrés de Monjaraz, para que estuviese en compañía del veedor, porque este Monjaraz se habia hecho muy amigo del factor, y en aquella sazon estaba tullido el Monjaraz de bubas, que no era para hacer cosa que buena fuese, y los indios estaban muy vitoriosos, y que Méjico estaba cada dia para se alzar; y que el factor procuró por todas vías de enviar oro á Castilla á su majestad é al comendador mayor de Leon D. Francisco de los Cóbos.

Porque en aquella sazon echó fama el factor que Cortés y todos nosotros éramos muertos en poder de indios, en un pueblo que se dice Xicalango, y en aquel tiempo habia venido de Castilla Diego de Ordás, que es el que Cortés hubo enviado por procurador de la Nueva-España, y lo que procuró fué para él una encomienda de Santiago, y trujo por cédula de su majestad sus indios y unas armas del volcan que está cabe Guaxocingo, y que como llegó á Méjico, dijo el Ordás que queria ir á buscar á Cortés, y esto fué porque vió las revueltas y zizañas, y que se hizo muy amigo del factor, y fué por la mar á ver si era vivo ó muerto Cortés, con un navío grande y un bergantin, y fué costa á costa hasta que llegó á un pueblo que se dice Xicalango, adonde habian muerto al Simon de Cuenca y al capitan Francisco de Medina y á los españoles que consigo estaban, segun más largo lo tengo escrito en el capítulo que dello habla; y como aquella nueva supo el Ordás, se volvió á la Nueva-España, y sin desembarcar en tierra escribió al factor con unos pasajeros, que tiene por cierto que Cortés es muerto. Y como echó esta nueva el Ordás, en el mismo navío que fué en busca de Cortés, luego atravesó la isla de Cuba á comprar becerras y yeguas.