Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)
Part 8
Despues que Cortés hubo pasado el gran rio del Golfo-Dulce de la manera que dicho tengo, fué á la villa donde estaban poblados los españoles de Gil Gonzalez de Ávila, que seria de allí á dos leguas, que estaban junto á la mar, y no adonde solian estar primero poblados, que llamaron San Gil de Buena-Vista; y cuando vieron entre sus casas hombres á caballo y otros seis á pié, espantáronse en gran manera, y como supieron que era Cortés, que tan nombrado era en todas estas partes de las Indias y en Castilla, no sabian qué se hacer de placer; y despues de venir todos á besarle las manos y darle el parabien-venido, Cortés les habló muy amorosamente, y mandó al teniente, que se decia Nieto, fuese donde daban carena al navío y trujesen dos bateles que tenian, y que si habia canoas, que asimismo las trujesen atadas de dos en dos, y mandó que se buscase todo el cazabe que allí tenian y llevasen al capitan Sandoval, que otro pan de maíz no habia para que comiesen, y repartiese entre todos nosotros los de su ejército; y el teniente lo buscó luego y no se hallaron cincuenta libras dello, porque no comian sino zapotes asados y legumbres y algun marisco que pescaban; y aun aquel cazabe que dieron guardaron para el matalotaje para irse á Cuba cuando estuviese calafateado el navío.
Y con dos bateles y ocho marineros que luego vinieron, escribió Cortés á Sandoval que él mismo en persona y el capitan Luis Marin fuesen los postreros que pasasen aquel gran rio, y que mirase que no se embarcasen más de los que él mandase; y los bateles pasaron sin mucha carga, por causa de la gran corriente del rio, que venia muy crecido y recio, y con cada batel dos caballos, y en las canoas no pasase caballo ninguno, que se perderian y trastornarian, segun la furia del corriente; y sobre el pasar delante uno que se decia Saavedra, hermano de otro Abalos, parientes de Cortés, querian pasar primero, puesto que Sandoval decia que en la primera barca pasarian, porque pasaban en aquella sazon los tres religiosos, y que era justo tener primero cumplimiento con ellos; y como el Saavedra era pariente de Cortés, no quisiera que Sandoval le pusiera impedimento, sino que callara; y respondióle no tan bien mirado como convenia; y el Sandoval, que no se las sufria, tuvieron palabras, de manera que el Saavedra echó mano á un puñal; y puesto que el Sandoval, como estaba dentro en el rio á más de la rodilla el agua deteniendo que los bateles no se cargasen demasiado, ansí como estaba arremetió al Saavedra, y le tenia tomada la mano donde tenia el puñal, y le derrocó en el agua, y si de presto no nos metiéramos entre ellos y los despartiéramos, ciertamente el Saavedra librara mal, porque todos los más soldados nos mostramos de la parte de Sandoval.
Dejemos esta cuestion, y diré cómo estuvimos cuatro dias en pasar aquel rio, y de comer, ni por pensamiento, si no era de unas pacayas que nacen de unas palmillas chicas, y otras como nueces, que asábamos y las partíamos, y los meollos dellas comiamos; y en aquel rio se ahogó un soldado con su caballo, el cual soldado se decia Tarifa, que pasaba en una canoa, y no pareció más él ni el caballo.
Tambien se ahogaron dos caballos, y el uno era de un soldado que se decia Solís Casquete, que hacia bramuras por él é maldecia á Cortés y á su viaje.
Quiero decir de la grande hambre que allí en el pasar del rio hubo, y aun del murmurar de Cortés y de su venida, y aun de todos nosotros que le seguiamos; pues cuando hubimos llegado al pueblo no habia bocado de cazabe que comer, ni aun los vecinos lo tenian, ni sabian caminos, si no era de dos pueblos que allí cerca solian estar, que se habian ya despoblado, y luego Cortés mandó al capitan Luis Marin que con los vecinos de Guacacualco fuésemos á buscar maíz; lo cual adelante diré.
CAPÍTULO CLXXX.
CÓMO OTRO DIA DESPUES DE HABER LLEGADO Á AQUELLA VILLA, QUE YO NO LE SÉ OTRO NOMBRE SINO SAN GIL DE BUENA-VISTA, FUIMOS CON EL CAPITAN LUIS MARIN HASTA OCHENTA SOLDADOS, TODOS Á PIÉ, Á BUSCAR MAÍZ Y Á DESCUBRIR LA TIERRA, Y LO QUE MÁS PASÓ DIRÉ ADELANTE.
Ya he dicho que como llegamos á aquella villa que Gil Gonzalez de Ávila tenia poblada, no tenian qué comer, y eran hasta cuarenta hombres y cuatro mujeres de Castilla y las dos mulatas, y todos dolientes y las colores muy amarillas; y como no teniamos qué comer nosotros ni ellos, no viamos la hora de illo á buscar; y Cortés mandó que saliese el capitan Luis Marin con los de Guacacualco y buscásemos maíz; y fuimos con él sobre ochenta soldados á pié hasta ver si habia caminos para caballos, y llevábamos con nosotros un indio de Cuba que nos fuese guiando á unas estancias y pueblos que estaban de allí ocho leguas, donde hallamos mucho maíz é infinitos cacaguatales y frisoles y otras legumbres, donde tuvimos bien que comer, y aun enviamos á decir á Cortés que enviase todos los indios mejicanos y llevarian maíz, y le socorrimos entónces con otros indios con diez hanegas de ello, y luego enviamos por nuestros caballos; y como Cortés supo que estábamos en buena tierra, y se informó de indios mercaderes que entónces se habian prendido en el rio del Golfo-Dulce, que para ir á Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, era camino derecho por donde estábamos, envió á Gonzalo de Sandoval con toda la mayor parte de su ejército que nos siguiese, y que nos estuviésemos en aquellas estancias hasta ver su mandado.
Y como llegó el Sandoval adonde estábamos, y vió que habia abastadamente que comer, se holgó mucho, y luego envió á Cortés sobre treinta hanegas de maíz con indios mejicanos, lo cual repartió á los vecinos que en aquella villa quedaban; y como estaban hambrientos y no eran acostumbrados sino á comer zapotecas asados y cazabe, y como se hartaron de tortillas, con el maíz que les enviamos, se les hincharon las barrigas, é como estaban dolientes, se murieron siete dellos; y estando desta manera con tanta hambre, quiso Dios que aportó allí un navío que venia cargado de las islas de Cuba con siete caballos, y cuarenta puercos, y ocho pipas de tasajos salados, y pan cazabe, y venian hasta quince pasajeros y ocho marineros, y cuya era toda la más cargazon de aquel navío se decia Anton de Camargo, y Cortés compró fiado todo cuanto bastimento traia, y repartió dello á los vecinos; y como estaban de ántes en tanta necesidad y debilitados, y se hartaron de la carne salada, dió á muchos dellos cámaras, de que murieron catorce.
Pues como vino aquel navío con la gente y marineros, parecióle á Cortés que era bien ir á ver y calar y bojar aquel tan poderoso rio, si habia poblaciones arriba, y qué tierra era; y luego mandó calafatear un bergantin que estaba al través, que era de los de Gil Gonzalez de Ávila, y adobar un batel y hacelle como barco del descargo, y con cuatro canoas, atadas unas con otras, y con treinta soldados y los ocho hombres de la mar de los nuevamente venidos en el navío, y Cortés por su capitan, y con veinte indios mejicanos, se fué por el rio, y obra de diez leguas que hubo ido el rio arriba, halló una laguna muy ancha, que tenia el ojo de anchor seis leguas, y no habia poblacion ninguna alrededor della, porque todo era anegadizo; y siguiendo el rio arriba, venia ya muy corriente más que de ántes, y habia unos saltaderos, que no podian ir con el bergantin y los bateles y las canoas, acordó de las dejar allí en el rio en un remanso con seis españoles en guarda dellas, y fué por tierra por un camino angosto, y llegó á unos pueblezuelos despoblados, y luego dió en unos maizales, y de allí tomó tres indios por guias, que le llevaron á unos pueblos chicos, donde tenian mucho maíz y gallinas, y aun tenian faisanes, que en estas tierras llaman sacachueles, y perdices de la tierra y palomas; y esto de tener perdices desta manera, yo lo he visto y hallado en pueblos que están en comarca destos de Golfo-Dulce, cuando fuí en busca de Cortés, como adelante diré.
Volvamos á nuestra relacion: que allí tomó Cortés guias y pasó adelante, y fué á otros pueblezuelos que se dicen Cinacan, Tencintle, donde tenian grandes cacaguatales y maizales y algodon, y ántes que á ellos llegasen oyeron tañer atabalejos y trompetillas, haciendo fiestas y borracheras; y por no ser sentido Cortés, estuvo escondido con sus soldados en un monte; y cuando vió que era tiempo de ir á ellos, arremeten todos á una, y prendieron hasta diez indios y quince mujeres, y todos los más indios de aquel pueblo de presto se fueron á tomar sus armas, y vuelven con arcos y flechas y lanzas, y comenzaron á flechar á los nuestros, y Cortés con los suyos fué contra ellos, y acuchillaron ocho indios que eran principales; y como vieron el pleito mal parado y las mujeres tomadas, enviaron cuatro hombres viejos, y los dos eran sacerdotes de ídolos, é vinieron muy mansos á rogar á Cortés que les diese los presos, y trujeron ciertas joyezuelas de oro de poca valía; y Cortés les habló con doña Marina, que iba allí con Juan Jaramillo, su marido, porque Cortés sin ella no podia entender los indios, y les dijo que llevasen el maíz é gallinas y sal y bastimento que allí les señaló, é dió á entender adónde habian quedado los bergantines y el barco y las canoas, y luego les daria los presos; y les dieron á entender en qué parte del rio quedaban, y dijeron que sí harian, y que cerca de allí estaba uno como estero que salia al rio; y luego hicieron barcas, y medio nadando las llevaron hasta que dieron en fondo, que pudieron nadar bien.
Pues como Cortés habia quedado de les dar todos los presos, pareció ser mandó Cortés que se quedasen tres mujeres con sus maridos para hacer pan y servirse de los indios, y no se las dieron; y sobre ello apellídanse todos los indios de aquel pueblo, y sobre las barrancas del rio dan una buena mano de vara, flecha y piedra á Cortés y á sus soldados, de manera que hirieron á Cortés en la cara y á otros doce soldados; allí se les desbarató una barca y se perdió la mitad de lo que traia, y se ahogó un mejicano; y en aquel rio hay tantos moxicotes, que no se podian valer, y Cortés todo lo sufria, y da vuelta para su villa, que no sé cómo se la nombró, y bastécela mucho más de lo que estaba.
Ya he dicho que el pueblo do llegó Cortés se decia Cinacan, y me han dicho ahora que estará de Guatimala setenta leguas, y tardó Cortés en este viaje y volver á la villa veinte y seis dias; y como vió que no era bien poblar allí, por no haber pueblos de indios, y como tenia mucho bastimento, ansí de lo que ántes estaba como de lo que al presente traia, acordó de escribir á Gonzalo de Sandoval que luego se fuese á Naco, y le hizo saber todo lo aquí por mí dicho de su viaje del Golfo-Dulce, segun lo tengo aquí relatado, y cómo iba á poblar á Puerto de Caballos, y que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, que sin ellos no se hallaba en las entradas.
CAPÍTULO CLXXXI.
CÓMO CORTÉS SE EMBARCÓ CON TODOS LOS SOLDADOS QUE HABIA TRAIDO EN SU COMPAÑÍA Y LOS QUE HABIA EN SAN GIL DE BUENA-VISTA, Y FUÉ Á POBLAR ADONDE AGORA LLAMAN PUERTO DE CABALLOS, Y SE LE PUSO NOMBRE LA NATIVIDAD, Y LO QUE EN ÉL SE HIZO.
Pues como Cortés vió que en aquel asiento que halló poblando á los de Gil Gonzalez de Ávila no era bueno, acordó de se embarcar en los dos navíos y bergantin con todos cuantos en aquella villa estaban, que no quedó ninguno, y en ocho dias de navegacion fué á desembarcar adonde agora llaman Puerto de Caballos, y como vió aquella bahía buena para puerto, y supo de indios que habia cerca poblaciones, acordó de poblar una villa que la nombró Natividad, y puso por su teniente á un Diego de Godoy, y dende allí hizo dos entradas en la tierra adentro á unos pueblos cercanos, que ahora están despoblados; tomó lengua dellos cómo habia cerca otros pueblos, basteció la villa de maíz, y supo que estaba el pueblo de Naco, donde degollaron á Cristóbal de Olí, cerca, y escribió á Gonzalo de Sandoval, creyendo que ya habia llegado y estaba de asiento en Naco, que le enviase diez soldados de los de Guacacualco, y decia en la carta que sin ellos no se hallaba en hacer entradas; y le escribió cómo queria ir dende allí al puerto de Honduras, adonde estaba poblada la villa de Trujillo, y que el Sandoval con sus soldados pacificasen aquellas tierras y poblasen una villa; la cual carta vino á Sandoval estando que estábamos en las estancias por mí ya dichas, que no habiamos llegado á Naco.
Y dejemos de decir de Cortés y sus entradas que hacia dende Puerto de Caballos, y de los muchos mosquitos que en ella le picaban, ansí de dia como de noche; que á lo que despues le oia decir, tenia con ellos tan malas noches, que estaba la cabeza sin sentido, de no dormir.
Pues como Gonzalo de Sandoval vió las cartas de Cortés, luego se fué dende aquellas estancias que dicho tengo, á unos pueblezuelos que se dicen Cuyoacan, que estaban de allí siete leguas, y no se pudo ir luego á Naco, como Cortés le habia mandado, por no dejar atrás en los caminos muchos soldados que se habian apartado á otras estancias por tener qué comer ellos y sus caballos, y por causa que al pasar de un rio muy hondo que no se podia vadear, y era camino de las estancias, é por dejar recaudo de una canoa con que pasasen los españoles que quedaban rezagados y muchos indios mejicanos que venian dolientes; y esto fué tambien porque de unos pueblos cercanos de las estancias, que confinaban con el rio y Golfo-Dulce, venian cada dia allí de guerra muchos indios de los pueblos, y porque no hiciesen algun mal recaudo y muertes de españoles y de indios mejicanos, mandó Sandoval que quedásemos á aquel paso ocho soldados, y á mí me dejó por caudillo dellos, y que tuviésemos una canoa del pasaje siempre varada en tierra, y que estuviésemos alerta si daban voces pasajeros de los que estaban en las estancias, para luego les pasar.
Y una noche vinieron muchos indios guerreros de los pueblos cercanos y de las estancias, creyendo que no nos velábamos; é por tomarnos la canoa dan de repente en los ranchos en que estábamos y les pusieron fuego, y no vinieron tan secreto, que ya les habiamos sentido; y nos recogimos todos ocho soldados y cuatro mejicanos de los que estaban sanos, y arremetimos á los guerreros, y á cuchilladas les hicimos volver por donde habian venido, puesto que flecharon á dos soldados y á un indio, mas no fueron mucho las heridas; y como aquello vimos, fuimos tres compañeros á las estancias adonde sentíamos que habian quedado indios y españoles dolientes, que seria una legua de allí, y trujimos á un Diego de Mazariegos, ya otras veces por mí nombrado, y á otros españoles que estaban en su compañía y á indios mejicanos que estaban dolientes, y luego les pasamos el rio y fuimos adonde Sandoval estaba.
É yendo que íbamos nuestro camino, como un español de los que habiamos recogido en las estancias iba muy malo, y era de los nuevamente venidos de Castilla, y medio isleño, hijo de ginovés, y como iba malo, y sin tener qué le dar de comer, sino tortillas y pinol, ya que llegábamos obra de media legua de donde estaba Sandoval, se murió en el camino y no tuve gente para llevar el cuerpo muerto hasta el real; y llegado donde el Sandoval estaba, le dije de nuestro viaje y del hombre que se quedó muerto, y hubo enojo conmigo porque entre todos nosotros no le trujimos á cuestas ó en un caballo, y le dijimos al Sandoval que traiamos dos dolientes en cada caballo é nos veniamos á pié, y que por esta causa no se pudo traer; y un soldado que se decia Bartolomé de Villanueva, que era mi compañero, respondió al Sandoval muy soberbio que harto teniamos que traer nuestras personas, sin traer muertos á cuestas, y que renegaba de tanto trabajo é pérdida como Cortés nos habia causado; y luego mandó Sandoval á mí y al Villanueva, sin más parar le fuésemos á enterrar; y llevamos dos indios mejicanos y un azadon, é hicímosle su sepultura y lo enterramos y le pusimos una cruz, y hallamos en la faltriquera del muerto una taleguilla con muchos dados y un papel escrito, que era una memoria de donde era natural y cúyo hijo era y qué bienes tenia en Tenerife; é despues, el tiempo andando, se envió aquella memoria á Tenerife; perdónele Dios, amen.
Dejemos de contar cuentos, y quiero decir que luego Sandoval acordó que fuésemos á otros pueblos que agora están cerca de unas minas que descubrieron dende á tres años; y dende allí fuimos á otro pueblo que se dice Quinistan, y otro dia á hora de Misa fuimos á Naco, y en aquella sazon era buen pueblo y hallámosle despoblado de aquel mismo dia; y despues de nos aposentar en unos patios muy grandes, adonde habian degollado al maestre de campo Cristóbal de Olí, otras veces por mí nombrado, que estaba el pueblo bien bastecido de maíz y de frisoles y ají, y tambien hallamos un poco de sal, que era la cosa que más deseábamos, y allí asentamos nuestro fardaje, como si hubiéramos de estar en él para siempre.
Hay en este pueblo la mejor agua que habiamos visto en toda la Nueva-España, y un árbol que en mitad de la siesta, por recio sol que hiciese, parecia que la sombra del árbol refrescaba el corazon, y caia dél uno como rocío muy delgado que confortaba las cabezas; y aqueste pueblo en aquella sazon fué muy poblado y en buen asiento, y habia fruta de los zapotes colorados y de los chicos, y estaba en comarca de otros pueblos chicos.
Y dejallo hé aquí, y diré lo que allí nos avino.
CAPÍTULO CLXXXII.
CÓMO EL CAPITAN GONZALO DE SANDOVAL COMENZÓ Á PACIFICAR AQUELLA PROVINCIA DE NACO, Y DE LOS GRANDES REENCUENTROS QUE CON LOS DE AQUELLA PROVINCIA TUVO, Y LO QUE MÁS SE HIZO.
Desde que hubimos allegado al pueblo de Naco y recogido maíz, frisoles y ají, y con tres principales de aquel pueblo que allí en los maizales prendimos, á los cuales Gonzalo de Sandoval halagó y dió cuentas de Castilla, y les rogó que fuesen á llamar á los demas caciques, que no se les haria enojo ninguno, fueron así como se lo mandó, y vinieron dos caciques; mas no pudo acabar con ellos que se poblase el pueblo, salvo traer de cuando en cuando poca comida; ni nos hacian bien ni mal, ni nosotros á ellos; y ansí estuvimos los primeros dias, y Cortés habia escrito á Gonzalo de Sandoval, como de ántes dicho tengo, que luego le enviase á Puerto de Caballos diez soldados de los de Guacacualco, y todos nombrados por sus nombres, y entre ellos era yo uno, y en aquella sazon estaba yo algo malo, y dije á Sandoval que me excusase, porque estaba mal dispuesto, y él, que lo habia gana, y ansí quedé; y envió ocho soldados muy buenos varones para cualquiera afrenta, y aun fueron de tan mala voluntad, que renegaban de Cortés y aun de su viaje, y tenian mucha razon, porque no sabian cierto si la tierra por donde habian de ir estaba de paz.
Acordó Sandoval de demandar á los caciques de Naco cinco principales indios, que fuesen con ellos hasta el Puerto de Caballos, y les puso temores que si algun enojo recebia alguno de sus soldados, que les quemaria el pueblo y que les iria á buscar y dar guerra; y mandó que en todos los pueblos por donde pasasen les diesen muy bien de comer; y fueron su viaje hasta el Puerto de Caballos, donde hallaron á Cortés, que se queria embarcar para ir á Trujillo, y se holgó con ellos, y supo cómo quedábamos buenos, y los llevó consigo en los navíos, y luego se embarcó, y dejó en aquella villa de Puerto de Caballos á un Diego de Godoy por su capitan, con hasta cuarenta vecinos, que eran todos los más de los que solian ser de Gil Gonzalez de Ávila y de los nuevamente venidos de las islas; y de que Cortés se hubo embarcado y su teniente Godoy quedó en la villa, con los soldados que más sanos tenia hacia entradas en los pueblos comarcanos, é trujo dos dellos de paz; mas como los indios vieron que los soldados que allí quedaban estaban todos los más dellos dolientes y se morian cada dia, no hacian cuenta dellos, y á esta causa no les acudian con comida, ni ellos eran para illo á buscar, y pasaban gran necesidad de hambre, y en pocos dias se murieron la mitad dellos, y se despoblaron otros tres dellos, que se vinieron huyendo donde estábamos con Sandoval.
Y dejallo he aquí en este estado, y volveré á Naco, que, como Sandoval habia visto que no se querian venir á poblar el pueblo los indios vecinos y naturales de Naco, aunque los enviaba á llamar muchas veces, y á los demas pueblos comarcanos, no venian ni hacian cuenta de nosotros, acordó de ir en persona y hacer de manera que viniesen; y fuimos luego á unos pueblos que se decian Girimonga y Aculaco, y á otros tres pueblos que estaban cerca de Naco, y todos vinieron á dar la obediencia á su majestad, y luego fuimos á Quizmitan y á otro pueblo de la sierra, y ansimesmo vinieron; por manera que todos los indios de aquella comarca venian de paz, y como no se les demandaba cosa ninguna más de lo que ellos querian dar, no tenian pesadumbre de venir, y desta manera estaba todo de paz hasta donde pobló Cortés la villa que agora se dice Puerto de Caballos.
Y dejémonos esta materia, porque por fuerza tengo de volver á decir de Cortés, que fué á desembarcar al puerto de Trujillo; y porque en una sazon acaecen dos ó tres cosas, como otras veces he dicho en los capítulos pasados; y tengo de meter la pluma por los pasos contados, dónde y de qué manera nosotros conquistábamos y poblábamos, como muy claramente lo habrán visto los curiosos letores; y aunque se deje por agora de decir de Sandoval y todo lo que en la provincia de Naco le avino, quiero decir lo que Cortés hizo en Trujillo.
CAPÍTULO CLXXXIII.
CÓMO CORTÉS DESEMBARCÓ EN EL PUERTO QUE LLAMAN DE TRUJILLO. Y CÓMO TODOS LOS VECINOS DE AQUELLA VILLA LE SALIERON Á RECEBIR Y SE HOLGARON MUCHO CON ÉL, Y DE TODO LO QUE ALLÍ HIZO.
Como Cortés se hubo embarcado en el puerto de Caballos, y llevó en su compañía muchos soldados de los que trujo de Méjico y los que le envió Gonzalo de Sandoval, y con buen tiempo en seis dias llegó al puerto de Trujillo; y cuando los vecinos que allí vivian, que dejó poblados Francisco de las Casas, supieron que era Cortés, todos fueron á la mar, que estaba cerca, á le recibir, y le besaron las manos, porque muchos vecinos de aquellos eran bandoleros de los que echaron de Pánuco, y fueron en dar consejo á Cristóbal de Olí para que se alzase, y los habian desterrado de Pánuco, segun dicho tengo en el capítulo que dello habla; y como se hallaban culpantes, suplicaron á Cortés que les perdonase; y Cortés con muchas caricias y ofrecimientos los abrazó á todos y los perdonó, y luego se fué á la iglesia, y despues de hecha oracion, le aposentaron lo mejor que pudieron, y le dieron cuenta de todo lo acaecido del Francisco de las Casas y del Gil Gonzalez de Ávila, y por qué causa degollaron á Cristóbal de Olí, y cómo se habian ido camino de Méjico, y cómo habian pacificado algunos pueblos de aquella provincia; y como Cortés bien lo hubo entendido, á todos los honró de palabras y con dejalles los cargos segun y de la manera que los tenian, excepto que hizo capitan general de aquellas provincias á su primo Saavedra, que ansí se llamaba, lo cual tuvieron por bien.