Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)

Part 3

Chapter 33,989 wordsPublic domain

Otro dia caminamos para ir al pueblo de Cimatan, y hay grandes cabanas llenas, y en medio de las cabanas muy malísimas ciénagas, y en una dellas nos aguardaron, y fué con ardid que entre ellos concertaron para aguardar en el campo raso de las cabanas, y propusieron que los caballos, por codicia de los alcanzar y alancear, irian corriendo tras ellos á rienda suelta y atollarian en las ciénagas, y ansí fué como lo concertaron, que por más que habiamos dicho y aconsejado á Rangel que mirase que habia muchas ciénagas y que no corriese por aquellas cabanas á rienda suelta, que atollarian los caballos, y que suelen tener aquellos indios estas astucias, y hechas saeteras y fuerzas junto á las ciénagas, no lo quiso creer; y el primero que atolló en ellas fué el mismo Rangel, y allí le mataron el caballo, y si de presto no fuera socorrido, ya se habian echado en aquellas malas ciénagas muchos indios para le apañar y llevar vivo á sacrificar, y todavía salió descalabrado en las llagas que tenia en la cabeza; y como toda aquella provincia era muy poblada, y estaba allí junto otro pueblezuelo, fuimos á él, y entónces huyeron los moradores, y se curó el Rangel y tres soldados que habian herido.

Y dende allí fuimos á otras casas que tambien estaban sin gente, que entónces las despoblaron sus dueños, y hallamos otra fuerza con grandes maderos y bien cercada y sus saeteras; y estando reposando aún no habia un cuarto de hora, vienen tantos guerreros cimatecas, y nos cercan en el pueblezuelo, que mataron un soldado y á dos caballos, y tuvimos bien que hacer en hacellos apartar; y entónces nuestro Rangel estaba muy doliente de la cabeza, é habia muchos mosquitos, que no dormia de noche ni dia, y murciégalos muy grandes que le mordian y desangraban; y como siempre llovia, y algunos soldados que el Rangel habia traido consigo, de los que nuevamente habian venido de Castilla, vieron que en tres partes nos habian aguardado los indios de aquella provincia, y habian muerto once caballos y dos soldados, y herido á otros muchos, aconsejaron al Rangel que se volviese dende allí, pues la tierra era mala de ciénagas y estaba muy malo; y el Rangel, que lo tenia en gana, y porque pareciese que no era de su albedrio y voluntad aquella vuelta, sino por consejo de muchos, acordó de llamar á consejo sobre ello á personas que eran de su parecer para que se volviesen; y en aquel instante habiamos ido veinte soldados á ver si podiamos tomar alguna gente de unas huertas de cacaguatales que allí junto estaban, y trujimos dos indios y tres indias; y entónces el Rangel me llamó á mí aparte é á consejo, y díjome de su mal de cabeza, é que le aconsejaban todos los demas soldados que se volviese donde estaba Cortés, y me declaró todo lo que habia pasado; y entónces le reprendí su vuelta, y como nos conociamos de más de cuatro años atrás, de la isla de Cuba, le dije:

—«¿Cómo, Señor? ¿Qué dirán de vuesa merced, estando cerca del pueblo de Cimatan quererse volver? Pues Cortés no lo terná á bien, y maliciosos que os quieren mal os lo darán en cara, que en la entrada de las zapotecas ni aquí no habeis hecho cosa ninguna que buena sea, trayendo, como traeis, tan buenos conquistadores, que son los de nuestra villa de Guacacualco; pues por lo que toca á nuestra honra y á la de vuesamerced, é yo y otros soldados somos de parecer que pasemos adelante; y iré con todos mis compañeros descubriendo ciénagas y montes, y con los escopeteros pasaremos hasta la cabecera de Cimatan, y mi caballo déle vuesa merced á otro caballero que sepa muy bien menear la lanza é tener ánimo para mandalle, que yo no puedo servirme dél yendo á lo que voy, y que va más en alancear, y véngase con las de á caballo algo atrás.»

Y como el Rodrigo Rangel aquello me oyó, como era hombre vocinglero y hablaba mucho, salió de la casilla en que estaba el consejo, é á muy grandes voces llamó á todos los soldados; é dijo el Rodrigo Rangel:

—«Ya es echada la suerte que hemos de ir adelante, que voto á tal (que siempre era este su jurar y su hablar), que Bernal Diaz del Castillo me ha dicho la verdad y lo que á todos conviene.»

Y puesto que á algunos soldados les pesó, otros lo hubieron por muy bueno; y luego comenzamos á caminar puestos en gran concierto, los ballesteros y escopeteros junto conmigo, y los de á caballo atrás por amor de los montes y ciénagas, donde no podian correr caballos, hasta que llegamos á otro pueblo, que entónces lo despoblaron los naturales dél, y dende allí fuimos á la cabecera de Cimatan, y tuvimos otra buena refriega de flecha y vara, y de presto les hicimos huir, y quemaron los mismos vecinos naturales de aquel pueblo muchas casas de las suyas, y allí prendimos hasta quince hombres y mujeres, y les enviamos á llamar con ellos á los cimatecas que viniesen de paz, y les dijimos que en lo de las guerras se les perdonaria; y vinieron los parientes y maridos de las mujeres y gente menuda que teniamos presos, y dímosles toda la presa, é dijeron que traerian de paz á todo el pueblo, é jamás volvieron con la respuesta; y entónces me dijo á mí el Rangel:

—«Voto á tal, que me habeis engañado, é que habeis de ir á entrar con otros compañeros, é que me habeis de buscar otros tantos indios é indias como los que me hicisteis soltar por vuestro consejo.»

Y luego fuimos cincuenta soldados, é yo por capitan, é dimos en unos ranchos que tenian en unas ciénagas que temblaban, que no osamos entrar en ellas; y dende allí se fueron huyendo por unos grandes breñales y espinos, que se llaman entre ellos Xiguaquetlan, muy malos, que pasan los piés, y en unas huertas de cacaguatales prendimos seis hombres y mujeres con sus hijos chicos, y nos volvimos adonde quedaba el capitan, y con aquello le apaciguamos; y les tornó luego á soltar para que llamasen de paz á los cimatecas, y en fin de razones, no quisieron venir, y acordamos de nos volver á nuestra villa de Guacacualco; y en esto paró la entrada de zapotecas é la de Cimatlan, y esta es la fama que queria que hubiese dél Rangel cuando pidió á Cortés aquella conquista.

Y dende allí á dos años, ó poco tiempo más, volvimos de hecho á los zapotecas y á las demas provincias, y las conquistamos y trujimos de paz; y el buen Fray Bartolomé de Olmedo, que era santo fraile, trabajó mucho con ellos, y les predicaba y enseñaba los artículos de la fe, y bautizó en aquellas provincias más de quinientos indios; pero, en verdad que estaba cansado y viejo, y que no podia ya andar caminos, que tenia una mala enfermedad: y dejemos esto, y digamos cómo Cortés envió á Castilla á su majestad sobre ochenta mil pesos de oro con un Diego de Soto, natural de Toro, y paréceme que con un Ribera el tuerto, que fué su secretario; y entónces envió el tiro muy rico, que era de oro bajo y plata, que le llamaba el Ave Fénix, y tambien envió á su padre Martin Cortés muchos millares de pesos de oro.

Y lo que sobre ello pasó diré adelante.

CAPÍTULO CLXX.

CÓMO EL CAPITAN HERNANDO CORTÉS ENVIÓ Á CASTILLA, Á SU MAJESTAD, OCHENTA MIL PESOS EN ORO Y PLATA, Y ENVIÓ UN TIRO, QUE ERA UNA CULEBRINA MUY RICAMENTE LABRADA DE MUCHAS FIGURAS, Y TODA ELLA, Ó LA MAYOR PARTE, ERA DE ORO BAJO, REVUELTO CON PLATA DE MECHOACAN, QUE POR NOMBRE SE DECIA EL FÉNIX, Y TAMBIEN ENVIÓ Á SU PADRE, MARTIN CORTÉS, SOBRE CINCO MIL PESOS DE ORO; Y LO QUE SOBRE ELLO AVINO DIRÉ ADELANTE.

Pues como Cortés habia recogido y allegado obra de ochenta mil pesos de oro, y la culebrina que se decia el Fénix ya era acabada de forjar, y salió muy extremada pieza para presentar á un tan alto Emperador como nuestro gran señor César, y decia en un letrero que tenia escrito en la mesma culebrina: «Esta ave nació sin par, yo sin segundo, y vos sin igual en el mundo.» Todo lo envió á su majestad con un hidalgo natural de Toro, que se decia Diego de Soto, y no me acuerdo bien si fué en aquella sazon un Juan de Ribera, que era tuerto de un ojo, que tenia una nube, el cual habia sido secretario de Cortés.

Á lo que yo sentí del Ribera, era un hombre no de buenas entrañas, porque cuando jugaba á naipes é á dados no me parecia que jugaba bien, y demas desto, tenia muchos malos reveses; y esto digo porque, llegado á Castilla se alzó con los pesos de oro que le dió Cortés para su padre Martin Cortés, y porque se lo pidió Martin Cortés, y por ser el Ribera de suyo mal inclinado, no mirando á los bienes que Cortés le habia hecho siendo un pobre hombre, en lugar de decir verdad y bien de su amo, dijo tantos males, y por tal manera los razonaba, que, como tenia gran retórica é habia sido su secretario del mismo Cortés, le daban crédito, especial el Obispo de Búrgos.

Y como el Narvaez y el Cristóbal de Tapia, y los procuradores del Diego Velazquez y otros que les ayudaban, y habia acaecido en aquella sazon la muerte de Francisco de Garay, todos juntos tornaron otra vez á dar muchas quejas de Cortés ante su majestad, y tantas y de tal manera, é dijeron que fueron parciales los jueces que puso su majestad, por dádivas que Cortés les envió para aquel efeto, que otra vez estaba revuelta la cosa, y Cortés tan desfavorecido, que lo pasara mal si no fuera por el duque de Béjar, que le favoreció y quedó por su fiador, que le enviase su majestad á tomar residencia é que no le hallaria culpado.

Y esto hizo el duque porque ya tenia tratado casamiento á Cortés con una señora sobrina suya, que se decia doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar, don Cárlos de Arellano, y hermana de unos caballeros y privados del Emperador.

Y como en aquella sazon llegaron los ochenta mil pesos de oro y las cartas de Cortés, dando en ellas muchas gracias y ofrecimientos á su majestad por las grandes mercedes que le habia hecho en dalle la gobernacion de Méjico, y haber sido servido mandalle favorecer con justicia en la sentencia que dió en su favor, cuando la junta que mandó hacer de los caballeros de su Real consejo y cámara.

En fin de más razones, todo lo que estaba dicho contra Cortés se tornó á sosegar con que le fuesen á tomar residencia, y por entónces no se habló más en ello.

Y dejemos ya de decir destos nublados que sobre Cortés estaban ya para descargar, y digamos del tiro y de su letrero de tan sublimado servidor como Cortés se nombró; que, como se supo en la córte, y ciertos duques y marqueses, y condes y hombres de gran valía se tenian por tan grandes servidores de su majestad, y tenian en sus pensamientos que otros caballeros tanto como ellos no hubiesen servido á su majestad, tuvieron que murmurar del tiro, y aun de Cortés porque tal blason escribió.

Tambien otros grandes señores, como fué el almirante de Castilla y el duque de Béjar y el conde de Aguilar, dijeron á los mismos caballeros que habian puesto en pláticas que era muy bravoso el blason de la culebrina, no se maravillen que Cortés ponga aquel escrito en el tiro.

Veamos ahora, ¿en nuestros tiempos ha habido capitan que tales hazañas haga, y que tantas tierras haya ganado sin gastar ni poner en ello su majestad cosa ninguna, y tantos cuentos de gentes se hayan convertido á nuestra santa fe? Y demas desto, no solamente el Cortés, sino los soldados y compañeros que tiene, que le ayudaron á ganar una tan fuerte ciudad, y de tantos vecinos y de tantas tierras, son dignos de que su majestad les haga muchas mercedes; porque, si miramos en ello, nosotros de nuestros antepasados, que hicieron heróicos hechos y sirvieron á la corona real y á los reyes que en aquel tiempo reinaron, como Cortés y sus compañeros han hecho, lo heredamos, y nuestros blasones y tierras é rentas; y con estas palabras se olvidó lo del blason; y porque no pasase de Sevilla la culebrina, tuvimos nueva que á don Francisco de los Cóbos, comendador mayor de Leon, le hizo su majestad merced della, y que la deshicieron y afinaron el oro, y lo fundieron en Sevilla, é dijeron que valió sobre veinte mil ducados.

Y en aquel tiempo, como Cortés envió aquel oro y el tiro, y las riquezas que habia enviado la primera vez, que fueron la luna de plata y el sol de oro, y otras muchas joyas de oro con Francisco de Montejo y Alonso Hernandez Puertocarrero, y lo que hubo enviado la segunda vez con Alonso de Ávila y Quiñones, que esto fué la cosa más rica que hubo en la Nueva-España, que era la recámara de Montezuma y de Guatemuz y de los grandes señores de Méjico, y lo robó Juan Florin, frances; y como esto se supo en Castilla, tuvo Cortés gran fama, ansí en Castilla como en otras muchas partes de la cristiandad, y en todas partes fué muy loado.

Dejemos esto, y digamos en qué paró el pleito de Martin Cortés con el Ribera sobre los tantos mil pesos que enviaba Cortés á su padre, y es, que andando en el pleito, y pasando Ribera por la villa de Cadahalso, comió ó almorzó unos torreznos, y ansí como los comió murió súpitamente y sin confesion; perdónele Dios, amen.

Dejemos lo acaecido en Castilla, y volvamos á decir de la Nueva-España, cómo Cortés estaba siempre entendido en la ciudad de Méjico que fuese muy bien poblada de los naturales mejicanos, como de ántes estaba, y les dió franquezas y libertades que no pagasen tributo á su majestad hasta que tuviesen hechas sus casas y aderezadas calzadas y puentes, y todos los edificios y caños por donde solia venir el agua de Chalputepeque para entrar en Méjico, y en la poblacion de los españoles tuviesen hechas iglesias y hospitales, de los cuales cuidaba como superior y vicario el buen Padre Fray Bartolomé de Olmedo, y habia él mismo recogido en un hospital todos los indios enfermos y los curaba con mucha caridad, y otras cosas que convenian.

Y en aquel tiempo vinieron de Castilla al puerto de Veracruz doce frailes franciscos, y por Vicario general de ellos un muy buen religioso que se decia Fray Martin de Valencia, y era natural de una villa de tierra de campo que se decia Valencia de don Juan; y este muy reverendo religioso venia nombrado por el Santo Padre para ser vicario, y lo que en su venida y recebimiento se hizo diré adelante.

CAPÍTULO CLXXI.

CÓMO VINIERON AL PUERTO DE LA VERACRUZ DOCE FRAILES FRANCISCOS DE MUY SANTA VIDA, Y VENIA POR SU VICARIO Y GUARDIAN FRAY MARTIN DE VALENCIA, Y ERA TAN BUEN RELIGIOSO, QUE HUBO FAMA QUE HACIA MILAGROS; Y ERA NATURAL DE UNA VILLA DE TIERRA DE CAMPO QUE SE DICE VALENCIA DE DON JUAN, Y LO QUE CORTÉS HIZO EN SU VENIDA.

Como ya he dicho en los capítulos pasados que sobre ello hablan, habiamos escrito á su majestad suplicándole nos enviase religiosos franciscos de buena y santa vida para que nos ayudasen á la conversion y santa doctrina de los naturales desta tierra para que se volviesen cristianos, y les predicasen nuestra santa fe, como se la habia fray Bartolomé de Olmedo dado á entender dende que entramos en la Nueva-España, y sobre ello habia escrito Cortés, juntamente con todos nosotros los conquistadores que ganamos la Nueva-España, á don fray Francisco de los Ángeles, que era general de los franciscos, que despues fué Cardenal, para que nos hiciese mercedes que fuesen los religiosos que enviase de santa vida, para que nuestra santa fe siempre fuese ensalzada, y los naturales destas tierras conociesen lo que les deciamos cuando estábamos batallando con ellos, y les deciamos que su majestad enviaria religiosos, y de mucha mejor vida que nosotros éramos, para que les diesen á entender los razonamientos y predicaciones de nuestra fe; y ellos nos preguntaban si eran como el padre fray Bartolomé de Olmedo, y nosotros deciamos que sí.

Dejemos esto, y digamos cómo el general don fray Francisco de los Ángeles nos hizo merced que luego envió los religiosos que dicho tengo; y entónces vino con ellos fray Toribio Motolinea, y pusiéronle este nombre de Motolinea los caciques y señores de Méjico, que quiere decir el fraile pobre, porque cuanto le daban por Dios lo daba á los indios, y se quedaba algunas veces sin comer, y traia unos hábitos muy rotos y andaba descalzo, y siempre les predicaba, y los indios le querian mucho, porque era una santa persona.

Volvamos á nuestra relacion. Como Cortés supo que estaban en el puerto de la Veracruz, mandó en todos los pueblos, ansí de indios como donde vivian españoles, que por donde viniesen les barriesen los caminos, y adonde pasasen les hiciesen ranchos si fuese en el campo, y en poblado, cuando llegasen á las villas ó pueblos de indios, les saliesen á recebir y les repicasen las campanas, y que todos comunmente, despues de los haber recebido, les hiciesen mucho acato; y que los naturales llevasen candelas de cera encendidas y con las cruces que hubiese, y por más humildad, y porque los indios lo viesen, para que tomasen ejemplo, mandó á los españoles se hincasen de rodillas á besarles las manos y hábitos, y aun les envió Cortés al camino mucho refresco y les escribió muy amorosamente.

Y viniendo por su camino, ya que llegaban cerca de Méjico, el mismo Cortés, acompañado de fray Bartolomé de Olmedo y de nuestros valerosos capitanes y esforzados soldados, los salimos á recebir, y juntamente fueron con nosotros Guatemuz, el señor de Méjico, con todos los más principales mejicanos y otros muchos caciques de otras ciudades; y cuando Cortés supo que allegaban cerca, se apeó del caballo, y todos nosotros juntamente con él; é ya que nos encontramos con los reverendos religiosos, el primero que se arrodilló delante del fray Martin de Valencia y le fué á besar las manos fué Cortés, y no lo consintió y le besó los hábitos; é el padre fray Bartolomé les abrazó é saludó muy tiernamente, y los besamos el hábito arrodillados todos los capitanes y soldados que allí íbamos, y el Guatemuz y los señores de Méjico; y de que el Guatemuz y los demas caciques vieron ir á Cortés de rodillas á besarles las manos, espantáronse en gran manera; y como vieron á dos frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevar caballo, sino á pié y muy amarillos, y ver á Cortés, que le tenian por ídolo ó cosa como sus dioses, ansí arrodillado delante dellos, dende entónces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando agora vienen religiosos les hacen aquellos recebimientos y acatos, segun y de la manera que dicho tengo; y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenia la gorra en la mano quitada y en todo les tenia grande acato; é digo que se me olvidaba que fray Bartolomé les hospedó por órden de Cortés en una muy buena casa, é se fué á vivir con ellos é los regaló mucho.

Dejémoslos en buena hora y digamos de otra materia, y es, que de ahí á tres años y medio, ó poco tiempo más adelante, vinieron doce frailes dominicos, é venia por provincial ó por prior dellos un religioso que se decia Fray Tomás Ortiz; era vizcaino, é decian que habia estado por prior ó provincial en unas tierras que se dice la Punta del Drago; é quiso Dios que cuando vinieron les dió dolencia de mal de modorra, de que todos los más murieron; lo cual diré adelante, é cómo é cuándo é con quién vinieron, é la condicion que decian que tenia el prior, é otras cosas que pasaron; é despues han venido otros muchos y buenos religiosos y de santa vida, y de la misma órden de señor Santo Domingo, en ejemplo muy santos, é han industriado á los naturales destas provincias de Guatimala en nuestra santa fe muy bien, é han sido muy provechosos para todos.

Quiero dejar esta materia de los religiosos, é diré que, como Cortés siempre temia que en Castilla, por parte del Obispo de Búrgos, se juntarian los procuradores de Diego Velazquez, gobernador de Cuba, é dirian mal dél delante del Emperador nuestro señor, é como tuvo nueva cierta, por cartas que le escribió su padre Martin Cortés ó Diego de Ordás, que le trataban casamiento con la señora doña Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, procuró de enviar todos los más pesos que podia allegar, ansí de sus tributos como de los que le presentaban los caciques de toda la tierra, lo uno para que conociese el duque de Béjar sus grandes riquezas, juntamente con sus heróicos hechos é hazañas; é lo más principal, para que su majestad le favoreciese é hiciese mercedes; é entónces le envió treinta mil pesos, é con ellos escribió á su majestad; lo cual diré adelante.

CAPÍTULO CLXXII.

CÓMO CORTÉS ESCRIBIÓ Á SU MAJESTAD Y LE ENVIÓ TREINTA MIL PESOS DE ORO, Y CÓMO ESTABAN ENTENDIENDO EN LA CONVERSION DE LOS NATURALES É REEDIFICACION DE MÉJICO, Y DE CÓMO HABIA MANDADO UN CAPITAN QUE SE DECIA CRISTÓBAL DE OLÍ Á PACIFICAR LAS PROVINCIAS DE HONDURAS CON UNA BUENA ARMADA, Y SE ALZÓ CON ELLA, Y DIÓ RELACION DE OTRAS COSAS QUE HABIAN PASADO EN MÉJICO, Y EN EL NAVÍO QUE IBAN LAS CARTAS DE CORTÉS ENVIÓ OTRAS CARTAS MUY SECRETAS EL CONTADOR DE SU MAJESTAD, QUE SE DECIA RODRIGO DE ALBORNOZ, Y EN ELLAS DECIAN MUCHO MAL DE CORTÉS, Y DE TODOS LOS QUE CON ÉL PASAMOS, Y LO QUE SU MAJESTAD SOBRE ELLO MANDÓ QUE SE PROVEYESE.

Teniendo ya Cortés en sí la gobernacion de la Nueva-España por mandado de su majestad, parecióle seria bien hacerle sabidor cómo estaba entendiendo en la santa conversion de los naturales y la reedificacion de la gran ciudad de Tenustitlan, Méjico; y tambien le dió relacion de cómo habia enviado un capitan que se decia Cristóbal de Olí á poblar unas provincias que se nombraron Honduras, y que le dió cinco navíos bien abastecidos, é gran copia de soldados y muchos caballos y tiros, y escopeteros y ballesteros, y todo género de armas, y que gastó muchos millares de pesos de oro en hacer la armada, y que el Cristóbal de Olí se le alzó con ella, y quien le aconsejó que se alzase fué un Diego Velazquez, gobernador de la isla de Cuba, que hizo compañía con él en el armada, y que si su majestad era servido, que tenia determinado de enviar con brevedad otro capitan para que le tome la misma armada ó le traiga preso, ó ir él en persona por ella; porque, si quedaba sin castigo, se atreverian otros capitanes á se levantar con otras armadas que por fuerza habia de enviar á conquistar y poblar otras tierras que están de guerra, é á esta causa suplicaba á su majestad que le diese licencia para ello.

Y tambien se envió á quejar del Diego Velazquez, no tan solamente de lo del capitan Cristóbal de Olí, sino por las conjuraciones y escándalos, y por sus cartas que enviaba dende la isla de Cuba para que le matasen á Cortés; porque, en saliendo de aquella ciudad de Méjico para ir á conquistar algunos pueblos recios, que se levantaban y hacian conjuraciones los de la parte del Diego Velazquez para le matar y levantarse con la gobernacion, y que habia hecho justicia de uno de los más culpados; y que este favor les daba el Obispo de Búrgos, que estaba por presidente de Indias, por ser muy amigo del Diego Velazquez; y escribió cómo le enviaba y servia con treinta mil pesos de oro, y que si no fuera por los bulliciosos y conjuraciones pasadas, que recogiera mucho más oro, y que con el ayuda de Dios y en la buenaventura de su Real majestad, que en todos los navíos que de Méjico fuesen enviaria lo que pudiese.