Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (3 de 3)

Part 14

Chapter 144,265 wordsPublic domain

Llegado este capitan con sus soldados á los pueblos de los zapotecas, que se decian los titepeques, una noche salen los indios naturales de aquellos pueblos y dan sobre el capitan y sus soldados; y tan de repente dieron en ellos, que mataron al capitan Barrios y á otros siete soldados, y á todos los más hirieron, y si de presto no tomaran las de Villadiego, y se vinieran á acoger á unos pueblos de paz, todos murieran.

Aquí verán cuánto va de los conquistadores viejos á los nuevamente venidos de Castilla, que no saben qué cosa es guerra de indios ni sus astucias: en esto paró aquella conquista.

Digamos agora del otro capitan que fué por la parte de Guaxaca, que se decia Figuero, natural de Cáceres, que tambien dijeron que habia sido capitan en Castilla, y era muy amigo del tesorero Alonso de Estrada, y llevó otros cien soldados de los nuevamente venidos de Castilla á Méjico, y muchos escopeteros y ballesteros y aun diez de á caballo; y como llegaron á las provincias de los zapotecas, envió á llamar á un Alonso de Herrera, que estaba en aquellos pueblos por capitan de treinta soldados, por mandado de Márcos de Aguilar en el tiempo que gobernaba, segun lo tengo dicho en el capítulo que dello hace mencion; y venido el Alonso de Herrera á su llamada, porque, segun apareció, traia poder el Figuero para que estuviese debajo de su mano, é sobre ciertas pláticas que tuvieron, ó porque no quiso quedar en su compañía, vinieron á echar mano á las espadas, y el Herrera acuchilló á el Figuero y á otros tres de los soldados que traia, que le ayudaban.

Pues viendo el Figuero que estaba herido y manco de un brazo, y no se atrevia á entrar en las sierras de los miuxes, que eran muy altas y malas de conquistar, y los soldados que traia no sabian conquistar aquellas tierras, acordó de andarse á desenterrar sepulturas de los enterramientos de los caciques de aquella provincia, porque en ellas halló cantidad de joyas de oro, con que antiguamente tenian costumbre de se enterrar los principales de aquellos pueblos; y dióse tal maña, que sacó dellas sobre cien mil pesos de oro, y con otras joyas que hubo de dos pueblos, acordó de dejar la conquista é pueblos en que estaba, y dejólos muy más de guerra á algunos dellos que los halló, y fué á Méjico, y dende allí se iba á Castilla el Figuero con su oro; y embarcado en la Veracruz, fué su ventura tal, que el navío en que iba dió con recio temporal al través junto á la Veracruz, de manera que se perdió él y su oro y se ahogaron quince pasajeros, y todo se perdió; y en aquello pararon los capitanes que envió el tesorero á conquistar aquellos pueblos, que nunca vinieron de paz hasta que los vecinos de Guacacualco los conquistamos, y como tienen altas sierras y no pueden ir caballos, me quebranté el cuerpo, de tres veces que me hallé en aquellas conquistas; porque, puesto que en los veranos los atraimos de paz, en entrando las aguas se tornaban á levantar y mataban á los españoles que podian haber desmandados; y como siempre les seguiamos, vinieron de paz, y está poblada una villa que dicen San Alfonso.

Pasemos adelante, y dejaré de traer á la memoria desastres de capitanes que no han sabido conquistar, y digo que, como el tesorero supo que habian acuchillado á su amigo el capitan Figuero, como dicho tengo, envió luego á prender á Alonso de Herrera, é no se pudo haber, porque se fué huyendo á unas sierras, y los alguaciles que envió trujeron preso á un soldado de los que solia tener el Herrera consigo; y así como llegó á Méjico, sin más ser oido, le mandó el tesorero cortar la mano derecha.

Llamábase el soldado Cortejo, y era hijodalgo; y demas desto, en aquel tiempo un mozo de espuelas de Gonzalo de Sandoval tuvo otra quistion con otro criado del tesorero, y le acuchilló, de que hubo muy gran enojo el tesorero, y le mandó cortar la mano; y esto fué en tiempo que Cortés ni Sandoval no estaban en Méjico; que se habian ido á un gran pueblo que se dice Cornabaca, y se fueron por quitarse de bullicios y parlerías, y tambien por apaciguar ciertos encuentros que habia entre los caciques de aquel pueblo.

Pues como supieron Cortés y Gonzalo de Sandoval por cartas que el Cortejo y mozo de espuelas estaban presos y que les querian cortar las manos, de presto vinieron á Méjico; y de que hallaron lo que dicho tengo, y no habia remedio en ello, sintieron mucho aquella afrenta que el tesorero hizo á Cortés y á Sandoval, y dicen que le dijo Cortés tales palabras al tesorero en su presencia, que no las quisiera oir, y aun tuvo temor que le queria mandar matar, y con este temor allegó el tesorero soldados y amigos para tener en su guarda, y sacó de las jaulas al factor y veedor para que, como oficiales de su majestad, se favoreciesen los unos á los otros contra Cortés; y de que los hubo sacado, de ahí á ocho dias, por consejo del factor y otras personas que no estaban bien con Cortés, le dijeron al tesorero que en todo caso luego desterrase á Cortés de Méjico; porque entre tanto que estuviese en aquella ciudad jamás podria gobernar bien ni habria paz, y siempre habria bandos.

Pues ya este destierro firmado del tesorero, se lo fueron á notificar á Cortés, y dijo que lo cumpliria muy bien, y que daba gracias á Dios, que dello era servido, que de las tierras y ciudad que él con sus compañeros habia descubierto y ganado, derramando de dia y de noche mucha sangre de su cuerpo, y muerte de tantos soldados, que le viniesen á desterrar personas que no eran dignas de bien ninguno ni de tener los oficios que tienen, y que él iria á Castilla á dar relacion dello á su majestad y demandar justicia contra ellos; y que fué gran ingratitud la del tesorero, desconocido del bien que le habia hecho Cortés; y luego se salió de Méjico y se fué á una villa suya que se dice Cuyoacan, y dende allí á Tezcuco, y dende allí á pocos dias á Tlascala; y en aquel instante la mujer del tesorero, que se decia doña Marina Gutierrez de la Caballería, cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes, como supo el desconcierto que su marido habia hecho en sacar de las jaulas al factor y veedor y haber desterrado á Cortés, con gran pesar que tenia, le dijo á su marido:

—«Plega á Dios que por estas cosas que habeis hecho no os venga mal dello.»

Y le trujo á la memoria los bienes y mercedes que siempre Cortés le habia hecho, y los pueblos de indios que le dió, y que procurase de tornar á hacer amistades con él para que vuelva á la ciudad de Méjico, ó que se guardase muy bien, no le matasen; y tantas cosas le dijo, que, segun muchas personas despues platicaban, se habia arrepentido el tesorero de lo haber desterrado, y aun de haber sacado de las jaulas al factor y veedor, porque en todo le iban á la mano y eran muy contrarios á Cortés.

Y en aquella sazon vino de Castilla don fray Julian Garcés, primer Obispo que fué de Tlascala, y era natural de Aragon, y por honra del cristianísimo Emperador nuestro señor se llamó Carolense, y fué gran predicador, y se vino por su obispado de Tlascala; y como supo lo que el tesorero habia hecho en el destierro de Cortés, le pareció muy mal y por poner concordia entre ellos se vino á una ciudad, ya otras veces por mí nombrada, que se dice Tezcuco; y como estaba junto á la laguna, se embarcó en dos canoas grandes, y con dos clérigos y un fraile y su fardaje se vino á la ciudad de Méjico, y ántes de entrar en ella supieron su venida en Méjico, y le salieron á recebir con toda la pompa y cruces y clerecía y religiosos y Cabildos, é conquistadores é caballeros y soldados que en Méjico se hallaron; y cuando el Obispo hubo descansado dos dias, el tesorero le echó por intercesor para que fuese adonde Cortés estaba en aquella sazon y los hiciese amigos, é le alzaba el destierro, y que se volviese á Méjico; y fué el Obispo y trató las amistades, y nunca pudo acabar cosa ninguna con Cortés; ántes, como dicho tengo, se fué á Tezcuco ó á Tlascala muy acompañado de caballeros é otras personas y en lo que entendia Cortés era en allegar todo el oro y plata que podia para ir á Castilla; y demas de lo que le daban de los tributos de sus pueblos, empeñaba otras rentas é indios que le prestaban amigos; y ansimismo se aparejaban el capitan Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, y llegaron y recogian todo el oro y plata que podian de sus pueblos, porque estos dos capitanes fueron en compañía de Cortés á Castilla.

Pues como estaba Cortés en Tlascala, íbanle á ver muchos vecinos de Méjico y de otras villas, y soldados que no tenian encomiendas de indios, y los caciques de Méjico le iban á servir; y aun, como hay hombres bulliciosos y amigos de escándalos é novedades, le iban á aconsejar para que si se queria alzar por Rey en la Nueva-España, que en aquel tiempo tenia lugar y que ellos serian en le ayudar; y Cortés echó presos á dos hombres de los que le vinieron con aquellas pláticas, y les trató mal, llamándoles de traidores, y estuvo para los ahorcar; y tambien le trujeron otra carta de otros bandoleros, que le enviaron de Méjico, y le decian lo mismo; y esto era, segun dijeron, para tentar á Cortés ó tomarle en algunas palabras que de su boca dijese sobre aquel mal caso; y como Cortés en todo era servidor de su majestad, con amenazas dijo á los que le venian con aquellos tratos que no viniesen más adelante dél con aquellas parlerías de traiciones, que los mandaria ahorcar; y luego escribió al Obispo lo que pasaba, para que él dijese al tesorero que, como gobernador, mandase castigar á los traidores que le venian con aquellos consejos; si no, que él los mandaria ahorcar.

Dejemos á Cortés en Tlascala aderezando para se ir á Castilla, y volvamos al tesorero y factor y veedor, que, ansí como venian á Cortés hombres bandoleros que deseaban ruidos y andar en bullicios, tambien iban y decian al tesorero y al factor que ciertamente Cortés estaba llegando gente para los venir á matar, aunque echaba fama que para venir á Castilla, y á aquel efeto estaban todos los caciques mejicanos y de Tezcuco en Tlascala, y de todos los más pueblos de alrededor de la laguna en su compañía, para ver cuándo les mandaba dar guerra.

Entónces temió mucho el factor y veedor y el tesorero, creyendo que les queria matar; y para saber é inquirir si era verdad, volvieron á importunar al mismo Obispo que fuese á ver qué cosa era, y escribieron con grandes ofertas á Cortés, demandándole perdon; y el Obispo lo hubo por bueno el ir á hacer amistades, por visitar á Tlascala; y desque llegó donde Cortés estaba, despues de le salir á recebir toda aquella provincia, y ver la gran lealtad y lo que habia hecho Cortés en prender los bandoleros, y las palabras que sobre aquel caso le escribió, luego hizo mensajeros al tesorero, y dijo que Cortés era muy leal caballero y gran servidor de su majestad, y que en nuestros tiempos se podia poner en la cuenta de los muy afamados servidores de la corona Real, y que en lo que estaba entendiendo era aviarse para ir ante su majestad, y que podian estar sin sospecha de lo que pensaban; y tambien le escribió que tuvo mala consideracion en le haber desterrado, y que no lo acertó.

Entónces diz que le dijo en la carta que le escribió:

—«Oh señor tesorero Alonso de Estrada, y ¡cómo ha dañado y estragado este negocio!»

Dejemos esto de la carta; que no me acuerdo bien si volvió Cortés á Méjico para dejar recaudo á las personas á quien habia de dar los poderes para entender en su estado y casa é cobrar los tributos de los pueblos de su encomienda; salvo sé que dejó el poder mayor al licenciado Juan Altamirano y á Diego de Ocampo y Alonso Valiente y á Santa Cruz burgalés, y sobre todos á Altamirano; é ya tenia llegado muchas aves de las diferenciadas de otras que hay en Castilla, que era cosa muy de ver, y dos tigres, y muchos barriles de liquidámbar y bálsamo cuajado y otro como aceite, y cuatro indios maestros de jugar el palo con los piés, que en Castilla y en todas partes es cosa de ver, y otros indios bailadores, que suelen hacer una manera de ingenio, al parecer como que vuelan por alto estando bailando; y llevó tres indios corcovados de tal manera, que era cosa monstruosa, porque estaban quebrados por el cuerpo y eran muy enanos; y tambien llevó indios é indias muy blancos, que con el gran blancor no veian bien; y entónces los caciques de Tlascala le rogaron que llevase en su compañía tres hijos de los más principales de aquella provincia, y entre ellos fué un hijo de Xicotenga el viejo ciego, que despues se llamó don Lorenzo de Vargas, y llevó otros caciques mejicanos; y estando aderezando su partida, le llegaron nuevas de la Veracruz que habian venido dos navíos muy buenos veleros, y en ellos le trujeron cartas de Castilla, y lo que se contenia en ellas diré adelante.

CAPÍTULO CXCV.

CÓMO VINIERON CARTAS Á CORTÉS DE ESPAÑA, DEL CARDENAL DE SIGÜENZA DON GARCÍA DE LOYOSA, QUE ERA PRESIDENTE DE INDIAS Y LUEGO FUÉ ARZOBISPO DE SEVILLA, Y DE OTROS CABALLEROS, PARA QUE EN TODO CASO SE FUESE LUEGO Á CASTILLA, Y LE TRUJERON NUEVAS QUE ERA MUERTO SU PADRE MARTIN CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO HIZO.

Ya he dicho en el capítulo pasado lo acaecido entre Cortés y el tesorero y el factor y veedor, é por qué causa lo desterró de Méjico, y cómo vino dos veces el obispo de Tlascala á entender en amistades, y Cortés nunca quiso responder á cartas ni á cosa ninguna que le dijesen, y se apercibió para ir á Castilla; y le vinieron cartas del presidente de Indias don García de Loyosa, y del duque de Béjar y de otros caballeros, en que le decian que, como estaba ausente, daban quejas delante de su majestad, y decian en las quejas muchos males y muertes que habia hecho dar á los gobernadores que su majestad enviaba, y que fuese en todo caso á volver por su honra; y le trujeron nuevas que su padre Martin Cortés era fallecido; y como vió las cartas, le pesó mucho, ansí de la muerte de su padre como de las cosas que dél decian que habia hecho, no siendo ansí; y se puso luto, puesto que lo traia en aquel tiempo por la muerte de su mujer doña Catalina Suarez la Marcayda, é hizo gran sentimiento por su padre, y las honras lo mejor que pudo; y si mucho deseo tenia de ántes de ir á Castilla, dende allí adelante se dió mayor priesa, porque luego mandó á su mayordomo, que se decia Pedro Ruiz de Esquivel, natural de Sevilla, que fuese á la Veracruz, y de dos navíos que habian llegado, que tenian fama que eran nuevos y veleros, que los comprase; y estaba apercibiendo bizcocho y cecina y tocinos y lo perteneciente para el matalotaje muy cumplidamente, como convenia para un gran señor y rico que Cortés era, y cuantas cosas se pudieron haber en la Nueva-España que eran buenas para el mar, y conservas que á Castilla vinieron; y fueron tantas y de tanto género, que para dos años se pudieran mantener otros dos navíos, aunque tuvieran mucha más gente, con lo que en Castilla les sobró.

Pues yendo el mayordomo por la laguna de Méjico en una canoa grande para ir á un pueblo que se dice Ayotcingo, que es donde desembarcan las canoas, que por ir más presto á hacer lo que Cortés le mandaba fué por allí, y llevó seis indios mejicanos remeros y un negro, é ciertas barras de oro para comprar los navíos; y quien quiera que fué, le aguardó en la misma laguna y le mató, que nunca se supo quién ni quién no, ni pareció canoa ni indios ni el negro que la remaba, salvo que dende allí á cuatro dias hallaron al Esquivel en una isleta de la laguna, el medio cuerpo comido de aves carniceras.

Sobre la muerte deste mayordomo hubo grandes sospechas, porque unos decian que era hombre que se alababa de cosas que decia él mismo que pasaba con damas é con otras señoras, é decian otras cosas malas que diz que hacia; é á esta causa estaba malquisto, y ponian sospechas de otras muchas cosas que aquí no declaro; por manera que no se supo de su muerte, ni aun se pesquisó muy de raíz quién le mató, perdónele Dios; y luego Cortés volvió á enviar de presto á otros mayordomos para que le tuviesen aparejados los navíos é metido el bastimento é pipas de vino, y mandó dar pregones que cualesquier personas que quisieren ir á Castilla les dará pasaje y comida de balde, yendo con licencia del gobernador.

Y luego Cortés, acompañado de Gonzalo de Sandoval y de Andrés de Tapia y de otros caballeros, se fué á la Veracruz, y como se hubo confesado y comulgado se embarcó; y quiso nuestro Señor Dios dalle tal viaje, que en cuarenta y un dias llegó á Castilla sin parar en la Habana ni en isla ninguna, y fué á desembarcar cerca de la villa de Pálos, junto á Nuestra Señora de la Rávida; y como se vieron en salvamento en aquella tierra, hincan las rodillas en tierra y alzan las manos al Cielo, dando muchas gracias á Dios por las mercedes que siempre les hacia; y llegaron á Castilla en el mes de Diciembre de 1527 años.

Y pareció ser que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y á grandes alegrías hubo tristezas, que fué Dios servido dende ahí á pocos dias de le llevar desta vida en la villa de Pálos, y en la posada que estaba era de un cordonero de hacer jarcias y cables y maromas, y ántes que muriese le hurtó el huésped trece barras de oro; lo cual vió el Sandoval por sus ojos que se las sacaron de una caja, porque aguardó el cordonero que no estuviese allí persona ninguna en compañía del Sandoval; é tuvo tales astucias, que envió á sus criados del Sandoval que fuesen por la posta á la Rávida á llamar á Cortés; y el Sandoval, puesto que lo vió, no osó dar voces, porque, como estaba muy debilitado y flaco y malo, temió que el cordonero, que le pareció mal hombre, no le echase el colchon ó almohada sobre la boca y le ahogase; y luego se fué el huésped á Portugal, huyendo con las barras de oro y no se pudo cobrar cosa ninguna.

Volvamos á Cortés, que cuando supo que estaba muy malo el Sandoval vino luego por la posta adonde estaba, y el Sandoval le dijo la maldad que su huésped le habia hecho, y cómo le hurtó las barras de oro y se fué huyendo; en lo cual, puesto que pusieron gran diligencia para que se cobrasen, como se pasó en Portugal, se quedó con ello; y el Sandoval cada dia iba empeorando de su mal, y los médicos que le curaban le dijeron que luego se confesase y recibiese los Santos Sacramentos é hiciese testamento, y él lo hizo con grande devocion, y mandó muchas mandas ansí á pobres como á monasterios, y nombró por su albacea á Cortés y heredera á una hermana ó hermanas; é la una hermana, el tiempo andando, se casó con un hijo bastardo del conde de Medellin; y como hubo ordenado su alma y hecho testamento, dió el ánima á nuestro Señor Dios, que la crió, y por su muerte se hizo gran sentimiento, y con toda la pompa que pudieron le enterraron en el monasterio de nuestra Señora de la Rávida; y Cortés, con todos los caballeros que iban en su compañía, se pusieron luto; perdónele Dios, amen.

Y luego Cortés envió correo á su majestad y al Cardenal de Sigüenza, y al duque de Béjar y al conde de Aguilar y á otros caballeros, é hizo saber cómo habia llegado á aquel puerto y de cómo Gonzalo de Sandoval habia fallecido, é hizo relacion de la calidad de su persona y de los grandes servicios que habia hecho á su majestad, y que fué capitan de mucha estima ansí para mandar ejércitos como para pelear por su persona; y como aquellas cartas llegaron ante su majestad, recibió alegría de la venida de Cortés, puesto que le pesó de la muerte del Sandoval, porque ya tenia noticia de su generosa persona, y ansimismo le pesó al Cardenal don García de Loyosa y al Real Consejo de Indias; pues el duque de Béjar y el conde de Aguilar y otros caballeros se holgaron en gran manera, puesto que á todos les pesó de la muerte de Sandoval.

Y luego fué el duque de Béjar, juntamente con el conde de Aguilar, á dar más relacion dello á su majestad, puesto que ya tenia la carta de Cortés, y dijo que bien sabia la gran lealtad de quien habia fiado, y que caballero que tan grandes servicios le habia hecho, que en todo lo demas lo habia de mostrar en lealtad, como era obligado á su Rey y señor, lo cual se ha parecido bien ahora por la obra; y esto dijo el duque porque en el tiempo que ponian las acusaciones y decian muchos males contra Cortés delante de su majestad, puso tres veces su cabeza y estado por fiador de Cortés y de los soldados que estábamos en su compañía, que éramos muy leales y grandes servidores de su majestad y dignos de grandes mercedes, porque en aquel tiempo no estaba descubierto el Pirú ni habia la fama de lo que despues hubo; y luego su majestad envió á mandar que por todas las ciudades y villas por donde Cortés pasase le hiciesen mucha honra, y el duque de Medina-Sidonia le hizo gran recebimiento en Sevilla y le presentó caballos muy buenos; y despues que reposó allí dos dias, fué á jornadas largas á Nuestra Señora de Guadalupe para tener novenas.

Y fué su ventura tal, que en aquella sazon habia allí llegado la señora doña María de Mendoza, mujer del comendador mayor de Leon don Francisco de los Cóbos, y habia traido en su compañía muchas señoras de grande estado, y entre ellas una señora doncella, hermana suya, que de ahí á dos años casó con el adelantado de Canaria; y como Cortés lo supo, hubo gran placer, y luego como llegó, despues de haber hecho oracion delante de Nuestra Señora y dado limosna á pobres y mandar decir Misa, puesto que llevaba luto por su padre y su mujer y por Gonzalo de Sandoval, fué muy acompañado de los caballeros que llevó de la Nueva-España y con otros que se le habian allegado para su servicio, y fué á hacer gran acato á la señora doña María de Mendoza, y á una señora doncella, su hermana, que era muy hermosa, y á todas las demas señoras que con ellas venian, y como Cortés en todo era muy cumplido y regocijado, y la fama de sus grandes hechos volaba por toda Castilla, pues plática y agraciada expresiva no le faltaba, y sobre todo, mostrarse muy franco y tener riquezas de que dar, comenzó á hacer grandes presentes de muchas joyas de oro de diversas hechuras á todas aquellas señoras, y despues de las joyas, dió penachos de plumas verdes llenas de argentería de oro y de perlas, y en todo lo que dió fué muy aventajada la señora doña María de Mendoza y la señora su hermana.

Y despues que hubo hecho aquellos ricos presentes, dió por sí sola á la señora doncella ciertos tejuelos de oro muy fino para que hiciese joyas, y tras esto, mandó dar mucho liquidámbar y bálsamo para que se sahumasen; y mandó á los indios maestros de jugar el palo con los piés, que delante de aquellas señoras les hiciesen fiesta y trujesen el palo de un pié al otro, que fué cosa de que se contentaron y aun se admiraron de lo ver; y demas de todo esto, supo Cortés que de la tierra por donde habia venido la señora doncella se le mancó una acémila, y secretamente mandó comprar dos muy buenas y que las entregasen á los mayordomos que traian cargo de su servicio; y aguardó en la villa de Guadalupe hasta que partiesen para la córte, que en aquella sazon estaba en Toledo, y fuéles acompañando y sirviendo é haciendo banquetes y fiestas, y tan gran servidor se mostró, que lo sabia muy bien hacer y representar, que la señora doña María de Mendoza le trató casamiento con su hermana; y si Cortés no fuera desposado con la señora doña Juana de Guzman, sobrina del duque de Béjar, ciertamente tuviera grandísimos favores del comendador mayor de Leon y de la señora doña María de Mendoza, su mujer, y su majestad le diera la gobernacion de la Nueva-España.

Dejemos de hablar en este casamiento, pues todas las cosas son guiadas y encaminadas por la mano de Dios, y diré cómo escribió la señora doña María de Mendoza al comendador mayor de Leon, su marido, sublimando en gran manera las cosas de Cortés, y que no era nada la fama que tiene de sus heróicos hechos para lo que ha visto y conocido de su persona y conversacion y franqueza, y le representó otras gracias que en él habia conocido y los servicios que le habia hecho, y que le tenga por su muy gran servidor, y que á su majestad le haga sabidor de todo y le suplique que le haga mercedes.