Una Señora Comprometida - Cap. I-V

Chapter 2

Chapter 21,148 wordsPublic domain (Wikisource)

—Eso me satisface y me enorgullece. —¿Y dónde vamos ahora? —Al pueblo. —Es muy tarde. —No; faltan cinco horas todavía para las doce. Podemos entrar en el pueblo y visitar al cura, que es un antiguo amigo mío.

—¡Pero, hombre, por el amor de Dios! ¡Dice usted unas cosas tremendas! Eso es imposible.

—¿Por qué razón? —¿Cómo he de entrar yo en casa del cura? —¿Qué importa? Podemos decir que viene usted recomendada a mí desde... —No, hombre, no; eso es un disparate.

—Entonces... ¡Ah! Ya sé, ya sé. El cura no me ha visto hace dos años... Le diré que me he casado.

—¡Anastasio! —Eso es lo mejor. —¡Que no quiero! —Sí, sí; vas a pasar por mi mujer. —¡Calla! ¡Y me tutea!

—Sí, te tuteo, porque entramos ya en el pueblo y es preciso que nos ensayemos.

—Pero... —Cállate, mujercita, cállate. —¡Señor, esto es horrible! —¡Qué ha de ser horrible! —Yo no puedo consentir... —¡Chist! ¡Que estamos ya cerca! —¡Dios mío! ¡Y mi marido que me estará esperando! —Que espere sentado. —¡Y estará incomodadísimo! —Que beba agua. —Yo no paso de aquí.

—¿Pues no has de pasar, boba? Te lo suplica tu marido, tu maridito, que soy yo.

—¡Por favor! —Cállate, hija mía. —¡Por piedad! —Ea, ya estamos en la casa. —¡Anastasio, es usted un miserable! —¡Silencio, vida mía, silencio, por las once mil vírgenes y unas pocas más!

Y al decir estas palabras, Anastasio llamó a la puerta.

—¿Quién es?—preguntó una mujer desde la ventana. —¿Está el señor cura? —Aquí está. —Dígale usted que un amigo antiguo desea darle un abrazo.

Y se retiró de la ventana.

—¡Anastasio,—exclamaba Teresa, presa ya de la mayor inquietud,—esto no puede ser, esto me repugna, esto es abusar de mi debilidad!

El viajero, que parecía cuidarse muy poco de las palabras de su compañera, tarareaba una canción italiana y sonreía maliciosamente mirando a la víctima de sus extravagancias.

Teresa sudaba.

Se había resignado ya a no decir nada; sin duda había comprendido la imposibilidad de convencer a un' hombre, que, según ella creía, estaba loco de remate.

La mujer que antes desapareció de la ventana, volvió a asomarse.

—¡Eh!—dijo.—¡Caballero!

Anastasio miró hacia arriba.

—¿Cómo se llama usted? —Anastasio Pérez. —¿Cómo? —¡Anastasio Pérez! —Voy a avisar al señor cura. —¡Bueno!

La mujer se retiró otra vez, y a los cuatro minutos abrióse la puerta de la casa, y Teresa y Anastasio subieron a la presencia del cura. Como se ve, la cosa se iba complicando de una manera notable. La situación no podía ser, ni más cómica, ni más dramática. Teresa subió las escaleras respirando fatigosamente.

Estaba la pobre sin saber lo que le pasaba, y pensando en lo que le podía pasar.

Veamos lo que le fué pasando.

Si alguno de mis lectores se ha visto alguna vez en una situación verdaderamente comprometida, puede figurarse el apuro que pasaría Teresa al encontrarse en presencia del señor cura.

Fué una impresión de las más tremebundas que recibió en su vida la buena de Teresita.

—¿Y por qué?—me preguntará el lector ahora.

¿Por qué? Figúrese usted qué sorpresa recibiría la infeliz al reconocer en la cara risueña del presbítero la misma risueña cara del sacerdote que dos años antes había estado de párroco en el pueblo donde ella residía con su marido!

Pues no fué ésto lo peor.

Lo peor fué que el demonio de Anastasio, de buenas a primeras, y después de saludar al cura, dándole cuatro ó cinco abrazos que me lo estropeó, le dijo con la mayor desfachatez del mundo:

—Tengo el gusto de presentarle a usted mi esposa...

Y la esposa... se quedó fría y quieta, y sin movimiento, como una estátua.

El caso no era para menos.

El cura abrió un palmo de boca.

Un palmo de boca, que agregado a dos que tenía, eran tres.

—¿Cómo puede ser eso?—exclamó.—Señora doña Teresa, ¿cuándo ha muerto su marido de usted?

Esta vez fué Anastasio el que se quedó como un rey de aquellos que hay en el Retiro.

Lo comprendió todo en el momento, y se vió perdido. Pero en otro momento se resolvió a jugar el todo por el todo, porque Anastasio era así; perdido por mil, perdido por mil quinientos.

Si Anastasio hubiese sido criminal, habría empezado por robar un pañuelo y hubiera concluído por comerse un administrador de loterías en ayunas.

Así es que antes de que Teresa pudiera hablar ó el cura recelar, le dijo a éste:

—¡Pues qué, amigo mío! ¿ignoraba usted la desgracia?

—Si señor, ignoraba completamente...

—¡Pues si hace dos años que Teresa es viuda, y dos meses que se ha casado conmigo!

Teresa, que ya no sabía qué hacer ni qué decir, y estaba que se la podía ahogar con un cabello, se echó a llorar como una desesperada.

Entonces Anastasio, acariciándola con toda la honestidad que el caso requería, exclamó:

—¡No te afectes, pobrecita mía! ¡Si ello ya no tiene remedio! Y dirigiéndose al cura:

—¿Ve usted? Siempre que se acuerda de su difunto, se pone que da pena verla.

El cura tragó la pildora perfectamente.

—Venga usted, señora mía, venga usted,— díjo a Teresa.—Tal vez el cansancio y la fatiga, y... todo puede contribuír... ¡Eh! ¡Nicolasa!

El ama del cura apareció en el cuarto; es decir, no apareció, entró por la puerta.

—Conduce a esta señora a otra habitación y cuídala como a mí mismo.

Llevóse el ama a Teresa consigo, y la pobre viajera, confundida, casi exánime, se dirigió al aposento que con tanta amabilidad le ofrecían, no sin lanzar antes una desesperada y expresiva mirada a su esposo prestado; mirada que el autor traduce al lenguaje vulgar de este modo:

—Señor don Anastasio ó don Porra, me está usted haciendo pasar la pena negra, y me está usted dando una desazón de padre y muy señor mío. Si esto dura mucho, estallo.

Y ya no se acordaba Teresa ni de la hora, ni de que se iban a quedar otra vez en tierra, ni de nada.

Estaba trastornada

Verdad es que el paso no era para menos.

El autor cree, sin embargo, que todo lo que le pasaba a esa señora le estaba muy bien empleado.

Porque ninguna necesidad tenía de haber empezado a gastar bromitas con Anastasio en el comedor de la fonda, ni de darle franqueza, ni de celebrar sus chistes.

Ustedes, señoras mujeres, son muy propensas a las bromitas y a la conversación.

Y luego resulta... lo que resulta.

¡Pues anda, Teresa, toma bromitas!

¡Bonita noche vas a pasar!

Y no es eso lo más malo, sino que me parece a mí que tu marido te va a dar un solfeo que te va a poner azul.

Todo por dar alas a los hombres. ¡Ah, mujeres, mujeres, mujeres! Continuemos la historia. Oigamos la conversación del cura y de su amigo.

Categoría:Obras de Eusebio BlascoCategoría:Novelas